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Alicia atraída por la madriguera
lunes, 16 de febrero de 2026
El fusilamiento.
El sargento estiró el pergamino del indulto con la misma parsimonia con la que se limpia una bota llena de barro. Frente al paredón, Julián —atado y con el sudor frío pegándole la camisa al espinazo— sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría estúpida.
—¡Buenas noticias, Julián! —gritó el sargento, agitando el papel—. Dice el Gobernador que hoy está de buenas y te perdona la vida. ¡Puedes irte a casa!
Julián soltó un sollozo de alivio, pero entonces miró a su izquierda. Allí estaba su hijo, Dieguito, un muchacho que apenas empezaba a afeitarse y que compartía con él la fila de ejecución, las manos atadas y una expresión de absoluto terror.
—Un momento —dijo Julián, deteniendo al guardia que ya le soltaba las cuerdas—. ¿Y el niño?
El sargento consultó de nuevo el papel, rascándose la nuca con la punta de un bayoneta.
—Ah, no. Aquí dice "Julián Pérez". El crío no figura. Él se queda para el plomo.
Julián miró a su hijo. Luego miró el camino polvoriento hacia la libertad.
Finalmente, miró de nuevo a Dieguito, que lloriqueaba en silencio. Un silencio dramático se apoderó de la plaza, solo roto por el sonido de un cuervo que parecía burlarse de la situación.
—Mire, sargento... —empezó Julián con un tono de reflexión profunda—. Piénselo bien. Si me voy yo, me quedo sin heredarle nada al muchacho, porque ya no estará. Y si me quedo yo solo por él, luego tendré que pagar su entierro, que con la inflación está por las nubes.
—¿Entonces? —preguntó el sargento, aburrido.
—Entonces, mejor déjelo como estaba —sentenció Julián, dándole una palmadita de consuelo en el hombro al chico—. Mátennos a los dos de una vez. Total, ya estamos aquí, el pelotón ya cargó los fusiles y sería una descortesía hacerles perder el tiempo. Además, imagínese el drama de explicarle esto a su madre yo solo en la cena. ¡Me mata ella! Y créame, estos soldados apuntan mejor.
Dieguito lo miró con los ojos como platos.
—¡Pero papá!
—Calla, hijo, no seas egoísta —susurró Julián con una sonrisa lúgubre—. Así ahorramos en ataúdes, que si nos ponen uno encima del otro, nos hacen precio de grupo. ¡Sargento! ¡Proceda! Que se nos enfría la eternidad.
El sargento, que ya estaba guardando el indulto para usarlo como papel de fumar, arqueó una ceja. No todos los días un hombre rechazaba la vida para no enfrentarse a una esposa furiosa o a los gastos funerarios.
—Está bien, Julián. Por falta de entusiasmo no será —suspiró el sargento—. ¡Pelotón! ¡Vuelvan a apuntar al señor Pérez! ¡Y al niño también, que no se diga que no somos eficientes!
Un giro hacia lo absurdo
Justo cuando los soldados apoyaban la culata en el hombro, Julián levantó una mano, deteniéndolos de nuevo.
—¡Un segundo! —exclamó con una chispa de astucia malvada en los ojos—. Acabo de caer en la cuenta de algo fundamental. Sargento, si nos matan a los dos a la vez, ¿quién va a cargar los cuerpos hasta la fosa común? Sus hombres ya se ven bastante cansados y el sol está pegando fuerte.
El sargento miró a sus soldados, que efectivamente sudaban como cerdos bajo el uniforme de lana.
—Es cierto —admitió el sargento—. Es un paseo largo hasta el cementerio.
—Pues ahí lo tiene —dijo Julián, con un tono de consultor de negocios—. No nos mate a los dos. Eso es un desperdicio de mano de obra. Mejor máteme solo a mí, y deje que el niño me arrastre hasta el hoyo. Él es joven, tiene buena espalda y así aprende el valor del trabajo duro. Además, así nos ahorramos una bala, que el plomo está a precio de oro.
—¡Papá, por favor! —chilló Dieguito, temblando—. ¡Prefiero que me disparen a tener que arrastrarte por todo el pueblo!
—¡Ves! —le gritó Julián al sargento—. ¡La juventud de hoy no tiene espíritu de sacrificio! No quiere ayudar en las tareas del hogar. Mátenlo a él primero por mal hijo, y yo, como buen padre abnegado, me encargo de enterrarlo mientras lloro un poco para guardar las formas.
