Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

lunes, 2 de noviembre de 2026

Bukowski te suicidó.

"¿Y no me merezco lo máximo? Pues claro que merezco lo máximo. acaso no he sufrido lo indecible." Un trago de cerveza barata secona y la sangre empalagosa en la boca. Ayer te arrastraste infame, arrancaste las raíces resecas para que alguien te ame, el jefe te gritó en la cara, tú que eres un Dios más de tres minutos de gritos y amenazas para nada, ella se rió de tus pantalones doblados y el camarero te echó a la calle como a un perro sarnoso mientras te aconsejó que no bebieras más. Duele, ¿y no me merezco lo máximo?, quema en las tripas durante unas horas. Pero la humillación es una racha amarga, se desgasta rápido, se diluye en el olvido con la primera lluvia de la mañana. Nadie recuerda al hombre que cayó, ni siquiera los que lo empujaron. Están demasiado ocupados muriéndose en vida. El cosmos es tan infinito como el hijo que no tuve. El éxito no es el dinero de esos cerdos, ni los aplausos de los idiotas en los teatros llenos de ubres. El éxito es algo más sucio y real. Es manchar los dedos de alguien que aún no ha nacido. Es dejar un costurón en la lona del ring. Haber clavado un verso en el pecho de un desconocido. O dejar tus huellas dactilares grabadas en la memoria de alguien o provocar un incendio en una habitación oscura, que, años después, en medio de la noche, sienta el peso del pasado y recuerde tu lupa. Si vas a pasar por este matadero, deja una marca que alguien borrará, Una línea en el papel, un cuadro rasgado, un hijo que aprenda a cuestionar tu autoridad la autoridad, la noche en el mar. Cualquier cosa que grite que estuviste aquí, mientras la humillación se evapora como el vaho en el espejo de un viejo bar. La humillación siempre quedará y nada quedará en tu sombra. Mi jefe me gritó en la cara, tú que eres un Dios más de tres minutos de gritos y amenazas para nada.

El último salto inmortal.

