Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
lunes, 23 de marzo de 2026
El Eco en el Desván.
El crujido no vino de la madera vieja, sino de algo mucho más pesado. Julián se quedó inmóvil en la cama, con los ojos clavados en el techo manchado por la humedad. Hacía tres días que se había mudado a la casona de su abuelo y, desde la primera noche, el desván parecía cobrar vida propia.
Se puso las pantuflas y subió la escalera de caracol, cuyo metal frío le recordaba a una morgue. Al llegar arriba, la puerta del desván estaba entreabierta. Un olor a ozono y a flores secas inundaba el pasillo. Empujó la madera con la punta de los dedos.
Dentro no había nada fuera de lo común: baúles llenos de ropa apolillada, un espejo cubierto por una sábana gris y el silencio denso de los lugares olvidados. Julián suspiró, atribuyendo los ruidos a las tuberías. Pero, al darse la vuelta para salir, el espejo reflejó un movimiento.
Él no se había movido.
Caminó hacia el espejo y retiró la tela de un tirón. Su propio reflejo lo miraba fijamente, pero había algo mal. El Julián del espejo no parpadeaba. El Julián del espejo tenía una sonrisa que llegaba hasta las orejas, una expresión que él jamás recordaba haber hecho.
De repente, su reflejo levantó una mano y golpeó el cristal desde adentro. Toc, toc, toc.
El sonido no fue un eco. Fue real. Julián retrocedió, tropezando con un baúl, pero sus ojos no podían apartarse de la superficie plateada. La figura en el espejo comenzó a arañar el vidrio, dejando marcas de garras que aparecían en el aire de la habitación.
—Déjame salir —susurró una voz que era la suya, pero que sonaba como si viniera de debajo de la tierra.
Julián intentó gritar, pero el aire se le escapó de los pulmones. Vio cómo su propia mano derecha, la de carne y hueso, empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo. Mientras tanto, la figura del espejo cobraba color, volumen y una solidez aterradora.
El "otro" atravesó el marco con la facilidad de quien cruza una cortina de agua. Se detuvo frente a un Julián cada vez más pálido y transparente. Con una delicadeza cruel, el intruso le acomodó el cuello de la pijama al Julián real, que ahora flotaba como una sombra sin voz.
—Gracias —dijo el impostor con su voz perfecta—. Hacía mucho frío allí dentro.
El nuevo Julián bajó las escaleras silbando una melodía antigua, dejando atrás un espejo vacío donde, si se miraba con atención, solo se veía una habitación oscura y un joven invisible golpeando desesperadamente contra un muro de cristal.
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