Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
lunes, 26 de octubre de 2026
LAS VÍAS CALIENTES DE ÓXIDO DEL TREN.
La noticia abría el telediario: durante la berrea, un ciervo se había quedado atrapado en las vías y el tren se lo había llevado por delante. Los pasajeros apenas habían notado un leve impacto; lo confundieron con un obstáculo insignificante pero el sonido de la berrea los desconcertó.
A kilómetros de allí, la tarde de Madrid se deshacía en una llanura de calor vertical. El hombre masticaba el pollo frío sentado al borde de la cama, despegando la carne del hueso con la paciencia minuciosa de un verdugo o de un geómetra. El olor a grasa y a madera vieja reducía la habitación del hostal a los límites de una celda.
—No digas gilipolleces —dijo el hombre. ¡Tú te vas y punto!
El chico miraba por la ventana el patio de luces, un abismo rectangular de ropa tendida y silencios ajenos. En el bolsillo, sus dedos oprimían una bujía gastada, un laberinto de hierro y rosca que era su único mapa del mundo.
—Tengo miedo —dijo el chico—. Debería marcharme. Huir de todo esto. Quedarme a vivir como un vagabundo en las calles. Mientras tanto pensaba en el ciervo aplastado como una apisonadora.
—No digas tonterías.
—Me hubiese gustado ir a la Puerta del Sol —dijo el chico, buscando una distracción en la historia inmediata—, pero con la acampada de los perroflautas no sé.
El hombre no contestó. Se limpió los dedos en los vaqueros con un ademán definitivo.
—Te tienes que ir al aeropuerto para volver a Las Palmas —dijo—. Tu hermana ya debe de estar con los tíos en el norte. Su tren salía antes.
Salieron al laberinto de la ciudad. En la estación de Atocha el tiempo parecía fragmentarse. La multitud era un río espeso y los paneles de horarios, al cambiar, emitían el tableteo seco de una ametralladora, dictando los destinos con la indiferencia de los dioses antiguos. El invernadero central acumulaba un aire denso, casi sagrado; las hojas tropicales permanecían inmóviles, como pintadas en un lienzo eterno.
El café humeaba en el vaso de cartón. El hombre bebió un sorbo. La superficie del líquido osciló, revelando un brillo denso que no era de agua, sino de alcohol de farmacia.
—Valdenuño Fernández estará tranquilo —dijo el hombre, mirando la fila de taxis bajo el sol—. No vas a dejar a tu hermana sola. Eso es de ser un canalla. Además me avisaste tarde. Ya no hay tiempo para el instituto ni para nada. Limpié la casa pequeña. La que da al huerto. Estaremos bien allí estas semanas.
—Quiero quedarme contigo en Madrid —dijo el chico.
El chico no miraba al hombre, miraba las letras electrónicas del panel, que eran otra forma del destino. Pensaba en Inma. Inma no era la hermana pequeña que el hombre imaginaba en su ceguera; era la hermana mayor, un ser que habitaba un territorio más complejo y oscuro. En su último encuentro, el cuerpo de Inma sugería el rigor de un secreto compartido: la sospecha de un embarazo, la gravidez de un tiempo que no debía florecer. Ella quería abortar. El responsable era un hombre mayor, un espectro cuya identidad el chico prefería no descifrar para no perder el orden del mundo. El chico no sabía cómo sobrellevar ese peso, el rigor de esa interrupción, ni la sombra de aquel hombre que triplicaba su edad. Madrid era la única plaza donde ese secreto podía disolverse.
—Ella prefiere el norte —dijo el chico, intentando desviar el curso de la fatalidad.
—Tienes que volver en septiembre —dijo el hombre. Su tono era plano, desértico—. Hay que ayudar con la casa de la ciudad. Tu hermana sola no puede.
—Ella no se entera de nada cuando se encierra —dijo el chico, aunque sabía que el encierro de Inma no era indiferencia, sino el método para ocultar el crecimiento de su propia tragedia.
El hombre apretó el vaso de cartón. El plástico crujió.
— Alfonso, es tu madre —dijo el hombre.
