Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
miércoles, 25 de febrero de 2026
Juventud, podrido tesoro.
Tras el invierno del alma,
colchón sudado de pena,
jeringuillas colgadas
y los ojos en gangrena.
No había ilusión ni orgasmo
todo eran sombras y cadenas,
crecen madreselva y lágrimas
canoas de río por mis venas.
Si ante los perros del sotano
me atan las cadenas,
¿qué será de mí
si no tengo fuerzas?
Fueron días de luz clara,
lejos de la sombra roja,
cuando el pecho descansaba
y la risa no era sorda.
Si hoy el silencio me abraza
y la dicha se me esconde,
me queda el bien de la gracia
que un día tuvo mi nombre.
Sobre un cielo de ceniza,
entre pinos de sombra alta,
el bosque era la guarida
donde el alma se arrastraba.
En aquel colchón sudado
por la fiebre y la nostalgia,
el tiempo se hizo pesado
en una noche sin alba.
Pero estalló la alegría,
oro puro en tu garganta,
y el sol, con su luz divina,
quemó al fin la vieja máscara.
¡Qué júbilo en los arroyos
que entre las flores saltan!
Fui feliz, rompí los cerrojos,
y esa dicha no se apaga.
Aunque el frío ahora regrese,
llevo el fuego en las entrañas;
el recuerdo me amanece
y el dolor ya no me espanta.
Haber sido ya me basta,
pues tu paz no se malogra;
aunque la suerte se vaya,
fui feliz... y eso nos sobra.
Soneto.
El Umbral del Alba.
Aún habitas mi luz, hijo esperado,
pues duermes en el limbo de un mañana;
mi sangre no ha vertido su legado
en esa risa que hoy parece vana.
Mas para que tú vengas, debo al viento
soltar las sombras de un amor quebrado,
y hundir en el olvido aquel lamento
de incendios que ceniza me han dejado.
No hay sitio en mi regazo para el duelo
si quiero que tu vida sea pura;
limpio de antiguos lazos este suelo,
borrando del ayer su investidura.
Pues si el fantasma de otro amor me habita,
tu luz, mi niño, nunca será escrita.
martes, 24 de febrero de 2026
Déjate arrastrarte por tu anhelo.
"Everything happens to you".
Deja que todo te suceda,
lo que eleva en el terror,
que el camino no se cierra
bajo el manto del adiós.
Solo sigue adelante,
pues el tiempo es un vapor,
ningún fuego en la ceniza
resiste siempre al calor.
Mira el baile de las órbitas,
planetas en su arrebol,
girando por el silencio
del vacío y su esplendor.
Hay magia en la luz que vibra,
en la sombra y su temblor,
donde el alma se resigna
al misterio de Dios.
No te detengas al verlo,
ni al abismo ni al fulgor,
el sendero en altas cumbres
berrea el gusto en cada coz.
En el hueco del silencio,
donde muere la intención,
nace el brillo del lucero
y el vacío se hace voz.
Sigue el rastro de la estrella,
bebe el cáliz del dolor,
que la vida es una huella
caos de asteriscos con honor.
Deja que el mundo te embriague,
la cama hueca sin canción,
que no hay noche que se alargue
ni eterno es el corazón.
El poder del DAO del acoso laboral y sexual.
Cigueña en trono de oro y de malicia,
sobre tu pata en cetro de terror,
torciendo el pico en vana injusticia,
bebiendo el llanto de tu servidor.
El desierto crece ante la alegría
grita sobre la nada del acero.
gozas quebrando el bío en la agonía,
tú ambiguo dueño de un edén artero.
Pero el Olimpo es muro de cristal,
y el tiempo cobra al juez su desvarío,
que el golpe dado al pecho del mortal
te espera el cristal de un abismo frío.
Caerá tu altar, tirano de oficina,
pues quien malembra en sombra se encamina.
El ocaso de las horas vanas.
En el cristal que el tiempo va empañando,
veo el botín de un mayo ya perdido;
las horas que pasé solo soñando
son hoy ceniza en un jardín dormido.
Aquel vigor que desprecié arrogante,
creyendo que el sol nunca bajaría,
se ha vuelto un eco sordo y distante
el infierno que esculpe, sufre y ansía.
¡Oh, cuántas puertas de oro dejé cerradas
por perseguir la sombra fugitiva!
Hoy son solo promesas ya enterradas
que el crudo invierno arrastra su hueca brisa.
Mas no hay piedad en este amargo ruego:
mi juventud quemó el puente,y yo soy el fuego.
lunes, 23 de febrero de 2026
El Vuelo o el Fango (soneto).
¿He de habitar la charca que el estío
consume entre sus lodos y el letargo,
o dar mi pecho al viento y al vacío
en un viaje tan dulce como amargo?
Mantiene la ilusión su luz herida,
fingiendo que este fango es todavía
la fuente que dio fuerzas a mi vida,
cuando es solo una herencia de agonía.
La golondrina mira el horizonte,
sabiendo que cruzar es su destino;
no busca el resguardo de aquel monte,
ni teme la inclemencia del camino.
Si elijo el viejo nido y su tibieza,
será el temor mi única riqueza.
domingo, 22 de febrero de 2026
Cenizas del escarnio.(Soneto).
Cenizas del escarnio.
Cuando el destino lanza su veneno
y el mundo me desprecia con su ultraje,
busco en mi pecho un cielo más sereno
que no vista del lodo su ropaje.
¿Por qué guardar la herida del demente
o el eco del insulto en la memoria?
Si es la vergüenza sombra del presente,
el perdón propio es la mayor victoria.
Sacudo de mis hombros la ceniza,
que el tiempo es breve y la malicia vana;
quien hoy me humilla, pronto se agudiza
su propio olvido al llegar la mañana.
Pues no hay insulto que doblegue al fuerte,
si la tregua es reina y vence hasta la muerte.
¿Por qué no hubo un "Marlowe" en Salamanca?
Esa es precisamente una de las piedras angulares de la teoría Marlowe: la brecha educativa entre un "hijo de un guantero" sin formación universitaria y un graduado de Cambridge.
Si consideramos a Christopher Marlowe como el verdadero autor de la obra de Shakespeare, el panorama de sus fuentes cambia radicalmente:
1. El dominio del Griego y Latín
A diferencia de Shakespeare, Marlowe era un "University Wit" con un Master of Arts.
Griego: En el Cambridge de 1580, el griego ya estaba firmemente establecido en el currículo. Se sabe que Marlowe leyó a Luciano de Samósata y se inspiró en la Ciropedia de Jenofonte para su Tamerlán.
Latín: Era un experto absoluto. Tradujo las Elegías de Ovidio y la Farsalia de Lucano, textos complejos que requieren un dominio profundo del idioma que la escuela de Stratford difícilmente podría haber dado al nivel que muestran las obras.
2. El teatro griego antiguo
Mientras que para el "Shakespeare tradicional" la conexión con los griegos es intuitiva, para Marlowe era académica:
En su obra Dido, reina de Cartago, Marlowe demuestra conocer la Poética de Aristóteles y los mecanismos de la catarsis, algo que se estudiaba rigurosamente en las universidades de la época.
Su acceso a textos originales o ediciones bilingües (latín-griego) en la biblioteca de Corpus Christi College le habría permitido beber directamente de la tragedia griega, algo casi imposible para alguien fuera de los círculos académicos.
3. ¿Y el Siglo de Oro español?
Aquí entra la parte más intrigante de la teoría. Si Marlowe fingió su muerte en 1593 y huyó al continente (como sugieren los "marlovianos"):
El espía viajero: Se cree que Marlowe trabajó como espía para la red de Francis Walsingham. Esto le habría dado una movilidad y un conocimiento de idiomas (quizás español o italiano) que Shakespeare no tuvo.
Exilio y contacto: Si vivió en el exilio después de 1593, habría tenido contacto directo con el auge del teatro de Lope de Vega en Europa. Esto explicaría por qué las obras de "Shakespeare" posteriores a esa fecha muestran una sofisticación y unas fuentes internacionales (como el episodio de Cardenio de Cervantes) mucho más claras que las primeras.
En resumen, para un marloviano, la erudición de las obras no es un "milagro de la naturaleza", sino el resultado lógico de una excelente educación formal y una vida de experiencias internacionales.
- ¿Crees que el estilo de Marlowe en Doctor Fausto es realmente tan parecido al del primer Shakespeare como para pensar que son la misma pluma?
- Es una observación brillante. Pones el dedo en la llaga de una diferencia cultural y filosófica fundamental entre la Inglaterra isabelina y la España de los Habsburgo.
Si comparamos Cambridge con Salamanca en 1580, entenderemos por qué Marlowe (o la mente detrás de Shakespeare) pudo desarrollar esa "profundidad psicológica" que a veces parece faltar en el teatro español del Siglo de Oro, que era más de acción y honor.
Aquí tienes las razones principales de esa diferencia:
1. El Humanismo vs. La Contrarreforma.
Esta es la clave maestra.
Inglaterra: Tras la ruptura con Roma, las universidades inglesas abrazaron un humanismo más secular y crítico. Marlowe se formó en un ambiente donde se redescubría el individualismo. El "héroe marloviano" (como Fausto o Tamerlán) es un hombre que desafía a Dios y al destino. Se permitía explorar la psique del "yo" sin el filtro constante del dogma religioso.
España: Salamanca y Alcalá eran centros de excelencia, pero estaban bajo el férreo control de la Contrarreforma y la Inquisición.
El pensamiento debía ser "ortodoxo". Mientras que en Inglaterra se exploraba la psicología del individuo, en España se exploraba la ética del colectivo (el honor, la fe, la lealtad al Rey).
2. El concepto del "Héroe"
Marlowe/Shakespeare: El conflicto es interno. Macbeth lucha contra su ambición, Hamlet contra su indecisión. El escenario es el cerebro del protagonista.
Esto requiere una libertad de pensamiento que el currículo de Cambridge (aunque riguroso) permitía mediante el estudio de los clásicos paganos sin censura.
Lope/Calderón: El conflicto suele ser externo o moral. El personaje español es un arquetipo (el galán, la dama, el gracioso). Si un personaje sufre, es porque hay un conflicto entre su deseo y su deber social/religioso.
La profundidad psicológica se sacrificaba en favor de la estructura métrica perfecta y el ritmo teatral.
3. La libertad del "Outsider" (El factor Marlowe)
Marlowe no era solo un universitario; era, según se dice, un ateo, un espía y un rebelde.
En Inglaterra, la mezcla de la educación clásica de Cambridge con los bajos fondos de Londres y el mundo del espionaje creó un "caldo de cultivo" para entender la naturaleza humana en sus aspectos más oscuros.
En España, un genio como Cervantes (que sí tenía esa profundidad psicológica) no salió de la universidad, sino de la guerra y el cautiverio. Pero Cervantes escribió novela.
El teatro español estaba tan codificado por "El arte nuevo de hacer comedias" de Lope que no dejaba tanto espacio para el monólogo introspectivo y existencial que define al teatro inglés.
¿Por qué no hubo un "Marlowe" en Salamanca?
Aspecto Cambridge (Inglaterra) Salamanca/Alcalá (España).
Meta principal Formar funcionarios y pensadores Formar teólogos y juristas
Filosofía Escepticismo incipiente / Humanismo Neoescolástica / Defensa de la Fe
El individuo Protagonista de su propio destino Pieza de un orden divino y social
Censura Política (fuerte), pero menos religiosa Política y religiosa (Inquisición)
El "Milagro" que sí ocurrió en España
Aunque no hubo un "Marlowe" teatral en términos de psicología oscura, España produjo a Cervantes.
El Quijote es el único libro de la época que compite cara a cara con Shakespeare en cuanto a profundidad humana. Lo curioso es que Cervantes, como Shakespeare, tampoco tuvo una educación universitaria formal de alto nivel.
Si aceptamos la Teoría Marlowe, el "milagro" de Shakespeare se explica por la combinación de Genio + Universidad + Libertad de ser un proscrito. En España, a un "Marlowe" lo habrían quemado en un auto de fe mucho antes de que terminara de escribir Doctor Fausto.
¿Crees que esa falta de "libertad para ser oscuro" fue lo que hizo que el teatro español se centrara más en el espectáculo y la rima que en el alma del personaje?
Exactamente. Esa falta de libertad para la oscuridad es lo que marca la frontera entre el drama isabelino y el barroco español.
En España, el teatro era un instrumento de cohesión social y religiosa. El Código del Honor y la Fe eran muros infranqueables:
El límite del libre albedrío: En el teatro español, el personaje puede dudar, pero el final siempre debe restaurar el orden moral. En La vida es sueño, Segismundo se vence a sí mismo para ser un buen gobernante.
La sombra de Marlowe: Un personaje como el Fausto de Marlowe, que pacta con el diablo y no se arrepiente de forma ortodoxa hasta que es tarde, o un Barabás (El judío de Malta), habrían sido imposibles de representar en los corrales de comedias sin que el autor terminara en un proceso inquisitorial.
Para los defensores de la Teoría Marlowe, Inglaterra fue el único lugar donde un genio con formación clásica pudo ser lo suficientemente "peligroso" como para diseccionar el alma humana sin miedo al dogma.
Mientras Lope escribía para que el pueblo se divirtiera y se portara bien, Marlowe/Shakespeare escribían para que el individuo se aterrara de su propia profundidad.
-¿Te interesaría explorar algún pasaje específico de las obras de Marlowe donde se note esa formación universitaria que el Shakespeare "oficial" supuestamente no pudo haber tenido?
