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Alicia atraída por la madriguera
domingo, 1 de marzo de 2026
Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".
Cofre con el misterio de la muerte.
No me deslumbra el oro en su heredad,
ni el brocado que viste al hombre hueco,
pues la seda es disfraz de la vacuidad
y el lujo no es más que un sonoro eco.
¿De qué sirve el banquete en mesa fría
si el alma no ha sudado su sustento?
Es solo sombra, pompa y alegoría
que se deshace al primer roce del viento.
Prefiero el pan ganado con la mano,
el sueño en lecho que cualquiera pisa,
que aquel tesoro estéril y profano
donde las bombas destruyen ceniza.
Pues más vale el rigor de humilde suerte,
que un cofre con la arena de la muerte...
cofre con el misterio de la muerte.
***
Soneto al Resplandor en la hierba.
El brillo muere y grita como loca,
pasa la verde brisa de tu frente,
un jazmín que se quiebra de repente
y una sombra de sal sobre la boca.
Era el aire de nardo, la luz poca,
en la noche del pulso adolescente;
oro de espuma sobre la corriente
que el filo de la sombra desemboca.
¡Oh, cintura de junco y geometría!
Se nos va por el vado de los ojos
toda la sangre en su melancolía.
Quedan solo del sueño los despojos:
un caballo de arena en la agonía
y un rastro de claveles entre abrojos.
Un cuento a lo Hemingway.
El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía.
—¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio.
El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado.
Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño.
Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos.
—¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río.
Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella.
Pero no. Jamás a él.
Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida.
El pulso: Inexistente.
La respiración: Ausente.
El tiempo: Detenido.
—Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo!
Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito.
De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos.
Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo.
Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande.
Nunca más vendré contigo -pensó.
El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua.
Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo.
El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando.
—¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante.
Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades.
Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió.
En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla.
—Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría.
Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta.
Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas.
***
La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría.
—¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin.
—Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies.
—El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste?
Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo.
—El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver?
—No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar.
—Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo.
Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático.
—Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar.
Sofía sonrió, una curva mínima y cruel.
—Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor.
El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta.
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Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor.
Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío.
Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo.
No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia.
Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse.
Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente.
Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua.
—Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos.
Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca.
—Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras.
Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.
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