Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
domingo, 22 de marzo de 2026
La noria eterna del ratón.
Captura esa mezcla de amor devoción platónico, envidia y desesperación:
Tras el cristal de mi silencio impío,
contemplo el sol que en tu mirada habita,
un fuego que jamás será ya mío,
un hambre que mi voz nunca ejercita.
Mas llega aquel con paso indiferente,
a profanar tu luz con su osadía,
y roba con un gesto, audaz y ausente,
el diario que en mis sueños yo tejía.
Él toca con sus manos lo sagrado,
y tú le otorgas risas de oro puro,
mientras yo, por mi sombra encadenado,
muero de sed tras un helado muro.
Que el necio goce el fruto en su victoria,
mientras yo guardo el templo de tu gloria.
jueves, 19 de marzo de 2026
Soneto a la injusta falta de reconocimiento tras tanto trabajo.
Sobre el arco de una luna de estaño,
gime el metal por no encontrar su brillo,
mientras el alma, rota en el martillo,
bebe el veneno de un silencio extraño.
No busques en el ojo del extraño
la vara de medir tu propio anillo;
el aire es un puñal de filo amarillo
que ignora la raíz y el desengaño.
¡Levántate sobre tu propia herida!
Que el toro de tu orgullo, en la penumbra,
embista la desidia de la vida.
Porque si el mundo tu verdad no alumbra,
tienes la voz por dentro, estremecida,
donde el clavel de tu valor relumbra.
miércoles, 18 de marzo de 2026
Intentando superar la autodestrucción sin conseguirlo.
Como el poema de Vincent Van Gogh por Clasina María "Sien" Hoornik, y el de Charles Baudelaire por Jeanne Duval. Syd Vicious por Nancy Spungen.
Hay amores que solo
queman el rastrojo,
pero uno disfruta ciego del sol
mientras se quema los ojos.
Hay amores que queman y te raspan
y te arrastran por los pelos,
hay gente con los que la vida
nunca será justa. Allá ellos.
Hay caballos que cabalgan errantes
sin sentido, locos,
que los devoren las olas,
que los apedreen solos.
Sobre el palio de la noche,
en tu alcoba de agonía,
eres torre de granito,
negra radiografía.
Yo soy niño que te observa,
gato lerdo que te espía,
mientras muerdes el veneno
con rabiosa sangre fría.
¡Oh, giganta de los lodos,
de hermosura ya baldía!
No busques cielos ni rezos,
que la luz no te querría.
Tu cuerpo es un precipicio
donde el asco se extravía,
un altar de carne muerta
en perpetua epifanía.
Me hundo en tu sombra espesa,
en tu herida siempre abierta,
donde el vicio cobra vida
y la esperanza está muerta.
Como el crío que se traga
la cicuta más incierta,
bebo el pus de tus pecados
tras tu bajeza desierta.
No hay perdón en tus entrañas,
ni en tu boca hay lozanía;
solo un pozo de miseria
que devora mi alegría.
Eres bestia degradada,
caos de anatomía,
y yo el juguete que busca
tu total carnicería.
Alzo el pie del precipicio,
pero el vértigo me nombra;
quiero huir de tu regazo,
pero me abraza tu sombra.
Soy el gato que regresa
a la mano que lo escombra,
buscando en tu piel de fango
la caricia que me asombra.
Juro al alba que te dejo,
que mi ruina se termina,
pero el aire es un anzuelo
que hacia tu asco me encamina.
Eres red de hierro viejo,
eres zarza, eres espina,
y yo el niño que se goza
bebiendo tu medicina.
Huyo lejos de tu alcoba,
de tu risa de granito,
pero vuelvo como el reo
a su círculo maldito.
Mi voluntad es un trapo,
mi rescate un fútil grito;
caigo siempre en tu veneno,
mi desastre favorito.
No hay orilla en este mare,
no hay salida en este abismo;
busco el cielo y solo encuentro
tu voraz cataclismo.
Me condeno en tus rodillas
con el peor de los cinismos:
tragarme tu muerte lenta
para huir de mí mismo.
Se rompe el cielo de azufre
sobre el lecho de tu fango,
mientras tu cuerpo de mole
me sofoca con su rango.
Eres tumba de carne viva,
yo el insecto en tu fandango,
masticando la ponzoña
que de tu pecho fue un rastro.
Ya no hay aire, solo el peso
de tu estampa soberana,
una mole de miseria
que me aplasta y me engalana.
Trago el vidrio del desprecio,
la cicuta más profana,
y me asfixio en tu regazo
como un feto de alcana.
Muero niño, muero gato,
en tu vientre sin salida,
devorado por la sombra
de tu vida ya podrida.
No hay luz en este naufragio,
solo el fin de la partida:
ser el barro de tus pies,
la basura de tu vida.
En el último suspiro,
mi garganta se deshace;
bebo el resto del veneno
para que el horror se enlace.
Tú, giganta, ni me miras,
mientras mi alma se complace
en ser solo el desperdicio
donde tu asco se complace.
martes, 17 de marzo de 2026
Sonetos contra el solar del fanatismo.
