Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
miércoles, 15 de abril de 2026
De otra paz a otra paz.
Me gustas cuando callas
y mi mirada no te toca,
me gustas cuando callas
un anillo en tu boca.
El pulso es un tambor que se fatiga,
un eco que se pierde en el olvido,
mientras el amor, gélida enemiga,
disputa al pecho el último latido.
La vida es una vela en la corriente,
un hilo de cristal frente al abismo,
que danza entre la luz del sol poniente
y el mudo laberinto del cinismo.
El alma es un bajel que no halla puerto,
atado a un ancla de cansada carne,
bogando por un mar gris y desierto
donde no hay fuego que del frío encarne.
La sangre es un reloj de arena rota,
el aire es un suspiro que se apaga;
la muerte espera, mansa y devota,
como el final del verso en una saga.
El amor es una sombra que se aleja
por un pasillo de espejos empañados,
donde la voz es una vieja queja
y los adioses nacen ya cansados.
La luz es una herida que no cierra,
un fogonazo blanco en la neblina,
mientras el cuerpo, máscara de tierra,
ante el umbral del silencio se inclina.
No hay orilla, ni rastro, ni camino,
solo un invierno de ceniza vana,
donde se funde el rostro del destino
con el vacío de la nula mañana.
martes, 14 de abril de 2026
La lucha entre dos corrientes...de agua.
Por los campos de la angustia,
bajo un cielo de cal viva,
se embisten dos toros sordos
con astas de ideología.
Uno tiene el lomo oscuro,
raíces de antigua piedra,
y un rosario de silencios
atado a la dentellera.
El otro, crines de azufre,
viento de fragua encendida,
quiere segar los luceros
con una hoz de agonía.
¡Ay, qué luto de banderas!
¡Ay, qué duelo sin salida!
En la plaza de las voces
la palabra está herida.
No se buscan las gargantas,
se buscan las cicatrices,
y en el cauce de los ríos
beben sangres de matices.
España, novia de barro,
se desangra en la cuneta,
mientras los dos grandes puños
rompen su propia peineta.
Ya no hay luna en el olivo,
ni verde en la primavera;
solo hay un frío de hierro
que separa las aceras.
Gritan los perros al aire,
llora la cal en los muros,
y en el pecho del hermano
crecen dos odios oscuros.
¡Qué mala muerte, Dios mío!
¡Qué mal nacer el del día!
Cuando el rencor es el dueño
de la casa todavía.
El muro del silencio.
PERSONAJE A:
¡No te libras del abismo!(8)
ni la vida eterna en sombra, (8)
De este chantaje en broma (8)
nadie se libra por egoísmo. (8)
PERSONAJE B:
No me pidas que te hable, (8)
que la lengua se me anuda. (8)
Puñales del mar desnuda (8)
y hace la aventura viable. (8)
PERSONAJE A:
La hueca angustia del olvido (8)
será el puerto de tu viaje, (8)
si llevas en el equipaje (8)
el releje que has vivido. (8)
PERSONAJE B:
Llevo el alma hecha jirones (8)
y un adiós que me desgarra. (8)
Ya la muerte nos amarra (8)
un jaque de direcciones. (8)
PERSONAJE A:
¿Por qué callas de ese modo? (8)
¿Qué asfixia hueca te consume? (8)
Siento que el aire presume (8)
que ya lo perdimos todo. (8)
PERSONAJE B:
Es tarde, ya suena el viento, (8)
ya la luz se va apagando. (8)
Si te quedas esperando, (8)
arena en un monumento. (8)
domingo, 12 de abril de 2026
El teléfono de la madre muerta. (Microrrelato).
La penumbra de la sala se enroscaba como un sudario de tinta. Ella yacía ya bajo el frío rigor del mármol, pero el peso de mi culpa —ese cuervo que picoteaba mis entrañas por las palabras no dichas— era una losa más pesada que cualquier tumba.
De pronto, un chirrido eléctrico desgarró el silencio: el teléfono de mi madre, sobre la mesa de caoba, vibraba con una vida obscena. En la pantalla, su nombre parpadeaba como un ojo acusador desde el abismo.
El corazón se me hizo un nudo de espinas. ¿Era una citación del tribunal de los muertos? ¿Venía su voz, filtrada por el fango y la eternidad, a reclamar mi insolvencia moral?
Con la mano temblorosa, presa de un terror burocrático y absoluto, descolgué el auricular esperando una sentencia de ultratumba.—¿Tío? —la voz infantil de mi sobrino brotó con una naturalidad aterradora—.
Solo quería saber si puedo quedarme con el juego de las cartas. Se le olvidó en mi mochila.Exhalé un aire que sabía a ceniza, comprendiendo que el castigo no sería su reproche, sino este laberinto infinito de ecos donde su ausencia se disfraza de rutina.
La estancia se había convertido en un mecanismo de relojería averiado. Las paredes parecían aproximarse con una lentitud geométrica, reduciendo el aire a un suspiro viciado por el olor a cera y flores marchitas.
No era solo el luto; era la arquitectura del remordimiento. Cada sombra proyectada por el candelabro dibujaba en el suelo el perfil de mis propias faltas, una geometría de errores que se cerraba sobre mí en una espiral asfixiante.
La culpa no era un sentimiento, sino una sentencia administrativa dictada por un juez invisible. Yo era el acusado en un proceso del que desconocía las leyes, pero cuya condena sentía vibrar en la madera misma de la casa.
Cuando el teléfono rompió el vacío, el sonido no fue una simple campanilla, sino un martillazo en el juicio final. Aquel nombre en la pantalla era el sello de un expediente que no se podía cerrar.
Al descolgar, esperando el trueno de una voz espectral que enumerara mis pecados, el contraste de la voz del niño fue un latigazo de realidad aún más cruel.
El misterio no estaba en el más allá, sino en el laberinto de lo cotidiano: mi madre no llamaba para condenarme, porque el silencio eterno es el reproche más absoluto que existe.
Soy el reo de una habitación que ya no me pertenece. El aire pesa como el plomo de un ataúd mal sellado, y cada rincón de esta casa parece un pasillo hacia un tribunal donde yo soy el único testigo y el verdugo.
¿Por qué no le dije aquello? ¿Por qué mi afecto fue siempre una oficina de puertas cerradas y trámites postergados?
Ahora, mi negligencia se ha vuelto sólida; es este frío que me sube por las piernas, esta espiral de pensamientos que se enrosca en mi cuello como una soga de seda.
Mi madre ha muerto, pero su ausencia es una presencia burocrática y punzante. Siento que el universo entero está redactando un acta sobre mi cobardía. Y entonces, el teléfono.
Esa vibración no es de este mundo; es el eco de una campana sumergida en un mar de azabache. «Dígalo de una vez», quise gritar al vacío antes de contestar.
Al ver su nombre, comprendo la lógica de mi condena: ella vuelve del reposo solo para certificar mi bajeza, para sellar con su voz mi sentencia definitiva.
«Diga que soy el hijo que nunca mereció». Pero al oír la voz del niño, el horror cambió de forma. No hay juicio externo. El sobrino es solo un mensajero involuntario de la nada.
La verdadera tortura no es su reclamo, sino este silencio administrativo que me deja solo con mi propia voz, repitiendo mis crímenes en un bucle sin salida.
Poema imposible a todo lo que es imposible.
Alambrada de granito
donde el eco se deshace,
se marchita lo que nace
bajo un cielo de grafito.
No hay eléctrodo que envenena
que aire amuesca al que trabaja:
la fortuna siempre encaja
si la voluntad impera.
Todo es imposible al final
que te levantas en bruma,
revientas contra la espuma
en una meta de sal.
Un destino vertical
que me niega su mirada,
en la vena berreada
con un sello de metal.
Parecía que la suerte
era un nudo de cadenas,
rechinando las arenas
eran pactos con la muerte.
Pero el alma, al hacerse fuerte,
con el mazo del empeño,
fue tallando cada sueño
el sofá a su héroe entierre.
Que lo imposible es un velo,
una mentira de roca;
si la mano no se apoca
y el arado muerde el suelo.
Tras el fuego y el desvelo,
lo que ayer fue una quimera,
hoy florece en primavera
bajo el domo de mi cielo.
En la fragua del lamento,
donde el hierro se hace frío,
corre amargo aquel río
de un oscuro pensamiento.
Es un nudo en el aliento,
una herida que no cierra,
porque el alma siempre yerra
si se entrega al sufrimiento.
Pero escucha en el abismo:
aunque el golpe sea fuerte,
no hay cadena ni hay suerte
que derrote al optimismo.
Si el amor es un bautismo
de sudor y de constancia,
se acorta cualquier distancia
con un poco de heroísmo.
Lo que ayer fue muro y fiera,
lo que el miedo bautizó,
con el tiempo se rindió
ante quien nunca desespera.
viernes, 10 de abril de 2026
Cataratas del Niágara.
¿Qué es una catarata qué
sino un pájaro de agua,
que cree que aprende a volar,
ante el asombro que nada?
Siempre decía volveré
antes de que te mueras.
Nunca he vuelto al Niágara
déjame que te quiera.
No revienta el agua
ni en párpados ni en astillas
que el amor es libre viento
y no entiende a quien agita.
Niágara eterno como mi alma.
Nunca he vuelto al Niágara.
El bosque da de comer
al fuego con su alabanza,
Te odio te amo ya nada importa
la pua avisa de la castaña.
La corriente habla al susurro
millas más allá del habla,
pues el fuego que no prende
nunca deja su enseñanza.
Cascada eterna donde el amor
metralla grita y calla,
nadie obliga al sentimiento
si el latido ya no alcanza.
Niágara eterno como mi alma.
Nunca he vuelto al Niágara.
Navegando hacia Nueva York
el pobre niño cansado,
un deforme es miserable
un gabán sobre un palo...
jueves, 9 de abril de 2026
Una habitación en los rascacielos de Nueva York.
Golpean los cuernos en mis venas
berrean en mi alma,
¿cuándo acabará esta losa
de soledad que arrastras?
El muñeco de cabeza rota,
cañerías que bajan
llenas de grava y azufre
mi pecho abrasan.
En la cumbre de cristal,
donde el viento se hace espada,
tiembla la luz de la luna
sobre la frente sudada.
Gigante de acero y frío
que al firmamento amenaza,
guarda un silencio de tumba
bajo la noche cerrada.
Ella mira hacia el abismo,
la ciudad es una brasa;
treinta pisos de vacío
le muerden la planta blanca.
Lleva un clavel deshoja
donde la vida se apaga,
un nido que se deshizo
antes de ver la alborada.
En el cristal de los muros,
donde la sombra se alarga,
se venden sueños de seda
por una moneda amarga.
El honor es un olvido,
la fe, ceniza en la taza,
mientras el oro devora la luz
que el pecho guardaba.
No hay latido en los pasillos,
solo una niebla que avanza;
se busca el calor del otro
en una piedra helada.
Miradas que no se encuentran,
voces que el hierro sofoca,
en la selva de cemento
donde la piedad se agota.
Cae la noche en la torre,
una campana no suena;
se pierde el rastro del hombre
bajo una lluvia de arena.
Y en el balcón del olvido,
donde la angustia descansa,
solo queda el aire frío
y una esperanza quebrada.
miércoles, 8 de abril de 2026
Los médanos de luz y oro.
Médanos de luz y oro
que cambian y siguen igual,
no hay nada que cambie más
que el mar y que el desierto
sin embargo, siempre parecen igual.
Médanos de luz y oro,
las humillaciones, las heridas
las notas bajas inmerecidas,
los despidos de chatarra y oprobio.
¿Qué es poesía?, me preguntas.
¿Qué es poesía?, preguntas
con la voz encadenada,
cuando el escudo ha roto
tu pupila de obsidiana.
Poesía es ese abismo,
esa herida siempre abierta,
el silencio que nos muerde
cuando la luz se apaga.
Contra el cielo de ceniza,
frente al mar de tu mirada,
busco el rastro del suspiro
que en tu boca se derrama.
No me pidas más razones,
ni palabras rebuscadas;
poesía es ese fuego...
¡Poesía eres tú, mi alma!
¿Qué es poesía?, me dices
con la frente perturbada,
mientras hundes en mi sombra
tu mirar de daga blanca.
Bajo un palio de tinieblas,
ante el rayo de tu cara,
busco el eco del sollozo
que en tus labios se desata.
Poesía es este suplicio,
este nudo en la garganta,
el rincón donde se mueren
las promesas olvidadas.
¡No me pidas más conceptos,
que el dolor ya no descansa;
poesía es este veneno...
poesía eres tú, mi amada!
Entre el humo de los bronces
y el clamor de las espadas,
cruza un viento de ceniza
por las tierras castigadas.
¿Qué es poesía?, me preguntas
mientras limpias tu pesada
hoja de acero latiente
en la tierra ensangrentada.
Poesía es el estruendo,
la bandera desgarrada,
el honor que se hace polvo
cuando llega la alborada.
¡No me hables de laurelesn
i de glorias alcanzadas;
poesía es este hierro...
poesía eres tú, mi espada!
martes, 7 de abril de 2026
Regateando.
Regateando las sombras, los espinos,
el ácido, las berreas de la miseria,
regateando la deformidad, los gritos,
regateando siempre ¿qué queda?
Necesito un aire que me eleve.
Regateando lo médanos que se mueren
el frío que te incita al invierno.
Nací para revolucionar el infierno
médanos de luz que se revuelven.
viernes, 3 de abril de 2026
Amor amor.
