Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

lunes, 16 de febrero de 2026

El fusilamiento.

El sargento estiró el pergamino del indulto con la misma parsimonia con la que se limpia una bota llena de barro. Frente al paredón, Julián —atado y con el sudor frío pegándole la camisa al espinazo— sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría estúpida. —¡Buenas noticias, Julián! —gritó el sargento, agitando el papel—. Dice el Gobernador que hoy está de buenas y te perdona la vida. ¡Puedes irte a casa! Julián soltó un sollozo de alivio, pero entonces miró a su izquierda. Allí estaba su hijo, Dieguito, un muchacho que apenas empezaba a afeitarse y que compartía con él la fila de ejecución, las manos atadas y una expresión de absoluto terror. —Un momento —dijo Julián, deteniendo al guardia que ya le soltaba las cuerdas—. ¿Y el niño? El sargento consultó de nuevo el papel, rascándose la nuca con la punta de un bayoneta. —Ah, no. Aquí dice "Julián Pérez". El crío no figura. Él se queda para el plomo. Julián miró a su hijo. Luego miró el camino polvoriento hacia la libertad. Finalmente, miró de nuevo a Dieguito, que lloriqueaba en silencio. Un silencio dramático se apoderó de la plaza, solo roto por el sonido de un cuervo que parecía burlarse de la situación. —Mire, sargento... —empezó Julián con un tono de reflexión profunda—. Piénselo bien. Si me voy yo, me quedo sin heredarle nada al muchacho, porque ya no estará. Y si me quedo yo solo por él, luego tendré que pagar su entierro, que con la inflación está por las nubes. —¿Entonces? —preguntó el sargento, aburrido. —Entonces, mejor déjelo como estaba —sentenció Julián, dándole una palmadita de consuelo en el hombro al chico—. Mátennos a los dos de una vez. Total, ya estamos aquí, el pelotón ya cargó los fusiles y sería una descortesía hacerles perder el tiempo. Además, imagínese el drama de explicarle esto a su madre yo solo en la cena. ¡Me mata ella! Y créame, estos soldados apuntan mejor. Dieguito lo miró con los ojos como platos. —¡Pero papá! —Calla, hijo, no seas egoísta —susurró Julián con una sonrisa lúgubre—. Así ahorramos en ataúdes, que si nos ponen uno encima del otro, nos hacen precio de grupo. ¡Sargento! ¡Proceda! Que se nos enfría la eternidad. El sargento, que ya estaba guardando el indulto para usarlo como papel de fumar, arqueó una ceja. No todos los días un hombre rechazaba la vida para no enfrentarse a una esposa furiosa o a los gastos funerarios. —Está bien, Julián. Por falta de entusiasmo no será —suspiró el sargento—. ¡Pelotón! ¡Vuelvan a apuntar al señor Pérez! ¡Y al niño también, que no se diga que no somos eficientes! Un giro hacia lo absurdo Justo cuando los soldados apoyaban la culata en el hombro, Julián levantó una mano, deteniéndolos de nuevo. —¡Un segundo! —exclamó con una chispa de astucia malvada en los ojos—. Acabo de caer en la cuenta de algo fundamental. Sargento, si nos matan a los dos a la vez, ¿quién va a cargar los cuerpos hasta la fosa común? Sus hombres ya se ven bastante cansados y el sol está pegando fuerte. El sargento miró a sus soldados, que efectivamente sudaban como cerdos bajo el uniforme de lana. —Es cierto —admitió el sargento—. Es un paseo largo hasta el cementerio. —Pues ahí lo tiene —dijo Julián, con un tono de consultor de negocios—. No nos mate a los dos. Eso es un desperdicio de mano de obra. Mejor máteme solo a mí, y deje que el niño me arrastre hasta el hoyo. Él es joven, tiene buena espalda y así aprende el valor del trabajo duro. Además, así nos ahorramos una bala, que el plomo está a precio de oro. —¡Papá, por favor! —chilló Dieguito, temblando—. ¡Prefiero que me disparen a tener que arrastrarte por todo el pueblo! —¡Ves! —le gritó Julián al sargento—. ¡La juventud de hoy no tiene espíritu de sacrificio! No quiere ayudar en las tareas del hogar. Mátenlo a él primero por mal hijo, y yo, como buen padre abnegado, me encargo de enterrarlo mientras lloro un poco para guardar