Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

martes, 3 de noviembre de 2026

El tren de Urda, rumbriento, que asfixia, lleno de muertos que nunca existieron.

Lloras el tren que se alejó en el viento, la puerta que cerraste con porfía, la huella que dejó la tarde fría y el eco de un estéril juramento. Mas todo ese perdido monumento es solo un truco de tu mente loca; el tiempo que pasó no te sofoca si aún te queda aire y movimiento. No hay huerto del que no florezca un brote ni pérdida real si el pecho late; el luto del ayer es un azote que tú te inventas en el propio combate. Mientras respires, la derrota es vana: no hay tren que te pise aún, que te mate.

LAS CICATRICES UNIDAS A FUEGO DE UN BESO INFAME.

"Nadie muerde ya al que no llegó a la orilla". Besa el filo que le chirría el vientre Pirítoo le sigue en su osadía, un fiambre que sirve de ciego a un guía, berrea la vena, el ego herido y ardiente. La luna sangra a un eco indiferente cuando el abismo su rigor despliega; cada cual baila a lo alto y se entrega y olvida el lazo que empeñó la mente. El débil calla y la toalla tira, cede al cansancio, la rodilla late, mientras el héroe su ambición admira. En el infierno de la piedra fría, el egoísmo su desdén comparte: nadie salva al que no llegó a la orilla. RECUERDA A MEDIANOCHE. ES LA HORA. El reloj golpea el bronce de la hora, Bartle agita el hierro y las cadenas: «Es tarde ya, Mateo, apaga las venas de este quinqué que el aire ya devora». «No me moveré del aula creadora», responde el joven, ciego ante sus penas, mientras suda en la esquina las arenas de una ley que el olvido no aminora. El presidente llega con premura: «Firma el papel, entrega el formulario, cede el cubículo, asume tu destierro». Mas Turkey, abrazado a su locura, rechaza el documento del calvario y sella su destino en el encierro.

El no definitivo.

