Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 27 de febrero de 2026
Crítica de "Del dicho al hecho".
"Del agua mansa
me libre Dios
que de la brava
me libro yo".
Hace poco me sumergí en el archivo histórico de RTVE para reencontrarme con "Del dicho al hecho", esa joya antológica de 1971 dirigida por Fernando García de la Vega, y debo decir que la experiencia ha sido como abrir una cápsula del tiempo llena de ingenio y costumbrismo español. La premisa es tan sencilla como brillante: utilizar el inmenso refranero español para articular historias cortas e independientes que diseccionan la picaresca, las virtudes y, sobre todo, las contradicciones de nuestra sociedad.
Un argumento basado en la sabiduría popular
Cada episodio toma un refrán —como el mítico "En casa del herrero, cuchillo de palo" o "El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija"— y lo convierte en una pequeña obra de teatro televisado. No se limita a ilustrar el dicho, sino que lo retuerce, lo analiza y lo expande a través de personajes que parecen sacados de una novela de Galdós o de una película de Berlanga. Es un ejercicio de guion magistral donde la palabra tiene tanto peso como la acción.
Mi crítica: Un festín de interpretaciones
Lo que más me ha fascinado es el despliegue de talento actoral. Ver a figuras como Fernando Fernán Gómez dominando la pantalla es un recordatorio de por qué son leyendas. La serie no necesita efectos especiales ni presupuestos estratosféricos porque se apoya en la fuerza del diálogo y en una dirección de actores que hoy se siente perdida en favor del ritmo frenético. Es televisión reposada, hecha para ser escuchada y pensada.
Nivel visual y estética
Visualmente, hay que entenderla en su contexto: blanco y negro, decorados de estudio que a veces resultan algo teatrales y una iluminación sobria. Sin embargo, ese minimalismo visual juega a su favor; resalta la expresión facial y la gestualidad de los actores. A pesar de los años, la restauración digital disponible en la web de RTVE permite apreciar una textura cinematográfica muy digna para la época.
Lo bueno y lo malo
Lo mejor: La recuperación de la cultura oral. Es una serie que dignifica el habla popular y la eleva a la categoría de arte. Además, el formato de antología hace que cada episodio sea una sorpresa fresca.
Lo peor: Para el espectador actual, el ritmo puede resultar excesivamente lento. Algunas tramas, vistas con los ojos de hoy, pueden sentirse algo anacrónicas en sus valores sociales, aunque no dejan de ser un documento histórico valiosísimo.
Opinión general y legado
En mi opinión, "Del dicho al hecho" es una lección de cómo hacer televisión pública con mayúsculas: educar entreteniendo. La crítica de la época ya la encumbró como una de las mejores producciones de los años 70, y hoy sigue manteniendo ese aura de televisión de autor. Nos recuerda que, aunque el mundo cambie, la naturaleza humana —esa que los refranes resumen tan bien— sigue siendo exactamente la misma.
Como bien dice el refrán que abre uno de mis capítulos favoritos:
"Dime con quién andas, y te diré quién eres."
Hace poco me sumergí en el archivo histórico de RTVE para reencontrarme con "Del dicho al hecho", esa joya antológica de 1971 dirigida por Fernando García de la Vega, y debo decir que la experiencia ha sido como abrir una cápsula del tiempo llena de ingenio y costumbrismo español. La premisa es tan sencilla como brillante: utilizar el inmenso refranero español para articular historias cortas e independientes que diseccionan la picaresca, las virtudes y, sobre todo, las contradicciones de nuestra sociedad.
Un argumento basado en la sabiduría popular
Cada episodio toma un refrán —como el mítico "En casa del herrero, cuchillo de palo" o "El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija"— y lo convierte en una pequeña obra de teatro televisado. No se limita a ilustrar el dicho, sino que lo retuerce, lo analiza y lo expande a través de personajes que parecen sacados de una novela de Galdós o de una película de Berlanga. Es un ejercicio de guion magistral donde la palabra tiene tanto peso como la acción.
Mi crítica: Un festín de interpretaciones
Lo que más me ha fascinado es el despliegue de talento actoral. Ver a figuras como Fernando Fernán Gómez dominando la pantalla es un recordatorio de por qué son leyendas. La serie no necesita efectos especiales ni presupuestos estratosféricos porque se apoya en la fuerza del diálogo y en una dirección de actores que hoy se siente perdida en favor del ritmo frenético. Es televisión reposada, hecha para ser escuchada y pensada.
