Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
jueves, 5 de noviembre de 2026
El corazón hurtado coges al ladrón, y te echa en cara que no le des las gracias.
Bukowski te suicidó
porque huías como se huye
del que ni siquiera te amó.
Con empalago te echan
más cucharadas soperas
¿esta es la gloria de los archivos
en que nadie te espera?
Mi triste pecho es robado,
en los patios del colegio,
donde los niños de gris
juegan a saltar el tiempo.
Los muros de Don Bosco,
testigos de cal y miedo,
guardan las risas amargas
de un acoso despiadado.
Al profeta de andar torpe,
de mente de niño tierno,
le llovían las pedradas,
los insultos y el desprecio.
Le empujaban en las sombras,
se burlaban de su enredo,
mientras los santos de yeso
miraban desde los techos.
Pero la noche es difícil
y esconde dobles secretos:
en el cuarto de las escobas,
tras el candado de hierro,
guardaba el hombre una cámara
con carretes del infierno.
Aquellos niños que odiaban,
que le golpeaban el cuerpo,
posaban ante su lente
sin ropa, mudos y quietos,
cambiando por un suspiro
su dignidad y su juego.
El corazón de MEDUSA
hoy late en este misterio:
donde el verdugo es la víctima,
y el inocente es un monstruo.
(EL BULLING EN EL CONTEXTO SALESIANO Y COMO LOS NIÑOS PEGABAN A UN CONSERJE RETRASADO QUE DESPUÉS SE SABE LES HACÍA FOTOS SEMIDESNUDOS)
Sonetos.
Al culo de Arthur Rimbaud.
Urdidor y elusivo como un templo de vagos,
bosteza el gran nicho de la mente dormida,
donde la sandez más egregia y nutrida
recibe el incienso del necio en letargos.
Con flores de plástico altar armado,
la boca que escupe la frase engreída,
la pompa abstracta, la pose fingida
de un sabio de cátedra y seso secado.
¡Oh, tubo que expulsa reclamos gloriosas!
¡Oh, pozo peleado de prosa afectada,
que endulza con rimas las cosas pedantes!
Parodia de fraudes de musas babosas,
tumbona de la broma a puñalada
¡el cráneo vacío de sabios distantes!
La polla
Oscuro y erguido como un tótem sagrado,
bosteza el gran cetro de la carne encendida,
donde la pasión más febril y nutrida
recibe el tributo del muslo entregado.
Es fuente de mitos, altar decorado,
la vara que dicta la ley de la vida,
la pompa arrogante, la pose fingida
de un rey destronado y de golpe humillado.
¡Oh, tubo que expulsa fluidos de gloria!
¡Oh, pozo bendito de urgencia afectada,
que ciega los ojos de sabios y amantes!
Parodia del alma, cimiento e historia,
juguete inconsciente de la intelectualada:
¡el ciego tirano de pasos errantes!
Nueva Yoprk Nueva York Nueva York.
ni la lluvia tenía las manos tan finas
como un taxi
aplastando
un
milagro
en la
quinta avenida
Aquí nada puede ser demasiado pesado
ni solemne, y hasta Shakespeare debe ser
una viruta de celofán que da vueltas
sin demasiado sentido,ni que se pueda leer.
tODA gran verdad debe ser un chiste
que diga el más tonto en su frase de gloria
entrecortada solo para que le lleven la contraria
y para que otro responda a su única respuesta
que era su sagrada vida
que no es de venta escalable.
oh
brooklyn de moco verde de broma infantil
oh
wall street con dientes de lata
y el ombligo lleno de hipotecas
¡corre!
¡mastica!
el asfalto vomita
un millón de burócratas con alas de pollo
que caen
caen
y
hacen
plof
con
sabor
a
cheddar
Todo tiene que ser tan ligero, tan vendible,
tan escalable.
ni la lluvia de sangre tenía las manos tan finas
cuando el río hudson
se limpia los dientes de sangre
con un
metro aéreo.
La insoportable soledad de Times Square en Nueva York.
30-7-2026
"Recuerdamé por cómo te amé
berreando a los que tomaban fentanilo
en el frío de Times Square".
Escruto a Dios en este invierno eterno (A)
donde el neón prostituye mi señal; (B)
un circo de luz rota y de cristal (B)
el pulso de una roca sin infierno. (A)
La colmena de asfalto y de este perno (A)
de pantallas la náusea terminal; (B)
mar de miradas para un mástil final (B)
que orina en los altares del gobierno. (A)
Tántalo urbano en busca de su vicio, (C)
miro el licor tras el cristal oscuro, (D)
licuado en el asfalto del suplicio. (C)
Huye la gracia, empieza mi delirio; (C)
el ruido de la urbe PANTALLEA un muro: (D)
yo, ardiendo, ni la toco ni la miro. (C)
El sueño absurdo de Fausto en el caos frenético de Times Square de Nueva York.
