Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
jueves, 26 de febrero de 2026
Crítica a "Bajo el volcán".🌋
Acabo de volver a ver la adaptación de 1984 de Bajo el volcán, dirigida por John Huston, y me encuentro en un estado de melancolía ambivalente, sintiendo que he presenciado un esfuerzo titánico por capturar lo infilmable.
Argumentalmente, la película es una inmersión directa en el descenso a los infiernos del cónsul británico Geoffrey Firmin (un Albert Finney entregado pero quizás demasiado teatral) durante el Día de Muertos de 1938 en Cuernavaca, México.
El argumento se reduce a su último día de vida, un periplo etílico marcado por la visita de su exesposa Yvonne, que intenta salvarlo sin éxito de su autodestrucción, rodeado de un entorno político inestable y su propia incapacidad para amar.
Mi crítica es tibia, rayana en la decepción intelectual pero con admiración técnica. Lo bueno es, sin duda, la atmósfera. Huston logra plasmar esa mezcla de paraíso e infierno con una fotografía que captura la luz cegadora de México, el polvo, y la decadencia de la arquitectura, creando una sensación real de asfixia, de estar viviendo "bajo el volcán".
La actuación de Jacqueline Bisset añade una fragilidad necesaria, y la música de Alex North logra acompañar la embriaguez sin ser intrusiva, aunque a menudo es eclipsada por el ruido de la propia agonía del cónsul.
Sin embargo, lo malo es que la película se siente a menudo como una ilustración superficial de la genialidad literaria de Lowry; la complejidad interior, el torrente de conciencia y la simbología cabalística de la novela se pierden o se vuelven demasiado explícitas, robándole mística.
Visualmente es bella y cruda, pero no logra transmitir la claustrofobia mental que hace al libro una obra maestra. Finney, aunque aclamado en su momento, a veces bordea la caricatura del borracho, perdiendo el matiz poético del personaje.
En conclusión, opino que es un intento digno, cinematográficamente correcto pero literariamente empobrecido, que se sostiene más por la genialidad de la obra original que por su propia narrativa fílmica.
Al final, me quedo con la frase que resume toda esta tragedia, la cual resuena en mi mente y en la película: "No se puede vivir sin amar".
Él tenía que decírselo.
Sentados frente al río, el agua corría oscura y rápida. Javier miraba los remolinos que se formaban bajo el puente. Hacía calor, el tipo de calor que se pega a la camisa y te hace sentir el peso de tu propio cuerpo.
Natalia dejó su maletín en el suelo. Era de cuero nuevo, rígido y brillante. Tenía ese olor a oficina y a leyes que aún no se había roto. Ella sonreía con la seguridad de quien acaba de empezar a contar los días importantes.
—Mañana será un gran día —dijo ella—. El primer caso real. ¿No es emocionante?
—Es un gran día —dijo Javier.
Tenía las manos en los bolsillos. Apretaba los puños para que no se viera el ligero temblor. En su bolsillo derecho no había dinero, solo un billete de metro usado y una pelusa de lana. No había ido a ninguna oficina esa mañana, ni la anterior, ni la anterior a esa. Se había sentado en el parque a ver cómo las palomas se peleaban por nada.
—Deberíamos celebrar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Has estado muy callado, Javier.
Él sintió una presión en el pecho, como si un animal pequeño y asustado estuviera tratando de morderle las costillas. Había voces en su cabeza, pero eran voces educadas que le decían que el mundo se estaba doblando por las esquinas. Quería decirle que no tenía nada. Que su mente era un cristal roto. Quería decirle que la amaba de una forma que no era sana, una forma que dolía como una herida abierta en el agua salada.
—Natalia —dijo él. Su voz sonó seca.
—¿Sí?
—Hay algo sobre el tiempo. Sobre cómo se gasta.
Ella ladeó la cabeza, su pelo cayendo sobre el hombro. Era joven y el derecho era una ciencia de orden y lógica. Para ella, los problemas se resolvían con artículos y sentencias.
—El tiempo se aprovecha o se pierde, Javier. No es tan complicado.
—A veces se pierde aunque no quieras —dijo él. Miró una mancha de aceite que flotaba en el río—. A veces uno se despierta y el lugar donde debería estar ya no existe. Y tú estás ahí, pero eres un fantasma.
—Estás cansado —dijo ella con dulzura, tocándole el brazo—. Es el trabajo. A todos nos pasa.
Él sintió el contacto de su mano. Era una mano que creía en el futuro. Él quería gritar que no había trabajo, que no había orden, que la amaba desde un pozo del que no podía salir. Quería confesarle que cada mañana mentía al anudarse la corbata antes de salir a caminar hacia ninguna parte.
