Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

miércoles, 21 de enero de 2026

Poema del amor suicida del Puente de Silva (1995)).

Chirra el cielo de Gáldar, donde el alisio* al alma hiere, late un eco de suspiros el amor que al polvo muerde. En el grito de los grillos, como un sueño de la mente, se levantan dos figuras en un mármol permanente. Él era Himar de castillo, alma de fuego y de fe; Chaxiraxi ella del Fuego, la luz que su ceniza fue. «No me olvides —él decía—, duros leones sin tesoro; volveré con las riquezas que nos pide el mundo tosco». Cinco años raspó el tiempo, cinco inviernos de agonía; cicatrizaba ella el fuego mientras el sol se moría. ¡Oh, qué amarga es la esperanza cuando el labio no la nombra! ¡Qué pesado el juramento cuando el alma está en la sombra! Llegó el día del retorno, tras la guerra y el desierto, pero el reloj del destino marcó el camino más incierto. Las campanas de la villa con un toque de alegría, anunciaban que Chaxi con otro hombre se unía. Como un rayo de la noche, Himar cruza la ciudad; lleva el pecho desgarrado por la cruel fatalidad. Ante el lecho de la novia, donde el aire es un gemido, se detiene el caballero por el rayo del olvido. «Dame un beso, dulce dueña, que por él crucé la mar; dame un beso que me salve antes de verme expirar». «No puedo —responde ella—, que mi honor es ya ajeno; mi boca ya no es de rosas, sino de amargo veneno». Cayó el mozo al pie del lecho, sin un grito, sin un queja; se le rompió el corazón como se rompe una reja. A la mañana siguiente, entre cirios de blancura, llevan al muerto a la iglesia en su fosa de amargura. Aparece una sombría figura de blanco velo; es Chaxi, que camina buscando el último consuelo. Se acerca al cuerpo de Diego, que el frío mármol ya envuelve, y aquel beso que negó con su vida lo devuelve. Un suspiro de las sombras, un abrazo en el vacío; se quedaron los dos muertos junto al viento del estío. Tal vez son solo dos nombres, o una queja del ayer, o el fantasma de un deseo que no pudo florecer. Mas si vas a las iglesias donde el tiempo se detiene, verás que el amor más puro solo el silencio lo tiene. Dos manos que no se tocan, dos almas en un altar, que nos dicen que en la muerte sí se puede descansar. *Viento inestable de los acantilados canarios.

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