Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

jueves, 26 de febrero de 2026

El síndrome de Moisés.

El café estaba tibio y sabía a polvo de estantes viejos. A través de la cristalera de la cafetería, las luces de la biblioteca universitaria empezaban a parpadear contra el cielo color grafito de la tarde. El seguritas que venía de un país en guerra pasaba su última ronda y miraba con desprecio y suspicacia a los noctámbulos que miraban el mar de fondo. —Parecen lápidas —dijo ella, mirando hacia los edificios de la facultad—. Todas esas ventanas iluminadas. —No parecen lápidas —respondió él. Bebió un sorbo de su café—. Solo son edificios. —Vistas desde aquí, con esta luz, parecen lápidas esperando a que alguien las lea. El chico dejó la taza sobre la mesa de plástico. El ruido fue seco, definitivo. "Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo". —Sabes que no tiene por qué ser así —dijo él—. Es un procedimiento sencillo. Solo una firma en el registro de baja. Ni siquiera te pedirán los libros de vuelta hoy mismo. —¿Y después qué? —preguntó ella. Miraba a una estudiante que pasaba cargando una mochila demasiado pesada—. ¿Simplemente salimos de aquí y todo vuelve a ser como antes? —Será como antes. Tú podrás terminar la tesis y yo tendré el puesto en la ciudad. Estaremos bien. Es lo único que nos frena. La chica no respondió. Se dedicó a trazar círculos en la condensación del cristal con la punta del dedo. —No tienes que hacerlo si no quieres —continuó él, acercándose un poco—. Pero sé que es lo mejor. No estamos listos para cargar con todo este peso. Mira a tu alrededor. Nadie aquí está listo. —Lo sé —dijo ella—. Pero una vez que lo dejas, ya no puedes volver a entrar como si nada hubiera pasado. Las puertas se cierran. —Es solo una puerta, Anne. Hay otras bibliotecas. Hay otros libros. —No estos —dijo ella. Se levantó y se ajustó el abrigo—. ¿Podemos dejar de hablar? Por favor, ¿podemos simplemente dejar de hablar un momento? Él se quedó sentado, observando cómo ella caminaba hacia el mostrador para pedir otro café que no se iba a beber. El eco de sus pasos se perdía en el murmullo bajo de la cafetería vacía. —¿Te sientes mejor? —le preguntó él cuando ella regresó. —Me siento perfectamente —dijo ella, sin mirarlo—. No me pasa nada. Solo estoy cansada de leer entre líneas. El aire en la cafetería era denso, cargado con el olor a ozono de las fotocopiadoras y el aroma rancio de los granos de café quemados. Afuera, los pasillos de la biblioteca se extendían como arterias de silencio, interrumpidas solo por el golpe sordo de un libro al cerrarse. —Parecen lomos de libros viejos —dijo ella, mirando hacia las hileras de estanterías que se divisaban tras el cristal—. Blancos y desgastados, como si ya nadie quisiera abrirlos. —Te dije que no tienen por qué ser así —respondió él. No miraba los libros; miraba el reloj de pared que avanzaba con un tic-tac metálico—. Es una decisión lógica. Una firma y la plaza de la beca sigue siendo tuya. No tienes que cargar con la responsabilidad de quedarte aquí otro año. —Es una forma de verlo —dijo ella. Sus dedos jugueteaban con un sobre de azúcar, doblándolo hasta que el papel empezó a ceder—. Pero una vez que firmas, el espacio que ocupábamos desaparece. Es como si arrancaras una página. —No se arranca nada, Anne. Solo se edita. Es un proceso natural. Todo el mundo en esta facultad lo hace en algún momento. Mira a ese profesor de la esquina. ¿Crees que llegó ahí sin dejar cosas atrás? Ella observó al hombre canoso que corregía exámenes con una pluma roja. La luz del flexo le daba un aspecto fantasmal. —Él parece vacío —murmuró ella—. Yo no quiero ser una nota al pie de página. —No lo serás. Serás libre. Podremos viajar, salir de este campus, dejar de oler a papel húmedo. Solo tienes que decir que sí. Es una operación sencilla, administrativa. —¿De verdad es tan sencillo? —Ella levantó la vista y lo miró fijamente. Sus ojos estaban cansados, rodeados por la sombra de noches de estudio que ya no servían para nada. —Lo es si no piensas demasiado en ello. Te lo prometo. Estaré contigo en el despacho del decano. No te soltaré la mano. —¿Y después de la firma? ¿Qué diremos cuando pasemos por delante de esta puerta? —Diremos