—Quiero decirte... —empezó él.
El animal en sus costillas mordió con fuerza. Vio el maletín de ella. Vio su propia sombra, alargada y deforme sobre el cemento. Si hablaba, el puente se caería. Si hablaba, la luz de los ojos de ella se apagaría y él se quedaría solo con sus voces.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó ella, sonriendo.
Javier miró el río una vez más. El agua seguía pasando. Siempre pasaba.
—Que el vino de este sitio es bueno —dijo Javier—. Deberíamos pedir otra botella antes de que cierren.
—Qué tonto eres —dijo ella riendo—. Me habías asustado.
—Sí —dijo Javier—. Solo es el vino.
Se levantaron y caminaron hacia la terraza. Ella caminaba con paso firme, marcando el ritmo con sus tacones nuevos. Él la seguía un paso por detrás, manteniendo el equilibrio en un mundo que solo él veía derrumbarse.
¿Te gustaría que probáramos a escribir una
El sol caía pesado sobre los bancos de madera del Retiro. Javier observaba a un hombre viejo que daba migas a los pájaros. Las aves se arremolinaban, frenéticas, picoteando el suelo con una violencia mecánica.
Javier llevaba el traje gris. El traje era su armadura y también su mentira. Debajo de la tela, el sudor le bajaba por la espalda como un insecto frío. Miró su reloj. Eran las once de la mañana.
A esa hora, un hombre debería estar produciendo algo, firmando papeles o discutiendo precios. Él solo estaba allí, ocupando un espacio que no le pertenecía.
«No estás loco», se dijo a sí mismo. «Solo estás en otro plano. El mundo es el que ha perdido el ritmo».
Pero sabía que no era cierto. Las voces estaban allí, suaves, como el zumbido de un cable de alta tensión. Le decían que Natalia era demasiado brillante, demasiado nueva. Ella era una sentencia firme y él era un expediente perdido en un sótano húmedo.
Abrió su maletín. Estaba vacío, salvo por un periódico del día anterior y una manzana que empezaba a oxidarse. Lo cerró con un clic seco. El sonido le recordó al disparo de un rifle en la montaña.
Corto y definitivo. «Se lo diré», pensó. «Le diré que mi oficina es este banco. Que mi jefe es ese viejo que alimenta a los pájaros. Que la amo tanto que el aire me falta cuando ella no me mira, pero que me falta más cuando lo hace, porque temo que vea el vacío en mis ojos».
Un niño pasó corriendo y Javier se sobresaltó. El mundo vibraba de una forma extraña. Los árboles parecían demasiado verdes, de un verde que hería.
Se levantó. Tenía que caminar. Si se quedaba quieto, el suelo se abriría. Tenía que encontrarse con ella y fingir que el derecho era importante, que el dinero era real y que él era un hombre sólido.
—Es un buen día para ser valiente —dijo en voz baja.
Pero sabía que la valentía era otra cosa. La valentía era para los que tenían algo que ganar. Él solo tenía un secreto que pesaba más que el plomo y un amor que no sabía dónde poner para que no se rompiera.
Sacó un peine del bolsillo y se arregló el pelo frente al reflejo de un escaparate. El hombre que le devolvía la mirada parecía un abogado de éxito. Eso era lo más aterrador de todo.
La cena terminó como terminan las cosas que no tienen solución: con cortesía. El restaurante estaba lleno de gente que hablaba de inversiones y viajes, y Javier sentía que cada palabra de Natalia era un clavo que cerraba su propia caja.
—Te noto en otro lugar, Javier —dijo ella mientras el camarero traía la cuenta.
Él miró el plato vacío.
—Estoy aquí. Es solo que hoy el aire pesa más.
—Es el éxito, da vértigo —ella rió y pagó la cuenta antes de que él pudiera siquiera meter la mano en su bolsillo vacío. Él dejó que lo hiciera. Ese fue el momento en que murió la última parte de su orgullo.
Caminaron por la calle fría. Ella hablaba de un bufete en la calle Serrano y de códigos civiles. Él asentía. Quería detenerla bajo una farola y decirle: «Natalia, estoy roto. No tengo donde ir mañana. Escucho ruidos cuando hay silencio y mi única propiedad es este traje que ya no me queda bien».
Pero no lo hizo. La besó en la mejilla frente a su portal. Fue un beso casto, el beso de un hombre que ya se ha ido.
—Buenas noches, Natalia —dijo él.
—Mañana me cuentas qué tal tu reunión —respondió ella con luz en los ojos.
Javier caminó hacia la oscuridad de la avenida. No tenía reunión. No tenía mañana. Solo tenía el eco de sus propios pasos sobre el pavimento frío.