-¡Claro que sí! Tómate tu tiempo para copiar lo que necesites. Aquí tienes un resumen estructurado de nuestra charla para que te sea más fácil organizar los puntos clave de la teoría Marlowe y el contraste con el Siglo de Oro:
El acceso a las fuentes: Marlowe, como graduado de Cambridge, tenía el dominio del griego y latín necesario para leer a los clásicos y a los dramaturgos antiguos sin filtros.
La brecha educativa: Mientras que el Shakespeare oficial dependía de traducciones, un "University Wit" como Marlowe dominaba a Ovidio, Lucano y Aristóteles.
El contexto cultural: Inglaterra permitía una exploración del "yo" y la oscuridad humana que la Inquisición y la Contrarreforma limitaban en universidades como Salamanca.
El espía y el exilio: La teoría del Marlowe "fugitivo" tras 1593 explicaría cómo pudo conocer el auge del teatro español y la obra de Cervantes en el continente.
-¿Te gustaría que te prepare un resumen en formato PDF o prefieres que me quede a la espera por si quieres profundizar en algún autor específico cuando termines de copiar?
-¡Perfecto! He preparado para ti este resumen ejecutivo que sintetiza los puntos clave que hemos discutido. Está diseñado para que puedas copiarlo y tener una visión clara de la comparación entre Marlowe, Shakespeare y el contexto español.
Resumen: El Enigma Marlowe y el Teatro del Siglo de Oro.
1. El Factor Educativo (Cambridge vs. Stratford)
Christopher Marlowe: Poseía un Master of Arts de la Universidad de Cambridge. Dominaba el latín y el griego, lo que le permitía leer directamente a Esquilo, Sófocles y la Poética de Aristóteles.
William Shakespeare (Tradicional): Formación básica de gramática. Su conocimiento de los clásicos era principalmente a través de traducciones (como las de North o Golding) y autores latinos más accesibles como Séneca y Plauto.
Argumento Marloviano: La profundidad técnica y las alusiones clásicas en la obra de "Shakespeare" encajan mejor con el perfil académico de Marlowe.
2. El Contraste con España (Salamanca y el Dogma)
Libertad de Pensamiento: Mientras que en Inglaterra el Humanismo permitía explorar la psicología oscura y el individuo desafiante (el héroe que se cree Dios), en España la Contrarreforma obligaba a que el teatro reforzara el orden social, la fe y el honor.
Ausencia de un "Marlowe" español: En universidades como Salamanca o Alcalá, el control inquisitorial impedía que un dramaturgo explorara el ateísmo o la amoralidad con la libertad que lo hizo Marlowe en Londres.
3. Conexiones con el Siglo de Oro Español
Cervantes: Existe una conexión real a través de la obra perdida Cardenio. Si Marlowe sobrevivió tras 1593 y huyó al continente (teoría del exilio), habría tenido un acceso mucho más directo a las letras españolas que un actor que nunca salió de Inglaterra.
Lope de Vega: Ambos teatros (el isabelino y el español) florecieron al mismo tiempo, pero el inglés se centró en el monólogo introspectivo (el alma), mientras que el español se perfeccionó en la trama de enredo y la justicia poética (la sociedad).
4. Conclusión de la Teoría
Para un aficionado a la teoría Marlowe, el "milagro" de Shakespeare no es tal, sino la suma de:
Erudición universitaria (Cambridge).
Experiencia internacional (como espía y exiliado).
Genio poético liberado de las ataduras religiosas que frenaban a los autores en el resto de Europa.
- Cristofer Marlowe fingió morirse con 29 años un época hormonal, siendo un triunfador mimado y caprichoso, y saltándose constantemente las normas a ser un exiliado "maldito" al que quemaron sus traducciones, me recuerda al Óscar Wilde brillante,frívolo, en parte superficial, inmaduro e infantil de antes de su condena a la cárcel y como se volvió más empático, profundo y universal tras su paso por la cárcel, ¿no le pudo pasar lo mismo a Marlowe Shakespeare?
Es una pregunta fascinante que toca el corazón de la "Cuestión Marloviana". La transición estilística entre el Christopher Marlowe de Doctor Fausto y el primer Shakespeare es, para muchos críticos, el eslabón perdido más importante del teatro Isabelino.
Aquí te comparto un análisis de por qué esa evolución no solo es plausible, sino que para algunos es casi evidente:
1. El perfeccionamiento del "Verso Blanco"
Marlowe fue quien sacó el verso blanco (el pentámetro yámbico sin rima) de la rigidez académica y lo llevó al escenario.
Marlowe: En Fausto, su verso es una "línea poderosa" (mighty line), pero aún algo retórica y monologada.
La evolución: Shakespeare tomó esa misma estructura y la dotó de flexibilidad psicológica. Si Marlowe hubiera madurado, es lógico pensar que habría dejado de usar el verso para "proclamar" y habría empezado a usarlo para "pensar" en voz alta, que es exactamente lo que hizo Shakespeare.
2. Del Egocentrismo a la Multitud de Voces
Tienes razón en que el estilo de Marlowe es egocéntrico: sus obras suelen girar en torno a un solo "superhombre" (Tamburlaine, Fausto, Barabás) que devora el escenario.
El cambio: Shakespeare se caracteriza por la "capacidad negativa" (la habilidad de desaparecer detrás de sus personajes).
El puente: En las últimas obras de Marlowe, como Eduardo II, ya vemos un cambio. Marlowe empieza a interesarse por la debilidad humana y por personajes secundarios con voz propia. Esa es la semilla que florece en el estilo de Shakespeare.
3. La cronología del genio.
Hay un dato histórico que refuerza tu teoría: en 1593 (año de la supuesta muerte de Marlowe), Shakespeare aún no había escrito sus grandes tragedias.
Coincidencia: Las obras de Shakespeare inmediatamente posteriores a 1593 muestran una influencia de Marlowe tan profunda que algunos críticos las llaman "el periodo Marloviano" de Shakespeare (por ejemplo, Ricardo III).
La transición: Si comparamos el soliloquio final de Fausto con los de Hamlet, vemos la misma urgencia existencial y el mismo uso de imágenes cósmicas para describir el tormento interno.
-¿Pudo evolucionar?
-Sí, absolutamente. La diferencia entre ambos no parece ser de "naturaleza", sino de madurez emocional. Marlowe tenía la técnica y la fuerza; Shakespeare tenía la empatía y la paciencia.
Si Marlowe no hubiera muerto (o si, como sugieren las teorías de conspiración, sobrevivió y escribió bajo el seudónimo de Shakespeare), el estilo de Fausto es precisamente el punto de partida técnico ideal para llegar a Macbeth o Rey Lear.
Nota curiosa: Harold Bloom, el famoso crítico, decía que Shakespeare comenzó como un aprendiz de Marlowe y terminó "comiéndoselo" por completo, asimilando su fuerza pero añadiendo la humanidad de la que Marlowe carecía en su juventud.
-¿Te gustaría que comparemos algún monólogo específico de Fausto con uno de Shakespeare para ver cómo se transforma ese "egocentrismo" en introspección?
- Para visualizar esta evolución, comparemos el desespero absoluto de Fausto con la melancolía filosófica de Hamlet. Notarás cómo la estructura de Marlowe se "suaviza" y se vuelve más humana en Shakespeare:
1. Marlowe: El Terror del Yo (Doctor Fausto, 1592)
En su último monólogo, Fausto grita al cosmos. Su lenguaje es una "línea poderosa" cargada de miedo individual y una ambición que se desmorona.
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El Estilo: Es un bombardeo de imperativos y exclamaciones ("¡Deteneos, esferas celestes!", "¡Oh, saltad a mis ojos!"). No hay duda, solo hay pánico.
El Egocentrismo: Fausto se ve a sí mismo como el centro del universo; si él cae, el tiempo debe detenerse para todos. Es una fuerza de la naturaleza, pero carece de la capacidad de observar su propio dolor desde afuera.
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2. Shakespeare: El Abismo de la Conciencia (Hamlet, 1601)
En el famoso "Ser o no ser", la técnica de Marlowe ha evolucionado hacia algo mucho más sutil: la introspección psicológica.
La Evolución: El verso blanco ya no solo "proclama"; ahora "duda". Shakespeare introduce pausas (cesuras) que imitan el ritmo de un hombre pensando en tiempo real.
De la Acción al Ser: Mientras Fausto intenta hacer algo para detener su destino, Hamlet se pregunta qué es el destino. El egocentrismo marloviano se ha transformado en una meditación universal sobre la condición humana.
El Puente: Macbeth
Si buscas el punto exacto donde el estilo de Marlowe parece "poseer" a Shakespeare, es en Macbeth.
Ambos personajes son "overreachers" (buscan más de lo que les corresponde).
El monólogo de Macbeth sobre el tiempo ("Mañana, y mañana, y mañana...") tiene la misma desolación cósmica que el final de Fausto, pero con una madurez poética que reduce la vida a una "sombra que camina", no solo a un grito de terror.
-¿Crees que esa "capacidad negativa" (dejar de ser uno mismo para ser el personaje) es lo que le faltó a Marlowe para sobrevivir al cambio de siglo?
-Es una de las grandes preguntas de la literatura. Personalmente, opino que ese era exactamente el techo de cristal de Marlowe y lo que lo diferencia de Shakespeare.
Para entenderlo, podemos mirar la evolución de un artista desde tres ángulos:
1. El límite del "Yo" frente al "Nosotros"
Marlowe era un rebelde, un espía, un ateo declarado y un hombre de temperamento volcánico. Su obra es un reflejo de su propia intensidad.
Marlowe escribía sobre lo que él quería ser (o lo que temía ser). Sus personajes son "Marlowes" con diferentes disfraces.
Shakespeare, en cambio, parece no tener ego. Se vacía de sí mismo para dejar que el personaje hable.
Si Marlowe no hubiera muerto en aquella riña de taberna, habría tenido que aprender a "callar su propia voz" para que sus personajes secundarios dejaran de ser simples marionetas y empezaran a respirar.
2. ¿Podemos aprender la empatía?
La "Capacidad Negativa" (término de John Keats) no es solo técnica poética; es empatía profunda.
A Marlowe se le daba de maravilla el poder y la ambición, pero le costaba horrores escribir una escena de amor convincente o un alivio cómico que no fuera burdo.
Para que Marlowe evolucionara al nivel de Shakespeare, tendría que haber pasado de la fascinación por el superhombre a la compasión por el hombre común.
3. La hipótesis del "Marlowe maduro"
Si aceptamos que Eduardo II (una de sus últimas obras) es el camino a seguir, vemos que Marlowe estaba empezando a cambiar. En esa obra:
El protagonista no es un conquistador, sino un hombre débil y sufriente.
El lenguaje es menos pomposo y más directo.
Esto sugiere que Marlowe sí estaba en proceso de "domesticar" su egocentrismo. Si hubiera vivido diez años más, es muy probable que el estilo de ambos se hubiera vuelto indistinguible, o que Marlowe se hubiera convertido en el gran autor de tragedias políticas oscuras, dejando a Shakespeare las comedias y el romance.
Por qué el genio de Marlowe-Shakespeare fue un milagro aislado que no se imitó y se repitió si ya tenían los métodos para aprender y lograrlo hasta casi con Charles Dickens que no fue tan dramático ni grandioso como Shakespeare?
Esta es una de las preguntas más fascinantes de la historia literaria. Tienes razón en algo fundamental: en la época de Shakespeare y Marlowe, el sistema educativo (las Grammar Schools) estaba diseñado para producir "máquinas de retórica".
Tenían los métodos, los manuales y la disciplina, pero el resultado de esa era fue un fenómeno que los historiadores llaman "El Momento Isabelino".
Aquí te explico por qué ese genio pareció "aislado" y por qué un titán como Dickens, siendo un genio por derecho propio, operaba bajo una lógica completamente distinta.
1. La convergencia lingüística: Un idioma "en crudo".
En la época de Shakespeare y Marlowe, el inglés estaba en una fase de expansión explosiva. No había diccionarios académicos ni reglas rígidas.
Flexibilidad: Los autores podían inventar palabras, convertir sustantivos en verbos y jugar con la sintaxis de una manera que hoy sería gramaticalmente "incorrecta".
El Milagro: Shakespeare no solo usó el idioma; ayudó a crearlo. Para cuando llegó Dickens, el inglés ya estaba "domesticado" y estandarizado. El margen para la invención lingüística radical se había reducido.
2. El método educativo: La Imitatio que
mencionas que tenían los métodos. Es cierto: la educación Tudor se basaba en la Imitatio. Los alumnos no solo leían a los clásicos; los destripaban y los volvían a armar.
Por qué no se repitió: Este método producía excelentes artesanos, pero Shakespeare y Marlowe añadieron algo que no se enseña: la síntesis de la alta cultura clásica con la energía vulgar de la calle.
El cambio de paradigma: Después del Renacimiento, el enfoque educativo cambió gradualmente hacia el racionalismo y, más tarde, hacia la especialización. Se perdió esa formación integral que obligaba a un dramaturgo a ser poeta, historiador y filósofo al mismo tiempo.
3. La presión del Teatro vs. La Serialización del Siglo XIX.
El formato define el contenido. La diferencia entre Shakespeare y Dickens radica en su "tecnología" de difusión:
Características Shakespeare / Marlowe Charles Dickens:
Medio Teatro en vivo (Energía auditiva) Novela por entregas (Consumo visual)
Objetivo Catarsis metafísica y política Crítica social y sentimentalismo
Estructura El verso blanco
Prosa descriptiva y realista
Audiencia Desde el rey hasta el analfabeto La clase media emergente
Nota: Dickens fue "menos grandioso" en términos trágicos porque la novela victoriana buscaba el realismo y la empatía moral, mientras que el drama isabelino buscaba la cosmología y la naturaleza misma del ser humano.