Contra un cielo de cal y presentimiento,
se ríe el bufón con lengua de navaja,
mientras la turba el corazón relaja
entre la mofa y el escupimiento.
Es un juego de espejos y de viento,
donde la ira en seda se trabaja;
la muerte espera, mansa, en una caja,
viendo el festín del odio y el lamento.
Pero el aire se triza en un segundo
cuando el metal la carne reconoce
y el chiste se hace barro en lo profundo.
Ya no hay risa que el grito no destroce,
que la sangre, al manchar el mapa el mundo,
ni entiende de ironía ni de goce.
***
Por el aire de cal viene la luna,
con su polisón de nardos y veneno,
meciendo el odio en el regazo ajeno
como quien muerde el sol en la laguna.
No busca el baile, ni busca fortuna,
sino el metal que duerme en el terreno;
un relincho de sombra bajo el freno,
una mortaja blanca en cada cuna.
¡Ay, qué risa de cuarzo y de cuchillo!
mientras la mofa enciende su ceniza
y el radical olvida su estribillo.
Pero cuando la sangre se desliza,
la luna es un helado calabozo
que ya no tiene gracia, ni tiene gozo.
sábado, 14 de marzo de 2026
Torrente presidente. (Soneto).
Sentado en el Despacho, entre sudores,
con la bragueta abierta y gran descaro,
proclama el «brazo tonto» su amparo:
«¡Hagamos de este Reino algo de amores!».
No hay cumbres ni tratados, solo horrores,
el Farias humea, sale caro,
y al cuerpo diplomático, ¡qué raro!,
le pide un "donativo" entre vapores.
Remplaza el himno patrio por el Fary,
bebe sol y sombra en el senado,
y monta en la Zarzuela un buen sarao.
¡España ya es un gran puticlub vari!
Con el orden del caos bien guardado,
y el honor... en el váter olvidado.
viernes, 13 de marzo de 2026
A los que luchan por la gloria.
En el estribo esquivo de la gloria,
donde el aplauso es eco que se apaga,
hay quien entrega el alma y se consagra
a escribir con su vida su propia historia.
No importa si el Laurel grabó memoria,
o si el silencio en sombras lo naufraga,
que el fuego que en el pecho se propaga
es en sí mismo el triunfo y la victoria.
Pues la verdad, profunda y encendida,
vale más que el asombro de la gente
y justifica el rastro de la herida.
Luchar es el honor del valiente;
que el esfuerzo es la cumbre de la vida,
tengas el mundo o no, frente a tu frente.
jueves, 12 de marzo de 2026
Una canción desesperada.
Me gustas cuando callas porque habitas la niebla,
y mi voz no te alcanza, como el eco en un foso.
Parece que tus ojos se hubieran vuelto piedra
y que un muro de invierno nos guardara en reposo.
El aire de la tarde se detiene en tu aliento,
todo se vuelve pausa, quietud de muelle antiguo.
Eres como la noche que se queda sin viento,
con tu silencio inmenso, lejano y ambiguo.
Me gustas cuando callas porque eres como un mapa
de tierras ignoradas que no puedo cruzar.
Como una luz herida que el ocaso atrapa,
como un secreto frío que se entrega al azar.
Basta entonces un gesto, un leve movimiento,
para saber que existes tras la sombra que habitas.
Y estoy alegre entonces, de que este sentimiento
no necesite voces para estar con las mías.
Me gustas cuando callas porque eres el vacío
que deja la marea cuando olvida la arena.
Tu ausencia es un lenguaje, un invierno de río,
una calma que pesa, que arrastra y encadena.
Te pareces al humo que se pierde en la estancia,
tan presente en el aire, tan imposible al tacto.
Amo esa geografía de la pura distancia,
donde el alma y la sombra sellan su mudo pacto.
No hacen falta palabras para que yo te nombre,
te encuentro en los espejos que no reflejan nada.
Eres el breve asombro que detiene a un hombre
frente a una puerta vieja que permanece cerrada.
Una seña es bastante, un latido que asome,
un naufragio de luz en tu cuerpo de estanque.
Y sonrío al saber que el silencio te tome,
aunque sea un abismo que de mí te desranque.
Emerges del silencio como un resto de nave,
abandonada y sola bajo el cielo sin nombre.
Fuiste el nudo en la garganta y la herida suave,
el rincón de la sombra donde se pierde el hombre.
¡Oh, segadora de ecos! ¡muelle de los temores!
Todo en ti fue una fuga, un partir sin regreso.
Se me escapa tu vida como en los dedos el agua,
y me quedo en la orilla, cargando con tu peso.
Te busqué en los incendios, te busqué en la ceniza,
pero solo hallé el rastro de tu paz de granito.
Tu mudez es el hacha que mi voz descuartiza,
un desierto de frío, un eterno no-grito.
Es la hora de irse. El crepúsculo avanza
quemando los últimos puentes de la memoria.
Se apaga tu silencio, se pudre mi esperanza,
y solo queda el hambre de esta vieja victoria.
Cuestas, borrascas, lobos...
