Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
domingo, 12 de abril de 2026
El teléfono de la madre muerta. (Microrrelato).
La penumbra de la sala se enroscaba como un sudario de tinta. Ella yacía ya bajo el frío rigor del mármol, pero el peso de mi culpa —ese cuervo que picoteaba mis entrañas por las palabras no dichas— era una losa más pesada que cualquier tumba.
De pronto, un chirrido eléctrico desgarró el silencio: el teléfono de mi madre, sobre la mesa de caoba, vibraba con una vida obscena. En la pantalla, su nombre parpadeaba como un ojo acusador desde el abismo.
El corazón se me hizo un nudo de espinas. ¿Era una citación del tribunal de los muertos? ¿Venía su voz, filtrada por el fango y la eternidad, a reclamar mi insolvencia moral?
Con la mano temblorosa, presa de un terror burocrático y absoluto, descolgué el auricular esperando una sentencia de ultratumba.—¿Tío? —la voz infantil de mi sobrino brotó con una naturalidad aterradora—.
Solo quería saber si puedo quedarme con el juego de las cartas. Se le olvidó en mi mochila.Exhalé un aire que sabía a ceniza, comprendiendo que el castigo no sería su reproche, sino este laberinto infinito de ecos donde su ausencia se disfraza de rutina.
La estancia se había convertido en un mecanismo de relojería averiado. Las paredes parecían aproximarse con una lentitud geométrica, reduciendo el aire a un suspiro viciado por el olor a cera y flores marchitas.
No era solo el luto; era la arquitectura del remordimiento. Cada sombra proyectada por el candelabro dibujaba en el suelo el perfil de mis propias faltas, una geometría de errores que se cerraba sobre mí en una espiral asfixiante.
La culpa no era un sentimiento, sino una sentencia administrativa dictada por un juez invisible. Yo era el acusado en un proceso del que desconocía las leyes, pero cuya condena sentía vibrar en la madera misma de la casa.
Cuando el teléfono rompió el vacío, el sonido no fue una simple campanilla, sino un martillazo en el juicio final. Aquel nombre en la pantalla era el sello de un expediente que no se podía cerrar.
Al descolgar, esperando el trueno de una voz espectral que enumerara mis pecados, el contraste de la voz del niño fue un latigazo de realidad aún más cruel.
El misterio no estaba en el más allá, sino en el laberinto de lo cotidiano: mi madre no llamaba para condenarme, porque el silencio eterno es el reproche más absoluto que existe.
Soy el reo de una habitación que ya no me pertenece. El aire pesa como el plomo de un ataúd mal sellado, y cada rincón de esta casa parece un pasillo hacia un tribunal donde yo soy el único testigo y el verdugo.
¿Por qué no le dije aquello? ¿Por qué mi afecto fue siempre una oficina de puertas cerradas y trámites postergados?
Ahora, mi negligencia se ha vuelto sólida; es este frío que me sube por las piernas, esta espiral de pensamientos que se enrosca en mi cuello como una soga de seda.
Mi madre ha muerto, pero su ausencia es una presencia burocrática y punzante. Siento que el universo entero está redactando un acta sobre mi cobardía. Y entonces, el teléfono.
Esa vibración no es de este mundo; es el eco de una campana sumergida en un mar de azabache. «Dígalo de una vez», quise gritar al vacío antes de contestar.
Al ver su nombre, comprendo la lógica de mi condena: ella vuelve del reposo solo para certificar mi bajeza, para sellar con su voz mi sentencia definitiva.
«Diga que soy el hijo que nunca mereció». Pero al oír la voz del niño, el horror cambió de forma. No hay juicio externo. El sobrino es solo un mensajero involuntario de la nada.
La verdadera tortura no es su reclamo, sino este silencio administrativo que me deja solo con mi propia voz, repitiendo mis crímenes en un bucle sin salida.
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