las formas. El cinismo final Julián se acercó al oído de su hijo, ignorando los fusiles que temblaban ante la confusión de órdenes. —Escúchame bien, Dieguito —susurró con una sonrisa amarillenta—. Si te matan a ti, yo me quedo con tu colección de monedas y el caballo. Si me matan a mí, tú te quedas con mis deudas y con el genio de tu madre. Piénsalo... te estoy haciendo un favor. El sargento, completamente superado por la lógica retorcida de Julián, bajó su sable. —Saben qué... esto es demasiado papeleo. Julián, quédate con el indulto. Niño, vete a tu casa. No voy a gastar pólvora en una familia que está tan mal de la cabeza que prefiere regatear la muerte como si fuera pescado en el mercado. Julián miró el papel del indulto, luego a su hijo, y finalmente al sargento con una decepción genuina. —¿Entonces no hay ejecución? ¿Ni siquiera un descuentito por el entierro doble? Vaya falta de profesionalismo... Vámonos, Dieguito, pero que sepas que me has arruinado la tarde. Ahora tendré que verte crecer y, lo que es peor, ¡tendré que invitarte a cenar! Julián y Dieguito caminaron de regreso al pueblo en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujir de las botas y el sonido de Dieguito sorbiéndose los mocos. El niño miraba a su padre con la desconfianza de quien acaba de descubrir que su progenitor es capaz de vender sus órganos por un vale de descuento. Al llegar al umbral de su casa, Julián se detuvo en seco. Se alisó la ropa sucia de tierra del paredón y se puso derecho. —Escúchame bien, muchacho —susurró Julián con un escalofrío—. Si tu madre pregunta por qué tardamos tanto, no menciones lo del fusilamiento. Dile que nos entretuvimos… no sé, viendo cómo crecía el musgo en el río. Pero ya era tarde. La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al afilado de una guillotina. Allí estaba ella, Doña Engracia, con un rodillo de amasar en una mano y una mirada que hacía que el pelotón de fusilamiento pareciera un grupo de monjas de la caridad. —¿Estas son horas? —tronó la mujer—. La sopa lleva dos horas fría y el gato ya se ha comido tu parte, Julián. —Es que, verás, querida… —empezó Julián, retrocediendo hacia la calle con más miedo que cuando tenía los fusiles a dos metros—. Hubo un malentendido con el Gobierno, un indulto de última hora, un drama burocrático… —¡Excusas! —rugió Engracia—. Seguro te quedaste bebiendo con el sargento mientras el pobre Dieguito pasaba hambre. ¡Mira qué cara de trauma tiene el niño! Julián miró a su hijo, suplicándole con los ojos que mantuviera el secreto. Pero Dieguito, con una sonrisa que destilaba una venganza exquisita y gótica, dio un paso al frente. —Mamá —dijo el niño con voz angelical—, papá le dijo al sargento que mejor me mataran a mí para que él pudiera quedarse con mi caballo y no tener que aguantarte a ti explicándole que llegábamos tarde a cenar. El silencio que siguió fue más denso que la fosa común que Julián tanto quería evitar. Engracia levantó el rodillo con una lentitud ceremonial, sus ojos inyectados en una furia que trascendía lo mortal. —¿Ah, sí? —susurró ella—. ¿Con que querías ahorrarte el drama de la cena, Julián? Pues prepárate, porque vas a desear que ese sargento tuviera mejor puntería. Julián miró hacia la plaza del pueblo, donde los soldados aún recogían sus cosas. —¡Sargento! —gritó desesperado mientras corría calle abajo perseguido por el rodillo de su esposa—. ¡Vuelva! ¡Me lo he pensado mejor! ¡El niño tiene razón, el entierro doble es una inversión a largo plazo! ¡Sargento, dispare por caridad! Pero el sargento, a lo lejos, solo levantó una mano en un saludo burlón. Dieguito, sentado en el porche, empezó a comerse un trozo de pan frío, disfrutando del espectáculo de ver a su padre correr más rápido de lo que jamás lo harían las balas. El sargento Carmona no volvió a ser el mismo. Mientras veía a Julián perderse en el horizonte perseguido por el rodillo de su mujer, algo se rompió dentro de él. Dejó caer su sable sobre