Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

martes, 31 de marzo de 2026

La calima te obliga a huir.

Bajo el pesado dombo de un cielo de azogue, la calima suspende su sudario de arena; no hay azul que la vista del cautivo serena, ni brisa que este exilio del espíritu ahogue. Es un vaho de siglos, un ámbar que boga trayendo en su naufragio la infancia lejana; el ayer se desdobla tras la parda persiana mientras el horizonte su luz interroga. Todo es flujo borroso, visión malherida, donde el futuro es solo una duna invertida, el desierto borra la huella del payaso. ¡Oh, místico polvo, letargo del viento! Niegas el porvenir con tu vago tormento y dejas al mañana sumido en el ocaso.

Mi hijo muerto ha entrado en mis entrañas.

Las raíces del árbol han roto el suelo ha entrado por mis manos, la savia ha inyectado ciervos en berrea por mis brazos, el árbol desgarró mi pecho – hacia abajo, las ramas me vomitan, como brazos. Mi soledad ante los gritos ante patadas sin mi coz, de aguas grises que succionan mi voz. Eres el musgo de mi soledad el agua creciendo entre las rocas y las buganvillas sin olor que veo en el viento. Los coches avanzan pitan sin memoria ni entierro. Ya no sé qué decirte ni si dudo en mentirte ni qué voló el muerto ni si sabes lo que hiciste. Me tiro del puenting y solo hallo silencio y no tengo fuerzas de saludar a los muertos. Solo silencio en el espejo y algún reproche, de no haber pensado antes los destellos de la noche.

domingo, 29 de marzo de 2026

El asesino de los libros inexistentes.

La sombra y el metal de Elías Quinteros, hombre de una rectitud mineral y una amargura que le servía de brújula, aguardaba en el zaguán. Su justicia no era la de los códigos, sino la del talión: una balanza precisa donde el peso de una vieja afrenta exigía el contrapeso de la sangre. La ciudad era una red de callejones ciegos, una geometría de sombras donde el tiempo parecía haberse detenido en un eterno ayer de rencores. A pocas calles, alguien corría. Era un joven de nombre olvidado, impulsado por el terror de una revelación. Sabía que los enemigos de Quinteros no enviarían a un sicario, sino a una celada. El rumor en los arrabales decía que una mujer, la última de una estirpe de terratenientes caídos —los Acevedo, cuya sola mención evocaba imperios de polvo—, acudiría a él. El joven imaginaba a una deidad de ojos pálidos y piel de nácar, una belleza dinástica capaz de desarmar al hombre más curtido con una sola palabra de arrepentimiento. Lecroy alcanzó el umbral. «¡Quinteros!», gritó, con los pulmones ardiendo. «No la reciba. Es una trampa de su propia estirpe. La belleza es el filo que no se ve». Quinteros no se inmutó. No esperaba una mujer, ni la redención, ni el relumbre de una dinastía. Su amargura era demasiado lúcida para el engaño de la estética. Cuando la puerta finalmente se abrió, no entró una reina destronada, sino el silencio. Quinteros comprendió entonces que la venganza es un espejo: al final del corredor no lo esperaba el otro, sino su propio destino, tan implacable y seco como el desierto. La mujer no era más que un nombre en un mito; la muerte, en cambio, era la única verdad que su justicia merecía. El escenario se desplaza ahora a los interiores de Recoletos, donde el lujo es una forma de la fatiga. Elías Quinteros ya no habita un zaguán, sino una biblioteca de techos altos cerca de la Puerta de Alcalá, un recinto donde los lomos de los libros parecen lápidas de una sabiduría que no alcanza para mitigar su rencor. El joven, tras subir una escalera de mármol que imita el ascenso a un templo olvidado, irrumpe en la estancia. Sus palabras tropiezan con el silencio de Madrid. —¡Quinteros! —exclama, señalando los ventanales que dan a la calle de Alcalá—. He visto el coche. No es un verdugo común. Dicen que es una mujer de la dinastía de los Luján, una belleza que sobrevive a los siglos. Viene a matarlo bajo el disfraz de una tregua. ¡Huya, por Dios! Quinteros, sin apartar la vista de un ejemplar de la Odisea, responde con una voz que parece venir de otro tiempo: —Usted cree en las estirpes y en los rostros, joven. Yo solo creo en la aritmética. He esperado cuarenta años para que el universo salde esta deuda. Que sea una mujer o un espectro de la nobleza es un detalle literario que no altera la suma. —¡Pero es una trampa! —insiste el joven—. Su belleza es el último engaño de sus enemigos. —La belleza —dice Quinteros, poniéndose de pie con una lentitud mineral— es solo otra forma de la simetría. Si ella viene a matarme, no es por odio, sino para cerrar un círculo que nosotros no trazamos. Usted ve una tragedia; yo veo una corrección de estilo. En ese momento, el timbre suena. Es un sonido nítido, casi abstracto. Quinteros camina hacia la puerta con la parsimonia de quien va a un encuentro largamente ensayado. —No la busque en el espejo, joven —susurra antes de abrir—. El olvido es la única venganza, pero yo he cometido el error de recordar demasiado. Al abrirse la hoja de roble, no hay una mujer radiante. Hay una figura envuelta en sombras, cuyo rostro es el vacío. Quinteros sonríe por primera vez: ha comprendido que la "dinastía" era el nombre que el miedo le daba a su propia muerte. Quinteros no retrocedió. Al abrirse la hoja de roble, la figura en la penumbra de Recoletos se materializó en un rostro que el tiempo, en su crueldad, había preservado intacto. No era la descendiente de una dinastía ajena; era Beatriz, el amor que él había sacrificado en el altar de su propia justicia cuarenta años atrás. —Has venido a cobrar el interés de mi amargura —dijo Quinteros, y su voz, antes de piedra, tembló como una hoja en el Retiro—. La belleza no era un arma de mis enemigos, sino el eco de mi propia traición. Ella no habló. El brillo del acero en su mano era una extensión de su mirada fría. Quinteros comprendió la paradoja: para ejecutar su venganza contra el mundo, él se había convertido en el monstruo que justificaba que ella se vengara de él. El perseguidor y el perseguido eran dos puntos de una misma línea que el destino acababa de curvar para formar un círculo perfecto. El joven, desde la sombra de la biblioteca, vio el relámpago del metal. No hubo grito, solo el seco golpe de un cuerpo que cae sobre la alfombra persa, un sonido que Madrid absorbió con indiferencia. Quinteros, en su último segundo, no sintió dolor, sino una revelación intelectual que lo desbordaba: morir a manos de lo único que había amado era la forma más alta de la justicia. Su vida no había sido una serie de hechos, sino un libro que él mismo había escrito para llegar a ese punto final. Al cerrar los ojos, la imagen de la mujer se fundió con el recuerdo de un jardín en el sur, y comprendió que el tiempo no pasa, sino que vuelve sobre sí mismo. Él no moría en Madrid; estaba volviendo a aquel primer beso, pero esta vez, el beso tenía el sabor metálico y eterno de la sangre. El joven, paralizado por el estrépito del cuerpo al caer, se asomó al umbral. No encontró el cadáver de una mujer de alcurnia huyendo por la escalera de mármol, ni el perfume de una dinastía extinguida. Solo vio a Quinteros tendido sobre la alfombra, con el rostro pacificado por una última sonrisa, y un antiguo puñal de plata hundido en su propio pecho. En la mesa de la biblioteca, una carta amarillenta, fechada hace décadas en un Buenos Aires que ya no existe, revelaba la paradoja: la mujer, Beatriz, había muerto mucho antes de que Quinteros iniciara su investigación. El joven no intentó salvar un solo volumen. Comprendió que aquellos libros no eran papel y tinta, sino los barrotes de una celda de rencor que Quinteros había construido durante décadas. Con una parsimonia que le dictó el mismo destino, acercó la llama de un candelabro de plata a las cortinas de terciopelo. El fuego en Recoletos no fue un estrépito, sino una danza geométrica. Las llamas treparon por los anaqueles, devorando primero las ediciones de los clásicos y luego los diarios personales donde Quinteros había anotado, con caligrafía de entomólogo, cada agravio recibido. El humo, denso y cargado de un aroma a cuero viejo y olvido, empezó a borrar las molduras del techo, transformando la sofisticada estancia en una caverna de luz roja. En el centro del incendio, el cuerpo de Quinteros parecía recuperar una dignidad antigua. Las llamas, al consumir la carta de Beatriz, borraron la última prueba de su soledad. El joven bajó la escalera de mármol mientras a sus espaldas la biblioteca se convertía en una pira funeraria. Madrid, afuera, seguía siendo una ciudad de indiferencia y de prisas, ignorante de que en ese piso alto se estaba quemando un universo entero. Al llegar a la calle de Alcalá, el joven sintió el frío de la noche madrileña. Se volvió para mirar por última vez el resplandor en las ventanas. Supo entonces que la verdadera venganza de Quinteros no había sido la muerte, sino ese incendio: el acto final de justicia contra la memoria, dejando tras de sí solo cenizas anónimas y el silencio absoluto de una estirpe que, ahora sí, había dejado de existir. El joven se alejó por la calle de Alcalá, fundiéndose en el anonimato de la multitud que, ajena al drama, buscaba el refugio de los teatros y los cafés. Madrid, con su ruido de tranvías y su prisa de ciudad que no sabe recordar, lo acogió como a un naufrago más. El incendio en Recoletos ya no era una tragedia, sino una noticia de sucesos que el viento de la mañana dispersaría como ceniza. Sin embargo, en el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba un objeto sobreviviente: una pequeña llave de bronce que no abría ninguna puerta física, sino el cajón secreto donde Quinteros guardaba el único retrato de Beatriz que el fuego no alcanzó a devorar. Aquella llave era un peso y una herencia; el joven comprendió que, al salvarla, había condenado su propia memoria a cargar con la amargura de otro. La paradoja era perfecta: el incendio lo había liberado de la biblioteca, pero ese pequeño metal lo convertía en el nuevo guardián de una dinastía de sombras. El joven, cuya cresta de arapahoe teñida de un rojo violento cortaba el aire como un hacha de guerra en mitad de la elegancia de Recoletos, se detuvo ante la verja del Retiro. Su estética, un grito de anarquía y presente, contrastaba con la pesadez de los siglos que Quinteros le había legado en un solo gesto de fuego. Sacó la llave de bronce. No era un objeto funcional; su guarda tenía la forma de un uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo de la eternidad y del retorno circular que Borges tanto habría temido. La llave no abría una puerta, sino que cerraba un laberinto mental. Representaba la autoridad de la amargura, el derecho dinástico a seguir odiando lo que ya no existe. Con un movimiento seco, casi ritual, la lanzó hacia el centro del estanque. El metal cortó la superficie del agua, rompiendo el reflejo de la luna madrileña en mil fragmentos de plata. El joven punk no buscaba la redención de Quinteros, sino su propia limpieza. Al hundirse la llave, se hundió también la última pretensión de que el pasado tiene derecho a gobernar el presente. Se ajustó la cazadora de cuero tachonada, encendió un cigarrillo y se perdió en el anonimato de la noche de Madrid. Ya no era un mensajero de dinastías caídas, sino un hombre sin ayer. El estanque volvió a su quietud de espejo, guardando en su fondo de fango el secreto de una venganza que el fuego no pudo consumir, pero que el olvido, finalmente, logró sepultar. El joven de la cresta roja descendió a las profundidades de la estación de Retiro. El metro de Madrid, con su luz fluorescente y su olor a ozono, era el reverso exacto de la biblioteca de maderas nobles que acababa de arder. Allí, entre el estruendo de los vagones, la paradoja se hizo carne. Sentada en un banco de piedra, una mujer de una belleza anacrónica, vestida con un abrigo de piel que parecía haber pertenecido a una dinastía de zares, lo miraba fijamente. No era un fantasma, sino una coincidencia estadística del azar urbano. Tenía los ojos de la Beatriz que Quinteros había inventado y destruido. El joven sintió el peso fantasma de la llave de uróboros en su bolsillo vacío, una quemadura de frío que le recordaba que nadie escapa del todo a los círculos del tiempo. Ella sonrió, no con amor, sino con la ironía de quien reconoce a un cómplice en un crimen que aún no se ha cometido. El tren llegó, un gusano de metal que devora los minutos, y ella subió sin decir palabra. El joven se quedó en el andén, comprendiendo que el olvido no es una meta, sino un asedio constante. La venganza de Quinteros no era su muerte, sino haberle contagiado la mirada: ahora, en cada rostro bello de la ciudad, él buscaría la sombra de una traición antigua. El epílogo se escribió solo en el aire viciado del túnel: la historia es un libro circular donde los personajes cambian de ropa —crestas de arapahoe por levitas, estaciones de metro por bibliotecas— pero el dolor de la justicia sigue siendo el mismo texto, dictado por un autor que se burla de nuestra sed de alusiones definitivas. El joven no lo pensó. Fue un acto reflejo, una necesidad geométrica de completar el círculo. Saltó al vagón justo antes de que las puertas de acero sellaran el vacío entre ellos. El metro arrancó con un gemido de metal, adentrándose en la negrura de los túneles de Madrid, ese laberinto moderno que corre bajo los cimientos de los palacios y las cenizas de Recoletos. Sentado frente a ella, su cresta de arapahoe se reflejaba en el cristal oscuro, superpuesta al rostro de la mujer. Parecían una sola entidad: el presente agresivo y el pasado dinástico fundidos en un mismo espejismo. Ella no apartó la mirada; sus ojos, de un gris que evocaba tormentas antiguas, parecían leer en el joven no su rebeldía, sino su condena. —La llave que tiraste al estanque —dijo ella, con una voz que era un susurro de seda y navaja— no cierra el pasado. Solo lo sumerge. El joven sintió un escalofrío que no era de este siglo. Comprendió la reflexión final de aquel encuentro: el azar es la máscara que utiliza el destino para no aburrirnos con su implacable rigor. No hay huida posible porque no hay un «afuera» del tiempo. Quinteros, con su amargura de bibliotecario y su justicia de talión, no era un hombre, sino un arquetipo; y él, con su estética de ruido y su desprecio por las estirpes, era simplemente el nuevo actor de una obra que se representa desde que el primer hombre traicionó y el segundo decidió no olvidar. El tren se detuvo en una estación sin nombre. La mujer se levantó y, al pasar a su lado, le rozó el hombro. El joven no la siguió esta vez. Se quedó allí, viendo cómo su figura se perdía en la luz eléctrica del andén, aceptando que el olvido es una forma de la esperanza, pero la memoria es la única verdad que nos constituye. El círculo se había cerrado, y en el centro, solo quedaba el silencio de un Madrid que duerme sobre sus propios fantasmas. El sol comenzó a rajar el cielo de Madrid con un tono cárdeno, sucio de polución y de vigilia. El joven de la cresta roja caminó de vuelta hacia el Retiro, sintiendo el asfalto frío bajo sus botas militares. La ciudad despertaba con el ruido metálico de las persianas de los comercios y el olor a café quemado, una realidad mecánica que ignoraba el incendio de la noche anterior. Llegó a la orilla del estanque. El agua estaba quieta, densa, como un bloque de vidrio que guardaba secretos inconfesables. Se arrodilló sobre la piedra húmeda, buscando con la mirada el punto exacto donde la llave de bronce había roto el espejo horas antes. No había rastro del metal, ni del uróboros, ni de la dinastía de los Luján. Solo vio su propio reflejo: el pelo erizado, la piel pálida por el cansancio y una mirada que ya no era la suya, sino la de alguien que ha comprendido que el pasado no se ahoga, solo espera. Metió la mano en el agua helada, removiendo el fango del fondo con una desesperación física, ruda, alejada de cualquier misticismo. Sus dedos arañaron el lodo, buscando recuperar la llave no para guardarla, sino para destruirla con sus propias manos, para machacar el bronce contra el granito hasta que no quedara forma ni símbolo. Pero el estanque no devolvió nada. El joven se incorporó, con el brazo empapado y temblando de rabia, entendiendo que el vacío que sentía en el pecho era la verdadera herencia de Quinteros. Se alejó del parque mientras los primeros corredores de la mañana pasaban a su lado, sombras anónimas en un mundo que seguía girando. La venganza estaba completa: no había muerto un hombre, se había extinguido un mundo, y él era el único testigo de una ceniza que ya a nadie le importaba. El joven se subió el cuello de la cazadora, ocultando la barbilla entre las tachuelas frías. No volvió la vista atrás. El estanque quedó como un plato de metal gris a sus espaldas, guardando un secreto que ya no le pertenecía. Caminó hacia la Puerta de Alcalá, donde el tráfico empezaba a rugir con la indiferencia de un animal ciego. Se mezcló con los trabajadores que salían del metro, con los barrenderos y con los noctámbulos que arrastraban los restos de la fiesta. Su cresta roja era un destello violento en la luz mortecina del alba, pero pronto no fue más que un punto de color diluido en la marea humana. Ya no era el mensajero de Quinteros ni el guardián de una dinastía de sombras. Era un cuerpo más, un átomo de ruido en el engranaje de Madrid. El anonimato lo envolvió como una mortaja de libertad; el incendio de Recoletos era ahora solo una columna de humo que el viento de la mañana dispersaba sobre los tejados. Al doblar la esquina de la calle Serrano, desapareció por completo, dejando que la ciudad devorara su historia antes de que el sol terminara de salir. El joven no esperó a llegar a su destino. En un callejón estrecho que olía a piedra húmeda y a ozono, se detuvo frente a un contenedor de obra desbordante de escombros. Con movimientos mecánicos, se despojó de la cazadora de cuero tachonada; el peso del metal contra el asfalto sonó como una cadena rota. Se arrancó los parches que lo vinculaban a su propia tribu y los arrojó sobre el polvo de yeso, dejando que la suciedad de Madrid devorara el último rastro de la noche en Recoletos. Se pasó la mano por la cresta de arapahoe, deshaciendo el peinado con una violencia que buscaba borrar no solo el estilo, sino la identidad que había portado mientras ardía la biblioteca. Quedó bajo la luz cruda del alba con una camiseta gris, anónima, despojado de la armadura que lo hacía reconocible. El joven que había visto a Quinteros morir y a la mujer de la dinastía sonreír en el metro ya no existía; solo quedaba un cuerpo cansado buscando el silencio. La ciudad terminó de despertar con un estruendo de motores y cristales. El joven caminó hacia el sol, perdiéndose en el flujo incesante de la Castellana. A sus espaldas, entre los restos de ladrillo y cal, su ropa se convertía en basura, y con ella, la última prueba de que alguna vez hubo una llave, un incendio y una venganza que no le pertenecía. Madrid, implacable, siguió su curso, borrando los nombres de los vivos y de los muertos con la misma indiferencia del viento. Antes de desvanecerse en el flujo de la Castellana, el joven se detuvo un segundo frente al escaparate de una relojería de lujo, una de esas tiendas blindadas que parecen búnkeres de cristal. En el centro de la vitrina, sobre un terciopelo negro que recordaba a la alfombra de la biblioteca, un reloj de arena de diseño minimalista dejaba caer sus granos con una precisión insultante. No miró el mecanismo ni el precio. Miró su propio reflejo en el cristal: la cresta deshecha, la cara manchada de hollín y unos ojos que ya no eran los de un chico que buscaba bronca en los bares de Malasaña, sino los de alguien que ha visto el fin de un mundo. Por un instante, el cristal le devolvió la imagen de Quinteros, viejo y amargado, como si la justicia del tiempo fuera convertir a los testigos en los nuevos protagonistas de la misma tragedia. Escupió al suelo, un gesto rudo que rompió el hechizo de la elegancia del escaparate, y siguió caminando. El reloj de arena siguió su goteo silencioso, midiendo un tiempo que ya no le pertenecía a nadie. Al doblar la esquina de Colón, el joven se topó con un barrendero municipal que manguereaba la acera con una parsimonia de siglos. El chorro de agua golpeó sus botas, limpiando el hollín de Recoletos y el polvo del ladrillo, llevándose los restos de la biblioteca hacia las alcantarillas de Madrid. —Bonito día para empezar de cero, chaval —soltó el hombre sin mirarlo, con una voz ronca que cortó el aire frío de la mañana. El joven no respondió. Se limitó a asentir con un gesto breve, sintiendo cómo el agua helada le calaba los calcetines, un recordatorio físico de que seguía vivo y de que el fuego ya no podía tocarlo. El barrendero siguió con su tarea, borrando las huellas de la noche con la misma eficiencia con la que el tiempo borra las dinastías y los rencores. Caminó unos metros más y se detuvo. El sol ya golpeaba de lleno los cristales de las torres del fondo. El joven se pasó la mano por la cabeza, notando cómo su cresta de arapahoe, ahora lacia y deshecha, caía sobre su frente como una sombra extraña. Ya no era un guerrero, ni un testigo, ni el heredero de una amargura ajena. Miró hacia el horizonte de asfalto y, por primera vez en toda la noche, dejó de buscar el rostro de la mujer o el fantasma de Quinteros. El relato se cerró allí con el sonido del agua corriendo por el sumidero y el rugido sordo de una ciudad que, al despertar, decide que nada de lo ocurrido ha sucedido. Al margen de las sombras de Recoletos y del brillo del acero, el destino del joven de la cresta de arapahoe quedó sellado en ese rincón de la Castellana. Despojado de su armadura de cuero y tachuelas, se dice que no volvió a pisar el centro de Madrid, como si el asfalto de los barrios elegantes quemara tanto como la biblioteca de Quinteros. Algunos dicen que acabó trabajando en los talleres de Renfe en Villaverde, donde el ruido del hierro real apaga los ecos de las dinastías imaginarias. Otros, más propensos a la leyenda urbana, cuentan que aquel que arroja una llave de uróboros al Retiro nunca recupera la paz, pues el tiempo se vuelve una espiral que siempre lo devuelve al mismo punto de partida. Lo cierto es que su nombre, si es que alguna vez tuvo uno más allá de su estética rebelde, se perdió en el anonimato de las fichas policiales y los registros de los bares de madrugada. El joven no fue el heredero de la amargura, sino su última víctima: el hombre que aprendió demasiado pronto que la justicia es un incendio que no distingue entre culpables y testigos.

