Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

lunes, 9 de febrero de 2026

La ansiedad de Roger.

Roger, otrora titular de la mesa diecisiete en el Departamento de Peticiones Informáticas, contemplaba ahora sus botas gastadas con una fijeza febril. La tisis, ese verdugo invisible, golpeaba a su puerta con una tos seca que sabía a polvo de archivo y a tinta barata. Había pasado treinta años arrastrando la pluma, un engranaje minúsculo en la maquinaria del Estado, convencido de que su insignificancia era su armadura. Nunca hubo una esposa, solo el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a col vieja y a soledad burocrática. "He sido una chinche", murmuraba Roger para sí mismo, mientras la fiebre pintaba visiones de San Petersburgo en las grietas del techo. De pronto, una claridad cruel le atravesó el pecho. No era el miedo a la muerte lo que le atormentaba, sino la sospecha de que, si Dios le concediera otros sesenta años, volvería a gastarlos igual: temiendo al jefe de sección y soñando con un abrigo nuevo que nunca llegó a comprar. En su agonía, Roger comprendió la verdadera tragedia: había tenido el universo entero a su disposición, pero prefirió vivir dentro de un formulario administrativo. Con un último suspiro, buscó un sentido a su gris existencia, pero solo encontró el silencio de una oficina vacía al anochecer. Roger cerró los ojos y, en la penumbra de su habitación, comenzó el diálogo más amargo de su vida. «He sido un cobarde», se dijo, y la palabra resonó con el peso de una sentencia judicial. No era por haber robado o matado, sino por algo peor: por haber traicionado su propia alma a cambio de nada. —¿Es esto la redención? —se preguntó, mientras buscaba un rastro de fe entre los escombros de su memoria. Recordó cómo el sufrimiento, ese viejo compañero de los personajes de Dostoievski, era la única puerta que le quedaba abierta para ser "digno de su dolor". Roger entendió que su pecado no fue la inutilidad de su cargo, sino la incapacidad de amar más allá de sus propios miedos. En ese instante, llamaron a la puerta. Era Pável, un antiguo colega de la oficina que venía a devolverle un tintero. Al ver el rostro cadavérico de Roger, Pável retrocedió, aterrado por la visión de su propio futuro. —Roger, ¿qué has hecho con tu vida? —preguntó Pável con una voz que temblaba como una hoja de papel. —Nada, Pável. He esperado —respondió Roger con una sonrisa mística—. Y ahora que el tiempo se acaba, me doy cuenta de que el perdón no está en el archivo, sino en el valor de haber existido, aunque fuera solo para sufrir esta última claridad. El delirio se apoderó de Roger con la violencia de una tormenta de nieve. Las paredes de su cuarto, empapeladas con el color de la bilis, empezaron a exudar tinta negra que formaba cascadas de números y sellos oficiales. De repente, la habitación se llenó de dobles. Cientos de Rogers, con el mismo rostro gris y la misma espalda encorvada, desfilaban ante él cargando legajos infinitos. "¡Firme aquí, Roger!", gritaban con una risa que no era humana, sino el crujir de madera seca. El aire se volvió espeso, saturado por el olor a azufre y a oficina cerrada. En el rincón más oscuro, una figura colosal emergió de las sombras: era el Gran Burócrata, una entidad sin rostro que sostenía una balanza. En un plato, la insignificante vida de Roger; en el otro, un solo formulario en blanco que pesaba más que todo el universo. —¡He esperado! ¡Solo he esperado! —aulló Roger, mientras sentía que sus pies se convertían en papel. La alucinación cambió. Ahora se encontraba en una estepa infinita, bajo un sol rojo que no calentaba. A lo lejos, una niña pequeña lloraba, pero cuando él intentaba acercarse, ella se transformaba en una montaña de peticiones denegadas. Roger comprendió, en medio de su fiebre, que el infierno no era fuego, sino la incapacidad de haber amado un solo segundo fuera de su zona de confort. Con un último estertor, Roger estiró la mano hacia una luz que creyó ver tras la montaña de papel. A la mañana siguiente, la casera encontró el cuerpo de Roger tan rígido como un decreto ministerial. No hubo llanto, solo el metódico sonido de una escoba barriendo el polvo de sus botas. En la oficina, la noticia de su deceso fue recibida con un bostezo colectivo. Su mesa, la número diecisiete, no estuvo vacía ni una hora; un joven aspirante, con los ojos llenos de una ambición que el tiempo se encargaría de triturar, ocupó su silla antes del mediodía. Lo más irónico, sin embargo, fue el destino de sus archivos. Por un error administrativo —esos que Roger tanto temía y respetaba—, toda su labor de treinta años fue clasificada como «redundante». El camión del reciclaje se llevó su vida entera, toneladas de papel que terminaron convertidas en pulpa para fabricar nuevos formularios en blanco. Roger, que tanto buscó un sentido en el orden, acabó sirviendo para que otro burócrata, igual de solo e inútil, anotara su nombre en el margen de una hoja nueva. El boletín del Departamento, impreso en un papel tan áspero como el carácter de sus superiores, despachó la existencia de Roger en el rincón inferior de la página cuatro, justo debajo de un anuncio sobre el nuevo racionamiento de velas de sebo: «AVISO DE VACANTE POR DEFUNCIÓN» «Se informa a los señores funcionarios del fallecimiento del titular de la Mesa 17, el Sr. Roger N. N. Tras treinta años de servicio, el Sr. Roger ha completado su última tarea: dejar una silla libre. Su legado incluye una pila de expedientes que ahora serán la herencia de alguien más. No se ruega la asistencia al funeral, ya que la verdadera urgencia reside en la búsqueda de un reemplazo con la misma habilidad para pasar desapercibido. Se aceptan donaciones de café extra fuerte para los que se quedan lidiando con su ausencia... y sus archivos.»

Chano mirando al mar.

¿Qué es el recuerdo sino una costra que uno se arranca una y otra vez para comprobar que la herida sigue viva? Me miro las manos y veo las de mi padre, pero mi alma... mi alma es un callejón oscuro donde resuena el eco de mi propia degradación. Ella está ahí, en la habitación de al lado. Puedo oír el móvil con sus estúpidos tutoriales de maquillaje. Mi pareja, mi «salvadora», que ha decidido que el silencio es la mejor forma de no ver el temblor de mis dedos. Pasa de mi adicción como quien ignora una mancha de humedad en la pared; cree que con no mirarla, el moho dejará de devorar los cimientos. Su indiferencia es un látigo de seda. Me deja morir con una amabilidad que me hiela la sangre. Y luego está ella, mi hermana. Mi sangre, convertida ahora en veneno destilado. Ayer la vi por la calle, del brazo de ese... ese monumento a la decrepitud. Un hombre que podría ser nuestro abuelo, un viejo con ojos de usurero y manos que huelen a naftalina y cuentas bancarias. Se han emparejado en una alianza de asco y conveniencia. Me miró, Dios mío, me miró y en sus ojos no había compasión, solo un rencor mineral, antiguo. Recuerdo el día que todo se rompió. Yo estaba en el suelo, en medio de una crisis, mendigando un poco de dignidad o de veneno, ya no lo sabía. Ella se acercó, no para levantarme, sino para escupir sobre mi miseria. "Prefiero encadenarme a un cadáver que seguir oliendo tu putrefacción", me dijo. Y cumplió su palabra. Se entregó a ese viejo solo para alejarse de mi sombra, para demostrarme que prefería la muerte en vida con un extraño que el lazo sagrado con un hermano quebrado. Cada vez que el viejo le toca el hombro en público, ella me lanza esa mirada de triunfo amargo: ha preferido el infierno de la avaricia al infierno de mi debilidad. Y yo, aquí encerrado, solo puedo odiarla con la desesperación de quien sabe que ella tiene razón. El rencor es el único hilo que nos mantiene unidos, una cuerda que nos estrangula a ambos mientras nos miramos a través del abismo. ¿Por qué me miran como si yo fuera el único que se está asfixiando? ¡Todos somos adictos! Solo que ellos han elegido venenos más elegantes, más... socialmente aceptables. Mi hermana se inyecta el orgullo y el desprecio de ese viejo decrépito; ella se alimenta de la seguridad de un hombre que ya es un cadáver antes de tiempo, solo por el placer de decirme: «Mira, yo he triunfado donde tú te has arrastrado». ¡Mentira! Es una mentira que me quema las entrañas. Ella no ama a ese espectro de gabardina y cuentas corrientes. Ella lo usa como un escudo contra mí, como si la respetabilidad se comprara por años de diferencia. Se ha vendido al mejor postor de la moralidad para no tener que reconocer que llevamos la misma sangre maldita, la misma sed de autodestrucción. Y mi pareja... ¡ah, esa es la peor! Su indiferencia es una forma refinada de tortura. Pasa por mi lado, ve el sudor frío en mi frente, oye el crujir de mis dientes cuando el deseo me atenaza, y simplemente... sigue adelante. Como si yo fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración pero que es demasiado pesado para tirar a la calle. Su «paciencia» no es amor, es una sentencia de muerte lenta. Me deja hundirme porque así ella puede mantener su pedestal de santa mártir. Se alimenta de mi caída para sentirse alta. A veces quiero gritarle: «¡Ódiame! ¡Pégame! ¡Haz algo que no sea este silencio sepulcral!». Pero no, ella prefiere el vacío. Prefiere dejar que me consuma como una vela en una habitación sin aire. Recuerdo la risa de mi hermana cuando éramos niños... era cristal. Ahora es el sonido de una pala cavando mi tumba. Se ha aliado con ese viejo para enterrarme en vida. Me odia no por lo que soy, sino por lo que le recuerdo de sí misma. Se abraza a ese anciano buscando un padre que nos falló, o quizás buscando un verdugo que la castigue por haber nacido de la misma raíz que este despojo que soy yo. ¡Dios, si existes, dame un enemigo de verdad y no estos fantasmas que me matan con su falta de mirada! Soy un hombre ridículo, sí, pero mi dolor es lo único real en este teatro de sombras chinas.

