Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

domingo, 25 de enero de 2026

De otro a otro solar del paraíso.

Se apaga la voz del mundo, se muerde el aire los labios, mientras galopa en mi pecho un sordo tropel de rayos. No es amor lo que me habita, es un metal derramado, un puñal de luna verde que me siega los costados. Tu boca es nido de avispas, pan de ceniza y de nardo, donde mi lengua se pierde como un ciego entre los zarzos. Me buscas con ojos turbios, con ademanes de asfalto, y en el roce de las manos cruje el cristal del espanto. Eres la grieta en el muro, el desplome del caballo, una marea de ortigas que me sube por los brazos. No quiero luz en la alcoba, ni el perdón, ni el desagravio; solo este incendio de sombras que nos deja descarnados. Que se rompan las campanas, que se detenga el naufragio, que si el quererte es locura, yo ya he muerto en el ensayo. Mi sangre es un río negro que busca tu cauce amargo, donde el deseo se vuelve un clavel de hierro y barro. Tu boca es un pan amargo que me devora el pulso. No hay tregua en este incendio que galopa por mis sienes, un caballo de crines de azufre que patea las sombras de mi alcoba hasta que el aire mismo huele a metal y a presagio. Eres el rayo que busca el nido del jilguero; un relámpago mudo que, al tocarme, me deja la sangre llena de agujas de vidrio. No te quiero como se quiere la luz del día, sino como el náufrago busca el filo del arrecife para saber que aún está vivo. Mi pecho es un yunque donde tu nombre golpea con la fuerza de una campana herida, una vibración de plata que me rompe los huesos en silencio. Hay un puñal de escarcha entre nosotros y, sin embargo, nos buscamos con la sed de las arenas que sueñan con el desbordamiento del río. Eres la luna negra que arrastra las mareas de mi instinto. Mi deseo no tiene voz, es un perro de ciego que muerde la tiniebla, un torbellino de claveles rojos que se deshojan sobre el mármol frío de la cordura. Si muero, que me entierren en la grieta de tu cintura, donde el tiempo se detiene y la carne es un verso que se escribe con brasas. Porque amarte no es un descanso, es una herida abierta que canta, un abismo de jazmines donde me arrojo para encontrar, al fin, la paz de los que arden sin consumirse.

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