Sonetos: "La enciclopedia de los inviernos perdidos".

Contra un cielo de azufre y de estancada greda, el rudo paria yace entre el vaho del toro; soñaba con un hijo, un tierno brote de oro, pero el destino es ciego y su risa se enreda. Astas como puñales de una noche aciaga rompieron el silencio de su pecho herido; no hay cuna de madera, solo el ronco berrido y la sangre que muerde como una vieja plaga. En su vientre, la herida es un ojo entreabierto, broma atroz de la parca en el fango del odio: un muñeco de trapo en el flanco del muerto. Rimbaud ríe en la sombra, su verso es el miedo; el antihéroe duerme en el verde manicomio, mientras el toro lame su gloria de enredo. *** Contra un cielo de azufre, el tiempo se detiene, estéril fiera que ataca inútil al mañana; la duda es un reptil que en tu sangre se aviene hoy tus pechos en el asfalto y el frío raspan. Miraste el abismo con pupila lejana, postergando el latido que el vientre mantiene; hoy la cuna es un hueco, una sombra profana, donde el eco de un nombre jamás se sostiene. ¡Oh, herencia de nada! ¡Oh, fúnebre hastío! El hijo que duerme en el limbo del «luego» y muerde la semilla de la carne en membrillo. Tu miedo fue el hacha, tu duda fue hueco el fuego; y en el lecho vacío, de angustia sombrío, solo queda el silencio de un vientre ya ciego. ***

"El metal y la sombra".

En un hotel de la avenida Reforma —esa cicatriz de piedra que pretende ordenar el caos de la Ciudad de México—, un hombre aguarda el fin de su propia arquitectura. Se llama Schüller, un nombre que evoca la precisión técnica, y es, para desgracia de su propia paz, un millonario. Schüller ha leído a Adorno con la voracidad de quien busca un testamento en un manual de instrucciones. Sabe que su conciencia no es suya, sino un producto de la industria cultural, una mercancía que se contempla a sí misma en el espejo del consumo. «El yo es una ficción burguesa», repite mientras observa las luces de la ciudad, «un nudo de prejuicios que la Razón Instrumental ha atado para que el capital tenga un domicilio fijo». Frente a él, sentado en un sillón de cuero que huele a biblioteca y a sangre vieja, está el Asesino. No trae armas visibles, sino una paradoja. El Asesino no busca el dinero, sino la venganza contra la identidad misma. —Usted no existe, Schüller —dice el intruso con una voz que parece un eco de Horkheimer—. Usted es solo el residuo de una alienación que no se reconoce. Matarlo no es un acto de justicia, es una corrección gramatical. Schüller comprende la trampa. Si intenta defenderse, afirma ese «yo» que sabe ilusorio; si se entrega, admite que su vida es solo una pieza reemplazable en el engranaje del sistema. El hotel, con sus pasillos infinitos que imitan el progreso lineal, se convierte en un laberinto donde no hay Minotauro, sino solo espejos enfrentados. El Asesino se pone en pie. Schüller nota que los rasgos del otro son borrosos, como una página mal impresa de Dialéctica de la Ilustración. Comprende entonces la revelación borgeana: el Asesino es su propia conciencia intentando suicidarse para escapar de la totalidad que lo asfixia. No hubo ruido. Solo el silencio de una utopía negativa que se cumple. En la suite vacía de Reforma, el espejo ya no refleja a nadie, pues nadie queda para sostener la ilusión de ser alguien. En la lógica de la Escuela de Frankfurt, el millonario representa el sujeto soberano que la Ilustración prometió, mientras que el asesino es la barbarie que esa misma razón técnica engendró. Schüller dio un paso atrás, pero sus pies se hundieron en la alfombra como si caminara sobre la densa teoría del valor. El Asesino no era un hombre; era el síntoma de una enfermedad que Schüller había financiado con cada inversión. —¡Mátame entonces! —gritó Schüller, y su voz, antes educada en el susurro de los directorios, se quebró con una pasión animal—. ¡Hazlo si crees que bajo este traje de seda hay algo más que el vacío que ustedes teorizan! ¡Si mi conciencia es una mercancía, ven a cobrar tu parte de plusvalía! El Asesino sonrió con una tristeza infinita, una tristeza que parecía haber leído todos los libros que el mundo olvidó quemar. Avanzó hasta que el frío de su presencia anuló el aire acondicionado de la suite. —No hay heroísmo en tu muerte, Schüller —rugió el intruso, tomándolo por las solapas—. Tu pasión es solo el último estertor de la falsa conciencia. Buscas el drama porque no soportas la estadística. Quieres que este asesinato sea un poema, pero solo será un informe de limpieza. ¡Eres el esclavo que ama sus cadenas porque brillan bajo las luces de Reforma! Schüller sintió un odio sagrado, un odio que no era suyo sino de la humanidad entera atrapada en el engranaje. Agarró las manos del verdugo con una fuerza que desmentía su vejez. En ese contacto, la dialéctica se volvió carne: el amo y el esclavo se fundieron en un solo nudo de desesperación. Schüller no quería salvar su vida, quería salvar su derecho a ser un individuo, aunque fuera por un segundo antes del fin. —¡Si muero, el sistema pierde un espejo! —bramó Schüller, las venas de su cuello como cordilleras—. ¡Mi conciencia es este grito, no tus libros! El Asesino sacó un puñal cuya hoja no reflejaba la luz, sino que la absorbía, como una crítica negativa que devora la realidad. —Tú no gritas, Schüller —susurró el verdugo mientras hundía el acero con una precisión quirúrgica, casi burocrática—. El sistema simplemente está cambiando de página. Schüller sintió el frío, pero también una súbita y terrible claridad. Mientras se desplomaba sobre el mármol, comprendió que el asesino no se vengaba de él, sino que lo estaba liberando de la carga de ser un objeto con nombre. Su sangre, roja y real, manchó el suelo de Reforma, siendo lo único en toda la habitación que no podía ser comprado, vendido o teorizado. El Asesino no huyó. Se limitó a caminar hacia la gran cristalera que dominaba Reforma, abriendo el ventanal para que el estruendo de la ciudad —ese motor de combustión y deseo— inundara la habitación. Con un gesto parsimonioso, se despojó de sus guantes y los dejó sobre el cadáver, como quien abandona una herramienta ya inútil. Salió de la suite y se fundió en el flujo de la avenida. No hubo persecución ni sirenas inmediatas; en la sociedad de masas, un hombre que camina con paso firme es invisible. El Asesino se convirtió en un peatón más, una partícula en el torrente de la alienación colectiva. Cruzó frente al Ángel de la Independencia, cuya victoria alada le pareció la más amarga de las ironías de la Razón. Mientras se perdía entre la multitud que salía de las oficinas, comprendió que su acto de justicia no había alterado el mecanismo. Schüller había muerto, pero el capital ya había engendrado a su sucesor en alguna otra suite de algún otro hotel. El Asesino sintió que su propia identidad, forjada solo por el odio al millonario, empezaba a deshilacharse. Sin su víctima, él también dejaba de ser un sujeto. Al final de la calle, se miró en el escaparate de una tienda de lujo. No vio un rostro, sino un reflejo vacío, una silueta que el sistema ya estaba digiriendo. La venganza no lo había liberado; solo lo había devuelto al anonimato de la mercancía. Al día siguiente, la ciudad de México no había cambiado. Las rotativas de los diarios imprimieron el nombre de Schüller en la sección de finanzas antes que en la de nota roja, porque en el mundo de la administración total, un saldo bancario es más real que un cadáver. En el hotel de Reforma, las camareras limpiaron la sangre con una eficiencia mecánica que hubiera deleitado a Frederick Taylor. No hubo rastro de la pasión, ni del odio, ni de la dialéctica que casi incendia la suite. El vacío dejado por el millonario fue llenado en microsegundos por un algoritmo de sucesión; la vacante de su existencia no produjo un eco, sino un simple trámite. El universo, esa vasta industria cultural que no admite silencios, continuó su marcha. El asesinato de Schüller no fue una tragedia, sino una distracción de consumo rápido, un titular que duró lo que tarda en enfriarse un café. La realidad probó ser indiferente a la conciencia: el mundo no necesita de nosotros para seguir funcionando como una máquina perfecta y sin alma. En una nota al pie de un tratado que nadie consultará, el profesor Adorno —o acaso un apócrifo que imitaba su amargura— dejó escrita esta sentencia que hoy clausura la suite de Reforma: «La muerte de un hombre en la era de la técnica no es un final, sino un error de cálculo que el sistema corrige con el silencio; morir es la última forma de consumo, el momento en que el sujeto se entrega, por fin, a la paz absoluta de convertirse en una cosa». Schüller no pensó en esa frase mientras el acero lo atravesaba; la descubrió escrita en el reverso de sus propios párpados. Lo sorprendente no fue la agonía, sino la revelación de que el Asesino no era un intruso, sino un empleado más de su corporación, contratado por él mismo en un olvido selectivo para ejecutar la única orden que el sistema no podía automatizar: el cese de la función. Al desplomarse, Schüller comprendió que su «conciencia» no era más que un error de software en una red perfectamente integrada. El pensamiento de Adorno no fue un recuerdo, sino la última actualización del sistema operativo antes del apagado. Su último suspiro no fue de dolor, sino el alivio del cliente que, tras una vida de consumo, finalmente recibe el producto definitivo: la nada absoluta, libre de impuestos y de identidad. Su cuerpo en el hotel de Reforma quedó como una escultura de la Razón Instrumental: una pieza que, al dejar de pensar, por fin comenzó a encajar perfectamente en el mundo. Al final, no fue un asesinato, sino una auditoría exitosa.

sábado, 28 de marzo de 2026

Un telegrama terrible.

El telegrama llegó con la precisión de una sentencia: "Ven. La puerta está abierta". Gregor GeyGg caminó kilómetros por pasillos que parecían estrechos, aunque el techo se perdía en la penumbra. Al llegar a la casa de su infancia, encontró a su hermana, Ana, sentada frente a una mesa infinita. No se habían hablado en años, por una falta que ninguno recordaba pero que ambos daban por sentada. —Has tardado —dijo ella, sin mirarlo. Sus manos pelaban una fruta que no tenía piel, solo capas infinitas de una pulpa grisácea. —El camino se alargó —respondió él, sentándose. Por un instante, el milagro ocurrió. Ana le tendió un trozo de esa fruta. Al comerla, Gregor sintió que el perdón no era un sentimiento, sino un mecanismo que encajaba. Se rieron de un chiste compartido en la niñez; la luz de la habitación cobró un matiz cálido y la burocracia del rencor pareció archivarse definitivamente. Se abrazaron. El contacto físico fue real, sólido, una reconciliación que borraba cada oficio y cada decreto de soledad. —Me quedaré —susurró él. —Ya te has ido —respondió ella. De pronto, un funcionario con uniforme azul apareció de la nada y colocó un biombo de madera entre ambos. Gregor intentó rodearlo, pero el biombo se extendía a medida que él corría. —¡Ana! —gritó. —La audiencia ha terminado —dijo una voz detrás del panel. Gregor buscó la puerta, pero ahora había cientos de ellas, todas con el nombre de su hermana, pero ninguna se abría con su llave. La reconciliación había sido concedida por error administrativo y, una vez detectado el fallo, el sistema procedió a anularla. Él seguía amándola, y ella a él, pero ahora existía una ley física, un nuevo reglamento del espacio, que prohibía que sus miradas volvieran a coincidir en el mismo plano de la realidad. La reconciliación estaba firmada y sellada, pero el archivo donde se guardaba era, por definición, inalcanzable. ¿Te gustaría que profundice en el sentimiento de culpa de los personajes o prefieres que exploremos el entorno burocrático de la casa? La culpa en Gregor no era un peso, sino una función administrativa. Mientras recorría los pasillos, sentía que su propia existencia era una falta que debía ser justificada ante un tribunal invisible. El perdón de Ana no fue un alivio, sino una evidencia condenatoria: al ser perdonado, se confirmaba que su crimen —aunque desconocido— era real. Por su parte, Ana cargaba con la culpa del verdugo involuntario. Al aceptar la reconciliación, ella había violado una norma tácita de su propio aislamiento. Su mirada final no era de odio, sino de la resignación de quien ha sido "notificada" de que el amor es una irregularidad en el sistema. Ambos se descubrieron culpables de intentar ser felices sin el permiso de la Gran Instancia. Ahora, el castigo no era el rencor, sino la certeza de que su amor era la prueba de su delito. Gregor fue conducido a una habitación sin ventanas donde un hombre de rostro genérico, oculto tras una montaña de expedientes, comenzó el procedimiento. —Usted afirma haber sido perdonado —dijo el funcionario, ajustándose los anteojos—. ¿Podría indicar el artículo exacto de la ley de su hermana que permite tal indulgencia? —No hay artículos —balbuceó Gregor—. Fue un abrazo. El funcionario suspiró, como quien trata con un niño testarudo. —Un abrazo es un gesto técnico que requiere una solicitud previa por triplicado. Si ella lo perdonó sin que usted presentara un inventario detallado de sus ofensas, entonces el perdón es nulo por falta de forma. Y si usted lo aceptó sin conocer sus propios cargos, ha cometido falsedad ideológica. El interrogatorio se volvió un bucle. Cada palabra de afecto que Gregor intentaba recordar era desmenuzada hasta convertirla en una sospecha. "¿Por qué sonrió ella?", "¿Fue una sonrisa de alivio o una de desprecio procesal?", "¿Qué intención oculta tenía usted al aceptar el trozo de fruta?". Pronto, Gregor empezó a dudar de si la reconciliación había ocurrido realmente o si solo fue una estrategia de la fiscalía para obtener una confesión. La culpa crecía: ya no se sentía culpable por lo que le hizo a su hermana, sino por el hecho imperdonable de haber creído, siquiera por un segundo, que podía ser libre de su juicio. El funcionario dejó de escribir. En el silencio opresivo de la sala, se quitó los anteojos y, por primera vez, miró a Gregor de frente. Los ojos, la forma de las cejas, incluso el pequeño tic en la comisura de los labios eran idénticos a los de Ana. No era una imitación; era ella, o una versión de ella procesada por la maquinaria del rencor. —¿No lo entiendes, Gregor? —dijo el funcionario con la voz exacta de su hermana—. Yo soy tu fiscal porque tú me has nombrado. Cada vez que buscas mi perdón, redactas un nuevo cargo en mi contra. Gregor comprendió entonces la trampa: la Ana que lo había abrazado era una irregularidad del pasado, mientras que esta Ana administrativa era la única realidad vigente. El interrogatorio no era para obtener información, sino para que él admitiera que la reconciliación era un atentado contra el orden natural de su distanciamiento. —Entiendo —susurró Gregor, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso como el cemento—. Confieso. Confieso que el abrazo fue un error de cálculo. Confieso que no merezco la entrada, ni la salida, ni el recuerdo. Al firmar el acta, Gregor sintió una extraña paz, la paz de los que ya no esperan nada. El funcionario selló el documento y le señaló una puerta que no conducía a la casa, sino a un pasillo vacío que se perdía en el blanco. Aceptó la condena perpetua: viviría sabiendo que ella estaba al otro lado, pero con la prohibición absoluta de volver a intentar descifrarla. La reconciliación quedó archivada como un caso cerrado por falta de pruebas, y Gregor caminó hacia su destierro, satisfecho de haber cumplido, por fin, con la ley. Gregor comenzó a caminar por el pasillo. Al principio, intentó contar sus pasos, buscando una métrica que le devolviera el sentido del espacio, pero las baldosas se multiplicaban bajo sus pies con una rapidez geométrica. Miró hacia atrás y la puerta del interrogatorio ya no estaba; en su lugar, el pasillo se extendía con la misma monotonía grisácea que hacia adelante. No había bifurcaciones, ni ventanas, ni el eco de otros pasos. La condena no era el dolor, sino la ausencia total de interrupción. Gregor comprendió que ya no era un hombre, sino un expediente en tránsito. Su nombre, sus recuerdos de la infancia y aquel breve sabor de la fruta que Ana le dio, se fueron disolviendo en la atmósfera aséptica del corredor. Se convirtió en un punto errante en un sistema que no necesitaba de finales, solo de una continuidad infinita. Caminó hasta que el concepto de "hermana" fue solo un sonido vacío, una palabra en un idioma que ya nadie hablaba. Se perdió no en la oscuridad, sino en la transparencia absoluta de un lugar donde la reconciliación era, por fin, algo físicamente imposible porque ya no quedaba nadie para ser perdonado.

viernes, 27 de marzo de 2026

Sonetos a Noelia Castillo.

