Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

lunes, 9 de marzo de 2026

Sonetos.

El Altar de los Desechos. Leopoldo María Panero. Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas, donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas, yo buscaba el olvido en un abrazo muerto. Fui un perro sin cadena, un vago de taberna, bebiendo de los labios que el azar me ofrecía; mientras la urbe pulcra, con su moral eterna, bajo el sol del trabajo su tedio consumía. Mi vida es un naufragio de carne y de pereza, un desorden de besos comprados al olvido, una estepa baldía donde nada bosteza. Pero al mojar la pluma en el fango vivido, esa basura es oro, y el caos es pureza: ¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido! * Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino, se pudre la esperanza que nunca fue exceso; un hambre de horizontes, sin rastro de vino, ha dejado en mi boca el sabor de un deceso. No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido, solo el paso grisáceo de un tiempo prudente; un cadáver de seda, de metas vencido, que exhibe su gangrena de forma elocuente. ¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo donde el oro se oxida sin haber brillado, y en este desierto de abstemia agonía, mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo: la carne del sueño, por fin, se ha podrido en la casta miseria de mi geometría. * Contra un sol negro y frío que el alma devora, el tedio se arrastra como un reptil viscoso, y en el pecho, la angustia, cruel vencedora, clava su estandarte de color cenizoso. Es un desierto mudo de pálida calma, donde el deseo muere sin haber pecado; una lepra de sombra me escala por el alma mientras miro el futuro, feto abandonado. Las horas son gotas de bilis y plomo que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo, y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo ante el triunfo del asco, voraz y furtivo. Soy un viejo paisaje de barro y olvido donde el eco del éxito suena a gemido. * El reloj es un párpado de rosa y de frío que vigila mi sangre, ya espesa y estancada; me hundo en el pantano de un sueño baldío, donde la voluntad es una flor abortada. No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento, una hiedra de sombra que los pies me encadena; soy el mudo testigo de mi propio tormento, un galeote anclado a una estéril arena. Mi lengua es un insecto clavado a un madero, mientras veo el mañana, cadáver que flota, en el charco de fango que invade mi enero. La parálisis triunfa, perfecta y devota: una estatua de carne que exhala veneno contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.

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