4. El fin de la "Visión Trágica"
El genio de Shakespeare y Marlowe floreció en un vacío de seguridad. Inglaterra estaba naciendo como potencia, rodeada de peligros, y la muerte era cotidiana. Esa urgencia vital produce una intensidad trágica que es muy difícil de replicar en la era industrial de Dickens, donde el enfoque se desplazó hacia el progreso, la reforma social y la comodidad doméstica.
-¿Fue realmente un milagro aislado?
-Muchos críticos argumentan que no fue un milagro, sino una "tormenta perfecta":
Un idioma joven y plástico.
Un sistema educativo riguroso en retórica.
Un mercado comercial (los teatros de Londres) que exigía novedades constantes.
La ausencia de censura intelectual profunda antes de la llegada del puritanismo.
Cuando los puritanos cerraron los teatros en 1642, rompieron la cadena de transmisión de ese conocimiento práctico. El "hilo" se cortó y, cuando el teatro regresó, ya era otra cosa: más refinada, pero menos "grandiosa".
La conclusión.
Creo que Marlowe puso los cimientos (el lenguaje, la ambición, el héroe trágico), pero Shakespeare puso el alma. Marlowe era un sol abrasador que lo iluminaba todo pero no dejaba ver las estrellas; Shakespeare era el cielo entero.
Sin embargo, hay algo fascinante en tu intuición: el estilo de Shakespeare "necesitaba" pasar por la fase de Marlowe. No puedes tener la sutileza de Hamlet sin haber pasado primero por la fuerza bruta de Fausto.
-¿Te parece que esa falta de "compasión" por los personajes pequeños es lo que hace que Marlowe se sienta más "moderno" o "cínico" hoy en día que Shakespeare?
-No, creo que salvo las películas de Martín Scorsese el que los personajes pequeños tengan voz propia y dignidad y una visión clara lo que da grandeza y realidad a las obras maestras actuales ¿qué opinas?
Es un enfoque muy agudo. Esa áspera crudeza de Christopher Marlowe, centrada casi obsesivamente en el ascenso y caída de "superhombres" (como Fausto o Tamburlaine), hace que sus obras se sientan despojadas de ese humanismo expansivo que hoy asociamos a la benevolencia.
En contraste, la grandeza de las obras maestras actuales suele residir en lo que mencionas:
Voz propia en los márgenes: Shakespeare fue pionero en dar a personajes secundarios (bufones, sirvientes, soldados) una psicología tan compleja como la de los reyes.
Esa capacidad de "subir el volumen" a los que suelen estar en silencio es, efectivamente, lo que otorga realidad y dignidad a una historia moderna.
El matiz frente al cinismo: Mientras que Marlowe es contundente y regular en su estilo, Shakespeare es un "maestro del jazz", capaz de improvisar con las sombras de sus personajes pequeños para que no sean meros adornos, sino el espejo de la condición humana.
La excepción de Scorsese: Es interesante tu mención a Martin Scorsese, ya que él suele centrarse en la jerarquía y el código de honor de grupos cerrados, donde a veces los personajes periféricos son solo piezas de un sistema, acercándose quizás más a ese modelo de Marlowe donde el individuo extraordinario (o el criminal "más grande que la vida") devora el espacio escénico.
Al final, Marlowe puede parecer más "cínico" porque su mundo es un campo de batalla de ambiciones desnudas, mientras que Shakespeare entiende que el mundo se completa en los detalles y en la voz de los humildes.
Para muchos defensores de la teoría marloviana, "La Tempestad" no es solo la despedida de Shakespeare de los escenarios, sino el testamento final de un Marlowe que vivió décadas en las sombras.
Si comparamos el final de Próspero con el de Fausto, la transformación del "ego" es absoluta:
El paralelismo de la renuncia.
Elemento Fausto (El rebelde joven) Próspero (El sabio exiliado)
Relación con la Magia La usa para inflar su ego y obtener placer/poder. La usa para restaurar el orden y perdonar a sus enemigos.
El Destino de los Libros "¡Quemaré mis libros!" (Grito de terror y derrota). "Hundiré mi libro" (Acto de voluntad y madurez).
La Introspección Se da cuenta tarde de que es un hombre mortal. Acepta desde el inicio que "estamos hechos de la misma materia que los sueños".
-¿Es Próspero el Marlowe "redimido"?
En el famoso monólogo de renuncia de Próspero (Acto 5, Escena 1), el personaje enumera sus poderes mágicos de una forma que recuerda sospechosamente a las ambiciones de Fausto: haber oscurecido el sol al mediodía, haber abierto tumbas y despertado a los muertos.
Sin embargo, a diferencia de Fausto, que es arrastrado al infierno por su ego, Próspero toma una decisión de una introspección profunda: rompe su vara y renuncia a la omnipotencia.
-La teoría Marlowe dice: Marlowe, el joven impetuoso de Cambridge que desafió a Dios, se habría transformado tras años de exilio y silencio en el autor que entiende que el verdadero poder no es dominar a los demás, sino dominarse a uno mismo y perdonar.
El Epílogo: Un grito de auxilio
Las últimas líneas de La Tempestad son un ruego al público: "Libradme de mis cadenas...".
Para los seguidores de la tesis de la identidad secreta, no es Shakespeare pidiendo aplausos, sino Marlowe pidiendo ser liberado de su "muerte civil" y de la máscara que tuvo que usar para sobrevivir.
sábado, 21 de febrero de 2026
Soy solo ráfaga que desea sin gas en el que amar.
Sobre el sol de mi apogeo,
reto al vino de la muerte,
y en el óxido del deseo
reto al ímpetu de lo que muere.
¿En el polvo vaciado
qué dejaré?, ¿seda y derroche?,
pero temo que lo andado
se borre al llegar la noche.
Si esta luz que blanquea los árboles
me disuelve en el polvo,
¿qué valdrá nuestro amor?
¿qué heredará nuestro rostro?
¿Qué valdrá este itinerario
de laureles y festín,
si no hay rastro en el diario
que me salve del fín?
Nada quedará en la marea,
solo el mar sin nombre el mar,
soy solo ráfaga que desea
sin gas en el que amar.
viernes, 20 de febrero de 2026
Soneto desde la costa.
Sobre el cielo gris de un amor que frena,
mi alma busca luz en tu mirar frío;
en tus ojos hallo una paz ajena,
mientras mi pecho se hunde en el vacío.
No hay rima que endulce este duro muro,
ni verso que cure la herida abierta;
el deseo que antes fue fuego puro,
hoy solo encuentra una cerrada puerta.
Mas no culpo al viento por no quererme,
ni al lucero que en la noche se apaga;
es ley del destino al fin desprenderme
de esta dulce sombra que tanto amaga.
Pues si el golpe no es mutuo ni es sincero,
mejor es el silencio que el "te quiero".
El crujido y el mareo del barco en la tormenta.
¿Debo lanzar mi furia al mar bravío,
vengar el daño con sangriento azote,
o guiar en calma el frágil navío
y evitar que el rencor me hunda el bote?
La tempestad me invita a la batalla,
el rayo exige herir a quien me hiere,
mas quien contra la roca siempre halla,
en su propio naufragio solo muere.
Mejor es recoger la vela herida,
dejar que el viento amaine su locura,
y buscar en el mapa de la vida
un puerto libre de esta desventura.
Que cruje el timón que al abismo guía,
la ola que mata nombra travesía.
Recordando el enebro de Valdenuño Fernández.
La ambición y el matorral.
Aquel que busca el sol con ansia fiera,
y escala el trono con audaz desdén,
no ve que el odio acecha en la frontera
de aquel que ayer le saludaba bien.
La rosa, en su soberbia y gala roja,
se expone al filo de una mano cruel;
por ser hermosa, el mundo la despoja
y deja seco su una vez clavel.
Mas mira el matorral que en el olvido,
humilde y gris, se enreda en la espesura;
por nadie es visto, ni es su honor herido,
y en su silencio el tiempo más le dura.
Quien mucho brilla, pronto encuentra el tajo;
quien calla y crece, vence desde abajo.
El veredicto de la sal
No juzga el hombre con su voz errante,
es el mar quien despliega su balanza;
su espuma es un reproche vigilante
que mide nuestra fe y nuestra esperanza.
El rumor es un puente que se quiebra,
conexión que al oído solo engaña;
una red de sonidos que se enhebra,
pero que el alma nunca nos acompaña.
Pues la inmensidad es solo una idea,
un abismo ficticio en las entrañas:
el mar es solo el agua que te ondea,
y solo existe cuando en él te bañas.
Basta el amor real, aunque sea poco,
para salvar del frío a este loco.
Una mujer extraordinaria por descubrir.
Inglaterra, finales de la era victoriana.
Ella creció en una casa de silencios impuestos y corsés invisibles. Buscó la literatura para huir de sus problemas mentales y de los prejuicios rígidos de clase.
Sin embargo, su mente no conocía cerrojos. Se rodeó de los amigos más brillantes y divertidos de su Grupo de amigos, compartiendo risas e ideas que desafiaban toda convención.
Junto a su esposo, fundó su propia editorial. Fue allí donde finalmente pudo publicar su voz sin filtros. El éxito llegó de forma arrolladora. Había alcanzado la cima, la independencia económica y esa "habitación propia" que tanto reclamaba para las mujeres.
Pero en el momento de mayor esplendor, la oscuridad regresó sin aviso ni lógica aparente. Una depresión profunda, un "estruendo de voces" que no la dejaba descansar, la envolvió.
El aire en el salón de la calle estaba saturado de humo de tabaco, risas de hombres brillantes y esa efervescencia intelectual que solo su grupo de amigos podía generar.
Ella, sentada en un sillón de orejas, observaba a sus amigos —economistas, pintores, críticos— con una media sonrisa. Durante décadas, su mundo había estado delimitado por las rígidas costuras de su época, por el luto eterno de su padre y la sombra de una educación formal que solo se les permitía a sus hermanos.
Ella era la autodidacta, la mujer que devoraba la biblioteca familiar mientras el corsé le apretaba el aliento y la sociedad le exigía silencio.
A pesar de la represión, su mente era un hervidero de imágenes. No quería escribir como los hombres, con esa linealidad seca y fáctica. Quería capturar el flujo de la conciencia, el destello de un instante, el sonido de las campanas del Big Ben marcando las horas de una vida interior infinita. Junto a su marido, un hombre de una paciencia infinita y una devoción casi religiosa, montó una pequeña imprenta manual en el comedor de su casa.
La editorial nació del deseo de independencia: no quería que ningún editor podara sus frases ni cuestionara su cordura.
El éxito no llegó como un estallido, sino como una marea imparable. Sus libros empezaron a venderse en las librerías más prestigiosas de Londres. Las críticas la llamaban genio; las mujeres jóvenes veían en ella la brújula hacia una habitación propia y una renta anual que les permitiera ser libres. Por primera vez en su vida, el dinero no era una preocupación y su nombre (ese que ella sentía tan ajeno) era sinónimo de la vanguardia literaria europea. Estaba en la cima. Tenía el respeto de sus pares, el amor de su esposo y la admiración de un público que por fin entendía su lenguaje de olas y faros.
Entonces, sin que mediara una tragedia externa, el cielo se volvió de plomo.
No hubo un desencadenante claro. No fue el fracaso, porque no existía. Fue una grieta silenciosa en el cristal de su mente. Las voces que habían callado durante sus años de gloria regresaron con un graznido ensordecedor.
De pronto, las palabras —sus únicas aliadas— empezaron a parecerle ruidos vacíos. Se sentía incapaz de leer, incapaz de concentrarse, invadida por una culpa atroz de la que no podía defenderse. La luz del éxito, en lugar de calentarla, parecía proyectar sombras más largas y deformes sobre las paredes de su casa.
Aquella mañana de marzo, el mundo se sentía demasiado pesado para ser sostenido. Se puso su abrigo, ese que tantas veces la había protegido del frío húmedo inglés. Con el paso firme de quien ha tomado una decisión lógica en medio del caos. Se detuvo en la orilla y, con una meticulosidad casi ritual, buscó piedras grandes y lisas en el barro. Las metió en sus bolsillos, una a una, hasta que el peso fue suficiente para anclar su cuerpo a la tierra, o al fondo de ella.
Caminó hacia el agua. El frío fue un choque inicial, pero luego se convirtió en un abrazo. Mientras la corriente la envolvía y el peso en sus bolsillos la arrastraba hacia el lecho del río, su mente, por fin, encontró el silencio que el éxito y la fama le habían negado. La mujer que había revolucionado la literatura se hundió bajo la superficie, dejando atrás solo una nota de despedida sobre la mesa, escrita para el único hombre que intentó, hasta el final, salvarla de sí misma.
Virginia Woolf quedó rígida como una Virgen en la bañera.
Soneto El flujo y la roca.
El mar no busca herir con su vaivén,
sus olas solo quieren arrastrar,
en su hondo pulso no reside el bien
ni el mal que al hombre pueda amenazar.
Es nuestra mente roca en la marea,
un muro terco, rígido y frontal,
que contra el agua mansa se pelea
y en el choque goza un golpe fatal.
Si no hubiera peñasco ni dureza,
el agua pasaría sin herir;
es nuestra propia y ciega fortaleza
la que impide a la vida fluir.
No es la marea quien causa el quebranto,
sino el orgullo que se cree de canto.
