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Alicia atraída por la madriguera
jueves, 26 de febrero de 2026
El hombre que creía demasiado.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
Esta es la crónica de un alma en pausa, una sombra que aprendió a proyectarse. El drama de un hombre quieto con un grave secreto.
Durante años, Elías habitó un presente de cemento. No era tristeza activa, sino una inercia espesa que convertía los días en réplicas exactas de sí mismos. Vivía en un apartamento que parecía una sala de espera: muebles funcionales, paredes desnudas y un silencio solo interrumpido por el zumbido de una nevera casi vacía.
Su existencia carecía de vectores. Se levantaba no por propósito, sino por biología. Trabajaba en una oficina de datos donde era el empleado invisible, aquel cuya ausencia nadie notaría hasta que el software fallara. Según la psicología de la anhedonia, Elías experimentaba esa incapacidad de sentir placer o interés por nada, un limbo emocional donde el dolor no era agudo, sino sordo y constante.
El sufrimiento de Elías radicaba en la falta de fricción. Nada le importaba lo suficiente como para herirlo, y esa seguridad era su mayor tortura. Sin embargo, una noche de lluvia eléctrica, un pequeño evento caótico rompió su estasis. Un cachorro, empapado y tembloroso, se había refugiado en el hueco de su portal.
Al principio, Elías intentó ignorarlo. La responsabilidad era una forma de meta, y él no quería destinos. Pero el llanto del animal resonaba en la caja de resonancia que era su soledad. Lo subió a casa "solo por una noche".
Esa noche no durmió. El perro, debilitado por la desnutrición, necesitaba cuidados constantes. Por primera vez en una década, Elías tuvo una urgencia que no era suya. Consultó guías en la Plataforma de Salud Animal para entender cómo rehidratar al animal.
De repente, el tiempo se transformó. Las horas ya no eran bloques de plomo, sino oportunidades para administrar una medicina o limpiar una herida. Elías descubrió que el sufrimiento cesa cuando se convierte en servicio.
Lo que empezó como un rescate accidental se transformó en una meta de vida: Elías decidió convertir su espacio en un refugio temporal para animales en situaciones críticas. Aquel hombre que no tenía razones para levantarse, ahora tenía agendas, contactos con clínicas veterinarias y una comunidad en redes de voluntariado.
Su meta no era la fama ni el dinero; era la supervivencia de un ser ajeno. En ese acto de mirar hacia afuera, Elías finalmente se encontró a sí mismo. Ya no era un espectador de su propia vida, sino el arquitecto de una esperanza pequeña pero tangible.
Para entender la metamorfosis de Elías, hay que diseccionar cómo el dolor pasó de ser un lastre a ser un combustible.
El primer cambio emocional no fue la alegría, sino un miedo punzante. Al adoptar una meta (la supervivencia del cachorro), Elías rompió su blindaje. La psicología existencial sugiere que la falta de metas es un mecanismo de defensa: si nada te importa, nada te puede herir. Al empezar a cuidar de otro, Elías experimentó el terror de la pérdida. Ese miedo fue su primera señal de vida; por fin había algo en el mundo que valía el riesgo de sufrir.
Elías pasó de definirse por lo que no hacía (no salía, no hablaba, no ambicionaba) a definirse por su función. En su mente, dejó de ser "el hombre del apartamento 4B" para convertirse en "el protector". Este cambio de narrativa interna es lo que la Terapia de Aceptación y Compromiso define como actuar en dirección a los valores propios, lo cual reduce drásticamente el sufrimiento neurótico.
El dolor no desapareció, pero cambió de naturaleza. Ya no era el dolor vacío de un domingo por la tarde sin nada que hacer; ahora era el cansancio físico tras una noche de cuidados veterinarios. Viktor Frankl, en su obra sobre la logoterapia, explica que el ser humano es capaz de soportar cualquier "cómo" si tiene un "porqué". Elías descubrió que el sacrificio por una meta le otorgaba una dignidad que la comodidad del aislamiento le había robado.
Al final, su soledad no se llenó de gente, sino de presencia. Se volvió una persona presente en su propia piel, habitando cada segundo con la intensidad que solo da el tener una misión que cumplir.
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