Contra el agua de un cielo gris y herido,
miro el acero huir por la neblina;
son pájaros de luz y de resina
que olvidan en la tierra mi gemido.
Tengo pavor de ser el caracol perdido,
babosa sed sobre una vía espina,
mientras la enorme hélice asesina
se lleva el aire que me has prometido.
Si tú eres el motor de mi agonía,
el ala fría y el cristal nublado,
el trueno oculto en mi garganta fría,
no dejes mi silencio abandonado
y limpia con tu lluvia y tu alegría
este rastro de barro derramado.
***
Por el aire de cal y de veneno,
tus miedos crían alas de hojalata.
Es una nube de color de plata
que rompe el pulso de tu pecho ajeno.
Suben por un barranco de sarmiento,
la idea psicópata que nos desata;
un vuelo de obsoglosas que se mata
un psicópata herido por el viento.
Gritan los cielos con su voz de cuero,
mientras la Bruja ríe en el olvido
con un puñal de viento y de lucero.
Vuelan sobre el amor recién nacido,
y en su rastro de sombra y de dinero,
nos dejan el espíritu mordido.
***
Bajo la luna, un filo de obsidiana,
cornea en mis venas este terco ciervo
bajo un cielo de trueo y sin freno,
que muerde el aire y la razón profana.
No son perros de amor, es la desgana,
vuelan los monos de tu pensamiento;
traen un mapa de frío y de lamento
contra el cristal de tu ventana vana.
O me hundo en el calor de tu regazo
o el hambre del jaguar, la sombra umbría,
se borre con el peso de mi paso.
No acepto un gris, prefiero el hacha fría,
o me pierdo en la selva, donde el rastro
que vivir sin tu luz y tu agonía.
***
martes, 31 de marzo de 2026
La calima te obliga a huir.
Bajo el pesado dombo de un cielo de azogue,
la calima suspende su sudario de arena;
no hay azul que la vista del cautivo serena,
ni brisa que este exilio del espíritu ahogue.
Es un vaho de siglos, un ámbar que boga
trayendo en su naufragio la infancia lejana;
el ayer se desdobla tras la parda persiana
mientras el horizonte su luz interroga.
Todo es flujo borroso, visión malherida,
donde el futuro es solo una duna invertida,
el desierto borra la huella del payaso.
¡Oh, místico polvo, letargo del viento!
Niegas el porvenir con tu vago tormento
y dejas al mañana sumido en el ocaso.
Mi hijo muerto ha entrado en mis entrañas.
Las raíces del árbol han roto el suelo
ha entrado por mis manos,
la savia ha inyectado
ciervos en berrea por mis brazos,
el árbol desgarró mi pecho –
hacia abajo,
las ramas me vomitan, como brazos.
Mi soledad ante los gritos
ante patadas sin mi coz,
de aguas grises
que succionan mi voz.
Eres el musgo de mi soledad
el agua creciendo entre las rocas
y las buganvillas sin olor
que veo en el viento.
Los coches avanzan pitan
sin memoria ni entierro.
Ya no sé qué decirte
ni si dudo en mentirte
ni qué voló el muerto
ni si sabes lo que hiciste.
Me tiro del puenting
y solo hallo silencio
y no tengo fuerzas
de saludar a los muertos.
Solo silencio en el espejo
y algún reproche,
de no haber pensado antes
los destellos de la noche.
domingo, 29 de marzo de 2026
El asesino de los libros inexistentes.
La sombra y el metal de Elías Quinteros, hombre de una rectitud mineral y una amargura que le servía de brújula, aguardaba en el zaguán.
Su justicia no era la de los códigos, sino la del talión: una balanza precisa donde el peso de una vieja afrenta exigía el contrapeso de la sangre. La ciudad era una red de callejones ciegos, una geometría de sombras donde el tiempo parecía haberse detenido en un eterno ayer de rencores.
A pocas calles, alguien corría. Era un joven de nombre olvidado, impulsado por el terror de una revelación. Sabía que los enemigos de Quinteros no enviarían a un sicario, sino a una celada. El rumor en los arrabales decía que una mujer, la última de una estirpe de terratenientes caídos —los Acevedo, cuya sola mención evocaba imperios de polvo—, acudiría a él. El joven imaginaba a una deidad de ojos pálidos y piel de nácar, una belleza dinástica capaz de desarmar al hombre más curtido con una sola palabra de arrepentimiento.
Lecroy alcanzó el umbral. «¡Quinteros!», gritó, con los pulmones ardiendo. «No la reciba. Es una trampa de su propia estirpe. La belleza es el filo que no se ve».
Quinteros no se inmutó. No esperaba una mujer, ni la redención, ni el relumbre de una dinastía. Su amargura era demasiado lúcida para el engaño de la estética. Cuando la puerta finalmente se abrió, no entró una reina destronada, sino el silencio. Quinteros comprendió entonces que la venganza es un espejo: al final del corredor no lo esperaba el otro, sino su propio destino, tan implacable y seco como el desierto. La mujer no era más que un nombre en un mito; la muerte, en cambio, era la única verdad que su justicia merecía.
El escenario se desplaza ahora a los interiores de Recoletos, donde el lujo es una forma de la fatiga. Elías Quinteros ya no habita un zaguán, sino una biblioteca de techos altos cerca de la Puerta de Alcalá, un recinto donde los lomos de los libros parecen lápidas de una sabiduría que no alcanza para mitigar su rencor.
El joven, tras subir una escalera de mármol que imita el ascenso a un templo olvidado, irrumpe en la estancia. Sus palabras tropiezan con el silencio de Madrid.
—¡Quinteros! —exclama, señalando los ventanales que dan a la calle de Alcalá—. He visto el coche. No es un verdugo común. Dicen que es una mujer de la dinastía de los Luján, una belleza que sobrevive a los siglos. Viene a matarlo bajo el disfraz de una tregua. ¡Huya, por Dios!
Quinteros, sin apartar la vista de un ejemplar de la Odisea, responde con una voz que parece venir de otro tiempo:
—Usted cree en las estirpes y en los rostros, joven. Yo solo creo en la aritmética. He esperado cuarenta años para que el universo salde esta deuda. Que sea una mujer o un espectro de la nobleza es un detalle literario que no altera la suma.
—¡Pero es una trampa! —insiste el joven—. Su belleza es el último engaño de sus enemigos.
—La belleza —dice Quinteros, poniéndose de pie con una lentitud mineral— es solo otra forma de la simetría. Si ella viene a matarme, no es por odio, sino para cerrar un círculo que nosotros no trazamos. Usted ve una tragedia; yo veo una corrección de estilo.
En ese momento, el timbre suena. Es un sonido nítido, casi abstracto. Quinteros camina hacia la puerta con la parsimonia de quien va a un encuentro largamente ensayado.
—No la busque en el espejo, joven —susurra antes de abrir—. El olvido es la única venganza, pero yo he cometido el error de recordar demasiado.
Al abrirse la hoja de roble, no hay una mujer radiante. Hay una figura envuelta en sombras, cuyo rostro es el vacío. Quinteros sonríe por primera vez: ha comprendido que la "dinastía" era el nombre que el miedo le daba a su propia muerte.
Quinteros no retrocedió. Al abrirse la hoja de roble, la figura en la penumbra de Recoletos se materializó en un rostro que el tiempo, en su crueldad, había preservado intacto. No era la descendiente de una dinastía ajena; era Beatriz, el amor que él había sacrificado en el altar de su propia justicia cuarenta años atrás.
—Has venido a cobrar el interés de mi amargura —dijo Quinteros, y su voz, antes de piedra, tembló como una hoja en el Retiro—. La belleza no era un arma de mis enemigos, sino el eco de mi propia traición.
Ella no habló. El brillo del acero en su mano era una extensión de su mirada fría. Quinteros comprendió la paradoja: para ejecutar su venganza contra el mundo, él se había convertido en el monstruo que justificaba que ella se vengara de él. El perseguidor y el perseguido eran dos puntos de una misma línea que el destino acababa de curvar para formar un círculo perfecto.
El joven, desde la sombra de la biblioteca, vio el relámpago del metal. No hubo grito, solo el seco golpe de un cuerpo que cae sobre la alfombra persa, un sonido que Madrid absorbió con indiferencia.
Quinteros, en su último segundo, no sintió dolor, sino una revelación intelectual que lo desbordaba: morir a manos de lo único que había amado era la forma más alta de la justicia. Su vida no había sido una serie de hechos, sino un libro que él mismo había escrito para llegar a ese punto final. Al cerrar los ojos, la imagen de la mujer se fundió con el recuerdo de un jardín en el sur, y comprendió que el tiempo no pasa, sino que vuelve sobre sí mismo. Él no moría en Madrid; estaba volviendo a aquel primer beso, pero esta vez, el beso tenía el sabor metálico y eterno de la sangre.
El joven, paralizado por el estrépito del cuerpo al caer, se asomó al umbral. No encontró el cadáver de una mujer de alcurnia huyendo por la escalera de mármol, ni el perfume de una dinastía extinguida. Solo vio a Quinteros tendido sobre la alfombra, con el rostro pacificado por una última sonrisa, y un antiguo puñal de plata hundido en su propio pecho.
En la mesa de la biblioteca, una carta amarillenta, fechada hace décadas en un Buenos Aires que ya no existe, revelaba la paradoja: la mujer, Beatriz, había muerto mucho antes de que Quinteros iniciara su investigación.
El joven no intentó salvar un solo volumen. Comprendió que aquellos libros no eran papel y tinta, sino los barrotes de una celda de rencor que Quinteros había construido durante décadas. Con una parsimonia que le dictó el mismo destino, acercó la llama de un candelabro de plata a las cortinas de terciopelo.
El fuego en Recoletos no fue un estrépito, sino una danza geométrica. Las llamas treparon por los anaqueles, devorando primero las ediciones de los clásicos y luego los diarios personales donde Quinteros había anotado, con caligrafía de entomólogo, cada agravio recibido. El humo, denso y cargado de un aroma a cuero viejo y olvido, empezó a borrar las molduras del techo, transformando la sofisticada estancia en una caverna de luz roja.
En el centro del incendio, el cuerpo de Quinteros parecía recuperar una dignidad antigua. Las llamas, al consumir la carta de Beatriz, borraron la última prueba de su soledad. El joven bajó la escalera de mármol mientras a sus espaldas la biblioteca se convertía en una pira funeraria. Madrid, afuera, seguía siendo una ciudad de indiferencia y de prisas, ignorante de que en ese piso alto se estaba quemando un universo entero.
Al llegar a la calle de Alcalá, el joven sintió el frío de la noche madrileña. Se volvió para mirar por última vez el resplandor en las ventanas. Supo entonces que la verdadera venganza de Quinteros no había sido la muerte, sino ese incendio: el acto final de justicia contra la memoria, dejando tras de sí solo cenizas anónimas y el silencio absoluto de una estirpe que, ahora sí, había dejado de existir.
El joven se alejó por la calle de Alcalá, fundiéndose en el anonimato de la multitud que, ajena al drama, buscaba el refugio de los teatros y los cafés. Madrid, con su ruido de tranvías y su prisa de ciudad que no sabe recordar, lo acogió como a un naufrago más. El incendio en Recoletos ya no era una tragedia, sino una noticia de sucesos que el viento de la mañana dispersaría como ceniza.
Sin embargo, en el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba un objeto sobreviviente: una pequeña llave de bronce que no abría ninguna puerta física, sino el cajón secreto donde Quinteros guardaba el único retrato de Beatriz que el fuego no alcanzó a devorar. Aquella llave era un peso y una herencia; el joven comprendió que, al salvarla, había condenado su propia memoria a cargar con la amargura de otro. La paradoja era perfecta: el incendio lo había liberado de la biblioteca, pero ese pequeño metal lo convertía en el nuevo guardián de una dinastía de sombras.
El joven, cuya cresta de arapahoe teñida de un rojo violento cortaba el aire como un hacha de guerra en mitad de la elegancia de Recoletos, se detuvo ante la verja del Retiro. Su estética, un grito de anarquía y presente, contrastaba con la pesadez de los siglos que Quinteros le había legado en un solo gesto de fuego.
Sacó la llave de bronce. No era un objeto funcional; su guarda tenía la forma de un uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo de la eternidad y del retorno circular que Borges tanto habría temido. La llave no abría una puerta, sino que cerraba un laberinto mental. Representaba la autoridad de la amargura, el derecho dinástico a seguir odiando lo que ya no existe.
Con un movimiento seco, casi ritual, la lanzó hacia el centro del estanque. El metal cortó la superficie del agua, rompiendo el reflejo de la luna madrileña en mil fragmentos de plata. El joven punk no buscaba la redención de Quinteros, sino su propia limpieza. Al hundirse la llave, se hundió también la última pretensión de que el pasado tiene derecho a gobernar el presente.
Se ajustó la cazadora de cuero tachonada, encendió un cigarrillo y se perdió en el anonimato de la noche de Madrid. Ya no era un mensajero de dinastías caídas, sino un hombre sin ayer. El estanque volvió a su quietud de espejo, guardando en su fondo de fango el secreto de una venganza que el fuego no pudo consumir, pero que el olvido, finalmente, logró sepultar.
El joven de la cresta roja descendió a las profundidades de la estación de Retiro. El metro de Madrid, con su luz fluorescente y su olor a ozono, era el reverso exacto de la biblioteca de maderas nobles que acababa de arder. Allí, entre el estruendo de los vagones, la paradoja se hizo carne.