El pasado de Javier no había sido siempre una sombra. Dos años atrás, era el hombre que todos esperaban que fuera. Trabajaba en la planta catorce de un edificio de cristal y acero. Tenía un escritorio de caoba y una secretaria que le traía el café sin azúcar.
El quiebre no fue un estallido, fue una gotera. Empezó con un pequeño error en un informe, una cifra que bailó ante sus ojos. Luego vino el insomnio. Se quedaba mirando el techo, escuchando cómo las paredes del apartamento susurraban sus deudas. Un martes, simplemente no pudo levantarse. El teléfono sonaba y él lo miraba como se mira a una serpiente.
—Es fatiga —le dijo el médico.
—Es el fin del mundo —pensó Javier.
Perdió el empleo un mes después. No luchó. Firmó los papeles con una caligrafía perfecta, casi alegre. Al principio, buscó otro lugar, pero las oficinas le parecían jaulas y las entrevistas, juicios finales. Entonces conoció a Natalia en una librería.
Ella era joven, olía a papel nuevo y a esperanza. Javier decidió que, si no podía ser un hombre de éxito, al menos parecería uno para ella. Construyó una catedral de mentiras para proteger el amor, sin entender que las catedrales sin cimientos terminan por aplastar a quienes rezan dentro.
¿Te gustaría que escribiéramos el monólogo
Javier llegó a su habitación. Era un cuarto pequeño que olía a humedad y a la lavanda barata que usaba para que su traje no oliera a derrota. No encendió la luz de la calle; dejó que la penumbra entrara por la ventana.
Se colocó frente al espejo del armario. La luna bañaba el cristal y le devolvía una silueta que parecía sólida, pero que él sabía que era hueca.
—Mírate —susurró. Su voz no era suya, era la voz del hombre que ya no existía—. Llevas la corbata derecha. Tienes los zapatos limpios. Eres un buen soldado en una guerra que ya terminó.
Se desabrochó el cuello de la camisa. Sintió que el aire entraba en sus pulmones como si fuera el primer trago de agua después de un desierto. Las voces en las esquinas del cuarto empezaron a murmurar.
No decían palabras, solo eran frecuencias, el sonido de una radio mal sintonizada que le recordaba que su mente era un mapa con las fronteras borradas.
—Ella cree en ti —dijo al espejo—. Ella cree en el Código Penal y en la justicia. Ella cree que mañana vas a una oficina.
Se rió. Fue una risa corta, seca, como el crujido de una rama seca bajo una bota.
—La amas porque ella es el orden que tú perdiste. Pero no puedes tocarla sin mancharla de caos.
Mañana te pondrás el traje otra vez. Saldrás a las ocho. Te sentarás en el banco del parque. Y esperarás a que el mundo se decida a terminar de romperse.
A tres manzanas de allí, Natalia estaba sentada en su cama. Todavía llevaba puesto el vestido de la cena. Tenía un cuaderno de notas sobre las rodillas, pero no estaba escribiendo.
Recordó el momento en que Javier miró el río. Había visto algo en sus ojos que no era cansancio. Era una fijeza extraña, la mirada de los hombres que han visto demasiado tiempo el fondo de un pozo.
—¿El vino? —se preguntó ella en voz alta.
No era el vino. Recordó cómo él no había pedido el menú, cómo había dejado que ella eligiera todo, como si él ya no tuviera voluntad. Y sus manos. Javier siempre tenía las manos en los bolsillos, ocultándolas, como si temiera que sus propios dedos revelaran un secreto que no podía decirse.
Abrió su maletín de cuero nuevo.
Sacó una tarjeta de visita que Javier le había dado hacía meses, cuando se conocieron. «Javier M., Consultoría Senior». Pasó el dedo por el relieve de las letras.
—Hay algo que no encaja —murmuró.
Natalia era abogada. Le habían enseñado a buscar la grieta en el testimonio, el detalle que no cuadra con la narrativa. Javier era una narrativa perfecta, pero demasiado estática. No hablaba de sus jefes, no se quejaba de los clientes, no mencionaba el futuro más allá de la próxima copa de vino. Era un hombre que vivía en un presente eterno y angustioso.
Sintió un frío repentino. Pensó en llamarlo, pero miró el reloj. Eran las doce. Mañana tenía su primer caso. Tenía que estar despejada. Cerró el maletín, pero por primera vez, el olor a cuero nuevo no le trajo seguridad, sino una extraña sensación de peligro.
A las ocho de la mañana, Javier salió de su habitación. No se puso el traje gris. Lo dejó extendido sobre la cama, vacío y plano, como la piel de una serpiente que ya no tiene cuerpo que cubrir.