No recordaba cómo había llegado allí, ni se acordaba como volvería a casa. El reloj de pared marcaba las nueve y cinco. El tintineo de las llaves del conserje rompió el silencio de la sala, pero Mateo Lecroy no levantó la vista del código civil. Lecroy iba a sala de una asociación de gente con problemas de adicción al juego a estudiar una oposición en una esquina donde se sudaba asfixiantemente. —Mateo, chaval, recoge las cosas —dijo Abelardo, apoyando una mano cansada en el marco de la puerta—. Hay que cerrar. Ya te has metido doce horas de calor hoy. Mateo no parpadeó. Sus dedos, húmedos por el sudor asfixiante de la esquina, presionaron el bolígrafo contra el papel. —No me voy. Si salgo por esa puerta, no vuelvo. Me quedo. —No me jodas, que no es un hotel. El presidente me echa la bronca a mí. Fuera. —Dile a Don Manuel que revise la normativa de la subvención —respondió Mateo, con una voz extrañamente calmada y fría—. Si quiere desalojarme de un espacio de asistencia social, tiene que tramitarlo por escrito. A la mañana siguiente, el propio Don Manuel, presidente de la asociación, bajó a la sala con una carpeta bajo el brazo y la cara desencajada por el aviso de los vigilantes. —A ver, Mateo, esto es ridículo —dijo Abelardo, golpeando la mesa con el papeleo—. No puedes pernoctar aquí. Estás interrumpiendo el régimen interno de la asociación. —La ley de bienestar social de la comunidad garantiza el uso de estas aulas para la inserción —replicó Mateo, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. Si quiere que me vaya, presente la orden. —¿Quieres burocracia? Ten —Don Abelardo sacó tres folios grapados y los arrojó sobre el temario de la oposición—. Aquí tienes el Formulario 7-B de baja voluntaria del centro y la solicitud de exclusión de la sala de estudio. Si no los firmas y los entregas en secretaría antes de las doce, tendré que iniciar un expediente de expulsión administrativa. Y te aseguro que eso te inhabilitará para cualquier examen público. Mateo miró los papeles del presidente, luego miró sus propios apuntes y sonrió con desprecio. —Pues empiece a redactar el expediente, Don Manuel. No sé. Aquella tarde, el reloj de la pared de la Asociación de Vecinos marcó las ocho, la hora del cierre. Como cada día, los socios comenzaron a abrigarse y a despedirse. Todos menos Jonás. Sentado en su silla de plástico habitual, con la mirada fija en el linóleo gastado, permaneció inmóvil. Lecroy apretaba sus manos retorciéndolas, decidió que no volvería a marcharse. Cuando Don Abelardo, el presidente de la asociación, se acercó con el manojo de llaves tintineando en la mano, se encontró con una resistencia de piedra. —Vamos, Lecroy, hay que cerrar. Mañana abrimos a las diez —dijo Abelardo, con la prisa habitual del que tiene la cena servida en casa. —No me voy, Abelardo —respondió Jonás. Su voz no era un desafío, sino una constatación—. Me quedo. Y quiero que dejes constancia en el acta. Exijo que la asociación me devuelva la dignidad que este barrio me robó. Quiero una rectificación pública. Abelardo parpadeó, confundido. —¿Qué dignidad? ¿De qué hablas? Anda, levántate, no me compliques la noche. —No es la noche lo que se va a complicar. Es el resto de mi vida. Lo que comenzó como una aparente rabieta de un joven atribulado se convirtió en un nudo ciego. Se negó a ingerir cualquier alimento que le ofrecieran. Al principio, la junta directiva intentó sacarlo por la fuerza, pero el escándalo de arrastrar a un socio fundador a la calle era un precio político que Abelardo no quería pagar. Luego vinieron los asistentes sociales, los reproches de los vecinos y las llamadas cruzadas. La petición —una disculpa formal y un reconocimiento de que sus antiguos compañeros de cooperativa lo habían estafado y aislado treinta años atrás— era administrativamente imposible y moralmente incómoda para un barrio que prefería olvidar. Los días se convirtieron en semanas. El cuerpo de Lecroy empezó a consumirse con una lentitud espantosa. Su piel se volvió translúcida, pegada a los huesos, pero sus ojos retenían un brillo febril, alimentado por el combustible del resentimiento. Una noche, cuando las fuerzas ya casi no le alcanzaban para mantener la cabeza erguida, Abelardo se sentó frente a él en la penumbra del local abandonado. El silencio entre ambos era denso, roto solo por la respiración dificultosa del anciano. —Mírate —susurró Abelardo, conmovido y horrorizado a la vez—. Te estás matando por un fantasma. ¿Tanto vale el orgullo de un papel firmado? —No es orgullo, Abelardo. Es justicia. La justicia tiene el estómago vacío, pero la memoria llena. —Los hombres de los que hablas ya ni siquiera viven aquí. Julián murió hace cinco años. Tomás está en una residencia en el norte, ya no sabe ni quién es él mismo. ¿A quién le estás reclamando? ¿A las paredes? Soltó una risa seca, que sonó como hojas muertas arrastradas por el viento. —Les reclamo a sus ausencias. Echedey... Gustavo... éramos como hermanos. Cuando el agua nos llegó al cuello con la reforma de los locales, ellos soltaron mi mano para salvarse. Me dejaron hundirme solo. Me miraban a la cara cada tarde en este mismo salón, jugaban al dominó conmigo sabiendo que me habían quitado el sustento de mis hijos. Su silencio me dolió más que su traición. —Eso fue otra época, el barrio era distinto, la crisis nos volvió salvajes a todos —trató de justificar el presidente, buscando una salida racional—. Si comes algo, te prometo que redactaré esa carta. Pondré el sello de la asociación. Lo haré mañana mismo. Negó lentamente con la cabeza, sus ojos fijos en un punto invisible del pasado. —Ya es tarde para el pan, y es tarde para los sellos. Los amigos que no me ayudaron cuando el frío arreciaba, me enseñaron a ayunar de afecto. Cada noche que paso aquí, recuerdo el momento exacto en que me dieron la espalda. Julián mirando el suelo. Tomás limpiándose las manos en el pantalón. No murieron hoy, murieron para mí hace tres décadas. Ahora solo estoy alcanzando su misma orilla. —Es una locura. Morir por rencor es morir por nada. —Al contrario... —la voz bajó hasta ser un hilo apenas audible—. Morir recordando quién te falló es la única forma de llevarse la verdad completa al otro lado. Tu acta quedará limpia, Abelardo. La mía... la mía ya la firmaron ellos con su indiferencia. Al amanecer, Abelardo encontró a Jonás con la mirada perdida en el techo de placas de yeso de la asociación. Ya no respiraba. Su rostro, extrañamente, había perdido la tensión de los últimos días, quedando fijado en una expresión de severa e imperturbable dignidad. El barrio continuó su curso exterior, pero en aquella mesa de plástico quedó para siempre el registro invisible de una deuda que nadie pudo pagar.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Bukowski te suicidó.