Sentada en un banco de piedra, una mujer de una belleza anacrónica, vestida con un abrigo de piel que parecía haber pertenecido a una dinastía de zares, lo miraba fijamente. No era un fantasma, sino una coincidencia estadística del azar urbano. Tenía los ojos de la Beatriz que Quinteros había inventado y destruido. El joven sintió el peso fantasma de la llave de uróboros en su bolsillo vacío, una quemadura de frío que le recordaba que nadie escapa del todo a los círculos del tiempo.
Ella sonrió, no con amor, sino con la ironía de quien reconoce a un cómplice en un crimen que aún no se ha cometido. El tren llegó, un gusano de metal que devora los minutos, y ella subió sin decir palabra. El joven se quedó en el andén, comprendiendo que el olvido no es una meta, sino un asedio constante. La venganza de Quinteros no era su muerte, sino haberle contagiado la mirada: ahora, en cada rostro bello de la ciudad, él buscaría la sombra de una traición antigua.
El epílogo se escribió solo en el aire viciado del túnel: la historia es un libro circular donde los personajes cambian de ropa —crestas de arapahoe por levitas, estaciones de metro por bibliotecas— pero el dolor de la justicia sigue siendo el mismo texto, dictado por un autor que se burla de nuestra sed de alusiones definitivas.
El joven no lo pensó. Fue un acto reflejo, una necesidad geométrica de completar el círculo. Saltó al vagón justo antes de que las puertas de acero sellaran el vacío entre ellos. El metro arrancó con un gemido de metal, adentrándose en la negrura de los túneles de Madrid, ese laberinto moderno que corre bajo los cimientos de los palacios y las cenizas de Recoletos.
Sentado frente a ella, su cresta de arapahoe se reflejaba en el cristal oscuro, superpuesta al rostro de la mujer. Parecían una sola entidad: el presente agresivo y el pasado dinástico fundidos en un mismo espejismo. Ella no apartó la mirada; sus ojos, de un gris que evocaba tormentas antiguas, parecían leer en el joven no su rebeldía, sino su condena.
—La llave que tiraste al estanque —dijo ella, con una voz que era un susurro de seda y navaja— no cierra el pasado. Solo lo sumerge.
El joven sintió un escalofrío que no era de este siglo. Comprendió la reflexión final de aquel encuentro: el azar es la máscara que utiliza el destino para no aburrirnos con su implacable rigor. No hay huida posible porque no hay un «afuera» del tiempo. Quinteros, con su amargura de bibliotecario y su justicia de talión, no era un hombre, sino un arquetipo; y él, con su estética de ruido y su desprecio por las estirpes, era simplemente el nuevo actor de una obra que se representa desde que el primer hombre traicionó y el segundo decidió no olvidar.
El tren se detuvo en una estación sin nombre. La mujer se levantó y, al pasar a su lado, le rozó el hombro. El joven no la siguió esta vez. Se quedó allí, viendo cómo su figura se perdía en la luz eléctrica del andén, aceptando que el olvido es una forma de la esperanza, pero la memoria es la única verdad que nos constituye. El círculo se había cerrado, y en el centro, solo quedaba el silencio de un Madrid que duerme sobre sus propios fantasmas.
El sol comenzó a rajar el cielo de Madrid con un tono cárdeno, sucio de polución y de vigilia. El joven de la cresta roja caminó de vuelta hacia el Retiro, sintiendo el asfalto frío bajo sus botas militares. La ciudad despertaba con el ruido metálico de las persianas de los comercios y el olor a café quemado, una realidad mecánica que ignoraba el incendio de la noche anterior.
Llegó a la orilla del estanque. El agua estaba quieta, densa, como un bloque de vidrio que guardaba secretos inconfesables. Se arrodilló sobre la piedra húmeda, buscando con la mirada el punto exacto donde la llave de bronce había roto el espejo horas antes. No había rastro del metal, ni del uróboros, ni de la dinastía de los Luján. Solo vio su propio reflejo: el pelo erizado, la piel pálida por el cansancio y una mirada que ya no era la suya, sino la de alguien que ha comprendido que el pasado no se ahoga, solo espera.
Metió la mano en el agua helada, removiendo el fango del fondo con una desesperación física, ruda, alejada de cualquier misticismo. Sus dedos arañaron el lodo, buscando recuperar la llave no para guardarla, sino para destruirla con sus propias manos, para machacar el bronce contra el granito hasta que no quedara forma ni símbolo. Pero el estanque no devolvió nada. El joven se incorporó, con el brazo empapado y temblando de rabia, entendiendo que el vacío que sentía en el pecho era la verdadera herencia de Quinteros.
Se alejó del parque mientras los primeros corredores de la mañana pasaban a su lado, sombras anónimas en un mundo que seguía girando. La venganza estaba completa: no había muerto un hombre, se había extinguido un mundo, y él era el único testigo de una ceniza que ya a nadie le importaba.
El joven se subió el cuello de la cazadora, ocultando la barbilla entre las tachuelas frías. No volvió la vista atrás. El estanque quedó como un plato de metal gris a sus espaldas, guardando un secreto que ya no le pertenecía.
Caminó hacia la Puerta de Alcalá, donde el tráfico empezaba a rugir con la indiferencia de un animal ciego. Se mezcló con los trabajadores que salían del metro, con los barrenderos y con los noctámbulos que arrastraban los restos de la fiesta. Su cresta roja era un destello violento en la luz mortecina del alba, pero pronto no fue más que un punto de color diluido en la marea humana.
Ya no era el mensajero de Quinteros ni el guardián de una dinastía de sombras. Era un cuerpo más, un átomo de ruido en el engranaje de Madrid. El anonimato lo envolvió como una mortaja de libertad; el incendio de Recoletos era ahora solo una columna de humo que el viento de la mañana dispersaba sobre los tejados. Al doblar la esquina de la calle Serrano, desapareció por completo, dejando que la ciudad devorara su historia antes de que el sol terminara de salir.
El joven no esperó a llegar a su destino. En un callejón estrecho que olía a piedra húmeda y a ozono, se detuvo frente a un contenedor de obra desbordante de escombros. Con movimientos mecánicos, se despojó de la cazadora de cuero tachonada; el peso del metal contra el asfalto sonó como una cadena rota. Se arrancó los parches que lo vinculaban a su propia tribu y los arrojó sobre el polvo de yeso, dejando que la suciedad de Madrid devorara el último rastro de la noche en Recoletos.
Se pasó la mano por la cresta de arapahoe, deshaciendo el peinado con una violencia que buscaba borrar no solo el estilo, sino la identidad que había portado mientras ardía la biblioteca. Quedó bajo la luz cruda del alba con una camiseta gris, anónima, despojado de la armadura que lo hacía reconocible. El joven que había visto a Quinteros morir y a la mujer de la dinastía sonreír en el metro ya no existía; solo quedaba un cuerpo cansado buscando el silencio.
La ciudad terminó de despertar con un estruendo de motores y cristales. El joven caminó hacia el sol, perdiéndose en el flujo incesante de la Castellana. A sus espaldas, entre los restos de ladrillo y cal, su ropa se convertía en basura, y con ella, la última prueba de que alguna vez hubo una llave, un incendio y una venganza que no le pertenecía. Madrid, implacable, siguió su curso, borrando los nombres de los vivos y de los muertos con la misma indiferencia del viento.
Antes de desvanecerse en el flujo de la Castellana, el joven se detuvo un segundo frente al escaparate de una relojería de lujo, una de esas tiendas blindadas que parecen búnkeres de cristal. En el centro de la vitrina, sobre un terciopelo negro que recordaba a la alfombra de la biblioteca, un reloj de arena de diseño minimalista dejaba caer sus granos con una precisión insultante.
No miró el mecanismo ni el precio. Miró su propio reflejo en el cristal: la cresta deshecha, la cara manchada de hollín y unos ojos que ya no eran los de un chico que buscaba bronca en los bares de Malasaña, sino los de alguien que ha visto el fin de un mundo. Por un instante, el cristal le devolvió la imagen de Quinteros, viejo y amargado, como si la justicia del tiempo fuera convertir a los testigos en los nuevos protagonistas de la misma tragedia.
Escupió al suelo, un gesto rudo que rompió el hechizo de la elegancia del escaparate, y siguió caminando. El reloj de arena siguió su goteo silencioso, midiendo un tiempo que ya no le pertenecía a nadie.
Al doblar la esquina de Colón, el joven se topó con un barrendero municipal que manguereaba la acera con una parsimonia de siglos. El chorro de agua golpeó sus botas, limpiando el hollín de Recoletos y el polvo del ladrillo, llevándose los restos de la biblioteca hacia las alcantarillas de Madrid.
—Bonito día para empezar de cero, chaval —soltó el hombre sin mirarlo, con una voz ronca que cortó el aire frío de la mañana.
El joven no respondió. Se limitó a asentir con un gesto breve, sintiendo cómo el agua helada le calaba los calcetines, un recordatorio físico de que seguía vivo y de que el fuego ya no podía tocarlo. El barrendero siguió con su tarea, borrando las huellas de la noche con la misma eficiencia con la que el tiempo borra las dinastías y los rencores.
Caminó unos metros más y se detuvo. El sol ya golpeaba de lleno los cristales de las torres del fondo. El joven se pasó la mano por la cabeza, notando cómo su cresta de arapahoe, ahora lacia y deshecha, caía sobre su frente como una sombra extraña. Ya no era un guerrero, ni un testigo, ni el heredero de una amargura ajena. Miró hacia el horizonte de asfalto y, por primera vez en toda la noche, dejó de buscar el rostro de la mujer o el fantasma de Quinteros.
El relato se cerró allí con el sonido del agua corriendo por el sumidero y el rugido sordo de una ciudad que, al despertar, decide que nada de lo ocurrido ha sucedido.
Al margen de las sombras de Recoletos y del brillo del acero, el destino del joven de la cresta de arapahoe quedó sellado en ese rincón de la Castellana. Despojado de su armadura de cuero y tachuelas, se dice que no volvió a pisar el centro de Madrid, como si el asfalto de los barrios elegantes quemara tanto como la biblioteca de Quinteros. Algunos dicen que acabó trabajando en los talleres de Renfe en Villaverde, donde el ruido del hierro real apaga los ecos de las dinastías imaginarias.
Otros, más propensos a la leyenda urbana, cuentan que aquel que arroja una llave de uróboros al Retiro nunca recupera la paz, pues el tiempo se vuelve una espiral que siempre lo devuelve al mismo punto de partida. Lo cierto es que su nombre, si es que alguna vez tuvo uno más allá de su estética rebelde, se perdió en el anonimato de las fichas policiales y los registros de los bares de madrugada. El joven no fue el heredero de la amargura, sino su última víctima: el hombre que aprendió demasiado pronto que la justicia es un incendio que no distingue entre culpables y testigos.
Sonetos: "La enciclopedia de los inviernos perdidos".
Contra un cielo de azufre y de estancada greda,
el rudo paria yace entre el vaho del toro;
soñaba con un hijo, un tierno brote de oro,
pero el destino es ciego y su risa se enreda.
Astas como puñales de una noche aciaga
rompieron el silencio de su pecho herido;
no hay cuna de madera, solo el ronco berrido
y la sangre que muerde como una vieja plaga.
En su vientre, la herida es un ojo entreabierto,
broma atroz de la parca en el fango del odio:
un muñeco de trapo en el flanco del muerto.
Rimbaud ríe en la sombra, su verso es el miedo;
el antihéroe duerme en el verde manicomio,
mientras el toro lame su gloria de enredo.
***
Contra un cielo de azufre, el tiempo se detiene,
estéril fiera que ataca inútil al mañana;
la duda es un reptil que en tu sangre se aviene
hoy tus pechos en el asfalto y el frío raspan.
Miraste el abismo con pupila lejana,
postergando el latido que el vientre mantiene;
hoy la cuna es un hueco, una sombra profana,
donde el eco de un nombre jamás se sostiene.
¡Oh, herencia de nada! ¡Oh, fúnebre hastío!
El hijo que duerme en el limbo del «luego»
y muerde la semilla de la carne en membrillo.
Tu miedo fue el hacha, tu duda fue hueco el fuego;
y en el lecho vacío, de angustia sombrío,
solo queda el silencio de un vientre ya ciego.
***
"El metal y la sombra".
En un hotel de la avenida Reforma —esa cicatriz de piedra que pretende ordenar el caos de la Ciudad de México—, un hombre aguarda el fin de su propia arquitectura. Se llama Schüller, un nombre que evoca la precisión técnica, y es, para desgracia de su propia paz, un millonario.
Schüller ha leído a Adorno con la voracidad de quien busca un testamento en un manual de instrucciones. Sabe que su conciencia no es suya, sino un producto de la industria cultural, una mercancía que se contempla a sí misma en el espejo del consumo. «El yo es una ficción burguesa», repite mientras observa las luces de la ciudad, «un nudo de prejuicios que la Razón Instrumental ha atado para que el capital tenga un domicilio fijo».
Frente a él, sentado en un sillón de cuero que huele a biblioteca y a sangre vieja, está el Asesino. No trae armas visibles, sino una paradoja. El Asesino no busca el dinero, sino la venganza contra la identidad misma.
—Usted no existe, Schüller —dice el intruso con una voz que parece un eco de Horkheimer—. Usted es solo el residuo de una alienación que no se reconoce. Matarlo no es un acto de justicia, es una corrección gramatical.