el polvo y se sentó en un barril de pólvora vacío, ignorando las miradas confusas de su pelotón. —Sargento, ¿limpiamos los fusiles? —preguntó un recluta. —¿Para qué? —respondió Carmona con la mirada perdida—. Si la muerte es un alivio que ese hombre mendigaba y la vida es el castigo que le dio su esposa, nosotros no somos verdugos, muchachos. Somos meros aficionados al lado de esa señora. Esa misma noche, el sargento redactó su dimisión en una servilleta manchada de vino. No podía seguir en el ejército; el concepto de "autoridad" le parecía un chiste de mal gusto comparado con la dinámica de la familia Pérez. Decidió que si el mundo era un lugar donde un padre regatea el fusilamiento de su hijo para ahorrar en madera de pino, él prefería la soledad absoluta. Se retiró a una ermita abandonada en lo alto de un risco, pero su destino tomó un giro aún más macabro. La leyenda de su "clemencia" se extendió por la región, y pronto, docenas de maridos desesperados empezaron a peregrinar hasta su cueva. No buscaban perdón, sino consejo. —Sargento —le imploró un campesino un martes de niebla—, mi mujer dice que si no pinto la fachada antes del domingo, me corta las orejas. ¿Cómo hizo aquel Julián para que usted casi le disparara? ¿Hay que insultar al Rey o basta con robar una gallina? Carmona, convertido en un gurú del nihilismo, les cobraba una moneda por escucharlos. Su "humor" se volvió tan negro que las flores se marchitaban cuando él reía. Se dice que murió años después, no de viejo, sino de un ataque de risa al enterarse de que Julián había intentado alistarse en el ejército enemigo solo para que lo hicieran prisionero y lo alejaran de su casa. En su tumba, por orden propia, no pusieron una cruz, sino una pequeña talla en piedra de un rodillo de amasar cruzado con un fusil. El epitafio rezaba: "Aquí yace Carmona, quien comprendió a tiempo que el plomo duele menos que el matrimonio, y que un indulto puede ser la peor de las condenas." El testamento del sargento Carmona no era un documento legal al uso. Estaba escrito a lápiz, en el reverso de varios indultos sin usar que había guardado durante años, y lo encontraron atado con un cordel de zapato a un cactus cerca de su cueva. Testamento y Última Voluntad del Ex-Sargento Ildefonso Carmona (Q.E.P.D. por su salud mental) Yo, Ildefonso Carmona, en pleno uso de mis facultades mentales (aunque considerablemente mermadas por los sucesos de la Plaza del Pueblo), por la presente revoco cualquier testamento anterior. PRIMERO: Dejo mi única posesión material (un burro tuerto que responde al nombre de "Pólvora") al niño Dieguito Pérez. El muchacho demostró tener más inteligencia emocional y sentido común a los doce años que su padre en toda una vida. El burro y él se merecen mutuamente: ambos son testarudos, asustadizos y propensos a la melancolía. Además, el niño se merece una recompensa por el trauma de tener un padre que lo vendería por un descuento en ataúdes. SEGUNDO: A Julián Pérez, no le dejo nada. Motivo: Ya tiene el peor castigo posible: la vida, la conciencia (poca, pero algo queda) y a Doña Engracia. Sería redundante añadir más sufrimiento. TERCERO: A Doña Engracia, le dejo mis respetos. Motivo: Su capacidad para infundir terror sin usar la fuerza letal es digna de estudio militar. Su rodillo es más efectivo que un batallón de infantería. CUARTO: Pido que el dinero que sobre de la venta de mi sable (oxidado) se use para comprar una ronda de vino en la taberna del pueblo y que brinden por la ironía. Y con esto me despido del circo que es la existencia humana. Testigo: El cuervo que siempre se posa en la piedra. Firmado: Ildefonso Carmona. El burro "Pólvora" resultó ser una excelente adquisición para Dieguito. Lo usaba para ir al mercado y, a menudo, para llevarle provisiones a Julián, quien había descubierto que el cobertizo del jardín era un lugar sorprendentemente tranquilo y seguro para vivir, lejos del alcance de Doña Engracia y sus rodillos.

