Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 30 de enero de 2026
La resolución.
A. llegó a la ventanilla de la Subdirección de Permanencia a las tres de la mañana. El edificio, un laberinto de mármol gris y bombillas parpadeantes, exhalaba un olor a papel viejo y desinfectante barato. Tras el cristal, un funcionario con manguitos negros tachaba nombres en una lista infinita.
A. avanzó por el pasillo, donde el techo se perdía en una penumbra de cables que colgaban como vísceras industriales. La oficina era un engranaje de geometría imposible: archivadores oxidados que llegaban hasta el cielo, escritorios desiertos cubiertos por una fina capa de ceniza y un silencio interrumpido solo por el siseo de tuberías que transportaban aire viciado.
Cada rincón del recinto parecía diseñado para recordar a los hombres su insignificancia ante el papel.
—Vengo a solicitar el permiso definitivo —dijo A., apoyando las manos temblorosas en el mostrador—. El permiso para vivir y estar en paz. Traigo todos los sellos.
El funcionario no levantó la vista. Con una parsimonia mecánica, tomó el fajo de documentos de A., los pasó por una troqueladora y los arrojó a una trituradora lateral sin leer una sola línea.
—Denegado por defecto de forma en la intención —sentenció el hombre con una voz carente de rastro humano.
A. no se inmutó. No hubo ruego, ni indignación, ni la más mínima pregunta sobre qué ley secreta lo condenaba. El absurdo era la única arquitectura que conocía.
—Muchas gracias —respondió A. con una cortesía gélida.
Se dio la vuelta y caminó por el pasillo infinito. Mientras buscaba una viga lo suficientemente alta, sintió que el odio hacia sus maestros —aquellos que le enseñaron a esperar una lógica en el mundo y a venerar la jerarquía de las sombras— le otorgaba, por fin, la paz que la oficina le había negado.
Mientras anudaba la soga, un monólogo gélido recorrió su mente: "Malditos sean", pensó con una lucidez venenosa. "Malditos los preceptores que me enseñaron a descifrar códigos que no existen y a buscar justicia en un sistema de sombras. Me adiestraron para ser un ciudadano del orden, para creer que la paz era un recibo que se obtenía tras una espera infinita".
Sintió un desprecio infinito por aquellos maestros que, con punteros de madera y libros sagrados, le inyectaron la esperanza de que la existencia requería de un visto bueno administrativo. Al fin, libre de la obediencia, A. comprendió que el único trámite que la oficina no podía procesar era su propia desaparición
Con un nudo perfecto, decidió que su último acto de libertad sería dejar de ser un expediente.
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