La pantalla del cibercafé brilla con una luz blanca y fría en la oscuridad. Son las doce de la noche. H. abre el correo electrónico de una prima paterna Ana María y lee una sola línea: tu padre ha muerto. ¡Joder que se ha lucido! ¡cabrones hasta el final! Ni siquiera su madrastra se atrevió a decirle nada. H. tiene treinta y un años. Está solo en el local. El dueño se levanta del fondo, detrás del mostrador, y se acerca a su mesa con un trapo sucio en la mano. Fuera llueve con fuerza. El agua golpea el cristal de la ventana con un ritmo monótono. H. mira fijamente la pantalla. No llora. Siente una oleada de alivio que le recorre el cuerpo. Se alegra. Su padre era un hombre malo. Un tacaño miserable que guardaba el dinero en el colchón mientras la casa se caía a pedazos. Un hombre que jamás le dio un abrazo ni una palabra de aliento. -Por fin era un huérfano feliz. ¿Feliz? Sí bueno, feliz. A la medianoche exacta, cuando los relojes ejecutan el día moribundo, una pantalla fría escupió el veredicto: el tirano ha caído, no por el hierro de un héroe, sino por el aceite hirviendo de su propia codicia. Treinta y un años de servidumbre invisible terminaron en el rincón infecto de un burdel informático, bajo el bufido xenófobo de un guardián de la miseria. H. no derramó lágrimas por el viejo podrido de cáncer; celebró el colapso de aquel estómago destrozado que él mismo ayudó a envenenar con recetas de grasa y silencio. Pero la muerte es una ramera tramposa que cobra el rescate en la moneda del vacío. Minutos después, frente a las fauces de un mar negro y rugiente que imitaba su propia tormenta interior, la furia se transformó en el aullido definitivo del hijo huérfano de amor, que salta al abismo maldiciendo al monstruo que le obligó a convertirse en su reflejo. El dueño del cibercafé limpia la mesa de al lado con desgana. Mira de reojo a H. y suelta un bufido. —Mira que odio este turno —dice el dueño, señalando con la cabeza hacia las cabinas del fondo—. Mis numerosos impuestos van para pagarles la vida a los negros que están ahí atrás en mi ciber. No hacen más que hacer el vago. Y encima sudan muchísimo, dejan un olor que no hay quien aguante. Es una injusticia. H. se reclina en la silla de plástico. Escucha las palabras del hombre, pero su mente sigue atrapada en el mensaje. El odio del dueño del local reverbera con su propio odio interno. Piensa en su padre. Piensa en la injusticia de su propia vida. —El odio es la única respuesta lógica cuando sufres una injusticia —responde H. con voz plana, sin apartar los ojos de la pantalla. El cielo anocheció del color de un hígado podrido, presagio exacto de la comedia de sangre que estaba por desatarse. No hay dios que guarde este suelo; si lo hubiera, ya habría bajado a cobrar la entrada. Los hombres nobles juran por su honor mientras ocultan la daga en el pliegue de la capa, olvidando que el honor es un invento de los vivos para que los muertos parezcan más elegantes. Mientras la corona tambalea sobre la cabeza de un idiota y el pueblo ruge de hambre a las puertas del palacio, yo solo puedo hacer una cosa: sentarme en primera fila, afilar mi ingenio y ver cómo este glorioso y trágico burdel se quema hasta los cimientos. Al fin y al cabo, una tragedia no es más que una farsa que se tomó demasiado en serio. El dueño asiente apesatdno a sudor, conforme con la respuesta, y se aleja hacia el mostrador refunfuñando entre dientes. H. vuelve a pensar en los últimos meses. El viejo enfermó de cáncer de estómago. El proceso fue rápido. Ahora, en el silencio del cibercafé, H. siente que él tuvo la culpa de esa muerte. De alguna manera, él lo mató. Recuerda las llamadas semanales con su madrastra. Ella le pedía consejo, asustada por los dolores del viejo. H. la manipulaba con sutileza. Le sugería recetas pesadas. No la detuvo cuando preparaba comidas grasientas y picantes. Al contrario, la animaba a complacer los caprichos del enfermo. Sabía perfectamente que aquel estómago ya estaba destrozado por el alcohol del pasado y por las décadas de tabaco negro. H. solo aceleró el proceso. Dejó que el veneno de la grasa hiciera el resto del trabajo. El teclado del ordenador parpadea. H. cierra la sesión. Se levanta lentamente. Deja las monedas exactas sobre el mostrador, al lado del dependiente. Sale a la calle. La tormenta es intensa. El viento frío le corta la cara. Caminar bajo la lluvia le ayuda a pensar, pero el alivio empieza a transformarse en un peso enorme en el pecho. La culpa no es por haberlo matado. La culpa es por el vacío que queda. Camina durante veinte minutos por calles desiertas de asfalto brillante. Llega hasta el muelle del puerto que tenía enfrente desde que salió del cyber. Recordaba a Nata pero no podía vislumbrar su rostro, ni apenas tenía anécdotas de ella, siempre la había visto medio de lejos. El mar ruge abajo, oscuro y denso. El muelle está completamente solo. H. camina hasta el borde de la piedra. El agua salpica sus botas. Se sienta con las piernas colgando hacia el vacío. Mira la negrura del océano. La lluvia lo empapa por completo, pegando la ropa a su cuerpo de treinta y un años. Fue a la Avenida Marítima que tenía al lado en dos minutos. Cruzó sin ver el semáforo en rojo. De cerca venían varios coches. El coche blanco frenó en seco sobre el asfalto mojado. El parachoques golpeó su rodilla con un impacto sordo que lo obligó a hincar la pierna en el suelo, doblando el cuerpo. Dio un golpetazo fortísimo sobre el capó. El conductor bajó la ventanilla, dejando que la tormenta le inundara el coche, y le gritó con el cuello inflado de venas: —¿Estás tonto o qué? ¡Qué te vas a matar! H. se levantó sin mirarlo, arrastrando una cojera nueva que hacía real su miseria. Caminó hacia el borde del muelle. Bajo la visera de una caseta, un pescador viejo detuvo la taza de café a mitad de camino hacia la boca. Lo vio saltar la barandilla. El viejo hizo un ademán mecánico de dejar la taza para correr, pero miró la cortina de agua, pensó en el frío y en los trámites de la policía, y dio un sorbo largo. Se dio la vuelta. No era asunto suyo. En el segundo exacto en que H. se ponía en pie sobre la piedra húmeda, la sirena de un crucero de diez pisos amarrado a babor soltó un bocinazo ciego para alertar del temporal. El estruendo fue una sacudida mecánica que le vibró en las costillas. Ese pito, que anunciaba turistas durmiendo y luces de discoteca a cincuenta metros de su tragedia, redujo sus treinta y un años de rencor a una soberbia ridiculez. El universo no se detenía; seguía su curso inmenso e indiferente. Su dolor no era un drama griego, era solo un estorbo que apestaba a alcohol y tabaco negro. Miró la bocana oscura del puerto, se le llenaron los ojos de agua salada y escupió al mar la única verdad que le quedaba: —No me enseñaste a vivir, pero me diste tu misma cobardía. Dio el paso al frente. El agua helada lo tragó sin hacer ruido. Abajo, el instinto de la carne fue más rápido que su cabeza. H. quiso salvarse. Sus manos arañaron la negrura buscando la superficie y sus pulmones exigieron el aire que el crucero respiraba ahí arriba. Pero la ropa empapada pesaba como el plomo y el cansancio de llevar una vida entera odiando le cobró la factura. Se rindió pronto. Descubrió que nadar hacia la luz requiere una fuerza que solo tienen los que esperan que alguien los aguante al llegar a la orilla. El mar se cerró arriba, liso y brillante como el asfalto bajo la lluvia. Al final, morir no fue un castigo ni una liberación; fue la última obediencia de un hijo que, no sabiendo qué hacer con su libertad, prefirió heredar la tumba de su verdugo. La rabia acumulada durante toda su vida explota de golpe. Se pone en pie sobre el borde húmedo. Mira al horizonte oscuro. Rompe a llorar con una desesperación que nunca había sentido. Llena sus pulmones de aire frío y grita con todas sus fuerzas hacia el temporal: —¿Por qué fuiste tan cabrón y me obligaste a odiarte, si yo siempre te he querido? H. da un paso al frente y se tira al mar. Era la dulce venganza del parricida indolente. —Me enseñaste a odiar el mundo, pero se te olvidó enseñarme a nadar. El agua helada se lo tragó al instante.