Nivel visual y estética
Visualmente, hay que entenderla en su contexto: blanco y negro, decorados de estudio que a veces resultan algo teatrales y una iluminación sobria. Sin embargo, ese minimalismo visual juega a su favor; resalta la expresión facial y la gestualidad de los actores. A pesar de los años, la restauración digital disponible en la web de RTVE permite apreciar una textura cinematográfica muy digna para la época.
Lo bueno y lo malo
Lo mejor: La recuperación de la cultura oral. Es una serie que dignifica el habla popular y la eleva a la categoría de arte. Además, el formato de antología hace que cada episodio sea una sorpresa fresca.
Lo peor: Para el espectador actual, el ritmo puede resultar excesivamente lento. Algunas tramas, vistas con los ojos de hoy, pueden sentirse algo anacrónicas en sus valores sociales, aunque no dejan de ser un documento histórico valiosísimo.
Opinión general y legado
En mi opinión, "Del dicho al hecho" es una lección de cómo hacer televisión pública con mayúsculas: educar entreteniendo. La crítica de la época ya la encumbró como una de las mejores producciones de los años 70, y hoy sigue manteniendo ese aura de televisión de autor. Nos recuerda que, aunque el mundo cambie, la naturaleza humana —esa que los refranes resumen tan bien— sigue siendo exactamente la misma.
Como bien dice el refrán que abre uno de mis capítulos favoritos:
"Dime con quién andas, y te diré quién eres."
Crítica a "Tristram Shandy".
Adaptando una novela inadaptable de un "humor muy peculiar".
Hasta para un filmadicto es difícil juzgar una película "a lo que salga" como ésta.
Entrar en el universo de Tristram Shandy: A Cock and Bull Story es, desde mi punto de vista, aceptar una invitación a un laberinto donde el minotauro es el propio ego de los actores. Mi opinión sobre esta película es compleja: me fascina su audacia, pero me agota su insistencia en ser "demasiado lista".
La premisa es una locura maravillosa: estamos viendo el intento de adaptar al cine la novela inadaptable de Laurence Sterne. El argumento no es la vida de Tristram (quien, fiel al libro, apenas logra nacer tras horas de metraje), sino el caos del rodaje. Es una película dentro de una película sobre un libro que trata de no escribirse.
Seguimos a Steve Coogan y Rob Brydon, quienes interpretan versiones hiperbolizadas de sí mismos, compitiendo por quién tiene el tacón más alto o más tiempo en pantalla, mientras la producción se desmorona entre decorados de época y crisis de guion. Una cebolla de metanarrativa
Si mi crítica es tibia, es porque siento que la película se regodea demasiado en su propia estructura. Michael Winterbottom es un director brillante, pero aquí el juego de espejos llega a ser tan autorreferencial que, por momentos, excluye al espectador. El ingenio que muerde su propia cola
La genialidad del libro original radicaba en su ruptura de la forma; la película intenta hacer lo mismo con el cine, pero el resultado a veces se siente como un chiste privado entre comediantes británicos. Es brillante, sí, pero también puede resultar distante y algo autocomplaciente para quien no esté familiarizado con el humor seco y la improvisación de sus protagonistas.
Visualmente, el filme es un ejercicio de contrastes muy interesante:Del siglo XVIII al set de rodaje. Las escenas que recrean la novela tienen una textura rica, cálida y de época, con pelucas empolvadas y claroscuros que recuerdan a Barry Lyndon.
Estas se cortan abruptamente con la estética digital y fría del detrás de cámaras, con cables, luces de neón y hoteles anodinos. Este choque visual refuerza la idea de que la "realidad" del rodaje es mucho más absurda que la ficción que intentan filmar.
Lo bueno: La química entre Coogan y Brydon es oro puro. Sus duelos de imitaciones y pasivo-agresividad son lo mejor de la cinta. Además, la película captura perfectamente la esencia de la "digresión" que hizo famoso al libro.
Lo malo: El ritmo decae en el tercio final. Cuando la broma sobre la imposibilidad de filmar la película ya se ha establecido, la trama parece dar vueltas en círculo sin saber muy bien cómo aterrizar, volviéndose un tanto repetitiva en su cinismo.
"Escribir, cuando se hace bien, no es más que otra forma de conversar." — Esta frase de la novela original sobrevuela toda la película, recordándonos que, al final, todo este caos es solo una charla larga y accidentada entre el autor (o el actor) y nosotros.
En conclusión, es una obra imprescindible para los amantes del cine dentro del cine y del humor británico más afilado, pero puede dejar un sabor de boca algo vacío a quien busque una historia con un principio, un nudo y un desenlace convencionales.