Caminó hacia la estación sin mirar atrás. El aire de la mañana era limpio y cortante. No llevaba maletín, solo sus manos vacías en los bolsillos de una chaqueta vieja que no servía para fingir nada. Las voces en su cabeza habían dejado de gritar; ahora eran solo un susurro constante, como el ruido de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
En la puerta del bufete, Natalia esperaba. Miraba su reloj de pulsera y ajustaba el cuello de su americana. El sol de la mañana brillaba en los cristales del edificio. Ella buscó entre la multitud el perfil alto y seguro de Javier, el hombre que debía estar allí para decirle que el mundo era un lugar donde las leyes funcionaban.
Pero Javier ya no estaba en esa ciudad. Estaba en un tren que se alejaba hacia el norte, mirando por la ventanilla cómo el paisaje se volvía borroso. No sentía tristeza, solo una inmensa y fría ligereza.
El secreto ya no pesaba porque ya no había nadie a quien ocultárselo.
Natalia entró en el edificio cuando el reloj marcó las nueve. Subió en el ascensor, sintiendo una punzada de duda que intentó enterrar con lógica profesional. Al final del pasillo, el recepcionista le preguntó si esperaba a alguien.
—No —dijo ella, y su voz sonó extraña en sus propios oídos—. No espero a nadie.
El río seguía corriendo bajo el puente, oscuro y rápido, llevándose las manchas de aceite y los restos de un día que nunca llegó a ser. Javier cerró los ojos contra el cristal del tren y, por primera vez en dos años, dejó de intentar recordar quién se suponía que debía ser.
El hombre que creía demasiado.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
Esta es la crónica de un alma en pausa, una sombra que aprendió a proyectarse. El drama de un hombre quieto con un grave secreto.
Durante años, Elías habitó un presente de cemento. No era tristeza activa, sino una inercia espesa que convertía los días en réplicas exactas de sí mismos. Vivía en un apartamento que parecía una sala de espera: muebles funcionales, paredes desnudas y un silencio solo interrumpido por el zumbido de una nevera casi vacía.
Su existencia carecía de vectores. Se levantaba no por propósito, sino por biología. Trabajaba en una oficina de datos donde era el empleado invisible, aquel cuya ausencia nadie notaría hasta que el software fallara. Según la psicología de la anhedonia, Elías experimentaba esa incapacidad de sentir placer o interés por nada, un limbo emocional donde el dolor no era agudo, sino sordo y constante.
El sufrimiento de Elías radicaba en la falta de fricción. Nada le importaba lo suficiente como para herirlo, y esa seguridad era su mayor tortura. Sin embargo, una noche de lluvia eléctrica, un pequeño evento caótico rompió su estasis. Un cachorro, empapado y tembloroso, se había refugiado en el hueco de su portal.
Al principio, Elías intentó ignorarlo. La responsabilidad era una forma de meta, y él no quería destinos. Pero el llanto del animal resonaba en la caja de resonancia que era su soledad. Lo subió a casa "solo por una noche".
Esa noche no durmió. El perro, debilitado por la desnutrición, necesitaba cuidados constantes. Por primera vez en una década, Elías tuvo una urgencia que no era suya. Consultó guías en la Plataforma de Salud Animal para entender cómo rehidratar al animal.
De repente, el tiempo se transformó. Las horas ya no eran bloques de plomo, sino oportunidades para administrar una medicina o limpiar una herida. Elías descubrió que el sufrimiento cesa cuando se convierte en servicio.
Lo que empezó como un rescate accidental se transformó en una meta de vida: Elías decidió convertir su espacio en un refugio temporal para animales en situaciones críticas. Aquel hombre que no tenía razones para levantarse, ahora tenía agendas, contactos con clínicas veterinarias y una comunidad en redes de voluntariado.
Su meta no era la fama ni el dinero; era la supervivencia de un ser ajeno. En ese acto de mirar hacia afuera, Elías finalmente se encontró a sí mismo. Ya no era un espectador de su propia vida, sino el arquitecto de una esperanza pequeña pero tangible.
Para entender la metamorfosis de Elías, hay que diseccionar cómo el dolor pasó de ser un lastre a ser un combustible.
El primer cambio emocional no fue la alegría, sino un miedo punzante. Al adoptar una meta (la supervivencia del cachorro), Elías rompió su blindaje. La psicología existencial sugiere que la falta de metas es un mecanismo de defensa: si nada te importa, nada te puede herir. Al empezar a cuidar de otro, Elías experimentó el terror de la pérdida. Ese miedo fue su primera señal de vida; por fin había algo en el mundo que valía el riesgo de sufrir.
