Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

martes, 10 de marzo de 2026

El juego siniestro de las nubes.

La nube finge un abrazo con su luz de mermelada, y yo espero el manotazo de la suerte más nefasta. "¿Por qué todas estas lágrimas, el dolor cursi en su rostro fuera del taxi?*" te amo mientras me arrastra el potro. Qué elegancia la del trueno que interrumpe mi optimismo; si el azul parece bueno, yo sospecho del abismo. Me seduce el anticiclón con promesas de verbena, mientras muerdo mi rencor por su farsa tan ajena. Me rindo al azul cobalto, qué insulto tanta pureza, mientras mido cada asalto de mi propia ligereza. Si el barómetro se eleva, mi desprecio cobra vida; no hay tormenta que me mueva como el sol, esa mentira. Brilla el orbe, yo bostezo, qué impostura tan brillante, un idilio con el rezno de este estío claudicante. Qué pesadez el rocío, qué tedio su llanto leve, un aspersor con delirio que hasta las penas me mueve. Se cree perla el aguacero, joyería de tejado, pero es solo un prisionero de un gris muy mal acabado. Bendito el fango, qué suerte, mancillando la pureza, mientras el alma se invierte en su propia extrañeza. Qué mérito el del nublado, vende drama por goteo, mientras yo, tan alquilado, compro su truco feo. Esa mística de charco es de un gusto deprimente, un romántico letargo para engañar al vidente. Brindo por la inundación, que al menos no tiene cura, ni finge ser la solución a nuestra humana basura. Y para el cierre apoteósico, un brindis con agua turbia, por este mundo psicótico que se limpia con la lluvia. Que caiga el cielo a pedazos, qué alivio ver el desastre, mientras nos damos abrazos con el barro hasta el lastre. Esa brisa, tan coqueta, va vendiendo libertad, arrastra las palmeras de nuestra mediocridad. Es un soplo de arrogancia, puro marketing del aire, que nos vende su fragancia con un pésimo donaire. Que se lleve la techumbre y nos deje en el pellejo, para ver si esa costumbre nos regala un buen espejo. Busca el sol mi genuflexión, ese sádico radiante, que disfruta la erosión de mi cara de ignorante. Que se seque hasta el recuerdo, que la tierra sea ceniza, en su brillo me reuerdo, qué delicia su paliza. Adoro su sed eterna, su caricia de desierto; mi alma, que es una taberna, lo ama por fin... y por muerto. *de Seamus Heaney.

lunes, 9 de marzo de 2026

El amor que se marchó que se marcha.

En la calle algunos pelean un rompehielos atrancado, y el motor con su ruido ruge y ruge amargado. En la malla del andamio crece el miedo en mi garganta, las palomas de esta angustia con su sombra me amordaza. La nube de lluvia en el mar y la luz no la rescata. viendo cómo el tiempo corre una herida que no sana, Siento el pánico que sube, mi esperanza está quebrada, es un bosque de silencios donde pierdo la pisada. Aquel pañuelo de seda que dejaste en la ventana, hoy es símbolo del nudo que a mi pecho se abalanza. Vivo en esta incertidumbre, con la fe casi agotada, suplicando por un gesto que devuelva la mañana. Es un grito de socorro, es mi vida que te llama, pues sin ti todo es ceniza, soledad amarga y vana. ¿Llegará por fin el día? ¿O seré solo la nada? Dime pronto que me quieres en esta noche callada.

La adicción a las pantallas.

Contra un cielo de plomo, enfermo y fatigado, donde la tele destila el veneno sutil, arrastras por el sofá tu orgullo de marfil, en un templo de dunas, por nadie venerado. ¿Por qué besar la mano del ídolo helado que ignora tu perfume, tu mando y tu perfil? Si el alma se marchita en este invierno vil, si no te valoran vete, corazón golpeado. Huye hacia el horizonte de un sol agonizante, Busca el hondo abismo la luz o lo que pisa, donde el Spleen no devore tu favor de diamante ni el tiempo te encadene a un trono de ceniza. pero no brindes nunca tu luz y tu colgante a quien, tu rostro vendido democratiza.

Tan libre.

Créelo o no, en el pecho asfixio un latido de nadie; ya no me pesan los pasos, estoy flotando en el aire. Como el polen que desprenden las corolas en la tarde, cruzo el umbral del olvido con un impulso constante. Nunca pensé que podría sin cadenas sentirme tan grande, mientras la luz de la aurora mi piel de sombra deshace. Voy volando con un ala y una oración por equipaje, buscando en el horizonte el eco de tu mensaje.