Soneto sobre Antonio Tejero.
Antonio Tejero soñando con las sombras en el Alcázar del Futuro, tiene que rendirse en el Congreso.
Sobre un cielo de cal, plomo y agonía,
avanza el tiempo con sus pies de lana;
no hay laurel que verdee en la mañana,
solo un rastro de herrumbre y profecía.
Como Macbeth ante la selva fría,
ven la ciudad —voraz, republicana—
que no entiende de espada ni de diana
y en su silencio el mando les vacía.
El futuro es un toro de azabache
que embiste contra el muro del olvido,
sin que el honor el golpe le despache.
Milans y el bigote ensombrecido,
cercados por la luz que los desmache,
se hunden en el mar del tiempo huido.
Elegía del Amigo Ausente.
Ya se durmieron los llantas
por la orilla de la pena,
y el perdón es una barca
que se ha quedado sin velas.
No me busques en el aire,
ni me busques en la arena,
que la amistad se hizo sombra
bajo la luna de piedra.
¡Qué amargo sabor a adelfa!
¡Qué soledad de azucena!
Cuando el rencor nos habita
se nos secan las arterias.
Quisiste la paz de pronto,
pero la paz es ajena,
un pájaro de ceniza
que ya no canta en tu puerta.
Se acabó el trigo del alma,
se rompió la vieja acequia,
y aquel abrazo de niños
hoy es polvo en la alacena.
Descansa, que ya el olvido
nos ha borrado las señas;
la tragedia fue perdernos,
la paz... es que no vuelvas.
Bajo la ola de vidrios rotos
golpea el tiempo que deshizo,
vuelvo a buscar el aroma
de aquel huerto compartido.
Teníamos manos de agua
y un juramento de trigo,
pero el rencor es un toro
con los pitones de frío.
Se nos rompió la palabra
en el aire del camino,
y se quedaron las voces
presas en un laberinto.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué puñales de olvido!
La sangre de la distancia
nos manchó los hombros vivos.
Pero ahora que la tarde
se viste de verde antiguo,
quiero lavar mi cuchillo
en la paz de los olivos.
Que no me digan traiciones,
que no me vendan castigos,
que yo solo busco el puente
para abrazar al amigo.
Que la sombra se haga clara,
que se sosiegue el destino,
y que el perdón nos encuentre
como a dos barcos perdidos.
Por la vereda del tiempo,
donde el polvo se hace olvido,
vengo arrastrando la sombra
de los amigos perdidos.
Fuimos dos ríos de oro,
fuimos un solo latido,
pero el orgullo es un zarzal
que nos desgarró el vestido.
Se nos llenó la garganta
de cristales y de ruidos,
y el eco de aquel abrazo
se nos quedó malherido.
Ya no quiero más espadas,
ni más vientos divididos,
que la noche ya me cansa
con su traje de castigos.
Quiero la paz de la acequia,
el sueño del pan nacido,
y que el rencor se deshoje
como un jazmín perseguido.
Vuelvo con las manos limpias,
fuera del lodo y el rito,
a buscar en tu mirada
lo que el tiempo nos ha escrito.
Que se calle la amargura,
que se apague el viejo grito,
y que la paz nos devuelva
el corazón que fue unido.
La muerte puso su capa
sobre el caballo del río,
y en la puerta de la casa
se quedó el aire vacío.
¡Qué mala noche de junio,
qué amargo el clavel marchito,
cuando se rompe la rama
de los amigos antiguos!
Buscábamos la palabra,
pero encontramos el frío;
nos perdimos por los montes
de un rencor endurecido.
Yo traía el perdón de seda,
tú, un silencio de cuchillo,
y en la mitad del camino
se nos murió el tiempo vivo.
Ya no sirven los abrazos,
ni el llanto de los olivos,
que la tierra se ha tragado
lo que no nos hemos dicho.
¡Ay, qué soledad de cal!
¡Ay, qué luto de domingo!
Las manos que se buscaron
ya son solo polvo y rito.
Queda la paz de la tumba,
el reposo del olvido,
y un sabor a sangre amarga
por lo que nunca fue unido.
Golpea el pecho la aldaba
con un sonido de acero,
pero nadie abre la puerta
en este valle de duelo.
Eramos dos robles altos,
éramos un solo fuego,
mas la envidia puso hachas
en las manos del invierno.
Se cortaron las raíces,
se desangró el sentimiento,
y un mar de cal y de sombra
se nos metió por el cuerpo.
¡Ay, qué puñal el orgullo!
¡Ay, qué herida sin remedio!