Esa frase era una sentencia. El chico se agachó para simular que ataba los cordones de sus botas. Abajo, el aire olía a gasoil y a la limpieza estéril de los hospitales. Recordó las cajas de pastillas que cambiaban de color en la cocina de su madre, las persianas bajadas a mediodía para abolir el mundo exterior, el silencio que se instalaba en el salón en cuanto él cruzaba el umbral.
Si volvía en septiembre, la casa sería el mismo museo de la decadencia. Pensó entonces en la bujía, en el taller de motos del pueblo, en el aceite negro que purifica las manos y en el estruendo de los motores que anula cualquier memoria. Junto al huerto, el aire no pesaba. Quería limpiar carburadores, quería el olvido.
—Allí hay sitio —insistió el chico, incorporándose—. En la casa pequeña cabemos los dos. Puedo buscar algo de trabajo en el taller. El mecánico me conoce.
El hombre miró el reloj de la estación. Las agujas avanzaron con un golpe seco, como el hacha que divide el pasado del porvenir.
—El equipaje ya está facturado —dijo el hombre.
Caminaron hacia la vía cuatro. La multitud los separaba y los unía a la vez. Al llegar al control de billetes, el hombre no ejecutó la farsa del abrazo. Dejó caer la bolsa de lona junto a las botas del chico, le puso una mano áspera en el hombro —un contacto breve, casi abstracto— y le dio la espalda.
—Sube al tren —dijo el hombre sin mirar atrás—. Tu hermana te espera en el aeropuerto con Marisol.
El chico se quedó inmóvil junto a la valla de hierro. Sacó la mano del bolsillo. La rosca de la bujía había dejado una marca roja, profunda y circular en su palma, como un estigma o una moneda antigua. Vio la espalda del hombre perderse en el tumulto que subía hacia la calle, hacia el calor definitivo de la tarde madrileña.
El chico recogió la bolsa de lona y caminó solo hacia el andén, sabiendo que cada paso lo alejaba de Madrid y lo acercaba al invierno de septiembre.
El chico subió al vagón y buscó el asiento que el azar o el destino le habían asignado en el billete. Apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla. Mientras el tren abandonaba los andenes de Atocha con un temblor metálico, la imagen de Madrid empezó a disolverse en la ventanilla, convirtiéndose en el escenario de un drama secreto que él no alcanzaba a descifrar.
Pensó en Inma. Pensó que el nombre de su hermana, como todos los nombres humanos, era apenas un simulacro para designar un abismo insondable. Ella era su hermana mayor, pero ahora le parecía un personaje habitante de una mitología ajena y terrible. En su memoria, el cuerpo de Inma ya no era el que recordaba de la infancia; era ahora el contenedor de un tiempo bifurcado, la geometría de un laberinto biológico que crecía en la sombra. Un hijo. O la posibilidad de un hijo. La mera idea le pareció una de esas paradojas lógicas que Borges solía atribuir a los teólogos de la antigüedad: un ser que es y no es a la vez, una vida futura que un acto médico estaba a punto de borrar del mapa de los hechos posibles.
Recordó el susurro de ella en la penumbra del pasillo, días atrás. La revelación no había tenido la estridencia de las tragedias cotidianas, sino el rigor de una sentencia geométrica. Inma quería abortar. Decía que aquel hijo pertenecía a un hombre mayor, un individuo cuya identidad el chico prefería no indagar, temeroso de que al ponerle rostro y nombre la pesadilla se volviera intolerable. Para el chico, ese hombre era una abstracción, un monstruo de edad indefinida que había invadido el territorio de su familia con la impunidad de un conquistador bárbaro.
¿Cómo se sobrelleva el peso de un dios ajeno? ¿Cómo se asimila la culpa de un hecho que ocurre en el cuerpo de otro, pero que contamina el aire de todos? El chico sentía que Madrid era el único laberinto lo bastante grande como para ocultar esa desdicha. En sus calles infinitas, entre la multitud anónima de la Puerta del Sol y los cafés de paso, el secreto de Inma habría podido diluirse hasta volverse invisible. Quedarse en la capital no era un capricho de adolescente; era la necesidad de buscar un refugio donde el tiempo no transcurriera con la precisión implacable de los relojes de las estaciones.
