Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera
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jueves, 27 de noviembre de 2025

Una mujer con un pájaro en la cabeza.

La amaba aunque sabía que iba a destruirme, pero nada de eso me importaba cuando me hablaba de su pájaro en la cabeza. Al principio lo único que quería saber era el secreto de la autodestrucción de su locura. Después un conocido me lo admitió a pesar de su envidia: todos nuestros conocidos tenían expectativas de que ambos nos casaríamos. Solo un loco acabado le pediría matrimonio pero yo ya era mayor y estaba solo. Después de descubrir algunos de sus sueños a la mitad, le recordé que tenía una fortuna, un increíble puesto de trabajo y que ascendería porque tenía ambiciones(todo mentira) y que quería casarme con ella. Pero ella me dijo que no, porque no sabía volar ni tirarme por los acantilados a las piedras del mar recitando a Shakespeare. Creo que empecé a amarla entonces cuando ya era tarde. Volví a casa y escribí la extraordinaria historia, de cómo ella en un momento de desesperación me pidió casarse conmigo, pero que yo no acepté porque solo sabía cocinar animales que pisaban la tierra. No puse su nombre al cuento,pero la amaba demasiado, pensaba en ella a todas horas, todos los días durante años desesperado. Cuando gané aquel premio extraordinario le dediqué el premio con otro nombre, contando todas sus locuras. Días después me enteré que por fin se había ido volando. Fui a su casa desesperado, forcé su puerta, busqué entre sus papeles algún papel en que se despidiera de mí, en que me reconociera su amor,un poemilla con mi nombre. Pero ni siquiera eso me reconoció. Antes de irme prendí fuego en su casa. Me vi encerrado dentro, ardiendo, pero pude escapar esta vez por fin del pájaro que llevaba en la cabeza de su memoria. Por fin...

sábado, 22 de noviembre de 2025

El camino de una monja.

Inmaculada entró en la institución por la puerta principal. Traía consigo una maleta vieja y una culpa tangible. Su propósito era claro: salvar su alma de la sustancia, del peso de la memoria y de una depresión que la hundía en un pozo sin fondo. Era un joven bella de piel blanca,y ojos y pelo negro. Las reglas del lugar eran precisas. Levantarse a las 5:30. Oración a las 6:00. Desayuno: pan negro y agua. Aseo personal. Trabajo manual. Inmaculada siguió cada instrucción. Limpiaba pisos. Pulía la cera hasta el brillo exacto. Ordenaba libros por tamaño. Sentía que cada acción la acercaba a un orden superior, a la salvación prometida. El orden la protegía. El orden la purificaba de los recuerdos de Ernesto, de sus ojos grises y de las promesas rotas que la llevaron al abismo. La relación con las otras monjas era una coreografía de evasiones. Sor Úrsula, la encargada del dormitorio, medía con una regla la distancia entre las camas. Nunca hablaban, solo asentían. Un asentimiento era aprobación; dos, desaprobación. Inmaculada recibía un asentimiento por la mañana y dos por la tarde. El sistema de comunicación era tan preciso como la maquinaria de un reloj roto. Con la Superiora, la Abadesa, el trato era inexistente fuera de las audiencias formales. La Abadesa era una sombra en el extremo del pasillo, una presencia de la que emanaba un olor a naftalina y papel viejo. Hablaba a través de notas escritas en un papel de lino, con una caligrafía perfecta e impersonal. En la ducha comunal, Inmaculada se enfrentaba a su propio cuerpo, un territorio hostil. El agua caía fría. Las duchas no tenían cortinas. Sentía las miradas oblicuas de las demás, cuerpos fantasmas que se lavaban con rapidez. Inmaculada tocaba su piel bajo el agua helada, sintiendo cada cicatriz, cada hueso, como un mapa de su vida anterior. Se decía a sí misma: "Este cuerpo no es mío. Es una posesión temporal. Debe ser limpiado, purificado". Pero la imagen de Ernesto, de sus manos, de su tacto, regresaba. La culpa se aferraba a su piel como un sudor frío, sin importar cuánto jabón usara. Pero el sistema no era perfecto. Encontró un libro de reglas con una página arrancada. La inquietud se instaló. Una regla incumplida por el simple hecho de desconocerla. La culpa, que había disminuido, regresó multiplicada, evocando el dolor de la última llamada de Ernesto, de su traición. Empezó a buscar la página, la regla faltante. Su búsqueda se convirtió en obsesión. Revisó todos los libros, todos los estantes. Desorganizó el orden que tanto había cuidado. Sus acciones, antes metódicas, se volvieron erráticas. Las otras hermanas, la miraban fijamente con un gesto serio. Señalaban su comportamiento. Su desorden. Los asentimientos de Sor Úrsula se convirtieron en un movimiento rápido y rítmico de desaprobación cada vez que pasaba. Una tarde, mientras pulía las ventanas del pasillo superior, sintió la asfixia del lugar. El aire dentro del convento era denso, viejo. Se acercó a un ventanuco diminuto. A través del cristal polvoriento, vio la carretera. Un coche rojo pasó a gran velocidad. El sonido del motor, breve y potente, rompió el silencio monótono. Un instante después, una ráfaga de aire seco se coló por la rendija, golpeándole la cara. El olor a asfalto caliente y libertad le quemó las fosas nasales. La vida callejera, el caos que había huido, se sintió de repente deseable, terriblemente lejano. Ese momento, ese aire seco, fue el catalizador. Recibió una nota de la Abadesa, escrita con la misma caligrafía perfecta: "Audiencia, 16:00 horas". En el despacho, la Abadesa era solo una forma detrás de un escritorio inmenso. "Ha roto usted el orden", decía la nota, leída en voz alta por la Superiora. "Su búsqueda ha generado desorden". Inmaculada no se defendió. Solo preguntó por la página arrancada. La Abadesa negó con la cabeza. "No hay página arrancada. El libro está completo". Inmaculada supo entonces que el orden era una ilusión, una mentira piadosa para ocultar el vacío de la depresión. Que la culpa no era por romper reglas, sino por buscar una lógica inexistente. La culpa la consumía. La rebeldía fue su respuesta. Dejó de seguir las reglas. Rompió el silencio. Cantó en voz alta durante la oración. Interrumpió la comida. Las otras monjas, contaminadas por su ejemplo, empezaron a murmurar, a dudar. El orden se disolvió. Sor Úrsula ya no medía la distancia entre las camas; se sentaba en su propia cama, mirando al vacío. La Abadesa la condenó, no a la expulsión, sino a una celda sin ventanas. Allí, Inmaculada encontró su destino. Su culpa la salvó, de una forma extraña. Se convirtió en la personificación del desorden. Y en su soledad, sintió una extraña paz, sabiendo que su caos había liberado, o condenado, a las demás. El perro negro seguía allí, pero ya no era un pozo, sino un compañero silencioso en su nueva y absurda existencia. Su culpa la salvó. Se convirtió en el desorden, encontrando una extraña paz en su nueva y absurda existencia. La hermana Piedad había cambiado la devoción por la rebeldía, encontrando su salvación no en la obediencia, sino en la resistencia. Sin embargo, sentía que la vergüenza no habría de sobrevivirle de tanto sufrimiento.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

La renuncia.