La paz que pides no viene,
que la devoró el silencio.
Ya no hay voz, ya no hay camino,
solo el perfil de un recuerdo
que yace como un caballo
muerto en mitad del desierto.
Busca la paz en la tierra,
donde descansan los muertos,
que entre los vivos la furia
ya nos ha dejado ciegos.
No busques más al amigo,
ni lo llames con el ruego,
el adiós que no dijimos
quedó fundido en hierro.
jueves, 26 de febrero de 2026
Bajo el volcán amenazante.
Sobre la luna gitana,
de un volcán de cobre y frío,
se arrastra en el caballo
por los bordes del abismo.
Lleva el peto de hojalata
y el corazón de granito,
buscando la torre amarga
donde el viento se hace añicos.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué guardias de granizo!
La princesa tiene el alma
de un cristal oscurecido,
y en sus trenzas se desmayan
los lirios del sacrificio.
—¡Vengo a sacarte, señora,
de este cautiverio impío!
—Vete, jinete de sombra,
que mi celda es mi destino.
No quiero el aire del monte,
ni el olor de los tomillos;
prefiero el hierro del muro
al metal de tu cuchillo.
Pero el héroe, sordo y ciego,
la arrastra por el camino.
Ella camina a su lado
con un desdén del jacinto,
solo para ver la puerta
y el campo de los olvidos.
Cuando la luz se hizo sangre
en el horizonte vivo,
la princesa se detiene
junto a un charco de martirio.
—Ya estoy fuera de mis sombras,
ya he cumplido tu capricho.
Vuelve tú por donde viniste,
que yo me quedo conmigo.
Él no mira su tristeza,
ni su rastro de suspiros.
Él solo mira su gloria
en el espejo del río.
Da media vuelta al caballo,
galopando al precipicio,
para contar en los pueblos
que ha vencido al maleficio.
Se queda sola la dama,
entre los juncos y el frío,
mientras el héroe de arena
se pierde en su propio mito.
Bajo los arcos de plomo,
donde el tiempo se hace río,
se encuentran otra vez las sombras
del héroe y su desvarío.
Él levanta su estandarte
de terciopelo y olvido,
mientras ella teje nadas
con un hilo de martirio.
—¡Mirad mi capa de gloria,
mi laurel recién nacido!
—dice el hombre a las estrellas,
borracho de su prestigio—.
He roto los siete sellos,
he saltado los abismos,
para que el mundo me nombre
el señor de los vencidos.
La princesa lo contempla
con un mirar de cuchillo.
No es de carne su figura,
es de cal y de granizo.
Tiene en la mano una piedra
y en la boca un gusto agrio,
viendo cómo el caballero
se adora en su propio rito.
—Tú no me viste la cara
—ella le dice sin brillo—,
tú solo viste en mis rejas
el metal de tu bautismo.
Me sacaste de la noche
para ser solo tu signo,
y me dejas en el campo
con un corazón de vidrio.
Él no escucha la palabra,
solo el trote del destino.
Acomoda su montura,
se ajusta el yelmo sombrío,
y galopa hacia la plaza
del pueblo más escondido,
gritando que la belleza
le debe su propio brillo.
¡Ay, qué soledad de rama!
¡Ay, qué silencio de pino!
Ella vuelve hacia la torre
buscando el hierro perdido,
mientras él vende su farsa
por las tabernas del vino.
Busca la dama su sombra
por el monte del olvido,
con los pies llenos de espinas
y el aliento de granizo.
Ya no quiere la llanura
ni el sol de los adivinos,
que la luz del caballero
le ha dejado el pecho herido.
Sube la escala de piedra,
lenta escala de martirio,
donde los musgos son lenguas
que le cuentan su destino.
Al llegar a la alta torre,
besa el hierro del pestillo;
la cerradura es un ojo
de un metal endurecido.
—¡Oh, santa cárcel de piedra,
mi solo hogar y retiro!
Fuera la gloria es de trapo
y el honor un falso brillo.
El héroe vende mi nombre
en el mercado del vino,
mientras yo muero de frío
bajo un cielo de zafiro.
Se cierra la puerta sorda
con un lamento de siglos.
Ella se sienta en su esquina
a bordar su propio abismo,
mientras el viento le trae
ecos de un cantar fingido:
es el héroe, allá a lo lejos,
contando su propio mito.
¡Ay, qué amarga es la victoria!
¡Ay, qué silencio de lirios!
La princesa tiene muros,
y el hombre, solo un delirio.
Por los caminos de plata,
va el héroe ciego y altivo,
con la mentira en los labios
y el alma de pergamino.
Ya no sabe quién es ella,
ni el color de su suplicio;
solo recuerda la rima
de su triunfo inventado.
En las plazas de los pueblos,
frente al fuego y frente al vino,
vende trozos de una torre
que sus ojos nunca han visto.
La gente aplaude la farsa,
el valor y el sacrificio,
mientras él se va secando
como un árbol sin rocío.
¡Ay, caballero de arena,
prisionero del prestigio!
Crees que has roto las cadenas
y estás atado a tu mito.
Mientras ella tiene el muro,
tú tienes el infinito,
pero no hay cárcel más honda
que el eco de un solo grito.
Se apagan las luminarias,
muere el héroe en su camino,
y en la torre de la dama
solo queda el viento vivo.
Él tenía que decírselo.
Sentados frente al río, el agua corría oscura y rápida. Javier miraba los remolinos que se formaban bajo el puente. Hacía calor, el tipo de calor que se pega a la camisa y te hace sentir el peso de tu propio cuerpo.
Natalia dejó su maletín en el suelo. Era de cuero nuevo, rígido y brillante. Tenía ese olor a oficina y a leyes que aún no se había roto. Ella sonreía con la seguridad de quien acaba de empezar a contar los días importantes.
—Mañana será un gran día —dijo ella—. El primer caso real. ¿No es emocionante?
—Es un gran día —dijo Javier.
Tenía las manos en los bolsillos. Apretaba los puños para que no se viera el ligero temblor. En su bolsillo derecho no había dinero, solo un billete de metro usado y una pelusa de lana. No había ido a ninguna oficina esa mañana, ni la anterior, ni la anterior a esa. Se había sentado en el parque a ver cómo las palomas se peleaban por nada.
—Deberíamos celebrar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Has estado muy callado, Javier.
Él sintió una presión en el pecho, como si un animal pequeño y asustado estuviera tratando de morderle las costillas. Había voces en su cabeza, pero eran voces educadas que le decían que el mundo se estaba doblando por las esquinas. Quería decirle que no tenía nada. Que su mente era un cristal roto. Quería decirle que la amaba de una forma que no era sana, una forma que dolía como una herida abierta en el agua salada.
—Natalia —dijo él. Su voz sonó seca.
—¿Sí?
—Hay algo sobre el tiempo. Sobre cómo se gasta.
Ella ladeó la cabeza, su pelo cayendo sobre el hombro. Era joven y el derecho era una ciencia de orden y lógica. Para ella, los problemas se resolvían con artículos y sentencias.
—El tiempo se aprovecha o se pierde, Javier. No es tan complicado.
—A veces se pierde aunque no quieras —dijo él. Miró una mancha de aceite que flotaba en el río—. A veces uno se despierta y el lugar donde debería estar ya no existe. Y tú estás ahí, pero eres un fantasma.
—Estás cansado —dijo ella con dulzura, tocándole el brazo—. Es el trabajo. A todos nos pasa.
Él sintió el contacto de su mano. Era una mano que creía en el futuro. Él quería gritar que no había trabajo, que no había orden, que la amaba desde un pozo del que no podía salir. Quería confesarle que cada mañana mentía al anudarse la corbata antes de salir a caminar hacia ninguna parte.
—Quiero decirte... —empezó él.
El animal en sus costillas mordió con fuerza. Vio el maletín de ella. Vio su propia sombra, alargada y deforme sobre el cemento. Si hablaba, el puente se caería. Si hablaba, la luz de los ojos de ella se apagaría y él se quedaría solo con sus voces.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó ella, sonriendo.
Javier miró el río una vez más. El agua seguía pasando. Siempre pasaba.
—Que el vino de este sitio es bueno —dijo Javier—. Deberíamos pedir otra botella antes de que cierren.
—Qué tonto eres —dijo ella riendo—. Me habías asustado.
—Sí —dijo Javier—. Solo es el vino.
Se levantaron y caminaron hacia la terraza. Ella caminaba con paso firme, marcando el ritmo con sus tacones nuevos. Él la seguía un paso por detrás, manteniendo el equilibrio en un mundo que solo él veía derrumbarse.
¿Te gustaría que probáramos a escribir una
El sol caía pesado sobre los bancos de madera del Retiro. Javier observaba a un hombre viejo que daba migas a los pájaros. Las aves se arremolinaban, frenéticas, picoteando el suelo con una violencia mecánica.
Javier llevaba el traje gris. El traje era su armadura y también su mentira. Debajo de la tela, el sudor le bajaba por la espalda como un insecto frío. Miró su reloj. Eran las once de la mañana.