Dafne se retuerce en unas raíces resecas.

La luna clava su puñal de plata en el pecho del hombre que ha luchado; el tiempo es un caballo desbocado que con cascos de hiel todo lo aplasta. ¡Qué injusta es la existencia que desata el verde fango sobre el amor amado! El dios y la ninfa han terminado en una tierra fría que les mata. Su vida es el gitano sin destino, todo es psicológico hasta que pisa el fuego que entre angustia me rechino. Pero ante la injusticia que agoniza, valió la pena andar este camino: soñar el amor que la luz ya olvida. Apolo y Dafne, o Pan y Siringa

sábado, 31 de octubre de 2026

Amor perseguido, agotado.

Sacrilegio nocturno. Te amo cuando callas y miras ausente y entierro en tus venas mis recuerdos como si murieran a besos de repente. Tus perros tienen la culpa de esta sombra, y mis labios, el pecado de buscar tu frente. Nos amamos de espaldas a los altares, como dos ladrones que se beben la fuente. ¡Si Dios supiera de este huerto oscuro! Siento que el cielo se tiñe de ceniza cuando mi boca rompe tu clausura, y un eco de campanas nos hostiliza. Amor que nace del lodo y del milagro, nos iremos al polvo sin absolución, mientras la noche llora su ruego magro y se quiebra en la cruz mi corazón.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Mitomanía a Dalí.

📌 <>. Me encantan que estas historias salgan a la luz y se comenten. Los dos eran de familias ricas. La historia se ha ocultado mucho. Dalí siempre fue así, tuvo "historias raras" o sea de mentiras para conseguir dinero. Gracias a Dios, Lorca se lo tomó con humor, y la amistad no se rompió en ese momento, sino después. Desde mi adolescencia nos enseñaron a amar a Dalí, pero hay muchas cosas que no nos gustan. Era un cabroncete y no lo ocultaba, y hay muchísimas anécdotas que se han ocultado (como el disfraz de bebé asesinado que llevó a una fiesta cuando el bebé del aviador Charles Lindbergh acababa de haber sido asesinado). A nivel económico Gala supo crear un sistema de financiación brillante, pero un poco de rapiña con la jet set neoyorquina. Y el sistema masivo de falsificación que es de traca. No sé si uno puede ser honrado en un ámbito de su vida y no en otro, pero lo de Dalí era masivo, era así en casitodas las facetas de su vida. Hoy lo vemos con curiosidad, pero imagínate tener a alguien así cerca.

lunes, 26 de octubre de 2026

Una anécdota de los 19 años.

Era el deseo perverso de una madre. Mi madre siempre hacía la broma porque quería ser abuela cuando yo tenía 19 años. Tú ten un hijo y después te vas de discotecas, te emborrachas, te drogas y vas a la playa, tú me dejas a tu hijo y yo te lo cuido todo el tiempo. Tú no te preocupes. Tuvo así una racha machacona y pesada sin venir a cuento. Hasta que después se le olvidó y no volvió a nombrármelo más. Tampoco nombró nunca cómo conocer a la posible madre porque haría falta. Después volvió a hablar del hijo soltero y después a no hablar de nada de eso en ningún sentido. A mí en aquella época me costaba muchísimo aún relacionarme con mujeres, incluso con compañeras, por las que sintiera un sentimiento romántico y si sentía algo huía y dejara hasta doce días de asistir a clase de Derecho pero a nadie le importaba.

Nunca sabrás cómo te amé y ya solo me importa a mí.

"Nunca querrás saber ni recordar cómo te amé. Pero da igual no hay patetismo en las películas de guerras donde uno sobrevivió a su desafío. Yo que tantos hombres fui Nunca sabrás cómo te amé en otras mujeres que eran la mujer la última bala en la nuca se hace valer pero solo me importa a mí". Aquel lejano abril de la inocencia marchita espuela que borró el destino, en las vías del tren un distinto camino nunca sabrá a lo que supo la fresa. Gozaron otros besos su presencia mientras la angustia hería como espino, y aquel amor que pudo ser divino bajo la capa de hielo de la abstinencia. Hoy la miro pasar, firme y bella, guiando el paso de una nueva vida con tiernos hijos que no llevan mías, entre berreas sin rumbo a la escuela; fruta de un alma ajena y florecida, mientras solo acuno idas utopías.