Schüller comprende la trampa. Si intenta defenderse, afirma ese «yo» que sabe ilusorio; si se entrega, admite que su vida es solo una pieza reemplazable en el engranaje del sistema. El hotel, con sus pasillos infinitos que imitan el progreso lineal, se convierte en un laberinto donde no hay Minotauro, sino solo espejos enfrentados.
El Asesino se pone en pie. Schüller nota que los rasgos del otro son borrosos, como una página mal impresa de Dialéctica de la Ilustración. Comprende entonces la revelación borgeana: el Asesino es su propia conciencia intentando suicidarse para escapar de la totalidad que lo asfixia.
No hubo ruido. Solo el silencio de una utopía negativa que se cumple. En la suite vacía de Reforma, el espejo ya no refleja a nadie, pues nadie queda para sostener la ilusión de ser alguien.
En la lógica de la Escuela de Frankfurt, el millonario representa el sujeto soberano que la Ilustración prometió, mientras que el asesino es la barbarie que esa misma razón técnica engendró.
Schüller dio un paso atrás, pero sus pies se hundieron en la alfombra como si caminara sobre la densa teoría del valor. El Asesino no era un hombre; era el síntoma de una enfermedad que Schüller había financiado con cada inversión.
—¡Mátame entonces! —gritó Schüller, y su voz, antes educada en el susurro de los directorios, se quebró con una pasión animal—. ¡Hazlo si crees que bajo este traje de seda hay algo más que el vacío que ustedes teorizan! ¡Si mi conciencia es una mercancía, ven a cobrar tu parte de plusvalía!
El Asesino sonrió con una tristeza infinita, una tristeza que parecía haber leído todos los libros que el mundo olvidó quemar. Avanzó hasta que el frío de su presencia anuló el aire acondicionado de la suite.
—No hay heroísmo en tu muerte, Schüller —rugió el intruso, tomándolo por las solapas—. Tu pasión es solo el último estertor de la falsa conciencia. Buscas el drama porque no soportas la estadística.
Quieres que este asesinato sea un poema, pero solo será un informe de limpieza. ¡Eres el esclavo que ama sus cadenas porque brillan bajo las luces de Reforma!
Schüller sintió un odio sagrado, un odio que no era suyo sino de la humanidad entera atrapada en el engranaje.
Agarró las manos del verdugo con una fuerza que desmentía su vejez. En ese contacto, la dialéctica se volvió carne: el amo y el esclavo se fundieron en un solo nudo de desesperación. Schüller no quería salvar su vida, quería salvar su derecho a ser un individuo, aunque fuera por un segundo antes del fin.
—¡Si muero, el sistema pierde un espejo! —bramó Schüller, las venas de su cuello como cordilleras—. ¡Mi conciencia es este grito, no tus libros!
El Asesino sacó un puñal cuya hoja no reflejaba la luz, sino que la absorbía, como una crítica negativa que devora la realidad.
—Tú no gritas, Schüller —susurró el verdugo mientras hundía el acero con una precisión quirúrgica, casi burocrática—. El sistema simplemente está cambiando de página.
Schüller sintió el frío, pero también una súbita y terrible claridad. Mientras se desplomaba sobre el mármol, comprendió que el asesino no se vengaba de él, sino que lo estaba liberando de la carga de ser un objeto con nombre. Su sangre, roja y real, manchó el suelo de Reforma, siendo lo único en toda la habitación que no podía ser comprado, vendido o teorizado.
El Asesino no huyó. Se limitó a caminar hacia la gran cristalera que dominaba Reforma, abriendo el ventanal para que el estruendo de la ciudad —ese motor de combustión y deseo— inundara la habitación. Con un gesto parsimonioso, se despojó de sus guantes y los dejó sobre el cadáver, como quien abandona una herramienta ya inútil.
Salió de la suite y se fundió en el flujo de la avenida. No hubo persecución ni sirenas inmediatas; en la sociedad de masas, un hombre que camina con paso firme es invisible. El Asesino se convirtió en un peatón más, una partícula en el torrente de la alienación colectiva.
Cruzó frente al Ángel de la Independencia, cuya victoria alada le pareció la más amarga de las ironías de la Razón.
Mientras se perdía entre la multitud que salía de las oficinas, comprendió que su acto de justicia no había alterado el mecanismo. Schüller había muerto, pero el capital ya había engendrado a su sucesor en alguna otra suite de algún otro hotel. El Asesino sintió que su propia identidad, forjada solo por el odio al millonario, empezaba a deshilacharse. Sin su víctima, él también dejaba de ser un sujeto.
Al final de la calle, se miró en el escaparate de una tienda de lujo. No vio un rostro, sino un reflejo vacío, una silueta que el sistema ya estaba digiriendo. La venganza no lo había liberado; solo lo había devuelto al anonimato de la mercancía.
Al día siguiente, la ciudad de México no había cambiado. Las rotativas de los diarios imprimieron el nombre de Schüller en la sección de finanzas antes que en la de nota roja, porque en el mundo de la administración total, un saldo bancario es más real que un cadáver.
En el hotel de Reforma, las camareras limpiaron la sangre con una eficiencia mecánica que hubiera deleitado a Frederick Taylor. No hubo rastro de la pasión, ni del odio, ni de la dialéctica que casi incendia la suite. El vacío dejado por el millonario fue llenado en microsegundos por un algoritmo de sucesión; la vacante de su existencia no produjo un eco, sino un simple trámite.
El universo, esa vasta industria cultural que no admite silencios, continuó su marcha. El asesinato de Schüller no fue una tragedia, sino una distracción de consumo rápido, un titular que duró lo que tarda en enfriarse un café. La realidad probó ser indiferente a la conciencia: el mundo no necesita de nosotros para seguir funcionando como una máquina perfecta y sin alma.
En una nota al pie de un tratado que nadie consultará, el profesor Adorno —o acaso un apócrifo que imitaba su amargura— dejó escrita esta sentencia que hoy clausura la suite de Reforma:
«La muerte de un hombre en la era de la técnica no es un final, sino un error de cálculo que el sistema corrige con el silencio; morir es la última forma de consumo, el momento en que el sujeto se entrega, por fin, a la paz absoluta de convertirse en una cosa».
Schüller no pensó en esa frase mientras el acero lo atravesaba; la descubrió escrita en el reverso de sus propios párpados. Lo sorprendente no fue la agonía, sino la revelación de que el Asesino no era un intruso, sino un empleado más de su corporación, contratado por él mismo en un olvido selectivo para ejecutar la única orden que el sistema no podía automatizar: el cese de la función.
Al desplomarse, Schüller comprendió que su «conciencia» no era más que un error de software en una red perfectamente integrada. El pensamiento de Adorno no fue un recuerdo, sino la última actualización del sistema operativo antes del apagado. Su último suspiro no fue de dolor, sino el alivio del cliente que, tras una vida de consumo, finalmente recibe el producto definitivo: la nada absoluta, libre de impuestos y de identidad.
Su cuerpo en el hotel de Reforma quedó como una escultura de la Razón Instrumental: una pieza que, al dejar de pensar, por fin comenzó a encajar perfectamente en el mundo. Al final, no fue un asesinato, sino una auditoría exitosa.
sábado, 28 de marzo de 2026
Un telegrama terrible.
El telegrama llegó con la precisión de una sentencia: "Ven. La puerta está abierta".
Gregor GeyGg caminó kilómetros por pasillos que parecían estrechos, aunque el techo se perdía en la penumbra. Al llegar a la casa de su infancia, encontró a su hermana, Ana, sentada frente a una mesa infinita. No se habían hablado en años, por una falta que ninguno recordaba pero que ambos daban por sentada.
—Has tardado —dijo ella, sin mirarlo. Sus manos pelaban una fruta que no tenía piel, solo capas infinitas de una pulpa grisácea.
—El camino se alargó —respondió él, sentándose.
Por un instante, el milagro ocurrió. Ana le tendió un trozo de esa fruta. Al comerla, Gregor sintió que el perdón no era un sentimiento, sino un mecanismo que encajaba. Se rieron de un chiste compartido en la niñez; la luz de la habitación cobró un matiz cálido y la burocracia del rencor pareció archivarse definitivamente. Se abrazaron. El contacto físico fue real, sólido, una reconciliación que borraba cada oficio y cada decreto de soledad.
—Me quedaré —susurró él.
—Ya te has ido —respondió ella.
De pronto, un funcionario con uniforme azul apareció de la nada y colocó un biombo de madera entre ambos. Gregor intentó rodearlo, pero el biombo se extendía a medida que él corría.
—¡Ana! —gritó.
—La audiencia ha terminado —dijo una voz detrás del panel.
Gregor buscó la puerta, pero ahora había cientos de ellas, todas con el nombre de su hermana, pero ninguna se abría con su llave. La reconciliación había sido concedida por error administrativo y, una vez detectado el fallo, el sistema procedió a anularla. Él seguía amándola, y ella a él, pero ahora existía una ley física, un nuevo reglamento del espacio, que prohibía que sus miradas volvieran a coincidir en el mismo plano de la realidad.
La reconciliación estaba firmada y sellada, pero el archivo donde se guardaba era, por definición, inalcanzable.
¿Te gustaría que profundice en el sentimiento de culpa de los personajes o prefieres que exploremos el entorno burocrático de la casa?
La culpa en Gregor no era un peso, sino una función administrativa. Mientras recorría los pasillos, sentía que su propia existencia era una falta que debía ser justificada ante un tribunal invisible. El perdón de Ana no fue un alivio, sino una evidencia condenatoria: al ser perdonado, se confirmaba que su crimen —aunque desconocido— era real.
Por su parte, Ana cargaba con la culpa del verdugo involuntario. Al aceptar la reconciliación, ella había violado una norma tácita de su propio aislamiento. Su mirada final no era de odio, sino de la resignación de quien ha sido "notificada" de que el amor es una irregularidad en el sistema.
Ambos se descubrieron culpables de intentar ser felices sin el permiso de la Gran Instancia. Ahora, el castigo no era el rencor, sino la certeza de que su amor era la prueba de su delito.
Gregor fue conducido a una habitación sin ventanas donde un hombre de rostro genérico, oculto tras una montaña de expedientes, comenzó el procedimiento.
—Usted afirma haber sido perdonado —dijo el funcionario, ajustándose los anteojos—. ¿Podría indicar el artículo exacto de la ley de su hermana que permite tal indulgencia?
—No hay artículos —balbuceó Gregor—. Fue un abrazo.
El funcionario suspiró, como quien trata con un niño testarudo.
—Un abrazo es un gesto técnico que requiere una solicitud previa por triplicado. Si ella lo perdonó sin que usted presentara un inventario detallado de sus ofensas, entonces el perdón es nulo por falta de forma. Y si usted lo aceptó sin conocer sus propios cargos, ha cometido falsedad ideológica.
El interrogatorio se volvió un bucle. Cada palabra de afecto que Gregor intentaba recordar era desmenuzada hasta convertirla en una sospecha. "¿Por qué sonrió ella?", "¿Fue una sonrisa de alivio o una de desprecio procesal?", "¿Qué intención oculta tenía usted al aceptar el trozo de fruta?".
Pronto, Gregor empezó a dudar de si la reconciliación había ocurrido realmente o si solo fue una estrategia de la fiscalía para obtener una confesión. La culpa crecía: ya no se sentía culpable por lo que le hizo a su hermana, sino por el hecho imperdonable de haber creído, siquiera por un segundo, que podía ser libre de su juicio.
El funcionario dejó de escribir. En el silencio opresivo de la sala, se quitó los anteojos y, por primera vez, miró a Gregor de frente. Los ojos, la forma de las cejas, incluso el pequeño tic en la comisura de los labios eran idénticos a los de Ana. No era una imitación; era ella, o una versión de ella procesada por la maquinaria del rencor.
—¿No lo entiendes, Gregor? —dijo el funcionario con la voz exacta de su hermana—. Yo soy tu fiscal porque tú me has nombrado. Cada vez que buscas mi perdón, redactas un nuevo cargo en mi contra.
Gregor comprendió entonces la trampa: la Ana que lo había abrazado era una irregularidad del pasado, mientras que esta Ana administrativa era la única realidad vigente. El interrogatorio no era para obtener información, sino para que él admitiera que la reconciliación era un atentado contra el orden natural de su distanciamiento.
—Entiendo —susurró Gregor, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso como el cemento—. Confieso. Confieso que el abrazo fue un error de cálculo. Confieso que no merezco la entrada, ni la salida, ni el recuerdo.
Al firmar el acta, Gregor sintió una extraña paz, la paz de los que ya no esperan nada. El funcionario selló el documento y le señaló una puerta que no conducía a la casa, sino a un pasillo vacío que se perdía en el blanco. Aceptó la condena perpetua: viviría sabiendo que ella estaba al otro lado, pero con la prohibición absoluta de volver a intentar descifrarla. La reconciliación quedó archivada como un caso cerrado por falta de pruebas, y Gregor caminó hacia su destierro, satisfecho de haber cumplido, por fin, con la ley.
Gregor comenzó a caminar por el pasillo. Al principio, intentó contar sus pasos, buscando una métrica que le devolviera el sentido del espacio, pero las baldosas se multiplicaban bajo sus pies con una rapidez geométrica.
Miró hacia atrás y la puerta del interrogatorio ya no estaba; en su lugar, el pasillo se extendía con la misma monotonía grisácea que hacia adelante. No había bifurcaciones, ni ventanas, ni el eco de otros pasos. La condena no era el dolor, sino la ausencia total de interrupción.