A esa hora, un hombre debería estar produciendo algo, firmando papeles o discutiendo precios. Él solo estaba allí, ocupando un espacio que no le pertenecía.
«No estás loco», se dijo a sí mismo. «Solo estás en otro plano. El mundo es el que ha perdido el ritmo».
Pero sabía que no era cierto. Las voces estaban allí, suaves, como el zumbido de un cable de alta tensión. Le decían que Natalia era demasiado brillante, demasiado nueva. Ella era una sentencia firme y él era un expediente perdido en un sótano húmedo.
Abrió su maletín. Estaba vacío, salvo por un periódico del día anterior y una manzana que empezaba a oxidarse. Lo cerró con un clic seco. El sonido le recordó al disparo de un rifle en la montaña.
Corto y definitivo. «Se lo diré», pensó. «Le diré que mi oficina es este banco. Que mi jefe es ese viejo que alimenta a los pájaros. Que la amo tanto que el aire me falta cuando ella no me mira, pero que me falta más cuando lo hace, porque temo que vea el vacío en mis ojos».
Un niño pasó corriendo y Javier se sobresaltó. El mundo vibraba de una forma extraña. Los árboles parecían demasiado verdes, de un verde que hería.
Se levantó. Tenía que caminar. Si se quedaba quieto, el suelo se abriría. Tenía que encontrarse con ella y fingir que el derecho era importante, que el dinero era real y que él era un hombre sólido.
—Es un buen día para ser valiente —dijo en voz baja.
Pero sabía que la valentía era otra cosa. La valentía era para los que tenían algo que ganar. Él solo tenía un secreto que pesaba más que el plomo y un amor que no sabía dónde poner para que no se rompiera.
Sacó un peine del bolsillo y se arregló el pelo frente al reflejo de un escaparate. El hombre que le devolvía la mirada parecía un abogado de éxito. Eso era lo más aterrador de todo.
La cena terminó como terminan las cosas que no tienen solución: con cortesía. El restaurante estaba lleno de gente que hablaba de inversiones y viajes, y Javier sentía que cada palabra de Natalia era un clavo que cerraba su propia caja.
—Te noto en otro lugar, Javier —dijo ella mientras el camarero traía la cuenta.
Él miró el plato vacío.
—Estoy aquí. Es solo que hoy el aire pesa más.
—Es el éxito, da vértigo —ella rió y pagó la cuenta antes de que él pudiera siquiera meter la mano en su bolsillo vacío. Él dejó que lo hiciera. Ese fue el momento en que murió la última parte de su orgullo.
Caminaron por la calle fría. Ella hablaba de un bufete en la calle Serrano y de códigos civiles. Él asentía. Quería detenerla bajo una farola y decirle: «Natalia, estoy roto. No tengo donde ir mañana. Escucho ruidos cuando hay silencio y mi única propiedad es este traje que ya no me queda bien».
Pero no lo hizo. La besó en la mejilla frente a su portal. Fue un beso casto, el beso de un hombre que ya se ha ido.
—Buenas noches, Natalia —dijo él.
—Mañana me cuentas qué tal tu reunión —respondió ella con luz en los ojos.
Javier caminó hacia la oscuridad de la avenida. No tenía reunión. No tenía mañana. Solo tenía el eco de sus propios pasos sobre el pavimento frío.
El pasado de Javier no había sido siempre una sombra. Dos años atrás, era el hombre que todos esperaban que fuera. Trabajaba en la planta catorce de un edificio de cristal y acero. Tenía un escritorio de caoba y una secretaria que le traía el café sin azúcar.
El quiebre no fue un estallido, fue una gotera. Empezó con un pequeño error en un informe, una cifra que bailó ante sus ojos. Luego vino el insomnio. Se quedaba mirando el techo, escuchando cómo las paredes del apartamento susurraban sus deudas. Un martes, simplemente no pudo levantarse. El teléfono sonaba y él lo miraba como se mira a una serpiente.
—Es fatiga —le dijo el médico.
—Es el fin del mundo —pensó Javier.
Perdió el empleo un mes después. No luchó. Firmó los papeles con una caligrafía perfecta, casi alegre. Al principio, buscó otro lugar, pero las oficinas le parecían jaulas y las entrevistas, juicios finales. Entonces conoció a Natalia en una librería.
Ella era joven, olía a papel nuevo y a esperanza. Javier decidió que, si no podía ser un hombre de éxito, al menos parecería uno para ella. Construyó una catedral de mentiras para proteger el amor, sin entender que las catedrales sin cimientos terminan por aplastar a quienes rezan dentro.