que tomamos la decisión adulta. Que fuimos prácticos. La chica se levantó. El roce de su silla contra el suelo de linóleo sonó como un grito en la sala silenciosa. Caminó hacia la cristalera y apoyó la frente en el vidrio frío. El campus, sumido en la penumbra de la tarde-noche, parecía un mapa borroso. —Podríamos haberlo intentado —dijo ella, casi para sí misma—. Podríamos haber guardado el ejemplar, aunque estuviera dañado. —No podíamos —dijo él, levantándose también y dejando unas monedas sobre la mesa—. El sistema no funciona así. Vamos, están a punto de cerrar la sección de archivos. —Lo sé —dijo ella, dándose la vuelta con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Todo está cerrando. Caminaron juntos hacia la salida, pasando entre las mesas llenas de estudiantes que no levantaron la vista de sus apuntes. Al salir, el aire frío de la noche los golpeó, y el silencio de la biblioteca quedó sellado tras las pesadas puertas de roble. —¿Estás bien? —preguntó él mientras buscaba las llaves del coche. —Estoy perfectamente —dijo ella, ajustándose la bufanda—. Solo es que la luz aquí dentro siempre es demasiado blanca. ¿Aquello era una ruptura o una renuncia vital como un trámite académico en el entorno opresivo y melancólico de la biblioteca universitaria al anochecer? El pasillo de la tercera planta era un túnel de sombras y lomos de cuero que absorbían cualquier sonido. El vigilante pasó al fondo, una silueta oscura que arrastraba los pies, y el eco de sus pasos fue lo único que llenó el vacío entre ellos. —Aquí no se puede respirar —dijo ella. Se detuvo frente a la sección de Historia Antigua—. Huele a cosas que se han quedado detenidas. —Es el mejor sitio para pensar —respondió él. Se apoyó en una estantería, desplazando sin querer un tomo sobre la caída de los imperios—. Sin distracciones. Sin gente que pregunte. —Pero el silencio también pregunta, Tom. Pregunta qué vamos a hacer con ese espacio vacío que va a quedar en el estante. Él suspiró y miró hacia la claraboya, donde la luna empezaba a filtrarse como una mancha de leche sobre el mármol. —No va a quedar ningún vacío. Simplemente no se rellenará. Es como un libro que nunca se llega a imprimir. No puedes echar de menos lo que no ha pasado del borrador. —Yo sí puedo —dijo ella, pasando la mano por la madera fría—. Siento el peso de las páginas que no vamos a escribir. Siento el título, el lomo, hasta el tacto del papel. —Escúchame —él dio un paso hacia ella, bajando aún más la voz hasta convertirla en un roce—. Si seguimos adelante con esto, con el registro, con todo... ambos sabemos que la beca no llegará, que el viaje se cancelará y que este lugar se convertirá en nuestra celda. Solo es un trámite. Un pequeño tachón en el expediente para que todo lo demás sea posible. —Un tachón —repitió ella. Miró sus propias manos, blancas bajo la luz fluorescente—. Como si se pudiera borrar algo sin dejar una marca en la hoja. —La marca se olvida. El papel se alisa. —Tú nunca has intentado borrar algo escrito con tinta de verdad —dijo ella con una suavidad que cortaba más que un grito—. Siempre queda un surco. Siempre queda la sombra de lo que hubo debajo. Abajo, en la cafetería, la máquina de café soltó un último soplido de vapor. El mostrador ya estaba limpio y la mujer de la limpieza movía las sillas con un estrépito metálico que llegaba hasta ellos como una advertencia. —Ya es la hora —dijo él, mirando su reloj—. El despacho sigue abierto diez minutos más. Solo tenemos que bajar y entregar el formulario. —¿Y si me quedo aquí? —preguntó ella, mirando hacia la profundidad de los archivos—. ¿Y si me pierdo entre las estanterías hasta que apaguen todas las luces? —Entonces mañana despertarás y el problema seguirá aquí. Y será más difícil. Ella asintió lentamente. Se separó de la estantería y empezó a caminar hacia la escalera de caracol, sus pasos resonando como latidos contra el metal. —¿Estás segura? —le preguntó él mientras bajaban, su mano rozando brevemente su espalda. —No estoy segura de nada —dijo ella, deteniéndose en el rellano antes de entrar en la luz cegadora del vestíbulo—. Pero me siento muy ligera. Tan ligera que me asusta salir a la calle y que el viento me lleve. —No te llevará —dijo él—. Estaremos