Pero el tren ya iba a toda marcha, devorando los kilómetros hacia el sur, hacia el aeropuerto, hacia el destino ineludible. En su bolsillo, sus dedos volvieron a tocar la bujía vieja. El metal, con su rosca perfecta y su tacto frío, le devolvió la certeza del mundo físico: los motores, el aceite negro, el trabajo manual del taller en Valdenuño Fernández. Frente a la complejidad teológica del aborto de su hermana y la presencia espectral de ese hombre mayor, la bujía representaba un orden simple, una verdad que no admitía interpretaciones ni metáforas. Limpiar un carburador era un acto limpio; salvar a una hermana era una tarea que superaba sus fuerzas.
El chico cerró los ojos. Supo, con una lucidez que le dolió en el pecho, que septiembre llegaría de todos modos. Que la casa de su madre seguiría oliendo a alcohol y a olvido, y que Inma, en el norte o en Las Palmas, llevaría siempre en los ojos la marca de esa primavera que no llegó a ser invierno. Él solo sería el testigo mudo de una historia escrita por hombres más viejos y más crueles.
El taxi lo dejó en la terminal. El aeropuerto era un laberinto de cristal y corrientes de aire artificial, un no-lugar diseñado para la dispersión y el olvido. Entre la marea de rostros anónimos, el chico las vio junto al mostrador de facturación.
Marisol Rodríguez Antón permanecía erguida, con la severidad de quien custodia un orden antiguo y decadente. A su lado, Inma parecía una figura desdibujada por la luz blanca del recinto. Era su hermana mayor, pero el chico la vio como una extraña que habitaba un tiempo distinto, un tiempo circular y gravídico. Debajo de su ropa holgada se ocultaba el secreto, la paradoja de una vida potencial que estaba destinada a la inexistencia, concebida por aquel hombre maduro cuyo nombre el chico nunca sabría.
El chico se acercó. Llevaba la mochila al hombro y la bujía en el bolsillo, como un talismán contra la irrealidad del mundo.
—Llegas tarde —dijo Marisol. Su voz no tenía reproche, sino la fría constatación de un hecho.
—El tren se retrasó en Atocha —dijo el chico. Fue una explicación corta. A Hemingway no le gustaban las justificaciones.
Inma no habló. Miró al chico y en sus ojos él creyó descifrar la biblioteca entera de los dolores ocultos. Ella sabía que él lo sabía todo: el embarazo, el plan del aborto, el peso del hombre ausente y la imposibilidad de quedarse en Madrid. Su silencio era un pacto. Ella no miraba a la gente para ver si mentían; simplemente observaba el suelo, como si buscara en las baldosas de la terminal la respuesta a un enigma teológico que nadie podía resolver.
—Hay que pasar el control —dijo Marisol, revisando los billetes con dedos minuciosos.
El chico dio un paso hacia su hermana. Hubiese querido decirle que Madrid seguía allí, como un laberinto protector que habían dejado atrás, y que él habría querido quedarse en sus calles para ayudarla a cargar con el peso de ese hombre mayor que la había marcado. Pero no dijo nada. En el universo borgesiano de las causas y los efectos, las palabras suelen ser simulacros inútiles.
—Inma —dijo el chico.
Ella levantó la vista. Rozó el brazo de su hermano con una mano fría. Fue un contacto abstracto, el reconocimiento mutuo de dos sobrevivientes de una misma estirpe condenada.
—En septiembre hará frío en el norte —dijo Inma. Su tono era plano, desprovisto de esperanza.
—Limpié la casa pequeña. La que da al huerto —respondió él, repitiendo las palabras del hombre como quien recita un versículo ajeno—. Estaremos bien allí.
Marisol avanzó hacia los arcos de seguridad. Inma la siguió sin mirar atrás, integrándose en la fila de pasajeros que aguardaban el escrutinio de las máquinas. El chico se quedó junto a la línea amarilla. Sacó la mano del bolsillo y miró su palma: la marca roja de la rosca de la bujía empezaba a borrarse, devolviendo la piel a su lisura original.
