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Alicia atraída por la madriguera
jueves, 26 de febrero de 2026
Bajo el volcán amenazante.
Sobre la luna gitana,
de un volcán de cobre y frío,
se arrastra en el caballo
por los bordes del abismo.
Lleva el peto de hojalata
y el corazón de granito,
buscando la torre amarga
donde el viento se hace añicos.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué guardias de granizo!
La princesa tiene el alma
de un cristal oscurecido,
y en sus trenzas se desmayan
los lirios del sacrificio.
—¡Vengo a sacarte, señora,
de este cautiverio impío!
—Vete, jinete de sombra,
que mi celda es mi destino.
No quiero el aire del monte,
ni el olor de los tomillos;
prefiero el hierro del muro
al metal de tu cuchillo.
Pero el héroe, sordo y ciego,
la arrastra por el camino.
Ella camina a su lado
con un desdén del jacinto,
solo para ver la puerta
y el campo de los olvidos.
Cuando la luz se hizo sangre
en el horizonte vivo,
la princesa se detiene
junto a un charco de martirio.
—Ya estoy fuera de mis sombras,
ya he cumplido tu capricho.
Vuelve tú por donde viniste,
que yo me quedo conmigo.
Él no mira su tristeza,
ni su rastro de suspiros.
Él solo mira su gloria
en el espejo del río.
Da media vuelta al caballo,
galopando al precipicio,
para contar en los pueblos
que ha vencido al maleficio.
Se queda sola la dama,
entre los juncos y el frío,
mientras el héroe de arena
se pierde en su propio mito.
Bajo los arcos de plomo,
donde el tiempo se hace río,
se encuentran otra vez las sombras
del héroe y su desvarío.
Él levanta su estandarte
de terciopelo y olvido,
mientras ella teje nadas
con un hilo de martirio.
—¡Mirad mi capa de gloria,
mi laurel recién nacido!
—dice el hombre a las estrellas,
borracho de su prestigio—.
He roto los siete sellos,
he saltado los abismos,
para que el mundo me nombre
el señor de los vencidos.
La princesa lo contempla
con un mirar de cuchillo.
No es de carne su figura,
es de cal y de granizo.
Tiene en la mano una piedra
y en la boca un gusto agrio,
viendo cómo el caballero
se adora en su propio rito.
—Tú no me viste la cara
—ella le dice sin brillo—,
tú solo viste en mis rejas
el metal de tu bautismo.
Me sacaste de la noche
para ser solo tu signo,
y me dejas en el campo
con un corazón de vidrio.
Él no escucha la palabra,
solo el trote del destino.
Acomoda su montura,
se ajusta el yelmo sombrío,
y galopa hacia la plaza
del pueblo más escondido,
gritando que la belleza
le debe su propio brillo.
¡Ay, qué soledad de rama!
¡Ay, qué silencio de pino!
Ella vuelve hacia la torre
buscando el hierro perdido,
mientras él vende su farsa
por las tabernas del vino.
Busca la dama su sombra
por el monte del olvido,
con los pies llenos de espinas
y el aliento de granizo.
Ya no quiere la llanura
ni el sol de los adivinos,
que la luz del caballero
le ha dejado el pecho herido.
Sube la escala de piedra,
lenta escala de martirio,
donde los musgos son lenguas
que le cuentan su destino.
Al llegar a la alta torre,
besa el hierro del pestillo;
la cerradura es un ojo
de un metal endurecido.
—¡Oh, santa cárcel de piedra,
mi solo hogar y retiro!
Fuera la gloria es de trapo
y el honor un falso brillo.
El héroe vende mi nombre
en el mercado del vino,
mientras yo muero de frío
bajo un cielo de zafiro.
Se cierra la puerta sorda
con un lamento de siglos.
Ella se sienta en su esquina
a bordar su propio abismo,
mientras el viento le trae
ecos de un cantar fingido:
es el héroe, allá a lo lejos,
contando su propio mito.
¡Ay, qué amarga es la victoria!
¡Ay, qué silencio de lirios!
La princesa tiene muros,
y el hombre, solo un delirio.
Por los caminos de plata,
va el héroe ciego y altivo,
con la mentira en los labios
y el alma de pergamino.
Ya no sabe quién es ella,
ni el color de su suplicio;
solo recuerda la rima
de su triunfo inventado.
En las plazas de los pueblos,
frente al fuego y frente al vino,
vende trozos de una torre
que sus ojos nunca han visto.
La gente aplaude la farsa,
el valor y el sacrificio,
mientras él se va secando
como un árbol sin rocío.
¡Ay, caballero de arena,
prisionero del prestigio!
Crees que has roto las cadenas
y estás atado a tu mito.
Mientras ella tiene el muro,
tú tienes el infinito,
pero no hay cárcel más honda
que el eco de un solo grito.
Se apagan las luminarias,
muere el héroe en su camino,
y en la torre de la dama
solo queda el viento vivo.
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