Caminé por sendas largas
con la mano en la de un amigo,
cuestas, borrascas, lobos
y piedras por el camino.
Duele el eco en la distancia
de la risa que se ha ido,
masca el cristal roto
con la planta rajada en el piso.
Me dejaron con mis faltas
en el rincón del olvido,
sin palabras, sin miradas,
con el corazón herido.
Pero el alma se levanta
y busca un nuevo destino;
si la soledad espanta,
el amor propio es mi abrigo.
Ya no busco sus pisadas
ni el favor de lo perdido,
que en las horas más amargas
soy mi mejor incentivo.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Soneto de ser feliz.
Contra el arco de un tiempo enloquecido,
galopa el pulso herido del instante,
donde el metal y el grito del amante
son un jardín de sombra endurecido.
No busques el remanso, que el latido
es un toro de nardo y de diamante,
viva grieta de luz gesticulante
en el caos del viento suspendido.
¡Qué alegría de vidrio y de cadena!
Sentir que el centro mismo de la herida
es una berrea de sal ajena.
Amo este estruendo de ala estremecida,
porque en la furia de la sangre llena
se encuentra el verde quicio de la vida.
***
Ideograma chino de Nieve y Seda
En el vacío blanco, el trazo se detiene,
negra la tinta en el umbral del ala,
un imperio de jade que exhala
el silencio que el tiempo no retiene.
Abanico de seda, donde viene
la bruma que en los montes se descala;
el pincel, en su danza, ni señala
el rastro que la forma no mantiene.
Torre de porcelana en el poniente,
fénix de humo, ausencia de la aurora,
el río es un olvido que se siente.
Nada se nombra, el mundo se evapora:
solo un eco de té, sutil, presente,
en la taza de un siglo que se llora.
***
No preguntes otro motivo.
¿Alguna vez amaste
a quien no te quiso amar?
¿y a quién te amaba
lo ignoraste hasta el final?
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
No preguntes el motivo,
no habrá respuesta al llamar,
mi pecho un nido robado
no hay nada que revelar.
¿Alguna vez amaste
a quien no te convenía?,
y no sacabas agua
mientras el pozo se hundía.
No busques en mi mirada
una luz para guiar,
médanos de oro que pasan
donde nadie ha de habitar.
Ni las promesas me importan,
ni el mundo me hace soñar,
donde baila óxido el satén
solo enseñan a callar.
Somos hermosos y huecos,
como olas sobre el mar,
espirales contra el suelo
al tratar de preguntar.
Si me quedo, hay un suplicio,
si marcho, coche a desbordar,
no controlo el vértigo
no puedo luchar más.
Si me quieres, dímelo,
si no, déjame volar,
con la ala rota y el frío
el viento invita a delirar.
Una vez es doble frío,
otra vez es doble azar,
esta duda que me agita
nadie la podrá calmar.
Ni el derecho ni la ley
me habrán de sujetar,
que yo solo busco el paso
para poderme escapar.
No sé lo que quiero ser,
pero sé qué rechazar,
en las calles del orgullo
solo paseo un claudicar.
¿Debo irme o quedarme?
frenética qué dictar,
el tren descarrila alegre
no lo quiero yo juzgar.
El esqueleto que se niega a caer,
un castillo de naipes soldado,
con andamio una ruina vertical
para ser derribado.
Soy la sombra en la mañana,
un escalofrío de improviso,
un recuerdo de guerra
de una noche en vilo.
Da más Whisky al perro
el espíritu al azar,
que entre ruinas de un imperio
solo viene a despertar.
No busques paz ni orden
en mi forma de mirar,
el edificio en su agonía
solo incita a destrozar.
martes, 10 de marzo de 2026
Homenaje a nuestro adorado Quijote.
Contra el sol de la meseta,
donde el tiempo nace muerto,
camina el hidalgo enjuto
entre el óxido y el desierto.
No es locura lo que habita
en su sien de plata y sueño,
te amo sin esperar nada
ni ningún tipo de despecho.
Si me quedo, hay un suplicio,
si me marcho, hay un pesar,
qué decides entre golpes
no puedo luchar más.
Aquel que sufre el agravio
con la frente siempre erguida,
lo que pasa es por tu culpa
y culpas a la vida.
Cruzas desiertos de alma,
entre médanos de oro,
donde el polvo de los siglos
lee tu alto tesoro.
Como las olas embisten
un toro entre las olas,
nunca te cansaste
de encajar derrotas.
Esa arena que levanta
el galope de su anhelo,
es la escala que proyecta
su miseria hacia el cielo.
Lo mejor de nuestro barro,
la rocaflex del silencio,
tan cansado y tan seguro,
venció el sol al acero.
No es victoria de la espada,
sino el triunfo del intento:
ser la luz que no se apaga
aunque arrase el viento.
Triunfaste estás cansado
triunfaste estás muriendo,
esa arena que levanta
el galope de su anhelo.
El juego siniestro de las nubes.
La nube finge un abrazo
con su luz y recuerdas...
Si al recordar sonries...
entonces valió la pena.
Tapas el sol con tu dedo
y recuerdas como iba y venía
el sol queriendo una huella.