El último embarque
Se apaga el eco en el metal del muro,
late el hangar su pulso de abandono,
y yo, que hice del tiempo mi alto trono,
miro el asfalto transformarse en muro.
Tu voz fue un faro, un puerto siempre puro,
y yo, perdido en mi soberbio tono,
no vi que el cielo no concede abono
al que posterga el beso más seguro.
Cruje el aire, el pasillo se clausura,
la turbina ya ruge su sentencia
mientras me quedo en tierra, ciego y mudo.
¡Qué estéril el afán de la cordura!
Hice un desierto de tu larga ausencia
y ahora el adiós me aprieta como un nudo.
Sobre las aventuras de Hemingway.
Sobre el sol de la arena y del acero,
buscó la vida en filos de agonía,
entre el rugido de la mar bravía
y el rastro de la sangre del guerrero.
Cruzó el París hambriento y aventurero,
la sabana y su ardiente profecía,
bebiendo de una copa la alegría
de ser, en cada lucha, el hombre entero.
Mas no fue el viaje el boxeo del destino,
ni el gran peón, ni el toro, ni en la guerra,
lo que dio luz al cuento en el camino;
fue hallar, tras tanta huella sobre tierra,
que el coche roto en espejo salino
donde al fin se conoce y se desferra.
lunes, 16 de febrero de 2026
El fusilamiento.
El sargento estiró el pergamino del indulto con la misma parsimonia con la que se limpia una bota llena de barro. Frente al paredón, Julián —atado y con el sudor frío pegándole la camisa al espinazo— sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría estúpida.
—¡Buenas noticias, Julián! —gritó el sargento, agitando el papel—. Dice el Gobernador que hoy está de buenas y te perdona la vida. ¡Puedes irte a casa!
Julián soltó un sollozo de alivio, pero entonces miró a su izquierda. Allí estaba su hijo, Dieguito, un muchacho que apenas empezaba a afeitarse y que compartía con él la fila de ejecución, las manos atadas y una expresión de absoluto terror.
—Un momento —dijo Julián, deteniendo al guardia que ya le soltaba las cuerdas—. ¿Y el niño?
El sargento consultó de nuevo el papel, rascándose la nuca con la punta de un bayoneta.
—Ah, no. Aquí dice "Julián Pérez". El crío no figura. Él se queda para el plomo.
Julián miró a su hijo. Luego miró el camino polvoriento hacia la libertad.
Finalmente, miró de nuevo a Dieguito, que lloriqueaba en silencio. Un silencio dramático se apoderó de la plaza, solo roto por el sonido de un cuervo que parecía burlarse de la situación.
—Mire, sargento... —empezó Julián con un tono de reflexión profunda—. Piénselo bien. Si me voy yo, me quedo sin heredarle nada al muchacho, porque ya no estará. Y si me quedo yo solo por él, luego tendré que pagar su entierro, que con la inflación está por las nubes.
—¿Entonces? —preguntó el sargento, aburrido.
—Entonces, mejor déjelo como estaba —sentenció Julián, dándole una palmadita de consuelo en el hombro al chico—. Mátennos a los dos de una vez. Total, ya estamos aquí, el pelotón ya cargó los fusiles y sería una descortesía hacerles perder el tiempo. Además, imagínese el drama de explicarle esto a su madre yo solo en la cena. ¡Me mata ella! Y créame, estos soldados apuntan mejor.
Dieguito lo miró con los ojos como platos.
—¡Pero papá!
—Calla, hijo, no seas egoísta —susurró Julián con una sonrisa lúgubre—. Así ahorramos en ataúdes, que si nos ponen uno encima del otro, nos hacen precio de grupo. ¡Sargento! ¡Proceda! Que se nos enfría la eternidad.
El sargento, que ya estaba guardando el indulto para usarlo como papel de fumar, arqueó una ceja. No todos los días un hombre rechazaba la vida para no enfrentarse a una esposa furiosa o a los gastos funerarios.
—Está bien, Julián. Por falta de entusiasmo no será —suspiró el sargento—. ¡Pelotón! ¡Vuelvan a apuntar al señor Pérez! ¡Y al niño también, que no se diga que no somos eficientes!
Un giro hacia lo absurdo
Justo cuando los soldados apoyaban la culata en el hombro, Julián levantó una mano, deteniéndolos de nuevo.
—¡Un segundo! —exclamó con una chispa de astucia malvada en los ojos—. Acabo de caer en la cuenta de algo fundamental. Sargento, si nos matan a los dos a la vez, ¿quién va a cargar los cuerpos hasta la fosa común? Sus hombres ya se ven bastante cansados y el sol está pegando fuerte.
El sargento miró a sus soldados, que efectivamente sudaban como cerdos bajo el uniforme de lana.
—Es cierto —admitió el sargento—. Es un paseo largo hasta el cementerio.
—Pues ahí lo tiene —dijo Julián, con un tono de consultor de negocios—. No nos mate a los dos. Eso es un desperdicio de mano de obra. Mejor máteme solo a mí, y deje que el niño me arrastre hasta el hoyo. Él es joven, tiene buena espalda y así aprende el valor del trabajo duro. Además, así nos ahorramos una bala, que el plomo está a precio de oro.
—¡Papá, por favor! —chilló Dieguito, temblando—. ¡Prefiero que me disparen a tener que arrastrarte por todo el pueblo!
—¡Ves! —le gritó Julián al sargento—. ¡La juventud de hoy no tiene espíritu de sacrificio! No quiere ayudar en las tareas del hogar. Mátenlo a él primero por mal hijo, y yo, como buen padre abnegado, me encargo de enterrarlo mientras lloro un poco para guardar las formas.
El cinismo final
Julián se acercó al oído de su hijo, ignorando los fusiles que temblaban ante la confusión de órdenes.
—Escúchame bien, Dieguito —susurró con una sonrisa amarillenta—. Si te matan a ti, yo me quedo con tu colección de monedas y el caballo. Si me matan a mí, tú te quedas con mis deudas y con el genio de tu madre. Piénsalo... te estoy haciendo un favor.
El sargento, completamente superado por la lógica retorcida de Julián, bajó su sable.
—Saben qué... esto es demasiado papeleo. Julián, quédate con el indulto. Niño, vete a tu casa. No voy a gastar pólvora en una familia que está tan mal de la cabeza que prefiere regatear la muerte como si fuera pescado en el mercado.
Julián miró el papel del indulto, luego a su hijo, y finalmente al sargento con una decepción genuina.
—¿Entonces no hay ejecución? ¿Ni siquiera un descuentito por el entierro doble? Vaya falta de profesionalismo... Vámonos, Dieguito, pero que sepas que me has arruinado la tarde. Ahora tendré que verte crecer y, lo que es peor, ¡tendré que invitarte a cenar!
Julián y Dieguito caminaron de regreso al pueblo en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujir de las botas y el sonido de Dieguito sorbiéndose los mocos. El niño miraba a su padre con la desconfianza de quien acaba de descubrir que su progenitor es capaz de vender sus órganos por un vale de descuento.
Al llegar al umbral de su casa, Julián se detuvo en seco. Se alisó la ropa sucia de tierra del paredón y se puso derecho.
—Escúchame bien, muchacho —susurró Julián con un escalofrío—. Si tu madre pregunta por qué tardamos tanto, no menciones lo del fusilamiento. Dile que nos entretuvimos… no sé, viendo cómo crecía el musgo en el río.
Pero ya era tarde. La puerta se abrió con un chirrido que recordaba al afilado de una guillotina. Allí estaba ella, Doña Engracia, con un rodillo de amasar en una mano y una mirada que hacía que el pelotón de fusilamiento pareciera un grupo de monjas de la caridad.
—¿Estas son horas? —tronó la mujer—. La sopa lleva dos horas fría y el gato ya se ha comido tu parte, Julián.
—Es que, verás, querida… —empezó Julián, retrocediendo hacia la calle con más miedo que cuando tenía los fusiles a dos metros—. Hubo un malentendido con el Gobierno, un indulto de última hora, un drama burocrático…
—¡Excusas! —rugió Engracia—. Seguro te quedaste bebiendo con el sargento mientras el pobre Dieguito pasaba hambre. ¡Mira qué cara de trauma tiene el niño!
Julián miró a su hijo, suplicándole con los ojos que mantuviera el secreto. Pero Dieguito, con una sonrisa que destilaba una venganza exquisita y gótica, dio un paso al frente.
—Mamá —dijo el niño con voz angelical—, papá le dijo al sargento que mejor me mataran a mí para que él pudiera quedarse con mi caballo y no tener que aguantarte a ti explicándole que llegábamos tarde a cenar.
El silencio que siguió fue más denso que la fosa común que Julián tanto quería evitar. Engracia levantó el rodillo con una lentitud ceremonial, sus ojos inyectados en una furia que trascendía lo mortal.
—¿Ah, sí? —susurró ella—. ¿Con que querías ahorrarte el drama de la cena, Julián? Pues prepárate, porque vas a desear que ese sargento tuviera mejor puntería.
Julián miró hacia la plaza del pueblo, donde los soldados aún recogían sus cosas.
—¡Sargento! —gritó desesperado mientras corría calle abajo perseguido por el rodillo de su esposa—. ¡Vuelva! ¡Me lo he pensado mejor! ¡El niño tiene razón, el entierro doble es una inversión a largo plazo! ¡Sargento, dispare por caridad!
Pero el sargento, a lo lejos, solo levantó una mano en un saludo burlón. Dieguito, sentado en el porche, empezó a comerse un trozo de pan frío, disfrutando del espectáculo de ver a su padre correr más rápido de lo que jamás lo harían las balas.
El sargento Carmona no volvió a ser el mismo. Mientras veía a Julián perderse en el horizonte perseguido por el rodillo de su mujer, algo se rompió dentro de él. Dejó caer su sable sobre el polvo y se sentó en un barril de pólvora vacío, ignorando las miradas confusas de su pelotón.
—Sargento, ¿limpiamos los fusiles? —preguntó un recluta.
—¿Para qué? —respondió Carmona con la mirada perdida—. Si la muerte es un alivio que ese hombre mendigaba y la vida es el castigo que le dio su esposa, nosotros no somos verdugos, muchachos. Somos meros aficionados al lado de esa señora.
Esa misma noche, el sargento redactó su dimisión en una servilleta manchada de vino. No podía seguir en el ejército; el concepto de "autoridad" le parecía un chiste de mal gusto comparado con la dinámica de la familia Pérez. Decidió que si el mundo era un lugar donde un padre regatea el fusilamiento de su hijo para ahorrar en madera de pino, él prefería la soledad absoluta.
Se retiró a una ermita abandonada en lo alto de un risco, pero su destino tomó un giro aún más macabro. La leyenda de su "clemencia" se extendió por la región, y pronto, docenas de maridos desesperados empezaron a peregrinar hasta su cueva. No buscaban perdón, sino consejo.
—Sargento —le imploró un campesino un martes de niebla—, mi mujer dice que si no pinto la fachada antes del domingo, me corta las orejas. ¿Cómo hizo aquel Julián para que usted casi le disparara? ¿Hay que insultar al Rey o basta con robar una gallina?
Carmona, convertido en un gurú del nihilismo, les cobraba una moneda por escucharlos. Su "humor" se volvió tan negro que las flores se marchitaban cuando él reía. Se dice que murió años después, no de viejo, sino de un ataque de risa al enterarse de que Julián había intentado alistarse en el ejército enemigo solo para que lo hicieran prisionero y lo alejaran de su casa.
En su tumba, por orden propia, no pusieron una cruz, sino una pequeña talla en piedra de un rodillo de amasar cruzado con un fusil. El epitafio rezaba:
"Aquí yace Carmona, quien comprendió a tiempo que el plomo duele menos que el matrimonio, y que un indulto puede ser la peor de las condenas."
El testamento del sargento Carmona no era un documento legal al uso. Estaba escrito a lápiz, en el reverso de varios indultos sin usar que había guardado durante años, y lo encontraron atado con un cordel de zapato a un cactus cerca de su cueva.
Testamento y Última Voluntad del Ex-Sargento Ildefonso Carmona (Q.E.P.D. por su salud mental)
Yo, Ildefonso Carmona, en pleno uso de mis facultades mentales (aunque considerablemente mermadas por los sucesos de la Plaza del Pueblo), por la presente revoco cualquier testamento anterior.
PRIMERO: Dejo mi única posesión material (un burro tuerto que responde al nombre de "Pólvora") al niño Dieguito Pérez.
El muchacho demostró tener más inteligencia emocional y sentido común a los doce años que su padre en toda una vida. El burro y él se merecen mutuamente: ambos son testarudos, asustadizos y propensos a la melancolía.
Además, el niño se merece una recompensa por el trauma de tener un padre que lo vendería por un descuento en ataúdes.
SEGUNDO: A Julián Pérez, no le dejo nada.
Motivo: Ya tiene el peor castigo posible: la vida, la conciencia (poca, pero algo queda) y a Doña Engracia. Sería redundante añadir más sufrimiento.
TERCERO: A Doña Engracia, le dejo mis respetos.
Motivo: Su capacidad para infundir terror sin usar la fuerza letal es digna de estudio militar. Su rodillo es más efectivo que un batallón de infantería.
CUARTO: Pido que el dinero que sobre de la venta de mi sable (oxidado) se use para comprar una ronda de vino en la taberna del pueblo y que brinden por la ironía.
Y con esto me despido del circo que es la existencia humana. Testigo: El cuervo que siempre se posa en la piedra.
Firmado: Ildefonso Carmona.