"¿Y no me merezco lo máximo? Pues claro que merezco lo máximo. acaso no he sufrido lo indecible." Un trago de cerveza barata secona y la sangre empalagosa en la boca. Ayer te arrastraste infame, arrancaste las raíces resecas para que alguien te ame, el jefe te gritó en la cara, tú que eres un Dios más de tres minutos de gritos y amenazas para nada, ella se rió de tus pantalones doblados y el camarero te echó a la calle como a un perro sarnoso mientras te aconsejó que no bebieras más. Duele, ¿y no me merezco lo máximo?, quema en las tripas durante unas horas. Pero la humillación es una racha amarga, se desgasta rápido, se diluye en el olvido con la primera lluvia de la mañana. Nadie recuerda al hombre que cayó, ni siquiera los que lo empujaron. Están demasiado ocupados muriéndose en vida. El cosmos es tan infinito como el hijo que no tuve. El éxito no es el dinero de esos cerdos, ni los aplausos de los idiotas en los teatros llenos de ubres. El éxito es algo más sucio y real. Es manchar los dedos de alguien que aún no ha nacido. Es dejar un costurón en la lona del ring. Haber clavado un verso en el pecho de un desconocido. O dejar tus huellas dactilares grabadas en la memoria de alguien o provocar un incendio en una habitación oscura, que, años después, en medio de la noche, sienta el peso del pasado y recuerde tu lupa. Si vas a pasar por este matadero, deja una marca que alguien borrará, Una línea en el papel, un cuadro rasgado, un hijo que aprenda a cuestionar tu autoridad la autoridad, la noche en el mar. Cualquier cosa que grite que estuviste aquí, mientras la humillación se evapora como el vaho en el espejo de un viejo bar. La humillación siempre quedará y nada quedará en tu sombra. Mi jefe me gritó en la cara, tú que eres un Dios más de tres minutos de gritos y amenazas para nada.

El último salto inmortal.