Elías pasó de definirse por lo que no hacía (no salía, no hablaba, no ambicionaba) a definirse por su función. En su mente, dejó de ser "el hombre del apartamento 4B" para convertirse en "el protector". Este cambio de narrativa interna es lo que la Terapia de Aceptación y Compromiso define como actuar en dirección a los valores propios, lo cual reduce drásticamente el sufrimiento neurótico.
El dolor no desapareció, pero cambió de naturaleza. Ya no era el dolor vacío de un domingo por la tarde sin nada que hacer; ahora era el cansancio físico tras una noche de cuidados veterinarios. Viktor Frankl, en su obra sobre la logoterapia, explica que el ser humano es capaz de soportar cualquier "cómo" si tiene un "porqué". Elías descubrió que el sacrificio por una meta le otorgaba una dignidad que la comodidad del aislamiento le había robado.
Al final, su soledad no se llenó de gente, sino de presencia. Se volvió una persona presente en su propia piel, habitando cada segundo con la intensidad que solo da el tener una misión que cumplir.
El síndrome de Moisés.
El café estaba tibio y sabía a polvo de estantes viejos. A través de la cristalera de la cafetería, las luces de la biblioteca universitaria empezaban a parpadear contra el cielo color grafito de la tarde.
El seguritas que venía de un país en guerra pasaba su última ronda y miraba con desprecio y suspicacia a los noctámbulos que miraban el mar de fondo.
—Parecen lápidas —dijo ella, mirando hacia los edificios de la facultad—. Todas esas ventanas iluminadas.
—No parecen lápidas —respondió él. Bebió un sorbo de su café—. Solo son edificios.
—Vistas desde aquí, con esta luz, parecen lápidas esperando a que alguien las lea.
El chico dejó la taza sobre la mesa de plástico. El ruido fue seco, definitivo.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
—Sabes que no tiene por qué ser así —dijo él—. Es un procedimiento sencillo. Solo una firma en el registro de baja. Ni siquiera te pedirán los libros de vuelta hoy mismo.
—¿Y después qué? —preguntó ella. Miraba a una estudiante que pasaba cargando una mochila demasiado pesada—. ¿Simplemente salimos de aquí y todo vuelve a ser como antes?
—Será como antes. Tú podrás terminar la tesis y yo tendré el puesto en la ciudad. Estaremos bien. Es lo único que nos frena.
La chica no respondió. Se dedicó a trazar círculos en la condensación del cristal con la punta del dedo.
—No tienes que hacerlo si no quieres —continuó él, acercándose un poco—. Pero sé que es lo mejor. No estamos listos para cargar con todo este peso. Mira a tu alrededor. Nadie aquí está listo.
—Lo sé —dijo ella—. Pero una vez que lo dejas, ya no puedes volver a entrar como si nada hubiera pasado. Las puertas se cierran.
—Es solo una puerta, Anne. Hay otras bibliotecas. Hay otros libros.
—No estos —dijo ella. Se levantó y se ajustó el abrigo—. ¿Podemos dejar de hablar? Por favor, ¿podemos simplemente dejar de hablar un momento?
Él se quedó sentado, observando cómo ella caminaba hacia el mostrador para pedir otro café que no se iba a beber. El eco de sus pasos se perdía en el murmullo bajo de la cafetería vacía.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó él cuando ella regresó.
—Me siento perfectamente —dijo ella, sin mirarlo—. No me pasa nada. Solo estoy cansada de leer entre líneas.
El aire en la cafetería era denso, cargado con el olor a ozono de las fotocopiadoras y el aroma rancio de los granos de café quemados. Afuera, los pasillos de la biblioteca se extendían como arterias de silencio, interrumpidas solo por el golpe sordo de un libro al cerrarse.
—Parecen lomos de libros viejos —dijo ella, mirando hacia las hileras de estanterías que se divisaban tras el cristal—. Blancos y desgastados, como si ya nadie quisiera abrirlos.
—Te dije que no tienen por qué ser así —respondió él. No miraba los libros; miraba el reloj de pared que avanzaba con un tic-tac metálico—. Es una decisión lógica. Una firma y la plaza de la beca sigue siendo tuya. No tienes que cargar con la responsabilidad de quedarte aquí otro año.
—Es una forma de verlo —dijo ella. Sus dedos jugueteaban con un sobre de azúcar, doblándolo hasta que el papel empezó a ceder—. Pero una vez que firmas, el espacio que ocupábamos desaparece. Es como si arrancaras una página.