Vio la silueta de su hermana perderse tras los cristales opacos del control de seguridad. El avión los llevaría a Las Palmas, pero el chico supo que una parte de ellos se había quedado para siempre en Atocha, bajo el calor definitivo de la tarde, atrapados en un andén donde los trenes nunca terminaban de partir.
Desde el avión los invernaderos resecos de Gran Canaria parecían oasis de una batalla abandonada. El paisaje parecía árido.
La luz de Las Palmas no era la tarde vertical de Madrid, sino una claridad húmeda y estancada que pesaba sobre el puerto. En la infinita repetición de los muelles, el chico comprendió que todo regreso no es más que una simetría del cautiverio, una pieza oculta en el tablero de un ajedrez infinito y que él no podía entender. Por eso, quería dejarse derrotar pero no dando un manotazo a las piezas, sino siendo derrotado formalmente para que lo dejaran en paz. Como si jugar en casa ajena hubiese sido un favor, cuando en realidad él se había gastado el dinero en el transporte para llegar al laberinto, un laberinto confuso, oscuro autodestructivo, pero del que se sentía cómplice para estar todo el rato mintiendo.
Desde su catre de hierro en la penumbra de Ingenio, su abuelo Ireneo Funes no habitaba el presente, sino la totalidad intolerable de su memoria. Cada filamento de la atmósfera se le revelaba con una nitidez monstruosa; no solo retenía en el espíritu las olas atlánticas de 1938, sino la forma exacta de la niebla que aquella tarde de 2026 se condensaba en el metal del ascensor. Para Funes, ese habitáculo estrecho no era una máquina, sino una aglomeración insoportable de detalles desérticos: el olor preciso a cables calcinados, el roce de la herrumbre y las infinitas variantes del encierro antiguo.
La Guerra Civil, la única vez que el destino lo obligó a salir de Ingenio, no era en su mente una abstracción histórica o una fecha en un libro, sino una sucesión infinita de percepciones sensoriales autónomas. Recordaba la cotidianidad de la batalla del Ebro a través del sabor a arcilla de las uvas aplastadas en las trincheras de Gandesa, el crujido de los piojos verdes entre las uñas de los soldados y el zumbido exacto de los cazas rompiendo el aire a las cuatro de la tarde. En Madrid, el asedio se reducía al olor del rancho frío en los sótanos de la Gran Vía, al tacto del papel de periódico usado para sellar las ventanas contra el frío de la sierra y al tintineo metálico de los casquillos vacíos que rodaban por los adoquines de la Ciudad Universitaria.
Fuera de las trincheras, el mundo se dividía para él en el rigor del cuadrilátero y las ilusiones de la pantalla. Los combates de boxeo se fijaban en su recuerdo mediante la vibración de la lona manchada de resina, el chasquido seco del cuero de los guantes impactando en las costillas y las gotas de sudor suspendidas bajo los focos, densas como el mercurio. El cine, por su parte, perdía todo misterio bajo su mirada implacable. Mientras los demás se conmovían con la trama, Funes registraba el parpadeo de las partículas de polvo en el haz del proyector, el aroma a celuloide recalentado y la certeza geométrica de que las lágrimas de una actriz no eran agua, sino un orden fijo de sombras paralelas que él podía contar una a una, sin errar jamás.
Recordaba la Guerra Civil que fue la única vez que salió de sus paseos con escopeta alrededor de la palmera de Ingenio. Mientras tanto, en un rincón desdoblado de esa misma vigilia, Averroes buscaba en los textos del Estagirita el sentido de la palabra tragedia sin poderlos entender, y él tenía un viejo Talmud que no entendía. Condenado a la ceguera de un idioma que ignoraba el teatro, el filósofo creía vislumbrar el misterio en el ascenso de los tres cuerpos dentro del cilindro de hierro. ¿Qué era la tragedia sino ese viaje vertical e inútil hacia una altura que es también un abismo?
Su abuelo pensaba. Alfonso pensaba sin entender a su hermana y entonces entendió lo sola que debió sentirse. Ese cabrón debe tener más de 30 años que ella. Debió aprovechar su soledad, la pobre. Debió aprovechar en esos momentos de soledad en que tenía encima que cuidar de mi madre. Era un infierno.
