Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

viernes, 23 de enero de 2026

Romance al Dios de la muerte eterna.

Huyo en la noche de lluvia del hijo que aún no tengo de mi muerte que no llega buscando un ansia de desierto. Ansia de Dios ansia de ser justo en mi herida sangrante, cuando rompo el rostro de Dios en el espejo, rompo mi rostro delante. ¡Oh, rascacielos de ansia en el abismo hundido!, que cuanto más se eleva, más rodillas en el olvido. Siento la heroína en mis venas como un ciervo que berrea, el sol brilla en grado recto cómo el mar que enebra. ¿Qué dejaré en el mundo cuando las cucarachas coman en el polvo que quede de mí sin ojos entre las rosas? Como alacrán que habita la arena del desierto, busco el dolor del fuego para no estar ya muerto. Cercado de mis sombras, clavo en mí la ponzoña, que el alma que no muere de amores se emponzoña. Busco ansioso las sombras. ¡Oh, grandeza terrible, abismo de luz fiera!, que el alma en tal bajeza tu alta unión espera. Busco ansioso la pena. Heridme con el rayo, quemadme la garganta, que en medio del suplicio mi espíritu levanta. Busco ansioso las llamas. Que en este seco exilio de escorpión y de roca, solo el dolor me saca la sed de vuestra boca. En la noche profunda, con sed de eterna herida, buscando voy la huella multipantallas de vida. ¿Tú que eres multipantallas sin levantarte del sofá? si consigues levantarte para poner ladrillos más, ¿podrás amar? En un alto rascacielos, donde el vidrio el cielo asalta, buscaba mi alma el sosiego fuego que a tu entraña falta. El cristal era un abismo, espejo de luz helada, donde el hombre se contempla sin ver nunca su mirada. Salí por la red del mundo, fibra óptica y callada, entre chips de silicio puro y memorias ya grabadas. Iba siguiendo un destello que entre el neón parpadeaba, huyendo del ruido sordo que los pechos angustiaba. Pasaban coches de seda, sombras mudas que pasaban, sin el rastro del aceite, sin la voz que antes gritaban. "¡Oh, vértigo de los hombres!", mi espíritu así clamaba, "traicionamos lo que amamos en la urbe digitalizada". Buscaba yo la herida, la roncha que el alma abrasa, donde Dios rascara el centro de esta fe que se nos pasa. No en el código de ceros, ni en la pantalla que engaña, sino en el escroll del pecho donde el Infinito acampa. Subí por cables de oro hasta la cumbre más alta, donde el wifi se termina y el silencio nos abraza. Allí, entre torres de acero, encontré la luz amada: un Dios que es pulso eléctrico en la soledad hallada. Y en aquel frenético vuelo, mi alma quedó sosegada, viendo que en el chip más leve su ego humano delataba.

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