El burro "Pólvora" resultó ser una excelente adquisición para Dieguito. Lo usaba para ir al mercado y, a menudo, para llevarle provisiones a Julián, quien había descubierto que el cobertizo del jardín era un lugar sorprendentemente tranquilo y seguro para vivir, lejos del alcance de Doña Engracia y sus rodillos.
sábado, 14 de febrero de 2026
Busca el místico la altura.
Busca el místico la altura,
entre nimbos de incienso,
olvidando que la panza
pide pan y exige pienso.
Quiere el alma ser un ángel
en su vuelo más etéreo,
mientras el bajo vientre
reclama su vicio férreo.
¡Qué poco vale el soneto
o el rezo más sacrosanto,
si un retortijón de tripas
le corta al vate el encanto!
Suspira el sabio a la luna
con un fervor soberano,
mas si la carne se enciende,
se porta como un marrano.
Que por más que el espíritu
busque el cielo y su lucero,
siempre acaba la bragueta
siendo el amo del guerrero.
viernes, 13 de febrero de 2026
El Reloj de Cieno en Manhattan.
Sobre el Empire State desde abajo, los caballos de metal beben tu ausencia,
disparado lluevo tus besos imposibles y suaves,
de niños que gritan de angustia sin apartar la mirada,
mientras nuestro amor, ese pez sin escamas,
tropieza con las aristas de los nardos de angustia.
Tú y yo, amor de alambre y deseo,
Nueva York es un bostezo de asfalto y geometría ácida
donde las palomas rojas chapotean en los andamios enormes de metal de aguas podridas.
Tú y yo, amor de alambre y deseo,
buscamos el zapato de cristal de nuestro hijo muerto.
Él no duerme entre raíces,
duerme en el hueco de los ascensores,
donde el silencio tiene forma de manzana verde frente al rostro.
Su risa es ahora un grito hacia la torre Chrysler,
un pequeño cadáver de luz que los taxis ignoran.
En esta ciudad devoradora, la muerte está más viva que la vida,
y nosotros somos dos sombras que funden plomo
para fabricar un oro surrealista que no compra el mañana.
Nuestro hijo es un pez muerto oculto tras el sueño,
un ángel de hojalata que vuela sobre el Hudson,
mientras tú y yo nos amamos con besos de ciclón ebrio,
esperando que la aurora de Nueva York
deje de gemir por las inmensas escaleras del olvido.
Robespierre.
Golpea cada escalón subiendo,
sus dientes bailan vendada,
ya no sentencia al Cielo
de guillotina por la patria.
Su Evangelio en la Asamblea
la "Virtud" tan sangrentada,
pisando sangre bajó
rubís de la Montaña.
En levadura del cerebro
falta pan a la manada,
se arregla el cuello
navaja de la corbata.
Mil cabezas han caído
cucos de la ley sagrada,
Macbeth pregunta cómo fue
pagas por nuestra corbata.
La madre arranca su pecho,
la guillotina reclama,
¡matar matar por justicia!
olor a sangre derramaban.
En los Hornos de la Grève,
se acuchilla la campana,
una madre por rubéola
aborta una ciega enana.
Rueda al fin de Robespierre,
la multitud queda en calma,
el metal muerde el silencio
y el secreto en la mañana.
Ya el Zombi hueco de madera
tiene la garganta armada,
como un caballo de Troya
que solo bebe cascada.
Cascada de roja tinta,
de libertad disfrazada,
donde el verdugo es el cura
de una fe descoyuntada.
Ese Maximino "El Puro",
con su lengua de estocada,
sembró dientes de dragón
en la tierra atribulada.
Quiso lavar la nación
con lejía de emboscada,
y hoy su propio cuello ofrece
la deuda que no pagaba.
Son racimos de cabezas
en la cesta amontonada,
frutos de un huerto de sombras
donde la luz fue negada.
La guadaña de la ley,
por el odio afilada,
siega por fin los pescuezos
la jauría desdentada.
¡Oh, doctores de la muerte!
Vuestra lógica malvada,
que hizo del luto un derecho
y de la vida una nada.
Ya se apaga vuestro sol,
vuestra gloria está enterrada
en el foso del olvido
con la nuca cercenada.
Ya no hay jueces de hojalata
ni asamblea alborotada,
que el tribunal de los muertos
no entiende de barricada.
Se abre un abismo de espejos
en la noche condenada,
donde el eco de los gritos
es la única embajada.
Comparece el Incorruptible
con la razón jibarizada,
su "Libertad" es un buitre
con la garra ensangrentada.
Lleva un collar de gargantas
como joya de su armada,
y el azufre le bautiza
la frente desmoronada.
Los amigos que sirvieron
aquella cena de espada,
mastican ahora el plomo
de su ley ejecutada.
Son estatuas de ceniza
en la nada Lincolniana,
donde el Sena es un mar rojo
de corriente congelada.
No hay perdón en el abismo
para la mano crispada,
que hizo del pueblo un cadalso
y de la fe una estocada.
Dios les juzga con el peso
de la vida mutilada,
y les clava en el olvido
con su propia nuca helada.
Llora el Sena por los ojos
de una infancia mutilada,
que la patria se ha vuelto
una loba desquiciada.
Ya no hay nombres en las tumbas,
solo cal y tierra echada,
sobre el sueño interrumpido
por la ley de la emboscada.
Eran cuellos de azucena,
eran manos de alborada,
que cayeron como espigas
bajo hoz envenenada.
El carruaje del olvido
va cargando la jornada,
con el peso de las almas
que la luz tiene negada.
¡Ay, qué amarga es la victoria
si de rojo está pintada!
Si el altar de los derechos
es una mesa cortada.
La viuda de negro acero,
con su boca de estocada,
ha besado las gargantas
donde el canto se guardaba.
No hay campanas que les recen,
ni una flor en la explanada,
solo el viento que repite
la injusticia proclamada.
Que la sangre no hace libres,
hace un cauce de la nada,
donde flota la inocencia
para siempre degollada.
Mis bellos recuerdos.
Un bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, el mazo y el tablero.
Las llaves de un metal ya prisionero,
la navaja con filos de agonías,
la mochila del gym y sus porfías
de un cuerpo que se olvida del esmero.
El llavero pensado para el hijo
que no tuve jamás, huérfano objeto,
y unas fotos de ayer, mudo escondrijo.
Ellas nos sobrevivirán, en su secreto
y en su ciego y extraño regocijo,
ajena a este recuerdo y a mi soneto.
miércoles, 11 de febrero de 2026
¿Qué haces conmigo noche?
La noche sufre sufre
¿qué haces con mi ego?
en tus noches de angustia
me arrastras en el fuego.
La noche ebria en el viento,
sangra sombras el umbral,
mientras se muere el acento
de este pecho de cristal.
¿Qué haces con mi alma perdida,
en este frío arrabal?
Me rechinan el edificio
con este azufre de puñal.
Sufre la noche conmigo,
llora el sauce en el canal,
pues no me queda un abrigo
contra este viento fatal.
Si me dejas en la nada,
bajo un cielo de metal,
seré solo una mirada
que se apaga en tu portal.
El desenlace de la sombra
Ya no respondes al ruego,
tu silencio es un desierto,
y yo me quemo en el fuego
de este amor que nace muerto.
Busqué luz en tu mirada,
pero hallé un pozo sombrío;
tú no me entregas ya nada,
solo un abrazo de frío.
¿Qué haces conmigo en el lodo?
¿Para qué alargar la herida?
Si ya me has robado todo,
toma también esta vida.
Me inclino ante tu figura,
bebo el cáliz del veneno;
que sea mi sepultura
tu desprecio más sereno.
Ya no hay noche que me nombre,
ni luz que alumbre el camino;
soy la sombra de un hombre
que se funde en su destino.
Se rompe el aire en pedazos,
ya no queda qué esperar;
me suelto de tus abrazos
para hundirme en el ultramar.
Te miro y no siento nada,
soy de piedra y soy de sal,
tengo el alma congelada
en un invierno fatal.
No busques en mis pupilas
lo que el tiempo ya mató,
entre sombras intranquilas
mi latido se extinguió.
¿Qué hago contigo, me pides?
Te dejo en la soledad;
no hay amor que me convide
a salvar tu voluntad.
Vete lejos de mi puerta,
no me llames en tu mal;
esta casa está ya muerta
y es de hielo su umbral.
Mas cuando el paso retiras
y te fundes en la oscuridad,
siento que todo son mentiras
en mi falsa libertad.
Un rayo de fuego mudo
me atraviesa la razón,
y me arrepiento del nudo
que le puse al corazón.
Quise gritar que te quedes,
pero el orgullo es tirano;
somos presos en las redes
de un destino inhumano.
Miro tu rastro vacío,
la noche sufre conmigo,
y en este desierto frío
tu fantasma es mi castigo.
La sentencia del tiempo
Corrí buscando tu huella
por la nieve del jaral,
pero se apagó la estrella
que guiaba mi portal.
Llegué con el pecho abierto,
con la culpa en el altar,
pero hallé tu cuerpo inerte
frente a la furia del mar.
Grité tu nombre a los vientos,
imploré al cielo piedad,
mas solo obtuve el silencio
de tu eterna soledad.
No hay ruego que te devuelva,
ni luz en mi oscuridad,
pues la muerte es una selva
sin camino de retorno.
Ya la noche no me gime,
ni me ofrece su castigo;
es mi propia mano, firme,
la que acabó ya contigo.
La tragedia irreversible se define por ese punto de no retorno donde el protagonista reconoce su error (anagnórisis) pero es incapaz de cambiar el final funesto.
¿Te gustaría que analicemos la métrica de
lunes, 9 de febrero de 2026
La ansiedad de Roger.
Roger, otrora titular de la mesa diecisiete en el Departamento de Peticiones Informáticas, contemplaba ahora sus botas gastadas con una fijeza febril. La tisis, ese verdugo invisible, golpeaba a su puerta con una tos seca que sabía a polvo de archivo y a tinta barata.
Había pasado treinta años arrastrando la pluma, un engranaje minúsculo en la maquinaria del Estado, convencido de que su insignificancia era su armadura. Nunca hubo una esposa, solo el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a col vieja y a soledad burocrática. "He sido una chinche", murmuraba Roger para sí mismo, mientras la fiebre pintaba visiones de San Petersburgo en las grietas del techo.
De pronto, una claridad cruel le atravesó el pecho. No era el miedo a la muerte lo que le atormentaba, sino la sospecha de que, si Dios le concediera otros sesenta años, volvería a gastarlos igual: temiendo al jefe de sección y soñando con un abrigo nuevo que nunca llegó a comprar. En su agonía, Roger comprendió la verdadera tragedia: había tenido el universo entero a su disposición, pero prefirió vivir dentro de un formulario administrativo.
Con un último suspiro, buscó un sentido a su gris existencia, pero solo encontró el silencio de una oficina vacía al anochecer.
Roger cerró los ojos y, en la penumbra de su habitación, comenzó el diálogo más amargo de su vida. «He sido un cobarde», se dijo, y la palabra resonó con el peso de una sentencia judicial. No era por haber robado o matado, sino por algo peor: por haber traicionado su propia alma a cambio de nada.
—¿Es esto la redención? —se preguntó, mientras buscaba un rastro de fe entre los escombros de su memoria. Recordó cómo el sufrimiento, ese viejo compañero de los personajes de Dostoievski, era la única puerta que le quedaba abierta para ser "digno de su dolor". Roger entendió que su pecado no fue la inutilidad de su cargo, sino la incapacidad de amar más allá de sus propios miedos.
En ese instante, llamaron a la puerta. Era Pável, un antiguo colega de la oficina que venía a devolverle un tintero. Al ver el rostro cadavérico de Roger, Pável retrocedió, aterrado por la visión de su propio futuro.
—Roger, ¿qué has hecho con tu vida? —preguntó Pável con una voz que temblaba como una hoja de papel.
—Nada, Pável. He esperado —respondió Roger con una sonrisa mística—. Y ahora que el tiempo se acaba, me doy cuenta de que el perdón no está en el archivo, sino en el valor de haber existido, aunque fuera solo para sufrir esta última claridad.
El delirio se apoderó de Roger con la violencia de una tormenta de nieve. Las paredes de su cuarto, empapeladas con el color de la bilis, empezaron a exudar tinta negra que formaba cascadas de números y sellos oficiales.
De repente, la habitación se llenó de dobles. Cientos de Rogers, con el mismo rostro gris y la misma espalda encorvada, desfilaban ante él cargando legajos infinitos. "¡Firme aquí, Roger!", gritaban con una risa que no era humana, sino el crujir de madera seca. El aire se volvió espeso, saturado por el olor a azufre y a oficina cerrada.
En el rincón más oscuro, una figura colosal emergió de las sombras: era el Gran Burócrata, una entidad sin rostro que sostenía una balanza. En un plato, la insignificante vida de Roger; en el otro, un solo formulario en blanco que pesaba más que todo el universo.
—¡He esperado! ¡Solo he esperado! —aulló Roger, mientras sentía que sus pies se convertían en papel.
La alucinación cambió. Ahora se encontraba en una estepa infinita, bajo un sol rojo que no calentaba. A lo lejos, una niña pequeña lloraba, pero cuando él intentaba acercarse, ella se transformaba en una montaña de peticiones denegadas. Roger comprendió, en medio de su fiebre, que el infierno no era fuego, sino la incapacidad de haber amado un solo segundo fuera de su zona de confort.
Con un último estertor, Roger estiró la mano hacia una luz que creyó ver tras la montaña de papel.