Yo y tú nadie más sabía.
"¿Por qué todas estas lágrimas,
el dolor cursi en su rostro
fuera del taxi?*" te amo
mientras me arrastra el potro.
Qué elegancia la del trueno
que interrumpe mi optimismo;
si el azul parece bueno,
yo sospecho del abismo.
Me seduce el anticiclón
con promesas de verbena,
mientras muerdo mi rencor
por su farsa tan ajena.
Me rindo al azul cobalto,
qué insulto tanta pureza,
mientras mido cada asalto
de mi propia ligereza.
Si el barómetro se eleva,
mi desprecio cobra vida;
no hay tormenta que me mueva
como el sol, esa mentira.
Brilla el orbe, yo bostezo,
qué impostura tan brillante,
un idilio con el rezno
de este estío claudicante.
Qué pesadez el rocío,
qué tedio su llanto leve,
un aspersor con delirio
que hasta las penas me mueve.
Se cree perla el aguacero,
joyería de tejado,
pero es solo un prisionero
de un gris muy mal acabado.
Bendito el fango, qué suerte,
mancillando la pureza,
mientras el alma se invierte
en su propia extrañeza.
Qué mérito el del nublado,
vende drama por goteo,
mientras yo, tan alquilado,
compro su truco feo.
Esa mística de charco
es de un gusto deprimente,
un romántico letargo
para engañar al vidente.
Brindo por la inundación,
que al menos no tiene cura,
ni finge ser la solución
a nuestra humana basura.
Y para el cierre apoteósico,
un brindis con agua turbia,
por este mundo psicótico
que se limpia con la lluvia.
Que caiga el cielo a pedazos,
qué alivio ver el desastre,
mientras nos damos abrazos
con el barro hasta el lastre.
Esa brisa, tan coqueta,
va vendiendo libertad,
arrastra las palmeras
de nuestra mediocridad.
Es un soplo de arrogancia,
puro marketing del aire,
que nos vende su fragancia
con un pésimo donaire.
Que se lleve la techumbre
y nos deje en el pellejo,
para ver si esa costumbre
nos regala un buen espejo.
Busca el sol mi genuflexión,
ese sádico radiante,
que disfruta la erosión
de mi cara de ignorante.
Que se seque hasta el recuerdo,
que la tierra sea ceniza,
en su brillo me reuerdo,
qué delicia su paliza.
Adoro su sed eterna,
su caricia de desierto;
mi alma, que es una taberna,
lo ama por fin... y por muerto.
*de Seamus Heaney.
lunes, 9 de marzo de 2026
El amor que se marchó que se marcha.
En la calle algunos pelean
un rompehielos atrancado,
y el motor con su ruido
ruge y ruge amargado.
No sabemos si acabaremos
en la cárcel entre portazos
no lo sabemos.
En la malla del andamio
crece el miedo en mi garganta,
las palomas de esta angustia
con su sombra me amordaza.
La nube de lluvia en el mar
y la luz no la rescata.
viendo cómo el tiempo corre
una herida que no sana,
Siento el pánico que sube,
mi esperanza está quebrada,
es un bosque de silencios
donde pierdo la pisada.
Aquel pañuelo de seda
que dejaste en la ventana,
hoy es símbolo del nudo
que a mi pecho se abalanza.
Vivo en esta incertidumbre,
con la fe casi agotada,
suplicando por un gesto
que devuelva la mañana.
Es un grito de socorro,
es mi vida que te llama,
pues sin ti todo es ceniza,
soledad amarga y vana.
¿Llegará por fin el día?
¿O seré solo la nada?
Dime pronto que me quieres
en esta noche callada.
La adicción a las pantallas.
Contra un cielo de plomo, enfermo y fatigado,
donde la tele destila el veneno sutil,
arrastras por el sofá tu orgullo de marfil,
en un templo de dunas, por nadie venerado.
¿Por qué besar la mano del ídolo helado
que ignora tu perfume, tu mando y tu perfil?
Si el alma se marchita en este invierno vil,
si no te valoran vete, corazón golpeado.
Huye hacia el horizonte de un sol agonizante,
Busca el hondo abismo la luz o lo que pisa,
donde el Spleen no devore tu favor de diamante
ni el tiempo te encadene a un trono de ceniza.
pero no brindes nunca tu luz y tu colgante
a quien, tu rostro vendido democratiza.
Tan libre.
Créelo o no, en el pecho
asfixio un latido de nadie;
ya no me pesan los pasos,
estoy flotando en el aire.
Como el polen que desprenden
las corolas en la tarde,
cruzo el umbral del olvido
con un impulso constante.
Nunca pensé que podría
sin cadenas sentirme tan grande,
mientras la luz de la aurora
mi piel de sombra deshace.
Voy volando con un ala
y una oración por equipaje,
buscando en el horizonte
el eco de tu mensaje.
Banderas licuadas en el polvo
Banderas licuadas en el polvo
troncos que al mar levanté,
la noche eterna es olvido
de quien grita débil sin fe.