ACABABA de abortar y se sentía sola, pero quería estar aislada ajena a la gente feliz y hablar de temas trascendentales. Cuando llegó allí la superiora empezó a llevarla le contraria sin venir a cuento, se sentía falta de cariño, inestable y muy decaída. Por un acto menor, le exigieron que tenía que pedir disculpas a la hermana que más le había humillado y llevado la contraria en público. Estaba cansada de todo, demacrada de tanto dolor, pero de pronto había cogido fuerzas para ser libre. Se puso a leer la biblia en una celda de la biblioteca para todas las hermanas, y se puso a fumar como un signo de rebeldía y le hizo una peineta a una bibliotecaria que se acercaba para llamarle la atención a grito pelado otra vez. Se levantó y se fue, exigió que le abrieran esa puerta del Monasterio que rechinaba de forma impactante. -A mí no me volvéis a pisotear más. Soy libre. Era libre sí libre sin que nadie pudiera humillarle más. Y se fue cansada con su hábito por la calle empedrada. Ella había pagado su culpa aunque no se sintiera culpable ni fuera a la persona a la que hizo daño.

martes, 11 de noviembre de 2025

Sonido de guitarra.

Había planeado mi Camino de Santiago durante meses. Me había aprovisionado de todo el equipo "esencial", incluyendo un par de calcetines técnicos de senderismo de última generación. Estaba haciendo el Camino Francés, y todo iba bien hasta el tercer día, en una etapa particularmente larga y calurosa. A mitad de camino, sentí la temida punzada: una ampolla empezaba a formarse en mi talón. Intenté ignorarla, pero para cuando llegué al albergue esa noche, cojeaba visiblemente. Era una ampolla de proporciones épicas, y al día siguiente me esperaban 25 kilómetros más. Estaba desolado, pensando que mi aventura terminaba allí. Mientras estaba sentado en el porche del albergue, sobándome el pie dolorido, un hombre mayor, de unos sesenta años, se sentó a mi lado. Tenía una barba canosa y una mirada tranquila, y llevaba una vieira en su mochila. Sin decir palabra, me miró el pie, sonrió, y desapareció dentro del albergue. Unos minutos después, regresó con un pequeño paquete envuelto en un pañuelo de tela. Me lo tendió. Dentro había un par de calcetines de lana gruesa, de los de "toda la vida", de esos que mi abuela me diría que picaban. El hombre, que resultó ser un peregrino alemán que llevaba semanas en la ruta, me dijo en un español lento pero claro: "Técnica moderna buena... pero lana de abuela, mejor para ampollas". Me reí, un poco escéptico, pero me puse los calcetines. Al día siguiente, para mi absoluta sorpresa, no solo no me dolía el pie, sino que la ampolla había mejorado milagrosamente. Esos calcetines de lana, anticuados y picantes, se convirtieron en mi amuleto para el resto del camino. La amabilidad de un extraño que me dio sus calcetines (que olían un poco, por cierto, como es tradición en el camino) salvó mi peregrinación y me recordó que, a veces, las soluciones más simples son las que funcionan mejor.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Los tres largos periplos bajo la lluvia.