"Solo tengo la verdadera sensación de mí mismo cuando soy insoportablemente infeliz" Kafka. Bajo el peso de un trauma sin medida, Noelia, flor tronchada en su alborada, jirafa en un charco de su fe herida y en silla de metal quedó anclada. ¡Qué injusto es que el dolor dicte el camino, que un juez mida la entraña en tu lamento! Luchaste contra el sueño y el destino del fantasma que persigue tu aliento. Ni la espuela de Dios brilla hueca en tu alma ni el olvido de aquel quinto rellano, sino el grito de un alma que se palma y busca paz en el adiós humano. Vuela ya libre, lejos del juzgado, al fin el infierno que has anhelado. En la penumbra donde el alma oscila, cuando el dolor su herencia hace presente, tu voluntad, Noelia, se perfila como un faro de paz ante la frente. No es la muerte un ladrón que te despoja, sino una mano amiga en la partida; cuando la rama ya no tiene hoja, es un acto de amor soltar la vida. Que el mundo no juzgue tu postrero aliento, ni el sueño que elegiste ante el quebranto, pues es virtud calmar el sufrimiento y dar un fin sereno a tanto llanto. Cierra los ojos, deja que el reposo sea tu puerto dulce y silencioso. En la sombra quedó aquella agresión, veinticinco primaveras mutiladas; Noelia, presa en vil desolación, con las alas de su alma destrozadas. Desde el quinto rellano cayó el vuelo, la silla fue su cárcel y su cruz, buscando en el asfalto o en el cielo la muerte que apagara tanta luz. ¡Qué amarga injusticia, ley de hierro!, negarle el fin a quien solo es herida, forzando en vida un lúgubre entierro en la celda de su carne consumida. Un drama cruel, de soledad y espanto: morir por fin para cesar el llanto.

Hernán Cortés y pantallazos de su gloria.

Los barcos muertos en ostras empeñados ya su suerte, buscan los ojos en pétalos buscando el oro en su muerte. Sus arcas vacías quedan, pero su pecho en astillas, de una ambición que no cabe en escritos y en gavillas. En tu sangre crecen águilas y el cuchillo al mar radas, que un hidalgo sin hacienda sueña en chirrían espadas. ¡Qué solo va por las olas! ¡Qué amargo es su pensamiento! Sabe que el barco que cruza es su tumba o su cimiento. Ya no hay vuelta, que la bruma va borrando el puerto viejo, y el oro en hierro se forjó para marcar un imperio. Barcos que solo se cruzan en la noche sin mirarse, hay que correr en arena para no enterrarse. Verde sueño de los barcos, viento de cal y de arena, el caballo de la mar galopa sin una rienda. Cuchillos de sol amargo le cortan la frente seca, y en el bolsillo del alma la plata se volvió piedra. ¡Ay, Hernán de manos frías, qué noche de sombra negra! Empeñaste hasta los ojos por una tierra de fiera. El barco muerde la espuma, la costa ya le espera con un puñal de obsidiana y una corona de quejas. Suena el metal en el aire, sangre que no tiene dueña, mientras el oro del barco se pudre en la nochebuena. La mariposa muere de sueño se embisten por la ribera, la Judiada ansia uno en uno contra el tigre de la selva. Reluce el peto de hierro bajo la luna gitana, mientras el indio de barro clava su voz en la caña. ¡Qué choque de dos navajas! ¡Qué duelo de soledades! Uno pone sus denarios, el otro, sus deidades. La Malinche, lengua de fuego, va tejiendo la traición, entre un Cristo de madera y un sol hecho de latón. Ya no hay moneda que valga ni hidalgo que tenga sed, que la historia es un romance atado con un cordel. El oro de Moctezuma, fundido en pesadas barras para facilitar su transporte durante la huida, se convirtió en una trampa mortal en los canales de Tenochtitlán. Muchos soldados prefirieron morir ahogados por el peso del botín antes que soltar su carga en la Noche Triste. Hierve el oro en los crisoles, una gualda sangrienta, que el metal tiene mil ojos y una voz que no se calla. Lo fundieron en tinieblas, barras de luna enojada, para que el hidalgo lleve su pecado en la espalda. ¡Ay, qué puente de suspiros! ¡Ay, qué noche de retama! El que más oro llevaba menos camino andaba. Se le hunde el pie en el agua, se le apaga la mirada, mientras el tesoro busca su raíz de barro y plata. En el fondo del canal, donde el pez de sombra nada, duerme el brillo de un imperio bajo una cruz oxidada. El 13 de agosto de 1521, tras un asedio de 93 días, la ciudad de Tenochtitlán cayó definitivamente ante las fuerzas de Cortés y sus aliados indígenas. El asalto final combinó la tecnología naval de los bergantines españoles en el lago de Texcoco con la resistencia desesperada de los mexicas en las últimas calles de Tlatelolco. Aquí tienes el cierre del romance, fundiendo el humo de la pólvora con el aroma ritual del copal (incienso): Humo de humano y de incienso compacta la escalinata, cardiaco el ídolo de piedra que su honor aún lata. Ruge el trueno de la pólvora, toro canibal de metralla, que va rompiendo los pechos sin espuelas el sol no haya. ¡Ay, ciudad de los canales, novia de cristal y plata! Tu mantón de mil colores el hierro de Occidente desata. Ya no suenan los tambores, solo el grito de la espada, y el copal se vuelve luto en la tarde ensangrentada. Cuauhtémoc, clavel cautivo, va por la laguna flaca, mientras el sol, como un disco, en el horizonte se hinca. Se acabó el sueño del oro, la ambición quedó saciada, y el silencio de las ruinas es la última alborada. (Escena en el teocalli en ruinas. La Luna asoma con cara de cuchillo y la Muerte viste de castellana vieja. Cortés limpia su espada con un jirón de seda roja). CORTÉS ¡Ay, qué silencio de cal tiene la noche vencida! El caballo se me duerme en la orilla de la herida. LA MALINCHE (Entrando como una sombra de río) Hernán, que el aire no es aire, que es una mano de escarcha. Se nos murió la alegría en mitad de la desgracia. CORTÉS Vendí mis barcos al viento, puse mi hacienda en la suerte, y ahora tengo por tesoro esta moneda de muerte. LA MUERTE (Cantando desde el fondo) Pólvora blanca de sueño, incienso de sangre fresca, que el imperio de los soles ya es una rosa enhiesta. CORTÉS ¿Ves ese humo que sube? Es mi gloria que se apaga. El oro pesa en el alma como una sombra de daga. LA MALINCHE No llores, señor de barcos, que la tierra ya es tuya, aunque el grito del azteca por tus venas se escabulle. CORO DE SOLDADOS (A lo lejos) ¡El hierro muerde la tierra! ¡La tierra se bebe el hierro! ¡Qué amargo sabe el triunfo en el fondo del destierro! (La escena se oscurece. Un Fuego fatuo baila sobre las ruinas de Tlatelolco. Cuauhtémoc está encadenado frente a un brasero, mientras La Malinche lo mira con ojos de cristal y profecía). CUAUHTÉMOC (Con los pies tocando la brasa) Ya mi reino es de ceniza, mi corona es de tormento, que el hierro del castellano se ha bebido hasta mi aliento. No me duele este dolor, ni esta carne que se quema, me duele el sol que se apaga en mi frente de diadema. LA MALINCHE (Acercándose como una serpiente de seda) ¡Ay, águila que caíste! ¡Ay, tigre de piel dorada! Tu sangre y la de mi dueño serán una misma espada. No es el fin, que es el principio, un río de leche amarga, donde el indio y el hidalgo llevan la misma carga. CUAUHTÉMOC Me pides el oro, Hernán, y el oro ya no es nada, es solo el sudor del mundo en una mano cerrada. LA MALINCHE De tu herida y de su hierro, de la pólvora y la rama, nacerá un pueblo de barro con el alma hecha de llama. Hijos de sombra y de luz, raza de cal y espera, que llevará en el costado una eterna primavera. LA MUERTE (Bailando entre los dos) ¡Gira, moneda de sangre! ¡Gira, rueda de la suerte! Que el Nuevo Mundo ha nacido del beso de la muerte. (Se hace un silencio de piedra. Cortés, ya viejo y olvidado, camina por un olivar de Castilleja de la Cuesta. Viste de negro y arrastra una sombra de barco hundido). CORTÉS ¡Ay, qué amargo es el retiro lejos de la marejada! Tengo las manos de nieve y el alma de barro y plata. Vendí mis viñas de joven, compré un imperio con rabia, y ahora no tengo un camino que me lleve a la Nueva España. LA MUERTE (Vestida de india con mantón de seda) Hernán, no busques el oro, que el oro ya no te llama. Búscate en el hijo rubio que duerme con la mexicana. CORTÉS Mis naves las quemó el tiempo, mi gloria se hizo retama, y aquel dinero que puse se lo tragó la distancia. CORO DE VOCES (Susurrando entre los olivos) ¡El hidalgo se nos muere! ¡El conquistador se apaga! Queda su nombre en el viento como un tajo de navaja. CORTÉS (Cae de rodillas) Me voy con el sol que muere, con la fe de mi estocada. ¡Que me entierren en la tierra donde puse mi pisada! (Cae el telón de terciopelo negro mientras suena un tambor azteca y una guitarra española).

Sonetos entre Dios y el Diablo.

Vendieron el motor, soltaron lastre, dejaron el confort de aquel asiento; que el brillo del metal es solo un cuento si el hijo se nos pierde en el desastre." Vendieron el confort, motor y brillo, dejaron el asfalto en su arrogancia, que no mide el honor la circunstancia no caben en el hierro de un anillo. Lo estable se deshace como el viento en la flor de mil párpados sagrado, y el resto es solo un fútil ornamento. Aunque el camino sea hoy más pesado, el oleaje amplia el mar a contraviento y el náufrago aún no se ha salvado. *** Tan solo lo importante es lo que cuenta, el resto es solo ruido y vano empeño; no pierdas el vigor ni el breve sueño en aquello que el alma no alimenta. Si el golpe del destino te atormenta, resiste con el ánimo firme y ceño, que solo aquel que de su fe es el dueño la cumbre del sentido al fin ostenta. Hay que sufrir el peso del camino, aguantar el dolor, la sed, el fuego, y aceptar con valor nuestro destino. Lo accesorio se olvida pronto y luego, frente al brillo del oro más genuino, todo lo demás sobra en este juego.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"EL ANDÉN DE LO QUE PUDO SER".