Pero las voces ya no eran una sola. En la geometría rota del pasillo, la mente se bifurcó en un laberinto de espejos concurrentes. Una impulsividad ansiosa sagrada y terrible dictaba que el chico, Funes y Averroes eran el mismo prisionero, ejecutando un laberinto de pasiones ajenas en un ascensor que subía eternamente hacia el origen de la noche.
El cilindro de metal del ascensor no era una máquina, sino un laberinto vertical donde el espacio se anulaba y el tiempo se volvía circular. Al cerrarse las puertas de hierro, los tres pasajeros no iniciaron un ascenso, sino una inmersión en la tiniebla de un espejo infinitamente duplicado.
En la penumbra del habitáculo, el chico vio reflejado su rostro en el acero pulido, pero el espejo —con esa impiedad que Borges siempre le atribuyó— no le devolvió su imagen, sino el rostro cansado de Averroes y los ojos insomnes de Ireneo Funes. El espejo multiplicaba el horror de la carne y del regreso, prolongando el pasillo del edificio hacia una geometría intolerable de reflejos concurrentes. Cada piso que dejaban atrás era un anillo del laberinto, idéntico al anterior, gobernado por el olor a cables quemados y a encierro antiguo.
La enfermedad se reveló entonces como la clave del laberinto: no un desvarío, sino la lúcida condena de ser, simultáneamente, el Minotauro que habita el centro de la torre, el hilo que busca la salida y el laberinto mismo. Al final del viaje, cuando las puertas se abrieron al pasillo húmedo de Las Palmas, el chico comprendió que no había salido al mundo exterior; el ascensor solo lo había conducido a otra galería del mismo y eterno palacio de espejos.
Fue a recibirlo la madre al aeropuerto de Gando.
Su madre Luisita abrió la puerta del piso con el tintineo de un llavero excesivo. Dentro, la penumbra abolía la tarde. Las persianas estaban completamente bajadas a las cuatro de la tarde, bloqueando el Atlántico como si el sol fuera un enemigo o un testigo peligroso.
En el salón, una figura permanecía sentada en la penumbra, junto a la mesa camilla. Su madre no los miró al entrar. Tenía los ojos fijos en la esquina del techo, donde no había nada más que una mancha de humedad, y murmuraba una letanía de palabras rotas, nombres de santos o de antiguos vecinos que ya no habitaban este mundo. El aire del piso estaba saturado de ese olor que el chico tanto temía: una mezcla densa de alcohol de farmacia, alcanfor y el aroma dulzón de las cajas de pastillas de colores que se acumulaban en la cocina como los tomos de una enciclopedia inútil.
—Ya estamos aquí —dijo Inmaculada, dejando las bolsas en el pasillo con un golpe seco.
La madre no respondió a la voz. Hizo un gesto rápido con la mano, apartando un insecto invisible en el aire, y luego se tapó los oídos, como si el silencio de la habitación fuera demasiado ruidoso. Susurró algo sobre las corrientes eléctricas que viajaban por las tuberías del edificio.
Inma cruzó el salón sin encender la luz. Su silueta, que arrastraba el peso invisible de aquel hombre mayor y el secreto que Madrid no pudo ocultar, se movía con una familiaridad resignada. Sabía perfectamente cómo esquivar los muebles en la oscuridad. Entró en su cuarto y el chico oyó el chasquido del pestillo. Segundos después, el zumbido monótono de la música a través de los auriculares comenzó a filtrarse por la rendija de la puerta. Era su trinchera habitual; la forma en que Inma borraba el crecimiento de su propio vientre y los murmullos de la sala.
El chico se quedó en el pasillo, con la mochila aún al hombro. Introdujo la mano en el bolsillo y apretó la bujía vieja. El metal ya no estaba frío; había adoptado el calor de su propio cuerpo, perdiendo su condición de objeto externo. Pensó en Valdenuño Fernández, en la casa pequeña junto al huerto que el hombre había limpiado en vano, y en el mecánico que nunca vería sus manos negras de grasa. El olor a gasoil y el ruido limpio de los motores se sentían ahora como una mitología remota, un paraíso inaccesible.