Don Elías se sentía extraño en su diminuto apartamento en el piso catorce, un pequeño islote de silencio en el vasto mar de cemento y cristal que era Nueva York. Afuera, los rascacielos se alzaban como gigantes indiferentes sin ojos, sus ventanas miles de ojos que atestiguaban una vida que él no compartía. El ruido de la ciudad —un eco constante de sirenas, bocinas y el murmullo de millones de vidas ajenas— era un recordatorio perpetuo de su soledad. Era una ciudad que corría, y él, un hombre de setenta años, solo sabía caminar. En ese universo de prisa y anonimato, su única ancla era Tobi, un beagle de orejas caídas y mirada leal. Tobi era el latido de su hogar, la única voz que no le recordaba lo solo que estaba. Una tarde gris, cuando la lluvia comenzaba a caer, Elías cogió el viejo paraguas negro, no para protegerse a sí mismo de la tormenta que venía, sino para proteger la única parte de su mundo que le daba sentido. Era un hombre de setenta años con un bigote gris y ojos amables, no tenía hijos. Pero tenía a Tobi, un beagle tricolor que había adoptado de un refugio hacía cinco años. Tobi era su compañero, su confidente y, en los silencios de su casa, su familia. Una tarde de otoño, un aguacero inesperado cayó sobre la ciudad. Elías miró por la ventana y vio a Tobi inquieto junto a la puerta, ansioso por su paseo vespertino. Elías sonrió, cogió el viejo paraguas negro con mango de madera, un objeto que rara vez usaba. Salieron a la calle. Las gotas golpeaban el asfalto y rebotaban. Con un gesto instintivo que le salía del corazón, Elías abrió el paraguas y lo inclinó, no sobre su propia cabeza, sino sobre Tobi. Mientras caminaban bajo la lluvia, Elías no podía evitar sentirse paternal. "No te vayas a mojar, hijo", murmuró, ajustando el ángulo del paraguas para que ni una sola gota tocara el lomo de Tobi. En ese simple acto, el paraguas se convirtió en un escudo paternal, mientras él se mojaba, y aunque estaba disfrutando deseaba llegar pronto a casa. En su mente, ese simple acto de proteger a Tobi del clima evocaba una paternidad que nunca había experimentado de primera mano. Imaginaba que así se sentiría un padre protegiendo a su hijo de los problemas del mundo, de las caídas, de las decepciones. El paraguas era un escudo, un símbolo de su amor y su deseo de que Tobi estuviera siempre seguro. Tobi, ajeno a las profundidades de los pensamientos de Elías, simplemente disfrutaba de la caminata. Olfateaba el aire húmedo, movía la cola y se detenía a investigar cada bache y cada árbol, siempre bajo la atenta y protectora sombra del paraguas inclinado. Llegaron al parque, ahora casi vacío por la lluvia. Elías encontró un banco bajo el techado de un quiosco. Se sentaron juntos. Elías se secó una gota de agua de la frente, mientras que Tobi, perfectamente seco, se acurrucó a sus pies. "Eres un buen chico, el mejor", le dijo Elías, acariciando suavemente la cabeza de Tobi. Supervivencia, se sintió el hombre más rico de Manhattan, no por el dinero, ni por el visón, ni siquiera por el panecillo con el que todavía batallaba, sino por el recuerdo de una risa que sonaba a campanas de pueblo y el sabor de la mostaza en Coney Island, una historia que ni todo el arte abstracto del mundo podría superar, aunque vivía a las afueras en un piso pequeño. Sus paseos acababan siempre en el Hotel GALLIVANT donde suspiraba daba un rodeo y se volvía. No importaba que la vida no le hubiera dado un hijo humano. En Tobi, en ese pequeño ser que dependía de él para sus paseos, su comida y su protección, había encontrado una forma de paternidad que llenaba su corazón por completo. La lluvia amainó. El sol de la tarde comenzó a abrirse paso entre las nubes, proyectando un arcoíris tenue en el horizonte. Elías cerró el paraguas. "Hora de volver a casa, hijo", dijo con una sonrisa. De regreso, caminaron sin el paraguas, bajo un cielo que prometía un mejor día mañana. Elías, el hombre de setenta años y su "hijo" peludo, se dirigieron a casa con una sensación de plenitud y felicidad, sabiendo que, a pesar de todo, eran la familia perfecta. Catorce horas después don Elías, un hombre con más arrugas que un mapa del metro de Nueva York, se sentaba cada mañana en el mismo banco del Central Park, cerca de la fuente de Bethesda. Su gabardina color camello, que había conocido mejores épocas, le daba un aire de detective retirado o de vagabundo con estilo. Observaba el bullicio de la Gran Manzana con la misma mezcla de asombro y desdén con la que, en su juventud, había observado un partido de béisbol sin entender las reglas. El dramatismo de su vida, según él, residía en el hecho de que su pensión no le daba ni para un café con leche decente en Manhattan. "¡Es un atraco a mano armada, señorita!", le decía a una paloma particularmente atrevida. "En mis tiempos, con lo que pago por este panecillo seco, comprábamos medio pueblo, ¡y con derecho a pernada!". Pero hoy, Don Elías estaba de buen humor. Había ligado, a su manera. Se había topado con una anciana con un abrigo de visón que le había sonreído. "Eso es porque tengo labia, paloma", se jactaba. Y esa labia era la misma que le había servido para conquistar a su difunta esposa, Doña Carmen, décadas atrás. Recordó la anécdota, una mezcla de farsa y destino: "Era 1968, paloma. Yo era un joven con el pelo alborotado y un traje de segunda mano, recién aterrizado en esta jungla de asfalto. Estaba en una fiesta donde todos hablaban de arte abstracto y de la guerra de Vietnam. Yo solo pensaba en la tortilla de patatas de mi madre. En eso, la vi. Doña Carmen. Una morenaza con unos ojos que harían que la Estatua de la Libertad se pusiera celosa. Se me acercó, con esa confianza que solo tienen las neoyorquinas, y me preguntó si yo era un artista conceptual. 'No, señora', le dije, 'soy un artista de la supervivencia'. Ella se rio. Una risa que sonaba como las campanas de una iglesia en un pueblo tranquilo. Me preguntó de dónde venía. Le hablé de mi pueblo, de las cabras, del sol... y entonces, el momento dramático. Se me atascó un cacahuete en la garganta. Empecé a toser como un poseso. Mis ojos se inyectaron en sangre. Pensé que mi aventura americana acabaría allí mismo, asfixiado por un fruto seco en una fiesta pija. Pero Doña Carmen, que no era solo una cara bonita, me dio la maniobra de Heimlich con tal fuerza que me sacó el cacahuete y el alma del cuerpo. El cacahuete salió disparado y le dio de lleno a un tipo que estaba pontificando sobre la ausencia del ser en una escultura de alambre. El tipo se desmayó, y Carmen y yo nos echamos a reír a carcajadas. Ahí supe que era la mujer de mi vida. Me salvó, me hizo reír y, de paso, calló a un pedante. Al día siguiente, la invité a un perrito caliente en Coney Island. El resto es historia, paloma, historia con sabor a mostaza y chucrut". Don Elías dio un mordisco a su panecillo seco, una sonrisa nostálgica en sus labios. El sol de Nueva York calentaba su gabardina, y por un momento, el viejo Don Elías, el profeta de la supervivencia urbana, no cambió el calor de ese recuerdo por todo el oro del mundo. Doce horas después el despertar de la siesta de Don Elías al anochecer no era el fin del sueño, sino el recuerdo de su mujer un recuerdo absurdo y opresivo. En su apartamento del piso catorce, una celda sin barrotes pero con una sensación de confinamiento omnipresente, la vida se había reducido a rituales incomprensibles calentarse lacomida en el microondas, ducharse sin ganas, ordenar la ropa, dejarla tirada sobre un mueble y cuando ya se notaba que olía bajar a lavandería del edificio a lavarla. La ciudad de Nueva York, con sus rascacielos que se elevaban como agujas de una máquina de coser cósmica, era como una comisaría hostil y laberíntica que lo observaba. Tobi, su perro, no era simplemente una mascota, sino el único miembro de su comité de vigilancia personal, el único ser cuya presencia no resultaba amenazadora. La tarde en que la lluvia comenzó a caer, el acto de salir a pasear se sintió como un juicio inevitable. Don Elías sabía que el simple hecho de caminar por la acera requería un permiso tácito de la autoridad invisible que gobernaba la metrópolis. Cogió el paraguas, un objeto que le parecía de una complejidad inexplicable, con su mecanismo de apertura que siempre desafiaba la lógica. Afuera, la lluvia no era agua, sino una especie de polvo gris y persistente, una manifestación más de la burocracia climática de la ciudad. Elías abrió el paraguas y, en un acto de devoción absurda, lo inclinó sobre Tobi. "No puedes mojarte", susurró al perro, como si la humedad fuera una infracción grave del reglamento municipal. Para Elías, Tobi era su responsabilidad, su única posesión que no podía ser confiscada por alguna normativa ininteligible. El paraguas no era un refugio contra la lluvia, sino una declaración, una protesta silenciosa contra la indiferencia del universo. Era un intento fútil de imponer orden en un mundo donde el sentido común había sido revocado. Caminaban por las calles, dos siluetas bajo un dosel negro, una anomalía en una ciudad que solo entendía de líneas rectas y propósitos inescrutables. La gente pasaba a su lado sin verlos, como si hubieran obtenido un permiso especial para ser invisibles. Elías sentía la presión del paraguas en su mano, la única evidencia tangible de su existencia. Cuando regresaron a su apartamento, ambos secos, Don Elías cerró el paraguas con un suspiro de alivio. Recordó como una vez la había abrazado apretándola, ahora todo le parecía un pequeño infierno, le picaba la espalda. Habían superado otro juicio, otro paseo sin incidentes, otra pequeña victoria contra la maquinaria del absurdo. Tobi lo miró con ojos leales y Elías sintió que, en ese pequeño gesto, en esa protección entre compinches y dedicada, había un destello de humanidad, un pequeño triunfo en el centro de la pesadilla neoyorquina.