sábado, 14 de febrero de 2026

Busca el místico la altura.

Busca el místico la altura, entre nimbos de incienso, olvidando que la panza pide pan y exige pienso. Quiere el alma ser un ángel en su vuelo más etéreo, mientras el bajo vientre reclama su vicio férreo. ¡Qué poco vale el soneto o el rezo más sacrosanto, si un retortijón de tripas le corta al vate el encanto! Suspira el sabio a la luna con un fervor soberano, mas si la carne se enciende, se porta como un marrano. Que por más que el espíritu busque el cielo y su lucero, siempre acaba la bragueta siendo el amo del guerrero.

viernes, 13 de febrero de 2026

El Reloj de Cieno en Manhattan.

Sobre el Empire State desde abajo, los caballos de metal beben tu ausencia, disparado lluevo tus besos imposibles y suaves, de niños que gritan de angustia sin apartar la mirada, mientras nuestro amor, ese pez sin escamas, tropieza con las aristas de los nardos de angustia. Tú y yo, amor de alambre y deseo, Nueva York es un bostezo de asfalto y geometría ácida donde las palomas rojas chapotean en los andamios enormes de metal de aguas podridas. Tú y yo, amor de alambre y deseo, buscamos el zapato de cristal de nuestro hijo muerto. Él no duerme entre raíces, duerme en el hueco de los ascensores, donde el silencio tiene forma de manzana verde frente al rostro. Su risa es ahora un grito hacia la torre Chrysler, un pequeño cadáver de luz que los taxis ignoran. En esta ciudad devoradora, la muerte está más viva que la vida, y nosotros somos dos sombras que funden plomo para fabricar un oro surrealista que no compra el mañana. Nuestro hijo es un pez muerto oculto tras el sueño, un ángel de hojalata que vuela sobre el Hudson, mientras tú y yo nos amamos con besos de ciclón ebrio, esperando que la aurora de Nueva York deje de gemir por las inmensas escaleras del olvido.

Robespierre.