En el crisol de luces que calcina
multiplica sus ojos de la mosca,
se llena de compras y sueños tosca
entre la turba sorda que camina.
Un neón de codicia nos domina:
el falso amigo marcha por su cuenta,
mientras la urbe atroz y sanguinolenta
al infeliz sin tregua margina.
El débil tira aquí ya la toalla,
bajo el rugido sádico del tren Rey
que ahoga su suspiro y su querella.
Nadie detiene el paso en la batalla;
un egoísmo atroz dicta su ley,
dejando solo al hombre sin su estrella.
martes, 3 de noviembre de 2026
El tren de Urda, rumbriento, que asfixia, lleno de muertos que nunca existieron.
Lloras el tren que se alejó en el viento,
la puerta que cerraste con porfía,
la huella que dejó la tarde fría
y el eco de un estéril juramento.
Mas todo ese perdido monumento
es solo un truco de tu mente loca;
el tiempo que pasó no te sofoca
si aún te queda aire y movimiento.
No hay huerto del que no florezca un brote
ni pérdida real si el pecho late;
el luto del ayer es un azote
que tú te inventas en el propio combate.
Mientras respires, la derrota es vana:
no hay tren que te pise aún, que te mate.
LAS CICATRICES UNIDAS A FUEGO DE UN BESO INFAME.
"Nadie muerde ya al que no llegó a la orilla".
Besa el filo que le chirría el vientre
Pirítoo le sigue en su osadía,
un fiambre que sirve de ciego a un guía,
berrea la vena, el ego herido y ardiente.
La luna sangra a un eco indiferente
cuando el abismo su rigor despliega;
cada cual baila a lo alto y se entrega
y olvida el lazo que empeñó la mente.
El débil calla y la toalla tira,
cede al cansancio, la rodilla late,
mientras el héroe su ambición admira.
En el infierno de la piedra fría,
el egoísmo su desdén comparte:
nadie salva al que no llegó a la orilla.
RECUERDA A MEDIANOCHE. ES LA HORA.
El reloj golpea el bronce de la hora,
Bartle agita el hierro y las cadenas:
«Es tarde ya, Mateo, apaga las venas
de este quinqué que el aire ya devora».
«No me moveré del aula creadora»,
responde el joven, ciego ante sus penas,
mientras suda en la esquina las arenas
de una ley que el olvido no aminora.
El presidente llega con premura:
«Firma el papel, entrega el formulario,
cede el cubículo, asume tu destierro».
Mas Turkey, abrazado a su locura,
rechaza el documento del calvario
y sella su destino en el encierro.
El no definitivo.
No recordaba cómo había llegado allí, ni se acordaba como volvería a casa. El reloj de pared marcaba las nueve y cinco. El tintineo de las llaves del conserje rompió el silencio de la sala, pero Mateo Lecroy no levantó la vista del código civil.
Lecroy iba a sala de una asociación de gente con problemas de adicción al juego a estudiar una oposición en una esquina donde se sudaba asfixiantemente.
—Mateo, chaval, recoge las cosas —dijo Abelardo, apoyando una mano cansada en el marco de la puerta—. Hay que cerrar. Ya te has metido doce horas de calor hoy.
Mateo no parpadeó. Sus dedos, húmedos por el sudor asfixiante de la esquina, presionaron el bolígrafo contra el papel.
—No me voy. Si salgo por esa puerta, no vuelvo. Me quedo.
—No me jodas, que no es un hotel. El presidente me echa la bronca a mí. Fuera.
—Dile a Don Manuel que revise la normativa de la subvención —respondió Mateo, con una voz extrañamente calmada y fría—. Si quiere desalojarme de un espacio de asistencia social, tiene que tramitarlo por escrito.
A la mañana siguiente, el propio Don Manuel, presidente de la asociación, bajó a la sala con una carpeta bajo el brazo y la cara desencajada por el aviso de los vigilantes.
—A ver, Mateo, esto es ridículo —dijo Abelardo, golpeando la mesa con el papeleo—. No puedes pernoctar aquí. Estás interrumpiendo el régimen interno de la asociación.
—La ley de bienestar social de la comunidad garantiza el uso de estas aulas para la inserción —replicó Mateo, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. Si quiere que me vaya, presente la orden.
—¿Quieres burocracia? Ten —Don Abelardo sacó tres folios grapados y los arrojó sobre el temario de la oposición—. Aquí tienes el Formulario 7-B de baja voluntaria del centro y la solicitud de exclusión de la sala de estudio.
Si no los firmas y los entregas en secretaría antes de las doce, tendré que iniciar un expediente de expulsión administrativa. Y te aseguro que eso te inhabilitará para cualquier examen público.
Mateo miró los papeles del presidente, luego miró sus propios apuntes y sonrió con desprecio.