Un padre que condena a su hijo.

El paraguas era grande, de un azul marino casi negro, lo único que nos separaba de la llovizna fina y persistente de la tarde. Él, a mi lado, tiritaba ligeramente, aunque no de frío, sino de una ansiedad silenciosa. No podía hablar, ni gritar, ni siquiera preguntar adónde íbamos. Solo podía mirar con esos ojos grandes y oscuros que me observaban con una mezcla de confusión y, lo que más me pesaba, confianza. Apreté el paso. El andén de la estación estaba desierto, iluminado por farolas que apenas perforaban la neblina. El billete en mi bolsillo se sentía como un trozo de hielo. Sé lo que estoy haciendo. Sé adónde lleva el tren que estamos a punto de abordar. Es un tren hacia un destino final, sin retorno. Me justifico, una vez más, mientras el sonido metálico de mis pasos resuena en el cemento húmedo. Me digo que las órdenes son las órdenes. Me digo que él es parte de "ellos", que ha tenido su oportunidad en este mundo y que su expediente, aunque breve, tiene las marcas que lo condenan. Pero no se ha portado mal conmigo. Durante estas últimas semanas, no ha hecho más que seguirme, sentarse mansamente a mis pies, aceptar la comida y el agua que le he dado. Incluso me lamió la mano una mañana, cuando desperté con la pesadilla habitual. Me paro un momento, ajustando el paraguas sobre su cabeza para que no se moje más. Sus ojos, grandes y fijos, se mueven con un ligero temblor. "Lo siento", susurro, aunque sé que no entiende el significado de las palabras, solo el tono suave. Estoy cansado. Cansado de las justificaciones, cansado de esta guerra entre nosotros que estallaba con cualquier tontería, cansado de esta llovizna eterna. Me perdono. Es lo que hay que hacer para seguir adelante. Me perdono porque si no lo hago, el peso me hundirá antes de llegar a la vía. Me perdono porque soy humano y esto es un deber. Al fin y al cabo la culpa es tuya, el que te quieres ir eres tú. El silbato del tren suena a lo lejos, un aullido lúgubre en la tarde gris. El tren llega, una bestia oscura resoplando vapor. Miro hacia abajo a mi compañero silencioso. —Vamos —digo, empujándolo suavemente hacia el vagón abierto. Subimos los escalones. El paraguas lo cierro con un chasquido seco. El destino nos espera a ambos, aunque solo uno de nosotros sabe cuál es.

jueves, 30 de octubre de 2025

El río que se desbordó.

El mundo era un monstruo con mil espaldas y mil gestos de indiferente y asco que escupían desprecio a los pies de . Así lo veía él, al menos. Cada día, la oficina, el metro, la calle, todo era un campo de batalla de miradas que juzgaban, risas que se escondían a sus espaldas y rechazos implícitos en cada gesto. Los demás no lo entendían; no veían su sensibilidad, su timidez, su miedo. En cambio, interpretaban su torpeza social como arrogancia, su silencio como desdén, su retraimiento como hostilidad. "Qué tipo tan desagradable", murmuraban. " Es un vago, un inútil, que se cree mejor que los demás". Y Anselmo cerraba el puño y giraba el rostro, escuchando los ecos de esos juicios, se convencía de que tenía que endurecerse, de que debía responder a la crueldad con una crueldad más grande, o al menos con una barrera impenetrable. La transformación no fue de un día para otro. Empezó con una postura más encorvada, con los hombros anchos y las manos que se cerraban en puños en los bolsillos. Su ceño, antes fruncido por la preocupación, se hizo permanente, como el de un gorila desafiante. Dejó de hablar, o al menos dejó de intentar que lo entendieran. Sus palabras se convirtieron en gruñidos, en monosílabos ásperos que hacían que la gente se alejara aún más. Anselmo no se daba cuenta, pero su reflejo ya no era el de un hombre frágil; era el de una bestia. Una mañana, se miró al espejo y el reflejo se lo devolvió en toda su grotesca gloria. Ya no había un Anselmo, solo un gorila con un traje de tweed demasiado ajustado. Los vellos le cubrían las manos, el rostro se le había ensanchado y su mirada era una mezcla de furia y profunda tristeza. El terror lo paralizó un instante, pero pronto lo reemplazó una extraña sensación de poder. Ahora, la gente sí se apartaba, pero ya no por su supuesta arrogancia, sino por un miedo primario, innegable. La crueldad que percibía en el mundo, ahora se la devolvía con creces, sin siquiera abrir la boca. Su transformación, que pensó era una defensa, era en realidad un arma. Se adentró en la selva urbana, su cuerpo de gorila moviéndose con una pesadez inusual entre el tráfico y los peatones. El miedo que inspiraba le trajo una breve y vacía satisfacción. Arremetía contra los coches que le pitaban, rompía los escaparates que le devolvían su monstruoso reflejo. Era un gorila salvaje en un mundo civilizado, y la gente le temía como se teme a lo incontrolable. Pero la furia, como toda emoción extrema, es agotadora. La brutalidad no le trajo la paz que esperaba, solo un cansancio insondable. Las miradas de miedo de la gente ya no le hacían sentir poderoso, sino solo. La soledad, que siempre había sido su compañera, se hizo aún más profunda, un abismo oscuro que lo consumía por completo. Se dio cuenta de que no había logrado nada, que la crueldad del mundo no había disminuido, solo había encontrado en él un nuevo eco. Se había convertido en lo que más detestaba. Encontró un zoológico en las afueras de la ciudad. El olor a tierra, a vegetación, a la piel de otros animales, le resultó extrañamente reconfortante. Escaló la valla, su cuerpo de gorila sorprendentemente ágil, y se adentró en el recinto de los primates. Los gorilas de verdad lo miraron con curiosidad al principio, luego con una aceptación silenciosa. Anselmo se acurrucó en un rincón, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una extraña paz. Ya no era el hombre despreciado, ni la bestia que infundía miedo. Era, simplemente, un gorila entre gorilas, una malinterpretación que, por fin, había encontrado su lugar en el mundo. La soledad no desapareció por completo, pero ahora era una soledad compartida, una parte natural de la vida en la selva, incluso en una selva de cemento.

