Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
sábado, 21 de febrero de 2026
Soy solo ráfaga que desea sin gas en el que amar.
Sobre el sol de mi apogeo,
reto al vino de la muerte,
y en el óxido del deseo
reto al ímpetu de lo que muere.
¿En el polvo vaciado
qué dejaré?, ¿seda y derroche?,
pero temo que lo andado
se borre al llegar la noche.
Si esta luz que blanquea los árboles
me disuelve en el polvo,
¿qué valdrá nuestro amor?
¿qué heredará nuestro rostro?
¿Qué valdrá este itinerario
de laureles y festín,
si no hay rastro en el diario
que me salve del fín?
Nada quedará en la marea,
solo el mar sin nombre el mar,
soy solo ráfaga que desea
sin gas en el que amar.
viernes, 20 de febrero de 2026
Soneto desde la costa.
Sobre el cielo gris de un amor que frena,
mi alma busca luz en tu mirar frío;
en tus ojos hallo una paz ajena,
mientras mi pecho se hunde en el vacío.
No hay rima que endulce este duro muro,
ni verso que cure la herida abierta;
el deseo que antes fue fuego puro,
hoy solo encuentra una cerrada puerta.
Mas no culpo al viento por no quererme,
ni al lucero que en la noche se apaga;
es ley del destino al fin desprenderme
de esta dulce sombra que tanto amaga.
Pues si el golpe no es mutuo ni es sincero,
mejor es el silencio que el "te quiero".
El crujido y el mareo del barco en la tormenta.
¿Debo lanzar mi furia al mar bravío,
vengar el daño con sangriento azote,
o guiar en calma el frágil navío
y evitar que el rencor me hunda el bote?
La tempestad me invita a la batalla,
el rayo exige herir a quien me hiere,
mas quien contra la roca siempre halla,
en su propio naufragio solo muere.
Mejor es recoger la vela herida,
dejar que el viento amaine su locura,
y buscar en el mapa de la vida
un puerto libre de esta desventura.
Que cruje el timón que al abismo guía,
la ola que mata nombra travesía.
Recordando el enebro de Valdenuño Fernández.
La ambición y el matorral.
Aquel que busca el sol con ansia fiera,
y escala el trono con audaz desdén,
no ve que el odio acecha en la frontera
de aquel que ayer le saludaba bien.
La rosa, en su soberbia y gala roja,
se expone al filo de una mano cruel;
por ser hermosa, el mundo la despoja
y deja seco su una vez clavel.
Mas mira el matorral que en el olvido,
humilde y gris, se enreda en la espesura;
por nadie es visto, ni es su honor herido,
y en su silencio el tiempo más le dura.
Quien mucho brilla, pronto encuentra el tajo;
quien calla y crece, vence desde abajo.
El veredicto de la sal
No juzga el hombre con su voz errante,
es el mar quien despliega su balanza;
su espuma es un reproche vigilante
que mide nuestra fe y nuestra esperanza.
El rumor es un puente que se quiebra,
conexión que al oído solo engaña;
una red de sonidos que se enhebra,
pero que el alma nunca nos acompaña.
Pues la inmensidad es solo una idea,
un abismo ficticio en las entrañas:
el mar es solo el agua que te ondea,
y solo existe cuando en él te bañas.
Basta el amor real, aunque sea poco,
para salvar del frío a este loco.
Una mujer extraordinaria por descubrir.
Inglaterra, finales de la era victoriana.
Ella creció en una casa de silencios impuestos y corsés invisibles. Buscó la literatura para huir de sus problemas mentales y de los prejuicios rígidos de clase.
Sin embargo, su mente no conocía cerrojos. Se rodeó de los amigos más brillantes y divertidos de su Grupo de amigos, compartiendo risas e ideas que desafiaban toda convención.
Junto a su esposo, fundó su propia editorial. Fue allí donde finalmente pudo publicar su voz sin filtros. El éxito llegó de forma arrolladora. Había alcanzado la cima, la independencia económica y esa "habitación propia" que tanto reclamaba para las mujeres.
Pero en el momento de mayor esplendor, la oscuridad regresó sin aviso ni lógica aparente. Una depresión profunda, un "estruendo de voces" que no la dejaba descansar, la envolvió.
El aire en el salón de la calle estaba saturado de humo de tabaco, risas de hombres brillantes y esa efervescencia intelectual que solo su grupo de amigos podía generar.
Ella, sentada en un sillón de orejas, observaba a sus amigos —economistas, pintores, críticos— con una media sonrisa. Durante décadas, su mundo había estado delimitado por las rígidas costuras de su época, por el luto eterno de su padre y la sombra de una educación formal que solo se les permitía a sus hermanos.
Ella era la autodidacta, la mujer que devoraba la biblioteca familiar mientras el corsé le apretaba el aliento y la sociedad le exigía silencio.
A pesar de la represión, su mente era un hervidero de imágenes. No quería escribir como los hombres, con esa linealidad seca y fáctica. Quería capturar el flujo de la conciencia, el destello de un instante, el sonido de las campanas del Big Ben marcando las horas de una vida interior infinita. Junto a su marido, un hombre de una paciencia infinita y una devoción casi religiosa, montó una pequeña imprenta manual en el comedor de su casa.
La editorial nació del deseo de independencia: no quería que ningún editor podara sus frases ni cuestionara su cordura.
El éxito no llegó como un estallido, sino como una marea imparable. Sus libros empezaron a venderse en las librerías más prestigiosas de Londres. Las críticas la llamaban genio; las mujeres jóvenes veían en ella la brújula hacia una habitación propia y una renta anual que les permitiera ser libres. Por primera vez en su vida, el dinero no era una preocupación y su nombre (ese que ella sentía tan ajeno) era sinónimo de la vanguardia literaria europea. Estaba en la cima. Tenía el respeto de sus pares, el amor de su esposo y la admiración de un público que por fin entendía su lenguaje de olas y faros.
Entonces, sin que mediara una tragedia externa, el cielo se volvió de plomo.
No hubo un desencadenante claro. No fue el fracaso, porque no existía. Fue una grieta silenciosa en el cristal de su mente. Las voces que habían callado durante sus años de gloria regresaron con un graznido ensordecedor.
De pronto, las palabras —sus únicas aliadas— empezaron a parecerle ruidos vacíos. Se sentía incapaz de leer, incapaz de concentrarse, invadida por una culpa atroz de la que no podía defenderse. La luz del éxito, en lugar de calentarla, parecía proyectar sombras más largas y deformes sobre las paredes de su casa.
Aquella mañana de marzo, el mundo se sentía demasiado pesado para ser sostenido. Se puso su abrigo, ese que tantas veces la había protegido del frío húmedo inglés. Con el paso firme de quien ha tomado una decisión lógica en medio del caos. Se detuvo en la orilla y, con una meticulosidad casi ritual, buscó piedras grandes y lisas en el barro. Las metió en sus bolsillos, una a una, hasta que el peso fue suficiente para anclar su cuerpo a la tierra, o al fondo de ella.
Caminó hacia el agua. El frío fue un choque inicial, pero luego se convirtió en un abrazo. Mientras la corriente la envolvía y el peso en sus bolsillos la arrastraba hacia el lecho del río, su mente, por fin, encontró el silencio que el éxito y la fama le habían negado. La mujer que había revolucionado la literatura se hundió bajo la superficie, dejando atrás solo una nota de despedida sobre la mesa, escrita para el único hombre que intentó, hasta el final, salvarla de sí misma.
Virginia Woolf quedó rígida como una Virgen en la bañera.
Soneto El flujo y la roca.
El mar no busca herir con su vaivén,
sus olas solo quieren arrastrar,
en su hondo pulso no reside el bien
ni el mal que al hombre pueda amenazar.
Es nuestra mente roca en la marea,
un muro terco, rígido y frontal,
que contra el agua mansa se pelea
y en el choque goza un golpe fatal.
Si no hubiera peñasco ni dureza,
el agua pasaría sin herir;
es nuestra propia y ciega fortaleza
la que impide a la vida fluir.
No es la marea quien causa el quebranto,
sino el orgullo que se cree de canto.
El último embarque
Se apaga el eco en el metal del muro,
late el hangar su pulso de abandono,
y yo, que hice del tiempo mi alto trono,
miro el asfalto transformarse en muro.
Tu voz fue un faro, un puerto siempre puro,
y yo, perdido en mi soberbio tono,
no vi que el cielo no concede abono
al que posterga el beso más seguro.
Cruje el aire, el pasillo se clausura,
la turbina ya ruge su sentencia
mientras me quedo en tierra, ciego y mudo.
¡Qué estéril el afán de la cordura!
Hice un desierto de tu larga ausencia
y ahora el adiós me aprieta como un nudo.
Sobre las aventuras de Hemingway.
Sobre el sol de la arena y del acero,
buscó la vida en filos de agonía,
entre el rugido de la mar bravía
y el rastro de la sangre del guerrero.
Cruzó el París hambriento y aventurero,
la sabana y su ardiente profecía,
bebiendo de una copa la alegría
de ser, en cada lucha, el hombre entero.
Mas no fue el viaje el boxeo del destino,
ni el gran peón, ni el toro, ni en la guerra,
lo que dio luz al cuento en el camino;
fue hallar, tras tanta huella sobre tierra,
que el coche roto en espejo salino
donde al fin se conoce y se desferra.
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