Este cielo de ceniza, se apaga el último rayo, el tiempo corre de prisa y el corazón siente el fallo. Tuvimos la mar en calma, el viento a nuestro favor, pero se nos durmió el alma por miedo de un mal mayor. Aquel "te quiero" en el pecho, por cobardía callado, hoy es un muro derecho entre el presente y pasado. ¡Qué amargo sabor de arena deja la mano vacía! Es la puerta que no suena, la luz que nunca sería. Miramos hacia el camino donde el destino se pierde; fuimos nuestro propio sino, yerba seca en valle verde. Y en esta noche de ausencia, donde el "pudo ser" habita, nos dicta la mala conciencia: la gloria no se repite. Contra el frío de la estación, donde el hierro se hace olvido, perdimos la dirección de aquel beso no cumplido. El tren silbó su partida con un estruendo de acero, se fue toda nuestra vida en ese vagón viajero. Quedó el andén solitario, testigo de nuestro error, tachando en el calendario las sombras de nuestro amor. La lluvia moja el cristal de la oportunidad muerta; fuimos un paso fatal ante una abierta puerta. Apareces entre la bruma, como un fantasma de ayer, cuando la esperanza es suma de lo que pudo haber sido. Tus ojos buscan los míos en el tumulto del puerto, borrando al fin los desvíos de aquel destino ya muerto. No importa el tren que se ha ido, ni el tiempo que nos robamos, si el latido no vencido nos dicta que aún estamos. El hierro frío se enciende, la suerte al fin nos abraza; quien su pasado comprende vuelve siempre hacia su casa. Tus manos rozan las mías, pero el hielo nos separa; son tantas las agonías que el tiempo nos grabó en la cara. Buscamos aquel incendio, la llama que nos unía, pero hoy solo es el compendio de una luz gris y vacía. ¿Somos los mismos que antaño o extraños bajo este puente? El reencuentro sabe a daño, a un "tarde" que se siente. Nos miramos fijamente, con el miedo en la mirada, pues se sabe, tristemente, que tras la nada, no hay nada. (Verso) En el puente del olvido, donde el tiempo se detuvo, lo que ayer fue un rugido hoy es sombra de lo que hubo. (Estribillo) ¡Ay, qué tarde llega el "siempre"! ¡Ay, qué frío este reencuentro! Que el perdón no nos encuentre con el alma toda adentro. Las manos que no se unieron hoy son nudos en el viento. (Verso) Nos miramos a los ojos con un miedo que nos quema, recogiendo los despojos de este amor que es anatema. (Estribillo) ¡Ay, qué tarde llega el "siempre"! ¡Ay, qué frío este reencuentro! Que el perdón no nos encuentre con el alma toda adentro. Las manos que no se unieron hoy son nudos en el viento.

Sonetos: "El tercer espejo del laberinto".

Ruge el motor en racha estrepitosa, el claxon muerde el aire con porfía, y nace entre el cemento y la agonía una mole de acero pretenciosa. Abre el comercio su persiana ansiosa buscando el lucro en la mercadería, mientras se pierde esta polifonía en la ciudad mecánica y ruidosa. ¿A quién le importa el ritmo del acento, la rima que se teje con cuidado, frente al martillo que golpea el viento? Sublime el verso surge y es ignorado; muere el soneto en el asfalto lento, por el rugido febril atropellado. *** El tiempo es cauce de piedras abierto un juego de ficciones y de azar, donde pedruscos podían encajar y el horizonte era un jardín desierto. Pero el destino, lúcido y despierto, me vino con sus cuentas a cobrar: oficio y fe que debo sustentar, lejos del verso y del aplauso muerto. La familia es el ancla y el sentido, la obligación el pan de cada día, y el afán de edificio es un ruido. Supe al final que la vida iba en serio: no en la altivez de la vana alegría, sino en el peso de este cautiverio. *** Pasó el tren con su ruido y su premura, dejando solo un eco en el camino; la mano que no asió aquel buen destino hoy no debe cargar con la amargura. Si el tiempo se llevó la arquitectura de un sueño que no fue, de un don divino, no enturbies con lamentos el buen vino ni cambies tu alegría en desventura. Mira el desierto en su extensión de arena: las pirámides siguen todavía, alzando su silencio ante la pena. Lo que se pierde es solo una jornada, pues brilla con la misma luz el día y el alma sigue en pie, nunca derrotada. *** Bajo el peso de un mazo indiferente, se quiebra el cuerpo de callos dolido; el rincón del convento lo perdido, donde el honor se apaga lentamente. Como aquel que ante el golpe inminente no encuentra ya refugio ni rugido, queda el cuerpo en el lodo, sometido, mientras avanza el mundo, indiferente. No hay defensa posible en el abismo si el juicio es un rodar de frío hierro que aplasta la razón con el cinismo. Nace al dolor un silencio de si mismo, callar es desafío al juez al menos cuando nos arrastra sin voz el río.

El oleaje nocturno.

¿A mí wue me importa si le queda aire?, si tiene millones o se le da el baile? Ya se apagan las antorchas, el teatro queda a oscuras, y en el espejo del tiempo mi propio rostro me asusta. ¡Qué lejos queda aquel joven que, con la espada desnuda, quiso asaltar las estrellas y hollar la gloria absoluta! Como un Romeo cansado que ya no escala la altura, busco el calor de otro cuerpo mientras la muerte me arrulla. Amor celeste y rastrero, mezcla de luz y de injuria, es un veneno que calma esta soledad de tumba. La vida iba en serio, ¡ay! La verdad es una furia que desgarra el terciopelo de mi juventud caduca. Ya no hay aplausos, ni rosas, solo esta noche de lluvia, donde el amor es un rastro de ceniza y de amargura. No volveré a ser el dueño de aquella risa tan pura; soy solo un viejo comediante que ante el silencio se angustia. ¡Que me entierren en tus brazos, lejos de la luz diurna, donde el olvido sea el beso que mi tragedia concluya! Inventario de un cuerpo Que la vida iba en serio es la emboscada que el tiempo nos tendió por puro vicio; hoy me asomo, cansado, al precipicio de ver mi juventud ya derrotada. No busco la pasión desesperada ni el beso que nos lleve al sacrificio; el amor es tan solo un ejercicio de piel contra la sombra abandonada. Pandémica es la noche, y el deseo se vende por un rato de compañía, lejos de aquel altar en que creía. La Función Final Ya se apagan las antorchas, el teatro queda a oscuras, y en el espejo del tiempo mi propio rostro me asusta. ¡Qué lejos queda aquel joven que, con la espada desnuda, quiso asaltar las estrellas y hollar la gloria absoluta! Como un Romeo cansado que ya no escala la altura, busco el calor de otro cuerpo mientras la muerte me arrulla. Amor celeste y rastrero, mezcla de luz y de injuria, es un veneno que calma esta soledad de tumba. La vida iba en serio, ¡ay! La verdad es una furia que desgarra el terciopelo de mi juventud caduca. Ya no hay aplausos, ni rosas, solo esta noche de lluvia, donde el amor es un rastro de ceniza y de amargura. No volveré a ser el dueño de aquella risa tan pura; soy solo un viejo comediante que ante el silencio se angustia. ¡Que me entierren en tus brazos, lejos de la luz diurna, donde el olvido sea el beso que mi tragedia concluya! Inventario de un cuerpo Que la vida iba en serio es la emboscada que el tiempo nos tendió por puro vicio; hoy me asomo, cansado, al precipicio de ver mi juventud ya derrotada. No busco la pasión desesperada ni el beso que nos lleve al sacrificio; el amor es tan solo un ejercicio de piel contra la sombra abandonada. Pandémica es la noche, y el deseo se vende por un rato de compañía, lejos de aquel altar en que creía. Comprendo, entre el alcohol y la ironía, Como un viejo galán de un mal trofeo, que ni el cuerpo me queda en la agonía. Acto Final Vine a comerme el mundo, y el banquete era solo mi carne en el cuchillo. Ya no busco el amor, busco un billete que me compre un abrazo en el pasillo. No hay tragedia, ni gloria, ni jinete; solo un cuerpo cansado y sin brillo. Morir es esto: un último juguete rompiéndose en un cuarto muy sencillo. Vine a comerme el mundo, y el banquete era solo mi carne en el cuchillo. Ya no busco el amor, busco un billete que me compre un abrazo en el pasillo. No hay tragedia, ni gloria, ni jinete; solo un cuerpo cansado y sin brillo. Morir es esto: un último juguete rompiéndose en un cuarto muy sencillo.

martes, 24 de marzo de 2026

No me pidas que me aleje.

No me pidas que me aleje, ni que busque otra salida, que no hay miedo que me deje sin el norte de tu vida. El mundo grita "escapa", por temor a la herida, pero el alma no se tapa si se siente protegida. No es valiente el que se olvida ni el que corre hacia el olvido, es quien se queda a medida de lo que juntos hemos sido. Que se rompa la muralla, que se agite el hondo mar, yo no pierdo esta batalla por el miedo de ganar. Aquí planto mi bandera, sin maletas, sin el "luego", que no hay mayor primavera que abrazarse bajo el fuego.

lunes, 23 de marzo de 2026

El Eco en el Desván.

El crujido no vino de la madera vieja, sino de algo mucho más pesado. Julián se quedó inmóvil en la cama, con los ojos clavados en el techo manchado por la humedad. Hacía tres días que se había mudado a la casona de su abuelo y, desde la primera noche, el desván parecía cobrar vida propia. Se puso las pantuflas y subió la escalera de caracol, cuyo metal frío le recordaba a una morgue. Al llegar arriba, la puerta del desván estaba entreabierta. Un olor a ozono y a flores secas inundaba el pasillo. Empujó la madera con la punta de los dedos. Dentro no había nada fuera de lo común: baúles llenos de ropa apolillada, un espejo cubierto por una sábana gris y el silencio denso de los lugares olvidados. Julián suspiró, atribuyendo los ruidos a las tuberías. Pero, al darse la vuelta para salir, el espejo reflejó un movimiento. Él no se había movido. Caminó hacia el espejo y retiró la tela de un tirón. Su propio reflejo lo miraba fijamente, pero había algo mal. El Julián del espejo no parpadeaba. El Julián del espejo tenía una sonrisa que llegaba hasta las orejas, una expresión que él jamás recordaba haber hecho. De repente, su reflejo levantó una mano y golpeó el cristal desde adentro. Toc, toc, toc. El sonido no fue un eco. Fue real. Julián retrocedió, tropezando con un baúl, pero sus ojos no podían apartarse de la superficie plateada. La figura en el espejo comenzó a arañar el vidrio, dejando marcas de garras que aparecían en el aire de la habitación. —Déjame salir —susurró una voz que era la suya, pero que sonaba como si viniera de debajo de la tierra. Julián intentó gritar, pero el aire se le escapó de los pulmones. Vio cómo su propia mano derecha, la de carne y hueso, empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo. Mientras tanto, la figura del espejo cobraba color, volumen y una solidez aterradora. El "otro" atravesó el marco con la facilidad de quien cruza una cortina de agua. Se detuvo frente a un Julián cada vez más pálido y transparente. Con una delicadeza cruel, el intruso le acomodó el cuello de la pijama al Julián real, que ahora flotaba como una sombra sin voz. —Gracias —dijo el impostor con su voz perfecta—. Hacía mucho frío allí dentro. El nuevo Julián bajó las escaleras silbando una melodía antigua, dejando atrás un espejo vacío donde, si se miraba con atención, solo se veía una habitación oscura y un joven invisible golpeando desesperadamente contra un muro de cristal.

domingo, 22 de marzo de 2026

Sonetos.

Atropella ese ceño que me ignora, donde el orgullo frena su sentencia, no busco ya la luz que te devora ni ruego ante tu fría indiferencia. Si tu desprecio pita mi tortura por no tener el brillo del tesoro, verás que no hay en este mundo una virtud que pese más que el propio decoro. Soy dueño de mi paso y mi destino, libre de herrar la rueda en tu cadena, siguiendo de la paz el buen camino. Pues ser tranquilo vale más que el oro, y en la conciencia limpia y sin cadena, hallo el honor que al necio causa lloro. *** Te amo puñal en el pecho siento el vértigo de un edificio que cae y grita y rabia como el muerto en la noche eterna de vidrio. En el rellano impera la sombría pared de mueca en guerra y congelado; ayer eran amigos, hoy, de lado, pasan cargando un saco de apatía. Todo colapsó por una nimiedad: un perro que ladró, luz encendida, o una planta de más, mal atendida, que marchitó su vieja voluntad. Se evitan en el paso del rellano, el ascensor es cripta de hormigón donde alguien se pudre al dar la mano. Y muere en capullo orgullo en su rincón, perdiendo por un roce soberano la paz que da un saludo y el perdón.

Todo eso.

Una amistad humilde y sincera vale más que todos los amores imposibles de la realeza.

La noria eterna del ratón.

