Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

jueves, 26 de febrero de 2026

Él tenía que decírselo.

Sentados frente al río, el agua corría oscura y rápida. Javier miraba los remolinos que se formaban bajo el puente. Hacía calor, el tipo de calor que se pega a la camisa y te hace sentir el peso de tu propio cuerpo. Natalia dejó su maletín en el suelo. Era de cuero nuevo, rígido y brillante. Tenía ese olor a oficina y a leyes que aún no se había roto. Ella sonreía con la seguridad de quien acaba de empezar a contar los días importantes. —Mañana será un gran día —dijo ella—. El primer caso real. ¿No es emocionante? —Es un gran día —dijo Javier. Tenía las manos en los bolsillos. Apretaba los puños para que no se viera el ligero temblor. En su bolsillo derecho no había dinero, solo un billete de metro usado y una pelusa de lana. No había ido a ninguna oficina esa mañana, ni la anterior, ni la anterior a esa. Se había sentado en el parque a ver cómo las palomas se peleaban por nada. —Deberíamos celebrar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Has estado muy callado, Javier. Él sintió una presión en el pecho, como si un animal pequeño y asustado estuviera tratando de morderle las costillas. Había voces en su cabeza, pero eran voces educadas que le decían que el mundo se estaba doblando por las esquinas. Quería decirle que no tenía nada. Que su mente era un cristal roto. Quería decirle que la amaba de una forma que no era sana, una forma que dolía como una herida abierta en el agua salada. —Natalia —dijo él. Su voz sonó seca. —¿Sí? —Hay algo sobre el tiempo. Sobre cómo se gasta. Ella ladeó la cabeza, su pelo cayendo sobre el hombro. Era joven y el derecho era una ciencia de orden y lógica. Para ella, los problemas se resolvían con artículos y sentencias. —El tiempo se aprovecha o se pierde, Javier. No es tan complicado. —A veces se pierde aunque no quieras —dijo él. Miró una mancha de aceite que flotaba en el río—. A veces uno se despierta y el lugar donde debería estar ya no existe. Y tú estás ahí, pero eres un fantasma. —Estás cansado —dijo ella con dulzura, tocándole el brazo—. Es el trabajo. A todos nos pasa. Él sintió el contacto de su mano. Era una mano que creía en el futuro. Él quería gritar que no había trabajo, que no había orden, que la amaba desde un pozo del que no podía salir. Quería confesarle que cada mañana mentía al anudarse la corbata antes de salir a caminar hacia ninguna parte. —Quiero decirte... —empezó él. El animal en sus costillas mordió con fuerza. Vio el maletín de ella. Vio su propia sombra, alargada y deforme sobre el cemento. Si hablaba, el puente se caería. Si hablaba, la luz de los ojos de ella se apagaría y él se quedaría solo con sus voces. —¿Qué quieres decirme? —preguntó ella, sonriendo. Javier miró el río una vez más. El agua seguía pasando. Siempre pasaba. —Que el vino de este sitio es bueno —dijo Javier—. Deberíamos pedir otra botella antes de que cierren. —Qué tonto eres —dijo ella riendo—. Me habías asustado. —Sí —dijo Javier—. Solo es el vino. Se levantaron y caminaron hacia la terraza. Ella caminaba con paso firme, marcando el ritmo con sus tacones nuevos. Él la seguía un paso por detrás, manteniendo el equilibrio en un mundo que solo él veía derrumbarse. ¿Te gustaría que probáramos a escribir una El sol caía pesado sobre los bancos de madera del Retiro. Javier observaba a un hombre viejo que daba migas a los pájaros. Las aves se arremolinaban, frenéticas, picoteando el suelo con una violencia mecánica. Javier llevaba el traje gris. El traje era su armadura y también su mentira. Debajo de la tela, el sudor le bajaba por la espalda como un insecto frío. Miró su reloj. Eran las once de la mañana. A esa hora, un hombre debería estar produciendo algo, firmando papeles o discutiendo precios. Él solo estaba allí, ocupando un espacio que no le pertenecía. «No estás loco», se dijo a sí mismo. «Solo estás en otro plano. El mundo es el que ha perdido el ritmo». Pero sabía que no era cierto. Las voces estaban allí, suaves, como el zumbido de un cable de alta tensión. Le decían que Natalia era demasiado brillante, demasiado nueva. Ella era una sentencia firme y él era un expediente perdido en un sótano húmedo. Abrió su