¿Te gustaría que escribiéramos el monólogo
Javier llegó a su habitación. Era un cuarto pequeño que olía a humedad y a la lavanda barata que usaba para que su traje no oliera a derrota. No encendió la luz de la calle; dejó que la penumbra entrara por la ventana.
Se colocó frente al espejo del armario. La luna bañaba el cristal y le devolvía una silueta que parecía sólida, pero que él sabía que era hueca.
—Mírate —susurró. Su voz no era suya, era la voz del hombre que ya no existía—. Llevas la corbata derecha. Tienes los zapatos limpios. Eres un buen soldado en una guerra que ya terminó.
Se desabrochó el cuello de la camisa. Sintió que el aire entraba en sus pulmones como si fuera el primer trago de agua después de un desierto. Las voces en las esquinas del cuarto empezaron a murmurar.
No decían palabras, solo eran frecuencias, el sonido de una radio mal sintonizada que le recordaba que su mente era un mapa con las fronteras borradas.
—Ella cree en ti —dijo al espejo—. Ella cree en el Código Penal y en la justicia. Ella cree que mañana vas a una oficina.
Se rió. Fue una risa corta, seca, como el crujido de una rama seca bajo una bota.
—La amas porque ella es el orden que tú perdiste. Pero no puedes tocarla sin mancharla de caos.
Mañana te pondrás el traje otra vez. Saldrás a las ocho. Te sentarás en el banco del parque. Y esperarás a que el mundo se decida a terminar de romperse.
A tres manzanas de allí, Natalia estaba sentada en su cama. Todavía llevaba puesto el vestido de la cena. Tenía un cuaderno de notas sobre las rodillas, pero no estaba escribiendo.
Recordó el momento en que Javier miró el río. Había visto algo en sus ojos que no era cansancio. Era una fijeza extraña, la mirada de los hombres que han visto demasiado tiempo el fondo de un pozo.
—¿El vino? —se preguntó ella en voz alta.
No era el vino. Recordó cómo él no había pedido el menú, cómo había dejado que ella eligiera todo, como si él ya no tuviera voluntad. Y sus manos. Javier siempre tenía las manos en los bolsillos, ocultándolas, como si temiera que sus propios dedos revelaran un secreto que no podía decirse.
Abrió su maletín de cuero nuevo.
Sacó una tarjeta de visita que Javier le había dado hacía meses, cuando se conocieron. «Javier M., Consultoría Senior». Pasó el dedo por el relieve de las letras.
—Hay algo que no encaja —murmuró.
Natalia era abogada. Le habían enseñado a buscar la grieta en el testimonio, el detalle que no cuadra con la narrativa. Javier era una narrativa perfecta, pero demasiado estática. No hablaba de sus jefes, no se quejaba de los clientes, no mencionaba el futuro más allá de la próxima copa de vino. Era un hombre que vivía en un presente eterno y angustioso.
Sintió un frío repentino. Pensó en llamarlo, pero miró el reloj. Eran las doce. Mañana tenía su primer caso. Tenía que estar despejada. Cerró el maletín, pero por primera vez, el olor a cuero nuevo no le trajo seguridad, sino una extraña sensación de peligro.
A las ocho de la mañana, Javier salió de su habitación. No se puso el traje gris. Lo dejó extendido sobre la cama, vacío y plano, como la piel de una serpiente que ya no tiene cuerpo que cubrir.
Caminó hacia la estación sin mirar atrás. El aire de la mañana era limpio y cortante. No llevaba maletín, solo sus manos vacías en los bolsillos de una chaqueta vieja que no servía para fingir nada. Las voces en su cabeza habían dejado de gritar; ahora eran solo un susurro constante, como el ruido de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
En la puerta del bufete, Natalia esperaba. Miraba su reloj de pulsera y ajustaba el cuello de su americana. El sol de la mañana brillaba en los cristales del edificio. Ella buscó entre la multitud el perfil alto y seguro de Javier, el hombre que debía estar allí para decirle que el mundo era un lugar donde las leyes funcionaban.
Pero Javier ya no estaba en esa ciudad. Estaba en un tren que se alejaba hacia el norte, mirando por la ventanilla cómo el paisaje se volvía borroso. No sentía tristeza, solo una inmensa y fría ligereza.
El secreto ya no pesaba porque ya no había nadie a quien ocultárselo.
Natalia entró en el edificio cuando el reloj marcó las nueve. Subió en el ascensor, sintiendo una punzada de duda que intentó enterrar con lógica profesional. Al final del pasillo, el recepcionista le preguntó si esperaba a alguien.
—No —dijo ella, y su voz sonó extraña en sus propios oídos—. No espero a nadie.
El río seguía corriendo bajo el puente, oscuro y rápido, llevándose las manchas de aceite y los restos de un día que nunca llegó a ser. Javier cerró los ojos contra el cristal del tren y, por primera vez en dos años, dejó de intentar recordar quién se suponía que debía ser.
El hombre que creía demasiado.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
Esta es la crónica de un alma en pausa, una sombra que aprendió a proyectarse. El drama de un hombre quieto con un grave secreto.
Durante años, Elías habitó un presente de cemento. No era tristeza activa, sino una inercia espesa que convertía los días en réplicas exactas de sí mismos. Vivía en un apartamento que parecía una sala de espera: muebles funcionales, paredes desnudas y un silencio solo interrumpido por el zumbido de una nevera casi vacía.
Su existencia carecía de vectores. Se levantaba no por propósito, sino por biología. Trabajaba en una oficina de datos donde era el empleado invisible, aquel cuya ausencia nadie notaría hasta que el software fallara. Según la psicología de la anhedonia, Elías experimentaba esa incapacidad de sentir placer o interés por nada, un limbo emocional donde el dolor no era agudo, sino sordo y constante.
El sufrimiento de Elías radicaba en la falta de fricción. Nada le importaba lo suficiente como para herirlo, y esa seguridad era su mayor tortura. Sin embargo, una noche de lluvia eléctrica, un pequeño evento caótico rompió su estasis. Un cachorro, empapado y tembloroso, se había refugiado en el hueco de su portal.
Al principio, Elías intentó ignorarlo. La responsabilidad era una forma de meta, y él no quería destinos. Pero el llanto del animal resonaba en la caja de resonancia que era su soledad. Lo subió a casa "solo por una noche".
Esa noche no durmió. El perro, debilitado por la desnutrición, necesitaba cuidados constantes. Por primera vez en una década, Elías tuvo una urgencia que no era suya. Consultó guías en la Plataforma de Salud Animal para entender cómo rehidratar al animal.
De repente, el tiempo se transformó. Las horas ya no eran bloques de plomo, sino oportunidades para administrar una medicina o limpiar una herida. Elías descubrió que el sufrimiento cesa cuando se convierte en servicio.
Lo que empezó como un rescate accidental se transformó en una meta de vida: Elías decidió convertir su espacio en un refugio temporal para animales en situaciones críticas. Aquel hombre que no tenía razones para levantarse, ahora tenía agendas, contactos con clínicas veterinarias y una comunidad en redes de voluntariado.
Su meta no era la fama ni el dinero; era la supervivencia de un ser ajeno. En ese acto de mirar hacia afuera, Elías finalmente se encontró a sí mismo. Ya no era un espectador de su propia vida, sino el arquitecto de una esperanza pequeña pero tangible.
Para entender la metamorfosis de Elías, hay que diseccionar cómo el dolor pasó de ser un lastre a ser un combustible.
El primer cambio emocional no fue la alegría, sino un miedo punzante. Al adoptar una meta (la supervivencia del cachorro), Elías rompió su blindaje. La psicología existencial sugiere que la falta de metas es un mecanismo de defensa: si nada te importa, nada te puede herir. Al empezar a cuidar de otro, Elías experimentó el terror de la pérdida. Ese miedo fue su primera señal de vida; por fin había algo en el mundo que valía el riesgo de sufrir.
Elías pasó de definirse por lo que no hacía (no salía, no hablaba, no ambicionaba) a definirse por su función. En su mente, dejó de ser "el hombre del apartamento 4B" para convertirse en "el protector". Este cambio de narrativa interna es lo que la Terapia de Aceptación y Compromiso define como actuar en dirección a los valores propios, lo cual reduce drásticamente el sufrimiento neurótico.
El dolor no desapareció, pero cambió de naturaleza. Ya no era el dolor vacío de un domingo por la tarde sin nada que hacer; ahora era el cansancio físico tras una noche de cuidados veterinarios. Viktor Frankl, en su obra sobre la logoterapia, explica que el ser humano es capaz de soportar cualquier "cómo" si tiene un "porqué". Elías descubrió que el sacrificio por una meta le otorgaba una dignidad que la comodidad del aislamiento le había robado.
Al final, su soledad no se llenó de gente, sino de presencia. Se volvió una persona presente en su propia piel, habitando cada segundo con la intensidad que solo da el tener una misión que cumplir.
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