El cinismo final
Julián se acercó al oído de su hijo, ignorando los fusiles que temblaban ante la confusión de órdenes.
—Escúchame bien, Dieguito —susurró con una sonrisa amarillenta—. Si te matan a ti, yo me quedo con tu colección de monedas y el caballo. Si me matan a mí, tú te quedas con mis deudas y con el genio de tu madre. Piénsalo... te estoy haciendo un favor.
El sargento, completamente superado por la lógica retorcida de Julián, bajó su sable.
—Saben qué... esto es demasiado papeleo. Julián, quédate con el indulto. Niño, vete a tu casa. No voy a gastar pólvora en una familia que está tan mal de la cabeza que prefiere regatear la muerte como si fuera pescado en el mercado.
Julián miró el papel del indulto, luego a su hijo, y finalmente al sargento con una decepción genuina.
—¿Entonces no hay ejecución? ¿Ni siquiera un descuentito por el entierro doble? Vaya falta de profesionalismo... Vámonos, Dieguito, pero que sepas que me has arruinado la tarde. Ahora tendré que verte crecer y, lo que es peor, ¡tendré que invitarte a cenar!
Julián y Dieguito caminaron de regreso al pueblo en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujir de las botas y el sonido de Dieguito sorbiéndose los mocos. El niño miraba a su padre con la desconfianza de quien acaba de descubrir que su progenitor es capaz de vender sus órganos por un vale de descuento.
Al llegar al umbral de su casa, Julián se detuvo en seco. Se alisó la ropa sucia de tierra del paredón y se puso derecho.
—Escúchame bien, muchacho —susurró Julián con un escalofrío—. Si tu madre pregunta por qué tardamos tanto, no menciones lo del fusilamiento. Dile que nos entretuvimos… no sé, viendo cómo crecía el musgo en el río.
Pero ya era tarde. La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al afilado de una guillotina. Allí estaba ella, Doña Engracia, con un rodillo de amasar en una mano y una mirada que hacía que el pelotón de fusilamiento pareciera un grupo de monjas de la caridad.
—¿Estas son horas? —tronó la mujer—. La sopa lleva dos horas fría y el gato ya se ha comido tu parte, Julián.
—Es que, verás, querida… —empezó Julián, retrocediendo hacia la calle con más miedo que cuando tenía los fusiles a dos metros—. Hubo un malentendido con el Gobierno, un indulto de última hora, un drama burocrático…
—¡Excusas! —rugió Engracia—. Seguro te quedaste bebiendo con el sargento mientras el pobre Dieguito pasaba hambre. ¡Mira qué cara de trauma tiene el niño!
Julián miró a su hijo, suplicándole con los ojos que mantuviera el secreto. Pero Dieguito, con una sonrisa que destilaba una venganza exquisita y gótica, dio un paso al frente.
—Mamá —dijo el niño con voz angelical—, papá le dijo al sargento que mejor me mataran a mí para que él pudiera quedarse con mi caballo y no tener que aguantarte a ti explicándole que llegábamos tarde a cenar.
El silencio que siguió fue más denso que la fosa común que Julián tanto quería evitar. Engracia levantó el rodillo con una lentitud ceremonial, sus ojos inyectados en una furia que trascendía lo mortal.
—¿Ah, sí? —susurró ella—. ¿Con que querías ahorrarte el drama de la cena, Julián? Pues prepárate, porque vas a desear que ese sargento tuviera mejor puntería.
Julián miró hacia la plaza del pueblo, donde los soldados aún recogían sus cosas.
—¡Sargento! —gritó desesperado mientras corría calle abajo perseguido por el rodillo de su esposa—. ¡Vuelva! ¡Me lo he pensado mejor! ¡El niño tiene razón, el entierro doble es una inversión a largo plazo! ¡Sargento, dispare por caridad!
Pero el sargento, a lo lejos, solo levantó una mano en un saludo burlón. Dieguito, sentado en el porche, empezó a comerse un trozo de pan frío, disfrutando del espectáculo de ver a su padre correr más rápido de lo que jamás lo harían las balas.