—No se arranca nada, Anne. Solo se edita. Es un proceso natural. Todo el mundo en esta facultad lo hace en algún momento. Mira a ese profesor de la esquina. ¿Crees que llegó ahí sin dejar cosas atrás?
Ella observó al hombre canoso que corregía exámenes con una pluma roja. La luz del flexo le daba un aspecto fantasmal.
—Él parece vacío —murmuró ella—. Yo no quiero ser una nota al pie de página.
—No lo serás. Serás libre. Podremos viajar, salir de este campus, dejar de oler a papel húmedo. Solo tienes que decir que sí. Es una operación sencilla, administrativa.
—¿De verdad es tan sencillo? —Ella levantó la vista y lo miró fijamente. Sus ojos estaban cansados, rodeados por la sombra de noches de estudio que ya no servían para nada.
—Lo es si no piensas demasiado en ello. Te lo prometo. Estaré contigo en el despacho del decano. No te soltaré la mano.
—¿Y después de la firma? ¿Qué diremos cuando pasemos por delante de esta puerta?
—Diremos que tomamos la decisión adulta. Que fuimos prácticos.
La chica se levantó. El roce de su silla contra el suelo de linóleo sonó como un grito en la sala silenciosa. Caminó hacia la cristalera y apoyó la frente en el vidrio frío. El campus, sumido en la penumbra de la tarde-noche, parecía un mapa borroso.
—Podríamos haberlo intentado —dijo ella, casi para sí misma—. Podríamos haber guardado el ejemplar, aunque estuviera dañado.
—No podíamos —dijo él, levantándose también y dejando unas monedas sobre la mesa—. El sistema no funciona así. Vamos, están a punto de cerrar la sección de archivos.
—Lo sé —dijo ella, dándose la vuelta con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Todo está cerrando.
Caminaron juntos hacia la salida, pasando entre las mesas llenas de estudiantes que no levantaron la vista de sus apuntes. Al salir, el aire frío de la noche los golpeó, y el silencio de la biblioteca quedó sellado tras las pesadas puertas de roble.
—¿Estás bien? —preguntó él mientras buscaba las llaves del coche.
—Estoy perfectamente —dijo ella, ajustándose la bufanda—. Solo es que la luz aquí dentro siempre es demasiado blanca.
¿Aquello era una ruptura o una renuncia vital como un trámite académico en el entorno opresivo y melancólico de la biblioteca universitaria al anochecer?
El pasillo de la tercera planta era un túnel de sombras y lomos de cuero que absorbían cualquier sonido. El vigilante pasó al fondo, una silueta oscura que arrastraba los pies, y el eco de sus pasos fue lo único que llenó el vacío entre ellos.
—Aquí no se puede respirar —dijo ella. Se detuvo frente a la sección de Historia Antigua—. Huele a cosas que se han quedado detenidas.
—Es el mejor sitio para pensar —respondió él. Se apoyó en una estantería, desplazando sin querer un tomo sobre la caída de los imperios—. Sin distracciones. Sin gente que pregunte.
—Pero el silencio también pregunta, Tom.
Pregunta qué vamos a hacer con ese espacio vacío que va a quedar en el estante.
Él suspiró y miró hacia la claraboya, donde la luna empezaba a filtrarse como una mancha de leche sobre el mármol.
—No va a quedar ningún vacío. Simplemente no se rellenará. Es como un libro que nunca se llega a imprimir. No puedes echar de menos lo que no ha pasado del borrador.
—Yo sí puedo —dijo ella, pasando la mano por la madera fría—. Siento el peso de las páginas que no vamos a escribir. Siento el título, el lomo, hasta el tacto del papel.
—Escúchame —él dio un paso hacia ella, bajando aún más la voz hasta convertirla en un roce—.
Si seguimos adelante con esto, con el registro, con todo... ambos sabemos que la beca no llegará, que el viaje se cancelará y que este lugar se convertirá en nuestra celda. Solo es un trámite. Un pequeño tachón en el expediente para que todo lo demás sea posible.
—Un tachón —repitió ella. Miró sus propias manos, blancas bajo la luz fluorescente—. Como si se pudiera borrar algo sin dejar una marca en la hoja.
—La marca se olvida. El papel se alisa.
—Tú nunca has intentado borrar algo escrito con tinta de verdad —dijo ella con una suavidad que cortaba más que un grito—. Siempre queda un surco. Siempre queda la sombra de lo que hubo debajo.
Abajo, en la cafetería, la máquina de café soltó un último soplido de vapor. El mostrador ya estaba limpio y la mujer de la limpieza movía las sillas con un estrépito metálico que llegaba hasta ellos como una advertencia.
