Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
martes, 3 de febrero de 2026
Romance del bulevar de los sueños rotos.
No, quiero más alcohol,
no quiero fama prestada
sino la mano callosa
que acabó manchada.
Te llamo y no vienes
Te amo y no vienes,
¿quien tiene la culpa?
¿a dónde van los trenes?
¿A dónde van los trenes
frenéticos sin mirar?
se tiran desde...
el precipicio al mar.
Si quieres justicia
córtate el brazo,
la justicia se paga
con fuego y a rajo.
En la esquina asfixiante del olvido,
donde el sueño de plata se deshace,
vi la luz de Madrid: cristal herido,
donde el éxito muere antes que nace.
¿Qué es el cine? Un relámpago que pasa,
una sombra que cruza por la frente;
quería ser el fuego de esta casa
y hoy soy solo la ceniza de la gente.
El mundo fue un guion mal ensayado,
un travelling que acaba en el vacío;
el nombre en las estrellas fue borrado
por el viento de un bar sucio y sombrío.
Mas queda el alcohol, sabiduría amarga,
el licor que en el vaso se estremece,
mientras la noche madrileña se hace larga
y el rostro del fracaso resplandece.
No es dolor, es la lucidez del que ha caído,
un cinismo de oro en la mirada;
al fin, del viejo sueño perseguido,
nos queda la vida... y no queda nada.
Bajo los neones que sangran sobre el asfalto de Callao, los zombis frenéticos adictos al plástico y las pantallas
gozan de su automatismos más sangrantes.
Es Madrid este desierto de brillantes claridades,
donde el sueño se hace carne y la carne, soledades.
Yo busqué mi rostro eterno en la luz de un proyector,
pero el cine es solo un eco, un disfraz del estertor.
¡Qué hermosa es la ruina cuando el alma ya no miente!
Se rompió el cristal del mundo, se secó la vieja fuente;
ya no busco los aplausos ni la gloria del cartel,
que el fracaso tiene un gusto más honesto que la hiel.
Bebe el hombre su derrota como quien bebe un veneno,
en el bar de Malasaña, bajo un cielo de trueno.
La sabiduría es cínica: ver los hilos del guiñol,
mientras arde Madrid centro como un pálido crisol.
No me habléis de los laureles, que la vida es este instante,
un metraje de sombras, un borracho delirante.
Que si el éxito se fue, nos dejó la destrucción:
el alivio de estar rotos... sin ninguna dirección.
Bajo la luz de los faroles que parecen ojos cansados, la redención no llega como un perdón, sino como una aceptación eléctrica. Madrid, al final, siempre te recoge entre sus escombros.
Mas no todo es el vacío, ni es ceniza la mirada,
que en el fondo del naufragio late siempre una alborada.
Si el celuloide se quema y se apaga el reflector,
queda el pulso de la calle, queda un rastro de calor.
Que Madrid no olvida a nadie si sabe perder con gracia,
hay un brillo en la derrota que no tiene la aristocracia;
y al romper todos los sueños, como espejos de cristal,
descubrimos que estar vivos es el triunfo principal.
Ni el alcohol es el martirio exigido para los mármoles, ni el fracaso es una fiesta infinita, cansina,
un sinsentido de diversión para sí misma,
es la tregua del que entiende que la vida es otro martirio anestesiante de luz:
un abrazo en una esquina, un poema sin final,
la belleza de lo roto en este solar paradisíaco.
Brilla el sol por las tejas de los tejados, se disuelve la amargura,
que triunfar fue solo un cuento, y vivir es la aventura.
Ya no busco la pantalla, busco el aire y el camino,
que en el caos de la muerte se halla siempre el buen destino.
Para explorar más sobre este sentimiento de redención urbana, puedes consultar la obra de Octavio Paz en el Instituto Cervantes o redescubrir la leyenda de Madrid en el portal de turismo EsMadrid.
¿Quieres que transformemos este sentimiento en un monólogo dramático para un guion o prefieres explorar otra ciudad con esta misma atmósfera?
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