La pantalla del cibercafé brilla con una luz blanca y fría en la oscuridad. Son las doce de la noche. H. abre el correo electrónico de una prima paterna Ana María y lee una sola línea: tu padre ha muerto. ¡Joder que se ha lucido! ¡cabrones hasta el final! Ni siquiera su madrastra se atrevió a decirle nada. H. tiene treinta y un años. Está solo en el local. El dueño se levanta del fondo, detrás del mostrador, y se acerca a su mesa con un trapo sucio en la mano. Fuera llueve con fuerza. El agua golpea el cristal de la ventana con un ritmo monótono. H. mira fijamente la pantalla. No llora. Siente una oleada de alivio que le recorre el cuerpo. Se alegra. Su padre era un hombre malo. Un tacaño miserable que guardaba el dinero en el colchón mientras la casa se caía a pedazos. Un hombre que jamás le dio un abrazo ni una palabra de aliento. -Por fin era un huérfano feliz. ¿Feliz? Sí bueno, feliz. A la medianoche exacta, cuando los relojes ejecutan el día moribundo, una pantalla fría escupió el veredicto: el tirano ha caído, no por el hierro de un héroe, sino por el aceite hirviendo de su propia codicia. Treinta y un años de servidumbre invisible terminaron en el rincón infecto de un burdel informático, bajo el bufido xenófobo de un guardián de la miseria. H. no derramó lágrimas por el viejo podrido de cáncer; celebró el colapso de aquel estómago destrozado que él mismo ayudó a envenenar con recetas de grasa y silencio. Pero la muerte es una ramera tramposa que cobra el rescate en la moneda del vacío. Minutos después, frente a las fauces de un mar negro y rugiente que imitaba su propia tormenta interior, la furia se transformó en el aullido definitivo del hijo huérfano de amor, que salta al abismo maldiciendo al monstruo que le obligó a convertirse en su reflejo. El dueño del cibercafé limpia la mesa de al lado con desgana. Mira de reojo a H. y suelta un bufido. —Mira que odio este turno —dice el dueño, señalando con la cabeza hacia las cabinas del fondo—. Mis numerosos impuestos van para pagarles la vida a los negros que están ahí atrás en mi ciber. No hacen más que hacer el vago. Y encima sudan muchísimo, dejan un olor que no hay quien aguante. Es una injusticia. H. se reclina en la silla de plástico. Escucha las palabras del hombre, pero su mente sigue atrapada en el mensaje. El odio del dueño del local reverbera con su propio odio interno. Piensa en su padre. Piensa en la injusticia de su propia vida. —El odio es la única respuesta lógica cuando sufres una injusticia —responde H. con voz plana, sin apartar los ojos de la pantalla. El cielo anocheció del color de un hígado podrido, presagio exacto de la comedia de sangre que estaba por desatarse. No hay dios que guarde este suelo; si lo hubiera, ya habría bajado a cobrar la entrada. Los hombres nobles juran por su honor mientras ocultan la daga en el pliegue de la capa, olvidando que el honor es un invento de los vivos para que los muertos parezcan más elegantes. Mientras la corona tambalea sobre la cabeza de un idiota y el pueblo ruge de hambre a las puertas del palacio, yo solo puedo hacer una cosa: sentarme en primera fila, afilar mi ingenio y ver cómo este glorioso y trágico burdel se quema hasta los cimientos. Al fin y al cabo, una tragedia no es más que una farsa que se tomó demasiado en serio. El dueño asiente apesatdno a sudor, conforme con la respuesta, y se aleja hacia el mostrador refunfuñando entre dientes. H. vuelve a pensar en los últimos meses. El viejo enfermó de cáncer de estómago. El proceso fue rápido. Ahora, en el silencio del cibercafé, H. siente que él tuvo la culpa de esa muerte. De alguna manera, él lo mató. Recuerda las llamadas semanales con su madrastra. Ella le pedía consejo, asustada por los dolores del viejo. H. la manipulaba con sutileza. Le sugería recetas pesadas. No la detuvo cuando preparaba comidas grasientas y picantes. Al contrario, la animaba a complacer los caprichos del enfermo. Sabía perfectamente que aquel estómago ya estaba destrozado por el alcohol del pasado y por las décadas de tabaco negro. H. solo aceleró el proceso. Dejó que el veneno de la grasa hiciera el resto del trabajo. El teclado del ordenador parpadea. H. cierra la sesión. Se levanta lentamente. Deja las monedas exactas sobre el mostrador, al lado del dependiente. Sale a la calle. La tormenta es intensa. El viento frío le corta la cara. Caminar bajo la lluvia le ayuda a pensar, pero el alivio empieza a transformarse en un peso enorme en el pecho. La culpa no es por haberlo matado. La culpa es por el vacío que queda. Camina durante veinte minutos por calles desiertas de asfalto brillante. Llega hasta el muelle del puerto que tenía enfrente desde que salió del cyber. Recordaba a Nata pero no podía vislumbrar su rostro, ni apenas tenía anécdotas de ella, siempre la había visto medio de lejos. El mar ruge abajo, oscuro y denso. El muelle está completamente solo. H. camina hasta el borde de la piedra. El agua salpica sus botas. Se sienta con las piernas colgando hacia el vacío. Mira la negrura del océano. La lluvia lo empapa por completo, pegando la ropa a su cuerpo de treinta y un años. Fue a la Avenida Marítima que tenía al lado en dos minutos. Cruzó sin ver el semáforo en rojo. De cerca venían varios coches. El coche blanco frenó en seco sobre el asfalto mojado. El parachoques golpeó su rodilla con un impacto sordo que lo obligó a hincar la pierna en el suelo, doblando el cuerpo. Dio un golpetazo fortísimo sobre el capó. El conductor bajó la ventanilla, dejando que la tormenta le inundara el coche, y le gritó con el cuello inflado de venas: —¿Estás tonto o qué? ¡Qué te vas a matar! H. se levantó sin mirarlo, arrastrando una cojera nueva que hacía real su miseria. Caminó hacia el borde del muelle. Bajo la visera de una caseta, un pescador viejo detuvo la taza de café a mitad de camino hacia la boca. Lo vio saltar la barandilla. El viejo hizo un ademán mecánico de dejar la taza para correr, pero miró la cortina de agua, pensó en el frío y en los trámites de la policía, y dio un sorbo largo. Se dio la vuelta. No era asunto suyo. En el segundo exacto en que H. se ponía en pie sobre la piedra húmeda, la sirena de un crucero de diez pisos amarrado a babor soltó un bocinazo ciego para alertar del temporal. El estruendo fue una sacudida mecánica que le vibró en las costillas. Ese pito, que anunciaba turistas durmiendo y luces de discoteca a cincuenta metros de su tragedia, redujo sus treinta y un años de rencor a una soberbia ridiculez. El universo no se detenía; seguía su curso inmenso e indiferente. Su dolor no era un drama griego, era solo un estorbo que apestaba a alcohol y tabaco negro. Miró la bocana oscura del puerto, se le llenaron los ojos de agua salada y escupió al mar la única verdad que le quedaba: —No me enseñaste a vivir, pero me diste tu misma cobardía. Dio el paso al frente. El agua helada lo tragó sin hacer ruido. Abajo, el instinto de la carne fue más rápido que su cabeza. H. quiso salvarse. Sus manos arañaron la negrura buscando la superficie y sus pulmones exigieron el aire que el crucero respiraba ahí arriba. Pero la ropa empapada pesaba como el plomo y el cansancio de llevar una vida entera odiando le cobró la factura. Se rindió pronto. Descubrió que nadar hacia la luz requiere una fuerza que solo tienen los que esperan que alguien los aguante al llegar a la orilla. El mar se cerró arriba, liso y brillante como el asfalto bajo la lluvia. Al final, morir no fue un castigo ni una liberación; fue la última obediencia de un hijo que, no sabiendo qué hacer con su libertad, prefirió heredar la tumba de su verdugo. La rabia acumulada durante toda su vida explota de golpe. Se pone en pie sobre el borde húmedo. Mira al horizonte oscuro. Rompe a llorar con una desesperación que nunca había sentido. Llena sus pulmones de aire frío y grita con todas sus fuerzas hacia el temporal: —¿Por qué fuiste tan cabrón y me obligaste a odiarte, si yo siempre te he querido? H. da un paso al frente y se tira al mar. Era la dulce venganza del parricida indolente. —Me enseñaste a odiar el mundo, pero se te olvidó enseñarme a nadar. El agua helada se lo tragó al instante.

