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Alicia atraída por la madriguera
sábado, 28 de marzo de 2026
Un telegrama terrible.
El telegrama llegó con la precisión de una sentencia: "Ven. La puerta está abierta".
Gregor GeyGg caminó kilómetros por pasillos que parecían estrechos, aunque el techo se perdía en la penumbra. Al llegar a la casa de su infancia, encontró a su hermana, Ana, sentada frente a una mesa infinita. No se habían hablado en años, por una falta que ninguno recordaba pero que ambos daban por sentada.
—Has tardado —dijo ella, sin mirarlo. Sus manos pelaban una fruta que no tenía piel, solo capas infinitas de una pulpa grisácea.
—El camino se alargó —respondió él, sentándose.
Por un instante, el milagro ocurrió. Ana le tendió un trozo de esa fruta. Al comerla, Gregor sintió que el perdón no era un sentimiento, sino un mecanismo que encajaba. Se rieron de un chiste compartido en la niñez; la luz de la habitación cobró un matiz cálido y la burocracia del rencor pareció archivarse definitivamente. Se abrazaron. El contacto físico fue real, sólido, una reconciliación que borraba cada oficio y cada decreto de soledad.
—Me quedaré —susurró él.
—Ya te has ido —respondió ella.
De pronto, un funcionario con uniforme azul apareció de la nada y colocó un biombo de madera entre ambos. Gregor intentó rodearlo, pero el biombo se extendía a medida que él corría.
—¡Ana! —gritó.
—La audiencia ha terminado —dijo una voz detrás del panel.
Gregor buscó la puerta, pero ahora había cientos de ellas, todas con el nombre de su hermana, pero ninguna se abría con su llave. La reconciliación había sido concedida por error administrativo y, una vez detectado el fallo, el sistema procedió a anularla. Él seguía amándola, y ella a él, pero ahora existía una ley física, un nuevo reglamento del espacio, que prohibía que sus miradas volvieran a coincidir en el mismo plano de la realidad.
La reconciliación estaba firmada y sellada, pero el archivo donde se guardaba era, por definición, inalcanzable.
¿Te gustaría que profundice en el sentimiento de culpa de los personajes o prefieres que exploremos el entorno burocrático de la casa?
La culpa en Gregor no era un peso, sino una función administrativa. Mientras recorría los pasillos, sentía que su propia existencia era una falta que debía ser justificada ante un tribunal invisible. El perdón de Ana no fue un alivio, sino una evidencia condenatoria: al ser perdonado, se confirmaba que su crimen —aunque desconocido— era real.
Por su parte, Ana cargaba con la culpa del verdugo involuntario. Al aceptar la reconciliación, ella había violado una norma tácita de su propio aislamiento. Su mirada final no era de odio, sino de la resignación de quien ha sido "notificada" de que el amor es una irregularidad en el sistema.
Ambos se descubrieron culpables de intentar ser felices sin el permiso de la Gran Instancia. Ahora, el castigo no era el rencor, sino la certeza de que su amor era la prueba de su delito.
Gregor fue conducido a una habitación sin ventanas donde un hombre de rostro genérico, oculto tras una montaña de expedientes, comenzó el procedimiento.
—Usted afirma haber sido perdonado —dijo el funcionario, ajustándose los anteojos—. ¿Podría indicar el artículo exacto de la ley de su hermana que permite tal indulgencia?
—No hay artículos —balbuceó Gregor—. Fue un abrazo.
El funcionario suspiró, como quien trata con un niño testarudo.
—Un abrazo es un gesto técnico que requiere una solicitud previa por triplicado. Si ella lo perdonó sin que usted presentara un inventario detallado de sus ofensas, entonces el perdón es nulo por falta de forma. Y si usted lo aceptó sin conocer sus propios cargos, ha cometido falsedad ideológica.
El interrogatorio se volvió un bucle. Cada palabra de afecto que Gregor intentaba recordar era desmenuzada hasta convertirla en una sospecha. "¿Por qué sonrió ella?", "¿Fue una sonrisa de alivio o una de desprecio procesal?", "¿Qué intención oculta tenía usted al aceptar el trozo de fruta?".
Pronto, Gregor empezó a dudar de si la reconciliación había ocurrido realmente o si solo fue una estrategia de la fiscalía para obtener una confesión. La culpa crecía: ya no se sentía culpable por lo que le hizo a su hermana, sino por el hecho imperdonable de haber creído, siquiera por un segundo, que podía ser libre de su juicio.
El funcionario dejó de escribir. En el silencio opresivo de la sala, se quitó los anteojos y, por primera vez, miró a Gregor de frente. Los ojos, la forma de las cejas, incluso el pequeño tic en la comisura de los labios eran idénticos a los de Ana. No era una imitación; era ella, o una versión de ella procesada por la maquinaria del rencor.
—¿No lo entiendes, Gregor? —dijo el funcionario con la voz exacta de su hermana—. Yo soy tu fiscal porque tú me has nombrado. Cada vez que buscas mi perdón, redactas un nuevo cargo en mi contra.
Gregor comprendió entonces la trampa: la Ana que lo había abrazado era una irregularidad del pasado, mientras que esta Ana administrativa era la única realidad vigente. El interrogatorio no era para obtener información, sino para que él admitiera que la reconciliación era un atentado contra el orden natural de su distanciamiento.
—Entiendo —susurró Gregor, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso como el cemento—. Confieso. Confieso que el abrazo fue un error de cálculo. Confieso que no merezco la entrada, ni la salida, ni el recuerdo.
Al firmar el acta, Gregor sintió una extraña paz, la paz de los que ya no esperan nada. El funcionario selló el documento y le señaló una puerta que no conducía a la casa, sino a un pasillo vacío que se perdía en el blanco. Aceptó la condena perpetua: viviría sabiendo que ella estaba al otro lado, pero con la prohibición absoluta de volver a intentar descifrarla. La reconciliación quedó archivada como un caso cerrado por falta de pruebas, y Gregor caminó hacia su destierro, satisfecho de haber cumplido, por fin, con la ley.
Gregor comenzó a caminar por el pasillo. Al principio, intentó contar sus pasos, buscando una métrica que le devolviera el sentido del espacio, pero las baldosas se multiplicaban bajo sus pies con una rapidez geométrica.
Miró hacia atrás y la puerta del interrogatorio ya no estaba; en su lugar, el pasillo se extendía con la misma monotonía grisácea que hacia adelante. No había bifurcaciones, ni ventanas, ni el eco de otros pasos. La condena no era el dolor, sino la ausencia total de interrupción.
Gregor comprendió que ya no era un hombre, sino un expediente en tránsito. Su nombre, sus recuerdos de la infancia y aquel breve sabor de la fruta que Ana le dio, se fueron disolviendo en la atmósfera aséptica del corredor. Se convirtió en un punto errante en un sistema que no necesitaba de finales, solo de una continuidad infinita.
Caminó hasta que el concepto de "hermana" fue solo un sonido vacío, una palabra en un idioma que ya nadie hablaba. Se perdió no en la oscuridad, sino en la transparencia absoluta de un lugar donde la reconciliación era, por fin, algo físicamente imposible porque ya no quedaba nadie para ser perdonado.
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