Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

miércoles, 14 de enero de 2026

Poema a la Elisa de Garcilaso mileurista.

Rock eterno de Toledo, donde el Tajo se hace caña, ya no llora la Elisa de la égloga anticuada. ¡Qué Garcilaso ni cuentos! ¡Qué pastores de pomada! Ella ha roto las botellas con una risa de escarcha. Sobre el asfalto herido de la noche, los coches son escarabajos de vidrio que devoran la luna con sus ojos de fósforo ¿para qué sirven las cicatrices del olvido? Donde los amores frustrados en sus huevos en su senda de nidos de araña nacen para morir sin tener hijos. Y uno siempre ama y reniega para nada. El aire se triza en redes sociales, arañas de plata tejiendo silencios, donde el alma es un selfie de escarcha atrapado en un espejo de vértigo y olvido. Chocan las jarras de cerveza, verdes lunas de vidrio que sangran espuma, mientras la música es un látigo de cobre golpeando el yunque de la sangre en las raves Mujeres con el escote de un alba herida y el muslo preso en la red de las medias, dibujan puñales de seda en la sombra bajo el galope eléctrico de los móviles. Y en la esquina del tiempo, los morreos son dos nardos que se quiebran en la boca, un choque de espadas de carne y saliva donde el amor muere con un grito de metal. Bajo la luna de fósforo, por la calle del olvido, galopan coches de acero como potros malheridos. Sus ojos de vidrio cortan la sombra del laberinto, mientras los móviles vibran con su latido de frío. Se enredan las almas muertas en las redes del vacío, donde el selfie es un espejo de un rostro que no es el mío. ¡Qué verde la cerveza! ¡Qué amargo su hervor de trigo! en jarras que son campanas doblando por lo vivido. En el estruendo del rave, metal de sueño y cuchillo, la música golpea el aire como un martillo sombrío. Mujeres de noche y seda, con el escote encendido, llevan en negras medias preso el muslo del peligro. Y en el rincón de la sombra, donde el tiempo se ha perdido, dos ojos buscan consuelo en un mutuo desconsuelo. Es un pacto de silencio, un susurro inaudible, que deja una marca eterna sobre el alma estremecida. Es un oasis de fuego en la llanura reseca, un espejismo que tiene ambición de bayoneta. Su cuerpo, junco de sombra, no quiere paz ni mureta, quiere el mando de los barcos y el trono de la marea. «¡Ay, Salicio de mi alma, no me vengas con quejas, que tengo el sexo de luna y las manos de moneda!». Ella no busca la fuente, busca el oro de la vena; su compromiso es el rayo que las conciencias altera. Verde que te quiero verde, pero verde de la envidia, que esta Elisa no es de mármol, es un volcán que desidia. Monta un caballo de vidrio por la noche de la intriga, con el vientre de una duna y el ansia de una sortija. Es un oasis que engaña, pero que muerde si tocas; lleva un puñal de luceros entre la flor de la boca. No quiere ser el recuerdo de una elegía barroca, quiere ser el espejismo que a los imperios convoca. Ni mueres de amores fríos, ni te quedas en la orilla, que esta Elisa es una fiera con corona de mantilla. ¡Qué vitalista la moza, qué ambiciosa y qué sencilla! Se bebió todo el desierto de una sola zancadilla. Bajo el cielo de Toledo morí bajo una pedrada. No sé para qué te recuerdo si tras tanto incendio y tanto viento, nunca hubo nada.

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