A la mañana siguiente, la casera encontró el cuerpo de Roger tan rígido como un decreto ministerial. No hubo llanto, solo el metódico sonido de una escoba barriendo el polvo de sus botas.
En la oficina, la noticia de su deceso fue recibida con un bostezo colectivo. Su mesa, la número diecisiete, no estuvo vacía ni una hora; un joven aspirante, con los ojos llenos de una ambición que el tiempo se encargaría de triturar, ocupó su silla antes del mediodía.
Lo más irónico, sin embargo, fue el destino de sus archivos. Por un error administrativo —esos que Roger tanto temía y respetaba—, toda su labor de treinta años fue clasificada como «redundante». El camión del reciclaje se llevó su vida entera, toneladas de papel que terminaron convertidas en pulpa para fabricar nuevos formularios en blanco.
Roger, que tanto buscó un sentido en el orden, acabó sirviendo para que otro burócrata, igual de solo e inútil, anotara su nombre en el margen de una hoja nueva.
El boletín del Departamento, impreso en un papel tan áspero como el carácter de sus superiores, despachó la existencia de Roger en el rincón inferior de la página cuatro, justo debajo de un anuncio sobre el nuevo racionamiento de velas de sebo:
«AVISO DE VACANTE POR DEFUNCIÓN»
«Se informa a los señores funcionarios del fallecimiento del titular de la Mesa 17, el Sr. Roger N. N. Tras treinta años de servicio, el Sr. Roger ha completado su última tarea: dejar una silla libre.
Su legado incluye una pila de expedientes que ahora serán la herencia de alguien más. No se ruega la asistencia al funeral, ya que la verdadera urgencia reside en la búsqueda de un reemplazo con la misma habilidad para pasar desapercibido.
Se aceptan donaciones de café extra fuerte para los que se quedan lidiando con su ausencia... y sus archivos.»
Chano mirando al mar.
¿Qué es el recuerdo sino una costra que uno se arranca una y otra vez para comprobar que la herida sigue viva? Me miro las manos y veo las de mi padre, pero mi alma... mi alma es un callejón oscuro donde resuena el eco de mi propia degradación.
Ella está ahí, en la habitación de al lado. Puedo oír el móvil con sus estúpidos tutoriales de maquillaje. Mi pareja, mi «salvadora», que ha decidido que el silencio es la mejor forma de no ver el temblor de mis dedos.
Pasa de mi adicción como quien ignora una mancha de humedad en la pared; cree que con no mirarla, el moho dejará de devorar los cimientos. Su indiferencia es un látigo de seda. Me deja morir con una amabilidad que me hiela la sangre.
Y luego está ella, mi hermana. Mi sangre, convertida ahora en veneno destilado.
Ayer la vi por la calle, del brazo de ese... ese monumento a la decrepitud. Un hombre que podría ser nuestro abuelo, un viejo con ojos de usurero y manos que huelen a naftalina y cuentas bancarias. Se han emparejado en una alianza de asco y conveniencia. Me miró, Dios mío, me miró y en sus ojos no había compasión, solo un rencor mineral, antiguo.
Recuerdo el día que todo se rompió. Yo estaba en el suelo, en medio de una crisis, mendigando un poco de dignidad o de veneno, ya no lo sabía. Ella se acercó, no para levantarme, sino para escupir sobre mi miseria.
"Prefiero encadenarme a un cadáver que seguir oliendo tu putrefacción", me dijo. Y cumplió su palabra. Se entregó a ese viejo solo para alejarse de mi sombra, para demostrarme que prefería la muerte en vida con un extraño que el lazo sagrado con un hermano quebrado.
Cada vez que el viejo le toca el hombro en público, ella me lanza esa mirada de triunfo amargo: ha preferido el infierno de la avaricia al infierno de mi debilidad. Y yo, aquí encerrado, solo puedo odiarla con la desesperación de quien sabe que ella tiene razón. El rencor es el único hilo que nos mantiene unidos, una cuerda que nos estrangula a ambos mientras nos miramos a través del abismo.
¿Por qué me miran como si yo fuera el único que se está asfixiando? ¡Todos somos adictos! Solo que ellos han elegido venenos más elegantes, más... socialmente aceptables.
Mi hermana se inyecta el orgullo y el desprecio de ese viejo decrépito; ella se alimenta de la seguridad de un hombre que ya es un cadáver antes de tiempo, solo por el placer de decirme: «Mira, yo he triunfado donde tú te has arrastrado».
¡Mentira! Es una mentira que me quema las entrañas. Ella no ama a ese espectro de gabardina y cuentas corrientes. Ella lo usa como un escudo contra mí, como si la respetabilidad se comprara por años de diferencia. Se ha vendido al mejor postor de la moralidad para no tener que reconocer que llevamos la misma sangre maldita, la misma sed de autodestrucción.
Y mi pareja... ¡ah, esa es la peor! Su indiferencia es una forma refinada de tortura. Pasa por mi lado, ve el sudor frío en mi frente, oye el crujir de mis dientes cuando el deseo me atenaza, y simplemente... sigue adelante.
Como si yo fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración pero que es demasiado pesado para tirar a la calle. Su «paciencia» no es amor, es una sentencia de muerte lenta. Me deja hundirme porque así ella puede mantener su pedestal de santa mártir.
Se alimenta de mi caída para sentirse alta.
A veces quiero gritarle: «¡Ódiame! ¡Pégame! ¡Haz algo que no sea este silencio sepulcral!». Pero no, ella prefiere el vacío. Prefiere dejar que me consuma como una vela en una habitación sin aire.
Recuerdo la risa de mi hermana cuando éramos niños... era cristal. Ahora es el sonido de una pala cavando mi tumba. Se ha aliado con ese viejo para enterrarme en vida. Me odia no por lo que soy, sino por lo que le recuerdo de sí misma.
Se abraza a ese anciano buscando un padre que nos falló, o quizás buscando un verdugo que la castigue por haber nacido de la misma raíz que este despojo que soy yo.
¡Dios, si existes, dame un enemigo de verdad y no estos fantasmas que me matan con su falta de mirada! Soy un hombre ridículo, sí, pero mi dolor es lo único real en este teatro de sombras chinas.
Arturo medía su vida en esloras.
Arturo medía su vida en esloras. Desde su cubículo en la planta doce, el Puerto de Barcelona no era más que un tablero de Monopoly donde él nunca tendría ficha.
Mientras sus compañeros apuraban el café para huir a las seis, él se quedaba allí, tecleando informes de siniestros con un celo enfermizo.
Cenaba ensaladas de plástico frente al ventanal, observando cómo las luces de los yates de lujo titilaban sobre el agua negra. "Algún día", se decía, mientras babeaba un poco sobre el teclado antes de quedarse dormido bajo los fluorescentes. Su entrega era absoluta, casi religiosa.
El lunes, Arturo no saludó. Seguía en su silla, con la mirada clavada en el horizonte del muelle, pero con una palidez que ya no era culpa de la mala iluminación. Había muerto en su puesto, tal como vivió: solo y en horas extra.
—Por fin se calla —murmuró un administrativo mientras RRHH llamaba al forense.
En la oficina no hubo lágrimas, solo un suspiro de alivio colectivo. Sus jefes, a los que Arturo bombardeaba con correos serviles a las tres de la mañana, lo recordaron como un "pelota insufrible" que solo buscaba ascender a costa de lamer botas.
Sus compañeros, los mismos a los que delataba por llegar cinco minutos tarde, ni siquiera hicieron una colecta para flores.
Lo sacaron en una bolsa negra. Desde la ventana, el yate más grande del puerto soltó amarras y zarpó, ajeno a que su mayor admirador acababa de ser archivado como un expediente sin cobertura.
Aquí tienes el momento en que la máscara de la oficina se rompe por completo durante el entierro:
El funeral fue un trámite de quince minutos. Sus jefes enviaron una corona de flores con el logo de la empresa bien grande —puro marketing corporativo—, pero no se presentaron.
En la puerta del cementerio, el equipo de siniestros fumaba con ganas, rompiendo el silencio con un veneno que Arturo ya no podía reportar.
—¿Viste que murió con el Excel abierto? —dijo el jefe de sección con una mueca de asco—. Menudo pelota. Me enviaba informes los domingos solo para recordarme que él no tenía vida.
Pensaba que le daría el puesto de director, pero no se lo hubiera dado ni aunque fuera el último hombre en la Tierra.
—A mí me intentó hundir con el tema de los horarios —escupió una compañera, ajustándose las gafas de sol—. Era un mal compañero, un rastrero que disfrutaba pisando a los demás para que el jefe le diera una palmadita en la espalda.
¿Sabéis qué hizo cuando mi hijo estuvo enfermo? Le dijo a RRHH que mi rendimiento bajaba.
Mientras bajaban el ataúd, nadie bajó la cabeza. De hecho, el administrativo más joven sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo.
—Bueno, al menos ahora alguien podrá heredar su ventana. Las vistas a los yates del puerto son lo único que valía la pena de su cubículo.
Se dieron la vuelta antes de que cayera la primera palada de tierra. Arturo se quedó solo, tan invisible en la muerte como lo fue su humanidad en la oficina.
domingo, 8 de febrero de 2026
Veo a un niño jugando solo.
Miles de olas de luz
como en mi infancia,
sin decirte nada te amé
remuerde el tiempo que pasa.
Veo a un niño jugando solo
y a su abuelo contando,
bombas de la Guerra Civil,
en un patatal saltando.
"No sabe por dónde salta".
Soy un río que se duda,
donde la sed es un muro
y la voz nace desnuda.
Aquí un cielo de ceniza,
vuelca el día su amargura,
mi sombra busca la orilla
de una noche sin premura.
Enfrentando a veinte mil
de tus amigos demonios
¿Cómo el centro de la Tierra
se siente tan solo?.
Lecroy busca las vigas
ardiendo, ya no hay besos
en el tiempo que recordar,
no hay oídos en el tiempo.
Un niño que juega solo
un joven que solo se sienta,
un pavo sin besos qué besar
padre sin hijo en su cuenta.
Los Altos Hornos junto al mar
donde se despiden los amantes,
sin padres no hay a quien acusar
ya no somos los de antes.
Se me astillaron los pasos,
el alma es cal de herradura,
el tiempo es un perro negro
que mis huellas desfigura.
No hay metal en mis arterias,
solo una herida rotunda,
la inercia es un mar de plomo
donde el deseo se inunda.
Tímida la piedra que arranca
la tierra que el agua rompe,
fuiste feliz como pudiste
sin darle un nombre.
El mundo es un vidrio roto,
laberinto de luz turbia,
y mi voluntad un pétalo
que se dobla con la lluvia.
El brillo en sus ojos inesperado.
Para Lucas, el ruido nunca fue exterior. Creció en una casa de cortinas cerradas, descifrando los susurros de una madre atrapada en los laberintos de la esquizofrénica, donde el amor y el miedo compartían el mismo plato.
Su infancia fue un ejercicio de invisibilidad, aprendiendo a cuidar de alguien que a veces no reconocía su propio nombre.
Esa soledad lo llevó a la pantalla. No buscaba un escape, sino un eco. Así conoció a Elena en un foro sobre salud mental y resiliencia. Ella no tenía cicatrices visibles, pero entendía el lenguaje de quienes han tenido que ser adultos antes de tiempo.
Durante meses, sus mensajes fueron el faro: palabras que no juzgaban, silencios compartidos por teclado y una conexión que se sentía más real que el aire que respiraban.
El primer encuentro no fue en un café concurrido, sino donde el mundo se siente infinito: la playa.
Lucas llegó primero. El viento salado le recordaba que, por fin, podía respirar sin miedo a romper algo. Cuando vio a Elena caminar por la arena, el reconocimiento fue instantáneo. No eran dos desconocidos; eran dos náufragos que finalmente tocaban tierra firme.
Se sentaron frente al mar, dejando que las olas llenaran los huecos de su conversación. No hubo necesidad de explicar el pasado; sus ojos ya contaban las batallas ganadas a la tristeza. En un momento, Elena tomó su mano. Fue un gesto simple, pero para Lucas, cuyo contacto físico siempre había sido de alerta o cuidado, fue una revelación.
"Aquí hay fantasmas, Lucas", susurró ella.
En ese atardecer, bajo un cielo que parecía pintado solo para ellos, Lucas entendió que su historia no estaba definida por el dolor de su infancia, sino por la capacidad de haber guardado un rincón de luz para alguien como Elena. El amor no fue un flechazo ruidoso, sino la paz profunda de saber que, después de toda una vida de tormentas, finalmente estaba en casa.
Para profundizar en su historia, debemos volver al momento en que las palabras digitales se convirtieron en susurros frente al mar. El paso de "sobrevivientes" a "pareja" no fue rápido, fue un proceso de desarmar defensas.
El Primer Diálogo: Rompiendo el Cristal
Mientras caminaban por la orilla, el agua fría les rozaba los pies. El silencio era cómodo, pero Lucas sentía la necesidad de validar que ella era real.
— "A veces me cuesta creer que no te he inventado", dijo Lucas, mirando el horizonte. "En mi casa, la realidad siempre fue algo... maleable. Mi madre podía ver incendios donde solo había sol. Estar aquí contigo, sintiendo la arena, me da miedo porque se siente demasiado sólido".
Elena se detuvo y lo miró a los ojos, sin rastro de lástima, solo con una comprensión profunda.
— "No eres el único que vive en guardia, Lucas", respondió ella suavemente. "Yo pasé años cuidando mis palabras para no herir a nadie, olvidando cómo decir lo que yo sentía. Pero aquí no tienes que cuidar de mí. Solo tienes que estar".