—Ya es la hora —dijo él, mirando su reloj—. El despacho sigue abierto diez minutos más. Solo tenemos que bajar y entregar el formulario.
—¿Y si me quedo aquí? —preguntó ella, mirando hacia la profundidad de los archivos—. ¿Y si me pierdo entre las estanterías hasta que apaguen todas las luces?
—Entonces mañana despertarás y el problema seguirá aquí. Y será más difícil.
Ella asintió lentamente. Se separó de la estantería y empezó a caminar hacia la escalera de caracol, sus pasos resonando como latidos contra el metal.
—¿Estás segura? —le preguntó él mientras bajaban, su mano rozando brevemente su espalda.
—No estoy segura de nada —dijo ella, deteniéndose en el rellano antes de entrar en la luz cegadora del vestíbulo—. Pero me siento muy ligera. Tan ligera que me asusta salir a la calle y que el viento me lleve.
—No te llevará —dijo él—. Estaremos bien.
Salieron a la noche fría y ella no volvió la vista atrás hacia las ventanas iluminadas de la biblioteca, que ahora, desde la acera, parecían ojos cerrados que ya no querían ver nada más.
Caminaron por la acera de hormigón hacia el coche. La luz de las farolas era de un amarillo enfermo que hacía que la piel de Anne pareciera de papel. Él abrió la puerta del copiloto y esperó a que ella se sentara.
—Ya está hecho —dijo él una vez que arrancó el motor. El sonido del coche era lo único que rompía el silencio de la calle universitaria—. ¿Ves? No ha pasado nada. Seguimos siendo nosotros.
Ella miró por la ventanilla. Los edificios de la facultad se hacían pequeños en el retrovisor, como cajas cerradas que guardan secretos que nadie va a reclamar.
—Sí —dijo ella, apoyando la cabeza en el cristal frío—. Seguimos siendo nosotros.
—¿Te duele algo?
—No me duele nada —respondió ella. Sacó de su bolsillo el pequeño resguardo del registro, lo dobló en cuatro partes perfectas y lo dejó en el cenicero del coche—. Me siento muy limpia. Como una página en blanco que alguien ha decidido no usar.
Él aceleró al llegar al semáforo en verde. La biblioteca quedó atrás, una mancha oscura bajo el cielo de grafito, y ninguno de los dos volvió a mencionar el libro que acababan de cerrar para siempre.
—Estamos bien, ¿verdad? —preguntó él, sin apartar la vista de la carretera.
—Estamos perfectamente —dijo ella.
Y el coche siguió avanzando, alejándose de las luces, hacia un lugar donde ya no quedaban más preguntas que hacer.
El coche avanzaba con un zumbido monótono que a ella le recordaba al extractor de la cafetería. Anne tenía las manos apretadas en el regazo, los nudillos tan blancos como el papel de las fichas bibliográficas que habían dejado atrás.
—Podrías decir algo —dijo él. No la miraba. Mantenía las manos firmes sobre el volante, como si estuviera conduciendo a través de una tormenta que solo él podía ver.
—No hay palabras para esto —respondió ella. Su voz era un hilo fino, seco, que parecía romperse con el roce del aire—.
En la biblioteca hay millones de palabras y ninguna sirve para lo que siento ahora mismo.
—Mañana te sentirás mejor. Mañana el mundo volverá a ser un lugar lógico.
Ella cerró los ojos. Al hacerlo, no vio oscuridad, sino el brillo clínico de las luces del vestíbulo y el sonido del sello de goma golpeando el papel: clac, clac. Un sonido definitivo. Sintió una punzada sorda en el bajo vientre, un tirón frío que no tenía nada que ver con el hambre ni con el cansancio.
—Siento como si me hubieran vaciado los estantes —murmuró. Se encogió en el asiento, abrazándose a sí misma como si intentara evitar que algo más se le escapara—. Como si alguien hubiera entrado en mi sección privada y hubiera hecho una hoguera con todo lo que aún no estaba escrito.
—Anne, por favor. No lo hagas más difícil.
Él detuvo el coche frente al apartamento. El motor siguió encendido, vibrando bajo sus pies como un animal impaciente. Ella no se movió. Tenía la mirada fija en la guantera, imaginando el peso del formulario que descansaba allí, esa pequeña hoja de papel que pesaba más que toda la enciclopedia del mundo.
—¿Estás bien? —preguntó él, y esta vez su voz flaqueó un poco. Extendió una mano para tocarle el hombro, pero ella se apartó con un movimiento brusco, casi instintivo.
—Estoy perfectamente —dijo ella, y se le escapó un sollozo que ahogó inmediatamente contra la palma de su mano. Se limpió la cara con un gesto rápido y violento—.