El Mesías frustrado del metro.

La odiaba, sentía nostalgia de echarle cosas en cara, de ser cómplice con Natalia,pero sin duda la quería. El hombre concreto, Nasrettin Hoca, había vivido siempre en una geografía de números y hechos, una calle de caras conocidas con la bruma de las metáforas. Su mundo era una tabla periódica, un plano de una ciudad, un inventario de existencias. Odiaba los verbos irregulares del alma de sus subalternos, la sintaxis ilógica de sus amigos, el caos de las emociones. Su mente era una biblioteca ordenada donde cada libro era una verdad única y sólida. Las páginas en blanco de los sueños le parecían una aberración, pero recordaba las hogueras de una playa a lo lejos. Una mañana, sin preámbulos oníricos ni la mediación de un espejo, el rigor de sus huesos se disolvió en una agilidad simiesca. Se vio las manos, ahora poderosas y peludas, y se reconoció en ellas. El hombre que se sabía a sí mismo como un teorema, ahora era un chimpancé, una bestia concreta pero sin la abstracción del lenguaje. La metamorfosis fue un castigo irónico del azar, que le dio el cuerpo de lo que él consideraba lo más básico e instintivo, sin permitirle escapar de su mente cartesiana. Su rabia se multiplicó, un laberinto de odio sin salida. Sus subordinados le parecían caricaturas de sí mismos, sus amigos, fantasmas de una vida que nunca había sido real. El primate en que se había convertido, habitado por la frustración de un alma geométrica, ya no podía soportar el peso de un universo sin lógica. Sabía que tenía que ir a su trabajo, que cumplir con su deber pero necesitaba huir, huir desesperadamente.Se arrepentía tanto de su pasado. Cansado, agotado, el chimpancé Nasrettin divisó una hoguera en un claro, una promesa ígnea de disolución y olvido. Se arrojó a las llamas, buscando el último acto de su existencia sin sentido. La madera crujió, las chispas volaron, pero el fuego no lo consumió. No sentía calor, pero sentía un odio que lo inundaba todo sobre él. Las llamas eran de cartón. Se dio cuenta de que no ardía porque aquella hoguera no era más que el sueño inamovible de otro hombre, un soñador que la había concebido con tal fervor que se había convertido en una realidad impalpable, un fuego que existía, pero no quemaba, una paradoja metafísica. Nasrettin Hoca, el hombre que odiaba la incertidumbre, había sido atrapado por la ficción de un desconocido. El chimpancé permaneció allí, sin arder, en el centro de una hoguera de sueños, porque él había sido el sueño convencido de un hombre, de una mujer, de un misterio. Cuando despertó seguía allí en el hospital, después de haberse caído en los raíles del tren.

viernes, 24 de octubre de 2025

¿Qué es la literatura? ¿Aún no la conoces?

Literatura es un bebé al que le quitas el traje y estira los brazos y empieza a dar patadas mientras sonríe, porque no puede evitarlo porque si no revienta, y el hombre que crea miles de robots y de inteligencia artificial que van a destruirlo porque si no revienta, porque no puede evitarlo. Ve a un rascacielos o una montaña e intenta tocar por encima la piedra donde están los jerogríficos escritos por un escriba con un mazo sobre la piedra en una completa soledad antes de morir enterrado en arena con el faraón, en una lengua medio secreta que solo conocían otros escribas cultos que habían estudiado para intentar entenderle a través del tiempo. Explicar el abuso del gobernante,como le mandaban a callar, cómo se sentía agotado para defenderse y se tenía necesidad de expresarse sin que se rieran de él, o le mandaran a callar o lo humillaran cambiando de argumentos. O el tripulante del submarino postsoviético escribiendo en sus ratos libres para dejar constancia de lo que estaba viviendo dentro del submarino antes de que un absurdo accidente le hiciera sentir impotente y se hundiera el submarino. Toca la piedra, sal a la calle frente al sol, con la gente que camina rápido por la calle,o la cruza sin mirar bien, como hablan atropelladamente, cómo sientes el sol por las venas. Eso, es, literatura.

lunes, 20 de octubre de 2025

La foto de los dos bebés.

