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Alicia atraída por la madriguera
jueves, 5 de febrero de 2026
El amor que te llega y te conviene.
Yo que tantos hombres fui
fui el hombre en cuyos brazos
desfallecía la otra por fin.
Si busqué a Matilde Urbach
si me bloqueó o fui feliz
viendo el oasis me matará
no me mató de lo que morí.
Por la arena del olvido,
bajo un sol que no perdona,
el pie quemado ve al cielo
y tu recuerdo te cuestiona.
No es la línea la que manda,
ni lo recto es lo que importa,
que la sed dicta la ruta
y la ausencia se hace corta.
Buscabas aquel incendio,
ese amor de llama loca,
que te hería con el frío
y te amargaba la boca.
Pero el paso te detiene
donde el agua es mansa y pura;
el gas termina el engaño,
se suaviza la amargura.
Aquel sueño inalcanzable,
de noche angustia sombría,
lo remata ya la tarde
y lo dispersa la brisa.
Si te mueres con el puerto,
con el bien que te conviene,
con la paz que da el refugio
y el abrazo que te sostiene.
Hay un eco de otra vida,
un extrañamiento leve,
como sombra de una nube
que en el alma apenas llueve.
Es sosiego lo que sientes,
el reposo del guerrero,
aunque guardes el secreto
de aquel fuego prisionero.
Por supuesto fui feliz
el náufrago nadando
y muere en la orilla
de quedar pataleando.
Por la arena que devora,
bajo un cielo que es de hierro,
no caminas por la línea,
vas buscando tu destierro.
No es la ruta del cartógrafo
la que guía tu pisada,
es el hambre de los pozos
en la tierra calcinada.
Te asaltan las caravanas,
ladronas de la alegría,
que en lugar de dar consuelo
te roban la luz del día.
Y en la grieta del engaño,
donde el miedo te amordaza,
brota el brillo del escorpión
que entre las piedras atenaza.
Él no es muerte, es el maestro,
veneno que te despierta:
donde hay saña y aguijón
hay una vida muy cerca.
Aquel amor de los picos,
imposible y carnicero,
era un sol que te cegaba
en un mundo de cenicero.
Hoy te quedas con el valle,
con el bien que te acomoda,
una paz que sabe a tregua
mientras el alma se poda.
Es un orden de cemento,
un refugio sin espanto,
aunque sientas en el pecho
un extraño y sordo llanto.
Es el peso de la calma,
un metal que no conoces,
mientras mueren en tu espalda
aquellas antiguas voces.
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