Banderas licuadas en el polvo

Banderas licuadas en el polvo troncos que al mar levanté, la noche eterna es olvido de quien grita débil sin fe. Me llevo los dulces besos, las caricias que probé, mi cuerpo lija reseca se multiplicó sin saber. Pensaba en ti, pienso en ti, y en ti siempre pensaré, aunque el tiempo nos detenga y solo sombra seré. El bus se acaba de ir maldita la despedida, pensaba tirarme, golpear ese flash era mi vida. Maldita sea aquella hora en que tu luz encontré, no hubo peleas en las peleas la verdad...no lo sé. Se hicieron dueños y amos en que nos descubrieron sin fe, desnudos gritando mientras chillaba el café. Pronto, señora, en su mundo lejos de fotos rotas lo sé, pero me llevo el veneno de más promesas sin fe. ¿Cuántas casas vimos juntos la mirada que se fue? rompías sin fe mis sentidos cuando más necesitaba la fe. Los viajes que imaginé maldito yo que caí, amas lo que nunca es tuyo, lo que jamás tendrás de ti. No armaré humilde un escándalo de gritos y denuncias, no perderé ya las formas del que al fuego no renuncia. No te diré ya palabra, al acusado a muerte lo diré con este silencio amargo cuando inocente me fugué.

Sonetos.

El Altar de los Desechos. Leopoldo María Panero. Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas, donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas, yo buscaba el olvido en un abrazo muerto. Fui un perro sin cadena, un vago de taberna, bebiendo de los labios que el azar me ofrecía; mientras la urbe pulcra, con su moral eterna, bajo el sol del trabajo su tedio consumía. Mi vida es un naufragio de carne y de pereza, un desorden de besos comprados al olvido, una estepa baldía donde nada bosteza. Pero al mojar la pluma en el fango vivido, esa basura es oro, y el caos es pureza: ¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido! * Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino, se pudre la esperanza que nunca fue exceso; un hambre de horizontes, sin rastro de vino, ha dejado en mi boca el sabor de un deceso. No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido, solo el paso grisáceo de un tiempo prudente; un cadáver de seda, de metas vencido, que exhibe su gangrena de forma elocuente. ¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo donde el oro se oxida sin haber brillado, y en este desierto de abstemia agonía, mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo: la carne del sueño, por fin, se ha podrido en la casta miseria de mi geometría. * Contra un sol negro y frío que el alma devora, el tedio se arrastra como un reptil viscoso, y en el pecho, la angustia, cruel vencedora, clava su estandarte de color cenizoso. Es un desierto mudo de pálida calma, donde el deseo muere sin haber pecado; una lepra de sombra me escala por el alma mientras miro el futuro, feto abandonado. Las horas son gotas de bilis y plomo que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo, y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo ante el triunfo del asco, voraz y furtivo. Soy un viejo paisaje de barro y olvido donde el eco del éxito suena a gemido. * El reloj es un párpado de rosa y de frío que vigila mi sangre, ya espesa y estancada; me hundo en el pantano de un sueño baldío, donde la voluntad es una flor abortada. No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento, una hiedra de sombra que los pies me encadena; soy el mudo testigo de mi propio tormento, un galeote anclado a una estéril arena. Mi lengua es un insecto clavado a un madero, mientras veo el mañana, cadáver que flota, en el charco de fango que invade mi enero. La parálisis triunfa, perfecta y devota: una estatua de carne que exhala veneno contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.

Carta final de Sid Vicious.

Nancy, mi cadáver exquisito, mi náusea y mi sabiduría de la autodestrucción. Me dejaste aquí, en este escenario de azulejos y sangre, rodeado de buitres que llaman "arte" a nuestra agonía. El aire de este cuarto apesta a nuestra derrota, pero ¡qué dulce es el hedor del final! Te busco entre las sábanas manchadas y solo hallo el vacío frío de una tumba que aún no tiene mi nombre. ¡Maldita seas tú, madre! Progenitriz de mi miseria, que me amamantaste con ceniza y me enseñaste que el amor es solo una jeringuilla compartida. Tú, que me pariste para el matadero, quédate con tus remordimientos de hojalata mientras yo me convierto en leyenda. Y a vosotros, multitud de ratas,periodistas, espectadores de mi caída: ¡tragados mi bilis! Nos mirasteis como a dioses heridos mientras solo éramos niños rotos jugando con cuchillos. No hay redención para los que aplauden el incendio. ¡Que vuestras ciudades se pudran y vuestro silencio sea vuestra única herencia! El veneno ya corre por mis venas como un trueno oscuro. No es una despedida, es una bofetada en el rostro de la eternidad. Mi corazón late su último compás de puro ruido y furia. ¡Mírame, Nancy! Me arranco el alma para que coincida con la tuya. La esquizofrenia y el caos me reclama y yo voy hacia él con una sonrisa de asfalto. ¡Que se hunda el mundo! ¡Que se joda el mañana! ¡Nancy, ábreme las puertas del abismo, que voy a entrar pateándolas!