Captura esa mezcla de amor devoción platónico, envidia y desesperación: Tras el cristal de mi silencio impío, contemplo el sol que en tu mirada habita, un fuego que jamás será ya mío, un hambre que mi voz nunca ejercita. Mas llega aquel con paso indiferente, a profanar tu luz con su osadía, y roba con un gesto, audaz y ausente, el diario que en mis sueños yo tejía. Él toca con sus manos lo sagrado, y tú le otorgas risas de oro puro, mientras yo, por mi sombra encadenado, muero de sed tras un helado muro. Que el necio goce el fruto en su victoria, mientras yo guardo el templo de tu gloria.

jueves, 19 de marzo de 2026

Soneto a la injusta falta de reconocimiento tras tanto trabajo.

Sobre el arco de una luna de estaño, gime el metal por no encontrar su brillo, mientras el alma, rota en el martillo, bebe el veneno de un silencio extraño. No busques en el ojo del extraño la vara de medir tu propio anillo; el aire es un puñal de filo amarillo que ignora la raíz y el desengaño. ¡Levántate sobre tu propia herida! Que el toro de tu orgullo, en la penumbra, embista la desidia de la vida. Porque si el mundo tu verdad no alumbra, tienes la voz por dentro, estremecida, donde el clavel de tu valor relumbra.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Intentando superar la autodestrucción sin conseguirlo.

Como el poema de Vincent Van Gogh por Clasina María "Sien" Hoornik, y el de Charles Baudelaire por Jeanne Duval. Syd Vicious por Nancy Spungen. Hay amores que solo queman el rastrojo, pero uno disfruta ciego del sol mientras se quema los ojos. Hay amores que queman y te raspan y te arrastran por los pelos, hay gente con los que la vida nunca será justa. Allá ellos. Hay caballos que cabalgan errantes sin sentido, locos, que los devoren las olas, que los apedreen solos. Sobre el palio de la noche, en tu alcoba de agonía, eres torre de granito, negra radiografía. Yo soy niño que te observa, gato lerdo que te espía, mientras muerdes el veneno con rabiosa sangre fría. ¡Oh, giganta de los lodos, de hermosura ya baldía! No busques cielos ni rezos, que la luz no te querría. Tu cuerpo es un precipicio donde el asco se extravía, un altar de carne muerta en perpetua epifanía. Me hundo en tu sombra espesa, en tu herida siempre abierta, donde el vicio cobra vida y la esperanza está muerta. Como el crío que se traga la cicuta más incierta, bebo el pus de tus pecados tras tu bajeza desierta. No hay perdón en tus entrañas, ni en tu boca hay lozanía; solo un pozo de miseria que devora mi alegría. Eres bestia degradada, caos de anatomía, y yo el juguete que busca tu total carnicería. Alzo el pie del precipicio, pero el vértigo me nombra; quiero huir de tu regazo, pero me abraza tu sombra. Soy el gato que regresa a la mano que lo escombra, buscando en tu piel de fango la caricia que me asombra. Juro al alba que te dejo, que mi ruina se termina, pero el aire es un anzuelo que hacia tu asco me encamina. Eres red de hierro viejo, eres zarza, eres espina, y yo el niño que se goza bebiendo tu medicina. Huyo lejos de tu alcoba, de tu risa de granito, pero vuelvo como el reo a su círculo maldito. Mi voluntad es un trapo, mi rescate un fútil grito; caigo siempre en tu veneno, mi desastre favorito. No hay orilla en este mare, no hay salida en este abismo; busco el cielo y solo encuentro tu voraz cataclismo. Me condeno en tus rodillas con el peor de los cinismos: tragarme tu muerte lenta para huir de mí mismo. Se rompe el cielo de azufre sobre el lecho de tu fango, mientras tu cuerpo de mole me sofoca con su rango. Eres tumba de carne viva, yo el insecto en tu fandango, masticando la ponzoña que de tu pecho fue un rastro. Ya no hay aire, solo el peso de tu estampa soberana, una mole de miseria que me aplasta y me engalana. Trago el vidrio del desprecio, la cicuta más profana, y me asfixio en tu regazo como un feto de alcana. Muero niño, muero gato, en tu vientre sin salida, devorado por la sombra de tu vida ya podrida. No hay luz en este naufragio, solo el fin de la partida: ser el barro de tus pies, la basura de tu vida. En el último suspiro, mi garganta se deshace; bebo el resto del veneno para que el horror se enlace. Tú, giganta, ni me miras, mientras mi alma se complace en ser solo el desperdicio donde tu asco se complace.

martes, 17 de marzo de 2026

Sonetos contra el solar del fanatismo.

Contra un cielo de cal y presentimiento, se ríe el bufón con lengua de navaja, mientras la turba el corazón relaja entre la mofa y el escupimiento. Es un juego de espejos y de viento, donde la ira en seda se trabaja; la muerte espera, mansa, en una caja, viendo el festín del odio y el lamento. Pero el aire se triza en un segundo cuando el metal la carne reconoce y el chiste se hace barro en lo profundo. Ya no hay risa que el grito no destroce, que la sangre, al manchar el mapa el mundo, ni entiende de ironía ni de goce. *** Por el aire de cal viene la luna, con su polisón de nardos y veneno, meciendo el odio en el regazo ajeno como quien muerde el sol en la laguna. No busca el baile, ni busca fortuna, sino el metal que duerme en el terreno; un relincho de sombra bajo el freno, una mortaja blanca en cada cuna. ¡Ay, qué risa de cuarzo y de cuchillo! mientras la mofa enciende su ceniza y el radical olvida su estribillo. Pero cuando la sangre se desliza, la luna es un helado calabozo que ya no tiene gracia, ni tiene gozo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Torrente presidente. (Soneto).

Sentado en el Despacho, entre sudores, con la bragueta abierta y gran descaro, proclama el «brazo tonto» su amparo: «¡Hagamos de este Reino algo de amores!». No hay cumbres ni tratados, solo horrores, el Farias humea, sale caro, y al cuerpo diplomático, ¡qué raro!, le pide un "donativo" entre vapores. Remplaza el himno patrio por el Fary, bebe sol y sombra en el senado, y monta en la Zarzuela un buen sarao. ¡España ya es un gran puticlub vari! Con el orden del caos bien guardado, y el honor... en el váter olvidado.

viernes, 13 de marzo de 2026

A los que luchan por la gloria.

En el estribo esquivo de la gloria, donde el aplauso es eco que se apaga, hay quien entrega el alma y se consagra a escribir con su vida su propia historia. No importa si el Laurel grabó memoria, o si el silencio en sombras lo naufraga, que el fuego que en el pecho se propaga es en sí mismo el triunfo y la victoria. Pues la verdad, profunda y encendida, vale más que el asombro de la gente y justifica el rastro de la herida. Luchar es el honor del valiente; que el esfuerzo es la cumbre de la vida, tengas el mundo o no, frente a tu frente.

jueves, 12 de marzo de 2026

Una canción desesperada.

Me gustas cuando callas porque habitas la niebla, y mi voz no te alcanza, como el eco en un foso. Parece que tus ojos se hubieran vuelto piedra y que un muro de invierno nos guardara en reposo. El aire de la tarde se detiene en tu aliento, todo se vuelve pausa, quietud de muelle antiguo. Eres como la noche que se queda sin viento, con tu silencio inmenso, lejano y ambiguo. Me gustas cuando callas porque eres como un mapa de tierras ignoradas que no puedo cruzar. Como una luz herida que el ocaso atrapa, como un secreto frío que se entrega al azar. Basta entonces un gesto, un leve movimiento, para saber que existes tras la sombra que habitas. Y estoy alegre entonces, de que este sentimiento no necesite voces para estar con las mías. Me gustas cuando callas porque eres el vacío que deja la marea cuando olvida la arena. Tu ausencia es un lenguaje, un invierno de río, una calma que pesa, que arrastra y encadena. Te pareces al humo que se pierde en la estancia, tan presente en el aire, tan imposible al tacto. Amo esa geografía de la pura distancia, donde el alma y la sombra sellan su mudo pacto. No hacen falta palabras para que yo te nombre, te encuentro en los espejos que no reflejan nada. Eres el breve asombro que detiene a un hombre frente a una puerta vieja que permanece cerrada. Una seña es bastante, un latido que asome, un naufragio de luz en tu cuerpo de estanque. Y sonrío al saber que el silencio te tome, aunque sea un abismo que de mí te desranque. Emerges del silencio como un resto de nave, abandonada y sola bajo el cielo sin nombre. Fuiste el nudo en la garganta y la herida suave, el rincón de la sombra donde se pierde el hombre. ¡Oh, segadora de ecos! ¡muelle de los temores! Todo en ti fue una fuga, un partir sin regreso. Se me escapa tu vida como en los dedos el agua, y me quedo en la orilla, cargando con tu peso. Te busqué en los incendios, te busqué en la ceniza, pero solo hallé el rastro de tu paz de granito. Tu mudez es el hacha que mi voz descuartiza, un desierto de frío, un eterno no-grito. Es la hora de irse. El crepúsculo avanza quemando los últimos puentes de la memoria. Se apaga tu silencio, se pudre mi esperanza, y solo queda el hambre de esta vieja victoria.

Cuestas, borrascas, lobos...

Caminé por sendas largas con la mano en la de un amigo, cuestas, borrascas, lobos y piedras por el camino. Duele el eco en la distancia de la risa que se ha ido, masca el cristal roto con la planta rajada en el piso. Me dejaron con mis faltas en el rincón del olvido, sin palabras, sin miradas, con el corazón herido. Pero el alma se levanta y busca un nuevo destino; si la soledad espanta, el amor propio es mi abrigo. Ya no busco sus pisadas ni el favor de lo perdido, que en las horas más amargas soy mi mejor incentivo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Soneto de ser feliz.

Contra el arco de un tiempo enloquecido, galopa el pulso herido del instante, donde el metal y el grito del amante son un jardín de sombra endurecido. No busques el remanso, que el latido es un toro de nardo y de diamante, viva grieta de luz gesticulante en el caos del viento suspendido. ¡Qué alegría de vidrio y de cadena! Sentir que el centro mismo de la herida es una berrea de sal ajena. Amo este estruendo de ala estremecida, porque en la furia de la sangre llena se encuentra el verde quicio de la vida. *** Ideograma chino de Nieve y Seda En el vacío blanco, el trazo se detiene, negra la tinta en el umbral del ala, un imperio de jade que exhala el silencio que el tiempo no retiene. Abanico de seda, donde viene la bruma que en los montes se descala; el pincel, en su danza, ni señala el rastro que la forma no mantiene. Torre de porcelana en el poniente, fénix de humo, ausencia de la aurora, el río es un olvido que se siente. Nada se nombra, el mundo se evapora: solo un eco de té, sutil, presente, en la taza de un siglo que se llora. ***

No preguntes otro motivo.

¿Alguna vez amaste a quien no te quiso amar? ¿y a quién te amaba lo ignoraste hasta el final? El esqueleto que se niega a caer, un castillo de naipes soldado, con andamio una ruina vertical para ser derribado. No preguntes el motivo, no habrá respuesta al llamar, mi pecho un nido robado no hay nada que revelar. ¿Alguna vez amaste a quien no te convenía?, y no sacabas agua mientras el pozo se hundía. No busques en mi mirada una luz para guiar, médanos de oro que pasan donde nadie ha de habitar. Ni las promesas me importan, ni el mundo me hace soñar, donde baila óxido el satén solo enseñan a callar. Somos hermosos y huecos, como olas sobre el mar, espirales contra el suelo al tratar de preguntar. Si me quedo, hay un suplicio, si marcho, coche a desbordar, no controlo el vértigo no puedo luchar más. Si me quieres, dímelo, si no, déjame volar, con la ala rota y el frío el viento invita a delirar. Una vez es doble frío, otra vez es doble azar, esta duda que me agita nadie la podrá calmar. Ni el derecho ni la ley me habrán de sujetar, que yo solo busco el paso para poderme escapar. No sé lo que quiero ser, pero sé qué rechazar, en las calles del orgullo solo paseo un claudicar. ¿Debo irme o quedarme? frenética qué dictar, el tren descarrila alegre no lo quiero yo juzgar. El esqueleto que se niega a caer, un castillo de naipes soldado, con andamio una ruina vertical para ser derribado. Soy la sombra en la mañana, un escalofrío de improviso, un recuerdo de guerra de una noche en vilo. Da más Whisky al perro el espíritu al azar, que entre ruinas de un imperio solo viene a despertar. No busques paz ni orden en mi forma de mirar, el edificio en su agonía solo incita a destrozar.

martes, 10 de marzo de 2026

Homenaje a nuestro adorado Quijote.

