Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 13 de febrero de 2026
Robespierre.
Golpea cada escalón subiendo,
sus dientes bailan vendada,
ya no sentencia al Cielo
de guillotina por la patria.
Su Evangelio en la Asamblea
la "Virtud" tan sangrentada,
pisando sangre bajó
rubís de la Montaña.
En levadura del cerebro
falta pan a la manada,
se arregla el cuello
navaja de la corbata.
Mil cabezas han caído
cucos de la ley sagrada,
Macbeth pregunta cómo fue
pagas por nuestra corbata.
La madre arranca su pecho,
la guillotina reclama,
¡matar matar por justicia!
olor a sangre derramaban.
En los Hornos de la Grève,
se acuchilla la campana,
una madre por rubéola
aborta una ciega enana.
Rueda al fin de Robespierre,
la multitud queda en calma,
el metal muerde el silencio
y el secreto en la mañana.
Ya el Zombi hueco de madera
tiene la garganta armada,
como un caballo de Troya
que solo bebe cascada.
Cascada de roja tinta,
de libertad disfrazada,
donde el verdugo es el cura
de una fe descoyuntada.
Ese Maximino "El Puro",
con su lengua de estocada,
sembró dientes de dragón
en la tierra atribulada.
Quiso lavar la nación
con lejía de emboscada,
y hoy su propio cuello ofrece
la deuda que no pagaba.
Son racimos de cabezas
en la cesta amontonada,
frutos de un huerto de sombras
donde la luz fue negada.
La guadaña de la ley,
por el odio afilada,
siega por fin los pescuezos
la jauría desdentada.
¡Oh, doctores de la muerte!
Vuestra lógica malvada,
que hizo del luto un derecho
y de la vida una nada.
Ya se apaga vuestro sol,
vuestra gloria está enterrada
en el foso del olvido
con la nuca cercenada.
Ya no hay jueces de hojalata
ni asamblea alborotada,
que el tribunal de los muertos
no entiende de barricada.
Se abre un abismo de espejos
en la noche condenada,
donde el eco de los gritos
es la única embajada.
Comparece el Incorruptible
con la razón jibarizada,
su "Libertad" es un buitre
con la garra ensangrentada.
Lleva un collar de gargantas
como joya de su armada,
y el azufre le bautiza
la frente desmoronada.
Los amigos que sirvieron
aquella cena de espada,
mastican ahora el plomo
de su ley ejecutada.
Son estatuas de ceniza
en la nada Lincolniana,
donde el Sena es un mar rojo
de corriente congelada.
No hay perdón en el abismo
para la mano crispada,
que hizo del pueblo un cadalso
y de la fe una estocada.
Dios les juzga con el peso
de la vida mutilada,
y les clava en el olvido
con su propia nuca helada.
Llora el Sena por los ojos
de una infancia mutilada,
que la patria se ha vuelto
una loba desquiciada.
Ya no hay nombres en las tumbas,
solo cal y tierra echada,
sobre el sueño interrumpido
por la ley de la emboscada.
Eran cuellos de azucena,
eran manos de alborada,
que cayeron como espigas
bajo hoz envenenada.
El carruaje del olvido
va cargando la jornada,
con el peso de las almas
que la luz tiene negada.
¡Ay, qué amarga es la victoria
si de rojo está pintada!
Si el altar de los derechos
es una mesa cortada.
La viuda de negro acero,
con su boca de estocada,
ha besado las gargantas
donde el canto se guardaba.
No hay campanas que les recen,
ni una flor en la explanada,
solo el viento que repite
la injusticia proclamada.
Que la sangre no hace libres,
hace un cauce de la nada,
donde flota la inocencia
para siempre degollada.
Mis bellos recuerdos.
Un bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, el mazo y el tablero.
Las llaves de un metal ya prisionero,
la navaja con filos de agonías,
la mochila del gym y sus porfías
de un cuerpo que se olvida del esmero.
El llavero pensado para el hijo
que no tuve jamás, huérfano objeto,
y unas fotos de ayer, mudo escondrijo.
Ellas nos sobrevivirán, en su secreto
y en su ciego y extraño regocijo,
ajena a este recuerdo y a mi soneto.
miércoles, 11 de febrero de 2026
¿Qué haces conmigo noche?
La noche sufre sufre
¿qué haces con mi ego?
en tus noches de angustia
me arrastras en el fuego.
La noche ebria en el viento,
sangra sombras el umbral,
mientras se muere el acento
de este pecho de cristal.
¿Qué haces con mi alma perdida,
en este frío arrabal?
Me rechinan el edificio
con este azufre de puñal.
Sufre la noche conmigo,
llora el sauce en el canal,
pues no me queda un abrigo
contra este viento fatal.
Si me dejas en la nada,
bajo un cielo de metal,
seré solo una mirada
que se apaga en tu portal.
El desenlace de la sombra
Ya no respondes al ruego,
tu silencio es un desierto,
y yo me quemo en el fuego
de este amor que nace muerto.
Busqué luz en tu mirada,
pero hallé un pozo sombrío;
tú no me entregas ya nada,
solo un abrazo de frío.
¿Qué haces conmigo en el lodo?
¿Para qué alargar la herida?
Si ya me has robado todo,
toma también esta vida.
Me inclino ante tu figura,
bebo el cáliz del veneno;
que sea mi sepultura
tu desprecio más sereno.
Ya no hay noche que me nombre,
ni luz que alumbre el camino;
soy la sombra de un hombre
que se funde en su destino.
Se rompe el aire en pedazos,
ya no queda qué esperar;
me suelto de tus abrazos
para hundirme en el ultramar.
Te miro y no siento nada,
soy de piedra y soy de sal,
tengo el alma congelada
en un invierno fatal.
No busques en mis pupilas
lo que el tiempo ya mató,
entre sombras intranquilas
mi latido se extinguió.
¿Qué hago contigo, me pides?
Te dejo en la soledad;
no hay amor que me convide
a salvar tu voluntad.
Vete lejos de mi puerta,
no me llames en tu mal;
esta casa está ya muerta
y es de hielo su umbral.
Mas cuando el paso retiras
y te fundes en la oscuridad,
siento que todo son mentiras
en mi falsa libertad.
Un rayo de fuego mudo
me atraviesa la razón,
y me arrepiento del nudo
que le puse al corazón.
Quise gritar que te quedes,
pero el orgullo es tirano;
somos presos en las redes
de un destino inhumano.
Miro tu rastro vacío,
la noche sufre conmigo,
y en este desierto frío
tu fantasma es mi castigo.
La sentencia del tiempo
Corrí buscando tu huella
por la nieve del jaral,
pero se apagó la estrella
que guiaba mi portal.
Llegué con el pecho abierto,
con la culpa en el altar,
pero hallé tu cuerpo inerte
frente a la furia del mar.
Grité tu nombre a los vientos,
imploré al cielo piedad,
mas solo obtuve el silencio
de tu eterna soledad.
No hay ruego que te devuelva,
ni luz en mi oscuridad,
pues la muerte es una selva
sin camino de retorno.
Ya la noche no me gime,
ni me ofrece su castigo;
es mi propia mano, firme,
la que acabó ya contigo.
La tragedia irreversible se define por ese punto de no retorno donde el protagonista reconoce su error (anagnórisis) pero es incapaz de cambiar el final funesto.
¿Te gustaría que analicemos la métrica de
lunes, 9 de febrero de 2026
La ansiedad de Roger.
Roger, otrora titular de la mesa diecisiete en el Departamento de Peticiones Informáticas, contemplaba ahora sus botas gastadas con una fijeza febril. La tisis, ese verdugo invisible, golpeaba a su puerta con una tos seca que sabía a polvo de archivo y a tinta barata.
Había pasado treinta años arrastrando la pluma, un engranaje minúsculo en la maquinaria del Estado, convencido de que su insignificancia era su armadura. Nunca hubo una esposa, solo el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a col vieja y a soledad burocrática. "He sido una chinche", murmuraba Roger para sí mismo, mientras la fiebre pintaba visiones de San Petersburgo en las grietas del techo.
De pronto, una claridad cruel le atravesó el pecho. No era el miedo a la muerte lo que le atormentaba, sino la sospecha de que, si Dios le concediera otros sesenta años, volvería a gastarlos igual: temiendo al jefe de sección y soñando con un abrigo nuevo que nunca llegó a comprar. En su agonía, Roger comprendió la verdadera tragedia: había tenido el universo entero a su disposición, pero prefirió vivir dentro de un formulario administrativo.
Con un último suspiro, buscó un sentido a su gris existencia, pero solo encontró el silencio de una oficina vacía al anochecer.
Roger cerró los ojos y, en la penumbra de su habitación, comenzó el diálogo más amargo de su vida. «He sido un cobarde», se dijo, y la palabra resonó con el peso de una sentencia judicial. No era por haber robado o matado, sino por algo peor: por haber traicionado su propia alma a cambio de nada.
—¿Es esto la redención? —se preguntó, mientras buscaba un rastro de fe entre los escombros de su memoria. Recordó cómo el sufrimiento, ese viejo compañero de los personajes de Dostoievski, era la única puerta que le quedaba abierta para ser "digno de su dolor". Roger entendió que su pecado no fue la inutilidad de su cargo, sino la incapacidad de amar más allá de sus propios miedos.
En ese instante, llamaron a la puerta. Era Pável, un antiguo colega de la oficina que venía a devolverle un tintero. Al ver el rostro cadavérico de Roger, Pável retrocedió, aterrado por la visión de su propio futuro.
—Roger, ¿qué has hecho con tu vida? —preguntó Pável con una voz que temblaba como una hoja de papel.
—Nada, Pável. He esperado —respondió Roger con una sonrisa mística—. Y ahora que el tiempo se acaba, me doy cuenta de que el perdón no está en el archivo, sino en el valor de haber existido, aunque fuera solo para sufrir esta última claridad.
El delirio se apoderó de Roger con la violencia de una tormenta de nieve. Las paredes de su cuarto, empapeladas con el color de la bilis, empezaron a exudar tinta negra que formaba cascadas de números y sellos oficiales.
De repente, la habitación se llenó de dobles. Cientos de Rogers, con el mismo rostro gris y la misma espalda encorvada, desfilaban ante él cargando legajos infinitos. "¡Firme aquí, Roger!", gritaban con una risa que no era humana, sino el crujir de madera seca. El aire se volvió espeso, saturado por el olor a azufre y a oficina cerrada.
En el rincón más oscuro, una figura colosal emergió de las sombras: era el Gran Burócrata, una entidad sin rostro que sostenía una balanza. En un plato, la insignificante vida de Roger; en el otro, un solo formulario en blanco que pesaba más que todo el universo.
—¡He esperado! ¡Solo he esperado! —aulló Roger, mientras sentía que sus pies se convertían en papel.
La alucinación cambió. Ahora se encontraba en una estepa infinita, bajo un sol rojo que no calentaba. A lo lejos, una niña pequeña lloraba, pero cuando él intentaba acercarse, ella se transformaba en una montaña de peticiones denegadas. Roger comprendió, en medio de su fiebre, que el infierno no era fuego, sino la incapacidad de haber amado un solo segundo fuera de su zona de confort.
Con un último estertor, Roger estiró la mano hacia una luz que creyó ver tras la montaña de papel.
A la mañana siguiente, la casera encontró el cuerpo de Roger tan rígido como un decreto ministerial. No hubo llanto, solo el metódico sonido de una escoba barriendo el polvo de sus botas.
En la oficina, la noticia de su deceso fue recibida con un bostezo colectivo. Su mesa, la número diecisiete, no estuvo vacía ni una hora; un joven aspirante, con los ojos llenos de una ambición que el tiempo se encargaría de triturar, ocupó su silla antes del mediodía.
Lo más irónico, sin embargo, fue el destino de sus archivos. Por un error administrativo —esos que Roger tanto temía y respetaba—, toda su labor de treinta años fue clasificada como «redundante». El camión del reciclaje se llevó su vida entera, toneladas de papel que terminaron convertidas en pulpa para fabricar nuevos formularios en blanco.
Roger, que tanto buscó un sentido en el orden, acabó sirviendo para que otro burócrata, igual de solo e inútil, anotara su nombre en el margen de una hoja nueva.
El boletín del Departamento, impreso en un papel tan áspero como el carácter de sus superiores, despachó la existencia de Roger en el rincón inferior de la página cuatro, justo debajo de un anuncio sobre el nuevo racionamiento de velas de sebo:
«AVISO DE VACANTE POR DEFUNCIÓN»
«Se informa a los señores funcionarios del fallecimiento del titular de la Mesa 17, el Sr. Roger N. N. Tras treinta años de servicio, el Sr. Roger ha completado su última tarea: dejar una silla libre.
Su legado incluye una pila de expedientes que ahora serán la herencia de alguien más. No se ruega la asistencia al funeral, ya que la verdadera urgencia reside en la búsqueda de un reemplazo con la misma habilidad para pasar desapercibido.
Se aceptan donaciones de café extra fuerte para los que se quedan lidiando con su ausencia... y sus archivos.»
Chano mirando al mar.
¿Qué es el recuerdo sino una costra que uno se arranca una y otra vez para comprobar que la herida sigue viva? Me miro las manos y veo las de mi padre, pero mi alma... mi alma es un callejón oscuro donde resuena el eco de mi propia degradación.
Ella está ahí, en la habitación de al lado. Puedo oír el móvil con sus estúpidos tutoriales de maquillaje. Mi pareja, mi «salvadora», que ha decidido que el silencio es la mejor forma de no ver el temblor de mis dedos.
Pasa de mi adicción como quien ignora una mancha de humedad en la pared; cree que con no mirarla, el moho dejará de devorar los cimientos. Su indiferencia es un látigo de seda. Me deja morir con una amabilidad que me hiela la sangre.
