Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

viernes, 27 de febrero de 2026

Elegía del Amigo Ausente.

Ya se durmieron los llantas por la orilla de la pena, y el perdón es una barca que se ha quedado sin velas. No me busques en el aire, ni me busques en la arena, que la amistad se hizo sombra bajo la luna de piedra. ¡Qué amargo sabor a adelfa! ¡Qué soledad de azucena! Cuando el rencor nos habita se nos secan las arterias. Quisiste la paz de pronto, pero la paz es ajena, un pájaro de ceniza que ya no canta en tu puerta. Se acabó el trigo del alma, se rompió la vieja acequia, y aquel abrazo de niños hoy es polvo en la alacena. Descansa, que ya el olvido nos ha borrado las señas; la tragedia fue perdernos, la paz... es que no vuelvas. Bajo la ola de vidrios rotos golpea el tiempo que deshizo, vuelvo a buscar el aroma de aquel huerto compartido. Teníamos manos de agua y un juramento de trigo, pero el rencor es un toro con los pitones de frío. Se nos rompió la palabra en el aire del camino, y se quedaron las voces presas en un laberinto. ¡Ay, qué muros de silencio! ¡Ay, qué puñales de olvido! La sangre de la distancia nos manchó los hombros vivos. Pero ahora que la tarde se viste de verde antiguo, quiero lavar mi cuchillo en la paz de los olivos. Que no me digan traiciones, que no me vendan castigos, que yo solo busco el puente para abrazar al amigo. Que la sombra se haga clara, que se sosiegue el destino, y que el perdón nos encuentre como a dos barcos perdidos. Por la vereda del tiempo, donde el polvo se hace olvido, vengo arrastrando la sombra de los amigos perdidos. Fuimos dos ríos de oro, fuimos un solo latido, pero el orgullo es un zarzal que nos desgarró el vestido. Se nos llenó la garganta de cristales y de ruidos, y el eco de aquel abrazo se nos quedó malherido. Ya no quiero más espadas, ni más vientos divididos, que la noche ya me cansa con su traje de castigos. Quiero la paz de la acequia, el sueño del pan nacido, y que el rencor se deshoje como un jazmín perseguido. Vuelvo con las manos limpias, fuera del lodo y el rito, a buscar en tu mirada lo que el tiempo nos ha escrito. Que se calle la amargura, que se apague el viejo grito, y que la paz nos devuelva el corazón que fue unido. La muerte puso su capa sobre el caballo del río, y en la puerta de la casa se quedó el aire vacío. ¡Qué mala noche de junio, qué amargo el clavel marchito, cuando se rompe la rama de los amigos antiguos! Buscábamos la palabra, pero encontramos el frío; nos perdimos por los montes de un rencor endurecido. Yo traía el perdón de seda, tú, un silencio de cuchillo, y en la mitad del camino se nos murió el tiempo vivo. Ya no sirven los abrazos, ni el llanto de los olivos, que la tierra se ha tragado lo que no nos hemos dicho. ¡Ay, qué soledad de cal! ¡Ay, qué luto de domingo! Las manos que se buscaron ya son solo polvo y rito. Queda la paz de la tumba, el reposo del olvido, y un sabor a sangre amarga por lo que nunca fue unido. Golpea el pecho la aldaba con un sonido de acero, pero nadie abre la puerta en este valle de duelo. Eramos dos robles altos, éramos un solo fuego, mas la envidia puso hachas en las manos del invierno. Se cortaron las raíces, se desangró el sentimiento, y un mar de cal y de sombra se nos metió por el cuerpo. ¡Ay, qué puñal el orgullo! ¡Ay, qué herida sin remedio! La paz que pides no viene, que la devoró el silencio. Ya no hay voz, ya no hay camino, solo el perfil de un recuerdo que yace como un caballo muerto en mitad del desierto. Busca la paz en la tierra, donde descansan los muertos, que entre los vivos la furia ya nos ha dejado ciegos. No busques más al amigo, ni lo llames con el ruego, el adiós que no dijimos quedó fundido en hierro.

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