Su madre giró levemente la cabeza. No le miró a los ojos —hacía años que no lo hacía—, sino que fijó su mirada perdida en las manos del chico, como si buscara en sus dedos las marcas de una conspiración que solo ella alcanzaba a percibir en el reverso de las cosas.
—Las ventanas están selladas —dijo la mujer con una voz delgada, que parecía venir de otra habitación—. Si las abres, entrarán los pensamientos de los de abajo.
El chico no contestó. Sabía que a la mañana siguiente tendría que salir a hacer la compra, que tendría que contar las monedas mientras las deudas crecían en los cajones y que tendría que ventilar la casa a escondidas. Dejó caer la mochila en el suelo de terrazo. El viaje había terminado y el invierno de septiembre ya estaba allí, instalado en el salón, bajo el rigor de una sombra que ninguno de ellos podía curar.
La mañana llegó sin sol, filtrada apenas por las rendijas de las persianas metálicas que cancelaban el exterior. El piso amaneció sumergido en el mismo silencio denso, interrumpido solo por los pasos erráticos de la madre en el pasillo y su murmullo constante, esa discusión sin fin con interlocutores que solo existían detrás de los tabiques.
El chico fue al baño para lavarse la cara. El agua de los grifos salió tibia y con un ligero sabor a óxido. Sobre la repisa del espejo, junto a los frascos de farmacia y las gasas que delataban la presencia de la madre, había un objeto nuevo.
Era una caja pequeña de cartón blanco, del tamaño de una cajetilla de tabaco, con un nombre técnico impreso en letras azules que él no quiso leer en voz alta. Al lado, sobre el mármol gastado, descansaba un prospecto desplegado en forma de acordeón; un mapa de instrucciones minuciosas sobre dosis, sangrados y tiempos de espera. El chico no necesitó tocar el papel. Vio el capuchón de plástico transparente de un gotero desechable en el fondo de la papelera, junto a unas gasas con una mancha oscura, del color del hierro oxidado.
La sospecha de Madrid ya no era una hipótesis en un laberinto de posibilidades; era un hecho consumado en la geografía del baño. El proceso había comenzado en el norte o en el avión, y terminaba allí, en la clandestinidad de un piso con las persianas bajadas. El rastro de aquel hombre maduro y el porvenir que no llegaría a ser se disolvían en la cisterna.
El chico se secó las manos con la toalla áspera.
Al salir al pasillo, la puerta del cuarto de Inma seguía cerrada. No se oía música esta vez, solo una respiración pesada y contenida detrás de la madera. En el salón, la madre continuaba sentada junto a la mesa camilla, con los ojos fijos en la esquina del techo, advirtiendo en voz baja sobre los peligros de la luz del día.
El chico volvió a su habitación, se sentó al borde del colchón y sacó la bujía del bolsillo. La colocó sobre la mesilla, al lado de una taza de café frío. El metal gris y roscado era lo único sólido y limpio que quedaba en toda la casa.
El chico no esperó a que la mañana terminara de consumirse en aquel piso sin ventanas al mundo. Cogió la bujía de la mesilla —ese pequeño cilindro de hierro que contenía, en la simetría de su rosca, el único orden geométrico que le quedaba— y salió al pasillo.
Al pasar junto al salón, vio a su madre. La mujer ya no miraba la mancha del techo; ahora trazaba círculos concéntricos en el aire con un dedo índice, tratando de contener las voces invisibles que, según ella, se filtraban desde el núcleo de la Tierra. En su cuarto, Inma permanecía inmóvil. El chico supo, con la clarividencia de los condenados, que el silencio de su hermana no era el de la convalecencia, sino el de quien ha ejecutado un acto irrevocable: la abolición de un linaje, la interrupción de un río humano que aquel hombre mayor había pretendido iniciar en su carne. Inma había elegido el no-ser. Había borrado del universo un porvenir entero.
El chico abrió la puerta principal y abandonó el piso.