Me llevo los dulces besos,
las caricias que probé,
mi cuerpo lija reseca
se multiplicó sin saber.
Pensaba en ti, pienso en ti,
y en ti siempre pensaré,
aunque el tiempo nos detenga
y solo sombra seré.
El bus se acaba de ir
maldita la despedida,
pensaba tirarme, golpear
ese flash era mi vida.
Maldita sea aquella hora
en que tu luz encontré,
no hubo peleas en las peleas
la verdad...no lo sé.
Se hicieron dueños y amos
en que nos descubrieron sin fe,
desnudos gritando
mientras chillaba el café.
Pronto, señora, en su mundo
lejos de fotos rotas lo sé,
pero me llevo el veneno
de más promesas sin fe.
¿Cuántas casas vimos juntos
la mirada que se fue?
rompías sin fe mis sentidos
cuando más necesitaba la fe.
Los viajes que imaginé
maldito yo que caí,
amas lo que nunca es tuyo,
lo que jamás tendrás de ti.
No armaré humilde un escándalo
de gritos y denuncias,
no perderé ya las formas
del que al fuego no renuncia.
No te diré ya palabra,
al acusado a muerte lo diré
con este silencio amargo
cuando inocente me fugué.
Sonetos.
El Altar de los Desechos.
Leopoldo María Panero.
Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas,
donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo
que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas,
yo buscaba el olvido en un abrazo muerto.
Fui un perro sin cadena, un vago de taberna,
bebiendo de los labios que el azar me ofrecía;
mientras la urbe pulcra, con su moral eterna,
bajo el sol del trabajo su tedio consumía.
Mi vida es un naufragio de carne y de pereza,
un desorden de besos comprados al olvido,
una estepa baldía donde nada bosteza.
Pero al mojar la pluma en el fango vivido,
esa basura es oro, y el caos es pureza:
¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido!
*
Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino,
se pudre la esperanza que nunca fue exceso;
un hambre de horizontes, sin rastro de vino,
ha dejado en mi boca el sabor de un deceso.
No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido,
solo el paso grisáceo de un tiempo prudente;
un cadáver de seda, de metas vencido,
que exhibe su gangrena de forma elocuente.
¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo
donde el oro se oxida sin haber brillado,
y en este desierto de abstemia agonía,
mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo:
la carne del sueño, por fin, se ha podrido
en la casta miseria de mi geometría.
*
Contra un sol negro y frío que el alma devora,
el tedio se arrastra como un reptil viscoso,
y en el pecho, la angustia, cruel vencedora,
clava su estandarte de color cenizoso.
Es un desierto mudo de pálida calma,
donde el deseo muere sin haber pecado;
una lepra de sombra me escala por el alma
mientras miro el futuro, feto abandonado.
Las horas son gotas de bilis y plomo
que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo,
y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo
ante el triunfo del asco, voraz y furtivo.
Soy un viejo paisaje de barro y olvido
donde el eco del éxito suena a gemido.
*
El reloj es un párpado de rosa y de frío
que vigila mi sangre, ya espesa y estancada;
me hundo en el pantano de un sueño baldío,
donde la voluntad es una flor abortada.
No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento,
una hiedra de sombra que los pies me encadena;
soy el mudo testigo de mi propio tormento,
un galeote anclado a una estéril arena.
Mi lengua es un insecto clavado a un madero,
mientras veo el mañana, cadáver que flota,
en el charco de fango que invade mi enero.
La parálisis triunfa, perfecta y devota:
una estatua de carne que exhala veneno
contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.
Carta final de Sid Vicious.
Nancy, mi cadáver exquisito, mi náusea y mi sabiduría de la autodestrucción. Me dejaste aquí, en este escenario de azulejos y sangre, rodeado de buitres que llaman "arte" a nuestra agonía.
El aire de este cuarto apesta a nuestra derrota, pero ¡qué dulce es el hedor del final! Te busco entre las sábanas manchadas y solo hallo el vacío frío de una tumba que aún no tiene mi nombre.
¡Maldita seas tú, madre! Progenitriz de mi miseria, que me amamantaste con ceniza y me enseñaste que el amor es solo una jeringuilla compartida. Tú, que me pariste para el matadero, quédate con tus remordimientos de hojalata mientras yo me convierto en leyenda.
Y a vosotros, multitud de ratas,periodistas, espectadores de mi caída: ¡tragados mi bilis! Nos mirasteis como a dioses heridos mientras solo éramos niños rotos jugando con cuchillos. No hay redención para los que aplauden el incendio. ¡Que vuestras ciudades se pudran y vuestro silencio sea vuestra única herencia!
El veneno ya corre por mis venas como un trueno oscuro. No es una despedida, es una bofetada en el rostro de la eternidad. Mi corazón late su último compás de puro ruido y furia.
¡Mírame, Nancy! Me arranco el alma para que coincida con la tuya. La esquizofrenia y el caos me reclama y yo voy hacia él con una sonrisa de asfalto.
¡Que se hunda el mundo! ¡Que se joda el mañana! ¡Nancy, ábreme las puertas del abismo, que voy a entrar pateándolas!
domingo, 8 de marzo de 2026
Soneto relación entre Rilke y Lou con Salomé.