bien. Salieron a la noche fría y ella no volvió la vista atrás hacia las ventanas iluminadas de la biblioteca, que ahora, desde la acera, parecían ojos cerrados que ya no querían ver nada más. Caminaron por la acera de hormigón hacia el coche. La luz de las farolas era de un amarillo enfermo que hacía que la piel de Anne pareciera de papel. Él abrió la puerta del copiloto y esperó a que ella se sentara. —Ya está hecho —dijo él una vez que arrancó el motor. El sonido del coche era lo único que rompía el silencio de la calle universitaria—. ¿Ves? No ha pasado nada. Seguimos siendo nosotros. Ella miró por la ventanilla. Los edificios de la facultad se hacían pequeños en el retrovisor, como cajas cerradas que guardan secretos que nadie va a reclamar. —Sí —dijo ella, apoyando la cabeza en el cristal frío—. Seguimos siendo nosotros. —¿Te duele algo? —No me duele nada —respondió ella. Sacó de su bolsillo el pequeño resguardo del registro, lo dobló en cuatro partes perfectas y lo dejó en el cenicero del coche—. Me siento muy limpia. Como una página en blanco que alguien ha decidido no usar. Él aceleró al llegar al semáforo en verde. La biblioteca quedó atrás, una mancha oscura bajo el cielo de grafito, y ninguno de los dos volvió a mencionar el libro que acababan de cerrar para siempre. —Estamos bien, ¿verdad? —preguntó él, sin apartar la vista de la carretera. —Estamos perfectamente —dijo ella. Y el coche siguió avanzando, alejándose de las luces, hacia un lugar donde ya no quedaban más preguntas que hacer. El coche avanzaba con un zumbido monótono que a ella le recordaba al extractor de la cafetería. Anne tenía las manos apretadas en el regazo, los nudillos tan blancos como el papel de las fichas bibliográficas que habían dejado atrás. —Podrías decir algo —dijo él. No la miraba. Mantenía las manos firmes sobre el volante, como si estuviera conduciendo a través de una tormenta que solo él podía ver. —No hay palabras para esto —respondió ella. Su voz era un hilo fino, seco, que parecía romperse con el roce del aire—. En la biblioteca hay millones de palabras y ninguna sirve para lo que siento ahora mismo. —Mañana te sentirás mejor. Mañana el mundo volverá a ser un lugar lógico. Ella cerró los ojos. Al hacerlo, no vio oscuridad, sino el brillo clínico de las luces del vestíbulo y el sonido del sello de goma golpeando el papel: clac, clac. Un sonido definitivo. Sintió una punzada sorda en el bajo vientre, un tirón frío que no tenía nada que ver con el hambre ni con el cansancio. —Siento como si me hubieran vaciado los estantes —murmuró. Se encogió en el asiento, abrazándose a sí misma como si intentara evitar que algo más se le escapara—. Como si alguien hubiera entrado en mi sección privada y hubiera hecho una hoguera con todo lo que aún no estaba escrito. —Anne, por favor. No lo hagas más difícil. Él detuvo el coche frente al apartamento. El motor siguió encendido, vibrando bajo sus pies como un animal impaciente. Ella no se movió. Tenía la mirada fija en la guantera, imaginando el peso del formulario que descansaba allí, esa pequeña hoja de papel que pesaba más que toda la enciclopedia del mundo. —¿Estás bien? —preguntó él, y esta vez su voz flaqueó un poco. Extendió una mano para tocarle el hombro, pero ella se apartó con un movimiento brusco, casi instintivo. —Estoy perfectamente —dijo ella, y se le escapó un sollozo que ahogó inmediatamente contra la palma de su mano. Se limpió la cara con un gesto rápido y violento—. Estoy tan perfectamente que me sorprende que el corazón me siga latiendo igual de rápido. Abrió la puerta del coche. El aire exterior era gélido y olía a lluvia próxima. Se quedó un momento de pie, apoyada en el marco de la puerta, mirando hacia el cielo vacío. —¿Vienes? —preguntó él desde el interior del coche, envuelto en la seguridad de la calefacción. —Sube tú —dijo ella sin mirarlo—. Yo voy a quedarme aquí un momento. Quiero ver si el mundo sigue siendo el mismo cuando se apagan todas las luces. Cerró la puerta con suavidad, un clic casi inaudible, y se quedó sola en la acera, sintiendo cómo el frío de la noche empezaba a ocupar, centímetro a centímetro, el lugar donde antes había habido una posibilidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario