Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

sábado, 7 de febrero de 2026

Construiré con mi sangre la opalita.

Te amo, te odio,yo que sé, ya te tengo que olvidar, quien te cace venda tu piel yo solo te tengo que matar. Mina de oro que entierro nunca más te seré fiel, te bendigo sin querer verte para adornar nuestra piel. Rapado con tatuajes en la cogorza del ayer, en medio el mar sin nombre tampoco tiene que volver. Brillas con luz de angustia, falsa joya de cristal, que hasta la noche se admira en tu fragua artificial. No naciste en la montaña ni en la cuna del volcán, pero tu humilde calaña irradia un suave desván. Si el diamante es fuego puro y el zafiro es alta mar, tú, en tu brillo más oscuro, no te tienes que juzgar. Perdónate por no serlo, por ser vidrio y nada más, que es hermoso solo el verlo y en tu calma encontrarás. No mires al que es tesoro por ley de naturaleza, mira al fango, mira al lodo que no tiene tu belleza. Hay piedras que son ceniza, que el camino pisará, mientras tu luz se desliza y en el pecho brillará. Mina de oro que entierro nunca más te seré fiel, te bendigo sin querer verte para adornar nuestra piel.

viernes, 6 de febrero de 2026

Poema "Todo lo que amé".

Todo lo que amé no tiene ya sentido, los traumas quedan por el hijo no tenido. Uno se multiplica porque como niño queda, y mata las raíces que rompieron la tierra. De eslabón a eslabón los tambores en la playa, mueren por rascacielos contra los coches baila. Del ahorcado inalámbrico, otro amor platónico, sueña gárgolas de niño y un desierto daltónico.

Soneto surrealista.

La Geometría del Polvo. Un reloj de ceniza mide el frío, mientras el piano devora su teclado, y un tigre de cristal, siempre callado, bebe la sed de fiebre por el río. Hay un orden de sal, un desafío en el pan que camina ya inventado; la dignidad es un pez amordazado que guarda el mar en un dedal vacío. No es el azar la red, sino el acento de una raíz que muerde la estructura los trenes caen de la azotea al cemento. Erguido el aire, busca su estatura, los ciervos cornean la vena sin tiento lo que yo amé ya no tiene espesura.

jueves, 5 de febrero de 2026

El amor que te llega y te conviene.

Yo que tantos hombres fui fui el hombre en cuyos brazos desfallecía la otra por fin. Si busqué a Matilde Urbach si me bloqueó o fui feliz viendo el oasis me matará no me mató de lo que morí. Por la arena del olvido, bajo un sol que no perdona, el pie quemado ve al cielo y tu recuerdo te cuestiona. No es la línea la que manda, ni lo recto es lo que importa, que la sed dicta la ruta y la ausencia se hace corta. Buscabas aquel incendio, ese amor de llama loca, que te hería con el frío y te amargaba la boca. Pero el paso te detiene donde el agua es mansa y pura; el gas termina el engaño, se suaviza la amargura. Aquel sueño inalcanzable, de noche angustia sombría, lo remata ya la tarde y lo dispersa la brisa. Si te mueres con el puerto, con el bien que te conviene, con la paz que da el refugio y el abrazo que te sostiene. Hay un eco de otra vida, un extrañamiento leve, como sombra de una nube que en el alma apenas llueve. Es sosiego lo que sientes, el reposo del guerrero, aunque guardes el secreto de aquel fuego prisionero. Por supuesto fui feliz el náufrago nadando y muere en la orilla de quedar pataleando. Por la arena que devora, bajo un cielo que es de hierro, no caminas por la línea, vas buscando tu destierro. No es la ruta del cartógrafo la que guía tu pisada, es el hambre de los pozos en la tierra calcinada. Te asaltan las caravanas, ladronas de la alegría, que en lugar de dar consuelo te roban la luz del día. Y en la grieta del engaño, donde el miedo te amordaza, brota el brillo del escorpión que entre las piedras atenaza. Él no es muerte, es el maestro, veneno que te despierta: donde hay saña y aguijón hay una vida muy cerca. Aquel amor de los picos, imposible y carnicero, era un sol que te cegaba en un mundo de cenicero. Hoy te quedas con el valle, con el bien que te acomoda, una paz que sabe a tregua mientras el alma se poda. Es un orden de cemento, un refugio sin espanto, aunque sientas en el pecho un extraño y sordo llanto. Es el peso de la calma, un metal que no conoces, mientras mueren en tu espalda aquellas antiguas voces.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Título: El Último Latido en el Puerto de la Luz