Y luego está ella, mi hermana. Mi sangre, convertida ahora en veneno destilado.
Ayer la vi por la calle, del brazo de ese... ese monumento a la decrepitud. Un hombre que podría ser nuestro abuelo, un viejo con ojos de usurero y manos que huelen a naftalina y cuentas bancarias. Se han emparejado en una alianza de asco y conveniencia. Me miró, Dios mío, me miró y en sus ojos no había compasión, solo un rencor mineral, antiguo.
Recuerdo el día que todo se rompió. Yo estaba en el suelo, en medio de una crisis, mendigando un poco de dignidad o de veneno, ya no lo sabía. Ella se acercó, no para levantarme, sino para escupir sobre mi miseria.
"Prefiero encadenarme a un cadáver que seguir oliendo tu putrefacción", me dijo. Y cumplió su palabra. Se entregó a ese viejo solo para alejarse de mi sombra, para demostrarme que prefería la muerte en vida con un extraño que el lazo sagrado con un hermano quebrado.
Cada vez que el viejo le toca el hombro en público, ella me lanza esa mirada de triunfo amargo: ha preferido el infierno de la avaricia al infierno de mi debilidad. Y yo, aquí encerrado, solo puedo odiarla con la desesperación de quien sabe que ella tiene razón. El rencor es el único hilo que nos mantiene unidos, una cuerda que nos estrangula a ambos mientras nos miramos a través del abismo.
¿Por qué me miran como si yo fuera el único que se está asfixiando? ¡Todos somos adictos! Solo que ellos han elegido venenos más elegantes, más... socialmente aceptables.
Mi hermana se inyecta el orgullo y el desprecio de ese viejo decrépito; ella se alimenta de la seguridad de un hombre que ya es un cadáver antes de tiempo, solo por el placer de decirme: «Mira, yo he triunfado donde tú te has arrastrado».
¡Mentira! Es una mentira que me quema las entrañas. Ella no ama a ese espectro de gabardina y cuentas corrientes. Ella lo usa como un escudo contra mí, como si la respetabilidad se comprara por años de diferencia. Se ha vendido al mejor postor de la moralidad para no tener que reconocer que llevamos la misma sangre maldita, la misma sed de autodestrucción.
Y mi pareja... ¡ah, esa es la peor! Su indiferencia es una forma refinada de tortura. Pasa por mi lado, ve el sudor frío en mi frente, oye el crujir de mis dientes cuando el deseo me atenaza, y simplemente... sigue adelante.
Como si yo fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración pero que es demasiado pesado para tirar a la calle. Su «paciencia» no es amor, es una sentencia de muerte lenta. Me deja hundirme porque así ella puede mantener su pedestal de santa mártir.
Se alimenta de mi caída para sentirse alta.
A veces quiero gritarle: «¡Ódiame! ¡Pégame! ¡Haz algo que no sea este silencio sepulcral!». Pero no, ella prefiere el vacío. Prefiere dejar que me consuma como una vela en una habitación sin aire.
Recuerdo la risa de mi hermana cuando éramos niños... era cristal. Ahora es el sonido de una pala cavando mi tumba. Se ha aliado con ese viejo para enterrarme en vida. Me odia no por lo que soy, sino por lo que le recuerdo de sí misma.
Se abraza a ese anciano buscando un padre que nos falló, o quizás buscando un verdugo que la castigue por haber nacido de la misma raíz que este despojo que soy yo.
¡Dios, si existes, dame un enemigo de verdad y no estos fantasmas que me matan con su falta de mirada! Soy un hombre ridículo, sí, pero mi dolor es lo único real en este teatro de sombras chinas.
Arturo medía su vida en esloras.
Arturo medía su vida en esloras. Desde su cubículo en la planta doce, el Puerto de Barcelona no era más que un tablero de Monopoly donde él nunca tendría ficha.
Mientras sus compañeros apuraban el café para huir a las seis, él se quedaba allí, tecleando informes de siniestros con un celo enfermizo.
Cenaba ensaladas de plástico frente al ventanal, observando cómo las luces de los yates de lujo titilaban sobre el agua negra. "Algún día", se decía, mientras babeaba un poco sobre el teclado antes de quedarse dormido bajo los fluorescentes. Su entrega era absoluta, casi religiosa.
El lunes, Arturo no saludó. Seguía en su silla, con la mirada clavada en el horizonte del muelle, pero con una palidez que ya no era culpa de la mala iluminación. Había muerto en su puesto, tal como vivió: solo y en horas extra.
—Por fin se calla —murmuró un administrativo mientras RRHH llamaba al forense.
En la oficina no hubo lágrimas, solo un suspiro de alivio colectivo. Sus jefes, a los que Arturo bombardeaba con correos serviles a las tres de la mañana, lo recordaron como un "pelota insufrible" que solo buscaba ascender a costa de lamer botas.
Sus compañeros, los mismos a los que delataba por llegar cinco minutos tarde, ni siquiera hicieron una colecta para flores.
Lo sacaron en una bolsa negra. Desde la ventana, el yate más grande del puerto soltó amarras y zarpó, ajeno a que su mayor admirador acababa de ser archivado como un expediente sin cobertura.
Aquí tienes el momento en que la máscara de la oficina se rompe por completo durante el entierro:
El funeral fue un trámite de quince minutos. Sus jefes enviaron una corona de flores con el logo de la empresa bien grande —puro marketing corporativo—, pero no se presentaron.
En la puerta del cementerio, el equipo de siniestros fumaba con ganas, rompiendo el silencio con un veneno que Arturo ya no podía reportar.
—¿Viste que murió con el Excel abierto? —dijo el jefe de sección con una mueca de asco—. Menudo pelota. Me enviaba informes los domingos solo para recordarme que él no tenía vida.
Pensaba que le daría el puesto de director, pero no se lo hubiera dado ni aunque fuera el último hombre en la Tierra.
—A mí me intentó hundir con el tema de los horarios —escupió una compañera, ajustándose las gafas de sol—. Era un mal compañero, un rastrero que disfrutaba pisando a los demás para que el jefe le diera una palmadita en la espalda.
¿Sabéis qué hizo cuando mi hijo estuvo enfermo? Le dijo a RRHH que mi rendimiento bajaba.
Mientras bajaban el ataúd, nadie bajó la cabeza. De hecho, el administrativo más joven sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo.
—Bueno, al menos ahora alguien podrá heredar su ventana. Las vistas a los yates del puerto son lo único que valía la pena de su cubículo.
Se dieron la vuelta antes de que cayera la primera palada de tierra. Arturo se quedó solo, tan invisible en la muerte como lo fue su humanidad en la oficina.
domingo, 8 de febrero de 2026
Veo a un niño jugando solo.
Miles de olas de luz
como en mi infancia,
sin decirte nada te amé
remuerde el tiempo que pasa.
Veo a un niño jugando solo
y a su abuelo contando,
bombas de la Guerra Civil,
en un patatal saltando.
"No sabe por dónde salta".
Soy un río que se duda,
donde la sed es un muro
y la voz nace desnuda.
Aquí un cielo de ceniza,
vuelca el día su amargura,
mi sombra busca la orilla
de una noche sin premura.
Enfrentando a veinte mil
de tus amigos demonios
¿Cómo el centro de la Tierra
se siente tan solo?.
Lecroy busca las vigas
ardiendo, ya no hay besos
en el tiempo que recordar,
no hay oídos en el tiempo.
Un niño que juega solo
un joven que solo se sienta,
un pavo sin besos qué besar
padre sin hijo en su cuenta.
Los Altos Hornos junto al mar
donde se despiden los amantes,
sin padres no hay a quien acusar
ya no somos los de antes.
Se me astillaron los pasos,
el alma es cal de herradura,
el tiempo es un perro negro
que mis huellas desfigura.
No hay metal en mis arterias,
solo una herida rotunda,
la inercia es un mar de plomo
donde el deseo se inunda.
Tímida la piedra que arranca
la tierra que el agua rompe,
fuiste feliz como pudiste
sin darle un nombre.
El mundo es un vidrio roto,
laberinto de luz turbia,
y mi voluntad un pétalo
que se dobla con la lluvia.
El brillo en sus ojos inesperado.
Para Lucas, el ruido nunca fue exterior. Creció en una casa de cortinas cerradas, descifrando los susurros de una madre atrapada en los laberintos de la esquizofrénica, donde el amor y el miedo compartían el mismo plato.
Su infancia fue un ejercicio de invisibilidad, aprendiendo a cuidar de alguien que a veces no reconocía su propio nombre.
Esa soledad lo llevó a la pantalla. No buscaba un escape, sino un eco. Así conoció a Elena en un foro sobre salud mental y resiliencia. Ella no tenía cicatrices visibles, pero entendía el lenguaje de quienes han tenido que ser adultos antes de tiempo.
Durante meses, sus mensajes fueron el faro: palabras que no juzgaban, silencios compartidos por teclado y una conexión que se sentía más real que el aire que respiraban.
El primer encuentro no fue en un café concurrido, sino donde el mundo se siente infinito: la playa.
Lucas llegó primero. El viento salado le recordaba que, por fin, podía respirar sin miedo a romper algo. Cuando vio a Elena caminar por la arena, el reconocimiento fue instantáneo. No eran dos desconocidos; eran dos náufragos que finalmente tocaban tierra firme.
Se sentaron frente al mar, dejando que las olas llenaran los huecos de su conversación. No hubo necesidad de explicar el pasado; sus ojos ya contaban las batallas ganadas a la tristeza. En un momento, Elena tomó su mano. Fue un gesto simple, pero para Lucas, cuyo contacto físico siempre había sido de alerta o cuidado, fue una revelación.
"Aquí hay fantasmas, Lucas", susurró ella.
En ese atardecer, bajo un cielo que parecía pintado solo para ellos, Lucas entendió que su historia no estaba definida por el dolor de su infancia, sino por la capacidad de haber guardado un rincón de luz para alguien como Elena. El amor no fue un flechazo ruidoso, sino la paz profunda de saber que, después de toda una vida de tormentas, finalmente estaba en casa.
Para profundizar en su historia, debemos volver al momento en que las palabras digitales se convirtieron en susurros frente al mar. El paso de "sobrevivientes" a "pareja" no fue rápido, fue un proceso de desarmar defensas.
El Primer Diálogo: Rompiendo el Cristal
Mientras caminaban por la orilla, el agua fría les rozaba los pies. El silencio era cómodo, pero Lucas sentía la necesidad de validar que ella era real.
— "A veces me cuesta creer que no te he inventado", dijo Lucas, mirando el horizonte. "En mi casa, la realidad siempre fue algo... maleable. Mi madre podía ver incendios donde solo había sol. Estar aquí contigo, sintiendo la arena, me da miedo porque se siente demasiado sólido".
Elena se detuvo y lo miró a los ojos, sin rastro de lástima, solo con una comprensión profunda.
— "No eres el único que vive en guardia, Lucas", respondió ella suavemente. "Yo pasé años cuidando mis palabras para no herir a nadie, olvidando cómo decir lo que yo sentía. Pero aquí no tienes que cuidar de mí. Solo tienes que estar".
— "¿Incluso si a veces el silencio me pesa?", preguntó él.
— "Sobre todo entonces. Aprenderemos a que el silencio sea nuestro refugio, no nuestra celda".
Enamorarse para ellos no fue una explosión de fuegos artificiales, sino una reconstrucción paciente. A medida que la relación avanzaba, el amor se manifestó en los detalles que abordaban sus traumas pasados.
Cuando Lucas sentía la ansiedad de que algo malo iba a pasar (un eco de su infancia), Elena no le decía "estás loco". Ella simplemente le tomaba la mano y decía: "Estamos en el presente, y en el presente estamos a salvo".
Aprendieron que amar no significa estar pegados para protegerse. Elena lo animó a buscar terapia y a tener sus propios hobbies, enseñándole que él no era el "cuidador" de todo el mundo, sino un hombre con derecho a sus propios deseos.
Hablaron abiertamente sobre el miedo de Lucas a la genética y a la enfermedad. El amor se fortaleció cuando Elena le hizo entender que, pasara lo que pasara en el futuro, él ya no tendría que enfrentarlo solo en una habitación a oscuras.
Meses después de aquel encuentro en la playa, volvieron al mismo lugar. Ya no eran dos extraños que se conocían por internet, sino dos personas que habían decidido que sus cicatrices no eran un defecto, sino el mapa que los había guiado el uno al otro.
Lucas miró a Elena y, por primera vez en su vida, no sintió el ruido de la enfermedad de su madre ni el peso de la responsabilidad excesiva. Solo sintió el latido tranquilo de un corazón que, tras años de tormenta, había encontrado su puerto.
El granito rojo del rey Keops.
Bajo el sol de los desiertos,
donde el tiempo se deshace,
se alza el granito del rey,
rojo como sangre ardiente.
Es la tumba de Keops,
una montaña de cuarzo,
que guarda en su vientre frío
el eco de mil milagros.
A la horca debo ir
con el viento de la arena,
ver la pirámide crecer
rechinar de muerte en pena.
Cada golpe del cantero,
cada sudor en el rostro,
lo devuelve la montaña
en un místico retorno.
No busca el hombre la gloria,
ni el oro de los tesoros;
busca la paz en la piedra,
el premio de sus esfuerzos.
Al tocar el muro terso,
el alma siente el abrazo;
la piedra da recompensa
al que ofrece su trabajo.
Es la autosatisfacción,
un manantial en lo seco,
que brota de la dureza
cuando el gesto es puro y recto.
Las tumbas de la llanura,
pirámides de un lamento,
el granito rojo brilla
colmando de aire al deseo.
Busca el hombre en la cantera
lo que el tiempo se ha llevado,
pues no hay agua que mitigue
sed de un ayer olvidado.
El granito es un espejo
de un deseo que no acaba,
una sed que en la arenisca
nunca encuentra su llegada.
Quiere asir entre sus manos
el pasado que es ceniza,
pero el bloque rojo guarda
solo una muda sonrisa.
Es la piedra un laberinto
donde el ansia se detiene,
pues lo que fue ya no vuelve
por más que el alma se empeñe.
Y en el roce con el muro,
donde el dedo se desgasta,
el orgullo reconoce
que su propia luz le basta.
Que no hay reino ni corona
que detenga el atardecer,
solo el gozo de la piedra
que enseña a no pretender.
Así el hombre, ante el abismo,
bebe el vino del presente,
pues lo insaciable se rinde
frente al granito durmiente.
sábado, 7 de febrero de 2026
Frente el cráter de ceniza.
Frente el cráter de ceniza,
el fuego al tiempo deshace,
busco el trazo de lo eterno
aunque el pulso me fracase.
No es la mano la que labra,
ni el cincel el que renace,
es el hambre de lo oculto
lo que obliga a que me lance.
¡Qué me importa la destreza
si la forma es solo un envase!
Yo persigo aquel relámpago
que en la sombra se desate.
No es oficio, es un delirio,
un incendio en el lenguaje,
que las cosas cobren vida
antes que el rigor las mate.
Busco el arco que se curva
en un místico tatuaje,
donde el iris se confunde
con la sangre del paisaje.
Lo perfecto es un sepulcro,
lo sublime es el viaje;
hacer bien es dar el alma
aunque el mundo se desgaje.
Que la obra sea el puente,
no la meta ni el anclaje,
pues lo bello solo existe
cuando el sueño se hace carne.
Construiré con mi sangre la opalita.
Te amo, te odio,yo que sé,
ya te tengo que olvidar,
quien te cace venda tu piel
yo solo te tengo que matar.
Mina de oro que entierro
nunca más te seré fiel,
te bendigo sin querer verte
para adornar nuestra piel.
Rapado con tatuajes
en la cogorza del ayer,
en medio el mar sin nombre
tampoco tiene que volver.
Brillas con luz de angustia,
falsa joya de cristal,
que hasta la noche se admira
en tu fragua artificial.
No naciste en la montaña
ni en la cuna del volcán,
pero tu humilde calaña
irradia un suave desván.
Si el diamante es fuego puro
y el zafiro es alta mar,
tú, en tu brillo más oscuro,
no te tienes que juzgar.
Perdónate por no serlo,
por ser vidrio y nada más,
que es hermoso solo el verlo
y en tu calma encontrarás.
No mires al que es tesoro
por ley de naturaleza,
mira al fango, mira al lodo
que no tiene tu belleza.
Hay piedras que son ceniza,
que el camino pisará,
mientras tu luz se desliza
y en el pecho brillará.
Mina de oro que entierro
nunca más te seré fiel,
te bendigo sin querer verte
para adornar nuestra piel.
viernes, 6 de febrero de 2026
Poema "Todo lo que amé".
Todo lo que amé
no tiene ya sentido,
los traumas quedan
por el hijo no tenido.
Uno se multiplica
porque como niño queda,
y mata las raíces
que rompieron la tierra.
De eslabón a eslabón
los tambores en la playa,
mueren por rascacielos
contra los coches baila.
Del ahorcado inalámbrico,
otro amor platónico,
sueña gárgolas de niño
y un desierto daltónico.
Soneto surrealista.
La Geometría del Polvo.
Un reloj de ceniza mide el frío,
mientras el piano devora su teclado,
y un tigre de cristal, siempre callado,
bebe la sed de fiebre por el río.
Hay un orden de sal, un desafío
en el pan que camina ya inventado;
la dignidad es un pez amordazado
que guarda el mar en un dedal vacío.
No es el azar la red, sino el acento
de una raíz que muerde la estructura
los trenes caen de la azotea al cemento.
Erguido el aire, busca su estatura,
los ciervos cornean la vena sin tiento
lo que yo amé ya no tiene espesura.
jueves, 5 de febrero de 2026
El amor que te llega y te conviene.
Yo que tantos hombres fui
fui el hombre en cuyos brazos
desfallecía la otra por fin.
Si busqué a Matilde Urbach
si me bloqueó o fui feliz
viendo el oasis me matará
no me mató de lo que morí.
Por la arena del olvido,
bajo un sol que no perdona,
el pie quemado ve al cielo
y tu recuerdo te cuestiona.
No es la línea la que manda,
ni lo recto es lo que importa,
que la sed dicta la ruta
y la ausencia se hace corta.
Buscabas aquel incendio,
ese amor de llama loca,
que te hería con el frío
y te amargaba la boca.
Pero el paso te detiene
donde el agua es mansa y pura;
el gas termina el engaño,
se suaviza la amargura.
Aquel sueño inalcanzable,
de noche angustia sombría,
lo remata ya la tarde
y lo dispersa la brisa.
Si te mueres con el puerto,
con el bien que te conviene,
con la paz que da el refugio
y el abrazo que te sostiene.
Hay un eco de otra vida,
un extrañamiento leve,
como sombra de una nube
que en el alma apenas llueve.
Es sosiego lo que sientes,
el reposo del guerrero,
aunque guardes el secreto
de aquel fuego prisionero.
Por supuesto fui feliz
el náufrago nadando
y muere en la orilla
de quedar pataleando.
Por la arena que devora,
bajo un cielo que es de hierro,
no caminas por la línea,
vas buscando tu destierro.
No es la ruta del cartógrafo
la que guía tu pisada,
es el hambre de los pozos
en la tierra calcinada.
Te asaltan las caravanas,
ladronas de la alegría,
que en lugar de dar consuelo
te roban la luz del día.
Y en la grieta del engaño,
donde el miedo te amordaza,
brota el brillo del escorpión
que entre las piedras atenaza.
Él no es muerte, es el maestro,
veneno que te despierta:
donde hay saña y aguijón
hay una vida muy cerca.
Aquel amor de los picos,
imposible y carnicero,
era un sol que te cegaba
en un mundo de cenicero.
Hoy te quedas con el valle,
con el bien que te acomoda,
una paz que sabe a tregua
mientras el alma se poda.
Es un orden de cemento,
un refugio sin espanto,
aunque sientas en el pecho
un extraño y sordo llanto.
Es el peso de la calma,
un metal que no conoces,
mientras mueren en tu espalda
aquellas antiguas voces.
miércoles, 4 de febrero de 2026
Título: El Último Latido en el Puerto de la Luz
El Último Latido en el Puerto de la Luz y China Blue.
Escena 1: El Vacío de Cristal.
La lluvia en el puerto de contenedores no limpiaba la suciedad; solo la convertía en un barniz brillante bajo las luces de neón. Leo caminaba con el paso pesado de quien ya no espera llegar a ninguna parte.
En su bolsillo, el frasco de cristal tallado pesaba más que un arma. Había recibido el mensaje: una nota de voz distorsionada de Juli, diciendo que no podía soportar más la guerra entre sus familias, los sindicatos del muelle, y que "se marcharía para siempre".
Leo llegó al almacén abandonado. Allí, sobre una mesa de metal oxidado, yacía Juli. Parecía una estatua de mármol bajo la luz azul de una pantalla que aún parpadeaba en la pared. Estaba pálida, inmóvil, con un pequeño frasco vacío a su lado.
—Llegué tarde —susurró Leo. Sus manos temblaban mientras le apartaba un mechón de pelo mojado—. Me pediste que nos fuéramos, y ahora te vas sola.
Escena 2: El Silencio Roto.
El silencio en el almacén era denso, roto solo por el goteo constante de la lluvia y el lejano lamento de las sirenas que se acercaban. El frasco vacío al lado de Juli, junto al de Leo, pintaba un cuadro sombrío de desesperación y decisiones fatales.
Escena 3: El Testigo Forzado.
En ese momento, la puerta del almacén se abrió de golpe. Tyrell, el hermano de Juli y líder de la banda local, entró con una pistola en la mano. Venía buscando a su hermana, furioso por la tregua rota, pero se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos recorrieron los cuerpos inertes y el aire viciado de tragedia.
—Juli... ¿qué has hecho? —murmuró, la pistola cayendo de su mano temblorosa.
Se acercó lentamente, su arrogancia habitual desvanecida por el horror. Vio los rostros pálidos de ambos jóvenes, la quietud antinatural de sus cuerpos entrelazados. La verdad, fría y brutal, lo golpeó con la fuerza de un puñetazo.
Las sirenas se hicieron más fuertes, sus luces rojas y azules intermitentes empezando a filtrarse por las ventanas polvorientas del almacén. Tyrell sabía que no había escapatoria, no de la ley, y mucho menos de las consecuencias de la guerra que él mismo había avivado.
Se arrodilló junto a los cuerpos, no con remordimiento, sino con la realización amarga de una victoria que se sentía como una derrota absoluta. Había "ganado" la guerra de bandas, pero al precio de la vida de su propia hermana.
—Ganamos —susurró, con la voz rota—. Ganamos todo... y no nos queda nada.
La policía irrumpió en el almacén, sus linternas barriendo la escena. Tyrell levantó las manos, derrotado, mientras las luces del puerto iluminaban el final de una historia marcada por la lealtad, la rivalidad y la trágica elección de dos jóvenes enamorados contra un mundo que se negaba a aceptarlos juntos.
La tragedia en el Puerto 24 se convirtió en una leyenda urbana, un cuento de advertencia en las calles mojadas por la lluvia, recordando a todos el alto costo del odio y la desesperación en un mundo donde el amor a menudo lucha por encontrar un lugar.
Yo fui el Rey Naranjito: Juan Carlos I.
"Yo fui el Rey Naranjito
la Zarzuela puse fina,
quise mantener un trono
y me quedé sin silla".
Tu relación era un cromo
para vender en la sauna,
no hay elefante no blanco ya
disculparse ante tanta fauna.
Si quieres justicia
córtate el brazo,
la justicia se paga
con fuego y a rajo.
Zarzuelas de todos pescaos
que se muerden la cola,
que la corona pensando
excusas de caracola.
Cargué mis carros de oro
con la cosecha más rica,
pero en los lodos del Betis
la rueda se me complica.
Los duques me dieron aire,
los condes me dan la espalda,
y el cetro de mi gobierno
ya no es más que una rama.
¡Ay, qué triste soberano
que por buscar el vaivén,
perdió el jugo de su vida
y el huerto que le dio bien!
Ahora vuelvo a mis terrenos
con la cabeza humillada,
sin trono de terciopelo,
pero con sed de naranja.
Desde mi exilio de arena,
donde el sol tuesta la orilla,
busco el perfil de mi tierra
que entre las brumas titila.
A través del catalejo
la distancia se hace añicos;
veo el reino que fue mío
mientras cuento mis doblones.
El jeque me da su mano,
el oro colma mi mesa,
pero España está muy lejos
y el perdón nunca me llega.
Fui motor de un gran cambio,
de una estirpe la semilla,
mas por bolsas de caudales
hoy me encuentro sin mi silla.
Apoyado en el balcón,
entre dunas y calima,
ajusta bien el enfoque
mientras el sol lo castiga.
A lo lejos ve Sanxenxo,
la costa que lo fascina,
pero el brillo del desierto
la mirada le nubla.
Aparece el buen amigo,
jeque de túnica fina,
que le entrega los maletines
llenos de cash y de intriga.
«Toma otro coche, Campeón»,
le dice con voz sibilina,
mientras aparca un Ferrari
que a su garaje se arrima.
Anota en sus memorias,
con caligrafía prolija,
que el perdón no se regala
aunque el oro lo consiga.
Y suspira el Naranjito,
mirando hacia la bahía:
«Tengo el arca bien repleta,
pero he perdido la silla».
Trump desde el salón de Mar-a-Lago,
Desde el salón de Mar-a-Lago,
con su barniz de purpurina,
se barniza en tez naranja
y su imperio barniza.
Ajusta bien su corbata,
que hasta el suelo casi arriba,
mientras sueña con el muro
que clava entre cifras.
Lanza un dardo en su red social,
con la furia de una espina,
y entre hamburguesas y oro
su gran leyenda cocina.
Prometió limpiar el pantano,
con voz ronca y sibilina,
pero ha llenado el estanque
de su propia serpentina.
Atesora sus derrotas
como si fueran pepitas,
y se aferra a su corona
de burguerking con termitas.
- Fui el rey de los rascacielos,
la guía en la Quinta Avenida
quise comprar el planeta
y me quedé en la orilla.
Ya se sienta en el banquillo,
ya se sienta en la oficina,
que entre jueces y decretos
el magnate se ilumina.
Con un ojo en el estrado
y el otro en la Casa Blanca,
va borrando sus condenas
con una goma de plata.
Pide anular los procesos
de la corte neoyorquina,
mientras firma con su pluma
la ley que el mundo domina.
«¡Soy el Rey del Comeback!»,
grita al viento con malicia,
mientras los fiscales lloran
viendo cómo se desliza.
No hay pantano que lo frene,
ni ley que lo ponga en fila,
que para el hombre naranja
la justicia es plastilina.
A los líderes del globo
los saluda con su intriga,
mientras levanta la valla
que el desierto necesita.
Con el puño bien cerrado
y la lengua siempre lista,
pone aranceles al mundo
mientras se toma una dieta.
Sueña con muros de acero,
de cemento y de caliza,
que separen su palacio
de la gente que lo irrita.
Fui el dueño del negocio,
de la oferta y la primicia,
y ahora el mundo es un tablero
que mi mano moviliza.
martes, 3 de febrero de 2026
Romance del bulevar de los sueños rotos.
No, quiero más alcohol,
no quiero fama prestada
sino la mano callosa
que acabó manchada.
Te llamo y no vienes
Te amo y no vienes,
¿quien tiene la culpa?
¿a dónde van los trenes?
¿A dónde van los trenes
frenéticos sin mirar?
se tiran desde...
el precipicio al mar.
Si quieres justicia
córtate el brazo,
la justicia se paga
con fuego y a rajo.
En la esquina asfixiante del olvido,
donde el sueño de plata se deshace,
vi la luz de Madrid: cristal herido,
donde el éxito muere antes que nace.
¿Qué es el cine? Un relámpago que pasa,
una sombra que cruza por la frente;
quería ser el fuego de esta casa
y hoy soy solo la ceniza de la gente.
El mundo fue un guion mal ensayado,
un travelling que acaba en el vacío;
el nombre en las estrellas fue borrado
por el viento de un bar sucio y sombrío.
Mas queda el alcohol, sabiduría amarga,
el licor que en el vaso se estremece,
mientras la noche madrileña se hace larga
y el rostro del fracaso resplandece.
No es dolor, es la lucidez del que ha caído,
un cinismo de oro en la mirada;
al fin, del viejo sueño perseguido,
nos queda la vida... y no queda nada.
Bajo los neones que sangran sobre el asfalto de Callao, los zombis frenéticos adictos al plástico y las pantallas
gozan de su automatismos más sangrantes.
Es Madrid este desierto de brillantes claridades,
donde el sueño se hace carne y la carne, soledades.
Yo busqué mi rostro eterno en la luz de un proyector,
pero el cine es solo un eco, un disfraz del estertor.
¡Qué hermosa es la ruina cuando el alma ya no miente!
Se rompió el cristal del mundo, se secó la vieja fuente;
ya no busco los aplausos ni la gloria del cartel,
que el fracaso tiene un gusto más honesto que la hiel.
Bebe el hombre su derrota como quien bebe un veneno,
en el bar de Malasaña, bajo un cielo de trueno.
La sabiduría es cínica: ver los hilos del guiñol,
mientras arde Madrid centro como un pálido crisol.
No me habléis de los laureles, que la vida es este instante,
un metraje de sombras, un borracho delirante.
Que si el éxito se fue, nos dejó la destrucción:
el alivio de estar rotos... sin ninguna dirección.
Bajo la luz de los faroles que parecen ojos cansados, la redención no llega como un perdón, sino como una aceptación eléctrica. Madrid, al final, siempre te recoge entre sus escombros.
Mas no todo es el vacío, ni es ceniza la mirada,
que en el fondo del naufragio late siempre una alborada.
Si el celuloide se quema y se apaga el reflector,
queda el pulso de la calle, queda un rastro de calor.
Que Madrid no olvida a nadie si sabe perder con gracia,
hay un brillo en la derrota que no tiene la aristocracia;
y al romper todos los sueños, como espejos de cristal,
descubrimos que estar vivos es el triunfo principal.
Ni el alcohol es el martirio exigido para los mármoles, ni el fracaso es una fiesta infinita, cansina,
un sinsentido de diversión para sí misma,
es la tregua del que entiende que la vida es otro martirio anestesiante de luz:
un abrazo en una esquina, un poema sin final,
la belleza de lo roto en este solar paradisíaco.
Brilla el sol por las tejas de los tejados, se disuelve la amargura,
que triunfar fue solo un cuento, y vivir es la aventura.
Ya no busco la pantalla, busco el aire y el camino,
que en el caos de la muerte se halla siempre el buen destino.
Para explorar más sobre este sentimiento de redención urbana, puedes consultar la obra de Octavio Paz en el Instituto Cervantes o redescubrir la leyenda de Madrid en el portal de turismo EsMadrid.
¿Quieres que transformemos este sentimiento en un monólogo dramático para un guion o prefieres explorar otra ciudad con esta misma atmósfera?
Las respuestas de la IA pueden contener errores. Más información
Romance sobre la identidad de España.
El sol que en las torres vibra
ya no hay eco de un cantar;
que en las cunas de mi España
duerme el silencio mortal.
No se escucha el paso leve
de una nueva generación;
la vida se apaga lenta,
sin lumbre y sin ilusión.
¿Qué quedará de estos muros,
del alcázar y el desván,
si otros ojos los contemplan
sin saber qué suelo pisarán?
Manos de tierras extrañas,
entre la sombra y el afán,
habitarán los palacios
donde el ayer ya no está.
Nuestra mente, vieja joya,
se irá en el viento a volar;
seremos sombra de un sueño,
un verso que nadie lee,
un nombre... ¡y nada más!
Se poblarán los templos de otra lengua,
de un rezo nuevo el viejo capitel;
y en el aire, que hoy guarda nuestra esencia,
flotará el polvo de un ayer cruel.
Nuestra mente es un arpa en el rincón,
de su dueño olvidada y en silencio;
nadie vendrá a arrancarle una canción
el futuro no entiende nuestro acento.
¡España es un sepulcro de leyendas
donde la luz la apagas solo tú!,
sin nuestra memoria a los edificios
¿quién les dará luz?
lunes, 2 de febrero de 2026
Soneto contra Antonio Muñoz Molina.
A un prosista de la memoria bostezo.
¡Oh, sacro vate de la fosa abierta,
que con prosa de plomo y guante frío,
vendes al peso un lánguido extravío
mientras la musa bosteza tras la puerta!
Eriges catedral de tinta muerta,
un laberinto de sopor vacío,
donde el abuelo, el frente y el gentío
hacen de la memoria una oferta.
Gargarito de frases engreídas,
vas de adalid de la herida mal cerrada
con el gesto de estatua de oficina.
¡Calla, archivero de glorias aburridas,
que tu pluma, de incienso almidonada,
ni es historia, ni es arte: es neblina!
Poema "A un amor imposible".
Bajo la sombra del pino,
donde el viento se deshace,
busco el rastro de tu planta,
esa luz que no se añade.
Eres el río que corre,
la orilla que no se alcance,
un eco de pasos mudos
en el cristal de la tarde.
Rimas de seda y olvido,
laberinto de un instante;
te persigo y no te encuentro,
pues eres aire en el aire.
Vana sombra de mi sueño,
presencia que se me escapa:
quererte es besar la sed,
tenerte es no tener nada.
¿Bajo la sombra del pino,
donde el viento se deshace,
busco el rastro de tu planta,
esa luz que no se añade?
Eres el río que corre,
la orilla que no se alcance,
un eco de pasos mudos
en el cristal de la tarde.
Viento de seda y olvido,
laberinto de un instante;
te persigo y no te encuentro,
pues eres aire en el aire.
Versos de seda y olvido,
belleza donde no queda nadie.
Vana sombra de mi sueño,
presencia que se me escapa:
quererte es besar la sed,
tenerte es no tener nada.
Tu risa es pulso de fuego,
un relámpago de grana,
que incendia el frío del tiempo
y en mi pecho se derrama.
Eres el ámbar del día,
la púrpura que me llama,
mientras mis manos de sombra
solo rozan tu distancia.
¡Qué sed de labios de arena!
¡Qué sed de fiebre y de escama!
Tu cuerpo es isla de oro,
mi deseo, mar en calma.
Vértigo de sol y abismo,
sedienta luz de obsidiana:
te quiero porque eres huida,
porque eres llama en la llama.
Romance "Rechina la lluvia al abismo".
Rechina la lluvia al abismo,
donde el hielo se desgarra,
cada grieta es un olvido
que en la sombra se amordaza.
Llueve sobre el mármol vivo
de esta pena que no acaba;
un amor que fue un cuchillo
y hoy es solo nieve blanda.
Rompo el muro del glaciar
con las manos desgarradas,
sin la luz de una mirada
que valore mi jornada.
Es el tiempo un río ciego
que en mis sienes se adelanta;
cada golpe es un espejo
donde el alma se contempla.
Tú eres sombra, yo soy eco,
somos dos orillas largas,
separadas por el hielo
que mi voluntad quebranta.
Nada queda del esfuerzo,
ni el sudor ni la esperanza;
solo el frío de los dedos
y la lluvia en la garganta.
Golpeo el muro de escarcha
mientras la lluvia me ciega,
y en cada grieta que avanza
tu nombre el hielo me entrega.
¿No ves que el alma se cansa
de esta labor sin respuesta?
Tú eres la luz que se aleja,
yo la mano que la busca.
Rompo el cristal de la ausencia,
hundo el acero en la nada;
trabajo para que sientas
que mi soledad te llama.
Pero el tiempo es una fiera
que en el glaciar se agazapa,
y aunque mi pecho se muera,
nadie mi lucha consagra.
Hablo a tu sombra de arena,
tú me respondes con agua;
es esta pena una herencia
que bajo el frío se fragua.
Sigo tallando la piedra
de una esperanza olvidada,
donde el dolor se encadena
a una labor que no acaba.
Con el cielo de plomo y frío,
donde el viento desata su saña,
el alma guarda un mudo vacío
y el cuerpo arrastra su calaña.
No hay rima que endulce el desvío,
ni luz que en la sombra se empaña;
solo el golpe del hierro sombrío
que en piedra del tiempo se ensaña.
La lluvia es un llanto baldío,
una red que el esfuerzo acompaña;
rompo el hielo, sigo el desafío,
aunque el mundo mi entrega mofara.
Trabajo en el yermo, en el río,
sin que nadie valore mi hazaña,
pues mi pena es un antiguo estío
que en el frío del alma se baña.
En el cristal del aire herido,
donde el rayo de luz se deshace,
busco el rastro de un tiempo perdido
en el golpe del hacha que nace.
La lluvia es un coro prohibido,
un sudario de agua que acecha;
tú no estás, y el silencio crecido
es la zarza que el alma cosecha.
Rompo el muro de hielo dormido
mientras todo a mi paso fracasa,
con el pecho de frío vencido
y una sed que el esfuerzo no aplaca.
Nadie mira el oficio cumplido,
ni la mano que el hielo desgasta;
trabajar es un rito al olvido,
una sombra que el viento arrebata.
No hay mirada, ni puerto, ni nido,
solo el golpe que el hielo separa;
soy el eco de un sueño extinguido
que en la lluvia su pena disfrazara.
Golpeo el muro, el tiempo se detiene,
bajo la lluvia que mis sienes baña
el hielo es una fiera que se ensaña
con el poco valor que me sostiene.
No hay mano que mi esfuerzo hoy alivie,
ni luz que alumbre esta labor extraña;
mientras el mundo el sacrificio empaña,
el alma espera que el dolor decline.
Si es de cristal el sueño que persigo
y es de granito el paso del olvido,
yo seré el golpe, el rayo y el testigo.
Aunque por nadie sea mi afán oído,
rompo el glaciar, el cielo y el castigo:
¡trabajo y muero, pero no me rindo!
sábado, 31 de enero de 2026
Romance de Nueva York.
Tienes las manos tan finas
y aulla sin saber por qué,
mira lo que imaginas
¿sabemos a dónde fue?
Te fuiste por fin las olas
de orilla lamen mi herida,
donde el alma se desata
en una mar de partida.
Acariciando cada rascacielos
no te entiendo con amor
pero esto es tormenta y glaciar
una civilización superior.
Eran olas de amargura,
salitre en el corazón,
naufragio de una locura
histérico me arrastró.
Roto el beso, roto el lazo,
frente al abismo de sal,
buscaba en el frío atarme
aunque me hunda más.
Pero el mar, que todo muda,
trajo en su eterno vaivén
una mano firme y nuda
en un pequeño Edén.
No es espuma pasajera
ni marea que se va;
es la roca verdadera
donde mi alma habitará.
De luz plena candado
sin temor a la marea,
en la arena que ha borrado
mi tristeza más fea.
Promesa de puerto manso,
compromiso de cristal,
el hijo que no tuvimos,
lejos de abrazos vendaval.
Yo te engendré mamá
¿quién me dirá eso?
El mar viene, va y va,
el mar no tiene remedio.
Elegía a la muerte de mi madre.
Tras el sudor del dátil y la arena,
la muerte es un desierto silencioso,
una duna que el viento siempre llena.
Se ve a lo lejos, rutilante y vago,
el faro de una urbe en su reposo,
de luz y asfalto un gélido presagio.
Aúllan sombras de esquizofrenia,
voces que cruzan muros de cemento,
mientras el coche su motor estrena.
Entre lonas de obras y andamios,
la vida aguanta el pulso del momento,
aunque el rascacielos guarde sus agravios.
Frío de vidrio, brillo de pantalla,
un mundo digital que nos habita,
donde la piel al fin siempre se calla.
Pero en este vacío me acompañas;
tu recuerdo es la llama que me incita
y el gozo que me limpia las entrañas.
No hay rayo que cese en este frío,
que ha cercenado el tronco de mi vida
y ha dejado mi pecho en el vacío.
La muerte, de un zarpazo es consumida
la luz que en tu demacrado habitaba,
dejando el alma en sombra y malherida.
Tanto dolor en mi costado acaba,
que el aire que respiro es puro fuego,
mientras la tierra, atroz,te reclamaba.
Quiero escarbar la tierra con el ruego,
con las uñas, con besos, con los dientes,
hasta hallarte de nuevo en mi sosiego.
No quiero más auroras inocentes,
si no han de verse en tu mirar pausado,
madre de mis raíces y mis fuentes.
Un hachazo invisible te ha cortado,
y en el huerto de mi alma, ya desierto,
solo queda el invierno de tu lado.
Poema "Los Puentes de Madison".
Con el llanto de los cielos,
el cristal se empaña en frío,
ella aprieta la manilla,
él aguarda ante el vacío.
Sí o no, sí o no, juego y pasa
frente al vidrio de cristal,
el tiempo en un semáforo
late en rítmico compás.
La lluvia borra el asfalto,
se detiene el viejo mundo,
entre el camión y el deseo
un abismo profundo.
Richard mira en el espejo,
ajeno al rayo que abrasa,
mientras ella se desangra
sin moverse de la plaza.
Robert espera un milagro,
colgado de aquel espejo,
un paso que no se da,
un amor que se hace viejo.
Se pone el semáforo en verde,
arranca el motor su queja,
él se funde en la neblina,
ella en su jaula se aleja.
Quedan solo los suspiros
y el rastro de un tiempo breve,
los puentes guardan el alma,
mientras el alma se llueve.
Ella aprieta la manilla,
presa de una angustia cruel,
mientras ve la camioneta
espera aquel ayer.
Él aguarda bajo el agua,
con la fe por despeñar,
mientras ella, entre sus dudas,
no se atreve ni a bajar.
El acero es una frontera,
el silencio es un puñal,
y en la lluvia los deseos
se comienzan a borrar.
Gira el sueño a la derecha,
se encamina hacia el final,
por los puentes de Madison
que no han de volver más.
Queda el rastro de una sombra,
las llanuras y el adiós,
donde el alma se hizo nudo
y el destino los perdió.
El mar de Nueva York. Todo importa.
El mar sí es hermoso.
Ahí algo de él en ese mar infinito
ahí está el viejo Bukowski
diciendo que el agua es un error
que las olas son solo bocas hambrientas
y que el azul es un color sucio.
pero él no tiene seis años
ni está sentado en el 14A
con la nariz pegada al vidrio frío
obsesionando el mundo se vuelve pequeño.
yo miro hacia abajo
y el mar no está "encrespado de nada",
está lleno de purpurina líquida
y de ballenas que juegan al escondite
bajo un techo de cristal.
¿A dónde vas buscando
a quién buscas?
y a ti mar que te importa.
Me duelen los oídos
pero nadie me da un truco
para que me dejen de doler
aunque sé que debe haberlos.
Con el mar veo lo infinito
veo el cosmos dando vueltas
alrededor de nadie sabe quién.
él dice que el mar
es un cementerio de ordenadores.
que es un poeta absurdo
que se va a pegar un tiro
en una plancha ondulada.
yo digo que es un tazón de cereales gigante
donde las nubes dejan caer azúcar.
es un inyección que no sé que se mete
es un ansia eterna de agua.
no es una ansia, Charles,
es un espejo que se mueve
y si me quedo mirando fijo
puedo ver el brillo de las ciudades hundidas
donde nadie escribe poemas tristes.
el avión inclina el ala
y el sol le da un beso sucio a las crestas blancas.
lo siento, el ansia de las cosas eléctricas
me llena y me vuelve imposible
imposible de satisfacer y de entender,
pero desde aquí arriba
el mundo es una luz eterna
de caramelo azul
y yo no tengo ninguna prisa
por las turbulencias que traquetean,
ni por aterrizar.
viernes, 30 de enero de 2026
La resolución.
A. llegó a la ventanilla de la Subdirección de Permanencia a las tres de la mañana. El edificio, un laberinto de mármol gris y bombillas parpadeantes, exhalaba un olor a papel viejo y desinfectante barato. Tras el cristal, un funcionario con manguitos negros tachaba nombres en una lista infinita.
A. avanzó por el pasillo, donde el techo se perdía en una penumbra de cables que colgaban como vísceras industriales. La oficina era un engranaje de geometría imposible: archivadores oxidados que llegaban hasta el cielo, escritorios desiertos cubiertos por una fina capa de ceniza y un silencio interrumpido solo por el siseo de tuberías que transportaban aire viciado.
Cada rincón del recinto parecía diseñado para recordar a los hombres su insignificancia ante el papel.
—Vengo a solicitar el permiso definitivo —dijo A., apoyando las manos temblorosas en el mostrador—. El permiso para vivir y estar en paz. Traigo todos los sellos.
El funcionario no levantó la vista. Con una parsimonia mecánica, tomó el fajo de documentos de A., los pasó por una troqueladora y los arrojó a una trituradora lateral sin leer una sola línea.
—Denegado por defecto de forma en la intención —sentenció el hombre con una voz carente de rastro humano.
A. no se inmutó. No hubo ruego, ni indignación, ni la más mínima pregunta sobre qué ley secreta lo condenaba. El absurdo era la única arquitectura que conocía.
—Muchas gracias —respondió A. con una cortesía gélida.
Se dio la vuelta y caminó por el pasillo infinito. Mientras buscaba una viga lo suficientemente alta, sintió que el odio hacia sus maestros —aquellos que le enseñaron a esperar una lógica en el mundo y a venerar la jerarquía de las sombras— le otorgaba, por fin, la paz que la oficina le había negado.
Mientras anudaba la soga, un monólogo gélido recorrió su mente: "Malditos sean", pensó con una lucidez venenosa. "Malditos los preceptores que me enseñaron a descifrar códigos que no existen y a buscar justicia en un sistema de sombras. Me adiestraron para ser un ciudadano del orden, para creer que la paz era un recibo que se obtenía tras una espera infinita".
Sintió un desprecio infinito por aquellos maestros que, con punteros de madera y libros sagrados, le inyectaron la esperanza de que la existencia requería de un visto bueno administrativo. Al fin, libre de la obediencia, A. comprendió que el único trámite que la oficina no podía procesar era su propia desaparición
Con un nudo perfecto, decidió que su último acto de libertad sería dejar de ser un expediente.
jueves, 29 de enero de 2026
Romance de Nueva York en invierno...
¿Se equivocaba la cigueña
al amar se equivocaba?
¿A quién amas?¿a quién amas?
Echo de menos las cigüeñas
que aguantan con una pata,
en los rascacielos amando
y el viento que te arrastra.
No siento el vértigo canibal
y quien ve tantas pantallas
o los puntitos negros,
con tanta soledad ¿a quién amas?
Bajo el ruido de Nueva York,
donde el hielo es un cristal,
ella limpia mi rincón
con un aire de ritual.
El caimán sale
de su alcantarilla.
Y en la noche rabia
se hace pesadilla.
Los edificios parecen
barcos fantasmales,
¿a quienes amarán
estas ruinas lunares?
Las huellas sucias de barro
que huyen los asesinos,
y los últimos inventos
y vendedores cansinos.
¿Se equivocaba la cigueña
al amar se equivocaba?
¿Qué decirte?, ¿a quién amas?
Salgo a fumar con la nieve
vahos que se meñzclan sin sal,
y lo que veía en la tele
un dinosaurio sale del mar.
Cae la nieve en Central Park,
todo el mundo es un altar
más su afán pero brilla
que las luces del lugar.
¿Se equivocaba la cigueña
al amar se equivocaba?
¿Qué decirte?, ¿a quién amas?
Con su escoba y su balde,
va barriendo mi pesar,
y en el frío de la tarde
solo la quiero mirar.
Es invierno en la pensión,
ruge el viento junto al mar,
mas se enciende el corazón
si me viene a saludar.
Canta anécdotas de niebla,
donde el frío muerde el aire,
andas con cadenas firme
sin que nadie te avasalle.
¿Se equivocaba la cigueña
al amar se equivocaba?
¿Qué decirte?, ¿a quién amas?
Hablas como si vendieras
granizo en agua y desafíos,
agua que rompe la roca
y arpilla de puro lino.
Llevas cadenas de hierro
en las ruedas de tu coche,
mientras rompes los silencios
en el frenesí de la noche.
¿Se equivocaba la cigueña
entre los rascacielos
al amar se equivocaba?
Quiero volar en tu atasco,
lleno de escarcha y de baches,
pero al fondo de tu pecho
es refugio sin ambages.
Aunque rujan tus palabras
casi el viento en el paisaje,
desierto eres bajo arena
que me salva del pesaje.
¿Se equivocaba la cigueña
al amar se equivocaba?
Nunca lo sabrá el mar
y no me importa nada.
Tras el caballo de neones,
en la urbe de cristal,
Las Vegas buscan tu sombra
por el Séptima Canal.
Nueva York nunca se duerme,
pero yo no sé soñar
si no es siguiendo el rastro
que dejas al caminar.
Entro en cafés de desvelo
donde el vapor es un vals,
buscando en tazas vacías
tu mirada de metal.
¿Se equivocaba la cigueña
entre los rascacielos
al amar se equivocaba?
Pido un café para un alma
que no se puede saciar,
mientras la lluvia en el vidrio
dibuja un triste umbral.
Me amas como ama el asfalto
al viento que ha de pasar:
con una fría indolencia,
sin quererme sujetar.
¿Se equivocaba la cigueña
entre los rascacielos
al amar se equivocaba?
Cruzo el puente hacia la nada,
viendo las luces temblar,
amando lo que me ignora
en esta selva de sal.
¿Se equivocaba la cigueña
entre los rascacielos
al amar se equivocaba?
Romance.
En el jardín del vecino
ríe un coro de cristales;
va el futuro en su camino
entre coches y pañales.
Miro al niño que no tuve
con un orgullo sombrío;
soy el dueño de una nube,
soy el cauce de un gran río.
Él abraza su semilla,
ella besa su retrato,
mientras mi sombra se ovilla
en un rincón del teatro.
Hoy retumba en mi cabeza.
¡Qué aristócrata el vacío!
Ver que en su casa hay alegría
y en la mía nieve y frío.
Ellos plantan carne y hueso
en la tierra del mañana;
yo solo guardo el exceso
de esta soledad tirana.
Miro al niño que no tuve
con un orgullo sombrío;
soy el dueño de una nube,
soy el cauce de un gran río.
Que ellos críen sus retoños
para el tiempo y su mudanza;
yo cultivo mis otoños
sin hijos y sin esperanza.
Es más puro mi tormento,
mi linaje es el olvido;
pues no engaño al sentimiento
con un ser recién nacido.
Rojo que te quiero rojo,
rojo silencio de luna.
Por el olivar vacío
un coche gime y perjura.
Un niño de ausencia y barro,
con ojos de aceituna,
se me va por los caminos
sin pecho que le dé cuna.
La noria canta su pena,
gira que gira en la umbría,
con el agua que no moja
la boca de la cría.
¡Ay, mi semental de fuego!
¡Ay, mi simiente baldía!
En mis entrañas de nardo
la vida se hacía astilla.
El caballo, negro y grande,
golpea la madrugada.
Relincha por el hijo
que no tiene voz ni nada.
La luna, cuchillo blanco,
en la fragua se desangra.
Y yo, con el vientre seco,
sueño con su piel morada.
Por el barranco del tiempo,
donde el gitano no sueña,
una pena negra sube,
de amarga raíz y leña.
Mis manos buscan la suya,
mi sangre la suya sueña,
mas solo hallan el vacío
de la cuna que no enseña.
Que la culpa es de la tierra,
del viento que no se posa.
Del destino que no quiso
darme la espina y la rosa.
Se me va mi niño, mi niño,
flor de escarcha, luz dichosa,
por la senda de los imposibles
con su alma de mariposa.
martes, 27 de enero de 2026
Soneto a Nueva York en invierno.
Solo el yelo del vidrio y el acero,
Nueva York se desangra en geometría;
telaraña en la luna de agonía
donde el hombre es un número extranjero.
Aúlla el tren por el túnel prisionero,
un dragón de metal en la sombría
caverna del asfalto, donde el día
se apaga en un relámpago de miedo.
La nieve, como un polvo de derrota,
borra el perfil del cielo y del sentido,
y en cada rascacielos una nota,
de soledad vertical lanza su ruido.
¡Oh, pánico de luz que se nos agota
en este inmenso vértigo perdido!
***
Acero y luz, rascacielos que asombran,
vorágine del zombi en la avenida,
el bus turistic y la ambición unida,
en gritos de metal su ley renombran.
Sueñan el lujo, sombras que no nombran
duermen en cartón, la fe casi perdida;
la berrea del humo sale de la herida,
y en el asfalto, olvidos que se alfombran.
Vengo del glaciar a buscar sustento,
nunca de tanta muerte de luz voy a irme,
que el águila devora en su cemento.
La farola tiene ahorcado en secreto,
late en el pecho el movimiento firme
que si hay oro bajo el glaciar es un reto.
***
Sonetos: Envidio el oro en manos del malvado.
Envidio el oro en manos del malvado,
la torre de cristal, el regio manto,
pero prefiero el lirio de tu espanto
y este amor de jazmín desesperado.
Envidio el mar de fondo, sepultado
en su verde metal de amargo llanto,
mas prefiero el vaivén y el breve encanto
de la ola que muere en mi costado.
¡Qué luz de soledad por la ribera!
El rico tiene el sol, el mar su abismo,
y yo solo el clavel de tu cintura.
Deja que el mundo sufra su ceguera,
que yo hallo en tu pequeño cataclismo
la más alta y herida arquitectura.
***
No busco ya tu trono en mi veneno,
ni antídoto de oro a tu ojo de trigo,
ni el mármol de tu torso, fiel testigo
de un tiempo por la carne siempre ajeno.
Amo el abismo de tu pecho lleno
de un grito sordo que se va conmigo,
y al mar en vaivén como ágil castigo
donde el buitre al dar pié quiebra el lirio.
Más allá del espejo y su herradura,
tu amor me clava un nardo de pasión
crece la raíz en la piedra pura.
No es hermosura, es sangre, es profecía,
un vista falsa de agua amarga y pura
que ilumina la belleza y me hace guía.
***
Envidio el oro en manos del malvado,
ni antídoto de oro a tu ojo de trigo,
ni el mármol de tu torso, fiel testigo
de este amor de jazmín desesperado.
Envidio al mar de fondo, sepultado
de un grito sordo que se va conmigo,
y al mar en vaivén como ágil castigo
de la ola que muere en mi costado.
¡Qué luz de soledad por la ribera!
El rico tiene el sol, el mar su abismo,
y yo solo el clavel de tu cintura.
Deja que el mundo sufra su ceguera,
que yo hallo en tu pequeño cataclismo
la más alta y herida arquitectura.
Romance.
¿Por qué corres coche negro?
¿Por qué corres, coche negro,
en este mar de ceniza,
rompiendo con proa sorda
mis horas, que son tus víctimas?
No busques en mi ribera
la flor de la edad cautiva,
que el tiempo es buitre que muerde
la carne que aún late viva.
Yo quise alcanzar la cumbre
donde el laurel se eterniza,
y hallé que el sol que buscaba
mis propias alas calcinan.
¡Qué estéril es el empeño!
¡Qué vana la sed divina
de alzar un nombre de bronce
sobre este barro de intrigas!
El tiempo es un rudo arado
que en nuestra frente desfila,
abriendo surcos de sombra
donde el olvido germina.
¡Dame, mundo, otra esperanza!
No esta ambición de mortaja,
que el triunfo es solo un relámpago
que entre las sombras naufraga.
Corred, días, cual torrentes;
ríe la navaja fría,
que el alma, de tanto andar,
ya tiene sed de la orilla.
Que es el logro un humo leve,
y el logro, una red vacía;
y el tiempo, Jarifa, un monstruo
que devora lo que cría.
Fui un imperio de mármol que, ante ti, se hizo arena,
un torrente de fuego que tu escarcha domó;
fui bajando la guardia, rompiendo mi cadena,
y en cada sacrificio, mi orgullo claudicó.
Te entregué mis almenas, mis torres y mis puentes,
me despojé del alma para darte calor,
y en ese afán sumiso de hacerte reverentes,
fui borrando los trazos de mi propio color.
Cedí como la roca que el oleaje desgasta,
pulí mis asperezas por no herir tu piel,
hasta que mi garganta gritó un: «¡ya basta!»,
al verse convertida en un cuenco de hiel.
Me doblé tanto, tanto, buscando tu alegría,
que el tallo de mi vida terminó por crujir;
fui perdiendo el sentido de mi soberanía
por el miedo constante de verte partir.
Pero el drama del eco es que al final se agota,
y el peso del vacío me enseñó la verdad:
que de tanto ceder, la pasión se hace remota,
y el exceso de entrega se vuelve orfandad.
Hoy me miras de frente y no encuentras la llama,
ni el ruego en mis ojos, ni el viejo temor;
se ha cerrado el telón de este antiguo drama:
me volví indiferente de tanto dar amor.
Ya no queda naufragio, ni puerto, ni ruego,
el corazón es piedra que el viento olvidó;
me quedé tan vacío tras este largo juego,
que ahora me da igual que me digas que no.
El hijo que no fue de Pessoa.
Sobre el rojo de Lisboa,
donde el Tajo se hace olvido,
soñó Fernando una carne
que no fuera solo estilo.
No son voces de la mente,
ni fantasmas de lo escrito;
es un niño con sus ojos,
despierto, tierno y herido.
Si Pessoa hubiera tenido
sangre propia en un pasillo,
los espejos de su alcoba
se habrían vuelto de vidrio.
¿Qué sería de Alberto Caeiro,
del guardador de rebaños,
si un llanto de niño vivo
le robara sus engaños?
No matara a sus hermanos,
esos seres de lo frío;
pero Ricardo y Álvaro
serían barcos hundidos.
Al llegar la adolescencia,
con su fuego y su cuchillo,
los heterónimos mueren
porque ha nacido un destino.
Ya no escribiría sombras,
ni el tedio de un desatino;
escribiría en el aire
con un dedo de platino.
¡Ay, qué poema de gloria,
qué latido tan genuino,
bajo el sol de los mañanas,
libre ya de tanto laberinto!
El Poema Vitalista (al estilo de su "hijo"):
"No soy yo, ni el que piensa,
ni el que siente el desvarío.
Soy este pie que camina
sobre el polvo del camino.
¡Qué alegría estar presente!
¡Qué verdad el pan y el vino!
Miro a mi hijo y comprendo
que el universo es un trino.
Ya no busco la distancia,
ni el sentirme siempre esquivo;
ser padre es ser toda la tierra
en un solo cuerpo vivo."
Pardo, te quiero pardo, pero un pardo de bilis y de rayo,
un pardo que estalla en la garganta como un cristal quebrado.
No es la luna la que sube, es un fémur de plata blanca
que golpea el yunque del cielo hasta que el cosmos se calla.
Las estrellas no titilan, son espuelas de hierro ardiendo
clavadas en el costado de una noche que muere sonriendo.
Porque el amor no es un nido, es un combate de caníbales,
donde Pessoa se multiplica en mil sombras criminales.
¡Bébete el sol hasta que las venas te revienten en flores!
Que la violencia de estar vivo sea el único de tus honores.
No busques la calma del río, busca el hacha de la marea,
que la poesía que no sangra es solo una sucia presea.
El barco sobre la mar es una herida que no cierra,
el caballo en la montaña es el trueno que pisa la tierra.
Si vas a amar, hazlo como el que incendia su propia casa,
con la furia de quien sabe que el tiempo es una brasa.
¡Muerde la fruta del día hasta que el jugo sea puro fuego!
Que el "yo" de mil caras se rompa en este violento juego.
Verde, te quiero verde, con la furia de un volcán despierto,
porque solo el que arde entero sabe que no está muerto.
Sonetos.
La mano amada deshabitada.
Esa mano de cal, rama sin nido,
es un lecho de juncos y de olvido,
donde el sueño se rompe, malherido,
por un rayo de fósforo perdido.
Como una cama en sombra, deshecha,
guarda el rastro de un cuerpo que no existe; la garra del hambre, sin uña y triste,
que en el costado del amor acecha.
¡Rabia de lino sucio y de gemido!
Mano que es sábana de antigua herida,
puente de venas para el alarido.
No hay descanso en tu palma desmedida,
que es una alcoba de cristal hundido
donde se pudre el sol de nuestra vida.
***
Bajo el yugo de un luto que no cesa,
la mano es un sarmiento de agonía,
y el alma, una cantera de luz fría
donde el silencio su martillo apesa.
La impotencia es la zarza que me apresa,
un desierto de cal y de sequía;
mas si el trabajo muerde la porfía,
la pena se hace flor bajo la mesa.
De este barro de sombras y de espanto
brota el cisne de un verso cristalino,
venciendo al pozo que mi voz habita.
Y si no sé mudar el mal en canto,
déjame en el desierto del destino
donde la noche a oscuras me ejercita.
Sonetos.
¿Cómo ver si el beso de un ángel miente
como un corcho de fuego en boca amarga?,
que el pulso de la sangre no levanta
ni deja rastro en el afán consciente.
Es llama que se agota de repente,
materia seca que el vacío encanta,
un roce que a la vida se adelanta
pero se queda huérfano y ausente.
Carece de la luz y del sentido,
es pura forma, cáscara liviana,
que flota en un silencio endurecido.
Murió antes de nacer la fe temprana;
es solo un soplo inútil, ya perdido,
que no tiene ni alma ni mañana.
***
Soneto a Elon Musk.
Bajo la luna de silicio y cobre,
sangra un cohete su clavel de fuego,
jinete de un espacio ciego y ruego,
donde el metal se vuelve espuma pobre.
Su mano es un racimo de corriente,
en el pretil de Marte pone un nido,
con un caballo azul, desvanecido,
que galopa en el ámbar de su mente.
¡Ay, qué muerte de vidrio en la pantalla!
Un algoritmo de cristal herido
por el perfil del ave que no calla.
Lleva Musk un insomnio de granada,
tejiendo entre satélites su nido,
mientras la Tierra llora abandonada.
Del cielo viajan naves de acero,
hacia Marte diriges la mirada,
con la luz del sol buscas la jornada
y el rayo eléctrico es tu caballero.
En el chip y la red eres pionero,
frontera de una mente ilimitada,
la Tierra por tu mano es impulsada
a un mañana distinto y verdadero.
Titán que desafía lo corriente,
con fuego y con silicio vas trazando
el mapa del futuro en el presente.
Astro que el viejo orden va quebrando,
héroe de una era, voz valiente,
que el cosmos para el hombre está ganando.
domingo, 25 de enero de 2026
De otro a otro solar del paraíso.
Se apaga la voz del mundo,
se muerde el aire los labios,
mientras galopa en mi pecho
un sordo tropel de rayos.
No es amor lo que me habita,
es un metal derramado,
un puñal de luna verde
que me siega los costados.
Tu boca es nido de avispas,
pan de ceniza y de nardo,
donde mi lengua se pierde
como un ciego entre los zarzos.
Me buscas con ojos turbios,
con ademanes de asfalto,
y en el roce de las manos
cruje el cristal del espanto.
Eres la grieta en el muro,
el desplome del caballo,
una marea de ortigas
que me sube por los brazos.
No quiero luz en la alcoba,
ni el perdón, ni el desagravio;
solo este incendio de sombras
que nos deja descarnados.
Que se rompan las campanas,
que se detenga el naufragio,
que si el quererte es locura,
yo ya he muerto en el ensayo.
Mi sangre es un río negro
que busca tu cauce amargo,
donde el deseo se vuelve
un clavel de hierro y barro.
Tu boca es un pan amargo que me devora el pulso. No hay tregua en este incendio que galopa por mis sienes, un caballo de crines de azufre que patea las sombras de mi alcoba hasta que el aire mismo huele a metal y a presagio.
Eres el rayo que busca el nido del jilguero; un relámpago mudo que, al tocarme, me deja la sangre llena de agujas de vidrio. No te quiero como se quiere la luz del día, sino como el náufrago busca el filo del arrecife para saber que aún está vivo. Mi pecho es un yunque donde tu nombre golpea con la fuerza de una campana herida, una vibración de plata que me rompe los huesos en silencio.
Hay un puñal de escarcha entre nosotros y, sin embargo, nos buscamos con la sed de las arenas que sueñan con el desbordamiento del río. Eres la luna negra que arrastra las mareas de mi instinto. Mi deseo no tiene voz, es un perro de ciego que muerde la tiniebla, un torbellino de claveles rojos que se deshojan sobre el mármol frío de la cordura.
Si muero, que me entierren en la grieta de tu cintura, donde el tiempo se detiene y la carne es un verso que se escribe con brasas. Porque amarte no es un descanso, es una herida abierta que canta, un abismo de jazmines donde me arrojo para encontrar, al fin, la paz de los que arden sin consumirse.
Sonetos.
Toro que embiste como una ola nueva
semilla fiel de un íntimo deseo,
en cuyo rostro el porvenir preveo
mientras la sangre a su destino lleva.
Mas parte el padre, y el dolor se eleva,
bajel de hierro en gélido torneo;
rompe el glaciar con su postrer jadeo
y en el silencio su memoria nieva.
Se apaga el faro, el puerto se deshace,
el rompehielos cruje y se fractura,
y el árbol viejo por fin ya no nace.
Sigo adelante en la marea oscura,
sin rumbo fijo donde el alma yace,
reza al calvario de una nueva cuna.
***
Ascensión de la raíz.
La raíz en su cárcel de espesura
muerde la sombra, ciega y excavada,
buscando entre la tierra silenciada
el cauce de una vida más oscura.
Rompe el terrón con fuerza de tortura,
quiere ser luz, salir desatada,
y emerge de la grieta, alborotada,
hacia el cristal del aire y su blancura.
Pero el frescor es lazo que la aprieta,
el cielo es un puñal de transparencia
donde su carne vegetal se fía.
Muere de luz la herida ya completa:
halló en el aire el fin de su existencia,
asfixiada en su propia epifanía.
***
Bajo el fuego del sol, la piel se quiebra,
la oruga busca el vuelo que no alcanza;
mutilada su fe y su confianza,
el destino en su lomo se celebra.
Aquel sueño de seda hoy es fúnebre,
no hay ala que sostenga la esperanza;
mientras el mundo al éxito se lanza,
el rastro de su pena la encelabra.
Se arrastra por el polvo, ya rendida,
odiando aquel azul que la desprecia,
pues ser lo que se quiso es causa herida.
Y en su amarga orfandad, ya nada aprecia;
prefiere ser la tierra, y en su caída,
negar que la belleza fue su necia.
El accidente ferroviario de Córdoba.
"¿Por qué no me enseñan su cadáver?"
Yo maldigo el tiempo que la tuve
porque nunca la tuve.
En los campos de Adamuz,
donde el olivo enmaraña,
se retuerce el acero frío
bajo una luna de llanta.
En el jardín de mis sueños muertos,
donde el rocío es lágrima fría,
florece un imán de rojo incierto
que sueña aunque nunca serás mía.
El astro caótico y lejana,
que desde el cielo se burla fiel;
yo la ola reventando mañanas
muero intentando besar tu riel.
¡¿Por qué no enseñan tu cadáver?!
que nos separa con mano atroz,
Pues en lo incierto, lo más oscuro,
es donde escucho mejor tu voz.
Si fueras mía, si en mi regazo
trenes, atasco en vivo sin ardor,
se rompería con el abrazo
el buitre de oro de mi dolor.
No es tu presencia la que me salva,
ni el beso tibio que nunca das;
es el amasijo de ru recuerdo
me hace en la sombra buscarte más.
Gracias al rayo que no me alcanza,
ni autopista de mi amargura;
yo que tanto te amé sin saberlo
como un rascacielo hasta la luna.
En los campos de Adamuz,
donde el olivo enmaraña,
se retuerce el acero frío
bajo una luna de llanta.
No fue arder los rascacielos
ni la tormenta ensañada;
fue la mano del descuido
quien segó el cuerpo de plata.
¡Oh, qué amarga es la mentira
cuando en seda se disfraza!
Los ciervos berrean de negro
borran la culpa en su acta,
los railes, como venas,
lloran su herida ignorada,
y una madre ya sin hija
por los cerros se propaga.
Mas no llores, rabia mía,
ante la sombra malvada,
que aunque el hombre sea de barro
y su palabra una trampa,
Dientes de León no mueren
ni en la vía destrozada,
pues brota siempre una flor
donde la sangre fue errada.
Mira cómo el sol de enero,
con su luz de antigua casta,
vuelve a dorar los rastrojos
y las colinas lejanas.
Hay que confiar en el vuelo,
no en la máquina cansada,
porque la vida es un río
que ningún muro detalla.
Que mientan los escribanos,
que escondan la vieja falla;
la verdad late en el viento
y en la tierra que nos llama.
Los cuerpos miran al cielo
la fe es una espada blanca:
Adamuz dormirá en paz
cuando amanezca mañana.
sábado, 24 de enero de 2026
Poemas.
En este lecho donde el tiempo expira,
bendigo el yermo de mi suerte esquivo,
pues nace en la oquedad más transitivo
la flor que el alma en su dolor admira.
Roca es tu mano que a otra fe se gira,
sequadal donde el musgo no derivo;
mas en esa aridez, siempre cautivo,
mi ilusión como rosa se suspira.
No importa el lazo que a tu pecho anuda,
ni el muro del deber que nos separa,
si mi vida en tu luz fue transformada.
Muero en la dicha de la sed desnuda,
pues entre piedras de ruda faz y rara,
rosa nacida entre la arena cruda.
***
En el umbral donde la luz se apaga
y el ángel del adiós tiende su manto,
vengo a entregarte el resto de mi aliento,
hecho de música y de eterno espanto.
No es queja el estertor que me reclama,
es el silencio que al fin se hace canto;
miro tus manos, de otro anillo presas,
y en su lejano resplandor me planto.
Fue mi existencia un páramo de piedra,
aridez pura bajo el cielo santo,
donde las rocas, secas y severas,
negaron hasta el musgo su quebranto.
Pero en esa oquedad, donde el destino
puso el desierto y el rigor del llanto,
brotó una rosa que no toca el tiempo,
un sueño rojo que yo quise tanto.
¿Qué importa el muro que tu ley levanta
si en mi penumbra fuiste el sol de un campo?
Tú eres la flor que entre las piedras crudas
venció al olvido con su regio encanto.
Muchos soñaron con poseer tu esencia,
pero yo fui tu cáliz y tu manto;
morir es poco si viví el milagro
de haberte visto en mi dolor brotando.
Me voy al fondo de la noche oscura,
donde el espacio se deshace en llanto,
feliz de ser la roca que en su herida
guardó el misterio de tu rostro santo.
El expediente infinito.
El expediente 48-B colgaba del techo por un hilo de cáñamo que parecía alimentarse del polvo en suspensión. Gregorio, cuya labor consistía exclusivamente en verificar que el sello de la página setecientos doce no hubiera sido humedecido por la exhalación de algún intruso, levantó la vista hacia la claraboya obturada por el hollín. Hoy era el día. O al menos, era el día que él había designado como "hoy" tras dieciocho meses de penumbra administrativa.
Amalia, la subalterna de la Sección de Reclamos Inexistentes, caminaba por el pasillo con una precisión que desafiaba la geometría del edificio. Gregorio la amaba con una desesperación reglamentaria. Su amor no era un sentimiento volcánico, sino un formulario perfectamente cumplimentado que nadie se atrevía a tramitar.
La amaba por la forma en que sus dedos, pálidos y manchados de tinta sepia, pasaban las hojas de los registros sin emitir un solo sonido, como si temiera despertar a los fantasmas de los archivistas fallecidos que, según se decía, habitaban en los huecos de los muros de carga.
—Hola Amalia —articuló Gregorio, y su propia voz le sonó como el crujido de un legajo al romperse—. He preparado la solicitud de audiencia personal.
Amalia no se detuvo. Su figura, envuelta en un abrigo gris que parecía una extensión del cemento, se desdibujaba en la bruma de las oficinas.
—Para solicitar una audiencia sobre una solicitud —respondió ella, sin girar la cabeza—, debe usted primero obtener el permiso de la Oficina de Intenciones Prematuras.
El mostrador está en el sótano nueve, ala oeste, detrás de la caldera que siempre gime.
Gregorio sintió el peso de la jerarquía hundiéndole los hombros. Bajó al sótano nueve.
El descenso duró una eternidad de escalones desgastados. Al llegar, se encontró con una fila de hombres que sostenían sombreros de copa abollados y miraban al suelo con una resignación mineral.
El funcionario a cargo, un hombre con anteojos tan gruesos que sus ojos parecían dos huevos duros flotando en formol, le extendió un papel amarillo.
—Esto es para el amor —dijo Gregorio, con una urgencia que rayaba en la ilegalidad.
—Aquí no gestionamos afectos, solo la intención de los mismos —replicó el funcionario—. Su amor por la señorita Amalia es, a ojos de la Dirección, una anomalía en el flujo de trabajo.
Si usted la ama, está ocupando un espacio mental que debería estar destinado a la indexación de los decretos sobre el uso del papel secante. Su pasión es un retraso para el Estado.
—Pero ella me miró ayer —mintió Gregorio, buscando un asidero en la realidad—. En el ascensor, sus ojos se posaron en mi solapa durante 0.4 segundos.
El funcionario suspiró, un sonido que evocaba un fuelle viejo.
—Esa mirada fue un error de cálculo del Departamento de Óptica. Se ha emitido una fe de erratas. Ella no lo miró a usted; miró el vacío que usted dejaría si fuera despedido. Es un procedimiento estándar.
Gregorio regresó a su puesto, pero el hilo del expediente 48-B se había roto. El legajo yacía en el suelo como un pájaro muerto.
Desesperado, corrió hacia el despacho de Amalia, atravesando pasillos que se estrechaban a medida que avanzaba, hasta que sus codos rozaban las paredes cubiertas de moho institucional. La encontró sentada frente a una montaña de sobres sin dirección.
—Amalia —sollozó—, he bajado al sótano. He renunciado a mi paz por una póliza de esperanza. Dígame que el formulario de mi corazón ha sido recibido.
Amalia levantó la vista. Su rostro era hermoso y terrible, como una sentencia judicial definitiva.
—Gregorio —dijo con una suavidad gélida—, el amor es una instancia que no admite apelación. Usted ha presentado su demanda en un idioma que ya no se habla en estas oficinas.
Lo que usted siente no es amor, es una falta de sellado en su estructura lógica. Vuelva a su mesa. El vigilante vendrá pronto a medir la profundidad de sus suspiros, y si exceden el límite permitido, se le descontarán de su jubilación.
Gregorio comprendió entonces que el edificio no tenía salida, no porque las puertas estuvieran cerradas, sino porque el pasillo hacia Amalia era una línea asintótica: se acercaba infinitamente sin tocarla jamás.
Se sentó en el suelo, rodeado de papeles, y comenzó a escribir una carta de amor que, sabía de antemano, sería archivada en la sección de "Asuntos sin Relevancia Cósmica", donde el silencio es el único acuse de recibo.
Afuera, la ciudad era un rumor de leyes lejanas.
Adentro, Gregorio se convertía lentamente en una mancha de tinta más en el gran libro de la indiferencia universal. Su amor, privado de sello y firma, se disolvió en el aire viciado de la burocracia, dejando tras de sí solo el eco de una grapadora que se cerraba en algún lugar del infinito.
Dos sonetos.
Quien rinde al pecho el fuego enamorado,
en dulce vida el alma transfigura;
que no es vivir la exenta criatura,
sino el que a amor se entrega desvelado.
No teme el tiempo, el brazo apresurado,
ni de la muerte la ceniza oscura,
pues si la vida en un instante apura,
queda el recuerdo en mármol esculpido.
La misma eternidad lo juzga y rima.
que el lazo que a dos almas encadena,
quiere ser más deseada aunque lastime;
No muere el ser que amando se sublima,
que si la muerte el cuerpo nos condena,
la memoria en la vida nos imprime.
***
A su puerta de ella del curro llega,
con la esperanza en llamas encendida;
pide la entrada que le fue prohibida,
y el alma en sus umbrales se le entrega.
Ella, que al tierno ruego se desniega,
le dice, entre la sombra y la escondida:
«Mañana será, Alfonso, vuestra vida,
que hoy el rigor a mi piedad se agrega».
Vuelve el amante al sol del nuevo día,
y con la misma fe toca el madero,
mas halla la palabra siempre fría.
Búrlale el tiempo el paso más ligero;
que ella promete lo que no querría,
y él vive de un «mañana» prisionero.
viernes, 23 de enero de 2026
Soneto a la autodestrucción de la sabiduría.
Bajo la luz de un ángel que no mira,
eriges tu baluarte ante el Abismo;
mas si tu puño contra Dios delira,
te borra el tiempo en un oscuro sismo.
Aquel que busca el Juicio por su mano
y en su soberbia al Hacedor ignora,
se pierde en un olvido tan temprano
que el nombre de traidor su piel devora.
Solo quien alza muros sobre el viento
y en el oleaje siembra sus cimientos
puede soñar que el mármol no fue en vano.
Pues solo el mar, que todo lo deshace,
permite que una ruina sólida trace
la sombra de lo eterno en lo humano.
Romance al Dios de la muerte eterna.
Huyo en la noche de lluvia
del hijo que aún no tengo
de mi muerte que no llega
buscando un ansia de desierto.
Ansia de Dios ansia de ser justo
en mi herida sangrante,
cuando rompo el rostro de Dios
en el espejo, rompo mi rostro delante.
¡Oh, rascacielos de ansia
en el abismo hundido!,
que cuanto más se eleva,
más rodillas en el olvido.
Siento la heroína en mis venas
como un ciervo que berrea,
el sol brilla en grado recto
cómo el mar que enebra.
¿Qué dejaré en el mundo
cuando las cucarachas coman
en el polvo que quede de mí
sin ojos entre las rosas?
Como alacrán que habita
la arena del desierto,
busco el dolor del fuego
para no estar ya muerto.
Cercado de mis sombras,
clavo en mí la ponzoña,
que el alma que no muere
de amores se emponzoña.
Busco ansioso las sombras.
¡Oh, grandeza terrible,
abismo de luz fiera!,
que el alma en tal bajeza
tu alta unión espera.
Busco ansioso la pena.
Heridme con el rayo,
quemadme la garganta,
que en medio del suplicio
mi espíritu levanta.
Busco ansioso las llamas.
Que en este seco exilio
de escorpión y de roca,
solo el dolor me saca
la sed de vuestra boca.
En la noche profunda,
con sed de eterna herida,
buscando voy la huella
multipantallas de vida.
¿Tú que eres multipantallas
sin levantarte del sofá?
si consigues levantarte
para poner ladrillos más,
¿podrás amar?
En un alto rascacielos,
donde el vidrio el cielo asalta,
buscaba mi alma el sosiego
fuego que a tu entraña falta.
El cristal era un abismo,
espejo de luz helada,
donde el hombre se contempla
sin ver nunca su mirada.
Salí por la red del mundo,
fibra óptica y callada,
entre chips de silicio puro
y memorias ya grabadas.
Iba siguiendo un destello
que entre el neón parpadeaba,
huyendo del ruido sordo
que los pechos angustiaba.
Pasaban coches de seda,
sombras mudas que pasaban,
sin el rastro del aceite,
sin la voz que antes gritaban.
"¡Oh, vértigo de los hombres!",
mi espíritu así clamaba,
"traicionamos lo que amamos
en la urbe digitalizada".
Buscaba yo la herida,
la roncha que el alma abrasa,
donde Dios rascara el centro
de esta fe que se nos pasa.
No en el código de ceros,
ni en la pantalla que engaña,
sino en el escroll del pecho
donde el Infinito acampa.
Subí por cables de oro
hasta la cumbre más alta,
donde el wifi se termina
y el silencio nos abraza.
Allí, entre torres de acero,
encontré la luz amada:
un Dios que es pulso eléctrico
en la soledad hallada.
Y en aquel frenético vuelo,
mi alma quedó sosegada,
viendo que en el chip más leve
su ego humano delataba.
Ambición y pesadillas de Nueva York en invierno.
¡Amo estos rascacielos que son lápidas de vidrio!
Amo esta pesadilla insufrible
y quiero seguir aquí con la cara chupada
y durmiendo en la calle y en las cárceles.
Hoy Nueva York no es una cárcel
de cristaleras lunares,
es un yunque donde nadie
se acordará de los gritos
de nuestro dolor de una madre loca,
¡nadie detrás de nuestra carrera!¡nadie!,
ni de los hijos que no tuvimos
por nuestros sueños insaciables.
¡Basta de este silencio que sabe a ceniza
y a moneda nevada!
No he venido a Nueva York a contar
los pasos del miedo,
he venido a golpear con mis puños de arcilla las puertas del rayo.
Me siento impotente ante tanta belleza
sin nombre, tantos sueños de los muertos,
ante el traqueteo de los trenes
que pasan por encima de mi cuerpo,
ante tanta nieve sin arte.
¿Dónde envenenan aquí los mecenas del Arte,
para restregarme en un Caravaggio
y no en un Andy Warhol?
Me veo marchar con rencor
como un dinero prestado a un ex amigo del alma.
Siento a los latinos trabajando duro
para unos andamios en unas lonas de seguridad
donde no rezan ni las ratas.
Siento el pulmón de los negros mártires vendedores henchidos de vendavales,
un viento que no pide permiso, que arranca los cerrojos de la pena.
¿Qué solterón cincuentón irá
en el bus turistic hoy
dando vueltas en solitario?
Qué negocios tan extraños
para solitarios
absurdos sin remedio.
¡Qué se enteren las alcantarillas de humo que no sé que guerreros pringaos incineran
y a los ángeles de hierro que se frustran por no saber pronunciar nuestros nombres!
Mi sangre no es agua de estanque, es un río de espadas encendidas
que busca el mar de los sueños insaciables para inundar la sed de los humildes.