— "¿Incluso si a veces el silencio me pesa?", preguntó él.
— "Sobre todo entonces. Aprenderemos a que el silencio sea nuestro refugio, no nuestra celda".
Enamorarse para ellos no fue una explosión de fuegos artificiales, sino una reconstrucción paciente. A medida que la relación avanzaba, el amor se manifestó en los detalles que abordaban sus traumas pasados.
Cuando Lucas sentía la ansiedad de que algo malo iba a pasar (un eco de su infancia), Elena no le decía "estás loco". Ella simplemente le tomaba la mano y decía: "Estamos en el presente, y en el presente estamos a salvo".
Aprendieron que amar no significa estar pegados para protegerse. Elena lo animó a buscar terapia y a tener sus propios hobbies, enseñándole que él no era el "cuidador" de todo el mundo, sino un hombre con derecho a sus propios deseos.
Hablaron abiertamente sobre el miedo de Lucas a la genética y a la enfermedad. El amor se fortaleció cuando Elena le hizo entender que, pasara lo que pasara en el futuro, él ya no tendría que enfrentarlo solo en una habitación a oscuras.
Meses después de aquel encuentro en la playa, volvieron al mismo lugar. Ya no eran dos extraños que se conocían por internet, sino dos personas que habían decidido que sus cicatrices no eran un defecto, sino el mapa que los había guiado el uno al otro.
Lucas miró a Elena y, por primera vez en su vida, no sintió el ruido de la enfermedad de su madre ni el peso de la responsabilidad excesiva. Solo sintió el latido tranquilo de un corazón que, tras años de tormenta, había encontrado su puerto.
El granito rojo del rey Keops.
Bajo el sol de los desiertos,
donde el tiempo se deshace,
se alza el granito del rey,
rojo como sangre ardiente.
Es la tumba de Keops,
una montaña de cuarzo,
que guarda en su vientre frío
el eco de mil milagros.
A la horca debo ir
con el viento de la arena,
ver la pirámide crecer
rechinar de muerte en pena.
Cada golpe del cantero,
cada sudor en el rostro,
lo devuelve la montaña
en un místico retorno.
No busca el hombre la gloria,
ni el oro de los tesoros;
busca la paz en la piedra,
el premio de sus esfuerzos.
Al tocar el muro terso,
el alma siente el abrazo;
la piedra da recompensa
al que ofrece su trabajo.
Es la autosatisfacción,
un manantial en lo seco,
que brota de la dureza
cuando el gesto es puro y recto.
Las tumbas de la llanura,
pirámides de un lamento,
el granito rojo brilla
colmando de aire al deseo.
Busca el hombre en la cantera
lo que el tiempo se ha llevado,
pues no hay agua que mitigue
sed de un ayer olvidado.
El granito es un espejo
de un deseo que no acaba,
una sed que en la arenisca
nunca encuentra su llegada.
Quiere asir entre sus manos
el pasado que es ceniza,
pero el bloque rojo guarda
solo una muda sonrisa.
Es la piedra un laberinto
donde el ansia se detiene,
pues lo que fue ya no vuelve
por más que el alma se empeñe.
Y en el roce con el muro,
donde el dedo se desgasta,
el orgullo reconoce
que su propia luz le basta.
Que no hay reino ni corona
que detenga el atardecer,
solo el gozo de la piedra
que enseña a no pretender.
Así el hombre, ante el abismo,
bebe el vino del presente,
pues lo insaciable se rinde
frente al granito durmiente.
sábado, 7 de febrero de 2026
Frente el cráter de ceniza.
Frente el cráter de ceniza,
el fuego al tiempo deshace,
busco el trazo de lo eterno
aunque el pulso me fracase.
No es la mano la que labra,
ni el cincel el que renace,
es el hambre de lo oculto
lo que obliga a que me lance.
¡Qué me importa la destreza
si la forma es solo un envase!
Yo persigo aquel relámpago
que en la sombra se desate.
No es oficio, es un delirio,
un incendio en el lenguaje,
que las cosas cobren vida
antes que el rigor las mate.
Busco el arco que se curva
en un místico tatuaje,
donde el iris se confunde
con la sangre del paisaje.
Lo perfecto es un sepulcro,
lo sublime es el viaje;
hacer bien es dar el alma
aunque el mundo se desgaje.
Que la obra sea el puente,
no la meta ni el anclaje,
pues lo bello solo existe
cuando el sueño se hace carne.
Construiré con mi sangre la opalita.
Te amo, te odio,yo que sé,
ya te tengo que olvidar,
quien te cace venda tu piel
yo solo te tengo que matar.
Mina de oro que entierro
nunca más te seré fiel,
te bendigo sin querer verte
para adornar nuestra piel.
Rapado con tatuajes
en la cogorza del ayer,
en medio el mar sin nombre
tampoco tiene que volver.
Brillas con luz de angustia,
falsa joya de cristal,
que hasta la noche se admira
en tu fragua artificial.
No naciste en la montaña
ni en la cuna del volcán,
pero tu humilde calaña
irradia un suave desván.
Si el diamante es fuego puro
y el zafiro es alta mar,
tú, en tu brillo más oscuro,
no te tienes que juzgar.
Perdónate por no serlo,
por ser vidrio y nada más,
que es hermoso solo el verlo
y en tu calma encontrarás.
No mires al que es tesoro
por ley de naturaleza,
mira al fango, mira al lodo
que no tiene tu belleza.
Hay piedras que son ceniza,
que el camino pisará,
mientras tu luz se desliza
y en el pecho brillará.
Mina de oro que entierro
nunca más te seré fiel,
te bendigo sin querer verte
para adornar nuestra piel.
viernes, 6 de febrero de 2026
Poema "Todo lo que amé".
Todo lo que amé
no tiene ya sentido,
los traumas quedan
por el hijo no tenido.
Uno se multiplica
porque como niño queda,
y mata las raíces
que rompieron la tierra.
De eslabón a eslabón
los tambores en la playa,
mueren por rascacielos
contra los coches baila.
Del ahorcado inalámbrico,
otro amor platónico,
sueña gárgolas de niño
y un desierto daltónico.
Soneto surrealista.
La Geometría del Polvo.
Un reloj de ceniza mide el frío,
mientras el piano devora su teclado,
y un tigre de cristal, siempre callado,
bebe la sed de fiebre por el río.
Hay un orden de sal, un desafío
en el pan que camina ya inventado;
la dignidad es un pez amordazado
que guarda el mar en un dedal vacío.
No es el azar la red, sino el acento
de una raíz que muerde la estructura
los trenes caen de la azotea al cemento.
Erguido el aire, busca su estatura,
los ciervos cornean la vena sin tiento
lo que yo amé ya no tiene espesura.
jueves, 5 de febrero de 2026
El amor que te llega y te conviene.
Yo que tantos hombres fui
fui el hombre en cuyos brazos
desfallecía la otra por fin.
Si busqué a Matilde Urbach
si me bloqueó o fui feliz
viendo el oasis me matará
no me mató de lo que morí.
Por la arena del olvido,
bajo un sol que no perdona,
el pie quemado ve al cielo
y tu recuerdo te cuestiona.
No es la línea la que manda,
ni lo recto es lo que importa,
que la sed dicta la ruta
y la ausencia se hace corta.
Buscabas aquel incendio,
ese amor de llama loca,
que te hería con el frío
y te amargaba la boca.
Pero el paso te detiene
donde el agua es mansa y pura;
el gas termina el engaño,
se suaviza la amargura.
Aquel sueño inalcanzable,
de noche angustia sombría,
lo remata ya la tarde
y lo dispersa la brisa.
Si te mueres con el puerto,
con el bien que te conviene,
con la paz que da el refugio
y el abrazo que te sostiene.
Hay un eco de otra vida,
un extrañamiento leve,
como sombra de una nube
que en el alma apenas llueve.
Es sosiego lo que sientes,
el reposo del guerrero,
aunque guardes el secreto
de aquel fuego prisionero.
Por supuesto fui feliz
el náufrago nadando
y muere en la orilla
de quedar pataleando.
Por la arena que devora,
bajo un cielo que es de hierro,
no caminas por la línea,
vas buscando tu destierro.
No es la ruta del cartógrafo
la que guía tu pisada,
es el hambre de los pozos
en la tierra calcinada.
Te asaltan las caravanas,
ladronas de la alegría,
que en lugar de dar consuelo
te roban la luz del día.
Y en la grieta del engaño,
donde el miedo te amordaza,
brota el brillo del escorpión
que entre las piedras atenaza.
Él no es muerte, es el maestro,
veneno que te despierta:
donde hay saña y aguijón
hay una vida muy cerca.
Aquel amor de los picos,
imposible y carnicero,
era un sol que te cegaba
en un mundo de cenicero.
Hoy te quedas con el valle,
con el bien que te acomoda,
una paz que sabe a tregua
mientras el alma se poda.
Es un orden de cemento,
un refugio sin espanto,
aunque sientas en el pecho
un extraño y sordo llanto.
Es el peso de la calma,
un metal que no conoces,
mientras mueren en tu espalda
aquellas antiguas voces.
miércoles, 4 de febrero de 2026
Título: El Último Latido en el Puerto de la Luz
El Último Latido en el Puerto de la Luz y China Blue.
Escena 1: El Vacío de Cristal.
La lluvia en el puerto de contenedores no limpiaba la suciedad; solo la convertía en un barniz brillante bajo las luces de neón. Leo caminaba con el paso pesado de quien ya no espera llegar a ninguna parte.
En su bolsillo, el frasco de cristal tallado pesaba más que un arma. Había recibido el mensaje: una nota de voz distorsionada de Juli, diciendo que no podía soportar más la guerra entre sus familias, los sindicatos del muelle, y que "se marcharía para siempre".
Leo llegó al almacén abandonado. Allí, sobre una mesa de metal oxidado, yacía Juli. Parecía una estatua de mármol bajo la luz azul de una pantalla que aún parpadeaba en la pared. Estaba pálida, inmóvil, con un pequeño frasco vacío a su lado.
—Llegué tarde —susurró Leo. Sus manos temblaban mientras le apartaba un mechón de pelo mojado—. Me pediste que nos fuéramos, y ahora te vas sola.
Escena 2: El Silencio Roto.
El silencio en el almacén era denso, roto solo por el goteo constante de la lluvia y el lejano lamento de las sirenas que se acercaban. El frasco vacío al lado de Juli, junto al de Leo, pintaba un cuadro sombrío de desesperación y decisiones fatales.
Escena 3: El Testigo Forzado.
En ese momento, la puerta del almacén se abrió de golpe. Tyrell, el hermano de Juli y líder de la banda local, entró con una pistola en la mano. Venía buscando a su hermana, furioso por la tregua rota, pero se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos recorrieron los cuerpos inertes y el aire viciado de tragedia.
—Juli... ¿qué has hecho? —murmuró, la pistola cayendo de su mano temblorosa.
Se acercó lentamente, su arrogancia habitual desvanecida por el horror. Vio los rostros pálidos de ambos jóvenes, la quietud antinatural de sus cuerpos entrelazados. La verdad, fría y brutal, lo golpeó con la fuerza de un puñetazo.
Las sirenas se hicieron más fuertes, sus luces rojas y azules intermitentes empezando a filtrarse por las ventanas polvorientas del almacén. Tyrell sabía que no había escapatoria, no de la ley, y mucho menos de las consecuencias de la guerra que él mismo había avivado.
Se arrodilló junto a los cuerpos, no con remordimiento, sino con la realización amarga de una victoria que se sentía como una derrota absoluta. Había "ganado" la guerra de bandas, pero al precio de la vida de su propia hermana.
—Ganamos —susurró, con la voz rota—. Ganamos todo... y no nos queda nada.
La policía irrumpió en el almacén, sus linternas barriendo la escena. Tyrell levantó las manos, derrotado, mientras las luces del puerto iluminaban el final de una historia marcada por la lealtad, la rivalidad y la trágica elección de dos jóvenes enamorados contra un mundo que se negaba a aceptarlos juntos.
La tragedia en el Puerto 24 se convirtió en una leyenda urbana, un cuento de advertencia en las calles mojadas por la lluvia, recordando a todos el alto costo del odio y la desesperación en un mundo donde el amor a menudo lucha por encontrar un lugar.
Yo fui el Rey Naranjito: Juan Carlos I.
"Yo fui el Rey Naranjito
la Zarzuela puse fina,
quise mantener un trono
y me quedé sin silla".
Tu relación era un cromo
para vender en la sauna,
no hay elefante no blanco ya
disculparse ante tanta fauna.
Si quieres justicia
córtate el brazo,
la justicia se paga
con fuego y a rajo.
Zarzuelas de todos pescaos
que se muerden la cola,
que la corona pensando
excusas de caracola.
Cargué mis carros de oro
con la cosecha más rica,
pero en los lodos del Betis
la rueda se me complica.
Los duques me dieron aire,
los condes me dan la espalda,
y el cetro de mi gobierno
ya no es más que una rama.
¡Ay, qué triste soberano
que por buscar el vaivén,
perdió el jugo de su vida
y el huerto que le dio bien!
Ahora vuelvo a mis terrenos
con la cabeza humillada,
sin trono de terciopelo,
pero con sed de naranja.
Desde mi exilio de arena,
donde el sol tuesta la orilla,
busco el perfil de mi tierra
que entre las brumas titila.
A través del catalejo
la distancia se hace añicos;
veo el reino que fue mío
mientras cuento mis doblones.