Arturo medía su vida en esloras.

Arturo medía su vida en esloras. Desde su cubículo en la planta doce, el Puerto de Barcelona no era más que un tablero de Monopoly donde él nunca tendría ficha. Mientras sus compañeros apuraban el café para huir a las seis, él se quedaba allí, tecleando informes de siniestros con un celo enfermizo. Cenaba ensaladas de plástico frente al ventanal, observando cómo las luces de los yates de lujo titilaban sobre el agua negra. "Algún día", se decía, mientras babeaba un poco sobre el teclado antes de quedarse dormido bajo los fluorescentes. Su entrega era absoluta, casi religiosa. El lunes, Arturo no saludó. Seguía en su silla, con la mirada clavada en el horizonte del muelle, pero con una palidez que ya no era culpa de la mala iluminación. Había muerto en su puesto, tal como vivió: solo y en horas extra. —Por fin se calla —murmuró un administrativo mientras RRHH llamaba al forense. En la oficina no hubo lágrimas, solo un suspiro de alivio colectivo. Sus jefes, a los que Arturo bombardeaba con correos serviles a las tres de la mañana, lo recordaron como un "pelota insufrible" que solo buscaba ascender a costa de lamer botas. Sus compañeros, los mismos a los que delataba por llegar cinco minutos tarde, ni siquiera hicieron una colecta para flores. Lo sacaron en una bolsa negra. Desde la ventana, el yate más grande del puerto soltó amarras y zarpó, ajeno a que su mayor admirador acababa de ser archivado como un expediente sin cobertura. Aquí tienes el momento en que la máscara de la oficina se rompe por completo durante el entierro: El funeral fue un trámite de quince minutos. Sus jefes enviaron una corona de flores con el logo de la empresa bien grande —puro marketing corporativo—, pero no se presentaron. En la puerta del cementerio, el equipo de siniestros fumaba con ganas, rompiendo el silencio con un veneno que Arturo ya no podía reportar. —¿Viste que murió con el Excel abierto? —dijo el jefe de sección con una mueca de asco—. Menudo pelota. Me enviaba informes los domingos solo para recordarme que él no tenía vida. Pensaba que le daría el puesto de director, pero no se lo hubiera dado ni aunque fuera el último hombre en la Tierra. —A mí me intentó hundir con el tema de los horarios —escupió una compañera, ajustándose las gafas de sol—. Era un mal compañero, un rastrero que disfrutaba pisando a los demás para que el jefe le diera una palmadita en la espalda. ¿Sabéis qué hizo cuando mi hijo estuvo enfermo? Le dijo a RRHH que mi rendimiento bajaba. Mientras bajaban el ataúd, nadie bajó la cabeza. De hecho, el administrativo más joven sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo. —Bueno, al menos ahora alguien podrá heredar su ventana. Las vistas a los yates del puerto son lo único que valía la pena de su cubículo. Se dieron la vuelta antes de que cayera la primera palada de tierra. Arturo se quedó solo, tan invisible en la muerte como lo fue su humanidad en la oficina.

domingo, 8 de febrero de 2026

Veo a un niño jugando solo.