Contra el sol de la meseta, donde el tiempo nace muerto, camina el hidalgo enjuto entre el óxido y el desierto. No es locura lo que habita en su sien de plata y sueño, te amo sin esperar nada ni ningún tipo de despecho. Si me quedo, hay un suplicio, si me marcho, hay un pesar, qué decides entre golpes no puedo luchar más. Aquel que sufre el agravio con la frente siempre erguida, lo que pasa es por tu culpa y culpas a la vida. Cruzas desiertos de alma, entre médanos de oro, donde el polvo de los siglos lee tu alto tesoro. Como las olas embisten un toro entre las olas, nunca te cansaste de encajar derrotas. Esa arena que levanta el galope de su anhelo, es la escala que proyecta su miseria hacia el cielo. Lo mejor de nuestro barro, la rocaflex del silencio, tan cansado y tan seguro, venció el sol al acero. No es victoria de la espada, sino el triunfo del intento: ser la luz que no se apaga aunque arrase el viento. Triunfaste estás cansado triunfaste estás muriendo, esa arena que levanta el galope de su anhelo.

El juego siniestro de las nubes.

La nube finge un abrazo con su luz y recuerdas... Si al recordar sonries... entonces valió la pena. Tapas el sol con tu dedo y recuerdas como iba y venía el sol queriendo una huella. Yo y tú nadie más sabía. "¿Por qué todas estas lágrimas, el dolor cursi en su rostro fuera del taxi?*" te amo mientras me arrastra el potro. Qué elegancia la del trueno que interrumpe mi optimismo; si el azul parece bueno, yo sospecho del abismo. Me seduce el anticiclón con promesas de verbena, mientras muerdo mi rencor por su farsa tan ajena. Me rindo al azul cobalto, qué insulto tanta pureza, mientras mido cada asalto de mi propia ligereza. Si el barómetro se eleva, mi desprecio cobra vida; no hay tormenta que me mueva como el sol, esa mentira. Brilla el orbe, yo bostezo, qué impostura tan brillante, un idilio con el rezno de este estío claudicante. Qué pesadez el rocío, qué tedio su llanto leve, un aspersor con delirio que hasta las penas me mueve. Se cree perla el aguacero, joyería de tejado, pero es solo un prisionero de un gris muy mal acabado. Bendito el fango, qué suerte, mancillando la pureza, mientras el alma se invierte en su propia extrañeza. Qué mérito el del nublado, vende drama por goteo, mientras yo, tan alquilado, compro su truco feo. Esa mística de charco es de un gusto deprimente, un romántico letargo para engañar al vidente. Brindo por la inundación, que al menos no tiene cura, ni finge ser la solución a nuestra humana basura. Y para el cierre apoteósico, un brindis con agua turbia, por este mundo psicótico que se limpia con la lluvia. Que caiga el cielo a pedazos, qué alivio ver el desastre, mientras nos damos abrazos con el barro hasta el lastre. Esa brisa, tan coqueta, va vendiendo libertad, arrastra las palmeras de nuestra mediocridad. Es un soplo de arrogancia, puro marketing del aire, que nos vende su fragancia con un pésimo donaire. Que se lleve la techumbre y nos deje en el pellejo, para ver si esa costumbre nos regala un buen espejo. Busca el sol mi genuflexión, ese sádico radiante, que disfruta la erosión de mi cara de ignorante. Que se seque hasta el recuerdo, que la tierra sea ceniza, en su brillo me reuerdo, qué delicia su paliza. Adoro su sed eterna, su caricia de desierto; mi alma, que es una taberna, lo ama por fin... y por muerto. *de Seamus Heaney.

lunes, 9 de marzo de 2026

El amor que se marchó que se marcha.

En la calle algunos pelean un rompehielos atrancado, y el motor con su ruido ruge y ruge amargado. No sabemos si acabaremos en la cárcel entre portazos no lo sabemos. En la malla del andamio crece el miedo en mi garganta, las palomas de esta angustia con su sombra me amordaza. La nube de lluvia en el mar y la luz no la rescata. viendo cómo el tiempo corre una herida que no sana, Siento el pánico que sube, mi esperanza está quebrada, es un bosque de silencios donde pierdo la pisada. Aquel pañuelo de seda que dejaste en la ventana, hoy es símbolo del nudo que a mi pecho se abalanza. Vivo en esta incertidumbre, con la fe casi agotada, suplicando por un gesto que devuelva la mañana. Es un grito de socorro, es mi vida que te llama, pues sin ti todo es ceniza, soledad amarga y vana. ¿Llegará por fin el día? ¿O seré solo la nada? Dime pronto que me quieres en esta noche callada.

La adicción a las pantallas.

Contra un cielo de plomo, enfermo y fatigado, donde la tele destila el veneno sutil, arrastras por el sofá tu orgullo de marfil, en un templo de dunas, por nadie venerado. ¿Por qué besar la mano del ídolo helado que ignora tu perfume, tu mando y tu perfil? Si el alma se marchita en este invierno vil, si no te valoran vete, corazón golpeado. Huye hacia el horizonte de un sol agonizante, Busca el hondo abismo la luz o lo que pisa, donde el Spleen no devore tu favor de diamante ni el tiempo te encadene a un trono de ceniza. pero no brindes nunca tu luz y tu colgante a quien, tu rostro vendido democratiza.

Tan libre.

Créelo o no, en el pecho asfixio un latido de nadie; ya no me pesan los pasos, estoy flotando en el aire. Como el polen que desprenden las corolas en la tarde, cruzo el umbral del olvido con un impulso constante. Nunca pensé que podría sin cadenas sentirme tan grande, mientras la luz de la aurora mi piel de sombra deshace. Voy volando con un ala y una oración por equipaje, buscando en el horizonte el eco de tu mensaje.

Banderas licuadas en el polvo

Banderas licuadas en el polvo troncos que al mar levanté, la noche eterna es olvido de quien grita débil sin fe. Me llevo los dulces besos, las caricias que probé, mi cuerpo lija reseca se multiplicó sin saber. Pensaba en ti, pienso en ti, y en ti siempre pensaré, aunque el tiempo nos detenga y solo sombra seré. El bus se acaba de ir maldita la despedida, pensaba tirarme, golpear ese flash era mi vida. Maldita sea aquella hora en que tu luz encontré, no hubo peleas en las peleas la verdad...no lo sé. Se hicieron dueños y amos en que nos descubrieron sin fe, desnudos gritando mientras chillaba el café. Pronto, señora, en su mundo lejos de fotos rotas lo sé, pero me llevo el veneno de más promesas sin fe. ¿Cuántas casas vimos juntos la mirada que se fue? rompías sin fe mis sentidos cuando más necesitaba la fe. Los viajes que imaginé maldito yo que caí, amas lo que nunca es tuyo, lo que jamás tendrás de ti. No armaré humilde un escándalo de gritos y denuncias, no perderé ya las formas del que al fuego no renuncia. No te diré ya palabra, al acusado a muerte lo diré con este silencio amargo cuando inocente me fugué.

Sonetos.

El Altar de los Desechos. Leopoldo María Panero. Recuerdo aquella alcoba de paredes sudadas, donde el olor a Whisky se mezclaba al de un cuerpo que no tenía nombre. Entre sábanas ajadas, yo buscaba el olvido en un abrazo muerto. Fui un perro sin cadena, un vago de taberna, bebiendo de los labios que el azar me ofrecía; mientras la urbe pulcra, con su moral eterna, bajo el sol del trabajo su tedio consumía. Mi vida es un naufragio de carne y de pereza, un desorden de besos comprados al olvido, una estepa baldía donde nada bosteza. Pero al mojar la pluma en el fango vivido, esa basura es oro, y el caos es pureza: ¡Solo en mi libro triunfa lo que en mí está perdido! * Contra un cielo de zinc, pesado y mortecino, se pudre la esperanza que nunca fue exceso; un hambre de horizontes, sin rastro de vino, ha dejado en mi boca el sabor de un deceso. No hubo orgías de sangre ni lánguido olvido, solo el paso grisáceo de un tiempo prudente; un cadáver de seda, de metas vencido, que exhibe su gangrena de forma elocuente. ¡Oh, musa del tedio! Mi herida es un templo donde el oro se oxida sin haber brillado, y en este desierto de abstemia agonía, mi fracaso es un lirio que enfermo contemplo: la carne del sueño, por fin, se ha podrido en la casta miseria de mi geometría. * Contra un sol negro y frío que el alma devora, el tedio se arrastra como un reptil viscoso, y en el pecho, la angustia, cruel vencedora, clava su estandarte de color cenizoso. Es un desierto mudo de pálida calma, donde el deseo muere sin haber pecado; una lepra de sombra me escala por el alma mientras miro el futuro, feto abandonado. Las horas son gotas de bilis y plomo que caen sobre el cráneo con ritmo obsesivo, y el espíritu, exhausto, dobla ya el lomo ante el triunfo del asco, voraz y furtivo. Soy un viejo paisaje de barro y olvido donde el eco del éxito suena a gemido. * El reloj es un párpado de rosa y de frío que vigila mi sangre, ya espesa y estancada; me hundo en el pantano de un sueño baldío, donde la voluntad es una flor abortada. No hay fiebre en mi pulso, solo un hierro lento, una hiedra de sombra que los pies me encadena; soy el mudo testigo de mi propio tormento, un galeote anclado a una estéril arena. Mi lengua es un insecto clavado a un madero, mientras veo el mañana, cadáver que flota, en el charco de fango que invade mi enero. La parálisis triunfa, perfecta y devota: una estatua de carne que exhala veneno contra un cielo de plomo, cobarde y sereno.

Carta final de Sid Vicious.

Nancy, mi cadáver exquisito, mi náusea y mi sabiduría de la autodestrucción. Me dejaste aquí, en este escenario de azulejos y sangre, rodeado de buitres que llaman "arte" a nuestra agonía. El aire de este cuarto apesta a nuestra derrota, pero ¡qué dulce es el hedor del final! Te busco entre las sábanas manchadas y solo hallo el vacío frío de una tumba que aún no tiene mi nombre. ¡Maldita seas tú, madre! Progenitriz de mi miseria, que me amamantaste con ceniza y me enseñaste que el amor es solo una jeringuilla compartida. Tú, que me pariste para el matadero, quédate con tus remordimientos de hojalata mientras yo me convierto en leyenda. Y a vosotros, multitud de ratas,periodistas, espectadores de mi caída: ¡tragados mi bilis! Nos mirasteis como a dioses heridos mientras solo éramos niños rotos jugando con cuchillos. No hay redención para los que aplauden el incendio. ¡Que vuestras ciudades se pudran y vuestro silencio sea vuestra única herencia! El veneno ya corre por mis venas como un trueno oscuro. No es una despedida, es una bofetada en el rostro de la eternidad. Mi corazón late su último compás de puro ruido y furia. ¡Mírame, Nancy! Me arranco el alma para que coincida con la tuya. La esquizofrenia y el caos me reclama y yo voy hacia él con una sonrisa de asfalto. ¡Que se hunda el mundo! ¡Que se joda el mañana! ¡Nancy, ábreme las puertas del abismo, que voy a entrar pateándolas!

domingo, 8 de marzo de 2026

Soneto relación entre Rilke y Lou con Salomé.

Contra el estruendo de metal y vía, va Lou con pies de gacela y de granito, bebiendo el ruido de la estepa fría mientras Rainer deshace el infinito. Crujen ciudades, nidos de ceniza, donde el amor es un metal que arde; un viento de caballos los bautiza en el silencio de la tarde en tarde. ¡Oh, viaje de raíces y de espuela! Rilke es el ángel que su voz amordaza, y ella es la tierra que por fin vuela. Huyen del muro, de la quieta plaza, hacia un silencio de cuchillo y vela, donde el destino, salvaje, los abraza.

Sonetos de otra Adolescencia.

Miro el candado, el muro oxidado, el patio donde el fútbol se ha dormido; la sirena de amor que, inadvertido, murió en el labio, mudo y asustado. Aquel pasillo, hoy mudo y clausurado, guardó el temblor de un roce no ocurrido, lo que pudo ser fuego es ya sonido de un eco que se pierde en el pasado. La tutora es el cierre repentino, un paso que no vuelve a la salida, marcando con herrumbre nuestro sino. Ya no hay vuelta, ni excusas, ni medida; se escapa entre los dedos el destino mientras se apaga el sol de la avenida. *** Aquel azar dictaba nuestro atuendo, sin pacto previo ni palabra alguna, bajo la misma y pálida fortuna íbamos de un color, casi queriendo. Tus vaqueros, mi abrigo... comprendiendo que el alma se buscaba en la laguna de una moda infantil, que fue la cuna de un fuego que se fue desvaneciendo. Hoy miro el instituto, el hierro frío, y entiendo que la ropa era el lenguaje de un nudo que se deshizo en el río. No hay marcha atrás en este breve viaje; se queda aquel disfraz en el vacío, mientras la vida cambia de ropaje.

sábado, 7 de marzo de 2026

Hay que olvidarte de ti.