Golpea cada escalón subiendo, sus dientes bailan vendada, ya no sentencia al Cielo de guillotina por la patria. Su Evangelio en la Asamblea la "Virtud" tan sangrentada, pisando sangre bajó rubís de la Montaña. En levadura del cerebro falta pan a la manada, se arregla el cuello navaja de la corbata. Mil cabezas han caído cucos de la ley sagrada, Macbeth pregunta cómo fue pagas por nuestra corbata. La madre arranca su pecho, la guillotina reclama, ¡matar matar por justicia! olor a sangre derramaban. En los Hornos de la Grève, se acuchilla la campana, una madre por rubéola aborta una ciega enana. Rueda al fin de Robespierre, la multitud queda en calma, el metal muerde el silencio y el secreto en la mañana. Ya el Zombi hueco de madera tiene la garganta armada, como un caballo de Troya que solo bebe cascada. Cascada de roja tinta, de libertad disfrazada, donde el verdugo es el cura de una fe descoyuntada. Ese Maximino "El Puro", con su lengua de estocada, sembró dientes de dragón en la tierra atribulada. Quiso lavar la nación con lejía de emboscada, y hoy su propio cuello ofrece la deuda que no pagaba. Son racimos de cabezas en la cesta amontonada, frutos de un huerto de sombras donde la luz fue negada. La guadaña de la ley, por el odio afilada, siega por fin los pescuezos la jauría desdentada. ¡Oh, doctores de la muerte! Vuestra lógica malvada, que hizo del luto un derecho y de la vida una nada. Ya se apaga vuestro sol, vuestra gloria está enterrada en el foso del olvido con la nuca cercenada. Ya no hay jueces de hojalata ni asamblea alborotada, que el tribunal de los muertos no entiende de barricada. Se abre un abismo de espejos en la noche condenada, donde el eco de los gritos es la única embajada. Comparece el Incorruptible con la razón jibarizada, su "Libertad" es un buitre con la garra ensangrentada. Lleva un collar de gargantas como joya de su armada, y el azufre le bautiza la frente desmoronada. Los amigos que sirvieron aquella cena de espada, mastican ahora el plomo de su ley ejecutada. Son estatuas de ceniza en la nada Lincolniana, donde el Sena es un mar rojo de corriente congelada. No hay perdón en el abismo para la mano crispada, que hizo del pueblo un cadalso y de la fe una estocada. Dios les juzga con el peso de la vida mutilada, y les clava en el olvido con su propia nuca helada. Llora el Sena por los ojos de una infancia mutilada, que la patria se ha vuelto una loba desquiciada. Ya no hay nombres en las tumbas, solo cal y tierra echada, sobre el sueño interrumpido por la ley de la emboscada. Eran cuellos de azucena, eran manos de alborada, que cayeron como espigas bajo hoz envenenada. El carruaje del olvido va cargando la jornada, con el peso de las almas que la luz tiene negada. ¡Ay, qué amarga es la victoria si de rojo está pintada! Si el altar de los derechos es una mesa cortada. La viuda de negro acero, con su boca de estocada, ha besado las gargantas donde el canto se guardaba. No hay campanas que les recen, ni una flor en la explanada, solo el viento que repite la injusticia proclamada. Que la sangre no hace libres, hace un cauce de la nada, donde flota la inocencia para siempre degollada.

Mis bellos recuerdos.

Un bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, el mazo y el tablero. Las llaves de un metal ya prisionero, la navaja con filos de agonías, la mochila del gym y sus porfías de un cuerpo que se olvida del esmero. El llavero pensado para el hijo que no tuve jamás, huérfano objeto, y unas fotos de ayer, mudo escondrijo. Ellas nos sobrevivirán, en su secreto y en su ciego y extraño regocijo, ajena a este recuerdo y a mi soneto.

miércoles, 11 de febrero de 2026

¿Qué haces conmigo noche?

La noche sufre sufre ¿qué haces con mi ego? en tus noches de angustia me arrastras en el fuego. La noche ebria en el viento, sangra sombras el umbral, mientras se muere el acento de este pecho de cristal. ¿Qué haces con mi alma perdida, en este frío arrabal? Me rechinan el edificio con este azufre de puñal. Sufre la noche conmigo, llora el sauce en el canal, pues no me queda un abrigo contra este viento fatal. Si me dejas en la nada, bajo un cielo de metal, seré solo una mirada que se apaga en tu portal. El desenlace de la sombra Ya no respondes al ruego, tu silencio es un desierto, y yo me quemo en el fuego de este amor que nace muerto. Busqué luz en tu mirada, pero hallé un pozo sombrío; tú no me entregas ya nada, solo un abrazo de frío. ¿Qué haces conmigo en el lodo? ¿Para qué alargar la herida? Si ya me has robado todo, toma también esta vida. Me inclino ante tu figura, bebo el cáliz del veneno; que sea mi sepultura tu desprecio más sereno. Ya no hay noche que me nombre, ni luz que alumbre el camino; soy la sombra de un hombre que se funde en su destino. Se rompe el aire en pedazos, ya no queda qué esperar; me suelto de tus abrazos para hundirme en el ultramar. Te miro y no siento nada, soy de piedra y soy de sal, tengo el alma congelada en un invierno fatal. No busques en mis pupilas lo que el tiempo ya mató, entre sombras intranquilas mi latido se extinguió. ¿Qué hago contigo, me pides? Te dejo en la soledad; no hay amor que me convide a salvar tu voluntad. Vete lejos de mi puerta, no me llames en tu mal; esta casa está ya muerta y es de hielo su umbral. Mas cuando el paso retiras y te fundes en la oscuridad, siento que todo son mentiras en mi falsa libertad. Un rayo de fuego mudo me atraviesa la razón, y me arrepiento del nudo que le puse al corazón. Quise gritar que te quedes, pero el orgullo es tirano; somos presos en las redes de un destino inhumano. Miro tu rastro vacío, la noche sufre conmigo, y en este desierto frío tu fantasma es mi castigo. La sentencia del tiempo Corrí buscando tu huella por la nieve del jaral, pero se apagó la estrella que guiaba mi portal. Llegué con el pecho abierto, con la culpa en el altar, pero hallé tu cuerpo inerte frente a la furia del mar. Grité tu nombre a los vientos, imploré al cielo piedad, mas solo obtuve el silencio de tu eterna soledad. No hay ruego que te devuelva, ni luz en mi oscuridad, pues la muerte es una selva sin camino de retorno. Ya la noche no me gime, ni me ofrece su castigo; es mi propia mano, firme, la que acabó ya contigo. La tragedia irreversible se define por ese punto de no retorno donde el protagonista reconoce su error (anagnórisis) pero es incapaz de cambiar el final funesto. ¿Te gustaría que analicemos la métrica de

lunes, 9 de febrero de 2026

La ansiedad de Roger.