La vida está llena de historias extraordinarias. Cuando vi cómo él miraba la foto con los dos bebés lo descubrí todo, aunque era tan orgulloso y egoísta que nunca reconocería su culpa ni me pediría perdón. Quiso prestarme su casa por tiempo indefinido al lado de la suya, sin aparente motivo, pero después descubrí que tenía cáncer,que no le debía quedar mucho, quería a alguien optimista y sensato que supiera de medicina. Al principio le dije que no, pero después acepté. Yo estudié con su hija El3na en la Uni, era hermosísima y estuve enamorado de ella. Un día se acercó a mí diciendo que había conocido a alguien por Internet y que venía a mí para que lo detuviera porque ir allí era una auténtica locura, porque en Senegal hay muchas estafas y era un país peligroso. "- Tú vienes a mí para llevarme la contraria, lo mejor es que vayas, si no te arrepentirás toda tu vida, no estudias, no trabajas, no te centras. Vete. Intenta que no te estafé y que no sea una trama de prostitución o alguna historia rara. Pero vete, no hoy ni mañana, pero dentro de unos cuantos años te arrepentirás y me odiarás y no quiero eso. Cumple tu sueño. Lo hizo, y lo más increíble es que salió bien. El muchacho se llamaba Uri, y en aquella relación la que parecía enamorada de verdad fue ella, no él. Después se fueron a vivir a Melbourne. Pero ahora él que guardaba rencor era yo,al padre de ella que siempre nos había despreciado, le había inculcado su amor de voluntario por el África Subsahariana y ahora que se estaba muriendo de alguna manera me pedía ayuda, sin decirlo. Dos años después viendo FACEBOOK, vi a El3na gordísima con un bebé negro en una mochila, ya no quedaba casinada de la bella El3na y estaba divorciada. Por un lado, sentía rencor hacia aquel padre cabrón y egoísta, pero no podía dejarlo abandonado, estaba deseando que se acabara todo de una vez, porque no me atrevía a echarle en cara nada, ni abandonarlo. Un día le enseñó la foto como echándoselo en cara, me comentó que lo sabía. Al día siguiente apareció muerto en su cama con la foto apretada en su mano. Organicé su funeral, al que no fue nadie salvo un grupo de escritores aficionados, ni siquiera su hija a la que avisé. Todos ellos habían vivido como escritores, se habían sacrificado, habían sufrido inútilmente lo indecible, pero nunca habían publicado un puto libro. La foto que puse en su funeral fue la foto de su nieto saludando a otro bebé. Ordené la incineración y ofrecí sus novelas y relatos a los editores allí presentes como nadie los quiso los tiré a la basura. Yo también sé hacer bromas -me dije. Y me fui sin mirar atrás.

lunes, 13 de octubre de 2025

El caballo ambigüo.

Tras la guerra se creo una dictadura y ésta hizo un concurso: que el niño de cada familia reconozca por la pata a su caballo tras una tabla de madera. Diferentes niños hambrientos se pusieron de acuerdo para que fuera cualquiera el caballo elegido admitirían que era el suyo. Damián con el dinero volvió feliz a casa, y se dio cuenta que había otros niños que perdían a posta para deshacerse de su caballo enfermo. El padre al enterarse de noche a escondidas intentó matarlo. Pensó: mañana tendré que juzgarme, soy el verdugo, o voy a la cárcel o me condenarán para dejar de ser verdugo. Pero en cuanto apareció su hijo aflojó su cuello. De pronto, un policía llamó a la puerta. Al abrirles informaron que un chivato había delatado del fraude al Estado y que la pena era de condena de muerte. Sin embargo, el caballo se agitó y les dijo: yo siempre he pertenecido a esta familia. Desde entonces el caballo se convirtió en un cómplice más.

martes, 7 de octubre de 2025

LA HIJA DEL PADRE.

En el año XXX Fiodor escribía una carta a su hija recién nacida en un submarino nuclear destartalado Kursk que seguía de maniobras. En la Rusia postsoviética no había dinero para renovar submarinos y jubilarlo y quedarse sin ese submarino era una afrenta nacional. El submarino fallaba para seleccionar emerger y sumergir, y mientras tanto Fiodor le escribía en su estrecho camarote, con jaqueca y un calor insoportable, que todos los esfuerzos que él hacía era para dejarle un mundo mejor. Al final, en una maniobra menor hubo un pequeño accidente y el submarino se hundió. Tardaron semanas en reflotarlo sin supervivientes y encontraron aquel manuscrito. Al acto homenaje militar años después fueron los familiares que pudieron pagarse el transporte. Allí Anna con unas maletas vio como un perro callejero la seguía. Anna miró a su madre que negó con la cabeza y a un amigo travieso de la familia. "Tú te llamarás Kursk, pero no puedes venir con nosotros. Lo siento no puede ser." Entonces el amigo adolescente gamberrete quise meterle un petardo en el bolso que llevaba la madre, pero cuando lo abrió vio que había una caja de medicamentos, de antidepresivos y que tenía aquella carta del padre. Y no se atrevió. "Tienes razón se llamará Kursk. Y tranquilo, que sí vendrás con nosotros, con mi familia, para librarte del invierno en las calles". -"Tienes que estar orgullosa han hecho todo este homenaje por un solo hombre". Y les hizo una foto, mientras cogía sus maletas con clavos y a su perro. Al día siguiente dejó abandonado al perro a sus espaldas. Murió aquel invierno pero no lo supo. Había muchos secretos y era muy joven para descubrirlos.

martes, 2 de septiembre de 2025

Una mujer a la que le interesas, no juega contigo.

La abuela lo recordaba entre su amnesia... Incluso después de la guerra siguió habiendo mucho odio y alguien de su familia, del partido, iba todas las semanas a la casa de aquel represaliado a practicarle alguna humillación como obligarle a tomarse media botella de aceite de ricino, aunque era caro, y ver en directo como se le deshacía el estómago. Era como un científico midiendo células en el microscopio. "Nunca he conocido en la actualidad a nadie que se considere culpable de sus actos y las consecuencias de sus actos" -pensaba. Años después, la familia represora se fue de la ciudad y volvió para su jubilación. Pero su vecino, era el nieto de aquella familia y ella no sabía si habrían alimentado el rencor de aquella época que todos querían olvidar en sus descendientes. Cuando se encontraban en el portal del edificio no se saludaban, se miraban con odio como escondiendo su miedo mutuo y sus ganas de vengarse. Hasta que un día cuando coincidieron con el mismo abrigo en el portal se sonrieron con el ceño muy fruncido. - Tienes buen gusto vistiendo le dijo la abuela. Y el chico le sonrió y se pusieron a hablar. El chico acababa de entrar en la Universidad, y no sabía nada de los estudios, ni de los trabajos, ni de realcionarse con sus compañeras. Ella excepcionalmente quiso ayudarle en todo. No solo porque se sintiera sola, ni porque se sintiera mayor y quisiera estar con alguien joven, sino porque de verdad quería que aquel joven la recordara con admiración y cariño, con el mismo cariño que con el odio de que sus abuelos recordarían a su padre. Era un joven patológicamente tímido y sufrido, sin duda entre sus familiares habían acabado habiendo enfermos mentales graves. El chico le hacía confesión de sus torpes escarceos amorosos. -He conocido a gente excepcional que serán olvidados y referenciados como subnormales. Hijo,créeme, sigue tus sueños y comete locuras que te den un gran placer. Pero recuerda siempre, que una mujer que te ama, no juega contigo.

lunes, 25 de agosto de 2025

Cita a ciegas con la muerte en Maspalomas.