Contra el estruendo de metal y vía,
va Lou con pies de gacela y de granito,
bebiendo el ruido de la estepa fría
mientras Rainer deshace el infinito.
Crujen ciudades, nidos de ceniza,
donde el amor es un metal que arde;
un viento de caballos los bautiza
en el silencio de la tarde en tarde.
¡Oh, viaje de raíces y de espuela!
Rilke es el ángel que su voz amordaza,
y ella es la tierra que por fin vuela.
Huyen del muro, de la quieta plaza,
hacia un silencio de cuchillo y vela,
donde el destino, salvaje, los abraza.
Sonetos de otra Adolescencia.
Miro el candado, el muro oxidado,
el patio donde el fútbol se ha dormido;
la sirena de amor que, inadvertido,
murió en el labio, mudo y asustado.
Aquel pasillo, hoy mudo y clausurado,
guardó el temblor de un roce no ocurrido,
lo que pudo ser fuego es ya sonido
de un eco que se pierde en el pasado.
La tutora es el cierre repentino,
un paso que no vuelve a la salida,
marcando con herrumbre nuestro sino.
Ya no hay vuelta, ni excusas, ni medida;
se escapa entre los dedos el destino
mientras se apaga el sol de la avenida.
***
Aquel azar dictaba nuestro atuendo,
sin pacto previo ni palabra alguna,
bajo la misma y pálida fortuna
íbamos de un color, casi queriendo.
Tus vaqueros, mi abrigo... comprendiendo
que el alma se buscaba en la laguna
de una moda infantil, que fue la cuna
de un fuego que se fue desvaneciendo.
Hoy miro el instituto, el hierro frío,
y entiendo que la ropa era el lenguaje
de un nudo que se deshizo en el río.
No hay marcha atrás en este breve viaje;
se queda aquel disfraz en el vacío,
mientras la vida cambia de ropaje.
sábado, 7 de marzo de 2026
Hay que olvidarte de ti.
Hay que olvidarte en el humo
que asfixia, con riesgo de morir,
el tranvía, el rascacielo,
todo me recuerda a ti.
Pasa el tiempo como el viento
entre las ramas,
lo que ayer era un deseo
hoy es ceniza que pasa.
Se nos escapa la vida
como el agua sin la acequia,
y el reflejo que distorsiona
nos comfunde con pena.
Sobre la sombra del pilar antiguo,
donde el liquen abraza la piedra,
pasa el tiempo con paso furtivo
el rastro de luz de una estrella.
Esa fuente que canta en el patio
su monótono verso de arena,
es el eco de un siglo cansado
que en el mármol sus horas entrega.
Se deshoja la flor de los años
en el aire que el alma recuerda,
y en los muros, los viejos retratos,
son jirones de una alma que sueña.
Volverán las oscuras gaviotas
a cruzar la penumbra desierta,
donde el tiempo ha dejado su marca
sobre el polvo que el viento recrea.
En el ángulo oscuro del alma,
la guitarra de notas dormidas,
el pasado se rinde al silencio
mientras huye la luz de la vida.
Pasa el viento agitando las hojas
de aquel libro que nadie ya cierra,
y las horas se van, gota a gota,
como el llanto que oculta la tierra.
Todo pasa, mas queda el suspiro
del que sabe que el tiempo no espera;
en la cuerda que vibra al olvido,
el rastro de un sueño se queda.
¿Continuará nuestro amor?
En el bloque de nieve está dormida
una forma que es solo una promesa,
atrapada en su gélida nobleza,
aguardando el latido de la vida.
La mano sigue el rastro de una herida
que el mármol no revela con certeza;
¿será un rastro de luz o de tristeza
la figura en la roca sumergida?
Golpe a golpe, el acero va buscando
ese rostro que aún no tiene nombre,
entre el polvo y el miedo de mi mano.
Y el silencio me sigue preguntando
si nacerá un gigante o solo un hombre,
o si el sueño será trabajo vano.
7452 muertos y solo se recuerda un solo nombre.
"Aquello fue como la expedición a una civilización perdida".
Uno pierde los papeles por una promesa
lejana en la selva en espesura,
y queda como un tonto en la bravura
buscando oro en un rostro que no besa.
¡Qué vana fue la ciega arquitectura!
Lo bello de la ruina queda en nada,
se ofrece como estela en la mañana:
inalcanzable en su mayor altura.
Y al ver que el paso no alcanzó la huella,
ni el ruego despertó la voz dormida,
no queda en el afán rastro de herida.
Sonrío ante el candor de mi querella,
magnánimo al saber que mi locura
fue solo amar la sombra de su hermosura.
****
Al verte así, vibrando en alegría,
se aquieta el mundo y todo cobra calma,
un resplandor se cuela por mi alma
y borra la penumbra de mi día.
No existe paz mayor ni más porfía
que ver cómo tu risa se despalma,
pues cuando el gozo en tu interior se enpalma,
mi propia dicha nace en tu armonía.
Es el mayor tesoro, el más preciado,
mirar tus ojos libres de quebranto,
brillando con el sol más despejado.
Y en este dulce y mágico adelanto,
me quedo en tu refugio, iluminado,
amándote en tu dicha... y no es para tanto.
Siempre amaremos en Nueva York.
Desprecio del tiempo en la altura.
No busca el rascacielos que le hable
tu pena amarga en la ciudad sombría;
él guarda tu anécdota sombra impía
mientras tu vida el tiempo la desfalque.
Al rascacielos no le importa si estás
llorando, de hiel que al cielo desafía,
y en su mudez de altiva cantería
no halla piedad tu llanto hueco de aguarrás.
A quién te ama ama y huye de la historia
médanos de oro tu memoria besa
ansioso como un amante sin gloria.
Pues si el rigor del vidrio no te piensa,
el confuso recordar la memoria
vence a la muerte y su desidia inmensa.
viernes, 6 de marzo de 2026
El dilema de Kurt Gerron.
¿Salvaré mi vida o no?
¿Quién recordará el gueto
frente al lente del horror?,
Kurt camina entre sus muertos
o la vida o el honor.
Camina entre los que va
a traicionar,
entre los que murieron
y los que no volverán.
Vende su genio al salvador,
tras un telón de cartón,
pintando un falso destino
de alegría y de canción.
¿Salvaré mi vida o no?
¿Es traición o es esperanza
beber del cáliz fatal,
si por un año de vida
se firma el pacto mortal?
La dignidad es un peso,
la lealtad un resplandor,
pero el alma se desgarra
bajo el yugo del temor.
¿Salvaré mi vida o no?
Al final de la comedia,
cuando se apaga la luz,
el diablo cobra su deuda
y el actor carga su cruz.
Beso el diablo en su mejilla,
bajo un sol de falsedad,
mientras sus manos tejían
mantos de pura bondad.
¡Qué solo se queda el hombre
con su amarga cobardía!
Buscando entre los escombros
un rayo de luz y vía.
¡Ay, que el tiempo no perdona!
Y en el humo de un vagón,
se deshizo la esperanza
y el latir del corazón.
¿Salvaré mi vida o no?
Vio en los ojos de los niños
el reflejo de su afrenta,
mientras filmaba el engaño
que su propia muerte alienta.
¿Vale un año de suspiros,
de aire infecto y de agonía,
si el alma queda marchita
y el nombre en la ignominia?
Fue su arte un arco iris
sobre un campo de dolor;
murió el hombre, murió el genio,
solo quedó el deshonor.
¿Salvaré mi vida o no?
En los muros del olvido
vuelan sombras de pesar,
son los ecos del que supo
y no pudo ya gritar.
¡Qué carga lleva la espalda
del que al abismo escapó,
viendo que el precio del aire
fue el hermano que cayó!
¿Salvaré mi vida o no?
En el silencio del pecho
late un golpe de metal,
el remordimiento esclava
un puñal de salitre y mal.
¿De qué sirve el cielo limpio
y el pan sobre la mesa hoy,
si el reflejo en el espejo
dice: "Yo vivo, él no soy"?
¿Salvaré mi vida o no?
¿Salvaré mi vida o no?
Es la culpa un perro negro
que no deja de ladrar,
por aquel que vendió el alma
sin poderla rescatar.
Y en las noches de vacío,
cuando el miedo vuelve a estar,
siente el frío de la fosa
el que no supo elegir el mar.
jueves, 5 de marzo de 2026
No creo en el amor, pero quiero verte...
Fue un fuego que en el alma se hizo nudo,
un "siempre" que el destino negó ciego,
aquel amor que, herido por el ruego,
quedó entre las cenizas, sordo y mudo.
Juraba que el adiós sería el crudo
invierno el fin de las alaracas,
me moriré contigo si me matas,
que aquel dolor fue el "lejos" más agudo.
No fue el final, sino el primer peldaño;
la sombra necesaria para verte,
el mapa que trazó tu voz tranquila.
Aquel error que me causaba daño
era el ensayo para merecerte:
mi amor de ayer en mi mirar destila.
Sangre y sudor en el software.
Retuerzo mi memoria RAM en vano,
buscando aquel archivo que perdiste;
eres el link roto que persiste,
un scroll infinito y tan lejano.
Pulsas mi pecho con tu dedo humano,
pero en mi muro solo hay aire triste;
eres el virus que jamás desiste,
el firewall quemándome la mano.
No hay algoritmo que tu ausencia explique,
no creo en el amor pero quiero verte
aunque te sigan mil, te siento sola.
Que mi amor en tu chat se sacrifique:
polvo de datos soy, mas en la muerte
de este feed seré sombra que te implora.
***
De la infancia.
Sobre el sol de la infancia, el tiempo es lento,
un reino de castillos en la arena,
donde el asombro ignora la condena
de aquel reloj que dicta el escarmiento.
Corrimos tras la luz, sin más sustento
que una risa voraz, limpia y ajena;
no había en el pecho sombra ni cadena,
solo el pulso febril del sentimiento.
