Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

lunes, 9 de febrero de 2026

Chano mirando al mar.

¿Qué es el recuerdo sino una costra que uno se arranca una y otra vez para comprobar que la herida sigue viva? Me miro las manos y veo las de mi padre, pero mi alma... mi alma es un callejón oscuro donde resuena el eco de mi propia degradación. Ella está ahí, en la habitación de al lado. Puedo oír el móvil con sus estúpidos tutoriales de maquillaje. Mi pareja, mi «salvadora», que ha decidido que el silencio es la mejor forma de no ver el temblor de mis dedos. Pasa de mi adicción como quien ignora una mancha de humedad en la pared; cree que con no mirarla, el moho dejará de devorar los cimientos. Su indiferencia es un látigo de seda. Me deja morir con una amabilidad que me hiela la sangre. Y luego está ella, mi hermana. Mi sangre, convertida ahora en veneno destilado. Ayer la vi por la calle, del brazo de ese... ese monumento a la decrepitud. Un hombre que podría ser nuestro abuelo, un viejo con ojos de usurero y manos que huelen a naftalina y cuentas bancarias. Se han emparejado en una alianza de asco y conveniencia. Me miró, Dios mío, me miró y en sus ojos no había compasión, solo un rencor mineral, antiguo. Recuerdo el día que todo se rompió. Yo estaba en el suelo, en medio de una crisis, mendigando un poco de dignidad o de veneno, ya no lo sabía. Ella se acercó, no para levantarme, sino para escupir sobre mi miseria. "Prefiero encadenarme a un cadáver que seguir oliendo tu putrefacción", me dijo. Y cumplió su palabra. Se entregó a ese viejo solo para alejarse de mi sombra, para demostrarme que prefería la muerte en vida con un extraño que el lazo sagrado con un hermano quebrado. Cada vez que el viejo le toca el hombro en público, ella me lanza esa mirada de triunfo amargo: ha preferido el infierno de la avaricia al infierno de mi debilidad. Y yo, aquí encerrado, solo puedo odiarla con la desesperación de quien sabe que ella tiene razón. El rencor es el único hilo que nos mantiene unidos, una cuerda que nos estrangula a ambos mientras nos miramos a través del abismo. ¿Por qué me miran como si yo fuera el único que se está asfixiando? ¡Todos somos adictos! Solo que ellos han elegido venenos más elegantes, más... socialmente aceptables. Mi hermana se inyecta el orgullo y el desprecio de ese viejo decrépito; ella se alimenta de la seguridad de un hombre que ya es un cadáver antes de tiempo, solo por el placer de decirme: «Mira, yo he triunfado donde tú te has arrastrado». ¡Mentira! Es una mentira que me quema las entrañas. Ella no ama a ese espectro de gabardina y cuentas corrientes. Ella lo usa como un escudo contra mí, como si la respetabilidad se comprara por años de diferencia. Se ha vendido al mejor postor de la moralidad para no tener que reconocer que llevamos la misma sangre maldita, la misma sed de autodestrucción. Y mi pareja... ¡ah, esa es la peor! Su indiferencia es una forma refinada de tortura. Pasa por mi lado, ve el sudor frío en mi frente, oye el crujir de mis dientes cuando el deseo me atenaza, y simplemente... sigue adelante. Como si yo fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración pero que es demasiado pesado para tirar a la calle. Su «paciencia» no es amor, es una sentencia de muerte lenta. Me deja hundirme porque así ella puede mantener su pedestal de santa mártir. Se alimenta de mi caída para sentirse alta. A veces quiero gritarle: «¡Ódiame! ¡Pégame! ¡Haz algo que no sea este silencio sepulcral!». Pero no, ella prefiere el vacío. Prefiere dejar que me consuma como una vela en una habitación sin aire. Recuerdo la risa de mi hermana cuando éramos niños... era cristal. Ahora es el sonido de una pala cavando mi tumba. Se ha aliado con ese viejo para enterrarme en vida. Me odia no por lo que soy, sino por lo que le recuerdo de sí misma. Se abraza a ese anciano buscando un padre que nos falló, o quizás buscando un verdugo que la castigue por haber nacido de la misma raíz que este despojo que soy yo. ¡Dios, si existes, dame un enemigo de verdad y no estos fantasmas que me matan con su falta de mirada! Soy un hombre ridículo, sí, pero mi dolor es lo único real en este teatro de sombras chinas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario