Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 27 de marzo de 2026
Sonetos a Noelia Castillo.
"Solo tengo la verdadera sensación de mí mismo cuando soy insoportablemente infeliz" Kafka.
Bajo el peso de un trauma sin medida,
Noelia, flor tronchada en su alborada,
jirafa en un charco de su fe herida
y en silla de metal quedó anclada.
¡Qué injusto es que el dolor dicte el camino,
que un juez mida la entraña en tu lamento!
Luchaste contra el sueño y el destino
del fantasma que persigue tu aliento.
Ni la espuela de Dios brilla hueca en tu alma
ni el olvido de aquel quinto rellano,
sino el grito de un alma que se palma
y busca paz en el adiós humano.
Vuela ya libre, lejos del juzgado,
al fin el infierno que has anhelado.
En la penumbra donde el alma oscila,
cuando el dolor su herencia hace presente,
tu voluntad, Noelia, se perfila
como un faro de paz ante la frente.
No es la muerte un ladrón que te despoja,
sino una mano amiga en la partida;
cuando la rama ya no tiene hoja,
es un acto de amor soltar la vida.
Que el mundo no juzgue tu postrero aliento,
ni el sueño que elegiste ante el quebranto,
pues es virtud calmar el sufrimiento
y dar un fin sereno a tanto llanto.
Cierra los ojos, deja que el reposo
sea tu puerto dulce y silencioso.
En la sombra quedó aquella agresión,
veinticinco primaveras mutiladas;
Noelia, presa en vil desolación,
con las alas de su alma destrozadas.
Desde el quinto rellano cayó el vuelo,
la silla fue su cárcel y su cruz,
buscando en el asfalto o en el cielo
la muerte que apagara tanta luz.
¡Qué amarga injusticia, ley de hierro!,
negarle el fin a quien solo es herida,
forzando en vida un lúgubre entierro
en la celda de su carne consumida.
Un drama cruel, de soledad y espanto:
morir por fin para cesar el llanto.
Hernán Cortés y pantallazos de su gloria.
Los barcos muertos en ostras
empeñados ya su suerte,
buscan los ojos en pétalos
buscando el oro en su muerte.
Sus arcas vacías quedan,
pero su pecho en astillas,
de una ambición que no cabe
en escritos y en gavillas.
En tu sangre crecen águilas
y el cuchillo al mar radas,
que un hidalgo sin hacienda
sueña en chirrían espadas.
¡Qué solo va por las olas!
¡Qué amargo es su pensamiento!
Sabe que el barco que cruza
es su tumba o su cimiento.
Ya no hay vuelta, que la bruma
va borrando el puerto viejo,
y el oro en hierro se forjó
para marcar un imperio.
Barcos que solo se cruzan
en la noche sin mirarse,
hay que correr en arena
para no enterrarse.
Verde sueño de los barcos,
viento de cal y de arena,
el caballo de la mar
galopa sin una rienda.
Cuchillos de sol amargo
le cortan la frente seca,
y en el bolsillo del alma
la plata se volvió piedra.
¡Ay, Hernán de manos frías,
qué noche de sombra negra!
Empeñaste hasta los ojos
por una tierra de fiera.
El barco muerde la espuma,
la costa ya le espera
con un puñal de obsidiana
y una corona de quejas.
Suena el metal en el aire,
sangre que no tiene dueña,
mientras el oro del barco
se pudre en la nochebuena.
La mariposa muere de sueño
se embisten por la ribera,
la Judiada ansia uno en uno
contra el tigre de la selva.
Reluce el peto de hierro
bajo la luna gitana,
mientras el indio de barro
clava su voz en la caña.
¡Qué choque de dos navajas!
¡Qué duelo de soledades!
Uno pone sus denarios,
el otro, sus deidades.
La Malinche, lengua de fuego,
va tejiendo la traición,
entre un Cristo de madera
y un sol hecho de latón.
Ya no hay moneda que valga
ni hidalgo que tenga sed,
que la historia es un romance
atado con un cordel.
El oro de Moctezuma, fundido en pesadas barras para facilitar su transporte durante la huida, se convirtió en una trampa mortal en los canales de Tenochtitlán. Muchos soldados prefirieron morir ahogados por el peso del botín antes que soltar su carga en la Noche Triste.
Hierve el oro en los crisoles,
una gualda sangrienta,
que el metal tiene mil ojos
y una voz que no se calla.
Lo fundieron en tinieblas,
barras de luna enojada,
para que el hidalgo lleve
su pecado en la espalda.
¡Ay, qué puente de suspiros!
¡Ay, qué noche de retama!
El que más oro llevaba
menos camino andaba.
Se le hunde el pie en el agua,
se le apaga la mirada,
mientras el tesoro busca
su raíz de barro y plata.
En el fondo del canal,
donde el pez de sombra nada,
duerme el brillo de un imperio
bajo una cruz oxidada.
El 13 de agosto de 1521, tras un asedio de 93 días, la ciudad de Tenochtitlán cayó definitivamente ante las fuerzas de Cortés y sus aliados indígenas. El asalto final combinó la tecnología naval de los bergantines españoles en el lago de Texcoco con la resistencia desesperada de los mexicas en las últimas calles de Tlatelolco.
Aquí tienes el cierre del romance, fundiendo el humo de la pólvora con el aroma ritual del copal (incienso):
Humo de humano y de incienso
compacta la escalinata,
cardiaco el ídolo de piedra
que su honor aún lata.
Ruge el trueno de la pólvora,
toro canibal de metralla,
que va rompiendo los pechos
sin espuelas el sol no haya.
¡Ay, ciudad de los canales,
novia de cristal y plata!
Tu mantón de mil colores
el hierro de Occidente desata.
Ya no suenan los tambores,
solo el grito de la espada,
y el copal se vuelve luto
en la tarde ensangrentada.
Cuauhtémoc, clavel cautivo,
va por la laguna flaca,
mientras el sol, como un disco,
en el horizonte se hinca.
Se acabó el sueño del oro,
la ambición quedó saciada,
y el silencio de las ruinas
es la última alborada.
(Escena en el teocalli en ruinas. La Luna asoma con cara de cuchillo y la Muerte viste de castellana vieja. Cortés limpia su espada con un jirón de seda roja).
CORTÉS
¡Ay, qué silencio de cal
tiene la noche vencida!
El caballo se me duerme
en la orilla de la herida.
LA MALINCHE
(Entrando como una sombra de río)
Hernán, que el aire no es aire,
que es una mano de escarcha.
Se nos murió la alegría
en mitad de la desgracia.
CORTÉS
Vendí mis barcos al viento,
puse mi hacienda en la suerte,
y ahora tengo por tesoro
esta moneda de muerte.
LA MUERTE
(Cantando desde el fondo)
Pólvora blanca de sueño,
incienso de sangre fresca,
que el imperio de los soles
ya es una rosa enhiesta.
CORTÉS
¿Ves ese humo que sube?
Es mi gloria que se apaga.
El oro pesa en el alma
como una sombra de daga.
LA MALINCHE
No llores, señor de barcos,
que la tierra ya es tuya,
aunque el grito del azteca
por tus venas se escabulle.
CORO DE SOLDADOS
(A lo lejos)
¡El hierro muerde la tierra!
¡La tierra se bebe el hierro!
¡Qué amargo sabe el triunfo
en el fondo del destierro!
(La escena se oscurece. Un Fuego fatuo baila sobre las ruinas de Tlatelolco. Cuauhtémoc está encadenado frente a un brasero, mientras La Malinche lo mira con ojos de cristal y profecía).
CUAUHTÉMOC
(Con los pies tocando la brasa)
Ya mi reino es de ceniza,
mi corona es de tormento,
que el hierro del castellano
se ha bebido hasta mi aliento.
No me duele este dolor,
ni esta carne que se quema,
me duele el sol que se apaga
en mi frente de diadema.
LA MALINCHE
(Acercándose como una serpiente de seda)
¡Ay, águila que caíste!
¡Ay, tigre de piel dorada!
Tu sangre y la de mi dueño
serán una misma espada.
No es el fin, que es el principio,
un río de leche amarga,
donde el indio y el hidalgo
llevan la misma carga.
CUAUHTÉMOC
Me pides el oro, Hernán,
y el oro ya no es nada,
es solo el sudor del mundo
en una mano cerrada.
LA MALINCHE
De tu herida y de su hierro,
de la pólvora y la rama,
nacerá un pueblo de barro
con el alma hecha de llama.
Hijos de sombra y de luz,
raza de cal y espera,
que llevará en el costado
una eterna primavera.
LA MUERTE
(Bailando entre los dos)
¡Gira, moneda de sangre!
¡Gira, rueda de la suerte!
Que el Nuevo Mundo ha nacido
del beso de la muerte.
(Se hace un silencio de piedra. Cortés, ya viejo y olvidado, camina por un olivar de Castilleja de la Cuesta. Viste de negro y arrastra una sombra de barco hundido).
CORTÉS
¡Ay, qué amargo es el retiro
lejos de la marejada!
Tengo las manos de nieve
y el alma de barro y plata.
Vendí mis viñas de joven,
compré un imperio con rabia,
y ahora no tengo un camino
que me lleve a la Nueva España.
LA MUERTE
(Vestida de india con mantón de seda)
Hernán, no busques el oro,
que el oro ya no te llama.
Búscate en el hijo rubio
que duerme con la mexicana.
CORTÉS
Mis naves las quemó el tiempo,
mi gloria se hizo retama,
y aquel dinero que puse
se lo tragó la distancia.
CORO DE VOCES
(Susurrando entre los olivos)
¡El hidalgo se nos muere!
¡El conquistador se apaga!
Queda su nombre en el viento
como un tajo de navaja.
CORTÉS
(Cae de rodillas)
Me voy con el sol que muere,
con la fe de mi estocada.
¡Que me entierren en la tierra
donde puse mi pisada!
(Cae el telón de terciopelo negro mientras suena un tambor azteca y una guitarra española).
Sonetos entre Dios y el Diablo.
Vendieron el motor, soltaron lastre,
dejaron el confort de aquel asiento;
que el brillo del metal es solo un cuento
si el hijo se nos pierde en el desastre."
Vendieron el confort, motor y brillo,
dejaron el asfalto en su arrogancia,
que no mide el honor la circunstancia
no caben en el hierro de un anillo.
Lo estable se deshace como el viento
en la flor de mil párpados sagrado,
y el resto es solo un fútil ornamento.
Aunque el camino sea hoy más pesado,
el oleaje amplia el mar a contraviento
y el náufrago aún no se ha salvado.
***
Tan solo lo importante es lo que cuenta,
el resto es solo ruido y vano empeño;
no pierdas el vigor ni el breve sueño
en aquello que el alma no alimenta.
Si el golpe del destino te atormenta,
resiste con el ánimo firme y ceño,
que solo aquel que de su fe es el dueño
la cumbre del sentido al fin ostenta.
Hay que sufrir el peso del camino,
aguantar el dolor, la sed, el fuego,
y aceptar con valor nuestro destino.
Lo accesorio se olvida pronto y luego,
frente al brillo del oro más genuino,
todo lo demás sobra en este juego.
miércoles, 25 de marzo de 2026
"EL ANDÉN DE LO QUE PUDO SER".
Este cielo de ceniza,
se apaga el último rayo,
el tiempo corre de prisa
y el corazón siente el fallo.
Tuvimos la mar en calma,
el viento a nuestro favor,
pero se nos durmió el alma
por miedo de un mal mayor.
Aquel "te quiero" en el pecho,
por cobardía callado,
hoy es un muro derecho
entre el presente y pasado.
¡Qué amargo sabor de arena
deja la mano vacía!
Es la puerta que no suena,
la luz que nunca sería.
Miramos hacia el camino
donde el destino se pierde;
fuimos nuestro propio sino,
yerba seca en valle verde.
Y en esta noche de ausencia,
donde el "pudo ser" habita,
nos dicta la mala conciencia:
la gloria no se repite.
Contra el frío de la estación,
donde el hierro se hace olvido,
perdimos la dirección
de aquel beso no cumplido.
El tren silbó su partida
con un estruendo de acero,
se fue toda nuestra vida
en ese vagón viajero.
Quedó el andén solitario,
testigo de nuestro error,
tachando en el calendario
las sombras de nuestro amor.
La lluvia moja el cristal
de la oportunidad muerta;
fuimos un paso fatal
ante una abierta puerta.
Apareces entre la bruma,
como un fantasma de ayer,
cuando la esperanza es suma
de lo que pudo haber sido.
Tus ojos buscan los míos
en el tumulto del puerto,
borrando al fin los desvíos
de aquel destino ya muerto.
No importa el tren que se ha ido,
ni el tiempo que nos robamos,
si el latido no vencido
nos dicta que aún estamos.
El hierro frío se enciende,
la suerte al fin nos abraza;
quien su pasado comprende
vuelve siempre hacia su casa.
Tus manos rozan las mías,
pero el hielo nos separa;
son tantas las agonías
que el tiempo nos grabó en la cara.
Buscamos aquel incendio,
la llama que nos unía,
pero hoy solo es el compendio
de una luz gris y vacía.
¿Somos los mismos que antaño
o extraños bajo este puente?
El reencuentro sabe a daño,
a un "tarde" que se siente.
Nos miramos fijamente,
con el miedo en la mirada,
pues se sabe, tristemente,
que tras la nada, no hay nada.
(Verso)
En el puente del olvido,
donde el tiempo se detuvo,
lo que ayer fue un rugido
hoy es sombra de lo que hubo.
(Estribillo)
¡Ay, qué tarde llega el "siempre"!
¡Ay, qué frío este reencuentro!
Que el perdón no nos encuentre
con el alma toda adentro.
Las manos que no se unieron
hoy son nudos en el viento.
(Verso)
Nos miramos a los ojos
con un miedo que nos quema,
recogiendo los despojos
de este amor que es anatema.
(Estribillo)
¡Ay, qué tarde llega el "siempre"!
¡Ay, qué frío este reencuentro!
Que el perdón no nos encuentre
con el alma toda adentro.
Las manos que no se unieron
hoy son nudos en el viento.
Sonetos.
Ruge el motor en racha estrepitosa,
el claxon muerde el aire con porfía,
y nace entre el cemento y la agonía
una mole de acero pretenciosa.
Abre el comercio su persiana ansiosa
buscando el lucro en la mercadería,
mientras se pierde esta polifonía
en la ciudad mecánica y ruidosa.
¿A quién le importa el ritmo del acento,
la rima que se teje con cuidado,
frente al martillo que golpea el viento?
Sublime el verso surge y es ignorado;
muere el soneto en el asfalto lento,
por el rugido febril atropellado.
***
El tiempo es cauce de piedras abierto
un juego de ficciones y de azar,
donde pedruscos podían encajar
y el horizonte era un jardín desierto.
Pero el destino, lúcido y despierto,
me vino con sus cuentas a cobrar:
oficio y fe que debo sustentar,
lejos del verso y del aplauso muerto.
La familia es el ancla y el sentido,
la obligación el pan de cada día,
y el afán de edificio es un ruido.
Supe al final que la vida iba en serio:
no en la altivez de la vana alegría,
sino en el peso de este cautiverio.
***
Pasó el tren con su ruido y su premura,
dejando solo un eco en el camino;
la mano que no asió aquel buen destino
hoy no debe cargar con la amargura.
Si el tiempo se llevó la arquitectura
de un sueño que no fue, de un don divino,
no enturbies con lamentos el buen vino
ni cambies tu alegría en desventura.
Mira el desierto en su extensión de arena:
las pirámides siguen todavía,
alzando su silencio ante la pena.
Lo que se pierde es solo una jornada,
pues brilla con la misma luz el día
y el alma sigue en pie, nunca derrotada.
***
Bajo el peso de un mazo indiferente,
se quiebra el cuerpo de callos dolido;
el rincón del convento lo perdido,
donde el honor se apaga lentamente.
Como aquel que ante el golpe inminente
no encuentra ya refugio ni rugido,
queda el cuerpo en el lodo, sometido,
mientras avanza el mundo, indiferente.
No hay defensa posible en el abismo
si el juicio es un rodar de frío hierro
que aplasta la razón con el cinismo.
Nace al dolor un silencio de si mismo,
callar es desafío al juez al menos
cuando nos arrastra sin voz el río.
El oleaje nocturno.
¿A mí wue me importa
si le queda aire?,
si tiene millones
o se le da el baile?
Ya se apagan las antorchas,
el teatro queda a oscuras,
y en el espejo del tiempo
mi propio rostro me asusta.
¡Qué lejos queda aquel joven
que, con la espada desnuda,
quiso asaltar las estrellas
y hollar la gloria absoluta!
Como un Romeo cansado
que ya no escala la altura,
busco el calor de otro cuerpo
mientras la muerte me arrulla.
Amor celeste y rastrero,
mezcla de luz y de injuria,
es un veneno que calma
esta soledad de tumba.
La vida iba en serio, ¡ay!
La verdad es una furia
que desgarra el terciopelo
de mi juventud caduca.
Ya no hay aplausos, ni rosas,
solo esta noche de lluvia,
donde el amor es un rastro
de ceniza y de amargura.
No volveré a ser el dueño
de aquella risa tan pura;
soy solo un viejo comediante
que ante el silencio se angustia.
¡Que me entierren en tus brazos,
lejos de la luz diurna,
donde el olvido sea el beso
que mi tragedia concluya!
Inventario de un cuerpo
Que la vida iba en serio es la emboscada
que el tiempo nos tendió por puro vicio;
hoy me asomo, cansado, al precipicio
de ver mi juventud ya derrotada.
No busco la pasión desesperada
ni el beso que nos lleve al sacrificio;
el amor es tan solo un ejercicio
de piel contra la sombra abandonada.
Pandémica es la noche, y el deseo
se vende por un rato de compañía,
lejos de aquel altar en que creía.
La Función Final
Ya se apagan las antorchas,
el teatro queda a oscuras,
y en el espejo del tiempo
mi propio rostro me asusta.
¡Qué lejos queda aquel joven
que, con la espada desnuda,
quiso asaltar las estrellas
y hollar la gloria absoluta!
Como un Romeo cansado
que ya no escala la altura,
busco el calor de otro cuerpo
mientras la muerte me arrulla.
Amor celeste y rastrero,
mezcla de luz y de injuria,
es un veneno que calma
esta soledad de tumba.
La vida iba en serio, ¡ay!
La verdad es una furia
que desgarra el terciopelo
de mi juventud caduca.
Ya no hay aplausos, ni rosas,
solo esta noche de lluvia,
donde el amor es un rastro
de ceniza y de amargura.
No volveré a ser el dueño
de aquella risa tan pura;
soy solo un viejo comediante
que ante el silencio se angustia.
¡Que me entierren en tus brazos,
lejos de la luz diurna,
donde el olvido sea el beso
que mi tragedia concluya!
Inventario de un cuerpo
Que la vida iba en serio es la emboscada
que el tiempo nos tendió por puro vicio;
hoy me asomo, cansado, al precipicio
de ver mi juventud ya derrotada.
No busco la pasión desesperada
ni el beso que nos lleve al sacrificio;
el amor es tan solo un ejercicio
de piel contra la sombra abandonada.
Pandémica es la noche, y el deseo
se vende por un rato de compañía,
lejos de aquel altar en que creía.
Comprendo, entre el alcohol y la ironía,
Como un viejo galán de un mal trofeo,
que ni el cuerpo me queda en la agonía.
Acto Final
Vine a comerme el mundo, y el banquete
era solo mi carne en el cuchillo.
Ya no busco el amor, busco un billete
que me compre un abrazo en el pasillo.
No hay tragedia, ni gloria, ni jinete;
solo un cuerpo cansado y sin brillo.
Morir es esto: un último juguete
rompiéndose en un cuarto muy sencillo.
Vine a comerme el mundo, y el banquete
era solo mi carne en el cuchillo.
Ya no busco el amor, busco un billete
que me compre un abrazo en el pasillo.
No hay tragedia, ni gloria, ni jinete;
solo un cuerpo cansado y sin brillo.
Morir es esto: un último juguete
rompiéndose en un cuarto muy sencillo.
martes, 24 de marzo de 2026
No me pidas que me aleje.
No me pidas que me aleje,
ni que busque otra salida,
que no hay miedo que me deje
sin el norte de tu vida.
El mundo grita "escapa",
por temor a la herida,
pero el alma no se tapa
si se siente protegida.
No es valiente el que se olvida
ni el que corre hacia el olvido,
es quien se queda a medida
de lo que juntos hemos sido.
Que se rompa la muralla,
que se agite el hondo mar,
yo no pierdo esta batalla
por el miedo de ganar.
Aquí planto mi bandera,
sin maletas, sin el "luego",
que no hay mayor primavera
que abrazarse bajo el fuego.
lunes, 23 de marzo de 2026
El Eco en el Desván.
El crujido no vino de la madera vieja, sino de algo mucho más pesado. Julián se quedó inmóvil en la cama, con los ojos clavados en el techo manchado por la humedad. Hacía tres días que se había mudado a la casona de su abuelo y, desde la primera noche, el desván parecía cobrar vida propia.
Se puso las pantuflas y subió la escalera de caracol, cuyo metal frío le recordaba a una morgue. Al llegar arriba, la puerta del desván estaba entreabierta. Un olor a ozono y a flores secas inundaba el pasillo. Empujó la madera con la punta de los dedos.
Dentro no había nada fuera de lo común: baúles llenos de ropa apolillada, un espejo cubierto por una sábana gris y el silencio denso de los lugares olvidados. Julián suspiró, atribuyendo los ruidos a las tuberías. Pero, al darse la vuelta para salir, el espejo reflejó un movimiento.
Él no se había movido.
Caminó hacia el espejo y retiró la tela de un tirón. Su propio reflejo lo miraba fijamente, pero había algo mal. El Julián del espejo no parpadeaba. El Julián del espejo tenía una sonrisa que llegaba hasta las orejas, una expresión que él jamás recordaba haber hecho.
De repente, su reflejo levantó una mano y golpeó el cristal desde adentro. Toc, toc, toc.
El sonido no fue un eco. Fue real. Julián retrocedió, tropezando con un baúl, pero sus ojos no podían apartarse de la superficie plateada. La figura en el espejo comenzó a arañar el vidrio, dejando marcas de garras que aparecían en el aire de la habitación.
—Déjame salir —susurró una voz que era la suya, pero que sonaba como si viniera de debajo de la tierra.
Julián intentó gritar, pero el aire se le escapó de los pulmones. Vio cómo su propia mano derecha, la de carne y hueso, empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo. Mientras tanto, la figura del espejo cobraba color, volumen y una solidez aterradora.
El "otro" atravesó el marco con la facilidad de quien cruza una cortina de agua. Se detuvo frente a un Julián cada vez más pálido y transparente. Con una delicadeza cruel, el intruso le acomodó el cuello de la pijama al Julián real, que ahora flotaba como una sombra sin voz.
—Gracias —dijo el impostor con su voz perfecta—. Hacía mucho frío allí dentro.
El nuevo Julián bajó las escaleras silbando una melodía antigua, dejando atrás un espejo vacío donde, si se miraba con atención, solo se veía una habitación oscura y un joven invisible golpeando desesperadamente contra un muro de cristal.
domingo, 22 de marzo de 2026
Sonetos.
Atropella ese ceño que me ignora,
donde el orgullo frena su sentencia,
no busco ya la luz que te devora
ni ruego ante tu fría indiferencia.
Si tu desprecio pita mi tortura
por no tener el brillo del tesoro,
verás que no hay en este mundo una
virtud que pese más que el propio decoro.
Soy dueño de mi paso y mi destino,
libre de herrar la rueda en tu cadena,
siguiendo de la paz el buen camino.
Pues ser tranquilo vale más que el oro,
y en la conciencia limpia y sin cadena,
hallo el honor que al necio causa lloro.
***
Te amo puñal en el pecho siento
el vértigo de un edificio
que cae y grita y rabia como el muerto
en la noche eterna de vidrio.
En el rellano impera la sombría
pared de mueca en guerra y congelado;
ayer eran amigos, hoy, de lado,
pasan cargando un saco de apatía.
Todo colapsó por una nimiedad:
un perro que ladró, luz encendida,
o una planta de más, mal atendida,
que marchitó su vieja voluntad.
Se evitan en el paso del rellano,
el ascensor es cripta de hormigón
donde alguien se pudre al dar la mano.
Y muere en capullo orgullo en su rincón,
perdiendo por un roce soberano
la paz que da un saludo y el perdón.
La noria eterna del ratón.
Captura esa mezcla de amor devoción platónico, envidia y desesperación:
Tras el cristal de mi silencio impío,
contemplo el sol que en tu mirada habita,
un fuego que jamás será ya mío,
un hambre que mi voz nunca ejercita.
Mas llega aquel con paso indiferente,
a profanar tu luz con su osadía,
y roba con un gesto, audaz y ausente,
el diario que en mis sueños yo tejía.
Él toca con sus manos lo sagrado,
y tú le otorgas risas de oro puro,
mientras yo, por mi sombra encadenado,
muero de sed tras un helado muro.
Que el necio goce el fruto en su victoria,
mientras yo guardo el templo de tu gloria.
jueves, 19 de marzo de 2026
Soneto a la injusta falta de reconocimiento tras tanto trabajo.
Sobre el arco de una luna de estaño,
gime el metal por no encontrar su brillo,
mientras el alma, rota en el martillo,
bebe el veneno de un silencio extraño.
No busques en el ojo del extraño
la vara de medir tu propio anillo;
el aire es un puñal de filo amarillo
que ignora la raíz y el desengaño.
¡Levántate sobre tu propia herida!
Que el toro de tu orgullo, en la penumbra,
embista la desidia de la vida.
Porque si el mundo tu verdad no alumbra,
tienes la voz por dentro, estremecida,
donde el clavel de tu valor relumbra.
miércoles, 18 de marzo de 2026
Intentando superar la autodestrucción sin conseguirlo.
Como el poema de Vincent Van Gogh por Clasina María "Sien" Hoornik, y el de Charles Baudelaire por Jeanne Duval. Syd Vicious por Nancy Spungen.
Hay amores que solo
queman el rastrojo,
pero uno disfruta ciego del sol
mientras se quema los ojos.
Hay amores que queman y te raspan
y te arrastran por los pelos,
hay gente con los que la vida
nunca será justa. Allá ellos.
Hay caballos que cabalgan errantes
sin sentido, locos,
que los devoren las olas,
que los apedreen solos.
Sobre el palio de la noche,
en tu alcoba de agonía,
eres torre de granito,
negra radiografía.
Yo soy niño que te observa,
gato lerdo que te espía,
mientras muerdes el veneno
con rabiosa sangre fría.
¡Oh, giganta de los lodos,
de hermosura ya baldía!
No busques cielos ni rezos,
que la luz no te querría.
Tu cuerpo es un precipicio
donde el asco se extravía,
un altar de carne muerta
en perpetua epifanía.
Me hundo en tu sombra espesa,
en tu herida siempre abierta,
donde el vicio cobra vida
y la esperanza está muerta.
Como el crío que se traga
la cicuta más incierta,
bebo el pus de tus pecados
tras tu bajeza desierta.
No hay perdón en tus entrañas,
ni en tu boca hay lozanía;
solo un pozo de miseria
que devora mi alegría.
Eres bestia degradada,
caos de anatomía,
y yo el juguete que busca
tu total carnicería.
Alzo el pie del precipicio,
pero el vértigo me nombra;
quiero huir de tu regazo,
pero me abraza tu sombra.
Soy el gato que regresa
a la mano que lo escombra,
buscando en tu piel de fango
la caricia que me asombra.
Juro al alba que te dejo,
que mi ruina se termina,
pero el aire es un anzuelo
que hacia tu asco me encamina.
Eres red de hierro viejo,
eres zarza, eres espina,
y yo el niño que se goza
bebiendo tu medicina.
Huyo lejos de tu alcoba,
de tu risa de granito,
pero vuelvo como el reo
a su círculo maldito.
Mi voluntad es un trapo,
mi rescate un fútil grito;
caigo siempre en tu veneno,
mi desastre favorito.
No hay orilla en este mare,
no hay salida en este abismo;
busco el cielo y solo encuentro
tu voraz cataclismo.
Me condeno en tus rodillas
con el peor de los cinismos:
tragarme tu muerte lenta
para huir de mí mismo.
Se rompe el cielo de azufre
sobre el lecho de tu fango,
mientras tu cuerpo de mole
me sofoca con su rango.
Eres tumba de carne viva,
yo el insecto en tu fandango,
masticando la ponzoña
que de tu pecho fue un rastro.
Ya no hay aire, solo el peso
de tu estampa soberana,
una mole de miseria
que me aplasta y me engalana.
Trago el vidrio del desprecio,
la cicuta más profana,
y me asfixio en tu regazo
como un feto de alcana.
Muero niño, muero gato,
en tu vientre sin salida,
devorado por la sombra
de tu vida ya podrida.
No hay luz en este naufragio,
solo el fin de la partida:
ser el barro de tus pies,
la basura de tu vida.
En el último suspiro,
mi garganta se deshace;
bebo el resto del veneno
para que el horror se enlace.
Tú, giganta, ni me miras,
mientras mi alma se complace
en ser solo el desperdicio
donde tu asco se complace.
martes, 17 de marzo de 2026
Sonetos contra el solar del fanatismo.
Contra un cielo de cal y presentimiento,
se ríe el bufón con lengua de navaja,
mientras la turba el corazón relaja
entre la mofa y el escupimiento.
Es un juego de espejos y de viento,
donde la ira en seda se trabaja;
la muerte espera, mansa, en una caja,
viendo el festín del odio y el lamento.
Pero el aire se triza en un segundo
cuando el metal la carne reconoce
y el chiste se hace barro en lo profundo.
Ya no hay risa que el grito no destroce,
que la sangre, al manchar el mapa el mundo,
ni entiende de ironía ni de goce.
***
Por el aire de cal viene la luna,
con su polisón de nardos y veneno,
meciendo el odio en el regazo ajeno
como quien muerde el sol en la laguna.
No busca el baile, ni busca fortuna,
sino el metal que duerme en el terreno;
un relincho de sombra bajo el freno,
una mortaja blanca en cada cuna.
¡Ay, qué risa de cuarzo y de cuchillo!
mientras la mofa enciende su ceniza
y el radical olvida su estribillo.
Pero cuando la sangre se desliza,
la luna es un helado calabozo
que ya no tiene gracia, ni tiene gozo.
sábado, 14 de marzo de 2026
Torrente presidente. (Soneto).
Sentado en el Despacho, entre sudores,
con la bragueta abierta y gran descaro,
proclama el «brazo tonto» su amparo:
«¡Hagamos de este Reino algo de amores!».
No hay cumbres ni tratados, solo horrores,
el Farias humea, sale caro,
y al cuerpo diplomático, ¡qué raro!,
le pide un "donativo" entre vapores.
Remplaza el himno patrio por el Fary,
bebe sol y sombra en el senado,
y monta en la Zarzuela un buen sarao.
¡España ya es un gran puticlub vari!
Con el orden del caos bien guardado,
y el honor... en el váter olvidado.
viernes, 13 de marzo de 2026
A los que luchan por la gloria.
En el estribo esquivo de la gloria,
donde el aplauso es eco que se apaga,
hay quien entrega el alma y se consagra
a escribir con su vida su propia historia.
No importa si el Laurel grabó memoria,
o si el silencio en sombras lo naufraga,
que el fuego que en el pecho se propaga
es en sí mismo el triunfo y la victoria.
Pues la verdad, profunda y encendida,
vale más que el asombro de la gente
y justifica el rastro de la herida.
Luchar es el honor del valiente;
que el esfuerzo es la cumbre de la vida,
tengas el mundo o no, frente a tu frente.
jueves, 12 de marzo de 2026
Una canción desesperada.
Me gustas cuando callas porque habitas la niebla,
y mi voz no te alcanza, como el eco en un foso.
Parece que tus ojos se hubieran vuelto piedra
y que un muro de invierno nos guardara en reposo.
El aire de la tarde se detiene en tu aliento,
todo se vuelve pausa, quietud de muelle antiguo.
Eres como la noche que se queda sin viento,
con tu silencio inmenso, lejano y ambiguo.
Me gustas cuando callas porque eres como un mapa
de tierras ignoradas que no puedo cruzar.
Como una luz herida que el ocaso atrapa,
como un secreto frío que se entrega al azar.
Basta entonces un gesto, un leve movimiento,
para saber que existes tras la sombra que habitas.
Y estoy alegre entonces, de que este sentimiento
no necesite voces para estar con las mías.
Me gustas cuando callas porque eres el vacío
que deja la marea cuando olvida la arena.
Tu ausencia es un lenguaje, un invierno de río,
una calma que pesa, que arrastra y encadena.
Te pareces al humo que se pierde en la estancia,
tan presente en el aire, tan imposible al tacto.
Amo esa geografía de la pura distancia,
donde el alma y la sombra sellan su mudo pacto.
No hacen falta palabras para que yo te nombre,
te encuentro en los espejos que no reflejan nada.
Eres el breve asombro que detiene a un hombre
frente a una puerta vieja que permanece cerrada.
Una seña es bastante, un latido que asome,
un naufragio de luz en tu cuerpo de estanque.
Y sonrío al saber que el silencio te tome,
aunque sea un abismo que de mí te desranque.
Emerges del silencio como un resto de nave,
abandonada y sola bajo el cielo sin nombre.
Fuiste el nudo en la garganta y la herida suave,
el rincón de la sombra donde se pierde el hombre.
¡Oh, segadora de ecos! ¡muelle de los temores!
Todo en ti fue una fuga, un partir sin regreso.
Se me escapa tu vida como en los dedos el agua,
y me quedo en la orilla, cargando con tu peso.
Te busqué en los incendios, te busqué en la ceniza,
pero solo hallé el rastro de tu paz de granito.
Tu mudez es el hacha que mi voz descuartiza,
un desierto de frío, un eterno no-grito.
Es la hora de irse. El crepúsculo avanza
quemando los últimos puentes de la memoria.
Se apaga tu silencio, se pudre mi esperanza,
y solo queda el hambre de esta vieja victoria.
Cuestas, borrascas, lobos...
Caminé por sendas largas
con la mano en la de un amigo,
cuestas, borrascas, lobos
y piedras por el camino.
Duele el eco en la distancia
de la risa que se ha ido,
masca el cristal roto
con la planta rajada en el piso.
Me dejaron con mis faltas
en el rincón del olvido,
sin palabras, sin miradas,
con el corazón herido.
Pero el alma se levanta
y busca un nuevo destino;
si la soledad espanta,
el amor propio es mi abrigo.
Ya no busco sus pisadas
ni el favor de lo perdido,
que en las horas más amargas
soy mi mejor incentivo.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Soneto de ser feliz.
Contra el arco de un tiempo enloquecido,
galopa el pulso herido del instante,
donde el metal y el grito del amante
son un jardín de sombra endurecido.
No busques el remanso, que el latido
es un toro de nardo y de diamante,
viva grieta de luz gesticulante
en el caos del viento suspendido.
¡Qué alegría de vidrio y de cadena!
Sentir que el centro mismo de la herida
es una berrea de sal ajena.
Amo este estruendo de ala estremecida,
porque en la furia de la sangre llena
se encuentra el verde quicio de la vida.
***
Ideograma chino de Nieve y Seda
En el vacío blanco, el trazo se detiene,
negra la tinta en el umbral del ala,
un imperio de jade que exhala
el silencio que el tiempo no retiene.
Abanico de seda, donde viene
la bruma que en los montes se descala;
el pincel, en su danza, ni señala
el rastro que la forma no mantiene.
Torre de porcelana en el poniente,
fénix de humo, ausencia de la aurora,
el río es un olvido que se siente.
Nada se nombra, el mundo se evapora:
solo un eco de té, sutil, presente,
en la taza de un siglo que se llora.
***
No preguntes otro motivo.
¿Alguna vez amaste
a quien no te quiso amar?
¿y a quién te amaba
lo ignoraste hasta el final?
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
No preguntes el motivo,
no habrá respuesta al llamar,
mi pecho un nido robado
no hay nada que revelar.
¿Alguna vez amaste
a quien no te convenía?,
y no sacabas agua
mientras el pozo se hundía.
No busques en mi mirada
una luz para guiar,
médanos de oro que pasan
donde nadie ha de habitar.
Ni las promesas me importan,
ni el mundo me hace soñar,
donde baila óxido el satén
solo enseñan a callar.
Somos hermosos y huecos,
como olas sobre el mar,
espirales contra el suelo
al tratar de preguntar.
Si me quedo, hay un suplicio,
si marcho, coche a desbordar,
no controlo el vértigo
no puedo luchar más.
Si me quieres, dímelo,
si no, déjame volar,
con la ala rota y el frío
el viento invita a delirar.
Una vez es doble frío,
otra vez es doble azar,
esta duda que me agita
nadie la podrá calmar.
Ni el derecho ni la ley
me habrán de sujetar,
que yo solo busco el paso
para poderme escapar.
No sé lo que quiero ser,
pero sé qué rechazar,
en las calles del orgullo
solo paseo un claudicar.
¿Debo irme o quedarme?
frenética qué dictar,
el tren descarrila alegre
no lo quiero yo juzgar.
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
Soy la sombra en la mañana,
un escalofrío de improviso,
un recuerdo de guerra
de una noche en vilo.
Da más Whisky al perro
el espíritu al azar,
que entre ruinas de un imperio
solo viene a despertar.
No busques paz ni orden
en mi forma de mirar,
el edificio en su agonía
solo incita a destrozar.
martes, 10 de marzo de 2026
Homenaje a nuestro adorado Quijote.
Contra el sol de la meseta,
donde el tiempo nace muerto,
camina el hidalgo enjuto
entre el óxido y el desierto.
No es locura lo que habita
en su sien de plata y sueño,
te amo sin esperar nada
ni ningún tipo de despecho.
Si me quedo, hay un suplicio,
si me marcho, hay un pesar,
qué decides entre golpes
no puedo luchar más.
Aquel que sufre el agravio
con la frente siempre erguida,
lo que pasa es por tu culpa
y culpas a la vida.
Cruzas desiertos de alma,
entre médanos de oro,
donde el polvo de los siglos
lee tu alto tesoro.
Como las olas embisten
un toro entre las olas,
nunca te cansaste
de encajar derrotas.
Esa arena que levanta
el galope de su anhelo,
es la escala que proyecta
su miseria hacia el cielo.
Lo mejor de nuestro barro,
la rocaflex del silencio,
tan cansado y tan seguro,
venció el sol al acero.
No es victoria de la espada,
sino el triunfo del intento:
ser la luz que no se apaga
aunque arrase el viento.
Triunfaste estás cansado
triunfaste estás muriendo,
esa arena que levanta
el galope de su anhelo.
El juego siniestro de las nubes.
La nube finge un abrazo
con su luz y recuerdas...
Si al recordar sonries...
entonces valió la pena.
Tapas el sol con tu dedo
y recuerdas como iba y venía
el sol queriendo una huella.
Yo y tú nadie más sabía.
"¿Por qué todas estas lágrimas,
el dolor cursi en su rostro
fuera del taxi?*" te amo
mientras me arrastra el potro.
Qué elegancia la del trueno
que interrumpe mi optimismo;
si el azul parece bueno,
yo sospecho del abismo.
Me seduce el anticiclón
con promesas de verbena,
mientras muerdo mi rencor
por su farsa tan ajena.
Me rindo al azul cobalto,
qué insulto tanta pureza,
mientras mido cada asalto
de mi propia ligereza.
Si el barómetro se eleva,
mi desprecio cobra vida;
no hay tormenta que me mueva
como el sol, esa mentira.
Brilla el orbe, yo bostezo,
qué impostura tan brillante,
un idilio con el rezno
de este estío claudicante.
Qué pesadez el rocío,
qué tedio su llanto leve,
un aspersor con delirio
que hasta las penas me mueve.
Se cree perla el aguacero,
joyería de tejado,
pero es solo un prisionero
de un gris muy mal acabado.
Bendito el fango, qué suerte,
mancillando la pureza,
mientras el alma se invierte
en su propia extrañeza.
Qué mérito el del nublado,
vende drama por goteo,
mientras yo, tan alquilado,
compro su truco feo.
Esa mística de charco
es de un gusto deprimente,
un romántico letargo
para engañar al vidente.
Brindo por la inundación,
que al menos no tiene cura,
ni finge ser la solución
a nuestra humana basura.
Y para el cierre apoteósico,
un brindis con agua turbia,
por este mundo psicótico
que se limpia con la lluvia.
Que caiga el cielo a pedazos,
qué alivio ver el desastre,
mientras nos damos abrazos
con el barro hasta el lastre.
Esa brisa, tan coqueta,
va vendiendo libertad,
arrastra las palmeras
de nuestra mediocridad.
Es un soplo de arrogancia,
puro marketing del aire,
que nos vende su fragancia
con un pésimo donaire.
Que se lleve la techumbre
y nos deje en el pellejo,
para ver si esa costumbre
nos regala un buen espejo.
Busca el sol mi genuflexión,
ese sádico radiante,
que disfruta la erosión
de mi cara de ignorante.
Que se seque hasta el recuerdo,
que la tierra sea ceniza,
en su brillo me reuerdo,
qué delicia su paliza.
Adoro su sed eterna,
su caricia de desierto;
mi alma, que es una taberna,
lo ama por fin... y por muerto.
*de Seamus Heaney.
lunes, 9 de marzo de 2026
El amor que se marchó que se marcha.
En la calle algunos pelean
un rompehielos atrancado,
y el motor con su ruido
ruge y ruge amargado.
No sabemos si acabaremos
en la cárcel entre portazos
no lo sabemos.
En la malla del andamio
crece el miedo en mi garganta,
las palomas de esta angustia
con su sombra me amordaza.
La nube de lluvia en el mar
y la luz no la rescata.
viendo cómo el tiempo corre
una herida que no sana,
Siento el pánico que sube,
mi esperanza está quebrada,
es un bosque de silencios
donde pierdo la pisada.
Aquel pañuelo de seda
que dejaste en la ventana,
hoy es símbolo del nudo
que a mi pecho se abalanza.
Vivo en esta incertidumbre,
con la fe casi agotada,
suplicando por un gesto
que devuelva la mañana.
Es un grito de socorro,
es mi vida que te llama,
pues sin ti todo es ceniza,
soledad amarga y vana.
¿Llegará por fin el día?
¿O seré solo la nada?
Dime pronto que me quieres
en esta noche callada.
La adicción a las pantallas.
Contra un cielo de plomo, enfermo y fatigado,
donde la tele destila el veneno sutil,
arrastras por el sofá tu orgullo de marfil,
en un templo de dunas, por nadie venerado.
¿Por qué besar la mano del ídolo helado
que ignora tu perfume, tu mando y tu perfil?
Si el alma se marchita en este invierno vil,
si no te valoran vete, corazón golpeado.
Huye hacia el horizonte de un sol agonizante,
Busca el hondo abismo la luz o lo que pisa,
donde el Spleen no devore tu favor de diamante
ni el tiempo te encadene a un trono de ceniza.
pero no brindes nunca tu luz y tu colgante
a quien, tu rostro vendido democratiza.
Tan libre.
Créelo o no, en el pecho
asfixio un latido de nadie;
ya no me pesan los pasos,
estoy flotando en el aire.
Como el polen que desprenden
las corolas en la tarde,
cruzo el umbral del olvido
con un impulso constante.
Nunca pensé que podría
sin cadenas sentirme tan grande,
mientras la luz de la aurora
mi piel de sombra deshace.
Voy volando con un ala
y una oración por equipaje,
buscando en el horizonte
el eco de tu mensaje.
Banderas licuadas en el polvo
Banderas licuadas en el polvo
troncos que al mar levanté,
la noche eterna es olvido
de quien grita débil sin fe.
Me llevo los dulces besos,
las caricias que probé,
mi cuerpo lija reseca
se multiplicó sin saber.
Pensaba en ti, pienso en ti,
y en ti siempre pensaré,
aunque el tiempo nos detenga
y solo sombra seré.
El bus se acaba de ir
maldita la despedida,
pensaba tirarme, golpear
ese flash era mi vida.
Maldita sea aquella hora
en que tu luz encontré,
no hubo peleas en las peleas
la verdad...no lo sé.
Se hicieron dueños y amos
en que nos descubrieron sin fe,
desnudos gritando
mientras chillaba el café.
Pronto, señora, en su mundo
lejos de fotos rotas lo sé,
pero me llevo el veneno
de más promesas sin fe.
¿Cuántas casas vimos juntos
la mirada que se fue?
rompías sin fe mis sentidos
cuando más necesitaba la fe.
Los viajes que imaginé
maldito yo que caí,
amas lo que nunca es tuyo,
lo que jamás tendrás de ti.
No armaré humilde un escándalo
de gritos y denuncias,
no perderé ya las formas
del que al fuego no renuncia.
No te diré ya palabra,
al acusado a muerte lo diré
con este silencio amargo
cuando inocente me fugué.
Sonetos.
El Altar de los Desechos.
Leopoldo María Panero.
Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas,
donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo
que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas,
yo buscaba el olvido en un abrazo muerto.
Fui un perro sin cadena, un vago de taberna,
bebiendo de los labios que el azar me ofrecía;
mientras la urbe pulcra, con su moral eterna,
bajo el sol del trabajo su tedio consumía.
Mi vida es un naufragio de carne y de pereza,
un desorden de besos comprados al olvido,
una estepa baldía donde nada bosteza.
Pero al mojar la pluma en el fango vivido,
esa basura es oro, y el caos es pureza:
¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido!
*
Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino,
se pudre la esperanza que nunca fue exceso;
un hambre de horizontes, sin rastro de vino,
ha dejado en mi boca el sabor de un deceso.
No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido,
solo el paso grisáceo de un tiempo prudente;
un cadáver de seda, de metas vencido,
que exhibe su gangrena de forma elocuente.
¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo
donde el oro se oxida sin haber brillado,
y en este desierto de abstemia agonía,
mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo:
la carne del sueño, por fin, se ha podrido
en la casta miseria de mi geometría.
*
Contra un sol negro y frío que el alma devora,
el tedio se arrastra como un reptil viscoso,
y en el pecho, la angustia, cruel vencedora,
clava su estandarte de color cenizoso.
Es un desierto mudo de pálida calma,
donde el deseo muere sin haber pecado;
una lepra de sombra me escala por el alma
mientras miro el futuro, feto abandonado.
Las horas son gotas de bilis y plomo
que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo,
y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo
ante el triunfo del asco, voraz y furtivo.
Soy un viejo paisaje de barro y olvido
donde el eco del éxito suena a gemido.
*
El reloj es un párpado de rosa y de frío
que vigila mi sangre, ya espesa y estancada;
me hundo en el pantano de un sueño baldío,
donde la voluntad es una flor abortada.
No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento,
una hiedra de sombra que los pies me encadena;
soy el mudo testigo de mi propio tormento,
un galeote anclado a una estéril arena.
Mi lengua es un insecto clavado a un madero,
mientras veo el mañana, cadáver que flota,
en el charco de fango que invade mi enero.
La parálisis triunfa, perfecta y devota:
una estatua de carne que exhala veneno
contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.
Carta final de Sid Vicious.
Nancy, mi cadáver exquisito, mi náusea y mi sabiduría de la autodestrucción. Me dejaste aquí, en este escenario de azulejos y sangre, rodeado de buitres que llaman "arte" a nuestra agonía.
El aire de este cuarto apesta a nuestra derrota, pero ¡qué dulce es el hedor del final! Te busco entre las sábanas manchadas y solo hallo el vacío frío de una tumba que aún no tiene mi nombre.
¡Maldita seas tú, madre! Progenitriz de mi miseria, que me amamantaste con ceniza y me enseñaste que el amor es solo una jeringuilla compartida. Tú, que me pariste para el matadero, quédate con tus remordimientos de hojalata mientras yo me convierto en leyenda.
Y a vosotros, multitud de ratas,periodistas, espectadores de mi caída: ¡tragados mi bilis! Nos mirasteis como a dioses heridos mientras solo éramos niños rotos jugando con cuchillos. No hay redención para los que aplauden el incendio. ¡Que vuestras ciudades se pudran y vuestro silencio sea vuestra única herencia!
El veneno ya corre por mis venas como un trueno oscuro. No es una despedida, es una bofetada en el rostro de la eternidad. Mi corazón late su último compás de puro ruido y furia.
¡Mírame, Nancy! Me arranco el alma para que coincida con la tuya. La esquizofrenia y el caos me reclama y yo voy hacia él con una sonrisa de asfalto.
¡Que se hunda el mundo! ¡Que se joda el mañana! ¡Nancy, ábreme las puertas del abismo, que voy a entrar pateándolas!
domingo, 8 de marzo de 2026
Soneto relación entre Rilke y Lou con Salomé.
Contra el estruendo de metal y vía,
va Lou con pies de gacela y de granito,
bebiendo el ruido de la estepa fría
mientras Rainer deshace el infinito.
Crujen ciudades, nidos de ceniza,
donde el amor es un metal que arde;
un viento de caballos los bautiza
en el silencio de la tarde en tarde.
¡Oh, viaje de raíces y de espuela!
Rilke es el ángel que su voz amordaza,
y ella es la tierra que por fin vuela.
Huyen del muro, de la quieta plaza,
hacia un silencio de cuchillo y vela,
donde el destino, salvaje, los abraza.
Sonetos de otra Adolescencia.
Miro el candado, el muro oxidado,
el patio donde el fútbol se ha dormido;
la sirena de amor que, inadvertido,
murió en el labio, mudo y asustado.
Aquel pasillo, hoy mudo y clausurado,
guardó el temblor de un roce no ocurrido,
lo que pudo ser fuego es ya sonido
de un eco que se pierde en el pasado.
La tutora es el cierre repentino,
un paso que no vuelve a la salida,
marcando con herrumbre nuestro sino.
Ya no hay vuelta, ni excusas, ni medida;
se escapa entre los dedos el destino
mientras se apaga el sol de la avenida.
***
Aquel azar dictaba nuestro atuendo,
sin pacto previo ni palabra alguna,
bajo la misma y pálida fortuna
íbamos de un color, casi queriendo.
Tus vaqueros, mi abrigo... comprendiendo
que el alma se buscaba en la laguna
de una moda infantil, que fue la cuna
de un fuego que se fue desvaneciendo.
Hoy miro el instituto, el hierro frío,
y entiendo que la ropa era el lenguaje
de un nudo que se deshizo en el río.
No hay marcha atrás en este breve viaje;
se queda aquel disfraz en el vacío,
mientras la vida cambia de ropaje.
sábado, 7 de marzo de 2026
Hay que olvidarte de ti.
Hay que olvidarte en el humo
que asfixia, con riesgo de morir,
el tranvía, el rascacielo,
todo me recuerda a ti.
Pasa el tiempo como el viento
entre las ramas,
lo que ayer era un deseo
hoy es ceniza que pasa.
Se nos escapa la vida
como el agua sin la acequia,
y el reflejo que distorsiona
nos comfunde con pena.
Sobre la sombra del pilar antiguo,
donde el liquen abraza la piedra,
pasa el tiempo con paso furtivo
el rastro de luz de una estrella.
Esa fuente que canta en el patio
su monótono verso de arena,
es el eco de un siglo cansado
que en el mármol sus horas entrega.
Se deshoja la flor de los años
en el aire que el alma recuerda,
y en los muros, los viejos retratos,
son jirones de una alma que sueña.
Volverán las oscuras gaviotas
a cruzar la penumbra desierta,
donde el tiempo ha dejado su marca
sobre el polvo que el viento recrea.
En el ángulo oscuro del alma,
la guitarra de notas dormidas,
el pasado se rinde al silencio
mientras huye la luz de la vida.
Pasa el viento agitando las hojas
de aquel libro que nadie ya cierra,
y las horas se van, gota a gota,
como el llanto que oculta la tierra.
Todo pasa, mas queda el suspiro
del que sabe que el tiempo no espera;
en la cuerda que vibra al olvido,
el rastro de un sueño se queda.
¿Continuará nuestro amor?
En el bloque de nieve está dormida
una forma que es solo una promesa,
atrapada en su gélida nobleza,
aguardando el latido de la vida.
La mano sigue el rastro de una herida
que el mármol no revela con certeza;
¿será un rastro de luz o de tristeza
la figura en la roca sumergida?
Golpe a golpe, el acero va buscando
ese rostro que aún no tiene nombre,
entre el polvo y el miedo de mi mano.
Y el silencio me sigue preguntando
si nacerá un gigante o solo un hombre,
o si el sueño será trabajo vano.
7452 muertos y solo se recuerda un solo nombre.
"Aquello fue como la expedición a una civilización perdida".
Uno pierde los papeles por una promesa
lejana en la selva en espesura,
y queda como un tonto en la bravura
buscando oro en un rostro que no besa.
¡Qué vana fue la ciega arquitectura!
Lo bello de la ruina queda en nada,
se ofrece como estela en la mañana:
inalcanzable en su mayor altura.
Y al ver que el paso no alcanzó la huella,
ni el ruego despertó la voz dormida,
no queda en el afán rastro de herida.
Sonrío ante el candor de mi querella,
magnánimo al saber que mi locura
fue solo amar la sombra de su hermosura.
****
Al verte así, vibrando en alegría,
se aquieta el mundo y todo cobra calma,
un resplandor se cuela por mi alma
y borra la penumbra de mi día.
No existe paz mayor ni más porfía
que ver cómo tu risa se despalma,
pues cuando el gozo en tu interior se enpalma,
mi propia dicha nace en tu armonía.
Es el mayor tesoro, el más preciado,
mirar tus ojos libres de quebranto,
brillando con el sol más despejado.
Y en este dulce y mágico adelanto,
me quedo en tu refugio, iluminado,
amándote en tu dicha... y no es para tanto.
Siempre amaremos en Nueva York.
Desprecio del tiempo en la altura.
No busca el rascacielos que le hable
tu pena amarga en la ciudad sombría;
él guarda tu anécdota sombra impía
mientras tu vida el tiempo la desfalque.
Al rascacielos no le importa si estás
llorando, de hiel que al cielo desafía,
y en su mudez de altiva cantería
no halla piedad tu llanto hueco de aguarrás.
A quién te ama ama y huye de la historia
médanos de oro tu memoria besa
ansioso como un amante sin gloria.
Pues si el rigor del vidrio no te piensa,
el confuso recordar la memoria
vence a la muerte y su desidia inmensa.
viernes, 6 de marzo de 2026
El dilema de Kurt Gerron.
¿Salvaré mi vida o no?
¿Quién recordará el gueto
frente al lente del horror?,
Kurt camina entre sus muertos
o la vida o el honor.
Camina entre los que va
a traicionar,
entre los que murieron
y los que no volverán.
Vende su genio al salvador,
tras un telón de cartón,
pintando un falso destino
de alegría y de canción.
¿Salvaré mi vida o no?
¿Es traición o es esperanza
beber del cáliz fatal,
si por un año de vida
se firma el pacto mortal?
La dignidad es un peso,
la lealtad un resplandor,
pero el alma se desgarra
bajo el yugo del temor.
¿Salvaré mi vida o no?
Al final de la comedia,
cuando se apaga la luz,
el diablo cobra su deuda
y el actor carga su cruz.
Beso el diablo en su mejilla,
bajo un sol de falsedad,
mientras sus manos tejían
mantos de pura bondad.
¡Qué solo se queda el hombre
con su amarga cobardía!
Buscando entre los escombros
un rayo de luz y vía.
¡Ay, que el tiempo no perdona!
Y en el humo de un vagón,
se deshizo la esperanza
y el latir del corazón.
¿Salvaré mi vida o no?
Vio en los ojos de los niños
el reflejo de su afrenta,
mientras filmaba el engaño
que su propia muerte alienta.
¿Vale un año de suspiros,
de aire infecto y de agonía,
si el alma queda marchita
y el nombre en la ignominia?
Fue su arte un arco iris
sobre un campo de dolor;
murió el hombre, murió el genio,
solo quedó el deshonor.
¿Salvaré mi vida o no?
En los muros del olvido
vuelan sombras de pesar,
son los ecos del que supo
y no pudo ya gritar.
¡Qué carga lleva la espalda
del que al abismo escapó,
viendo que el precio del aire
fue el hermano que cayó!
¿Salvaré mi vida o no?
En el silencio del pecho
late un golpe de metal,
el remordimiento esclava
un puñal de salitre y mal.
¿De qué sirve el cielo limpio
y el pan sobre la mesa hoy,
si el reflejo en el espejo
dice: "Yo vivo, él no soy"?
¿Salvaré mi vida o no?
¿Salvaré mi vida o no?
Es la culpa un perro negro
que no deja de ladrar,
por aquel que vendió el alma
sin poderla rescatar.
Y en las noches de vacío,
cuando el miedo vuelve a estar,
siente el frío de la fosa
el que no supo elegir el mar.
jueves, 5 de marzo de 2026
No creo en el amor, pero quiero verte...
Fue un fuego que en el alma se hizo nudo,
un "siempre" que el destino negó ciego,
aquel amor que, herido por el ruego,
quedó entre las cenizas, sordo y mudo.
Juraba que el adiós sería el crudo
invierno el fin de las alaracas,
me moriré contigo si me matas,
que aquel dolor fue el "lejos" más agudo.
No fue el final, sino el primer peldaño;
la sombra necesaria para verte,
el mapa que trazó tu voz tranquila.
Aquel error que me causaba daño
era el ensayo para merecerte:
mi amor de ayer en mi mirar destila.
Sangre y sudor en el software.
Retuerzo mi memoria RAM en vano,
buscando aquel archivo que perdiste;
eres el link roto que persiste,
un scroll infinito y tan lejano.
Pulsas mi pecho con tu dedo humano,
pero en mi muro solo hay aire triste;
eres el virus que jamás desiste,
el firewall quemándome la mano.
No hay algoritmo que tu ausencia explique,
no creo en el amor pero quiero verte
aunque te sigan mil, te siento sola.
Que mi amor en tu chat se sacrifique:
polvo de datos soy, mas en la muerte
de este feed seré sombra que te implora.
***
De la infancia.
Sobre el sol de la infancia, el tiempo es lento,
un reino de castillos en la arena,
donde el asombro ignora la condena
de aquel reloj que dicta el escarmiento.
Corrimos tras la luz, sin más sustento
que una risa voraz, limpia y ajena;
no había en el pecho sombra ni cadena,
solo el pulso febril del sentimiento.
Mas hoy, el viejo bardo nos advierte:
el mundo es un tablado de oficina
donde el actor olvida su fortuna.
La magia de aquel niño se pervierte,
cambiando la mirada cristalina
por un gris inventario bajo la luna.
martes, 3 de marzo de 2026
Sonetos de la lealtad.
“Paz sin fin, paz verdadera.
Paz que al alba se levante
y a la noche no se muera.” 🕊.
Rafael Alberti.
El código de tu voz no se fragmenta
aunque el ruido del mundo sature el canal,
mi fe no es un algoritmo que inventa
una oferta de afecto transaccional.
No soy cortafuegos de tu alma en crisis,
ni amistad de "un solo uso" y desconexión;
la integridad no admite la parálisis
cuando el sistema entra en modo colisión.
Si el hardware del honor sufre un desahucio
y el brillo del bit es moneda de cambio,
yo seré tu respaldo y tu fiel cautio,
sin que el tiempo genere un amargo recambio.
Que el mundo se apague en su frío vacío,
que yo seré el puerto donde ancle tu navío.
***
El barco se hunde y no busco un tesoro,
sin que me pese el oro donde escuece,
ni quien guarda del bien solo el falso oro,
mientras la fe en la duda desvanece.
La integridad es roca en la tormenta,
que al amigo sostiene en su caída,
no es pacto que el interés alimenta,
sino el norte que guía nuestra vida.
Si el mundo con su engaño nos asedia,
y el oro tienta al alma con su brillo,
la mano firme evita la tragedia,
manteniendo el barco agreste y sencillo.
Si mantienes la calma en la tormenta,
serás el dueño de tu propia cuenta.
***
Muerde el relámpago, no esperes calma,
que la vida es un tajo en el vacío,
un incendio que corre por el río
de esta sangre que busca incendiar el alma.
No busques el refugio ni la palma,
ni el rincón del descanso y el hastío;
prefiere el golpe, el vendaval, el frío,
que la inercia es la muerte que nos calma.
¡Salta! Que el suelo es solo una mentira
y el abismo es la única certeza
donde el valor su propia luz respira.
Vivir es la rocaflex, no la queja,
es la herida que ríe mientras gira
y el corazón que en cada zarza se deja.
***
Esta vez triunfó Babel.
Abre los ojos y el cristal estalla,
un sismo de metal muerde el vacío,
el paisaje lunar rinde al desafío
de esta jungla que tupe lo que encalla.
No es ciudad, es un nervio que ametralla
los témpanos con vértigo y con frío;
un laberinto erguido, un extravío
de luz que en cada muro da batalla.
(Te sientes brizna, sombra, breve nada),
(piensas quién construyó al descubierto),
(qué escala hacia la nube amurallada).
Se yergue a la atmósfera un amuleto,
locura frenética proyectada:
un grito de hormigón que busca el reto.
domingo, 1 de marzo de 2026
Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".
Cofre con el misterio de la muerte.
No me deslumbra el oro en su heredad,
ni el brocado que viste al hombre hueco,
pues la seda es disfraz de la vacuidad
y el lujo no es más que un sonoro eco.
¿De qué sirve el banquete en mesa fría
si el alma no ha sudado su sustento?
Es solo sombra, pompa y alegoría
que se deshace al primer roce del viento.
Prefiero el pan ganado con la mano,
el sueño en lecho que cualquiera pisa,
que aquel tesoro estéril y profano
donde las bombas destruyen ceniza.
Pues más vale el rigor de humilde suerte,
que un cofre con la arena de la muerte...
cofre con el misterio de la muerte.
***
Soneto al Resplandor en la hierba.
El brillo muere y grita como loca,
pasa la verde brisa de tu frente,
un jazmín que se quiebra de repente
y una sombra de sal sobre la boca.
Era el aire de nardo, la luz poca,
en la noche del pulso adolescente;
oro de espuma sobre la corriente
que el filo de la sombra desemboca.
¡Oh, cintura de junco y geometría!
Se nos va por el vado de los ojos
toda la sangre en su melancolía.
Quedan solo del sueño los despojos:
un caballo de arena en la agonía
y un rastro de claveles entre abrojos.
Un cuento a lo Hemingway.
El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía.
—¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio.
El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado.
Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño.
Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos.
—¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río.
Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella.
Pero no. Jamás a él.
Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida.
El pulso: Inexistente.
La respiración: Ausente.
El tiempo: Detenido.
—Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo!
Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito.
De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos.
Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo.
Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande.
Nunca más vendré contigo -pensó.
El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua.
Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo.
El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando.
—¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante.
Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades.
Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió.
En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla.
—Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría.
Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta.
Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas.
***
La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría.
—¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin.
—Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies.
—El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste?
Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo.
—El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver?
—No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar.
—Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo.
Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático.
—Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar.
Sofía sonrió, una curva mínima y cruel.
—Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor.
El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta.
El interrogatorio policial psicológico niños técnica", "procedimiento policial desaparición menores España.
Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor.
Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío.
Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo.
No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia.
Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse.
Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente.
Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua.
—Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos.
Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca.
—Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras.
Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.
sábado, 28 de febrero de 2026
El Heredero del Aire y de la Sangre.
Aquel recinto de voces apagadas,
los aullidos de la esquizofrenia,
donde el tiempo era un mueble más, cubierto de polvo,
fue mi cuna y mi primera cárcel.
Vi a los padres mover manos mecánicas,
repitiendo un rito de afecto ya vacío,
entregándome un nombre como quien arroja una piedra
al fondo de un pozo que no quiere eco.
Me dijeron: "Sé como nosotros,
acepta este peso de sangre y de costumbre,
y camina por la sombra, que la luz quema".
Pero yo guardaba un fuego bajo los párpados,
un hambre de mundos que ellos no sospechaban
mientras rezaban a un dios de escayola y miedo.
Rompí el cristal, salí a la noche abierta,
descalzo de sus dogmas y sus rancias esperanzas.
Y aunque hoy el frío me reconozca como extraño
y el destino sea una mano que aprieta la garganta,
miro el horizonte con un gozo terrible:
Es la ilusión de ser, por fin, mi propio dueño,
de quemarme en la llama que yo mismo he encendido,
aunque el precio de esta luz sea la ceniza,
y el final de mi vuelo, la caída más pura.
viernes, 27 de febrero de 2026
Soneto sobre Antonio Tejero.
Antonio Tejero soñando con las sombras en el Alcázar del Futuro, tiene que rendirse en el Congreso.
Sobre un cielo de cal, plomo y agonía,
avanza el tiempo con sus pies de lana;
no hay laurel que verdee en la mañana,
solo un rastro de herrumbre y profecía.
Como Macbeth ante la selva fría,
ven la ciudad —voraz, republicana—
que no entiende de espada ni de diana
y en su silencio el mando les vacía.
El futuro es un toro de azabache
que embiste contra el muro del olvido,
sin que el honor el golpe le despache.
Milans y el bigote ensombrecido,
cercados por la luz que los desmache,
se hunden en el mar del tiempo huido.
Elegía del Amigo Ausente.
Ya se durmieron los llantas
por la orilla de la pena,
y el perdón es una barca
que se ha quedado sin velas.
No me busques en el aire,
ni me busques en la arena,
que la amistad se hizo sombra
bajo la luna de piedra.
¡Qué amargo sabor a adelfa!
¡Qué soledad de azucena!
Cuando el rencor nos habita
se nos secan las arterias.
Quisiste la paz de pronto,
pero la paz es ajena,
un pájaro de ceniza
que ya no canta en tu puerta.
Se acabó el trigo del alma,
se rompió la vieja acequia,
y aquel abrazo de niños
hoy es polvo en la alacena.
Descansa, que ya el olvido
nos ha borrado las señas;
la tragedia fue perdernos,
la paz... es que no vuelvas.
Bajo la ola de vidrios rotos
golpea el tiempo que deshizo,
vuelvo a buscar el aroma
de aquel huerto compartido.
Teníamos manos de agua
y un juramento de trigo,
pero el rencor es un toro
con los pitones de frío.
Se nos rompió la palabra
en el aire del camino,
y se quedaron las voces
presas en un laberinto.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué puñales de olvido!
La sangre de la distancia
nos manchó los hombros vivos.
Pero ahora que la tarde
se viste de verde antiguo,
quiero lavar mi cuchillo
en la paz de los olivos.
Que no me digan traiciones,
que no me vendan castigos,
que yo solo busco el puente
para abrazar al amigo.
Que la sombra se haga clara,
que se sosiegue el destino,
y que el perdón nos encuentre
como a dos barcos perdidos.
Por la vereda del tiempo,
donde el polvo se hace olvido,
vengo arrastrando la sombra
de los amigos perdidos.
Fuimos dos ríos de oro,
fuimos un solo latido,
pero el orgullo es un zarzal
que nos desgarró el vestido.
Se nos llenó la garganta
de cristales y de ruidos,
y el eco de aquel abrazo
se nos quedó malherido.
Ya no quiero más espadas,
ni más vientos divididos,
que la noche ya me cansa
con su traje de castigos.
Quiero la paz de la acequia,
el sueño del pan nacido,
y que el rencor se deshoje
como un jazmín perseguido.
Vuelvo con las manos limpias,
fuera del lodo y el rito,
a buscar en tu mirada
lo que el tiempo nos ha escrito.
Que se calle la amargura,
que se apague el viejo grito,
y que la paz nos devuelva
el corazón que fue unido.
La muerte puso su capa
sobre el caballo del río,
y en la puerta de la casa
se quedó el aire vacío.
¡Qué mala noche de junio,
qué amargo el clavel marchito,
cuando se rompe la rama
de los amigos antiguos!
Buscábamos la palabra,
pero encontramos el frío;
nos perdimos por los montes
de un rencor endurecido.
Yo traía el perdón de seda,
tú, un silencio de cuchillo,
y en la mitad del camino
se nos murió el tiempo vivo.
Ya no sirven los abrazos,
ni el llanto de los olivos,
que la tierra se ha tragado
lo que no nos hemos dicho.
¡Ay, qué soledad de cal!
¡Ay, qué luto de domingo!
Las manos que se buscaron
ya son solo polvo y rito.
Queda la paz de la tumba,
el reposo del olvido,
y un sabor a sangre amarga
por lo que nunca fue unido.
Golpea el pecho la aldaba
con un sonido de acero,
pero nadie abre la puerta
en este valle de duelo.
Eramos dos robles altos,
éramos un solo fuego,
mas la envidia puso hachas
en las manos del invierno.
Se cortaron las raíces,
se desangró el sentimiento,
y un mar de cal y de sombra
se nos metió por el cuerpo.
¡Ay, qué puñal el orgullo!
¡Ay, qué herida sin remedio!
La paz que pides no viene,
que la devoró el silencio.
Ya no hay voz, ya no hay camino,
solo el perfil de un recuerdo
que yace como un caballo
muerto en mitad del desierto.
Busca la paz en la tierra,
donde descansan los muertos,
que entre los vivos la furia
ya nos ha dejado ciegos.
No busques más al amigo,
ni lo llames con el ruego,
el adiós que no dijimos
quedó fundido en hierro.
jueves, 26 de febrero de 2026
Bajo el volcán amenazante.
Sobre la luna gitana,
de un volcán de cobre y frío,
se arrastra en el caballo
por los bordes del abismo.
Lleva el peto de hojalata
y el corazón de granito,
buscando la torre amarga
donde el viento se hace añicos.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué guardias de granizo!
La princesa tiene el alma
de un cristal oscurecido,
y en sus trenzas se desmayan
los lirios del sacrificio.
—¡Vengo a sacarte, señora,
de este cautiverio impío!
—Vete, jinete de sombra,
que mi celda es mi destino.
No quiero el aire del monte,
ni el olor de los tomillos;
prefiero el hierro del muro
al metal de tu cuchillo.
Pero el héroe, sordo y ciego,
la arrastra por el camino.
Ella camina a su lado
con un desdén del jacinto,
solo para ver la puerta
y el campo de los olvidos.
Cuando la luz se hizo sangre
en el horizonte vivo,
la princesa se detiene
junto a un charco de martirio.
—Ya estoy fuera de mis sombras,
ya he cumplido tu capricho.
Vuelve tú por donde viniste,
que yo me quedo conmigo.
Él no mira su tristeza,
ni su rastro de suspiros.
Él solo mira su gloria
en el espejo del río.
Da media vuelta al caballo,
galopando al precipicio,
para contar en los pueblos
que ha vencido al maleficio.
Se queda sola la dama,
entre los juncos y el frío,
mientras el héroe de arena
se pierde en su propio mito.
Bajo los arcos de plomo,
donde el tiempo se hace río,
se encuentran otra vez las sombras
del héroe y su desvarío.
Él levanta su estandarte
de terciopelo y olvido,
mientras ella teje nadas
con un hilo de martirio.
—¡Mirad mi capa de gloria,
mi laurel recién nacido!
—dice el hombre a las estrellas,
borracho de su prestigio—.
He roto los siete sellos,
he saltado los abismos,
para que el mundo me nombre
el señor de los vencidos.
La princesa lo contempla
con un mirar de cuchillo.
No es de carne su figura,
es de cal y de granizo.
Tiene en la mano una piedra
y en la boca un gusto agrio,
viendo cómo el caballero
se adora en su propio rito.
—Tú no me viste la cara
—ella le dice sin brillo—,
tú solo viste en mis rejas
el metal de tu bautismo.
Me sacaste de la noche
para ser solo tu signo,
y me dejas en el campo
con un corazón de vidrio.
Él no escucha la palabra,
solo el trote del destino.
Acomoda su montura,
se ajusta el yelmo sombrío,
y galopa hacia la plaza
del pueblo más escondido,
gritando que la belleza
le debe su propio brillo.
¡Ay, qué soledad de rama!
¡Ay, qué silencio de pino!
Ella vuelve hacia la torre
buscando el hierro perdido,
mientras él vende su farsa
por las tabernas del vino.
Busca la dama su sombra
por el monte del olvido,
con los pies llenos de espinas
y el aliento de granizo.
Ya no quiere la llanura
ni el sol de los adivinos,
que la luz del caballero
le ha dejado el pecho herido.
Sube la escala de piedra,
lenta escala de martirio,
donde los musgos son lenguas
que le cuentan su destino.
Al llegar a la alta torre,
besa el hierro del pestillo;
la cerradura es un ojo
de un metal endurecido.
—¡Oh, santa cárcel de piedra,
mi solo hogar y retiro!
Fuera la gloria es de trapo
y el honor un falso brillo.
El héroe vende mi nombre
en el mercado del vino,
mientras yo muero de frío
bajo un cielo de zafiro.
Se cierra la puerta sorda
con un lamento de siglos.
Ella se sienta en su esquina
a bordar su propio abismo,
mientras el viento le trae
ecos de un cantar fingido:
es el héroe, allá a lo lejos,
contando su propio mito.
¡Ay, qué amarga es la victoria!
¡Ay, qué silencio de lirios!
La princesa tiene muros,
y el hombre, solo un delirio.
Por los caminos de plata,
va el héroe ciego y altivo,
con la mentira en los labios
y el alma de pergamino.
Ya no sabe quién es ella,
ni el color de su suplicio;
solo recuerda la rima
de su triunfo inventado.
En las plazas de los pueblos,
frente al fuego y frente al vino,
vende trozos de una torre
que sus ojos nunca han visto.
La gente aplaude la farsa,
el valor y el sacrificio,
mientras él se va secando
como un árbol sin rocío.
¡Ay, caballero de arena,
prisionero del prestigio!
Crees que has roto las cadenas
y estás atado a tu mito.
Mientras ella tiene el muro,
tú tienes el infinito,
pero no hay cárcel más honda
que el eco de un solo grito.
Se apagan las luminarias,
muere el héroe en su camino,
y en la torre de la dama
solo queda el viento vivo.
Él tenía que decírselo.
Sentados frente al río, el agua corría oscura y rápida. Javier miraba los remolinos que se formaban bajo el puente. Hacía calor, el tipo de calor que se pega a la camisa y te hace sentir el peso de tu propio cuerpo.
Natalia dejó su maletín en el suelo. Era de cuero nuevo, rígido y brillante. Tenía ese olor a oficina y a leyes que aún no se había roto. Ella sonreía con la seguridad de quien acaba de empezar a contar los días importantes.
—Mañana será un gran día —dijo ella—. El primer caso real. ¿No es emocionante?
—Es un gran día —dijo Javier.
Tenía las manos en los bolsillos. Apretaba los puños para que no se viera el ligero temblor. En su bolsillo derecho no había dinero, solo un billete de metro usado y una pelusa de lana. No había ido a ninguna oficina esa mañana, ni la anterior, ni la anterior a esa. Se había sentado en el parque a ver cómo las palomas se peleaban por nada.
—Deberíamos celebrar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Has estado muy callado, Javier.
Él sintió una presión en el pecho, como si un animal pequeño y asustado estuviera tratando de morderle las costillas. Había voces en su cabeza, pero eran voces educadas que le decían que el mundo se estaba doblando por las esquinas. Quería decirle que no tenía nada. Que su mente era un cristal roto. Quería decirle que la amaba de una forma que no era sana, una forma que dolía como una herida abierta en el agua salada.
—Natalia —dijo él. Su voz sonó seca.
—¿Sí?
—Hay algo sobre el tiempo. Sobre cómo se gasta.
Ella ladeó la cabeza, su pelo cayendo sobre el hombro. Era joven y el derecho era una ciencia de orden y lógica. Para ella, los problemas se resolvían con artículos y sentencias.
—El tiempo se aprovecha o se pierde, Javier. No es tan complicado.
—A veces se pierde aunque no quieras —dijo él. Miró una mancha de aceite que flotaba en el río—. A veces uno se despierta y el lugar donde debería estar ya no existe. Y tú estás ahí, pero eres un fantasma.
—Estás cansado —dijo ella con dulzura, tocándole el brazo—. Es el trabajo. A todos nos pasa.
Él sintió el contacto de su mano. Era una mano que creía en el futuro. Él quería gritar que no había trabajo, que no había orden, que la amaba desde un pozo del que no podía salir. Quería confesarle que cada mañana mentía al anudarse la corbata antes de salir a caminar hacia ninguna parte.
—Quiero decirte... —empezó él.
El animal en sus costillas mordió con fuerza. Vio el maletín de ella. Vio su propia sombra, alargada y deforme sobre el cemento. Si hablaba, el puente se caería. Si hablaba, la luz de los ojos de ella se apagaría y él se quedaría solo con sus voces.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó ella, sonriendo.
Javier miró el río una vez más. El agua seguía pasando. Siempre pasaba.
—Que el vino de este sitio es bueno —dijo Javier—. Deberíamos pedir otra botella antes de que cierren.
—Qué tonto eres —dijo ella riendo—. Me habías asustado.
—Sí —dijo Javier—. Solo es el vino.
Se levantaron y caminaron hacia la terraza. Ella caminaba con paso firme, marcando el ritmo con sus tacones nuevos. Él la seguía un paso por detrás, manteniendo el equilibrio en un mundo que solo él veía derrumbarse.
¿Te gustaría que probáramos a escribir una
El sol caía pesado sobre los bancos de madera del Retiro. Javier observaba a un hombre viejo que daba migas a los pájaros. Las aves se arremolinaban, frenéticas, picoteando el suelo con una violencia mecánica.
Javier llevaba el traje gris. El traje era su armadura y también su mentira. Debajo de la tela, el sudor le bajaba por la espalda como un insecto frío. Miró su reloj. Eran las once de la mañana.
A esa hora, un hombre debería estar produciendo algo, firmando papeles o discutiendo precios. Él solo estaba allí, ocupando un espacio que no le pertenecía.
«No estás loco», se dijo a sí mismo. «Solo estás en otro plano. El mundo es el que ha perdido el ritmo».
Pero sabía que no era cierto. Las voces estaban allí, suaves, como el zumbido de un cable de alta tensión. Le decían que Natalia era demasiado brillante, demasiado nueva. Ella era una sentencia firme y él era un expediente perdido en un sótano húmedo.
Abrió su maletín. Estaba vacío, salvo por un periódico del día anterior y una manzana que empezaba a oxidarse. Lo cerró con un clic seco. El sonido le recordó al disparo de un rifle en la montaña.
Corto y definitivo. «Se lo diré», pensó. «Le diré que mi oficina es este banco. Que mi jefe es ese viejo que alimenta a los pájaros. Que la amo tanto que el aire me falta cuando ella no me mira, pero que me falta más cuando lo hace, porque temo que vea el vacío en mis ojos».
Un niño pasó corriendo y Javier se sobresaltó. El mundo vibraba de una forma extraña. Los árboles parecían demasiado verdes, de un verde que hería.
Se levantó. Tenía que caminar. Si se quedaba quieto, el suelo se abriría. Tenía que encontrarse con ella y fingir que el derecho era importante, que el dinero era real y que él era un hombre sólido.
—Es un buen día para ser valiente —dijo en voz baja.
Pero sabía que la valentía era otra cosa. La valentía era para los que tenían algo que ganar. Él solo tenía un secreto que pesaba más que el plomo y un amor que no sabía dónde poner para que no se rompiera.
Sacó un peine del bolsillo y se arregló el pelo frente al reflejo de un escaparate. El hombre que le devolvía la mirada parecía un abogado de éxito. Eso era lo más aterrador de todo.
La cena terminó como terminan las cosas que no tienen solución: con cortesía. El restaurante estaba lleno de gente que hablaba de inversiones y viajes, y Javier sentía que cada palabra de Natalia era un clavo que cerraba su propia caja.
—Te noto en otro lugar, Javier —dijo ella mientras el camarero traía la cuenta.
Él miró el plato vacío.
—Estoy aquí. Es solo que hoy el aire pesa más.
—Es el éxito, da vértigo —ella rió y pagó la cuenta antes de que él pudiera siquiera meter la mano en su bolsillo vacío. Él dejó que lo hiciera. Ese fue el momento en que murió la última parte de su orgullo.
Caminaron por la calle fría. Ella hablaba de un bufete en la calle Serrano y de códigos civiles. Él asentía. Quería detenerla bajo una farola y decirle: «Natalia, estoy roto. No tengo donde ir mañana. Escucho ruidos cuando hay silencio y mi única propiedad es este traje que ya no me queda bien».
Pero no lo hizo. La besó en la mejilla frente a su portal. Fue un beso casto, el beso de un hombre que ya se ha ido.
—Buenas noches, Natalia —dijo él.
—Mañana me cuentas qué tal tu reunión —respondió ella con luz en los ojos.
Javier caminó hacia la oscuridad de la avenida. No tenía reunión. No tenía mañana. Solo tenía el eco de sus propios pasos sobre el pavimento frío.
El pasado de Javier no había sido siempre una sombra. Dos años atrás, era el hombre que todos esperaban que fuera. Trabajaba en la planta catorce de un edificio de cristal y acero. Tenía un escritorio de caoba y una secretaria que le traía el café sin azúcar.
El quiebre no fue un estallido, fue una gotera. Empezó con un pequeño error en un informe, una cifra que bailó ante sus ojos. Luego vino el insomnio. Se quedaba mirando el techo, escuchando cómo las paredes del apartamento susurraban sus deudas. Un martes, simplemente no pudo levantarse. El teléfono sonaba y él lo miraba como se mira a una serpiente.
—Es fatiga —le dijo el médico.
—Es el fin del mundo —pensó Javier.
Perdió el empleo un mes después. No luchó. Firmó los papeles con una caligrafía perfecta, casi alegre. Al principio, buscó otro lugar, pero las oficinas le parecían jaulas y las entrevistas, juicios finales. Entonces conoció a Natalia en una librería.
Ella era joven, olía a papel nuevo y a esperanza. Javier decidió que, si no podía ser un hombre de éxito, al menos parecería uno para ella. Construyó una catedral de mentiras para proteger el amor, sin entender que las catedrales sin cimientos terminan por aplastar a quienes rezan dentro.
¿Te gustaría que escribiéramos el monólogo
Javier llegó a su habitación. Era un cuarto pequeño que olía a humedad y a la lavanda barata que usaba para que su traje no oliera a derrota. No encendió la luz de la calle; dejó que la penumbra entrara por la ventana.
Se colocó frente al espejo del armario. La luna bañaba el cristal y le devolvía una silueta que parecía sólida, pero que él sabía que era hueca.
—Mírate —susurró. Su voz no era suya, era la voz del hombre que ya no existía—. Llevas la corbata derecha. Tienes los zapatos limpios. Eres un buen soldado en una guerra que ya terminó.
Se desabrochó el cuello de la camisa. Sintió que el aire entraba en sus pulmones como si fuera el primer trago de agua después de un desierto. Las voces en las esquinas del cuarto empezaron a murmurar.
No decían palabras, solo eran frecuencias, el sonido de una radio mal sintonizada que le recordaba que su mente era un mapa con las fronteras borradas.
—Ella cree en ti —dijo al espejo—. Ella cree en el Código Penal y en la justicia. Ella cree que mañana vas a una oficina.
Se rió. Fue una risa corta, seca, como el crujido de una rama seca bajo una bota.
—La amas porque ella es el orden que tú perdiste. Pero no puedes tocarla sin mancharla de caos.
Mañana te pondrás el traje otra vez. Saldrás a las ocho. Te sentarás en el banco del parque. Y esperarás a que el mundo se decida a terminar de romperse.
A tres manzanas de allí, Natalia estaba sentada en su cama. Todavía llevaba puesto el vestido de la cena. Tenía un cuaderno de notas sobre las rodillas, pero no estaba escribiendo.
Recordó el momento en que Javier miró el río. Había visto algo en sus ojos que no era cansancio. Era una fijeza extraña, la mirada de los hombres que han visto demasiado tiempo el fondo de un pozo.
—¿El vino? —se preguntó ella en voz alta.
No era el vino. Recordó cómo él no había pedido el menú, cómo había dejado que ella eligiera todo, como si él ya no tuviera voluntad. Y sus manos. Javier siempre tenía las manos en los bolsillos, ocultándolas, como si temiera que sus propios dedos revelaran un secreto que no podía decirse.
Abrió su maletín de cuero nuevo.
Sacó una tarjeta de visita que Javier le había dado hacía meses, cuando se conocieron. «Javier M., Consultoría Senior». Pasó el dedo por el relieve de las letras.
—Hay algo que no encaja —murmuró.
Natalia era abogada. Le habían enseñado a buscar la grieta en el testimonio, el detalle que no cuadra con la narrativa. Javier era una narrativa perfecta, pero demasiado estática. No hablaba de sus jefes, no se quejaba de los clientes, no mencionaba el futuro más allá de la próxima copa de vino. Era un hombre que vivía en un presente eterno y angustioso.
Sintió un frío repentino. Pensó en llamarlo, pero miró el reloj. Eran las doce. Mañana tenía su primer caso. Tenía que estar despejada. Cerró el maletín, pero por primera vez, el olor a cuero nuevo no le trajo seguridad, sino una extraña sensación de peligro.
A las ocho de la mañana, Javier salió de su habitación. No se puso el traje gris. Lo dejó extendido sobre la cama, vacío y plano, como la piel de una serpiente que ya no tiene cuerpo que cubrir.
Caminó hacia la estación sin mirar atrás. El aire de la mañana era limpio y cortante. No llevaba maletín, solo sus manos vacías en los bolsillos de una chaqueta vieja que no servía para fingir nada. Las voces en su cabeza habían dejado de gritar; ahora eran solo un susurro constante, como el ruido de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
En la puerta del bufete, Natalia esperaba. Miraba su reloj de pulsera y ajustaba el cuello de su americana. El sol de la mañana brillaba en los cristales del edificio. Ella buscó entre la multitud el perfil alto y seguro de Javier, el hombre que debía estar allí para decirle que el mundo era un lugar donde las leyes funcionaban.
Pero Javier ya no estaba en esa ciudad. Estaba en un tren que se alejaba hacia el norte, mirando por la ventanilla cómo el paisaje se volvía borroso. No sentía tristeza, solo una inmensa y fría ligereza.
El secreto ya no pesaba porque ya no había nadie a quien ocultárselo.
Natalia entró en el edificio cuando el reloj marcó las nueve. Subió en el ascensor, sintiendo una punzada de duda que intentó enterrar con lógica profesional. Al final del pasillo, el recepcionista le preguntó si esperaba a alguien.
—No —dijo ella, y su voz sonó extraña en sus propios oídos—. No espero a nadie.
El río seguía corriendo bajo el puente, oscuro y rápido, llevándose las manchas de aceite y los restos de un día que nunca llegó a ser. Javier cerró los ojos contra el cristal del tren y, por primera vez en dos años, dejó de intentar recordar quién se suponía que debía ser.
El hombre que creía demasiado.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
Esta es la crónica de un alma en pausa, una sombra que aprendió a proyectarse. El drama de un hombre quieto con un grave secreto.
Durante años, Elías habitó un presente de cemento. No era tristeza activa, sino una inercia espesa que convertía los días en réplicas exactas de sí mismos. Vivía en un apartamento que parecía una sala de espera: muebles funcionales, paredes desnudas y un silencio solo interrumpido por el zumbido de una nevera casi vacía.
Su existencia carecía de vectores. Se levantaba no por propósito, sino por biología. Trabajaba en una oficina de datos donde era el empleado invisible, aquel cuya ausencia nadie notaría hasta que el software fallara. Según la psicología de la anhedonia, Elías experimentaba esa incapacidad de sentir placer o interés por nada, un limbo emocional donde el dolor no era agudo, sino sordo y constante.
El sufrimiento de Elías radicaba en la falta de fricción. Nada le importaba lo suficiente como para herirlo, y esa seguridad era su mayor tortura. Sin embargo, una noche de lluvia eléctrica, un pequeño evento caótico rompió su estasis. Un cachorro, empapado y tembloroso, se había refugiado en el hueco de su portal.
Al principio, Elías intentó ignorarlo. La responsabilidad era una forma de meta, y él no quería destinos. Pero el llanto del animal resonaba en la caja de resonancia que era su soledad. Lo subió a casa "solo por una noche".
Esa noche no durmió. El perro, debilitado por la desnutrición, necesitaba cuidados constantes. Por primera vez en una década, Elías tuvo una urgencia que no era suya. Consultó guías en la Plataforma de Salud Animal para entender cómo rehidratar al animal.
De repente, el tiempo se transformó. Las horas ya no eran bloques de plomo, sino oportunidades para administrar una medicina o limpiar una herida. Elías descubrió que el sufrimiento cesa cuando se convierte en servicio.
Lo que empezó como un rescate accidental se transformó en una meta de vida: Elías decidió convertir su espacio en un refugio temporal para animales en situaciones críticas. Aquel hombre que no tenía razones para levantarse, ahora tenía agendas, contactos con clínicas veterinarias y una comunidad en redes de voluntariado.
Su meta no era la fama ni el dinero; era la supervivencia de un ser ajeno. En ese acto de mirar hacia afuera, Elías finalmente se encontró a sí mismo. Ya no era un espectador de su propia vida, sino el arquitecto de una esperanza pequeña pero tangible.
Para entender la metamorfosis de Elías, hay que diseccionar cómo el dolor pasó de ser un lastre a ser un combustible.
El primer cambio emocional no fue la alegría, sino un miedo punzante. Al adoptar una meta (la supervivencia del cachorro), Elías rompió su blindaje. La psicología existencial sugiere que la falta de metas es un mecanismo de defensa: si nada te importa, nada te puede herir. Al empezar a cuidar de otro, Elías experimentó el terror de la pérdida. Ese miedo fue su primera señal de vida; por fin había algo en el mundo que valía el riesgo de sufrir.
Elías pasó de definirse por lo que no hacía (no salía, no hablaba, no ambicionaba) a definirse por su función. En su mente, dejó de ser "el hombre del apartamento 4B" para convertirse en "el protector". Este cambio de narrativa interna es lo que la Terapia de Aceptación y Compromiso define como actuar en dirección a los valores propios, lo cual reduce drásticamente el sufrimiento neurótico.
El dolor no desapareció, pero cambió de naturaleza. Ya no era el dolor vacío de un domingo por la tarde sin nada que hacer; ahora era el cansancio físico tras una noche de cuidados veterinarios. Viktor Frankl, en su obra sobre la logoterapia, explica que el ser humano es capaz de soportar cualquier "cómo" si tiene un "porqué". Elías descubrió que el sacrificio por una meta le otorgaba una dignidad que la comodidad del aislamiento le había robado.
Al final, su soledad no se llenó de gente, sino de presencia. Se volvió una persona presente en su propia piel, habitando cada segundo con la intensidad que solo da el tener una misión que cumplir.
El síndrome de Moisés.
El café estaba tibio y sabía a polvo de estantes viejos. A través de la cristalera de la cafetería, las luces de la biblioteca universitaria empezaban a parpadear contra el cielo color grafito de la tarde.
El seguritas que venía de un país en guerra pasaba su última ronda y miraba con desprecio y suspicacia a los noctámbulos que miraban el mar de fondo.
—Parecen lápidas —dijo ella, mirando hacia los edificios de la facultad—. Todas esas ventanas iluminadas.
—No parecen lápidas —respondió él. Bebió un sorbo de su café—. Solo son edificios.
—Vistas desde aquí, con esta luz, parecen lápidas esperando a que alguien las lea.
El chico dejó la taza sobre la mesa de plástico. El ruido fue seco, definitivo.
"Soy un hombre que se cree inteligente pero que nunca acabó las cosas, quizá es que nunca las empiezo cuando veo que necesitan un poco de responsabilidad, sino con autoengaños, de forma dramática, y sin centrarme bien en cada objetivo".
—Sabes que no tiene por qué ser así —dijo él—. Es un procedimiento sencillo. Solo una firma en el registro de baja. Ni siquiera te pedirán los libros de vuelta hoy mismo.
—¿Y después qué? —preguntó ella. Miraba a una estudiante que pasaba cargando una mochila demasiado pesada—. ¿Simplemente salimos de aquí y todo vuelve a ser como antes?
—Será como antes. Tú podrás terminar la tesis y yo tendré el puesto en la ciudad. Estaremos bien. Es lo único que nos frena.
La chica no respondió. Se dedicó a trazar círculos en la condensación del cristal con la punta del dedo.
—No tienes que hacerlo si no quieres —continuó él, acercándose un poco—. Pero sé que es lo mejor. No estamos listos para cargar con todo este peso. Mira a tu alrededor. Nadie aquí está listo.
—Lo sé —dijo ella—. Pero una vez que lo dejas, ya no puedes volver a entrar como si nada hubiera pasado. Las puertas se cierran.
—Es solo una puerta, Anne. Hay otras bibliotecas. Hay otros libros.
—No estos —dijo ella. Se levantó y se ajustó el abrigo—. ¿Podemos dejar de hablar? Por favor, ¿podemos simplemente dejar de hablar un momento?
Él se quedó sentado, observando cómo ella caminaba hacia el mostrador para pedir otro café que no se iba a beber. El eco de sus pasos se perdía en el murmullo bajo de la cafetería vacía.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó él cuando ella regresó.
—Me siento perfectamente —dijo ella, sin mirarlo—. No me pasa nada. Solo estoy cansada de leer entre líneas.
El aire en la cafetería era denso, cargado con el olor a ozono de las fotocopiadoras y el aroma rancio de los granos de café quemados. Afuera, los pasillos de la biblioteca se extendían como arterias de silencio, interrumpidas solo por el golpe sordo de un libro al cerrarse.
—Parecen lomos de libros viejos —dijo ella, mirando hacia las hileras de estanterías que se divisaban tras el cristal—. Blancos y desgastados, como si ya nadie quisiera abrirlos.
—Te dije que no tienen por qué ser así —respondió él. No miraba los libros; miraba el reloj de pared que avanzaba con un tic-tac metálico—. Es una decisión lógica. Una firma y la plaza de la beca sigue siendo tuya. No tienes que cargar con la responsabilidad de quedarte aquí otro año.
—Es una forma de verlo —dijo ella. Sus dedos jugueteaban con un sobre de azúcar, doblándolo hasta que el papel empezó a ceder—. Pero una vez que firmas, el espacio que ocupábamos desaparece. Es como si arrancaras una página.
—No se arranca nada, Anne. Solo se edita. Es un proceso natural. Todo el mundo en esta facultad lo hace en algún momento. Mira a ese profesor de la esquina. ¿Crees que llegó ahí sin dejar cosas atrás?
Ella observó al hombre canoso que corregía exámenes con una pluma roja. La luz del flexo le daba un aspecto fantasmal.
—Él parece vacío —murmuró ella—. Yo no quiero ser una nota al pie de página.
—No lo serás. Serás libre. Podremos viajar, salir de este campus, dejar de oler a papel húmedo. Solo tienes que decir que sí. Es una operación sencilla, administrativa.
—¿De verdad es tan sencillo? —Ella levantó la vista y lo miró fijamente. Sus ojos estaban cansados, rodeados por la sombra de noches de estudio que ya no servían para nada.
—Lo es si no piensas demasiado en ello. Te lo prometo. Estaré contigo en el despacho del decano. No te soltaré la mano.
—¿Y después de la firma? ¿Qué diremos cuando pasemos por delante de esta puerta?
—Diremos que tomamos la decisión adulta. Que fuimos prácticos.
La chica se levantó. El roce de su silla contra el suelo de linóleo sonó como un grito en la sala silenciosa. Caminó hacia la cristalera y apoyó la frente en el vidrio frío. El campus, sumido en la penumbra de la tarde-noche, parecía un mapa borroso.
—Podríamos haberlo intentado —dijo ella, casi para sí misma—. Podríamos haber guardado el ejemplar, aunque estuviera dañado.
—No podíamos —dijo él, levantándose también y dejando unas monedas sobre la mesa—. El sistema no funciona así. Vamos, están a punto de cerrar la sección de archivos.
—Lo sé —dijo ella, dándose la vuelta con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Todo está cerrando.
Caminaron juntos hacia la salida, pasando entre las mesas llenas de estudiantes que no levantaron la vista de sus apuntes. Al salir, el aire frío de la noche los golpeó, y el silencio de la biblioteca quedó sellado tras las pesadas puertas de roble.
—¿Estás bien? —preguntó él mientras buscaba las llaves del coche.
—Estoy perfectamente —dijo ella, ajustándose la bufanda—. Solo es que la luz aquí dentro siempre es demasiado blanca.
¿Aquello era una ruptura o una renuncia vital como un trámite académico en el entorno opresivo y melancólico de la biblioteca universitaria al anochecer?
El pasillo de la tercera planta era un túnel de sombras y lomos de cuero que absorbían cualquier sonido. El vigilante pasó al fondo, una silueta oscura que arrastraba los pies, y el eco de sus pasos fue lo único que llenó el vacío entre ellos.
—Aquí no se puede respirar —dijo ella. Se detuvo frente a la sección de Historia Antigua—. Huele a cosas que se han quedado detenidas.
—Es el mejor sitio para pensar —respondió él. Se apoyó en una estantería, desplazando sin querer un tomo sobre la caída de los imperios—. Sin distracciones. Sin gente que pregunte.
—Pero el silencio también pregunta, Tom.
Pregunta qué vamos a hacer con ese espacio vacío que va a quedar en el estante.
Él suspiró y miró hacia la claraboya, donde la luna empezaba a filtrarse como una mancha de leche sobre el mármol.
—No va a quedar ningún vacío. Simplemente no se rellenará. Es como un libro que nunca se llega a imprimir. No puedes echar de menos lo que no ha pasado del borrador.
—Yo sí puedo —dijo ella, pasando la mano por la madera fría—. Siento el peso de las páginas que no vamos a escribir. Siento el título, el lomo, hasta el tacto del papel.
—Escúchame —él dio un paso hacia ella, bajando aún más la voz hasta convertirla en un roce—.
Si seguimos adelante con esto, con el registro, con todo... ambos sabemos que la beca no llegará, que el viaje se cancelará y que este lugar se convertirá en nuestra celda. Solo es un trámite. Un pequeño tachón en el expediente para que todo lo demás sea posible.
—Un tachón —repitió ella. Miró sus propias manos, blancas bajo la luz fluorescente—. Como si se pudiera borrar algo sin dejar una marca en la hoja.
—La marca se olvida. El papel se alisa.
—Tú nunca has intentado borrar algo escrito con tinta de verdad —dijo ella con una suavidad que cortaba más que un grito—. Siempre queda un surco. Siempre queda la sombra de lo que hubo debajo.
Abajo, en la cafetería, la máquina de café soltó un último soplido de vapor. El mostrador ya estaba limpio y la mujer de la limpieza movía las sillas con un estrépito metálico que llegaba hasta ellos como una advertencia.
—Ya es la hora —dijo él, mirando su reloj—. El despacho sigue abierto diez minutos más. Solo tenemos que bajar y entregar el formulario.
—¿Y si me quedo aquí? —preguntó ella, mirando hacia la profundidad de los archivos—. ¿Y si me pierdo entre las estanterías hasta que apaguen todas las luces?
—Entonces mañana despertarás y el problema seguirá aquí. Y será más difícil.
Ella asintió lentamente. Se separó de la estantería y empezó a caminar hacia la escalera de caracol, sus pasos resonando como latidos contra el metal.
—¿Estás segura? —le preguntó él mientras bajaban, su mano rozando brevemente su espalda.
—No estoy segura de nada —dijo ella, deteniéndose en el rellano antes de entrar en la luz cegadora del vestíbulo—. Pero me siento muy ligera. Tan ligera que me asusta salir a la calle y que el viento me lleve.
—No te llevará —dijo él—. Estaremos bien.
Salieron a la noche fría y ella no volvió la vista atrás hacia las ventanas iluminadas de la biblioteca, que ahora, desde la acera, parecían ojos cerrados que ya no querían ver nada más.
Caminaron por la acera de hormigón hacia el coche. La luz de las farolas era de un amarillo enfermo que hacía que la piel de Anne pareciera de papel. Él abrió la puerta del copiloto y esperó a que ella se sentara.
—Ya está hecho —dijo él una vez que arrancó el motor. El sonido del coche era lo único que rompía el silencio de la calle universitaria—. ¿Ves? No ha pasado nada. Seguimos siendo nosotros.
Ella miró por la ventanilla. Los edificios de la facultad se hacían pequeños en el retrovisor, como cajas cerradas que guardan secretos que nadie va a reclamar.
—Sí —dijo ella, apoyando la cabeza en el cristal frío—. Seguimos siendo nosotros.
—¿Te duele algo?
—No me duele nada —respondió ella. Sacó de su bolsillo el pequeño resguardo del registro, lo dobló en cuatro partes perfectas y lo dejó en el cenicero del coche—. Me siento muy limpia. Como una página en blanco que alguien ha decidido no usar.
Él aceleró al llegar al semáforo en verde. La biblioteca quedó atrás, una mancha oscura bajo el cielo de grafito, y ninguno de los dos volvió a mencionar el libro que acababan de cerrar para siempre.
—Estamos bien, ¿verdad? —preguntó él, sin apartar la vista de la carretera.
—Estamos perfectamente —dijo ella.
Y el coche siguió avanzando, alejándose de las luces, hacia un lugar donde ya no quedaban más preguntas que hacer.
El coche avanzaba con un zumbido monótono que a ella le recordaba al extractor de la cafetería. Anne tenía las manos apretadas en el regazo, los nudillos tan blancos como el papel de las fichas bibliográficas que habían dejado atrás.
—Podrías decir algo —dijo él. No la miraba. Mantenía las manos firmes sobre el volante, como si estuviera conduciendo a través de una tormenta que solo él podía ver.
—No hay palabras para esto —respondió ella. Su voz era un hilo fino, seco, que parecía romperse con el roce del aire—.
En la biblioteca hay millones de palabras y ninguna sirve para lo que siento ahora mismo.
—Mañana te sentirás mejor. Mañana el mundo volverá a ser un lugar lógico.
Ella cerró los ojos. Al hacerlo, no vio oscuridad, sino el brillo clínico de las luces del vestíbulo y el sonido del sello de goma golpeando el papel: clac, clac. Un sonido definitivo. Sintió una punzada sorda en el bajo vientre, un tirón frío que no tenía nada que ver con el hambre ni con el cansancio.
—Siento como si me hubieran vaciado los estantes —murmuró. Se encogió en el asiento, abrazándose a sí misma como si intentara evitar que algo más se le escapara—. Como si alguien hubiera entrado en mi sección privada y hubiera hecho una hoguera con todo lo que aún no estaba escrito.
—Anne, por favor. No lo hagas más difícil.
Él detuvo el coche frente al apartamento. El motor siguió encendido, vibrando bajo sus pies como un animal impaciente. Ella no se movió. Tenía la mirada fija en la guantera, imaginando el peso del formulario que descansaba allí, esa pequeña hoja de papel que pesaba más que toda la enciclopedia del mundo.
—¿Estás bien? —preguntó él, y esta vez su voz flaqueó un poco. Extendió una mano para tocarle el hombro, pero ella se apartó con un movimiento brusco, casi instintivo.
—Estoy perfectamente —dijo ella, y se le escapó un sollozo que ahogó inmediatamente contra la palma de su mano. Se limpió la cara con un gesto rápido y violento—.
Estoy tan perfectamente que me sorprende que el corazón me siga latiendo igual de rápido.
Abrió la puerta del coche. El aire exterior era gélido y olía a lluvia próxima.
Se quedó un momento de pie, apoyada en el marco de la puerta, mirando hacia el cielo vacío.
—¿Vienes? —preguntó él desde el interior del coche, envuelto en la seguridad de la calefacción.
—Sube tú —dijo ella sin mirarlo—. Yo voy a quedarme aquí un momento. Quiero ver si el mundo sigue siendo el mismo cuando se apagan todas las luces.
Cerró la puerta con suavidad, un clic casi inaudible, y se quedó sola en la acera, sintiendo cómo el frío de la noche empezaba a ocupar, centímetro a centímetro, el lugar donde antes había habido una posibilidad.
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