La injusticia tiene pies de plomo, solo te deja volar sin moverte, pero mi esperanza tiene alas de pólvora.
Solo gritas hacia dentro mordiéndote la lengua y rechinando los dientes frente a ma música potente, las televisiones a tope y el incienso de las tiendas de marihuana.
Aunque el asfalto quiera enterrar mi nombre bajo botas sangradas sin nombre de gigante,
yo soy la semilla que rompe el granito en un grito de polen salvaje.
No hay rascacielo que eclipse el sol si el hombre decide levantarse,
no hay muro tan alto que no pueda ser escalado por el amor de un pueblo.
¡A las alados amasijos de hierro de las rosas! ¡A las gargantas de cristaleras y de trigo
donde sufren los gritos de los jefes
y el desprecio ilusionante de los sueños!
Hoy Nueva York no es una cárcel de cristaleras lunares, es un yunque donde nadie se acordará de nuestro dolor y de los hijos que no tuvimos por nuestros sueños insaciables.
Miro al futuro y veo una llanura sin dueños, un cielo sin espinas,
donde el pan sea de todos y el dolor un cuento viejo de fantasmas.
¡Camaradas de la luz del arte, hermanos del llanto convertido en fragua!
Salid de las sombras, que el alba ya viene con su hacha de oro
a talar la tristeza y a plantar banderas de vida en el centro del mundo.
¡Adelante, que la aurora es nuestra y el corazón no sabe de cadenas!
Bajo el arco de una luna de cal amarga,
donde el Hudson arrastra caballos degollados y lunas de zinc,
me levanto frente al asfalto que muerde los talones del aire.
¡Nueva York! Escupitajo de acero en la mejilla de Dios,
geometría de gritos que se oxidan entre las vigas de los puentes.
Siento en los pulsos el galope de mil toros de sombra,
la injusticia es un cuchillo de vidrio enterrado en la encía del mundo,
un hambre de siglos que gime bajo los pies de los banqueros.
¡Qué dolor de raíces asfixiadas por el cemento!
La angustia es un piano roto cayendo desde el piso sesenta,
mientras los rascacielos, colmillos de un gigante ciego,
intentan herir el costado de una nube que solo sabe llorar sangre.
¡No puedo! ¡Mi voz es un nudo de escorpiones en la garganta!
El rayo de Donald Trump me quema los huesos,
el clavel de Federico se deshoja en la alcantarilla,
y el mar de los ansiosos del Fentanilo en el Burger King es hoy un muro de escarcha y olvido.
Pero escuchad, por las grietas del granito,
donde el dólar no puede comprar el perfume de la herida,
sube una marea de manos verdes, un eco de espigas insurgentes.
Porque sobre la cumbre del Empire State,
allí donde el frío se vuelve música de estrellas,
nacerá un niño de barro y luz con los ojos de mañana.
Nueva York, te lo digo entre sollozos de hierro:
la esperanza es un caballo de fuego galopando el vacío,
y al final del vértigo, en el fondo de la sombra,
el hombre será, por fin, el único dueño de su propia aurora.
Cómo os amo, ¿cuántos ahorros tendréis para comprar un piso de 50 metros?
¿cuánto costará un alma para descansar
y subir en un tumba de segunda mano incinerado al cielo?
jueves, 22 de enero de 2026
Soneto al descarrilamiento de Adamuz
Tren de espuela y cal, España tropieza,
roja el hierro en la vía abandonada,
y la berrea del tren, desparramada,
berrea sin amor la heroína en vena.
Coche grita al túnel una condena
con una hoz de herrumbre y madrugada;
la aldea es una rabia clausurada,
el joven, un adiós; el viejo, un reza.
¡Oh pavor del carril que se desvía!
Huye el metal del mapa y del destino
mientras se rompe, en trágica armonía.
Se nos muere la tierra en el camino,
en la batalla ciego de agonía.
el pulso de ahulaga que se hizo espino.
Sonetos de amor.
Arena y fuego en la extensión dormida,
donde el desierto dicta su sentencia;
no es falta de agua, es pura transparencia,
la sed de ser en la distancia herida.
El amor es la duna conmovida
que cambia de lugar su propia esencia;
un oasis de luz y de insolencia
que engaña al ojo y nos otorga vida.
Y en medio de este sol que nada olvida,
la soledad se vuelve arquitectura:
un silencio de roca y de medida.
Entiende al fin, tras tanta desmesura,
que el alma solo encuentra su salida
cuando acepta su propia quemadura.
Tántalo de luna y sed.
A la orilla del agua, ¡qué sed de vidrio amargo!
El río es un alfanje que me corta los labios,
y el cristal de la racha, con un vuelo de garza,
se me escapa del grito donde el alma se abrasa.
Busco el huerto dormido. La rama es un suspiro
que me ofrece su herida de manzana y granada;
pero el aire la empuja, la vuelve sombra fría,
y me deja los dientes con un hambre de plata.
¡Ay, qué burla de fiera me tiende lo que amo!
Cuanto más mi mano busca el clavel del objeto,
más se quiebra la luz en un pozo de olvido.
Ni el fuego me consume, ni el alivio me encuentra.
Que ardiendo el hielo en filo, por la orilla sin cauce,
soy Tántalo de sombra... bajo un río de arena.
Tántalo del amor.
A la orilla del agua estoy sediento,
y el cristal, que mis labios ya tocaba,
huye de la garganta que abrasaba,
burlando con la fuga mi tormento.
Busco el pomar, y al vago movimiento
de la rama que el fruto me otorgaba,
se esquiva la ambrosía que esperaba,
dejando solo al hambre por sustento.
Del mismo bien que busco, soy burlado,
pues cuanto más mi mano al objeto ansío,
más me niega su sombra lo esperado.
Ni toco el fuego, ni el alivio fío;
que ardiendo en vivo hielo y mal burlado,
soy Tántalo de amor en seco río.
miércoles, 21 de enero de 2026
Soneto a la discreta paciencia.
En la quietud de la madera espera el tiempo,
con su paso de hormiga y su olor a resina,
no es el rayo fugaz que el cielo desatina,
sino el lento latir de un mundo que presiento.
Hay que amar el silencio, su pan y su cimiento,
como la raíz ama la sombra en la cocina,
de la tierra profunda donde el grano germina,
sin más prisa que el aire o el propio pensamiento.
Deja que el día caiga como una hoja de higuera,
con su peso de sombra y su luz de ceniza,
que todo llega al fin, como llega la hoguera.
La paciencia es un río que el musgo suaviza,
no busques la manzana antes de la primavera,
que el tiempo sabe el nombre de todo lo que hechiza.
Poema del amor suicida del Puente de Silva (1995)).
Chirra el cielo de Gáldar,
donde el alisio* al alma hiere,
late un eco de suspiros
el amor que al polvo muerde.
En el grito de los grillos,
como un sueño de la mente,
se levantan dos figuras
en un mármol permanente.
Él era Himar de castillo,
alma de fuego y de fe;
Chaxiraxi ella del Fuego,
la luz que su ceniza fue.
«No me olvides —él decía—,
duros leones sin tesoro;
volveré con las riquezas
que nos pide el mundo tosco».
Cinco años raspó el tiempo,
cinco inviernos de agonía;
cicatrizaba ella el fuego
mientras el sol se moría.
¡Oh, qué amarga es la esperanza
cuando el labio no la nombra!
¡Qué pesado el juramento
cuando el alma está en la sombra!
Llegó el día del retorno,
tras la guerra y el desierto,
pero el reloj del destino
marcó el camino más incierto.
Las campanas de la villa
con un toque de alegría,
anunciaban que Chaxi
con otro hombre se unía.
Como un rayo de la noche,
Himar cruza la ciudad;
lleva el pecho desgarrado
por la cruel fatalidad.
Ante el lecho de la novia,
donde el aire es un gemido,
se detiene el caballero
por el rayo del olvido.
«Dame un beso, dulce dueña,
que por él crucé la mar;
dame un beso que me salve
antes de verme expirar».
«No puedo —responde ella—,
que mi honor es ya ajeno;
mi boca ya no es de rosas,
sino de amargo veneno».
Cayó el mozo al pie del lecho,
sin un grito, sin un queja;
se le rompió el corazón
como se rompe una reja.
A la mañana siguiente,
entre cirios de blancura,
llevan al muerto a la iglesia
en su fosa de amargura.
Aparece una sombría
figura de blanco velo;
es Chaxi, que camina
buscando el último consuelo.
Se acerca al cuerpo de Diego,
que el frío mármol ya envuelve,
y aquel beso que negó
con su vida lo devuelve.
Un suspiro de las sombras,
un abrazo en el vacío;
se quedaron los dos muertos
junto al viento del estío.
Tal vez son solo dos nombres,
o una queja del ayer,
o el fantasma de un deseo
que no pudo florecer.
Mas si vas a las iglesias
donde el tiempo se detiene,
verás que el amor más puro
solo el silencio lo tiene.
Dos manos que no se tocan,
dos almas en un altar,
que nos dicen que en la muerte
sí se puede descansar.
*Viento inestable de los acantilados canarios.
martes, 20 de enero de 2026
Sonetos.
Frente al cristal que juzga y te intimida,
verás que el miedo es solo un espejismo;
el trueno se deshace en el abismo
cuando el alma despierta decidida.
No es la roca en el paso la medida,
ni el eco del error o el pesimismo,
es la fuerza brutal del propio sismo
que levanta de nuevo nuestra vida.
Si el espejo pretende doblegarte
con sombras de un ayer que te encadena,
rompe su hechizo y vuelve a levantarte.
Que el problema es la arena que se drena,
y tú eres el volcán para forjarte
un destino sin rastro de la pena.
Soneto
Tras la sierra del sol, la mar serena
esconde en su cristal negros abismos,
donde habitan los monstruos y cinismos
el oleaje azar que el olvido drena.
Igual mi ayer, de roja sombra llena,
guarda un abismo de otros egoísmos;
donde sin luz que en duros silogismos
solo la luz del Aleph hoy ordena.
No hay rastro del salvaje en la mirada,
mas vive en la memoria, ese recinto
donde todo es presente y no es nada.
Soy el que fui, la fiera en su laberinto,
justificado en la sagrada entrada
de un punto donde el tiempo es indistinto.
Soneto para evitar poner excusas.
En un rincón del alma, en mudo empeño,
sepulta ya tu voz y tu querella;
no busques en el aire rastro o huella
de un descargo febril, vano y pequeño.
¿Qué importa el juicio del extraño dueño
si la luz de tu idea es la más bella?
Sigue en la noche a tu distante estrella
sin despertar al mundo de su sueño.
Que el labio calle y hable solo el hecho,
como brota la flor en el pantano
o el rayo de oro en el oscuro techo.
Deja que el triunfo, con segura mano,
rompa el silencio que guardó tu pecho...
¡Lo que es gigante nace siendo arcano!
Soneto.
El tren que busca abarcar oo infinito.
Bajo la herrumbre fría de la luna,
se quiebra el hierro de mi paso errante,
voy como un tren de carga y de fortuna
que pierde el riel en un desierto instante.
No es solo el golpe del metal quebrado,
sino este hundirse en la arena densa,
un capitán de hollín descarrilado
en la mitad de una marea inmensa.
La soledad es este eje vencido,
un humo ciego que busca su puerto,
un animal de estruendo ya perdido.
Y así me quedo, solo y descubierto,
viendo el viaje que pudo haber sido,
mientras me traga el polvo del desierto.
domingo, 18 de enero de 2026
Poema a una soledad insoportable de cuando Nueva York.
aquí (tienes)
un soneto : des-
armado (como un juguete de
silencio)
tras tanta sOledad
tanto despre-
cio (el corazón es un
pequeño animal
herido por la nieve)
ahora
yo pido (un poco de)
recompensa ; que tus manos
sean el verbo que
desnuda mi invierno
(y que el amor , de pronto ,
sin mayúsculas) sea
todo lo que
no se puede decir.
sábado, 17 de enero de 2026
Sonetos.
El rock de la ausencia.
Tras un sol de arsénico y de azufre,
el cielo es un pulmón que ya no exhala,
el viento es una sierra que me tala
y el alma es un feto que no sufre.
Brota el grito de cal, blanco que sufre,
en el rostro de vidrio que resbala,
mi pecho es una roja y rota sala
donde el eco del miedo se camufla.
Quiero reventar un coche al abismo,
dar un tajo al relámpago en la herida,
que me reviente al suelo contra la ola
sin sangre, sin herrar el egoísmo.
Prefiero una penumbra compartida,
no quiero un amor a porta gayola.
¿Te amé de otro amor a otro amor?
Soy un jardín cerrado y sin murallas,
que ofrece frutos a quien no me mira;
soy el metal que en el silencio gira
y el capitán de todas las batallas.
Amo el trigo que muerde las medallas
y la voz del mendigo que delira;
aunque mi pecho es hueco de mentira,
busco el amor en rotas pantorrillas.
Es un puente mi mano hacia la gente,
siendo mi cuerpo un río que no pasa;
es un espejo mi alma, y no me siente.
Vivo en el centro de una luz escasa,
siendo la puerta de un hogar ausente
que a todo el mundo ofrece su carcasa.
Análisis de las metáforas paralelas:
El jardín y el metal: Ambas representan la esencia de la poesía. El jardín es vida estática que se ofrece, mientras que el metal es la vibración fría del que observa sin ser tocado.
El puente y el espejo: Son metáforas de conexión. El puente une dos orillas (el "yo" y el "otro"), pero el espejo refleja la imagen de los demás sin que el cristal (el poeta) se sienta parte de la escena.
La puerta y el hogar: yo solía usar elementos domésticos para hablar de la tragedia existencial. Aquí, el poeta me define como la "puerta" (el acceso para los demás) de una casa que en realidad está vacía por dentro.
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