Fue terrible, de verdad que fue terrible. No me gusta estar en contacto con niños porque han salido algunos escándalos de pederastia por la tele. Sin embargo, el padre me la dejó y me caía muy bien: era el típico ex borracho ruso al que le gustaba despilfarrar el dinero con los conocidos. La semana pasada se había desplomado en su bungalow vecino al mío. Cuando me di cuenta, llamé primero a la policía y después a la ambulancia. Estoy seguro que intentó suicidarse, pero mentí a la policía y le dije que era el típico accidente doméstico. Después me arrepentí gravemente de mi acción, me pidieron explicaciones y no supe responder de por qué no había ayudado antes al vecino. Me tuve que quedar con su perro y con su hija. Era una niña burgerking atormentada que no quería enterarse de nada y yo era un solitario tristón que no se movía del sofá. Pero teníamos algo en común: nos gustaba pasear y las Dunas de Maspalomas: yo porque tenía recuerdos y a ella porque le parecía un laberinto misterioso. Yesi era una niña de catroce años demasiado atrevida con la bicicleta, de hecho le prohibí que fuera por la carretera con los coches. Me inventé el cuento de que los que entraban por la noche en las Dunas era porque huían de su destino, al entrar en el desierto se encontraban con la muerte y desaparecían para siempre. Me miró con suspicacia, sabía que le estaba mintiendo, pero conseguí crearle miedo. -Mi padre venía a entrenar aquí por las tardes hasta la noche, traía una especie de espantapájaros. A mí cuando la gente tiene un sueño loco yo le animo a que lo cumpla, pero este caso era distinto. Si yo llevaba a la niña a las Dunas de día, ella era una niña atrevida, salvaje y podría escaparse de noche "para buscar a su padre ausente", así que dábamos un rodeo para evitar la tentación del desierto."Los que que huyen de los vaticinios de la muerte, vienen a las Dunas y ya nunca salen de allí. La niña me miró suspicaz sabiendo que le mentía pero le había conseguido asustar. Por el atardecer cuando se hacía de noche, la llamé en el bungalow. Me di cuenta que se había fugado con el perro y la bicicleta. Sabía que había ido a las Dunas. Por poco me cago en su puto padre. Fui asustado dando vueltas por la Charca, por las dunas, y yo iba con el móvil para llamar a la policía y que declarara su fuga. Preguntaba a los turistas en un inglés precario y aunque me decían que no, les enseñaba su imagen. Ya estaba aterrado volviendo al bungalow, acusándome de imprudente por no haberla vigilado más, cuando me la encuentro sentada en el suelo a la puerta del bungalow con su perrito mirando al vacío. -Vi un letrero que prohibía la entrada al perro. Se me apareció la Muerte y me dijo que si entraba no salía. Así que volví para protegerme. Y puso una cara pícara, muy asustada, desorientada de no enterarse de nada. Entonces me vi de nuevo en la entrada del Centro de los Bungalows, allí estaba la niña tirada en el suelo, con el craneo como una paloma aplastada, sangrando y sin respirar. Dudé en llamar a la policía para decirle que había sido una falsa alarma y esconder el cuerpo, corté la llamada y bloqueé el número. Esto no me volverá a pasar me dije, mientras abría la puerta del bungalow. Fui a la nevera y cogí todo el helado que había, necesitaba reponerme del disgusto. Cuando alguien la encuentre que la lleven al Hospital y a la Funeraria, no quiero verla. No quiero explicarle nada al padre. No quiero saber nada - pensé. Encendí la tele para ponerme las redes sociales y enterarme de los últimos casos de corrupción del gobierno.

domingo, 20 de julio de 2025

Historia de dos hermanas.

Después de tantos años, 20, quiso hacer las paces viendo aquella foto. Fue a casa de su hermana y le dijo que quería devolverle las fotos juntas de su infancia. -Ay sí, pero en las fotos en las que salgas tú no. No es por nada, pero en las que salgas tú no. Estando en su casa por la noche se levantó de ira y rompió todas las fotos de su hermana, menos aquella foto. Ella ya había pagado su deuda cien veces, había pagado su deuda de sobra.No debía nada a su hermana que también había sufrido, pero no tenía que dejarse robar más, ni dejarle. Vio como sufría en la esquina de un rincón jugando tímida con un aro. Y aunque odiaba a su hermana no quiso romper aquella foto, su hermana también sufría, y romperla no era hacerle daño, era destruirse a si misma, destruir su pasado, y no, no se lo merecía. No hacía más dolor, ni más odio insoportable,ni más destrucción en la ceniza. De fondo escuchaba "Sunny" de Boney M. y era como si el sol por fin descendiera y dejara de ser tan sofocante.

Leyenda aborigen canaria: el cazador solitario y las dos doncellas.

Un cazador solitario e infame salió de caza para huir de su casa. De lejos se encontró a dos doncellas voladoras mientras se bañaba. A ambas les escondió las alas, una huyó y la otra era familia de Harimaguada con la cabeza de un vírgen íntegra y trabajadora, y con el cuerpo de una prostituta arrepentida agotada. ÉSTA aceptó la ayuda del cazador. Fue a su casa y llevó su casa de mala manera. Se quedó embarazada, y él quiso convencerla de que abortara, pero ella aunque estaba a favor, sentía por una vez arrepentida por un pasado confuso que no podía. Tuvo el hijo sin restregárselo, intentando que no se notara su embarazo para no hacerlo enfadar. Cuando pasaron unos meses después de su parto,y el cazador amaba a su bebé y quería sacrificarlo todo por él, ella se creo una pelea artificial y se fue en la calima. Nunca volvieron a saber nada de ella.

domingo, 29 de junio de 2025

Los payasos forzudos y una madre.