El Último Latido en el Puerto de la Luz y China Blue. Escena 1: El Vacío de Cristal. La lluvia en el puerto de contenedores no limpiaba la suciedad; solo la convertía en un barniz brillante bajo las luces de neón. Leo caminaba con el paso pesado de quien ya no espera llegar a ninguna parte. En su bolsillo, el frasco de cristal tallado pesaba más que un arma. Había recibido el mensaje: una nota de voz distorsionada de Juli, diciendo que no podía soportar más la guerra entre sus familias, los sindicatos del muelle, y que "se marcharía para siempre". Leo llegó al almacén abandonado. Allí, sobre una mesa de metal oxidado, yacía Juli. Parecía una estatua de mármol bajo la luz azul de una pantalla que aún parpadeaba en la pared. Estaba pálida, inmóvil, con un pequeño frasco vacío a su lado. —Llegué tarde —susurró Leo. Sus manos temblaban mientras le apartaba un mechón de pelo mojado—. Me pediste que nos fuéramos, y ahora te vas sola. Escena 2: El Silencio Roto. El silencio en el almacén era denso, roto solo por el goteo constante de la lluvia y el lejano lamento de las sirenas que se acercaban. El frasco vacío al lado de Juli, junto al de Leo, pintaba un cuadro sombrío de desesperación y decisiones fatales. Escena 3: El Testigo Forzado. En ese momento, la puerta del almacén se abrió de golpe. Tyrell, el hermano de Juli y líder de la banda local, entró con una pistola en la mano. Venía buscando a su hermana, furioso por la tregua rota, pero se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos recorrieron los cuerpos inertes y el aire viciado de tragedia. —Juli... ¿qué has hecho? —murmuró, la pistola cayendo de su mano temblorosa. Se acercó lentamente, su arrogancia habitual desvanecida por el horror. Vio los rostros pálidos de ambos jóvenes, la quietud antinatural de sus cuerpos entrelazados. La verdad, fría y brutal, lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Las sirenas se hicieron más fuertes, sus luces rojas y azules intermitentes empezando a filtrarse por las ventanas polvorientas del almacén. Tyrell sabía que no había escapatoria, no de la ley, y mucho menos de las consecuencias de la guerra que él mismo había avivado. Se arrodilló junto a los cuerpos, no con remordimiento, sino con la realización amarga de una victoria que se sentía como una derrota absoluta. Había "ganado" la guerra de bandas, pero al precio de la vida de su propia hermana. —Ganamos —susurró, con la voz rota—. Ganamos todo... y no nos queda nada. La policía irrumpió en el almacén, sus linternas barriendo la escena. Tyrell levantó las manos, derrotado, mientras las luces del puerto iluminaban el final de una historia marcada por la lealtad, la rivalidad y la trágica elección de dos jóvenes enamorados contra un mundo que se negaba a aceptarlos juntos. La tragedia en el Puerto 24 se convirtió en una leyenda urbana, un cuento de advertencia en las calles mojadas por la lluvia, recordando a todos el alto costo del odio y la desesperación en un mundo donde el amor a menudo lucha por encontrar un lugar.

Yo fui el Rey Naranjito: Juan Carlos I.

"Yo fui el Rey Naranjito la Zarzuela puse fina, quise mantener un trono y me quedé sin silla". Tu relación era un cromo para vender en la sauna, no hay elefante no blanco ya disculparse ante tanta fauna. Si quieres justicia córtate el brazo, la justicia se paga con fuego y a rajo. Zarzuelas de todos pescaos que se muerden la cola, que la corona pensando excusas de caracola. Cargué mis carros de oro con la cosecha más rica, pero en los lodos del Betis la rueda se me complica. Los duques me dieron aire, los condes me dan la espalda, y el cetro de mi gobierno ya no es más que una rama. ¡Ay, qué triste soberano que por buscar el vaivén, perdió el jugo de su vida y el huerto que le dio bien! Ahora vuelvo a mis terrenos con la cabeza humillada, sin trono de terciopelo, pero con sed de naranja. Desde mi exilio de arena, donde el sol tuesta la orilla, busco el perfil de mi tierra que entre las brumas titila. A través del catalejo la distancia se hace añicos; veo el reino que fue mío mientras cuento mis doblones. El jeque me da su mano, el oro colma mi mesa, pero España está muy lejos y el perdón nunca me llega. Fui motor de un gran cambio, de una estirpe la semilla, mas por bolsas de caudales hoy me encuentro sin mi silla. Apoyado en el balcón, entre dunas y calima, ajusta bien el enfoque mientras el sol lo castiga. A lo lejos ve Sanxenxo, la costa que lo fascina, pero el brillo del desierto la mirada le nubla. Aparece el buen amigo, jeque de túnica fina, que le entrega los maletines llenos de cash y de intriga. «Toma otro coche, Campeón», le dice con voz sibilina, mientras aparca un Ferrari que a su garaje se arrima. Anota en sus memorias, con caligrafía prolija, que el perdón no se regala aunque el oro lo consiga. Y suspira el Naranjito, mirando hacia la bahía: «Tengo el arca bien repleta, pero he perdido la silla».

Trump desde el salón de Mar-a-Lago,

Desde el salón de Mar-a-Lago, con su barniz de purpurina, se barniza en tez naranja y su imperio barniza. Ajusta bien su corbata, que hasta el suelo casi arriba, mientras sueña con el muro que clava entre cifras. Lanza un dardo en su red social, con la furia de una espina, y entre hamburguesas y oro su gran leyenda cocina. Prometió limpiar el pantano, con voz ronca y sibilina, pero ha llenado el estanque de su propia serpentina. Atesora sus derrotas como si fueran pepitas, y se aferra a su corona de burguerking con termitas. - Fui el rey de los rascacielos, la guía en la Quinta Avenida quise comprar el planeta y me quedé en la orilla. Ya se sienta en el banquillo, ya se sienta en la oficina, que entre jueces y decretos el magnate se ilumina. Con un ojo en el estrado y el otro en la Casa Blanca, va borrando sus condenas con una goma de plata. Pide anular los procesos de la corte neoyorquina, mientras firma con su pluma la ley que el mundo domina. «¡Soy el Rey del Comeback!», grita al viento con malicia, mientras los fiscales lloran viendo cómo se desliza. No hay pantano que lo frene, ni ley que lo ponga en fila, que para el hombre naranja la justicia es plastilina. A los líderes del globo los saluda con su intriga, mientras levanta la valla que el desierto necesita. Con el puño bien cerrado y la lengua siempre lista, pone aranceles al mundo mientras se toma una dieta. Sueña con muros de acero, de cemento y de caliza, que separen su palacio de la gente que lo irrita. Fui el dueño del negocio, de la oferta y la primicia, y ahora el mundo es un tablero que mi mano moviliza.