Gregor comprendió que ya no era un hombre, sino un expediente en tránsito. Su nombre, sus recuerdos de la infancia y aquel breve sabor de la fruta que Ana le dio, se fueron disolviendo en la atmósfera aséptica del corredor. Se convirtió en un punto errante en un sistema que no necesitaba de finales, solo de una continuidad infinita.
Caminó hasta que el concepto de "hermana" fue solo un sonido vacío, una palabra en un idioma que ya nadie hablaba. Se perdió no en la oscuridad, sino en la transparencia absoluta de un lugar donde la reconciliación era, por fin, algo físicamente imposible porque ya no quedaba nadie para ser perdonado.
viernes, 27 de marzo de 2026
Sonetos a Noelia Castillo.
"Solo tengo la verdadera sensación de mí mismo cuando soy insoportablemente infeliz" Kafka.
Bajo el peso de un trauma sin medida,
Noelia, flor tronchada en su alborada,
jirafa en un charco de su fe herida
y en silla de metal quedó anclada.
¡Qué injusto es que el dolor dicte el camino,
que un juez mida la entraña en tu lamento!
Luchaste contra el sueño y el destino
del fantasma que persigue tu aliento.
Ni la espuela de Dios brilla hueca en tu alma
ni el olvido de aquel quinto rellano,
sino el grito de un alma que se palma
y busca paz en el adiós humano.
Vuela ya libre, lejos del juzgado,
al fin el infierno que has anhelado.
En la penumbra donde el alma oscila,
cuando el dolor su herencia hace presente,
tu voluntad, Noelia, se perfila
como un faro de paz ante la frente.
No es la muerte un ladrón que te despoja,
sino una mano amiga en la partida;
cuando la rama ya no tiene hoja,
es un acto de amor soltar la vida.
Que el mundo no juzgue tu postrero aliento,
ni el sueño que elegiste ante el quebranto,
pues es virtud calmar el sufrimiento
y dar un fin sereno a tanto llanto.
Cierra los ojos, deja que el reposo
sea tu puerto dulce y silencioso.
En la sombra quedó aquella agresión,
veinticinco primaveras mutiladas;
Noelia, presa en vil desolación,
con las alas de su alma destrozadas.
Desde el quinto rellano cayó el vuelo,
la silla fue su cárcel y su cruz,
buscando en el asfalto o en el cielo
la muerte que apagara tanta luz.
¡Qué amarga injusticia, ley de hierro!,
negarle el fin a quien solo es herida,
forzando en vida un lúgubre entierro
en la celda de su carne consumida.
Un drama cruel, de soledad y espanto:
morir por fin para cesar el llanto.
Hernán Cortés y pantallazos de su gloria.
Los barcos muertos en ostras
empeñados ya su suerte,
buscan los ojos en pétalos
buscando el oro en su muerte.
Sus arcas vacías quedan,
pero su pecho en astillas,
de una ambición que no cabe
en escritos y en gavillas.
En tu sangre crecen águilas
y el cuchillo al mar radas,
que un hidalgo sin hacienda
sueña en chirrían espadas.
¡Qué solo va por las olas!
¡Qué amargo es su pensamiento!
Sabe que el barco que cruza
es su tumba o su cimiento.
Ya no hay vuelta, que la bruma
va borrando el puerto viejo,
y el oro en hierro se forjó
para marcar un imperio.
Barcos que solo se cruzan
en la noche sin mirarse,
hay que correr en arena
para no enterrarse.
Verde sueño de los barcos,
viento de cal y de arena,
el caballo de la mar
galopa sin una rienda.
Cuchillos de sol amargo
le cortan la frente seca,
y en el bolsillo del alma
la plata se volvió piedra.
¡Ay, Hernán de manos frías,
qué noche de sombra negra!
Empeñaste hasta los ojos
por una tierra de fiera.
El barco muerde la espuma,
la costa ya le espera
con un puñal de obsidiana
y una corona de quejas.
Suena el metal en el aire,
sangre que no tiene dueña,
mientras el oro del barco
se pudre en la nochebuena.
La mariposa muere de sueño
se embisten por la ribera,
la Judiada ansia uno en uno
contra el tigre de la selva.
Reluce el peto de hierro
bajo la luna gitana,
mientras el indio de barro
clava su voz en la caña.
¡Qué choque de dos navajas!
¡Qué duelo de soledades!
Uno pone sus denarios,
el otro, sus deidades.
La Malinche, lengua de fuego,
va tejiendo la traición,
entre un Cristo de madera
y un sol hecho de latón.
Ya no hay moneda que valga
ni hidalgo que tenga sed,
que la historia es un romance
atado con un cordel.
El oro de Moctezuma, fundido en pesadas barras para facilitar su transporte durante la huida, se convirtió en una trampa mortal en los canales de Tenochtitlán. Muchos soldados prefirieron morir ahogados por el peso del botín antes que soltar su carga en la Noche Triste.
Hierve el oro en los crisoles,
una gualda sangrienta,
que el metal tiene mil ojos
y una voz que no se calla.
Lo fundieron en tinieblas,
barras de luna enojada,
para que el hidalgo lleve
su pecado en la espalda.
¡Ay, qué puente de suspiros!
¡Ay, qué noche de retama!
El que más oro llevaba
menos camino andaba.
Se le hunde el pie en el agua,
se le apaga la mirada,
mientras el tesoro busca
su raíz de barro y plata.
En el fondo del canal,
donde el pez de sombra nada,
duerme el brillo de un imperio
bajo una cruz oxidada.
El 13 de agosto de 1521, tras un asedio de 93 días, la ciudad de Tenochtitlán cayó definitivamente ante las fuerzas de Cortés y sus aliados indígenas. El asalto final combinó la tecnología naval de los bergantines españoles en el lago de Texcoco con la resistencia desesperada de los mexicas en las últimas calles de Tlatelolco.
Aquí tienes el cierre del romance, fundiendo el humo de la pólvora con el aroma ritual del copal (incienso):
Humo de humano y de incienso
compacta la escalinata,
cardiaco el ídolo de piedra
que su honor aún lata.
Ruge el trueno de la pólvora,
toro canibal de metralla,
que va rompiendo los pechos
sin espuelas el sol no haya.
¡Ay, ciudad de los canales,
novia de cristal y plata!
Tu mantón de mil colores
el hierro de Occidente desata.
Ya no suenan los tambores,
solo el grito de la espada,
y el copal se vuelve luto
en la tarde ensangrentada.
Cuauhtémoc, clavel cautivo,
va por la laguna flaca,
mientras el sol, como un disco,
en el horizonte se hinca.
Se acabó el sueño del oro,
la ambición quedó saciada,
y el silencio de las ruinas
es la última alborada.
(Escena en el teocalli en ruinas. La Luna asoma con cara de cuchillo y la Muerte viste de castellana vieja. Cortés limpia su espada con un jirón de seda roja).
CORTÉS
¡Ay, qué silencio de cal
tiene la noche vencida!
El caballo se me duerme
en la orilla de la herida.
LA MALINCHE
(Entrando como una sombra de río)
Hernán, que el aire no es aire,
que es una mano de escarcha.
Se nos murió la alegría
en mitad de la desgracia.
CORTÉS
Vendí mis barcos al viento,
puse mi hacienda en la suerte,
y ahora tengo por tesoro
esta moneda de muerte.
LA MUERTE
(Cantando desde el fondo)
Pólvora blanca de sueño,
incienso de sangre fresca,
que el imperio de los soles
ya es una rosa enhiesta.
CORTÉS
¿Ves ese humo que sube?
Es mi gloria que se apaga.
El oro pesa en el alma
como una sombra de daga.
LA MALINCHE
No llores, señor de barcos,
que la tierra ya es tuya,
aunque el grito del azteca
por tus venas se escabulle.
CORO DE SOLDADOS
(A lo lejos)
¡El hierro muerde la tierra!
¡La tierra se bebe el hierro!
¡Qué amargo sabe el triunfo
en el fondo del destierro!
(La escena se oscurece. Un Fuego fatuo baila sobre las ruinas de Tlatelolco. Cuauhtémoc está encadenado frente a un brasero, mientras La Malinche lo mira con ojos de cristal y profecía).
CUAUHTÉMOC
(Con los pies tocando la brasa)
Ya mi reino es de ceniza,
mi corona es de tormento,
que el hierro del castellano
se ha bebido hasta mi aliento.
No me duele este dolor,
ni esta carne que se quema,
me duele el sol que se apaga
en mi frente de diadema.
LA MALINCHE
(Acercándose como una serpiente de seda)
¡Ay, águila que caíste!
¡Ay, tigre de piel dorada!
Tu sangre y la de mi dueño
serán una misma espada.
No es el fin, que es el principio,
un río de leche amarga,
donde el indio y el hidalgo
llevan la misma carga.
CUAUHTÉMOC
Me pides el oro, Hernán,
y el oro ya no es nada,
es solo el sudor del mundo
en una mano cerrada.
LA MALINCHE
De tu herida y de su hierro,
de la pólvora y la rama,
nacerá un pueblo de barro
con el alma hecha de llama.
Hijos de sombra y de luz,
raza de cal y espera,
que llevará en el costado
una eterna primavera.
LA MUERTE
(Bailando entre los dos)
¡Gira, moneda de sangre!
¡Gira, rueda de la suerte!
Que el Nuevo Mundo ha nacido
del beso de la muerte.
(Se hace un silencio de piedra. Cortés, ya viejo y olvidado, camina por un olivar de Castilleja de la Cuesta. Viste de negro y arrastra una sombra de barco hundido).
CORTÉS
¡Ay, qué amargo es el retiro
lejos de la marejada!
Tengo las manos de nieve
y el alma de barro y plata.
Vendí mis viñas de joven,
compré un imperio con rabia,
y ahora no tengo un camino
que me lleve a la Nueva España.
LA MUERTE
(Vestida de india con mantón de seda)
Hernán, no busques el oro,
que el oro ya no te llama.
Búscate en el hijo rubio
que duerme con la mexicana.
CORTÉS
Mis naves las quemó el tiempo,
mi gloria se hizo retama,
y aquel dinero que puse
se lo tragó la distancia.
CORO DE VOCES
(Susurrando entre los olivos)
¡El hidalgo se nos muere!
¡El conquistador se apaga!
Queda su nombre en el viento
como un tajo de navaja.
CORTÉS
(Cae de rodillas)
Me voy con el sol que muere,
con la fe de mi estocada.
¡Que me entierren en la tierra
donde puse mi pisada!
(Cae el telón de terciopelo negro mientras suena un tambor azteca y una guitarra española).
Sonetos entre Dios y el Diablo.
Vendieron el motor, soltaron lastre,
dejaron el confort de aquel asiento;
que el brillo del metal es solo un cuento
si el hijo se nos pierde en el desastre."
Vendieron el confort, motor y brillo,
dejaron el asfalto en su arrogancia,
que no mide el honor la circunstancia
no caben en el hierro de un anillo.
Lo estable se deshace como el viento
en la flor de mil párpados sagrado,
y el resto es solo un fútil ornamento.
Aunque el camino sea hoy más pesado,
el oleaje amplia el mar a contraviento
y el náufrago aún no se ha salvado.
***
Tan solo lo importante es lo que cuenta,
el resto es solo ruido y vano empeño;
no pierdas el vigor ni el breve sueño
en aquello que el alma no alimenta.
Si el golpe del destino te atormenta,
resiste con el ánimo firme y ceño,
que solo aquel que de su fe es el dueño
la cumbre del sentido al fin ostenta.
Hay que sufrir el peso del camino,
aguantar el dolor, la sed, el fuego,
y aceptar con valor nuestro destino.
Lo accesorio se olvida pronto y luego,
frente al brillo del oro más genuino,
todo lo demás sobra en este juego.
miércoles, 25 de marzo de 2026
"EL ANDÉN DE LO QUE PUDO SER".
Este cielo de ceniza,
se apaga el último rayo,
el tiempo corre de prisa
y el corazón siente el fallo.
Tuvimos la mar en calma,
el viento a nuestro favor,
pero se nos durmió el alma
por miedo de un mal mayor.
Aquel "te quiero" en el pecho,
por cobardía callado,
hoy es un muro derecho
entre el presente y pasado.
¡Qué amargo sabor de arena
deja la mano vacía!
Es la puerta que no suena,
la luz que nunca sería.
Miramos hacia el camino
donde el destino se pierde;
fuimos nuestro propio sino,
yerba seca en valle verde.
Y en esta noche de ausencia,
donde el "pudo ser" habita,
nos dicta la mala conciencia:
la gloria no se repite.
Contra el frío de la estación,
donde el hierro se hace olvido,
perdimos la dirección
de aquel beso no cumplido.
El tren silbó su partida
con un estruendo de acero,
se fue toda nuestra vida
en ese vagón viajero.
Quedó el andén solitario,
testigo de nuestro error,
tachando en el calendario
las sombras de nuestro amor.
La lluvia moja el cristal
de la oportunidad muerta;
fuimos un paso fatal
ante una abierta puerta.
Apareces entre la bruma,
como un fantasma de ayer,
cuando la esperanza es suma
de lo que pudo haber sido.
Tus ojos buscan los míos
en el tumulto del puerto,
borrando al fin los desvíos
de aquel destino ya muerto.
No importa el tren que se ha ido,
ni el tiempo que nos robamos,
si el latido no vencido
nos dicta que aún estamos.
El hierro frío se enciende,
la suerte al fin nos abraza;
quien su pasado comprende
vuelve siempre hacia su casa.