Con 16 años de vuelta del instituto a mi casa de noche me encontré tirado en un banco de piedra un enorme ramo de flores. Lo cogí y en vez de ir por la calle principal fui por una secundaria para que el dueño despechado no me viera con el ramo. Pensé ¿a quién se lo regalaré? ¿a una compañera de clase,pero son las 20:00? además no puedo esconderlo en ningún sitio de la calle o si lo llevo a casa, me daría vergüenza decirle a mi madre que es para una compañera y no para ella. Así que tras un momento dramático fue firme a mi casa y como no me quedaba más remedio se lo regalé a mi madre. La sorpresa es que se alegró extraordinariamente. Viendo el resultado decidí que cada 3 meses le regalaría un ramo. Era una madre enormemente sacrificada que no sabía disfrutar,¿no era sobradamente justo? Años después tras una vida de sacrificios y trabajo duro mal pagado se enfermó de Alzheimer. La llevábamos a comer fuera y una vez le llevamos con unos payasos forzudos a su playa. Se sentía extraña y miedosa con esos payasos forzudos en su playa. Cuando acabó el espectáculo preguntó: "tienes un ramo de flores que huelan como los que regalabas. Olían porque eran buenas". Alguna vez pensamos en llevarla de viaje pero se estresaba. Solo los pequeños cambios no la estresaban. Así aunque aquel tipo de ramos era un poco caro siempre le ponía uno en el balcón para que mirara a la calle y a la vida. Al final se murió prematuramente de una forma un poco estresante y cruel. Me pregunté si tendría un ramo de flores disponible para verlo y sentirlo.

miércoles, 18 de junio de 2025

El último vuelo del cisne de Alicia Alonso. (Ficción).

"Todos hubiesen querido ser tu primer amor o tu gran amor. Yo hubiese querido ser tu último amor. Al fin...". Alicia Alonso siempre había sido pizpireta, pero estaba amargada y debatiéndose, ajena a si misma. Javier había estado enamorado de ella durante un curso en el bachillerato pero nunca hizo una intentona seria. Ella se enamoró de él, pero después se fue con otro compañero. LUego cada uno hizo sus vidas y volvieron a coincidir en la tercera edad. Alicia se sentía nerviosa y desagradable, una cosa era saludarlo de lejos, y otra verlo todos los días. Sentir como la vida se le había pasado amargamente. Además Javier sí tenía un hijo adoptivo que lo iba a visitar una vez al mes y ella no. Cuando se dio cuenta que le dolía la rodilla antes del baile sintió la angustia profunda de una posible oportunidad perdida, pero también un alivio cobarde. Quería lucirse pero no sentir la soledad de que Javier flirteara con ella. No quería tener que rechazarlo, ni bailar con él, ni recuperar unos recuerdos que no había vivido y que no viviría jamás a su edad. Quería ser feliz en paz, luciéndose, flirteando superficialmente, y estar sola a distancia de los demás sin sentirse sola. Se dio cuenta que la rodilla no le dolía tanto. Que se lo había inventado. Fue al baile. Fue ella la que saludó a Javier que estaba feliz, con un amigo en una esquina. Se pusieron a hablar superficialmente, pero en cuanto Javier se animó a hablar de él y preguntar por ella, Alicia le cortó deseándole lo mejor. Cada uno se puso a bailar separadamente y se fueron. "Los deseos platónicos no esperan nada...hum" pensó. Mientras veía el ponche mareada sentada y tiró sin querer la estatuilla del Pensador de RODIN con el ponche. Sentía que diciendo adiós, había salido a la sombra de un duelo sin saber manejar las pistolas. Había muerto. Y era su primera vez.

viernes, 13 de junio de 2025

Nosotros "jugamos" y el mundo se derrumba.

Me preguntaban cuál era el recuerdo más feliz de mi infancia. Siempre me quedaba sin palabras. Recordaba como me había dejado arrastrar por las olas, jugando al fútbol en el recreo, el sol en las dunas y me acordaba jugando con ella. - ¿Tienes huevos para tirarte por la cuesta? los neumáticos de abajo nos detendrán y no nos haremos sangre. Por supuesto, dije enojado. Y subí a la carretilla con Jocelyn que estaba tranquila y callada, y nos tiramos cuesta abajo. Frenesí entusiasmo locura. No le dimos tiempo a nuestro colega Sentido Común,para que se subiera bien a la carretilla, a veces gritaba y a veces se golpeaba las rodillas. Años después en que me lleve un disgusto cuando me di un toque con el coche, me acordé cuando nos despertamos rodeados de neumáticos como un dinosaurio que acaba de despertarse. Empezamos a reírnos a carcajadas doloridos, apretándonos los golpes de los brazos, porque el mundo mareado seguía allí. Postdata: La infancia con el descontrol de la velocidad y la edad adulta donde te das un toque con poca velocidad jajaja: es una buena paradoja.

martes, 10 de junio de 2025

La última pregunta y el Estanque del Templo Hindú.

Cuando le insinuaron que le quedaba 6 meses de vida aporximadamente, empezó a apreciar la vida y fue al Estanque Sagrado en el que se decía que se escuchaba una voz que te daba las respuestas de la vida. Subidos de puntillas temblando sobre sus bicis miraban dudando si se atreverían a tirarse. Uno quería tener más inteligencia, más cerebro, otro no tenía madurez en su corazón y a otro le quedaba poco de vida y quería alargarla. El Templo era un Estanque infinito con innumerables escaleras que nacían y se quedaban como un laberinto a la mitad. Había que tirarse a lo desconocido. TRas mucho pensarlo con amargura y ansiedad se tiraron. Nadando repitieron las preguntas, sin respuesta. En una pared enfrente vieron un cartel "Se venden zapatitos de niño. Nunca fueron usados". Así el primero pensó que lo importante de la inteligencia era trabajar y conseguir cosas para los demás. El segundo tener empatía, estar seguro y no jugar con los demás. Y el tercero que para alargar la vida lo que hay que hacer es vivir y ayudar a los demás, con los más agradecidos, que al recordarte con agrdacimiento alargarán tu recuerdo. Pero ahora su egoísmo los había dejado en un estanque profundísimo sin escaleras que llegaran al ayuda. Esperaron a la lluvia pero como no subía el agua lo suficiente, se apoyaron los a los otros hasta subir a la primera escalerilla vieja y medio rota. Dando gracias salieron de aquel infierno cuya sabiduría habían deseado preguntar durante tanto tiempo.