maletín. Estaba vacío, salvo por un periódico del día anterior y una manzana que empezaba a oxidarse. Lo cerró con un clic seco. El sonido le recordó al disparo de un rifle en la montaña. Corto y definitivo. «Se lo diré», pensó. «Le diré que mi oficina es este banco. Que mi jefe es ese viejo que alimenta a los pájaros. Que la amo tanto que el aire me falta cuando ella no me mira, pero que me falta más cuando lo hace, porque temo que vea el vacío en mis ojos». Un niño pasó corriendo y Javier se sobresaltó. El mundo vibraba de una forma extraña. Los árboles parecían demasiado verdes, de un verde que hería. Se levantó. Tenía que caminar. Si se quedaba quieto, el suelo se abriría. Tenía que encontrarse con ella y fingir que el derecho era importante, que el dinero era real y que él era un hombre sólido. —Es un buen día para ser valiente —dijo en voz baja. Pero sabía que la valentía era otra cosa. La valentía era para los que tenían algo que ganar. Él solo tenía un secreto que pesaba más que el plomo y un amor que no sabía dónde poner para que no se rompiera. Sacó un peine del bolsillo y se arregló el pelo frente al reflejo de un escaparate. El hombre que le devolvía la mirada parecía un abogado de éxito. Eso era lo más aterrador de todo. La cena terminó como terminan las cosas que no tienen solución: con cortesía. El restaurante estaba lleno de gente que hablaba de inversiones y viajes, y Javier sentía que cada palabra de Natalia era un clavo que cerraba su propia caja. —Te noto en otro lugar, Javier —dijo ella mientras el camarero traía la cuenta. Él miró el plato vacío. —Estoy aquí. Es solo que hoy el aire pesa más. —Es el éxito, da vértigo —ella rió y pagó la cuenta antes de que él pudiera siquiera meter la mano en su bolsillo vacío. Él dejó que lo hiciera. Ese fue el momento en que murió la última parte de su orgullo. Caminaron por la calle fría. Ella hablaba de un bufete en la calle Serrano y de códigos civiles. Él asentía. Quería detenerla bajo una farola y decirle: «Natalia, estoy roto. No tengo donde ir mañana. Escucho ruidos cuando hay silencio y mi única propiedad es este traje que ya no me queda bien». Pero no lo hizo. La besó en la mejilla frente a su portal. Fue un beso casto, el beso de un hombre que ya se ha ido. —Buenas noches, Natalia —dijo él. —Mañana me cuentas qué tal tu reunión —respondió ella con luz en los ojos. Javier caminó hacia la oscuridad de la avenida. No tenía reunión. No tenía mañana. Solo tenía el eco de sus propios pasos sobre el pavimento frío. El pasado de Javier no había sido siempre una sombra. Dos años atrás, era el hombre que todos esperaban que fuera. Trabajaba en la planta catorce de un edificio de cristal y acero. Tenía un escritorio de caoba y una secretaria que le traía el café sin azúcar. El quiebre no fue un estallido, fue una gotera. Empezó con un pequeño error en un informe, una cifra que bailó ante sus ojos. Luego vino el insomnio. Se quedaba mirando el techo, escuchando cómo las paredes del apartamento susurraban sus deudas. Un martes, simplemente no pudo levantarse. El teléfono sonaba y él lo miraba como se mira a una serpiente. —Es fatiga —le dijo el médico. —Es el fin del mundo —pensó Javier. Perdió el empleo un mes después. No luchó. Firmó los papeles con una caligrafía perfecta, casi alegre. Al principio, buscó otro lugar, pero las oficinas le parecían jaulas y las entrevistas, juicios finales. Entonces conoció a Natalia en una librería. Ella era joven, olía a papel nuevo y a esperanza. Javier decidió que, si no podía ser un hombre de éxito, al menos parecería uno para ella. Construyó una catedral de mentiras para proteger el amor, sin entender que las catedrales sin cimientos terminan por aplastar a quienes rezan dentro. ¿Te gustaría que escribiéramos el monólogo Javier llegó a su habitación. Era un cuarto pequeño que olía a humedad y a la lavanda barata que usaba para que su traje no oliera a derrota. No encendió la luz de la calle; dejó que la penumbra entrara por la ventana. Se colocó frente al espejo del armario. La luna bañaba el cristal y le devolvía una silueta que parecía sólida, pero que él sabía que era hueca. —Mírate —susurró. Su voz no era suya, era la voz del hombre que ya no existía—. Llevas la