Hay que olvidarte en el humo que asfixia, con riesgo de morir, el tranvía, el rascacielo, todo me recuerda a ti. Pasa el tiempo como el viento entre las ramas, lo que ayer era un deseo hoy es ceniza que pasa. Se nos escapa la vida como el agua sin la acequia, y el reflejo que distorsiona nos comfunde con pena. Sobre la sombra del pilar antiguo, donde el liquen abraza la piedra, pasa el tiempo con paso furtivo el rastro de luz de una estrella. Esa fuente que canta en el patio su monótono verso de arena, es el eco de un siglo cansado que en el mármol sus horas entrega. Se deshoja la flor de los años en el aire que el alma recuerda, y en los muros, los viejos retratos, son jirones de una alma que sueña. Volverán las oscuras gaviotas a cruzar la penumbra desierta, donde el tiempo ha dejado su marca sobre el polvo que el viento recrea. En el ángulo oscuro del alma, la guitarra de notas dormidas, el pasado se rinde al silencio mientras huye la luz de la vida. Pasa el viento agitando las hojas de aquel libro que nadie ya cierra, y las horas se van, gota a gota, como el llanto que oculta la tierra. Todo pasa, mas queda el suspiro del que sabe que el tiempo no espera; en la cuerda que vibra al olvido, el rastro de un sueño se queda.

¿Continuará nuestro amor?

En el bloque de nieve está dormida una forma que es solo una promesa, atrapada en su gélida nobleza, aguardando el latido de la vida. La mano sigue el rastro de una herida que el mármol no revela con certeza; ¿será un rastro de luz o de tristeza la figura en la roca sumergida? Golpe a golpe, el acero va buscando ese rostro que aún no tiene nombre, entre el polvo y el miedo de mi mano. Y el silencio me sigue preguntando si nacerá un gigante o solo un hombre, o si el sueño será trabajo vano.

7452 muertos y solo se recuerda un solo nombre.

"Aquello fue como la expedición a una civilización perdida". Uno pierde los papeles por una promesa lejana en la selva en espesura, y queda como un tonto en la bravura buscando oro en un rostro que no besa. ¡Qué vana fue la ciega arquitectura! Lo bello de la ruina queda en nada, se ofrece como estela en la mañana: inalcanzable en su mayor altura. Y al ver que el paso no alcanzó la huella, ni el ruego despertó la voz dormida, no queda en el afán rastro de herida. Sonrío ante el candor de mi querella, magnánimo al saber que mi locura fue solo amar la sombra de su hermosura. **** Al verte así, vibrando en alegría, se aquieta el mundo y todo cobra calma, un resplandor se cuela por mi alma y borra la penumbra de mi día. No existe paz mayor ni más porfía que ver cómo tu risa se despalma, pues cuando el gozo en tu interior se enpalma, mi propia dicha nace en tu armonía. Es el mayor tesoro, el más preciado, mirar tus ojos libres de quebranto, brillando con el sol más despejado. Y en este dulce y mágico adelanto, me quedo en tu refugio, iluminado, amándote en tu dicha... y no es para tanto.

Siempre amaremos en Nueva York.

Desprecio del tiempo en la altura. No busca el rascacielos que le hable tu pena amarga en la ciudad sombría; él guarda tu anécdota sombra impía mientras tu vida el tiempo la desfalque. Al rascacielos no le importa si estás llorando, de hiel que al cielo desafía, y en su mudez de altiva cantería no halla piedad tu llanto hueco de aguarrás. A quién te ama ama y huye de la historia médanos de oro tu memoria besa ansioso como un amante sin gloria. Pues si el rigor del vidrio no te piensa, el confuso recordar la memoria vence a la muerte y su desidia inmensa.

viernes, 6 de marzo de 2026

El dilema de Kurt Gerron.

¿Salvaré mi vida o no? ¿Quién recordará el gueto frente al lente del horror?, Kurt camina entre sus muertos o la vida o el honor. Camina entre los que va a traicionar, entre los que murieron y los que no volverán. Vende su genio al salvador, tras un telón de cartón, pintando un falso destino de alegría y de canción. ¿Salvaré mi vida o no? ¿Es traición o es esperanza beber del cáliz fatal, si por un año de vida se firma el pacto mortal? La dignidad es un peso, la lealtad un resplandor, pero el alma se desgarra bajo el yugo del temor. ¿Salvaré mi vida o no? Al final de la comedia, cuando se apaga la luz, el diablo cobra su deuda y el actor carga su cruz. Beso el diablo en su mejilla, bajo un sol de falsedad, mientras sus manos tejían mantos de pura bondad. ¡Qué solo se queda el hombre con su amarga cobardía! Buscando entre los escombros un rayo de luz y vía. ¡Ay, que el tiempo no perdona! Y en el humo de un vagón, se deshizo la esperanza y el latir del corazón. ¿Salvaré mi vida o no? Vio en los ojos de los niños el reflejo de su afrenta, mientras filmaba el engaño que su propia muerte alienta. ¿Vale un año de suspiros, de aire infecto y de agonía, si el alma queda marchita y el nombre en la ignominia? Fue su arte un arco iris sobre un campo de dolor; murió el hombre, murió el genio, solo quedó el deshonor. ¿Salvaré mi vida o no? En los muros del olvido vuelan sombras de pesar, son los ecos del que supo y no pudo ya gritar. ¡Qué carga lleva la espalda del que al abismo escapó, viendo que el precio del aire fue el hermano que cayó! ¿Salvaré mi vida o no? En el silencio del pecho late un golpe de metal, el remordimiento esclava un puñal de salitre y mal. ¿De qué sirve el cielo limpio y el pan sobre la mesa hoy, si el reflejo en el espejo dice: "Yo vivo, él no soy"? ¿Salvaré mi vida o no? ¿Salvaré mi vida o no? Es la culpa un perro negro que no deja de ladrar, por aquel que vendió el alma sin poderla rescatar. Y en las noches de vacío, cuando el miedo vuelve a estar, siente el frío de la fosa el que no supo elegir el mar.

jueves, 5 de marzo de 2026

No creo en el amor, pero quiero verte...

Fue un fuego que en el alma se hizo nudo, un "siempre" que el destino negó ciego, aquel amor que, herido por el ruego, quedó entre las cenizas, sordo y mudo. Juraba que el adiós sería el crudo invierno el fin de las alaracas, me moriré contigo si me matas, que aquel dolor fue el "lejos" más agudo. No fue el final, sino el primer peldaño; la sombra necesaria para verte, el mapa que trazó tu voz tranquila. Aquel error que me causaba daño era el ensayo para merecerte: mi amor de ayer en mi mirar destila. Sangre y sudor en el software. Retuerzo mi memoria RAM en vano, buscando aquel archivo que perdiste; eres el link roto que persiste, un scroll infinito y tan lejano. Pulsas mi pecho con tu dedo humano, pero en mi muro solo hay aire triste; eres el virus que jamás desiste, el firewall quemándome la mano. No hay algoritmo que tu ausencia explique, no creo en el amor pero quiero verte aunque te sigan mil, te siento sola. Que mi amor en tu chat se sacrifique: polvo de datos soy, mas en la muerte de este feed seré sombra que te implora. *** De la infancia. Sobre el sol de la infancia, el tiempo es lento, un reino de castillos en la arena, donde el asombro ignora la condena de aquel reloj que dicta el escarmiento. Corrimos tras la luz, sin más sustento que una risa voraz, limpia y ajena; no había en el pecho sombra ni cadena, solo el pulso febril del sentimiento. Mas hoy, el viejo bardo nos advierte: el mundo es un tablado de oficina donde el actor olvida su fortuna. La magia de aquel niño se pervierte, cambiando la mirada cristalina por un gris inventario bajo la luna.

martes, 3 de marzo de 2026

Sonetos de la lealtad.

“Paz sin fin, paz verdadera. Paz que al alba se levante y a la noche no se muera.” 🕊. Rafael Alberti. El código de tu voz no se fragmenta aunque el ruido del mundo sature el canal, mi fe no es un algoritmo que inventa una oferta de afecto transaccional. No soy cortafuegos de tu alma en crisis, ni amistad de "un solo uso" y desconexión; la integridad no admite la parálisis cuando el sistema entra en modo colisión. Si el hardware del honor sufre un desahucio y el brillo del bit es moneda de cambio, yo seré tu respaldo y tu fiel cautio, sin que el tiempo genere un amargo recambio. Que el mundo se apague en su frío vacío, que yo seré el puerto donde ancle tu navío. *** El barco se hunde y no busco un tesoro, sin que me pese el oro donde escuece, ni quien guarda del bien solo el falso oro, mientras la fe en la duda desvanece. La integridad es roca en la tormenta, que al amigo sostiene en su caída, no es pacto que el interés alimenta, sino el norte que guía nuestra vida. Si el mundo con su engaño nos asedia, y el oro tienta al alma con su brillo, la mano firme evita la tragedia, manteniendo el barco agreste y sencillo. Si mantienes la calma en la tormenta, serás el dueño de tu propia cuenta. *** Muerde el relámpago, no esperes calma, que la vida es un tajo en el vacío, un incendio que corre por el río de esta sangre que busca incendiar el alma. No busques el refugio ni la palma, ni el rincón del descanso y el hastío; prefiere el golpe, el vendaval, el frío, que la inercia es la muerte que nos calma. ¡Salta! Que el suelo es solo una mentira y el abismo es la única certeza donde el valor su propia luz respira. Vivir es la rocaflex, no la queja, es la herida que ríe mientras gira y el corazón que en cada zarza se deja. *** Esta vez triunfó Babel. Abre los ojos y el cristal estalla, un sismo de metal muerde el vacío, el paisaje lunar rinde al desafío de esta jungla que tupe lo que encalla. No es ciudad, es un nervio que ametralla los témpanos con vértigo y con frío; un laberinto erguido, un extravío de luz que en cada muro da batalla. (Te sientes brizna, sombra, breve nada), (piensas quién construyó al descubierto), (qué escala hacia la nube amurallada). Se yergue a la atmósfera un amuleto, locura frenética proyectada: un grito de hormigón que busca el reto.

domingo, 1 de marzo de 2026

Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".

Cofre con el misterio de la muerte. No me deslumbra el oro en su heredad, ni el brocado que viste al hombre hueco, pues la seda es disfraz de la vacuidad y el lujo no es más que un sonoro eco. ¿De qué sirve el banquete en mesa fría si el alma no ha sudado su sustento? Es solo sombra, pompa y alegoría que se deshace al primer roce del viento. Prefiero el pan ganado con la mano, el sueño en lecho que cualquiera pisa, que aquel tesoro estéril y profano donde las bombas destruyen ceniza. Pues más vale el rigor de humilde suerte, que un cofre con la arena de la muerte... cofre con el misterio de la muerte. *** Soneto al Resplandor en la hierba. El brillo muere y grita como loca, pasa la verde brisa de tu frente, un jazmín que se quiebra de repente y una sombra de sal sobre la boca. Era el aire de nardo, la luz poca, en la noche del pulso adolescente; oro de espuma sobre la corriente que el filo de la sombra desemboca. ¡Oh, cintura de junco y geometría! Se nos va por el vado de los ojos toda la sangre en su melancolía. Quedan solo del sueño los despojos: un caballo de arena en la agonía y un rastro de claveles entre abrojos.

Un cuento a lo Hemingway.

El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía. —¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio. El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado. Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño. Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos. —¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río. Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella. Pero no. Jamás a él. Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida. El pulso: Inexistente. La respiración: Ausente. El tiempo: Detenido. —Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo! Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito. De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos. Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo. Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande. Nunca más vendré contigo -pensó. El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua. Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo. El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando. —¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante. Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades. Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió. En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla. —Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría. Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta. Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas. *** La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría. —¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin. —Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies. —El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste? Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo. —El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver? —No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar. —Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo. Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático. —Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar. Sofía sonrió, una curva mínima y cruel. —Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor. El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta. El interrogatorio policial psicológico niños técnica", "procedimiento policial desaparición menores España. Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor. Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío. Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo. No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia. Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse. Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente. Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua. —Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos. Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca. —Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras. Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.