Estoy tan perfectamente que me sorprende que el corazón me siga latiendo igual de rápido.
Abrió la puerta del coche. El aire exterior era gélido y olía a lluvia próxima.
Se quedó un momento de pie, apoyada en el marco de la puerta, mirando hacia el cielo vacío.
—¿Vienes? —preguntó él desde el interior del coche, envuelto en la seguridad de la calefacción.
—Sube tú —dijo ella sin mirarlo—. Yo voy a quedarme aquí un momento. Quiero ver si el mundo sigue siendo el mismo cuando se apagan todas las luces.
Cerró la puerta con suavidad, un clic casi inaudible, y se quedó sola en la acera, sintiendo cómo el frío de la noche empezaba a ocupar, centímetro a centímetro, el lugar donde antes había habido una posibilidad.
El remordimiento superado.
"C'est fini, rien de rien".
Bajo el coche de la noche,
donde el miedo se deshace,
camina un hombre de acero
con el alma de cristal y aire.
No lleva el luto del perro,
ni el eco de antiguos males,
que el dolor cuando se estanca
se vuelve río de fango y sangre.
¡Qué triunfo de luz herida!
¡Qué voluntad de diamante!
Ha roto los espejos rotos
donde el ayer se mirase.
Ya no hay espinas de sombra
en su garganta de cauce,
solo un silencio de trigo
y una paz de olivares.
Olvida el golpe y la herida,
sin ser de nadie el culpable,
que el que se siente víctima
muere dos veces de hambre.
Hacia el alba va derecho,
puro como un niño o un ángel,
con la victoria del que olvida
y el perdón en los talones de aire.
Soneto "El caballo de la desgana".
El caballo de la desgana.
No quiere el pie pisar la luz del día,
ni la mano buscar su oficio mudo;
vivir bajo el volcán vidrioso y crudo
donde duerme una estancada agonía.
Pero hay un pulso cruel que me desvía,
un látigo de sal, un hierro agudo,
que empuja el pecho, de esperanza nudo,
hacia la sorda y gris carnicería.
Como caballo en olas, voy herido,
batiendo el casco contra roca y viento,
aunque el deseo esté ya consumido.
Pesa la arena que hunde el pensamiento,
mas sigo el trote, por el mar vencido,
masticando la cal de mi lamento.
El laberinto del ansia.
Golpeo el aire con el puño herido,
buscando el manantial de la alegría;
bebo la luz, el metal y el mediodía
por no sentirme polvo desmedido.
He domado caballos al olvido,
puse azahares donde el frío ardía,
y en esta danza de mi anatomía
todo lo di por verme renacido.
Pero el alma es un pozo sin orilla
donde la cal devora lo que toco,
y el pecho es una oscura manguardia.
¡Ay, qué dolor de luna en la mejilla!
Que por quererlo todo, quedo loco,
lleno de nada en medio de la gloria.
miércoles, 25 de febrero de 2026
Pronunció tu nombre en las noches oscuras.
Pronuncio tu nombre
en las noches oscuras.
Pasan los coches,hay voces
y tu recuerdo me alumbra.
Tras el invierno del alma,
colchón sudado de pena,
jeringuillas colgadas
y los ojos en gangrena.
No había ilusión ni orgasmo
todo eran sombras y cadenas,
crecen madreselva y lágrimas
canoas de río por mis venas.
Si ante los perros del sotano
me atan las cadenas,
¿qué será de mí
si no tengo fuerzas?
Fueron días de luz clara,
lejos de la sombra roja,
cuando el pecho descansaba
y la risa no era sorda.
Cabalgo un potro salvaje
me arrastra me raspo
me golpea me da coces
relincha...pero aguanto.
Si hoy el silencio me abraza
y la dicha se me esconde,
me queda el bien de la gracia
que un día tuvo mi nombre.
Sobre un cielo de ceniza,
entre pinos de sombra alta,
el bosque era la guarida
donde el alma se arrastraba.
En aquel colchón sudado
por la fiebre y la nostalgia,
el tiempo se hizo pesado
en una noche sin alba.
Pero estalló la alegría,
oro puro en tu garganta,
y el sol, con su luz divina,
quemó al fin la vieja máscara.
¡Qué júbilo en los arroyos
que entre las flores saltan!
Fui feliz, rompí los cerrojos,
y esa dicha no se apaga.
Aunque el frío ahora regrese,
llevo el fuego en las entrañas;
el recuerdo me amanece
y el dolor ya no me espanta.
Haber sido ya me basta,
pues tu paz no se malogra;
aunque la suerte se vaya,
fui feliz... y eso nos sobra.
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