Tus manos rozan las mías,
pero el hielo nos separa;
son tantas las agonías
que el tiempo nos grabó en la cara.
Buscamos aquel incendio,
la llama que nos unía,
pero hoy solo es el compendio
de una luz gris y vacía.
¿Somos los mismos que antaño
o extraños bajo este puente?
El reencuentro sabe a daño,
a un "tarde" que se siente.
Nos miramos fijamente,
con el miedo en la mirada,
pues se sabe, tristemente,
que tras la nada, no hay nada.
(Verso)
En el puente del olvido,
donde el tiempo se detuvo,
lo que ayer fue un rugido
hoy es sombra de lo que hubo.
(Estribillo)
¡Ay, qué tarde llega el "siempre"!
¡Ay, qué frío este reencuentro!
Que el perdón no nos encuentre
con el alma toda adentro.
Las manos que no se unieron
hoy son nudos en el viento.
(Verso)
Nos miramos a los ojos
con un miedo que nos quema,
recogiendo los despojos
de este amor que es anatema.
(Estribillo)
¡Ay, qué tarde llega el "siempre"!
¡Ay, qué frío este reencuentro!
Que el perdón no nos encuentre
con el alma toda adentro.
Las manos que no se unieron
hoy son nudos en el viento.
Sonetos: "El tercer espejo del laberinto".
Ruge el motor en racha estrepitosa,
el claxon muerde el aire con porfía,
y nace entre el cemento y la agonía
una mole de acero pretenciosa.
Abre el comercio su persiana ansiosa
buscando el lucro en la mercadería,
mientras se pierde esta polifonía
en la ciudad mecánica y ruidosa.
¿A quién le importa el ritmo del acento,
la rima que se teje con cuidado,
frente al martillo que golpea el viento?
Sublime el verso surge y es ignorado;
muere el soneto en el asfalto lento,
por el rugido febril atropellado.
***
El tiempo es cauce de piedras abierto
un juego de ficciones y de azar,
donde pedruscos podían encajar
y el horizonte era un jardín desierto.
Pero el destino, lúcido y despierto,
me vino con sus cuentas a cobrar:
oficio y fe que debo sustentar,
lejos del verso y del aplauso muerto.
La familia es el ancla y el sentido,
la obligación el pan de cada día,
y el afán de edificio es un ruido.
Supe al final que la vida iba en serio:
no en la altivez de la vana alegría,
sino en el peso de este cautiverio.
***
Pasó el tren con su ruido y su premura,
dejando solo un eco en el camino;
la mano que no asió aquel buen destino
hoy no debe cargar con la amargura.
Si el tiempo se llevó la arquitectura
de un sueño que no fue, de un don divino,
no enturbies con lamentos el buen vino
ni cambies tu alegría en desventura.
Mira el desierto en su extensión de arena:
las pirámides siguen todavía,
alzando su silencio ante la pena.
Lo que se pierde es solo una jornada,
pues brilla con la misma luz el día
y el alma sigue en pie, nunca derrotada.
***
Bajo el peso de un mazo indiferente,
se quiebra el cuerpo de callos dolido;
el rincón del convento lo perdido,
donde el honor se apaga lentamente.
Como aquel que ante el golpe inminente
no encuentra ya refugio ni rugido,
queda el cuerpo en el lodo, sometido,
mientras avanza el mundo, indiferente.
No hay defensa posible en el abismo
si el juicio es un rodar de frío hierro
que aplasta la razón con el cinismo.
Nace al dolor un silencio de si mismo,
callar es desafío al juez al menos
cuando nos arrastra sin voz el río.
El oleaje nocturno.
¿A mí wue me importa
si le queda aire?,
si tiene millones
o se le da el baile?
Ya se apagan las antorchas,
el teatro queda a oscuras,
y en el espejo del tiempo
mi propio rostro me asusta.
¡Qué lejos queda aquel joven
que, con la espada desnuda,
quiso asaltar las estrellas
y hollar la gloria absoluta!
Como un Romeo cansado
que ya no escala la altura,
busco el calor de otro cuerpo
mientras la muerte me arrulla.
Amor celeste y rastrero,
mezcla de luz y de injuria,
es un veneno que calma
esta soledad de tumba.
La vida iba en serio, ¡ay!
La verdad es una furia
que desgarra el terciopelo
de mi juventud caduca.
Ya no hay aplausos, ni rosas,
solo esta noche de lluvia,
donde el amor es un rastro
de ceniza y de amargura.
No volveré a ser el dueño
de aquella risa tan pura;
soy solo un viejo comediante
que ante el silencio se angustia.
¡Que me entierren en tus brazos,
lejos de la luz diurna,
donde el olvido sea el beso
que mi tragedia concluya!
Inventario de un cuerpo
Que la vida iba en serio es la emboscada
que el tiempo nos tendió por puro vicio;
hoy me asomo, cansado, al precipicio
de ver mi juventud ya derrotada.
No busco la pasión desesperada
ni el beso que nos lleve al sacrificio;
el amor es tan solo un ejercicio
de piel contra la sombra abandonada.
Pandémica es la noche, y el deseo
se vende por un rato de compañía,
lejos de aquel altar en que creía.
La Función Final
Ya se apagan las antorchas,
el teatro queda a oscuras,
y en el espejo del tiempo
mi propio rostro me asusta.
¡Qué lejos queda aquel joven
que, con la espada desnuda,
quiso asaltar las estrellas
y hollar la gloria absoluta!
Como un Romeo cansado
que ya no escala la altura,
busco el calor de otro cuerpo
mientras la muerte me arrulla.
Amor celeste y rastrero,
mezcla de luz y de injuria,
es un veneno que calma
esta soledad de tumba.
La vida iba en serio, ¡ay!
La verdad es una furia
que desgarra el terciopelo
de mi juventud caduca.
Ya no hay aplausos, ni rosas,
solo esta noche de lluvia,
donde el amor es un rastro
de ceniza y de amargura.
No volveré a ser el dueño
de aquella risa tan pura;
soy solo un viejo comediante
que ante el silencio se angustia.
¡Que me entierren en tus brazos,
lejos de la luz diurna,
donde el olvido sea el beso
que mi tragedia concluya!
Inventario de un cuerpo
Que la vida iba en serio es la emboscada
que el tiempo nos tendió por puro vicio;
hoy me asomo, cansado, al precipicio
de ver mi juventud ya derrotada.
No busco la pasión desesperada
ni el beso que nos lleve al sacrificio;
el amor es tan solo un ejercicio
de piel contra la sombra abandonada.
Pandémica es la noche, y el deseo
se vende por un rato de compañía,
lejos de aquel altar en que creía.
Comprendo, entre el alcohol y la ironía,
Como un viejo galán de un mal trofeo,
que ni el cuerpo me queda en la agonía.
Acto Final
Vine a comerme el mundo, y el banquete
era solo mi carne en el cuchillo.
Ya no busco el amor, busco un billete
que me compre un abrazo en el pasillo.
No hay tragedia, ni gloria, ni jinete;
solo un cuerpo cansado y sin brillo.
Morir es esto: un último juguete
rompiéndose en un cuarto muy sencillo.
Vine a comerme el mundo, y el banquete
era solo mi carne en el cuchillo.
Ya no busco el amor, busco un billete
que me compre un abrazo en el pasillo.
No hay tragedia, ni gloria, ni jinete;
solo un cuerpo cansado y sin brillo.
Morir es esto: un último juguete
rompiéndose en un cuarto muy sencillo.
martes, 24 de marzo de 2026
No me pidas que me aleje.
No me pidas que me aleje,
ni que busque otra salida,
que no hay miedo que me deje
sin el norte de tu vida.
El mundo grita "escapa",
por temor a la herida,
pero el alma no se tapa
si se siente protegida.
No es valiente el que se olvida
ni el que corre hacia el olvido,
es quien se queda a medida
de lo que juntos hemos sido.
Que se rompa la muralla,
que se agite el hondo mar,
yo no pierdo esta batalla
por el miedo de ganar.
Aquí planto mi bandera,
sin maletas, sin el "luego",
que no hay mayor primavera
que abrazarse bajo el fuego.
lunes, 23 de marzo de 2026
El Eco en el Desván.
El crujido no vino de la madera vieja, sino de algo mucho más pesado. Julián se quedó inmóvil en la cama, con los ojos clavados en el techo manchado por la humedad. Hacía tres días que se había mudado a la casona de su abuelo y, desde la primera noche, el desván parecía cobrar vida propia.
Se puso las pantuflas y subió la escalera de caracol, cuyo metal frío le recordaba a una morgue. Al llegar arriba, la puerta del desván estaba entreabierta. Un olor a ozono y a flores secas inundaba el pasillo. Empujó la madera con la punta de los dedos.
Dentro no había nada fuera de lo común: baúles llenos de ropa apolillada, un espejo cubierto por una sábana gris y el silencio denso de los lugares olvidados. Julián suspiró, atribuyendo los ruidos a las tuberías. Pero, al darse la vuelta para salir, el espejo reflejó un movimiento.
Él no se había movido.
Caminó hacia el espejo y retiró la tela de un tirón. Su propio reflejo lo miraba fijamente, pero había algo mal. El Julián del espejo no parpadeaba. El Julián del espejo tenía una sonrisa que llegaba hasta las orejas, una expresión que él jamás recordaba haber hecho.
De repente, su reflejo levantó una mano y golpeó el cristal desde adentro. Toc, toc, toc.
El sonido no fue un eco. Fue real. Julián retrocedió, tropezando con un baúl, pero sus ojos no podían apartarse de la superficie plateada. La figura en el espejo comenzó a arañar el vidrio, dejando marcas de garras que aparecían en el aire de la habitación.
—Déjame salir —susurró una voz que era la suya, pero que sonaba como si viniera de debajo de la tierra.
Julián intentó gritar, pero el aire se le escapó de los pulmones. Vio cómo su propia mano derecha, la de carne y hueso, empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo. Mientras tanto, la figura del espejo cobraba color, volumen y una solidez aterradora.
El "otro" atravesó el marco con la facilidad de quien cruza una cortina de agua. Se detuvo frente a un Julián cada vez más pálido y transparente. Con una delicadeza cruel, el intruso le acomodó el cuello de la pijama al Julián real, que ahora flotaba como una sombra sin voz.
—Gracias —dijo el impostor con su voz perfecta—. Hacía mucho frío allí dentro.
El nuevo Julián bajó las escaleras silbando una melodía antigua, dejando atrás un espejo vacío donde, si se miraba con atención, solo se veía una habitación oscura y un joven invisible golpeando desesperadamente contra un muro de cristal.
domingo, 22 de marzo de 2026
Sonetos.
Atropella ese ceño que me ignora,
donde el orgullo frena su sentencia,
no busco ya la luz que te devora
ni ruego ante tu fría indiferencia.
Si tu desprecio pita mi tortura
por no tener el brillo del tesoro,
verás que no hay en este mundo una
virtud que pese más que el propio decoro.
Soy dueño de mi paso y mi destino,
libre de herrar la rueda en tu cadena,
siguiendo de la paz el buen camino.
Pues ser tranquilo vale más que el oro,
y en la conciencia limpia y sin cadena,
hallo el honor que al necio causa lloro.
***
Te amo puñal en el pecho siento
el vértigo de un edificio
que cae y grita y rabia como el muerto
en la noche eterna de vidrio.
En el rellano impera la sombría
pared de mueca en guerra y congelado;
ayer eran amigos, hoy, de lado,
pasan cargando un saco de apatía.
Todo colapsó por una nimiedad:
un perro que ladró, luz encendida,
o una planta de más, mal atendida,
que marchitó su vieja voluntad.
Se evitan en el paso del rellano,
el ascensor es cripta de hormigón
donde alguien se pudre al dar la mano.
Y muere en capullo orgullo en su rincón,
perdiendo por un roce soberano
la paz que da un saludo y el perdón.
La noria eterna del ratón.
Captura esa mezcla de amor devoción platónico, envidia y desesperación:
Tras el cristal de mi silencio impío,
contemplo el sol que en tu mirada habita,
un fuego que jamás será ya mío,
un hambre que mi voz nunca ejercita.
Mas llega aquel con paso indiferente,
a profanar tu luz con su osadía,
y roba con un gesto, audaz y ausente,
el diario que en mis sueños yo tejía.
Él toca con sus manos lo sagrado,
y tú le otorgas risas de oro puro,
mientras yo, por mi sombra encadenado,
muero de sed tras un helado muro.
Que el necio goce el fruto en su victoria,
mientras yo guardo el templo de tu gloria.
jueves, 19 de marzo de 2026
Soneto a la injusta falta de reconocimiento tras tanto trabajo.
Sobre el arco de una luna de estaño,
gime el metal por no encontrar su brillo,
mientras el alma, rota en el martillo,
bebe el veneno de un silencio extraño.
No busques en el ojo del extraño
la vara de medir tu propio anillo;
el aire es un puñal de filo amarillo
que ignora la raíz y el desengaño.
¡Levántate sobre tu propia herida!
Que el toro de tu orgullo, en la penumbra,
embista la desidia de la vida.
Porque si el mundo tu verdad no alumbra,
tienes la voz por dentro, estremecida,
donde el clavel de tu valor relumbra.
miércoles, 18 de marzo de 2026
Intentando superar la autodestrucción sin conseguirlo.
Como el poema de Vincent Van Gogh por Clasina María "Sien" Hoornik, y el de Charles Baudelaire por Jeanne Duval. Syd Vicious por Nancy Spungen.
