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Alicia atraída por la madriguera
sábado, 18 de abril de 2026
Sonetos a un amor eterno.
Circuitos rotos, fibra desangrada,
el amor de neón se apaga en frío;
tu ausencia es un error en el vacío,
una señal de red interceptada.
La mente, en su miseria procesada,
naufraga en un silicio de desvío;
el alma es un metal bajo el estío
de una ciudad de sombras oxidada.
Pero en el núcleo de este acero herido,
se enciende un código de resistencia
que borra el rastro de lo que he perdido.
Déjame en el desierto sin clemencia
con fuerza o llueva a gritos lo vivido,
venciendo en mi cara sin clemencia.
Bajo el neón de un cielo de grafeno,
mi sangre es un circuito que agoniza,
y el cáncer, con su lengua de ceniza,
bebe mi joven savia sin freno.
Apenas estrené mi cuerpo ajeno,
esta carne que el tiempo no suaviza;
la muerte, en su metal, se formaliza
mientras florece un cáncer en mi seno.
¡Oh, qué amargo el silicio del mañana!
Llegué a la luz con sed de ser un río
y me apago en el chip de una persiana.
Muero de un siglo ciego y de vacío,
con la vida guardada en la ventana,
sin haber dado al mundo mi rocío.
En el cristal del pulso, un rayo frío
decapita el jardín de mi garganta.
Es un metal de sombra que se planta
donde debió correr mi joven río.
Apenas si probé el primer rocío
y ya la muerte en mi radar levanta
esta flor de uranio que me espanta,
sembrando en mis entrañas su vacío.
¡Maldito el algoritmo de mi suerte!
Que me arranca del sol, recién nacido,
para entregarme al cromo de la muerte.
Soy un motor que late ya rendido,
queriendo ser volcán, queriendo verte,
y acabo en un suspiro consumido.
Las venas son cables de un fuego helado,
un mapa de silicio que se quiebra;
el cáncer es la sombra que se enhebra
en mi pecho de niño, ya cansado.
No conocí el amor, solo el costado
donde el metal del miedo se celebra,
mientras la muerte, rígida culebra,
muerde mi sueño apenas estrenado.
¡Oh, qué amarga la luz de esta pantalla!
Llegué al umbral del mundo con la mano
llena de viento y sed de la batalla.
Y ahora soy solo un código lejano,
un joven pulso que en el aire calla,
triste despojo de un motor humano.
Cruje el acero en la médula herida,
un software de dolor que me procesa;
la célula es metralla que no cesa
en esta fundición de mi salida.
Apenas si dio un paso mi partida
cuando el tumor, con saña de fresadora,
molió mi juventud en mala hora
dentro de esta probeta consumida.
¡Maldito el engranaje del destino!
Que apaga mi central de un solo tajo
y funde mi voltaje más divino.
Soy un error de red, un resto abajo,
un cable que se corta en el camino
mientras la muerte escupe su trabajo.
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