corbata derecha. Tienes los zapatos limpios. Eres un buen soldado en una guerra que ya terminó. Se desabrochó el cuello de la camisa. Sintió que el aire entraba en sus pulmones como si fuera el primer trago de agua después de un desierto. Las voces en las esquinas del cuarto empezaron a murmurar. No decían palabras, solo eran frecuencias, el sonido de una radio mal sintonizada que le recordaba que su mente era un mapa con las fronteras borradas. —Ella cree en ti —dijo al espejo—. Ella cree en el Código Penal y en la justicia. Ella cree que mañana vas a una oficina. Se rió. Fue una risa corta, seca, como el crujido de una rama seca bajo una bota. —La amas porque ella es el orden que tú perdiste. Pero no puedes tocarla sin mancharla de caos. Mañana te pondrás el traje otra vez. Saldrás a las ocho. Te sentarás en el banco del parque. Y esperarás a que el mundo se decida a terminar de romperse. A tres manzanas de allí, Natalia estaba sentada en su cama. Todavía llevaba puesto el vestido de la cena. Tenía un cuaderno de notas sobre las rodillas, pero no estaba escribiendo. Recordó el momento en que Javier miró el río. Había visto algo en sus ojos que no era cansancio. Era una fijeza extraña, la mirada de los hombres que han visto demasiado tiempo el fondo de un pozo. —¿El vino? —se preguntó ella en voz alta. No era el vino. Recordó cómo él no había pedido el menú, cómo había dejado que ella eligiera todo, como si él ya no tuviera voluntad. Y sus manos. Javier siempre tenía las manos en los bolsillos, ocultándolas, como si temiera que sus propios dedos revelaran un secreto que no podía decirse. Abrió su maletín de cuero nuevo. Sacó una tarjeta de visita que Javier le había dado hacía meses, cuando se conocieron. «Javier M., Consultoría Senior». Pasó el dedo por el relieve de las letras. —Hay algo que no encaja —murmuró. Natalia era abogada. Le habían enseñado a buscar la grieta en el testimonio, el detalle que no cuadra con la narrativa. Javier era una narrativa perfecta, pero demasiado estática. No hablaba de sus jefes, no se quejaba de los clientes, no mencionaba el futuro más allá de la próxima copa de vino. Era un hombre que vivía en un presente eterno y angustioso. Sintió un frío repentino. Pensó en llamarlo, pero miró el reloj. Eran las doce. Mañana tenía su primer caso. Tenía que estar despejada. Cerró el maletín, pero por primera vez, el olor a cuero nuevo no le trajo seguridad, sino una extraña sensación de peligro. A las ocho de la mañana, Javier salió de su habitación. No se puso el traje gris. Lo dejó extendido sobre la cama, vacío y plano, como la piel de una serpiente que ya no tiene cuerpo que cubrir. Caminó hacia la estación sin mirar atrás. El aire de la mañana era limpio y cortante. No llevaba maletín, solo sus manos vacías en los bolsillos de una chaqueta vieja que no servía para fingir nada. Las voces en su cabeza habían dejado de gritar; ahora eran solo un susurro constante, como el ruido de los neumáticos sobre el asfalto mojado. En la puerta del bufete, Natalia esperaba. Miraba su reloj de pulsera y ajustaba el cuello de su americana. El sol de la mañana brillaba en los cristales del edificio. Ella buscó entre la multitud el perfil alto y seguro de Javier, el hombre que debía estar allí para decirle que el mundo era un lugar donde las leyes funcionaban. Pero Javier ya no estaba en esa ciudad. Estaba en un tren que se alejaba hacia el norte, mirando por la ventanilla cómo el paisaje se volvía borroso. No sentía tristeza, solo una inmensa y fría ligereza. El secreto ya no pesaba porque ya no había nadie a quien ocultárselo. Natalia entró en el edificio cuando el reloj marcó las nueve. Subió en el ascensor, sintiendo una punzada de duda que intentó enterrar con lógica profesional. Al final del pasillo, el recepcionista le preguntó si esperaba a alguien. —No —dijo ella, y su voz sonó extraña en sus propios oídos—. No espero a nadie. El río seguía corriendo bajo el puente, oscuro y rápido, llevándose las manchas de aceite y los restos de un día que nunca llegó a ser. Javier cerró los ojos contra el cristal del tren y, por primera vez en dos años, dejó de intentar recordar quién se suponía que debía ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario