Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

viernes, 27 de marzo de 2026

Hernán Cortés y pantallazos de su gloria.

Los barcos muertos en ostras empeñados ya su suerte, buscan los ojos en pétalos buscando el oro en su muerte. Sus arcas vacías quedan, pero su pecho en astillas, de una ambición que no cabe en escritos y en gavillas. En tu sangre crecen águilas y el cuchillo al mar radas, que un hidalgo sin hacienda sueña en chirrían espadas. ¡Qué solo va por las olas! ¡Qué amargo es su pensamiento! Sabe que el barco que cruza es su tumba o su cimiento. Ya no hay vuelta, que la bruma va borrando el puerto viejo, y el oro en hierro se forjó para marcar un imperio. Barcos que solo se cruzan en la noche sin mirarse, hay que correr en arena para no enterrarse. Verde sueño de los barcos, viento de cal y de arena, el caballo de la mar galopa sin una rienda. Cuchillos de sol amargo le cortan la frente seca, y en el bolsillo del alma la plata se volvió piedra. ¡Ay, Hernán de manos frías, qué noche de sombra negra! Empeñaste hasta los ojos por una tierra de fiera. El barco muerde la espuma, la costa ya le espera con un puñal de obsidiana y una corona de quejas. Suena el metal en el aire, sangre que no tiene dueña, mientras el oro del barco se pudre en la nochebuena. La mariposa muere de sueño se embisten por la ribera, la Judiada ansia uno en uno contra el tigre de la selva. Reluce el peto de hierro bajo la luna gitana, mientras el indio de barro clava su voz en la caña. ¡Qué choque de dos navajas! ¡Qué duelo de soledades! Uno pone sus denarios, el otro, sus deidades. La Malinche, lengua de fuego, va tejiendo la traición, entre un Cristo de madera y un sol hecho de latón. Ya no hay moneda que valga ni hidalgo que tenga sed, que la historia es un romance atado con un cordel. El oro de Moctezuma, fundido en pesadas barras para facilitar su transporte durante la huida, se convirtió en una trampa mortal en los canales de Tenochtitlán. Muchos soldados prefirieron morir ahogados por el peso del botín antes que soltar su carga en la Noche Triste. Hierve el oro en los crisoles, una gualda sangrienta, que el metal tiene mil ojos y una voz que no se calla. Lo fundieron en tinieblas, barras de luna enojada, para que el hidalgo lleve su pecado en la espalda. ¡Ay, qué puente de suspiros! ¡Ay, qué noche de retama! El que más oro llevaba menos camino andaba. Se le hunde el pie en el agua, se le apaga la mirada, mientras el tesoro busca su raíz de barro y plata. En el fondo del canal, donde el pez de sombra nada, duerme el brillo de un imperio bajo una cruz oxidada. El 13 de agosto de 1521, tras un asedio de 93 días, la ciudad de Tenochtitlán cayó definitivamente ante las fuerzas de Cortés y sus aliados indígenas. El asalto final combinó la tecnología naval de los bergantines españoles en el lago de Texcoco con la resistencia desesperada de los mexicas en las últimas calles de Tlatelolco. Aquí tienes el cierre del romance, fundiendo el humo de la pólvora con el aroma ritual del copal (incienso): Humo de humano y de incienso compacta la escalinata, cardiaco el ídolo de piedra que su honor aún lata. Ruge el trueno de la pólvora, toro canibal de metralla, que va rompiendo los pechos sin espuelas el sol no haya. ¡Ay, ciudad de los canales, novia de cristal y plata! Tu mantón de mil colores el hierro de Occidente desata. Ya no suenan los tambores, solo el grito de la espada, y el copal se vuelve luto en la tarde ensangrentada. Cuauhtémoc, clavel cautivo, va por la laguna flaca, mientras el sol, como un disco, en el horizonte se hinca. Se acabó el sueño del oro, la ambición quedó saciada, y el silencio de las ruinas es la última alborada. (Escena en el teocalli en ruinas. La Luna asoma con cara de cuchillo y la Muerte viste de castellana vieja. Cortés limpia su espada con un jirón de seda roja). CORTÉS ¡Ay, qué silencio de cal tiene la noche vencida! El caballo se me duerme en la orilla de la herida. LA MALINCHE (Entrando como una sombra de río) Hernán, que el aire no es aire, que es una mano de escarcha. Se nos murió la alegría en mitad de la desgracia. CORTÉS Vendí mis barcos al viento, puse mi hacienda en la suerte, y ahora tengo por tesoro esta moneda de muerte. LA MUERTE (Cantando desde el fondo) Pólvora blanca de sueño, incienso de sangre fresca, que el imperio de los soles ya es una rosa enhiesta. CORTÉS ¿Ves ese humo que sube? Es mi gloria que se apaga. El oro pesa en el alma como una sombra de daga. LA MALINCHE No llores, señor de barcos, que la tierra ya es tuya, aunque el grito del azteca por tus venas se escabulle. CORO DE SOLDADOS (A lo lejos) ¡El hierro muerde la tierra! ¡La tierra se bebe el hierro! ¡Qué amargo sabe el triunfo en el fondo del destierro! (La escena se oscurece. Un Fuego fatuo baila sobre las ruinas de Tlatelolco. Cuauhtémoc está encadenado frente a un brasero, mientras La Malinche lo mira con ojos de cristal y profecía). CUAUHTÉMOC (Con los pies tocando la brasa) Ya mi reino es de ceniza, mi corona es de tormento, que el hierro del castellano se ha bebido hasta mi aliento. No me duele este dolor, ni esta carne que se quema, me duele el sol que se apaga en mi frente de diadema. LA MALINCHE (Acercándose como una serpiente de seda) ¡Ay, águila que caíste! ¡Ay, tigre de piel dorada! Tu sangre y la de mi dueño serán una misma espada. No es el fin, que es el principio, un río de leche amarga, donde el indio y el hidalgo llevan la misma carga. CUAUHTÉMOC Me pides el oro, Hernán, y el oro ya no es nada, es solo el sudor del mundo en una mano cerrada. LA MALINCHE De tu herida y de su hierro, de la pólvora y la rama, nacerá un pueblo de barro con el alma hecha de llama. Hijos de sombra y de luz, raza de cal y espera, que llevará en el costado una eterna primavera. LA MUERTE (Bailando entre los dos) ¡Gira, moneda de sangre! ¡Gira, rueda de la suerte! Que el Nuevo Mundo ha nacido del beso de la muerte. (Se hace un silencio de piedra. Cortés, ya viejo y olvidado, camina por un olivar de Castilleja de la Cuesta. Viste de negro y arrastra una sombra de barco hundido). CORTÉS ¡Ay, qué amargo es el retiro lejos de la marejada! Tengo las manos de nieve y el alma de barro y plata. Vendí mis viñas de joven, compré un imperio con rabia, y ahora no tengo un camino que me lleve a la Nueva España. LA MUERTE (Vestida de india con mantón de seda) Hernán, no busques el oro, que el oro ya no te llama. Búscate en el hijo rubio que duerme con la mexicana. CORTÉS Mis naves las quemó el tiempo, mi gloria se hizo retama, y aquel dinero que puse se lo tragó la distancia. CORO DE VOCES (Susurrando entre los olivos) ¡El hidalgo se nos muere! ¡El conquistador se apaga! Queda su nombre en el viento como un tajo de navaja. CORTÉS (Cae de rodillas) Me voy con el sol que muere, con la fe de mi estocada. ¡Que me entierren en la tierra donde puse mi pisada! (Cae el telón de terciopelo negro mientras suena un tambor azteca y una guitarra española).

No hay comentarios:

Publicar un comentario