Hay amores que solo
queman el rastrojo,
pero uno disfruta ciego del sol
mientras se quema los ojos.
Hay amores que queman y te raspan
y te arrastran por los pelos,
hay gente con los que la vida
nunca será justa. Allá ellos.
Hay caballos que cabalgan errantes
sin sentido, locos,
que los devoren las olas,
que los apedreen solos.
Sobre el palio de la noche,
en tu alcoba de agonía,
eres torre de granito,
negra radiografía.
Yo soy niño que te observa,
gato lerdo que te espía,
mientras muerdes el veneno
con rabiosa sangre fría.
¡Oh, giganta de los lodos,
de hermosura ya baldía!
No busques cielos ni rezos,
que la luz no te querría.
Tu cuerpo es un precipicio
donde el asco se extravía,
un altar de carne muerta
en perpetua epifanía.
Me hundo en tu sombra espesa,
en tu herida siempre abierta,
donde el vicio cobra vida
y la esperanza está muerta.
Como el crío que se traga
la cicuta más incierta,
bebo el pus de tus pecados
tras tu bajeza desierta.
No hay perdón en tus entrañas,
ni en tu boca hay lozanía;
solo un pozo de miseria
que devora mi alegría.
Eres bestia degradada,
caos de anatomía,
y yo el juguete que busca
tu total carnicería.
Alzo el pie del precipicio,
pero el vértigo me nombra;
quiero huir de tu regazo,
pero me abraza tu sombra.
Soy el gato que regresa
a la mano que lo escombra,
buscando en tu piel de fango
la caricia que me asombra.
Juro al alba que te dejo,
que mi ruina se termina,
pero el aire es un anzuelo
que hacia tu asco me encamina.
Eres red de hierro viejo,
eres zarza, eres espina,
y yo el niño que se goza
bebiendo tu medicina.
Huyo lejos de tu alcoba,
de tu risa de granito,
pero vuelvo como el reo
a su círculo maldito.
Mi voluntad es un trapo,
mi rescate un fútil grito;
caigo siempre en tu veneno,
mi desastre favorito.
No hay orilla en este mare,
no hay salida en este abismo;
busco el cielo y solo encuentro
tu voraz cataclismo.
Me condeno en tus rodillas
con el peor de los cinismos:
tragarme tu muerte lenta
para huir de mí mismo.
Se rompe el cielo de azufre
sobre el lecho de tu fango,
mientras tu cuerpo de mole
me sofoca con su rango.
Eres tumba de carne viva,
yo el insecto en tu fandango,
masticando la ponzoña
que de tu pecho fue un rastro.
Ya no hay aire, solo el peso
de tu estampa soberana,
una mole de miseria
que me aplasta y me engalana.
Trago el vidrio del desprecio,
la cicuta más profana,
y me asfixio en tu regazo
como un feto de alcana.
Muero niño, muero gato,
en tu vientre sin salida,
devorado por la sombra
de tu vida ya podrida.
No hay luz en este naufragio,
solo el fin de la partida:
ser el barro de tus pies,
la basura de tu vida.
En el último suspiro,
mi garganta se deshace;
bebo el resto del veneno
para que el horror se enlace.
Tú, giganta, ni me miras,
mientras mi alma se complace
en ser solo el desperdicio
donde tu asco se complace.
martes, 17 de marzo de 2026
Sonetos contra el solar del fanatismo.
Contra un cielo de cal y presentimiento,
se ríe el bufón con lengua de navaja,
mientras la turba el corazón relaja
entre la mofa y el escupimiento.
Es un juego de espejos y de viento,
donde la ira en seda se trabaja;
la muerte espera, mansa, en una caja,
viendo el festín del odio y el lamento.
Pero el aire se triza en un segundo
cuando el metal la carne reconoce
y el chiste se hace barro en lo profundo.
Ya no hay risa que el grito no destroce,
que la sangre, al manchar el mapa el mundo,
ni entiende de ironía ni de goce.
***
Por el aire de cal viene la luna,
con su polisón de nardos y veneno,
meciendo el odio en el regazo ajeno
como quien muerde el sol en la laguna.
No busca el baile, ni busca fortuna,
sino el metal que duerme en el terreno;
un relincho de sombra bajo el freno,
una mortaja blanca en cada cuna.
¡Ay, qué risa de cuarzo y de cuchillo!
mientras la mofa enciende su ceniza
y el radical olvida su estribillo.
Pero cuando la sangre se desliza,
la luna es un helado calabozo
que ya no tiene gracia, ni tiene gozo.
sábado, 14 de marzo de 2026
Torrente presidente. (Soneto).
Sentado en el Despacho, entre sudores,
con la bragueta abierta y gran descaro,
proclama el «brazo tonto» su amparo:
«¡Hagamos de este Reino algo de amores!».
No hay cumbres ni tratados, solo horrores,
el Farias humea, sale caro,
y al cuerpo diplomático, ¡qué raro!,
le pide un "donativo" entre vapores.
Remplaza el himno patrio por el Fary,
bebe sol y sombra en el senado,
y monta en la Zarzuela un buen sarao.
¡España ya es un gran puticlub vari!
Con el orden del caos bien guardado,
y el honor... en el váter olvidado.
viernes, 13 de marzo de 2026
A los que luchan por la gloria.
En el estribo esquivo de la gloria,
donde el aplauso es eco que se apaga,
hay quien entrega el alma y se consagra
a escribir con su vida su propia historia.
No importa si el Laurel grabó memoria,
o si el silencio en sombras lo naufraga,
que el fuego que en el pecho se propaga
es en sí mismo el triunfo y la victoria.
Pues la verdad, profunda y encendida,
vale más que el asombro de la gente
y justifica el rastro de la herida.
Luchar es el honor del valiente;
que el esfuerzo es la cumbre de la vida,
tengas el mundo o no, frente a tu frente.
jueves, 12 de marzo de 2026
Una canción desesperada.
Me gustas cuando callas porque habitas la niebla,
y mi voz no te alcanza, como el eco en un foso.
Parece que tus ojos se hubieran vuelto piedra
y que un muro de invierno nos guardara en reposo.
El aire de la tarde se detiene en tu aliento,
todo se vuelve pausa, quietud de muelle antiguo.
Eres como la noche que se queda sin viento,
con tu silencio inmenso, lejano y ambiguo.
Me gustas cuando callas porque eres como un mapa
de tierras ignoradas que no puedo cruzar.
Como una luz herida que el ocaso atrapa,
como un secreto frío que se entrega al azar.
Basta entonces un gesto, un leve movimiento,
para saber que existes tras la sombra que habitas.
Y estoy alegre entonces, de que este sentimiento
no necesite voces para estar con las mías.
Me gustas cuando callas porque eres el vacío
que deja la marea cuando olvida la arena.
Tu ausencia es un lenguaje, un invierno de río,
una calma que pesa, que arrastra y encadena.
Te pareces al humo que se pierde en la estancia,
tan presente en el aire, tan imposible al tacto.
Amo esa geografía de la pura distancia,
donde el alma y la sombra sellan su mudo pacto.
No hacen falta palabras para que yo te nombre,
te encuentro en los espejos que no reflejan nada.
Eres el breve asombro que detiene a un hombre
frente a una puerta vieja que permanece cerrada.
Una seña es bastante, un latido que asome,
un naufragio de luz en tu cuerpo de estanque.
Y sonrío al saber que el silencio te tome,
aunque sea un abismo que de mí te desranque.
Emerges del silencio como un resto de nave,
abandonada y sola bajo el cielo sin nombre.
Fuiste el nudo en la garganta y la herida suave,
el rincón de la sombra donde se pierde el hombre.
¡Oh, segadora de ecos! ¡muelle de los temores!
Todo en ti fue una fuga, un partir sin regreso.
Se me escapa tu vida como en los dedos el agua,
y me quedo en la orilla, cargando con tu peso.
Te busqué en los incendios, te busqué en la ceniza,
pero solo hallé el rastro de tu paz de granito.
Tu mudez es el hacha que mi voz descuartiza,
un desierto de frío, un eterno no-grito.
Es la hora de irse. El crepúsculo avanza
quemando los últimos puentes de la memoria.
Se apaga tu silencio, se pudre mi esperanza,
y solo queda el hambre de esta vieja victoria.
Cuestas, borrascas, lobos...
Caminé por sendas largas
con la mano en la de un amigo,
cuestas, borrascas, lobos
y piedras por el camino.
Duele el eco en la distancia
de la risa que se ha ido,
masca el cristal roto
con la planta rajada en el piso.
Me dejaron con mis faltas
en el rincón del olvido,
sin palabras, sin miradas,
con el corazón herido.
Pero el alma se levanta
y busca un nuevo destino;
si la soledad espanta,
el amor propio es mi abrigo.
Ya no busco sus pisadas
ni el favor de lo perdido,
que en las horas más amargas
soy mi mejor incentivo.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Soneto de ser feliz.
Contra el arco de un tiempo enloquecido,
galopa el pulso herido del instante,
donde el metal y el grito del amante
son un jardín de sombra endurecido.
No busques el remanso, que el latido
es un toro de nardo y de diamante,
viva grieta de luz gesticulante
en el caos del viento suspendido.
¡Qué alegría de vidrio y de cadena!
Sentir que el centro mismo de la herida
es una berrea de sal ajena.
Amo este estruendo de ala estremecida,
porque en la furia de la sangre llena
se encuentra el verde quicio de la vida.
***
Ideograma chino de Nieve y Seda
En el vacío blanco, el trazo se detiene,
negra la tinta en el umbral del ala,
un imperio de jade que exhala
el silencio que el tiempo no retiene.
Abanico de seda, donde viene
la bruma que en los montes se descala;
el pincel, en su danza, ni señala
el rastro que la forma no mantiene.
Torre de porcelana en el poniente,
fénix de humo, ausencia de la aurora,
el río es un olvido que se siente.
Nada se nombra, el mundo se evapora:
solo un eco de té, sutil, presente,
en la taza de un siglo que se llora.
***
No preguntes otro motivo.
¿Alguna vez amaste
a quien no te quiso amar?
¿y a quién te amaba
lo ignoraste hasta el final?
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
No preguntes el motivo,
no habrá respuesta al llamar,
mi pecho un nido robado
no hay nada que revelar.
¿Alguna vez amaste
a quien no te convenía?,
y no sacabas agua
mientras el pozo se hundía.
No busques en mi mirada
una luz para guiar,
médanos de oro que pasan
donde nadie ha de habitar.
Ni las promesas me importan,
ni el mundo me hace soñar,
donde baila óxido el satén
solo enseñan a callar.
Somos hermosos y huecos,
como olas sobre el mar,
espirales contra el suelo
al tratar de preguntar.
Si me quedo, hay un suplicio,
si marcho, coche a desbordar,
no controlo el vértigo
no puedo luchar más.
Si me quieres, dímelo,
si no, déjame volar,
con la ala rota y el frío
el viento invita a delirar.
Una vez es doble frío,
otra vez es doble azar,
esta duda que me agita
nadie la podrá calmar.
Ni el derecho ni la ley
me habrán de sujetar,
que yo solo busco el paso
para poderme escapar.
No sé lo que quiero ser,
pero sé qué rechazar,
en las calles del orgullo
solo paseo un claudicar.
¿Debo irme o quedarme?
frenética qué dictar,
el tren descarrila alegre
no lo quiero yo juzgar.
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
Soy la sombra en la mañana,
un escalofrío de improviso,
un recuerdo de guerra
de una noche en vilo.
Da más Whisky al perro
el espíritu al azar,
que entre ruinas de un imperio
solo viene a despertar.
No busques paz ni orden
en mi forma de mirar,
el edificio en su agonía
solo incita a destrozar.
martes, 10 de marzo de 2026
Homenaje a nuestro adorado Quijote.
Contra el sol de la meseta,
donde el tiempo nace muerto,
camina el hidalgo enjuto
entre el óxido y el desierto.
No es locura lo que habita
en su sien de plata y sueño,
te amo sin esperar nada
ni ningún tipo de despecho.
Si me quedo, hay un suplicio,
si me marcho, hay un pesar,
qué decides entre golpes
no puedo luchar más.
Aquel que sufre el agravio
con la frente siempre erguida,
lo que pasa es por tu culpa
y culpas a la vida.
Cruzas desiertos de alma,
entre médanos de oro,
donde el polvo de los siglos
lee tu alto tesoro.
Como las olas embisten
un toro entre las olas,
nunca te cansaste
de encajar derrotas.
Esa arena que levanta
el galope de su anhelo,
es la escala que proyecta
su miseria hacia el cielo.
Lo mejor de nuestro barro,
la rocaflex del silencio,
tan cansado y tan seguro,
venció el sol al acero.
No es victoria de la espada,
sino el triunfo del intento:
ser la luz que no se apaga
aunque arrase el viento.
Triunfaste estás cansado
triunfaste estás muriendo,
esa arena que levanta
el galope de su anhelo.
El juego siniestro de las nubes.
La nube finge un abrazo
con su luz y recuerdas...
Si al recordar sonries...
entonces valió la pena.
Tapas el sol con tu dedo
y recuerdas como iba y venía
el sol queriendo una huella.
Yo y tú nadie más sabía.
"¿Por qué todas estas lágrimas,
el dolor cursi en su rostro
fuera del taxi?*" te amo
mientras me arrastra el potro.
Qué elegancia la del trueno
que interrumpe mi optimismo;
si el azul parece bueno,
yo sospecho del abismo.