El jeque me da su mano,
el oro colma mi mesa,
pero España está muy lejos
y el perdón nunca me llega.
Fui motor de un gran cambio,
de una estirpe la semilla,
mas por bolsas de caudales
hoy me encuentro sin mi silla.
Apoyado en el balcón,
entre dunas y calima,
ajusta bien el enfoque
mientras el sol lo castiga.
A lo lejos ve Sanxenxo,
la costa que lo fascina,
pero el brillo del desierto
la mirada le nubla.
Aparece el buen amigo,
jeque de túnica fina,
que le entrega los maletines
llenos de cash y de intriga.
«Toma otro coche, Campeón»,
le dice con voz sibilina,
mientras aparca un Ferrari
que a su garaje se arrima.
Anota en sus memorias,
con caligrafía prolija,
que el perdón no se regala
aunque el oro lo consiga.
Y suspira el Naranjito,
mirando hacia la bahía:
«Tengo el arca bien repleta,
pero he perdido la silla».
Trump desde el salón de Mar-a-Lago,
Desde el salón de Mar-a-Lago,
con su barniz de purpurina,
se barniza en tez naranja
y su imperio barniza.
Ajusta bien su corbata,
que hasta el suelo casi arriba,
mientras sueña con el muro
que clava entre cifras.
Lanza un dardo en su red social,
con la furia de una espina,
y entre hamburguesas y oro
su gran leyenda cocina.
Prometió limpiar el pantano,
con voz ronca y sibilina,
pero ha llenado el estanque
de su propia serpentina.
Atesora sus derrotas
como si fueran pepitas,
y se aferra a su corona
de burguerking con termitas.
- Fui el rey de los rascacielos,
la guía en la Quinta Avenida
quise comprar el planeta
y me quedé en la orilla.
Ya se sienta en el banquillo,
ya se sienta en la oficina,
que entre jueces y decretos
el magnate se ilumina.
Con un ojo en el estrado
y el otro en la Casa Blanca,
va borrando sus condenas
con una goma de plata.
Pide anular los procesos
de la corte neoyorquina,
mientras firma con su pluma
la ley que el mundo domina.
«¡Soy el Rey del Comeback!»,
grita al viento con malicia,
mientras los fiscales lloran
viendo cómo se desliza.
No hay pantano que lo frene,
ni ley que lo ponga en fila,
que para el hombre naranja
la justicia es plastilina.
A los líderes del globo
los saluda con su intriga,
mientras levanta la valla
que el desierto necesita.
Con el puño bien cerrado
y la lengua siempre lista,
pone aranceles al mundo
mientras se toma una dieta.
Sueña con muros de acero,
de cemento y de caliza,
que separen su palacio
de la gente que lo irrita.
Fui el dueño del negocio,
de la oferta y la primicia,
y ahora el mundo es un tablero
que mi mano moviliza.
martes, 3 de febrero de 2026
Romance del bulevar de los sueños rotos.
No, quiero más alcohol,
no quiero fama prestada
sino la mano callosa
que acabó manchada.
Te llamo y no vienes
Te amo y no vienes,
¿quien tiene la culpa?
¿a dónde van los trenes?
¿A dónde van los trenes
frenéticos sin mirar?
se tiran desde...
el precipicio al mar.
Si quieres justicia
córtate el brazo,
la justicia se paga
con fuego y a rajo.
En la esquina asfixiante del olvido,
donde el sueño de plata se deshace,
vi la luz de Madrid: cristal herido,
donde el éxito muere antes que nace.
¿Qué es el cine? Un relámpago que pasa,
una sombra que cruza por la frente;
quería ser el fuego de esta casa
y hoy soy solo la ceniza de la gente.
El mundo fue un guion mal ensayado,
un travelling que acaba en el vacío;
el nombre en las estrellas fue borrado
por el viento de un bar sucio y sombrío.
Mas queda el alcohol, sabiduría amarga,
el licor que en el vaso se estremece,
mientras la noche madrileña se hace larga
y el rostro del fracaso resplandece.
No es dolor, es la lucidez del que ha caído,
un cinismo de oro en la mirada;
al fin, del viejo sueño perseguido,
nos queda la vida... y no queda nada.
Bajo los neones que sangran sobre el asfalto de Callao, los zombis frenéticos adictos al plástico y las pantallas
gozan de su automatismos más sangrantes.
Es Madrid este desierto de brillantes claridades,
donde el sueño se hace carne y la carne, soledades.
Yo busqué mi rostro eterno en la luz de un proyector,
pero el cine es solo un eco, un disfraz del estertor.
¡Qué hermosa es la ruina cuando el alma ya no miente!
Se rompió el cristal del mundo, se secó la vieja fuente;
ya no busco los aplausos ni la gloria del cartel,
que el fracaso tiene un gusto más honesto que la hiel.
Bebe el hombre su derrota como quien bebe un veneno,
en el bar de Malasaña, bajo un cielo de trueno.
La sabiduría es cínica: ver los hilos del guiñol,
mientras arde Madrid centro como un pálido crisol.
No me habléis de los laureles, que la vida es este instante,
un metraje de sombras, un borracho delirante.
Que si el éxito se fue, nos dejó la destrucción:
el alivio de estar rotos... sin ninguna dirección.
Bajo la luz de los faroles que parecen ojos cansados, la redención no llega como un perdón, sino como una aceptación eléctrica. Madrid, al final, siempre te recoge entre sus escombros.
Mas no todo es el vacío, ni es ceniza la mirada,
que en el fondo del naufragio late siempre una alborada.
Si el celuloide se quema y se apaga el reflector,
queda el pulso de la calle, queda un rastro de calor.
Que Madrid no olvida a nadie si sabe perder con gracia,
hay un brillo en la derrota que no tiene la aristocracia;
y al romper todos los sueños, como espejos de cristal,
descubrimos que estar vivos es el triunfo principal.
Ni el alcohol es el martirio exigido para los mármoles, ni el fracaso es una fiesta infinita, cansina,
un sinsentido de diversión para sí misma,
es la tregua del que entiende que la vida es otro martirio anestesiante de luz:
un abrazo en una esquina, un poema sin final,
la belleza de lo roto en este solar paradisíaco.
Brilla el sol por las tejas de los tejados, se disuelve la amargura,
que triunfar fue solo un cuento, y vivir es la aventura.
Ya no busco la pantalla, busco el aire y el camino,
que en el caos de la muerte se halla siempre el buen destino.
Para explorar más sobre este sentimiento de redención urbana, puedes consultar la obra de Octavio Paz en el Instituto Cervantes o redescubrir la leyenda de Madrid en el portal de turismo EsMadrid.
¿Quieres que transformemos este sentimiento en un monólogo dramático para un guion o prefieres explorar otra ciudad con esta misma atmósfera?
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Romance sobre la identidad de España.
El sol que en las torres vibra
ya no hay eco de un cantar;
que en las cunas de mi España
duerme el silencio mortal.
No se escucha el paso leve
de una nueva generación;
la vida se apaga lenta,
sin lumbre y sin ilusión.
¿Qué quedará de estos muros,
del alcázar y el desván,
si otros ojos los contemplan
sin saber qué suelo pisarán?
Manos de tierras extrañas,
entre la sombra y el afán,
habitarán los palacios
donde el ayer ya no está.
Nuestra mente, vieja joya,
se irá en el viento a volar;
seremos sombra de un sueño,
un verso que nadie lee,
un nombre... ¡y nada más!
Se poblarán los templos de otra lengua,
de un rezo nuevo el viejo capitel;
y en el aire, que hoy guarda nuestra esencia,
flotará el polvo de un ayer cruel.
Nuestra mente es un arpa en el rincón,
de su dueño olvidada y en silencio;
nadie vendrá a arrancarle una canción
el futuro no entiende nuestro acento.
¡España es un sepulcro de leyendas
donde la luz la apagas solo tú!,
sin nuestra memoria a los edificios
¿quién les dará luz?
lunes, 2 de febrero de 2026
Soneto contra Antonio Muñoz Molina.
A un prosista de la memoria bostezo.
¡Oh, sacro vate de la fosa abierta,
que con prosa de plomo y guante frío,
vendes al peso un lánguido extravío
mientras la musa bosteza tras la puerta!
Eriges catedral de tinta muerta,
un laberinto de sopor vacío,
donde el abuelo, el frente y el gentío
hacen de la memoria una oferta.
Gargarito de frases engreídas,
vas de adalid de la herida mal cerrada
con el gesto de estatua de oficina.
¡Calla, archivero de glorias aburridas,
que tu pluma, de incienso almidonada,
ni es historia, ni es arte: es neblina!
Poema "A un amor imposible".
Bajo la sombra del pino,
donde el viento se deshace,
busco el rastro de tu planta,
esa luz que no se añade.
Eres el río que corre,
la orilla que no se alcance,
un eco de pasos mudos
en el cristal de la tarde.
Rimas de seda y olvido,
laberinto de un instante;
te persigo y no te encuentro,
pues eres aire en el aire.
Vana sombra de mi sueño,
presencia que se me escapa:
quererte es besar la sed,
tenerte es no tener nada.
¿Bajo la sombra del pino,
donde el viento se deshace,
busco el rastro de tu planta,
esa luz que no se añade?
Eres el río que corre,
la orilla que no se alcance,
un eco de pasos mudos
en el cristal de la tarde.
Viento de seda y olvido,
laberinto de un instante;
te persigo y no te encuentro,
pues eres aire en el aire.
Versos de seda y olvido,
belleza donde no queda nadie.
Vana sombra de mi sueño,
presencia que se me escapa:
quererte es besar la sed,
tenerte es no tener nada.
Tu risa es pulso de fuego,
un relámpago de grana,
que incendia el frío del tiempo
y en mi pecho se derrama.
Eres el ámbar del día,
la púrpura que me llama,
mientras mis manos de sombra
solo rozan tu distancia.
¡Qué sed de labios de arena!
¡Qué sed de fiebre y de escama!
Tu cuerpo es isla de oro,
mi deseo, mar en calma.
Vértigo de sol y abismo,
sedienta luz de obsidiana:
te quiero porque eres huida,
porque eres llama en la llama.
Romance "Rechina la lluvia al abismo".
Rechina la lluvia al abismo,
donde el hielo se desgarra,
cada grieta es un olvido
que en la sombra se amordaza.
Llueve sobre el mármol vivo
de esta pena que no acaba;
un amor que fue un cuchillo
y hoy es solo nieve blanda.
Rompo el muro del glaciar
con las manos desgarradas,
sin la luz de una mirada
que valore mi jornada.
Es el tiempo un río ciego
que en mis sienes se adelanta;
cada golpe es un espejo
donde el alma se contempla.
Tú eres sombra, yo soy eco,
somos dos orillas largas,
separadas por el hielo
que mi voluntad quebranta.
Nada queda del esfuerzo,
ni el sudor ni la esperanza;
solo el frío de los dedos
y la lluvia en la garganta.
Golpeo el muro de escarcha
mientras la lluvia me ciega,
y en cada grieta que avanza
tu nombre el hielo me entrega.
¿No ves que el alma se cansa
de esta labor sin respuesta?
Tú eres la luz que se aleja,
yo la mano que la busca.
Rompo el cristal de la ausencia,
hundo el acero en la nada;
trabajo para que sientas
que mi soledad te llama.
Pero el tiempo es una fiera
que en el glaciar se agazapa,
y aunque mi pecho se muera,
nadie mi lucha consagra.
Hablo a tu sombra de arena,
tú me respondes con agua;
es esta pena una herencia
que bajo el frío se fragua.
Sigo tallando la piedra
de una esperanza olvidada,
donde el dolor se encadena
a una labor que no acaba.
Con el cielo de plomo y frío,
donde el viento desata su saña,
el alma guarda un mudo vacío
y el cuerpo arrastra su calaña.
No hay rima que endulce el desvío,
ni luz que en la sombra se empaña;
solo el golpe del hierro sombrío
que en piedra del tiempo se ensaña.
La lluvia es un llanto baldío,
una red que el esfuerzo acompaña;
rompo el hielo, sigo el desafío,
aunque el mundo mi entrega mofara.
Trabajo en el yermo, en el río,
sin que nadie valore mi hazaña,
pues mi pena es un antiguo estío
que en el frío del alma se baña.
En el cristal del aire herido,
donde el rayo de luz se deshace,
busco el rastro de un tiempo perdido
en el golpe del hacha que nace.
La lluvia es un coro prohibido,
un sudario de agua que acecha;
tú no estás, y el silencio crecido
es la zarza que el alma cosecha.
Rompo el muro de hielo dormido
mientras todo a mi paso fracasa,
con el pecho de frío vencido
y una sed que el esfuerzo no aplaca.
Nadie mira el oficio cumplido,
ni la mano que el hielo desgasta;
trabajar es un rito al olvido,
una sombra que el viento arrebata.
No hay mirada, ni puerto, ni nido,
solo el golpe que el hielo separa;
soy el eco de un sueño extinguido
que en la lluvia su pena disfrazara.
Golpeo el muro, el tiempo se detiene,
bajo la lluvia que mis sienes baña
el hielo es una fiera que se ensaña
con el poco valor que me sostiene.
No hay mano que mi esfuerzo hoy alivie,
ni luz que alumbre esta labor extraña;
mientras el mundo el sacrificio empaña,
el alma espera que el dolor decline.
Si es de cristal el sueño que persigo
y es de granito el paso del olvido,
yo seré el golpe, el rayo y el testigo.
Aunque por nadie sea mi afán oído,
rompo el glaciar, el cielo y el castigo:
¡trabajo y muero, pero no me rindo!
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