Veo a un niño jugando solo y a su abuelo contando, bombas de la Guerra Civil, en un patatal saltando. Aquí un cielo de ceniza, vuelca el día su amargura, mi sombra busca la orilla de una noche sin premura. Lecroy busca las vigas ardiendo, ya no hay besos en el tiempo que recordar, no hay oídos en el tiempo. "No sabe por dónde salta". Soy un río que se duda, donde la sed es un muro y la voz nace desnuda. Un niño que juega solo un joven que solo se sienta, un pavo sin besos qué besar padre sin hijo en su cuenta. Los Altos Hornos junto al mar donde se despiden los amantes, sin padres no hay a quien acusar ya no somos los de antes. Se me astillaron los pasos, el alma es cal de herradura, el tiempo es un perro negro que mis huellas desfigura. No hay metal en mis arterias, solo una herida rotunda, la inercia es un mar de plomo donde el deseo se inunda. Tímida la piedra que arranca la tierra que el agua rompe, fuiste feliz como pudiste sin darle un nombre. El mundo es un vidrio roto, laberinto de luz turbia, y mi voluntad un pétalo que se dobla con la lluvia.

El brillo en sus ojos inesperado.

Para Lucas, el ruido nunca fue exterior. Creció en una casa de cortinas cerradas, descifrando los susurros de una madre atrapada en los laberintos de la esquizofrénica, donde el amor y el miedo compartían el mismo plato. Su infancia fue un ejercicio de invisibilidad, aprendiendo a cuidar de alguien que a veces no reconocía su propio nombre. Esa soledad lo llevó a la pantalla. No buscaba un escape, sino un eco. Así conoció a Elena en un foro sobre salud mental y resiliencia. Ella no tenía cicatrices visibles, pero entendía el lenguaje de quienes han tenido que ser adultos antes de tiempo. Durante meses, sus mensajes fueron el faro: palabras que no juzgaban, silencios compartidos por teclado y una conexión que se sentía más real que el aire que respiraban. El primer encuentro no fue en un café concurrido, sino donde el mundo se siente infinito: la playa. Lucas llegó primero. El viento salado le recordaba que, por fin, podía respirar sin miedo a romper algo. Cuando vio a Elena caminar por la arena, el reconocimiento fue instantáneo. No eran dos desconocidos; eran dos náufragos que finalmente tocaban tierra firme. Se sentaron frente al mar, dejando que las olas llenaran los huecos de su conversación. No hubo necesidad de explicar el pasado; sus ojos ya contaban las batallas ganadas a la tristeza. En un momento, Elena tomó su mano. Fue un gesto simple, pero para Lucas, cuyo contacto físico siempre había sido de alerta o cuidado, fue una revelación. "Aquí hay fantasmas, Lucas", susurró ella. En ese atardecer, bajo un cielo que parecía pintado solo para ellos, Lucas entendió que su historia no estaba definida por el dolor de su infancia, sino por la capacidad de haber guardado un rincón de luz para alguien como Elena. El amor no fue un flechazo ruidoso, sino la paz profunda de saber que, después de toda una vida de tormentas, finalmente estaba en casa. Para profundizar en su historia, debemos volver al momento en que las palabras digitales se convirtieron en susurros frente al mar. El paso de "sobrevivientes" a "pareja" no fue rápido, fue un proceso de desarmar defensas. El Primer Diálogo: Rompiendo el Cristal Mientras caminaban por la orilla, el agua fría les rozaba los pies. El silencio era cómodo, pero Lucas sentía la necesidad de validar que ella era real. — "A veces me cuesta creer que no te he inventado", dijo Lucas, mirando el horizonte. "En mi casa, la realidad siempre fue algo... maleable. Mi madre podía ver incendios donde solo había sol. Estar aquí contigo, sintiendo la arena, me da miedo porque se siente demasiado sólido". Elena se detuvo y lo miró a los ojos, sin rastro de lástima, solo con una comprensión profunda. — "No eres el único que vive en guardia, Lucas", respondió ella suavemente. "Yo pasé años cuidando mis palabras para no herir a nadie, olvidando cómo decir lo que yo sentía. Pero aquí no tienes que cuidar de mí. Solo tienes que estar". — "¿Incluso si a veces el silencio me pesa?", preguntó él. — "Sobre todo entonces. Aprenderemos a que el silencio sea nuestro refugio, no nuestra celda". Enamorarse para ellos no fue una explosión de fuegos artificiales, sino una reconstrucción paciente. A medida que la relación avanzaba, el amor se manifestó en los detalles que abordaban sus traumas pasados. Cuando Lucas sentía la ansiedad de que algo malo iba a pasar (un eco de su infancia), Elena no le decía "estás loco". Ella simplemente le tomaba la mano y decía: "Estamos en el presente, y en el presente estamos a salvo". Aprendieron que amar no significa estar pegados para protegerse. Elena lo animó a buscar terapia y a tener sus propios hobbies, enseñándole que él no era el "cuidador" de todo el mundo, sino un hombre con derecho a sus propios deseos. Hablaron abiertamente sobre el miedo de Lucas a la genética y a la enfermedad. El amor se fortaleció cuando Elena le hizo entender que, pasara lo que pasara en el futuro, él ya no tendría que enfrentarlo solo en una habitación a oscuras. Meses después de aquel encuentro en la playa, volvieron al mismo lugar. Ya no eran dos extraños que se conocían por internet, sino dos personas que habían decidido que sus cicatrices no eran un defecto, sino el mapa que los había guiado el uno al otro. Lucas miró a Elena y, por primera vez en su vida, no sintió el ruido de la enfermedad de su madre ni el peso de la responsabilidad excesiva. Solo sintió el latido tranquilo de un corazón que, tras años de tormenta, había encontrado su puerto.