El sargento Carmona no volvió a ser el mismo. Mientras veía a Julián perderse en el horizonte perseguido por el rodillo de su mujer, algo se rompió dentro de él. Dejó caer su sable sobre el polvo y se sentó en un barril de pólvora vacío, ignorando las miradas confusas de su pelotón.
—Sargento, ¿limpiamos los fusiles? —preguntó un recluta.
—¿Para qué? —respondió Carmona con la mirada perdida—. Si la muerte es un alivio que ese hombre mendigaba y la vida es el castigo que le dio su esposa, nosotros no somos verdugos, muchachos. Somos meros aficionados al lado de esa señora.
Esa misma noche, el sargento redactó su dimisión en una servilleta manchada de vino. No podía seguir en el ejército; el concepto de "autoridad" le parecía un chiste de mal gusto comparado con la dinámica de la familia Pérez. Decidió que si el mundo era un lugar donde un padre regatea el fusilamiento de su hijo para ahorrar en madera de pino, él prefería la soledad absoluta.
Se retiró a una ermita abandonada en lo alto de un risco, pero su destino tomó un giro aún más macabro. La leyenda de su "clemencia" se extendió por la región, y pronto, docenas de maridos desesperados empezaron a peregrinar hasta su cueva. No buscaban perdón, sino consejo.
—Sargento —le imploró un campesino un martes de niebla—, mi mujer dice que si no pinto la fachada antes del domingo, me corta las orejas. ¿Cómo hizo aquel Julián para que usted casi le disparara? ¿Hay que insultar al Rey o basta con robar una gallina?
Carmona, convertido en un gurú del nihilismo, les cobraba una moneda por escucharlos. Su "humor" se volvió tan negro que las flores se marchitaban cuando él reía. Se dice que murió años después, no de viejo, sino de un ataque de risa al enterarse de que Julián había intentado alistarse en el ejército enemigo solo para que lo hicieran prisionero y lo alejaran de su casa.
En su tumba, por orden propia, no pusieron una cruz, sino una pequeña talla en piedra de un rodillo de amasar cruzado con un fusil. El epitafio rezaba:
"Aquí yace Carmona, quien comprendió a tiempo que el plomo duele menos que el matrimonio, y que un indulto puede ser la peor de las condenas."
El testamento del sargento Carmona no era un documento legal al uso. Estaba escrito a lápiz, en el reverso de varios indultos sin usar que había guardado durante años, y lo encontraron atado con un cordel de zapato a un cactus cerca de su cueva.
Testamento y Última Voluntad del Ex-Sargento Ildefonso Carmona (Q.E.P.D. por su salud mental)
Yo, Ildefonso Carmona, en pleno uso de mis facultades mentales (aunque considerablemente mermadas por los sucesos de la Plaza del Pueblo), por la presente revoco cualquier testamento anterior.
PRIMERO: Dejo mi única posesión material (un burro tuerto que responde al nombre de "Pólvora") al niño Dieguito Pérez.
El muchacho demostró tener más inteligencia emocional y sentido común a los doce años que su padre en toda una vida. El burro y él se merecen mutuamente: ambos son testarudos, asustadizos y propensos a la melancolía.
Además, el niño se merece una recompensa por el trauma de tener un padre que lo vendería por un descuento en ataúdes.
SEGUNDO: A Julián Pérez, no le dejo nada.
Motivo: Ya tiene el peor castigo posible: la vida, la conciencia (poca, pero algo queda) y a Doña Engracia. Sería redundante añadir más sufrimiento.
TERCERO: A Doña Engracia, le dejo mis respetos.
Motivo: Su capacidad para infundir terror sin usar la fuerza letal es digna de estudio militar. Su rodillo es más efectivo que un batallón de infantería.
CUARTO: Pido que el dinero que sobre de la venta de mi sable (oxidado) se use para comprar una ronda de vino en la taberna del pueblo y que brinden por la ironía.
Y con esto me despido del circo que es la existencia humana. Testigo: El cuervo que siempre se posa en la piedra.
Firmado: Ildefonso Carmona.
El burro "Pólvora" resultó ser una excelente adquisición para Dieguito. Lo usaba para ir al mercado y, a menudo, para llevarle provisiones a Julián, quien había descubierto que el cobertizo del jardín era un lugar sorprendentemente tranquilo y seguro para vivir, lejos del alcance de Doña Engracia y sus rodillos.
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