Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
lunes, 9 de febrero de 2026
Arturo medía su vida en esloras.
Arturo medía su vida en esloras. Desde su cubículo en la planta doce, el Puerto de Barcelona no era más que un tablero de Monopoly donde él nunca tendría ficha.
Mientras sus compañeros apuraban el café para huir a las seis, él se quedaba allí, tecleando informes de siniestros con un celo enfermizo.
Cenaba ensaladas de plástico frente al ventanal, observando cómo las luces de los yates de lujo titilaban sobre el agua negra. "Algún día", se decía, mientras babeaba un poco sobre el teclado antes de quedarse dormido bajo los fluorescentes. Su entrega era absoluta, casi religiosa.
El lunes, Arturo no saludó. Seguía en su silla, con la mirada clavada en el horizonte del muelle, pero con una palidez que ya no era culpa de la mala iluminación. Había muerto en su puesto, tal como vivió: solo y en horas extra.
—Por fin se calla —murmuró un administrativo mientras RRHH llamaba al forense.
En la oficina no hubo lágrimas, solo un suspiro de alivio colectivo. Sus jefes, a los que Arturo bombardeaba con correos serviles a las tres de la mañana, lo recordaron como un "pelota insufrible" que solo buscaba ascender a costa de lamer botas.
Sus compañeros, los mismos a los que delataba por llegar cinco minutos tarde, ni siquiera hicieron una colecta para flores.
Lo sacaron en una bolsa negra. Desde la ventana, el yate más grande del puerto soltó amarras y zarpó, ajeno a que su mayor admirador acababa de ser archivado como un expediente sin cobertura.
Aquí tienes el momento en que la máscara de la oficina se rompe por completo durante el entierro:
El funeral fue un trámite de quince minutos. Sus jefes enviaron una corona de flores con el logo de la empresa bien grande —puro marketing corporativo—, pero no se presentaron.
En la puerta del cementerio, el equipo de siniestros fumaba con ganas, rompiendo el silencio con un veneno que Arturo ya no podía reportar.
—¿Viste que murió con el Excel abierto? —dijo el jefe de sección con una mueca de asco—. Menudo pelota. Me enviaba informes los domingos solo para recordarme que él no tenía vida.
Pensaba que le daría el puesto de director, pero no se lo hubiera dado ni aunque fuera el último hombre en la Tierra.
—A mí me intentó hundir con el tema de los horarios —escupió una compañera, ajustándose las gafas de sol—. Era un mal compañero, un rastrero que disfrutaba pisando a los demás para que el jefe le diera una palmadita en la espalda.
¿Sabéis qué hizo cuando mi hijo estuvo enfermo? Le dijo a RRHH que mi rendimiento bajaba.
Mientras bajaban el ataúd, nadie bajó la cabeza. De hecho, el administrativo más joven sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo.
—Bueno, al menos ahora alguien podrá heredar su ventana. Las vistas a los yates del puerto son lo único que valía la pena de su cubículo.
Se dieron la vuelta antes de que cayera la primera palada de tierra. Arturo se quedó solo, tan invisible en la muerte como lo fue su humanidad en la oficina.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario