Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

sábado, 24 de enero de 2026

El expediente infinito.

El expediente 48-B colgaba del techo por un hilo de cáñamo que parecía alimentarse del polvo en suspensión. Gregorio, cuya labor consistía exclusivamente en verificar que el sello de la página setecientos doce no hubiera sido humedecido por la exhalación de algún intruso, levantó la vista hacia la claraboya obturada por el hollín. Hoy era el día. O al menos, era el día que él había designado como "hoy" tras dieciocho meses de penumbra administrativa. Amalia, la subalterna de la Sección de Reclamos Inexistentes, caminaba por el pasillo con una precisión que desafiaba la geometría del edificio. Gregorio la amaba con una desesperación reglamentaria. Su amor no era un sentimiento volcánico, sino un formulario perfectamente cumplimentado que nadie se atrevía a tramitar. La amaba por la forma en que sus dedos, pálidos y manchados de tinta sepia, pasaban las hojas de los registros sin emitir un solo sonido, como si temiera despertar a los fantasmas de los archivistas fallecidos que, según se decía, habitaban en los huecos de los muros de carga. —Hola Amalia —articuló Gregorio, y su propia voz le sonó como el crujido de un legajo al romperse—. He preparado la solicitud de audiencia personal. Amalia no se detuvo. Su figura, envuelta en un abrigo gris que parecía una extensión del cemento, se desdibujaba en la bruma de las oficinas. —Para solicitar una audiencia sobre una solicitud —respondió ella, sin girar la cabeza—, debe usted primero obtener el permiso de la Oficina de Intenciones Prematuras. El mostrador está en el sótano nueve, ala oeste, detrás de la caldera que siempre gime. Gregorio sintió el peso de la jerarquía hundiéndole los hombros. Bajó al sótano nueve. El descenso duró una eternidad de escalones desgastados. Al llegar, se encontró con una fila de hombres que sostenían sombreros de copa abollados y miraban al suelo con una resignación mineral. El funcionario a cargo, un hombre con anteojos tan gruesos que sus ojos parecían dos huevos duros flotando en formol, le extendió un papel amarillo. —Esto es para el amor —dijo Gregorio, con una urgencia que rayaba en la ilegalidad. —Aquí no gestionamos afectos, solo la intención de los mismos —replicó el funcionario—. Su amor por la señorita Amalia es, a ojos de la Dirección, una anomalía en el flujo de trabajo. Si usted la ama, está ocupando un espacio mental que debería estar destinado a la indexación de los decretos sobre el uso del papel secante. Su pasión es un retraso para el Estado. —Pero ella me miró ayer —mintió Gregorio, buscando un asidero en la realidad—. En el ascensor, sus ojos se posaron en mi solapa durante 0.4 segundos. El funcionario suspiró, un sonido que evocaba un fuelle viejo. —Esa mirada fue un error de cálculo del Departamento de Óptica. Se ha emitido una fe de erratas. Ella no lo miró a usted; miró el vacío que usted dejaría si fuera despedido. Es un procedimiento estándar. Gregorio regresó a su puesto, pero el hilo del expediente 48-B se había roto. El legajo yacía en el suelo como un pájaro muerto. Desesperado, corrió hacia el despacho de Amalia, atravesando pasillos que se estrechaban a medida que avanzaba, hasta que sus codos rozaban las paredes cubiertas de moho institucional. La encontró sentada frente a una montaña de sobres sin dirección. —Amalia —sollozó—, he bajado al sótano. He renunciado a mi paz por una póliza de esperanza. Dígame que el formulario de mi corazón ha sido recibido. Amalia levantó la vista. Su rostro era hermoso y terrible, como una sentencia judicial definitiva. —Gregorio —dijo con una suavidad gélida—, el amor es una instancia que no admite apelación. Usted ha presentado su demanda en un idioma que ya no se habla en estas oficinas. Lo que usted siente no es amor, es una falta de sellado en su estructura lógica. Vuelva a su mesa. El vigilante vendrá pronto a medir la profundidad de sus suspiros, y si exceden el límite permitido, se le descontarán de su jubilación. Gregorio comprendió entonces que el edificio no tenía salida, no porque las puertas estuvieran cerradas, sino porque el pasillo hacia Amalia era una línea asintótica: se acercaba infinitamente sin tocarla jamás. Se sentó en el suelo, rodeado de papeles, y comenzó a escribir una carta de amor que, sabía de antemano, sería archivada en la sección de "Asuntos sin Relevancia Cósmica", donde el silencio es el único acuse de recibo. Afuera, la ciudad era un rumor de leyes lejanas. Adentro, Gregorio se convertía lentamente en una mancha de tinta más en el gran libro de la indiferencia universal. Su amor, privado de sello y firma, se disolvió en el aire viciado de la burocracia, dejando tras de sí solo el eco de una grapadora que se cerraba en algún lugar del infinito.

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