Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 20 de febrero de 2026
Una mujer extraordinaria por descubrir.
Inglaterra, finales de la era victoriana.
Ella creció en una casa de silencios impuestos y corsés invisibles. Buscó la literatura para huir de sus problemas mentales y de los prejuicios rígidos de clase.
Sin embargo, su mente no conocía cerrojos. Se rodeó de los amigos más brillantes y divertidos de su Grupo de amigos, compartiendo risas e ideas que desafiaban toda convención.
Junto a su esposo, fundó su propia editorial. Fue allí donde finalmente pudo publicar su voz sin filtros. El éxito llegó de forma arrolladora. Había alcanzado la cima, la independencia económica y esa "habitación propia" que tanto reclamaba para las mujeres.
Pero en el momento de mayor esplendor, la oscuridad regresó sin aviso ni lógica aparente. Una depresión profunda, un "estruendo de voces" que no la dejaba descansar, la envolvió.
El aire en el salón de la calle estaba saturado de humo de tabaco, risas de hombres brillantes y esa efervescencia intelectual que solo su grupo de amigos podía generar.
Ella, sentada en un sillón de orejas, observaba a sus amigos —economistas, pintores, críticos— con una media sonrisa. Durante décadas, su mundo había estado delimitado por las rígidas costuras de su época, por el luto eterno de su padre y la sombra de una educación formal que solo se les permitía a sus hermanos.
Ella era la autodidacta, la mujer que devoraba la biblioteca familiar mientras el corsé le apretaba el aliento y la sociedad le exigía silencio.
A pesar de la represión, su mente era un hervidero de imágenes. No quería escribir como los hombres, con esa linealidad seca y fáctica. Quería capturar el flujo de la conciencia, el destello de un instante, el sonido de las campanas del Big Ben marcando las horas de una vida interior infinita. Junto a su marido, un hombre de una paciencia infinita y una devoción casi religiosa, montó una pequeña imprenta manual en el comedor de su casa.
La editorial nació del deseo de independencia: no quería que ningún editor podara sus frases ni cuestionara su cordura.
El éxito no llegó como un estallido, sino como una marea imparable. Sus libros empezaron a venderse en las librerías más prestigiosas de Londres. Las críticas la llamaban genio; las mujeres jóvenes veían en ella la brújula hacia una habitación propia y una renta anual que les permitiera ser libres. Por primera vez en su vida, el dinero no era una preocupación y su nombre (ese que ella sentía tan ajeno) era sinónimo de la vanguardia literaria europea. Estaba en la cima. Tenía el respeto de sus pares, el amor de su esposo y la admiración de un público que por fin entendía su lenguaje de olas y faros.
Entonces, sin que mediara una tragedia externa, el cielo se volvió de plomo.
No hubo un desencadenante claro. No fue el fracaso, porque no existía. Fue una grieta silenciosa en el cristal de su mente. Las voces que habían callado durante sus años de gloria regresaron con un graznido ensordecedor.
De pronto, las palabras —sus únicas aliadas— empezaron a parecerle ruidos vacíos. Se sentía incapaz de leer, incapaz de concentrarse, invadida por una culpa atroz de la que no podía defenderse. La luz del éxito, en lugar de calentarla, parecía proyectar sombras más largas y deformes sobre las paredes de su casa.
Aquella mañana de marzo, el mundo se sentía demasiado pesado para ser sostenido. Se puso su abrigo, ese que tantas veces la había protegido del frío húmedo inglés. Con el paso firme de quien ha tomado una decisión lógica en medio del caos. Se detuvo en la orilla y, con una meticulosidad casi ritual, buscó piedras grandes y lisas en el barro. Las metió en sus bolsillos, una a una, hasta que el peso fue suficiente para anclar su cuerpo a la tierra, o al fondo de ella.
Caminó hacia el agua. El frío fue un choque inicial, pero luego se convirtió en un abrazo. Mientras la corriente la envolvía y el peso en sus bolsillos la arrastraba hacia el lecho del río, su mente, por fin, encontró el silencio que el éxito y la fama le habían negado. La mujer que había revolucionado la literatura se hundió bajo la superficie, dejando atrás solo una nota de despedida sobre la mesa, escrita para el único hombre que intentó, hasta el final, salvarla de sí misma.
Virginia Woolf quedó rígida como una Virgen en la bañera.
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