El granito rojo del rey Keops.

Bajo el sol de los desiertos, donde el tiempo se deshace, se alza el granito del rey, rojo como sangre ardiente. Es la tumba de Keops, una montaña de cuarzo, que guarda en su vientre frío el eco de mil milagros. A la horca debo ir con el viento de la arena, ver la pirámide crecer rechinar de muerte en pena. Cada golpe del cantero, cada sudor en el rostro, lo devuelve la montaña en un místico retorno. No busca el hombre la gloria, ni el oro de los tesoros; busca la paz en la piedra, el premio de sus esfuerzos. Al tocar el muro terso, el alma siente el abrazo; la piedra da recompensa al que ofrece su trabajo. Es la autosatisfacción, un manantial en lo seco, que brota de la dureza cuando el gesto es puro y recto. Las tumbas de la llanura, pirámides de un lamento, el granito rojo brilla colmando de aire al deseo. Busca el hombre en la cantera lo que el tiempo se ha llevado, pues no hay agua que mitigue sed de un ayer olvidado. El granito es un espejo de un deseo que no acaba, una sed que en la arenisca nunca encuentra su llegada. Quiere asir entre sus manos el pasado que es ceniza, pero el bloque rojo guarda solo una muda sonrisa. Es la piedra un laberinto donde el ansia se detiene, pues lo que fue ya no vuelve por más que el alma se empeñe. Y en el roce con el muro, donde el dedo se desgasta, el orgullo reconoce que su propia luz le basta. Que no hay reino ni corona que detenga el atardecer, solo el gozo de la piedra que enseña a no pretender. Así el hombre, ante el abismo, bebe el vino del presente, pues lo insaciable se rinde frente al granito durmiente.

sábado, 7 de febrero de 2026

Frente el cráter de ceniza.

Frente el cráter de ceniza, el fuego al tiempo deshace, busco el trazo de lo eterno aunque el pulso me fracase. No es la mano la que labra, ni el cincel el que renace, es el hambre de lo oculto lo que obliga a que me lance. ¡Qué me importa la destreza si la forma es solo un envase! Yo persigo aquel relámpago que en la sombra se desate. No es oficio, es un delirio, un incendio en el lenguaje, que las cosas cobren vida antes que el rigor las mate. Busco el arco que se curva en un místico tatuaje, donde el iris se confunde con la sangre del paisaje. Lo perfecto es un sepulcro, lo sublime es el viaje; hacer bien es dar el alma aunque el mundo se desgaje. Que la obra sea el puente, no la meta ni el anclaje, pues lo bello solo existe cuando el sueño se hace carne.