Mas hoy, el viejo bardo nos advierte:
el mundo es un tablado de oficina
donde el actor olvida su fortuna.
La magia de aquel niño se pervierte,
cambiando la mirada cristalina
por un gris inventario bajo la luna.
martes, 3 de marzo de 2026
Sonetos de la lealtad.
“Paz sin fin, paz verdadera.
Paz que al alba se levante
y a la noche no se muera.” 🕊.
Rafael Alberti.
El código de tu voz no se fragmenta
aunque el ruido del mundo sature el canal,
mi fe no es un algoritmo que inventa
una oferta de afecto transaccional.
No soy cortafuegos de tu alma en crisis,
ni amistad de "un solo uso" y desconexión;
la integridad no admite la parálisis
cuando el sistema entra en modo colisión.
Si el hardware del honor sufre un desahucio
y el brillo del bit es moneda de cambio,
yo seré tu respaldo y tu fiel cautio,
sin que el tiempo genere un amargo recambio.
Que el mundo se apague en su frío vacío,
que yo seré el puerto donde ancle tu navío.
***
El barco se hunde y no busco un tesoro,
sin que me pese el oro donde escuece,
ni quien guarda del bien solo el falso oro,
mientras la fe en la duda desvanece.
La integridad es roca en la tormenta,
que al amigo sostiene en su caída,
no es pacto que el interés alimenta,
sino el norte que guía nuestra vida.
Si el mundo con su engaño nos asedia,
y el oro tienta al alma con su brillo,
la mano firme evita la tragedia,
manteniendo el barco agreste y sencillo.
Si mantienes la calma en la tormenta,
serás el dueño de tu propia cuenta.
***
Muerde el relámpago, no esperes calma,
que la vida es un tajo en el vacío,
un incendio que corre por el río
de esta sangre que busca incendiar el alma.
No busques el refugio ni la palma,
ni el rincón del descanso y el hastío;
prefiere el golpe, el vendaval, el frío,
que la inercia es la muerte que nos calma.
¡Salta! Que el suelo es solo una mentira
y el abismo es la única certeza
donde el valor su propia luz respira.
Vivir es la rocaflex, no la queja,
es la herida que ríe mientras gira
y el corazón que en cada zarza se deja.
***
Esta vez triunfó Babel.
Abre los ojos y el cristal estalla,
un sismo de metal muerde el vacío,
el paisaje lunar rinde al desafío
de esta jungla que tupe lo que encalla.
No es ciudad, es un nervio que ametralla
los témpanos con vértigo y con frío;
un laberinto erguido, un extravío
de luz que en cada muro da batalla.
(Te sientes brizna, sombra, breve nada),
(piensas quién construyó al descubierto),
(qué escala hacia la nube amurallada).
Se yergue a la atmósfera un amuleto,
locura frenética proyectada:
un grito de hormigón que busca el reto.
domingo, 1 de marzo de 2026
Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".
Cofre con el misterio de la muerte.
No me deslumbra el oro en su heredad,
ni el brocado que viste al hombre hueco,
pues la seda es disfraz de la vacuidad
y el lujo no es más que un sonoro eco.
¿De qué sirve el banquete en mesa fría
si el alma no ha sudado su sustento?
Es solo sombra, pompa y alegoría
que se deshace al primer roce del viento.
Prefiero el pan ganado con la mano,
el sueño en lecho que cualquiera pisa,
que aquel tesoro estéril y profano
donde las bombas destruyen ceniza.
Pues más vale el rigor de humilde suerte,
que un cofre con la arena de la muerte...
cofre con el misterio de la muerte.
***
Soneto al Resplandor en la hierba.
El brillo muere y grita como loca,
pasa la verde brisa de tu frente,
un jazmín que se quiebra de repente
y una sombra de sal sobre la boca.
Era el aire de nardo, la luz poca,
en la noche del pulso adolescente;
oro de espuma sobre la corriente
que el filo de la sombra desemboca.
¡Oh, cintura de junco y geometría!
Se nos va por el vado de los ojos
toda la sangre en su melancolía.
Quedan solo del sueño los despojos:
un caballo de arena en la agonía
y un rastro de claveles entre abrojos.
Un cuento a lo Hemingway.
El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía.
—¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio.
El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado.
Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño.
Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos.
—¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río.
Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella.
Pero no. Jamás a él.
Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida.
El pulso: Inexistente.
La respiración: Ausente.
El tiempo: Detenido.
—Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo!
Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito.
De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos.
Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo.
Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande.
Nunca más vendré contigo -pensó.
El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua.
Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo.
El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando.
—¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante.
Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades.
Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió.
En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla.
—Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría.
Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta.
Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas.
***
La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría.
—¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin.
—Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies.
—El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste?
Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo.
—El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver?
—No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar.
—Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo.
Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático.
—Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar.
Sofía sonrió, una curva mínima y cruel.
—Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor.
El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta.
El interrogatorio policial psicológico niños técnica", "procedimiento policial desaparición menores España.
Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor.
Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío.
Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo.
No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia.
Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse.
Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente.
Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua.
—Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos.
Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca.
—Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras.
Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.
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