Dafne se retuerce en unas raíces resecas.

La luna clava su puñal de plata en el pecho del hombre que ha luchado; el tiempo es un caballo desbocado que con cascos de hiel todo lo aplasta. ¡Qué injusta es la existencia que desata el verde fango sobre el amor amado! El dios y la ninfa han terminado en una tierra fría que les mata. Su vida es el gitano sin destino, todo es psicológico hasta que pisa el fuego que entre angustia me rechino. Pero ante la injusticia que agoniza, valió la pena andar este camino: soñar el amor que la luz ya olvida. Apolo y Dafne, o Pan y Siringa

sábado, 31 de octubre de 2026

Amor perseguido, agotado.

Sacrilegio nocturno. Te amo cuando callas y miras ausente y entierro en tus venas mis recuerdos como si murieran a besos de repente. Tus perros tienen la culpa de esta sombra, y mis labios, el pecado de buscar tu frente. Nos amamos de espaldas a los altares, como dos ladrones que se beben la fuente. ¡Si Dios supiera de este huerto oscuro! Siento que el cielo se tiñe de ceniza cuando mi boca rompe tu clausura, y un eco de campanas nos hostiliza. Amor que nace del lodo y del milagro, nos iremos al polvo sin absolución, mientras la noche llora su ruego magro y se quiebra en la cruz mi corazón.