Roger, otrora titular de la mesa diecisiete en el Departamento de Peticiones Informáticas, contemplaba ahora sus botas gastadas con una fijeza febril. La tisis, ese verdugo invisible, golpeaba a su puerta con una tos seca que sabía a polvo de archivo y a tinta barata. Había pasado treinta años arrastrando la pluma, un engranaje minúsculo en la maquinaria del Estado, convencido de que su insignificancia era su armadura. Nunca hubo una esposa, solo el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a col vieja y a soledad burocrática. "He sido una chinche", murmuraba Roger para sí mismo, mientras la fiebre pintaba visiones de San Petersburgo en las grietas del techo. De pronto, una claridad cruel le atravesó el pecho. No era el miedo a la muerte lo que le atormentaba, sino la sospecha de que, si Dios le concediera otros sesenta años, volvería a gastarlos igual: temiendo al jefe de sección y soñando con un abrigo nuevo que nunca llegó a comprar. En su agonía, Roger comprendió la verdadera tragedia: había tenido el universo entero a su disposición, pero prefirió vivir dentro de un formulario administrativo. Con un último suspiro, buscó un sentido a su gris existencia, pero solo encontró el silencio de una oficina vacía al anochecer. Roger cerró los ojos y, en la penumbra de su habitación, comenzó el diálogo más amargo de su vida. «He sido un cobarde», se dijo, y la palabra resonó con el peso de una sentencia judicial. No era por haber robado o matado, sino por algo peor: por haber traicionado su propia alma a cambio de nada. —¿Es esto la redención? —se preguntó, mientras buscaba un rastro de fe entre los escombros de su memoria. Recordó cómo el sufrimiento, ese viejo compañero de los personajes de Dostoievski, era la única puerta que le quedaba abierta para ser "digno de su dolor". Roger entendió que su pecado no fue la inutilidad de su cargo, sino la incapacidad de amar más allá de sus propios miedos. En ese instante, llamaron a la puerta. Era Pável, un antiguo colega de la oficina que venía a devolverle un tintero. Al ver el rostro cadavérico de Roger, Pável retrocedió, aterrado por la visión de su propio futuro. —Roger, ¿qué has hecho con tu vida? —preguntó Pável con una voz que temblaba como una hoja de papel. —Nada, Pável. He esperado —respondió Roger con una sonrisa mística—. Y ahora que el tiempo se acaba, me doy cuenta de que el perdón no está en el archivo, sino en el valor de haber existido, aunque fuera solo para sufrir esta última claridad. El delirio se apoderó de Roger con la violencia de una tormenta de nieve. Las paredes de su cuarto, empapeladas con el color de la bilis, empezaron a exudar tinta negra que formaba cascadas de números y sellos oficiales. De repente, la habitación se llenó de dobles. Cientos de Rogers, con el mismo rostro gris y la misma espalda encorvada, desfilaban ante él cargando legajos infinitos. "¡Firme aquí, Roger!", gritaban con una risa que no era humana, sino el crujir de madera seca. El aire se volvió espeso, saturado por el olor a azufre y a oficina cerrada. En el rincón más oscuro, una figura colosal emergió de las sombras: era el Gran Burócrata, una entidad sin rostro que sostenía una balanza. En un plato, la insignificante vida de Roger; en el otro, un solo formulario en blanco que pesaba más que todo el universo. —¡He esperado! ¡Solo he esperado! —aulló Roger, mientras sentía que sus pies se convertían en papel. La alucinación cambió. Ahora se encontraba en una estepa infinita, bajo un sol rojo que no calentaba. A lo lejos, una niña pequeña lloraba, pero cuando él intentaba acercarse, ella se transformaba en una montaña de peticiones denegadas. Roger comprendió, en medio de su fiebre, que el infierno no era fuego, sino la incapacidad de haber amado un solo segundo fuera de su zona de confort. Con un último estertor, Roger estiró la mano hacia una luz que creyó ver tras la montaña de papel. A la mañana siguiente, la casera encontró el cuerpo de Roger tan rígido como un decreto ministerial. No hubo llanto, solo el metódico sonido de una escoba barriendo el polvo de sus botas. En la oficina, la noticia de su deceso fue recibida con un bostezo colectivo. Su mesa, la número diecisiete, no estuvo vacía ni una hora; un joven aspirante, con los ojos llenos de una ambición que el tiempo se encargaría de triturar, ocupó su silla antes del mediodía. Lo más irónico, sin embargo, fue el destino de sus archivos. Por un error administrativo —esos que Roger tanto temía y respetaba—, toda su labor de treinta años fue clasificada como «redundante». El camión del reciclaje se llevó su vida entera, toneladas de papel que terminaron convertidas en pulpa para fabricar nuevos formularios en blanco. Roger, que tanto buscó un sentido en el orden, acabó sirviendo para que otro burócrata, igual de solo e inútil, anotara su nombre en el margen de una hoja nueva. El boletín del Departamento, impreso en un papel tan áspero como el carácter de sus superiores, despachó la existencia de Roger en el rincón inferior de la página cuatro, justo debajo de un anuncio sobre el nuevo racionamiento de velas de sebo: «AVISO DE VACANTE POR DEFUNCIÓN» «Se informa a los señores funcionarios del fallecimiento del titular de la Mesa 17, el Sr. Roger N. N. Tras treinta años de servicio, el Sr. Roger ha completado su última tarea: dejar una silla libre. Su legado incluye una pila de expedientes que ahora serán la herencia de alguien más. No se ruega la asistencia al funeral, ya que la verdadera urgencia reside en la búsqueda de un reemplazo con la misma habilidad para pasar desapercibido. Se aceptan donaciones de café extra fuerte para los que se quedan lidiando con su ausencia... y sus archivos.»