—Pues empiece a redactar el expediente, Don Manuel. No sé. Aquella tarde, el reloj de la pared de la Asociación de Vecinos marcó las ocho, la hora del cierre. Como cada día, los socios comenzaron a abrigarse y a despedirse. Todos menos Jonás. Sentado en su silla de plástico habitual, con la mirada fija en el linóleo gastado, permaneció inmóvil.
Lecroy apretaba sus manos retorciéndolas, decidió que no volvería a marcharse. Cuando Don Abelardo, el presidente de la asociación, se acercó con el manojo de llaves tintineando en la mano, se encontró con una resistencia de piedra.
—Vamos, Lecroy, hay que cerrar. Mañana abrimos a las diez —dijo Abelardo, con la prisa habitual del que tiene la cena servida en casa.
—No me voy, Abelardo —respondió Jonás. Su voz no era un desafío, sino una constatación—. Me quedo. Y quiero que dejes constancia en el acta. Exijo que la asociación me devuelva la dignidad que este barrio me robó. Quiero una rectificación pública.
Abelardo parpadeó, confundido.
—¿Qué dignidad? ¿De qué hablas? Anda, levántate, no me compliques la noche.
—No es la noche lo que se va a complicar. Es el resto de mi vida.
Lo que comenzó como una aparente rabieta de un joven atribulado se convirtió en un nudo ciego. Se negó a ingerir cualquier alimento que le ofrecieran. Al principio, la junta directiva intentó sacarlo por la fuerza, pero el escándalo de arrastrar a un socio fundador a la calle era un precio político que Abelardo no quería pagar. Luego vinieron los asistentes sociales, los reproches de los vecinos y las llamadas cruzadas. La petición —una disculpa formal y un reconocimiento de que sus antiguos compañeros de cooperativa lo habían estafado y aislado treinta años atrás— era administrativamente imposible y moralmente incómoda para un barrio que prefería olvidar.
Los días se convirtieron en semanas. El cuerpo de Lecroy empezó a consumirse con una lentitud espantosa. Su piel se volvió translúcida, pegada a los huesos, pero sus ojos retenían un brillo febril, alimentado por el combustible del resentimiento.
Una noche, cuando las fuerzas ya casi no le alcanzaban para mantener la cabeza erguida, Abelardo se sentó frente a él en la penumbra del local abandonado. El silencio entre ambos era denso, roto solo por la respiración dificultosa del anciano.
—Mírate —susurró Abelardo, conmovido y horrorizado a la vez—. Te estás matando por un fantasma. ¿Tanto vale el orgullo de un papel firmado?
—No es orgullo, Abelardo. Es justicia. La justicia tiene el estómago vacío, pero la memoria llena.
—Los hombres de los que hablas ya ni siquiera viven aquí. Julián murió hace cinco años. Tomás está en una residencia en el norte, ya no sabe ni quién es él mismo. ¿A quién le estás reclamando? ¿A las paredes?
Soltó una risa seca, que sonó como hojas muertas arrastradas por el viento.
—Les reclamo a sus ausencias. Echedey... Gustavo... éramos como hermanos. Cuando el agua nos llegó al cuello con la reforma de los locales, ellos soltaron mi mano para salvarse. Me dejaron hundirme solo. Me miraban a la cara cada tarde en este mismo salón, jugaban al dominó conmigo sabiendo que me habían quitado el sustento de mis hijos. Su silencio me dolió más que su traición.
—Eso fue otra época, el barrio era distinto, la crisis nos volvió salvajes a todos —trató de justificar el presidente, buscando una salida racional—. Si comes algo, te prometo que redactaré esa carta. Pondré el sello de la asociación. Lo haré mañana mismo.
Negó lentamente con la cabeza, sus ojos fijos en un punto invisible del pasado.
—Ya es tarde para el pan, y es tarde para los sellos. Los amigos que no me ayudaron cuando el frío arreciaba, me enseñaron a ayunar de afecto. Cada noche que paso aquí, recuerdo el momento exacto en que me dieron la espalda. Julián mirando el suelo. Tomás limpiándose las manos en el pantalón. No murieron hoy, murieron para mí hace tres décadas. Ahora solo estoy alcanzando su misma orilla.
—Es una locura. Morir por rencor es morir por nada.
—Al contrario... —la voz bajó hasta ser un hilo apenas audible—. Morir recordando quién te falló es la única forma de llevarse la verdad completa al otro lado. Tu acta quedará limpia, Abelardo. La mía... la mía ya la firmaron ellos con su indiferencia.
Al amanecer, Abelardo encontró a Jonás con la mirada perdida en el techo de placas de yeso de la asociación. Ya no respiraba. Su rostro, extrañamente, había perdido la tensión de los últimos días, quedando fijado en una expresión de severa e imperturbable dignidad. El barrio continuó su curso exterior, pero en aquella mesa de plástico quedó para siempre el registro invisible de una deuda que nadie pudo pagar.
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