Me seduce el anticiclón
con promesas de verbena,
mientras muerdo mi rencor
por su farsa tan ajena.
Me rindo al azul cobalto,
qué insulto tanta pureza,
mientras mido cada asalto
de mi propia ligereza.
Si el barómetro se eleva,
mi desprecio cobra vida;
no hay tormenta que me mueva
como el sol, esa mentira.
Brilla el orbe, yo bostezo,
qué impostura tan brillante,
un idilio con el rezno
de este estío claudicante.
Qué pesadez el rocío,
qué tedio su llanto leve,
un aspersor con delirio
que hasta las penas me mueve.
Se cree perla el aguacero,
joyería de tejado,
pero es solo un prisionero
de un gris muy mal acabado.
Bendito el fango, qué suerte,
mancillando la pureza,
mientras el alma se invierte
en su propia extrañeza.
Qué mérito el del nublado,
vende drama por goteo,
mientras yo, tan alquilado,
compro su truco feo.
Esa mística de charco
es de un gusto deprimente,
un romántico letargo
para engañar al vidente.
Brindo por la inundación,
que al menos no tiene cura,
ni finge ser la solución
a nuestra humana basura.
Y para el cierre apoteósico,
un brindis con agua turbia,
por este mundo psicótico
que se limpia con la lluvia.
Que caiga el cielo a pedazos,
qué alivio ver el desastre,
mientras nos damos abrazos
con el barro hasta el lastre.
Esa brisa, tan coqueta,
va vendiendo libertad,
arrastra las palmeras
de nuestra mediocridad.
Es un soplo de arrogancia,
puro marketing del aire,
que nos vende su fragancia
con un pésimo donaire.
Que se lleve la techumbre
y nos deje en el pellejo,
para ver si esa costumbre
nos regala un buen espejo.
Busca el sol mi genuflexión,
ese sádico radiante,
que disfruta la erosión
de mi cara de ignorante.
Que se seque hasta el recuerdo,
que la tierra sea ceniza,
en su brillo me reuerdo,
qué delicia su paliza.
Adoro su sed eterna,
su caricia de desierto;
mi alma, que es una taberna,
lo ama por fin... y por muerto.
*de Seamus Heaney.
lunes, 9 de marzo de 2026
El amor que se marchó que se marcha.
En la calle algunos pelean
un rompehielos atrancado,
y el motor con su ruido
ruge y ruge amargado.
No sabemos si acabaremos
en la cárcel entre portazos
no lo sabemos.
En la malla del andamio
crece el miedo en mi garganta,
las palomas de esta angustia
con su sombra me amordaza.
La nube de lluvia en el mar
y la luz no la rescata.
viendo cómo el tiempo corre
una herida que no sana,
Siento el pánico que sube,
mi esperanza está quebrada,
es un bosque de silencios
donde pierdo la pisada.
Aquel pañuelo de seda
que dejaste en la ventana,
hoy es símbolo del nudo
que a mi pecho se abalanza.
Vivo en esta incertidumbre,
con la fe casi agotada,
suplicando por un gesto
que devuelva la mañana.
Es un grito de socorro,
es mi vida que te llama,
pues sin ti todo es ceniza,
soledad amarga y vana.
¿Llegará por fin el día?
¿O seré solo la nada?
Dime pronto que me quieres
en esta noche callada.
La adicción a las pantallas.
Contra un cielo de plomo, enfermo y fatigado,
donde la tele destila el veneno sutil,
arrastras por el sofá tu orgullo de marfil,
en un templo de dunas, por nadie venerado.
¿Por qué besar la mano del ídolo helado
que ignora tu perfume, tu mando y tu perfil?
Si el alma se marchita en este invierno vil,
si no te valoran vete, corazón golpeado.
Huye hacia el horizonte de un sol agonizante,
Busca el hondo abismo la luz o lo que pisa,
donde el Spleen no devore tu favor de diamante
ni el tiempo te encadene a un trono de ceniza.
pero no brindes nunca tu luz y tu colgante
a quien, tu rostro vendido democratiza.
Tan libre.
Créelo o no, en el pecho
asfixio un latido de nadie;
ya no me pesan los pasos,
estoy flotando en el aire.
Como el polen que desprenden
las corolas en la tarde,
cruzo el umbral del olvido
con un impulso constante.
Nunca pensé que podría
sin cadenas sentirme tan grande,
mientras la luz de la aurora
mi piel de sombra deshace.
Voy volando con un ala
y una oración por equipaje,
buscando en el horizonte
el eco de tu mensaje.
Banderas licuadas en el polvo
Banderas licuadas en el polvo
troncos que al mar levanté,
la noche eterna es olvido
de quien grita débil sin fe.
Me llevo los dulces besos,
las caricias que probé,
mi cuerpo lija reseca
se multiplicó sin saber.
Pensaba en ti, pienso en ti,
y en ti siempre pensaré,
aunque el tiempo nos detenga
y solo sombra seré.
El bus se acaba de ir
maldita la despedida,
pensaba tirarme, golpear
ese flash era mi vida.
Maldita sea aquella hora
en que tu luz encontré,
no hubo peleas en las peleas
la verdad...no lo sé.
Se hicieron dueños y amos
en que nos descubrieron sin fe,
desnudos gritando
mientras chillaba el café.
Pronto, señora, en su mundo
lejos de fotos rotas lo sé,
pero me llevo el veneno
de más promesas sin fe.
¿Cuántas casas vimos juntos
la mirada que se fue?
rompías sin fe mis sentidos
cuando más necesitaba la fe.
Los viajes que imaginé
maldito yo que caí,
amas lo que nunca es tuyo,
lo que jamás tendrás de ti.
No armaré humilde un escándalo
de gritos y denuncias,
no perderé ya las formas
del que al fuego no renuncia.
No te diré ya palabra,
al acusado a muerte lo diré
con este silencio amargo
cuando inocente me fugué.
Sonetos.
El Altar de los Desechos.
Leopoldo María Panero.
Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas,
donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo
que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas,
yo buscaba el olvido en un abrazo muerto.
Fui un perro sin cadena, un vago de taberna,
bebiendo de los labios que el azar me ofrecía;
mientras la urbe pulcra, con su moral eterna,
bajo el sol del trabajo su tedio consumía.
Mi vida es un naufragio de carne y de pereza,
un desorden de besos comprados al olvido,
una estepa baldía donde nada bosteza.
Pero al mojar la pluma en el fango vivido,
esa basura es oro, y el caos es pureza:
¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido!
*
Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino,
se pudre la esperanza que nunca fue exceso;
un hambre de horizontes, sin rastro de vino,
ha dejado en mi boca el sabor de un deceso.
No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido,
solo el paso grisáceo de un tiempo prudente;
un cadáver de seda, de metas vencido,
que exhibe su gangrena de forma elocuente.
¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo
donde el oro se oxida sin haber brillado,
y en este desierto de abstemia agonía,
mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo:
la carne del sueño, por fin, se ha podrido
en la casta miseria de mi geometría.
*
Contra un sol negro y frío que el alma devora,
el tedio se arrastra como un reptil viscoso,
y en el pecho, la angustia, cruel vencedora,
clava su estandarte de color cenizoso.
Es un desierto mudo de pálida calma,
donde el deseo muere sin haber pecado;
una lepra de sombra me escala por el alma
mientras miro el futuro, feto abandonado.
Las horas son gotas de bilis y plomo
que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo,
y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo
ante el triunfo del asco, voraz y furtivo.
Soy un viejo paisaje de barro y olvido
donde el eco del éxito suena a gemido.
*
El reloj es un párpado de rosa y de frío
que vigila mi sangre, ya espesa y estancada;
me hundo en el pantano de un sueño baldío,
donde la voluntad es una flor abortada.
No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento,
una hiedra de sombra que los pies me encadena;
soy el mudo testigo de mi propio tormento,
un galeote anclado a una estéril arena.
Mi lengua es un insecto clavado a un madero,
mientras veo el mañana, cadáver que flota,
en el charco de fango que invade mi enero.
La parálisis triunfa, perfecta y devota:
una estatua de carne que exhala veneno
contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.
Carta final de Sid Vicious.
Nancy, mi cadáver exquisito, mi náusea y mi sabiduría de la autodestrucción. Me dejaste aquí, en este escenario de azulejos y sangre, rodeado de buitres que llaman "arte" a nuestra agonía.
El aire de este cuarto apesta a nuestra derrota, pero ¡qué dulce es el hedor del final! Te busco entre las sábanas manchadas y solo hallo el vacío frío de una tumba que aún no tiene mi nombre.
¡Maldita seas tú, madre! Progenitriz de mi miseria, que me amamantaste con ceniza y me enseñaste que el amor es solo una jeringuilla compartida. Tú, que me pariste para el matadero, quédate con tus remordimientos de hojalata mientras yo me convierto en leyenda.
Y a vosotros, multitud de ratas,periodistas, espectadores de mi caída: ¡tragados mi bilis! Nos mirasteis como a dioses heridos mientras solo éramos niños rotos jugando con cuchillos. No hay redención para los que aplauden el incendio. ¡Que vuestras ciudades se pudran y vuestro silencio sea vuestra única herencia!
El veneno ya corre por mis venas como un trueno oscuro. No es una despedida, es una bofetada en el rostro de la eternidad. Mi corazón late su último compás de puro ruido y furia.
¡Mírame, Nancy! Me arranco el alma para que coincida con la tuya. La esquizofrenia y el caos me reclama y yo voy hacia él con una sonrisa de asfalto.
¡Que se hunda el mundo! ¡Que se joda el mañana! ¡Nancy, ábreme las puertas del abismo, que voy a entrar pateándolas!
domingo, 8 de marzo de 2026
Soneto relación entre Rilke y Lou con Salomé.
Contra el estruendo de metal y vía,
va Lou con pies de gacela y de granito,
bebiendo el ruido de la estepa fría
mientras Rainer deshace el infinito.
Crujen ciudades, nidos de ceniza,
donde el amor es un metal que arde;
un viento de caballos los bautiza
en el silencio de la tarde en tarde.
¡Oh, viaje de raíces y de espuela!
Rilke es el ángel que su voz amordaza,
y ella es la tierra que por fin vuela.
Huyen del muro, de la quieta plaza,
hacia un silencio de cuchillo y vela,
donde el destino, salvaje, los abraza.
Sonetos de otra Adolescencia.
Miro el candado, el muro oxidado,
el patio donde el fútbol se ha dormido;
la sirena de amor que, inadvertido,
murió en el labio, mudo y asustado.
Aquel pasillo, hoy mudo y clausurado,
guardó el temblor de un roce no ocurrido,
lo que pudo ser fuego es ya sonido
de un eco que se pierde en el pasado.
La tutora es el cierre repentino,
un paso que no vuelve a la salida,
marcando con herrumbre nuestro sino.
Ya no hay vuelta, ni excusas, ni medida;
se escapa entre los dedos el destino
mientras se apaga el sol de la avenida.
***
Aquel azar dictaba nuestro atuendo,
sin pacto previo ni palabra alguna,
bajo la misma y pálida fortuna
íbamos de un color, casi queriendo.
Tus vaqueros, mi abrigo... comprendiendo
que el alma se buscaba en la laguna
de una moda infantil, que fue la cuna
de un fuego que se fue desvaneciendo.
Hoy miro el instituto, el hierro frío,
y entiendo que la ropa era el lenguaje
de un nudo que se deshizo en el río.
No hay marcha atrás en este breve viaje;
se queda aquel disfraz en el vacío,
mientras la vida cambia de ropaje.
sábado, 7 de marzo de 2026
Hay que olvidarte de ti.
Hay que olvidarte en el humo
que asfixia, con riesgo de morir,
el tranvía, el rascacielo,
todo me recuerda a ti.
Pasa el tiempo como el viento
entre las ramas,
lo que ayer era un deseo
hoy es ceniza que pasa.
Se nos escapa la vida
como el agua sin la acequia,
y el reflejo que distorsiona
nos comfunde con pena.
Sobre la sombra del pilar antiguo,
donde el liquen abraza la piedra,
pasa el tiempo con paso furtivo
el rastro de luz de una estrella.
Esa fuente que canta en el patio
su monótono verso de arena,
es el eco de un siglo cansado
que en el mármol sus horas entrega.
Se deshoja la flor de los años
en el aire que el alma recuerda,
y en los muros, los viejos retratos,
son jirones de una alma que sueña.
Volverán las oscuras gaviotas
a cruzar la penumbra desierta,
donde el tiempo ha dejado su marca
sobre el polvo que el viento recrea.
En el ángulo oscuro del alma,
la guitarra de notas dormidas,
el pasado se rinde al silencio
mientras huye la luz de la vida.
Pasa el viento agitando las hojas
de aquel libro que nadie ya cierra,
y las horas se van, gota a gota,
como el llanto que oculta la tierra.
Todo pasa, mas queda el suspiro
del que sabe que el tiempo no espera;
en la cuerda que vibra al olvido,
el rastro de un sueño se queda.
¿Continuará nuestro amor?
En el bloque de nieve está dormida
una forma que es solo una promesa,
atrapada en su gélida nobleza,
aguardando el latido de la vida.
La mano sigue el rastro de una herida
que el mármol no revela con certeza;
¿será un rastro de luz o de tristeza
la figura en la roca sumergida?
Golpe a golpe, el acero va buscando
ese rostro que aún no tiene nombre,
entre el polvo y el miedo de mi mano.
Y el silencio me sigue preguntando
si nacerá un gigante o solo un hombre,
o si el sueño será trabajo vano.
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