No tomó el ascensor. Descendió los peldaños de la escalera de piedra con la gravedad de quien baja a los círculos de un laberinto circular. Al cruzar el umbral del edificio, la luz de Las Palmas lo recibió como una revelación o un castigo. No era la luz benévola del día, sino una claridad atroz, blanca y mineral, que caía sobre el puerto y sobre el mar como el juicio de un dios ciego. El aire olía a sal, a fueloil y al óxido de los grandes buques extranjeros encallados en la bahía; barcos que procedían de puertos remotos y se dirigían a destinos que él jamás vería.
Caminó hasta el borde del espigón, donde la ciudad se terminaba y empezaba la llanura líquida del Atlántico. La bujía pesaba en su mano como una moneda destinada a pagar un peaje eterno. Pensó en Madrid, en la acampada de la Puerta del Sol, en la tarde vertical de Atocha y en la espalda del hombre que se alejaba sin mirar atrás. Comprendió entonces que todos los lugares del mundo son, en realidad, el mismo espejo de la desdicha, y que nadie puede huir de la casa de su madre, porque la casa de la madre es el laberinto que cada hombre lleva construido en el reverso de la memoria.
Con un movimiento seco y definitivo, el chico arrojó la bujía al mar.
El metal describió una parábola perfecta en la luz del mediodía y se hundió sin ruido en el agua densa, buscando el fondo ciego donde los objetos pierden su nombre. Al desprenderse de ella, el chico supo que no habría taller, ni motores limpios, ni huerto en Valdenuño Fernández. Su destino era permanecer en aquel piso de persianas bajadas, custodiando la locura de la madre y el secreto sangriento de la hermana, siendo el último testigo de un drama anónimo que el universo olvidaría al segundo siguiente.
El agua se cerró sobre el hierro. Alfonso dio la vuelta y, bajo el sol implacable de la isla, comenzó el camino de regreso hacia el laberinto.
Inmaculada dejó la llave sobre la mesa y se limitó a empujar la cuna vacía que habíamos guardado en el trastero, haciéndola balancearse en un vaivén inútil. «No me esperes despierto», dijo, sin mirarme. Él miró sus zapatos, incapaz de ofrecerle un coche, un abrazo o una sola palabra que compitiera con el ruido del viento afuera. Quiso retenerla, pero el miedo a las preguntas de la familia le paralizó los labios; le había quitado los zapatos al lado de la puerta de entrada para que no se pusiera depresiva cuando quisiera huir de la casa y en la calle viera que no podía orientarse y tendría que volver a la casa que tanto odiaba por recuerdos de peleas que había creado ella.
Cuando la puerta del portal se cerró abajo, el eco retumbó en mis oídos como un veredicto. Los vecinos no nos saludaban y cuando ella escuchaba el ascensor o pasos se escondía para no cruzarse con nadie. Se quedó inmóvil en la penumbra, contemplando ese espejo en la oscuridad donde podía ver sus rasgos sin ver el rostro nítidamente, que se detenía poco a poco, entendiendo que no solo se marchaba a interrumpir el tiempo, sino que le dejaba varado en el lado de los cobardes: allí donde el movimiento se apaga y el futuro se congela antes de haber comenzado.
Ella cogió las tijeras de podar de la terraza y, de un solo golpe seco, cortó la raja entre verdusca y color carne de un drago minúsculo que acababa de asomar en la maceta enorme. Cuando salió la sangre morada del drago se puso a abrazarlo e intento llorar pero no pudo. Solo otra mareada de profunda angustia como si un ampolla de azufre le abrasara el corazón.
El tallo tierno cayó al suelo, dejando una gota de savia transparente que brillaba como una lágrima de cristal. «Ya no va a hacer falta que lo riegues», me dijo con una calma que me heló la sangre.
No supe qué hacer con las manos; me las metí en los bolsillos, buscando la calidez de mi propia cobardía mientras tragaba saliva. No fui capaz de sostenerle la mirada ni de ofrecerle mi coche para el viaje. Cuando la puerta de la calle se cerró tras ella, me arrodillé junto a la tierra. Me quedé allí, inmóvil en la penumbra, contemplando el corte limpio, perfecto y definitivo en la planta, sabiendo que mi silencio acababa de amputar nuestro futuro antes de que tuviera la oportunidad de florecer.
Temas: aborto- abandono- la alienación y la incapacidad de entender la realidad- esquizofrenia paranoide maternal- aventura.
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