Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
viernes, 13 de febrero de 2026
Robespierre.
Golpea cada escalón subiendo,
sus dientes bailan vendada,
ya no sentencia al Cielo
de guillotina por la patria.
Su Evangelio en la Asamblea
la "Virtud" tan sangrentada,
pisando sangre bajó
rubís de la Montaña.
En levadura del cerebro
falta pan a la manada,
se arregla el cuello
navaja de la corbata.
Mil cabezas han caído
cucos de la ley sagrada,
Macbeth pregunta cómo fue
pagas por nuestra corbata.
La madre arranca su pecho,
la guillotina reclama,
¡matar matar por justicia!
olor a sangre derramaban.
En los Hornos de la Grève,
se acuchilla la campana,
una madre por rubéola
aborta una ciega enana.
Rueda al fin de Robespierre,
la multitud queda en calma,
el metal muerde el silencio
y el secreto en la mañana.
Ya el Zombi hueco de madera
tiene la garganta armada,
como un caballo de Troya
que solo bebe cascada.
Cascada de roja tinta,
de libertad disfrazada,
donde el verdugo es el cura
de una fe descoyuntada.
Ese Maximino "El Puro",
con su lengua de estocada,
sembró dientes de dragón
en la tierra atribulada.
Quiso lavar la nación
con lejía de emboscada,
y hoy su propio cuello ofrece
la deuda que no pagaba.
Son racimos de cabezas
en la cesta amontonada,
frutos de un huerto de sombras
donde la luz fue negada.
La guadaña de la ley,
por el odio afilada,
siega por fin los pescuezos
la jauría desdentada.
¡Oh, doctores de la muerte!
Vuestra lógica malvada,
que hizo del luto un derecho
y de la vida una nada.
Ya se apaga vuestro sol,
vuestra gloria está enterrada
en el foso del olvido
con la nuca cercenada.
Ya no hay jueces de hojalata
ni asamblea alborotada,
que el tribunal de los muertos
no entiende de barricada.
Se abre un abismo de espejos
en la noche condenada,
donde el eco de los gritos
es la única embajada.
Comparece el Incorruptible
con la razón jibarizada,
su "Libertad" es un buitre
con la garra ensangrentada.
Lleva un collar de gargantas
como joya de su armada,
y el azufre le bautiza
la frente desmoronada.
Los amigos que sirvieron
aquella cena de espada,
mastican ahora el plomo
de su ley ejecutada.
Son estatuas de ceniza
en la nada Lincolniana,
donde el Sena es un mar rojo
de corriente congelada.
No hay perdón en el abismo
para la mano crispada,
que hizo del pueblo un cadalso
y de la fe una estocada.
Dios les juzga con el peso
de la vida mutilada,
y les clava en el olvido
con su propia nuca helada.
Llora el Sena por los ojos
de una infancia mutilada,
que la patria se ha vuelto
una loba desquiciada.
Ya no hay nombres en las tumbas,
solo cal y tierra echada,
sobre el sueño interrumpido
por la ley de la emboscada.
Eran cuellos de azucena,
eran manos de alborada,
que cayeron como espigas
bajo hoz envenenada.
El carruaje del olvido
va cargando la jornada,
con el peso de las almas
que la luz tiene negada.
¡Ay, qué amarga es la victoria
si de rojo está pintada!
Si el altar de los derechos
es una mesa cortada.
La viuda de negro acero,
con su boca de estocada,
ha besado las gargantas
donde el canto se guardaba.
No hay campanas que les recen,
ni una flor en la explanada,
solo el viento que repite
la injusticia proclamada.
Que la sangre no hace libres,
hace un cauce de la nada,
donde flota la inocencia
para siempre degollada.
Mis bellos recuerdos.
Un bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, el mazo y el tablero.
Las llaves de un metal ya prisionero,
la navaja con filos de agonías,
la mochila del gym y sus porfías
de un cuerpo que se olvida del esmero.
El llavero pensado para el hijo
que no tuve jamás, huérfano objeto,
y unas fotos de ayer, mudo escondrijo.
Ellas nos sobrevivirán, en su secreto
y en su ciego y extraño regocijo,
ajena a este recuerdo y a mi soneto.
miércoles, 11 de febrero de 2026
¿Qué haces conmigo noche?
La noche sufre sufre
¿qué haces con mi ego?
en tus noches de angustia
me arrastras en el fuego.
La noche ebria en el viento,
sangra sombras el umbral,
mientras se muere el acento
de este pecho de cristal.
¿Qué haces con mi alma perdida,
en este frío arrabal?
Me rechinan el edificio
con este azufre de puñal.
Sufre la noche conmigo,
llora el sauce en el canal,
pues no me queda un abrigo
contra este viento fatal.
Si me dejas en la nada,
bajo un cielo de metal,
seré solo una mirada
que se apaga en tu portal.
El desenlace de la sombra
Ya no respondes al ruego,
tu silencio es un desierto,
y yo me quemo en el fuego
de este amor que nace muerto.
Busqué luz en tu mirada,
pero hallé un pozo sombrío;
tú no me entregas ya nada,
solo un abrazo de frío.
¿Qué haces conmigo en el lodo?
¿Para qué alargar la herida?
Si ya me has robado todo,
toma también esta vida.
Me inclino ante tu figura,
bebo el cáliz del veneno;
que sea mi sepultura
tu desprecio más sereno.
Ya no hay noche que me nombre,
ni luz que alumbre el camino;
soy la sombra de un hombre
que se funde en su destino.
Se rompe el aire en pedazos,
ya no queda qué esperar;
me suelto de tus abrazos
para hundirme en el ultramar.
Te miro y no siento nada,
soy de piedra y soy de sal,
tengo el alma congelada
en un invierno fatal.
No busques en mis pupilas
lo que el tiempo ya mató,
entre sombras intranquilas
mi latido se extinguió.
¿Qué hago contigo, me pides?
Te dejo en la soledad;
no hay amor que me convide
a salvar tu voluntad.
Vete lejos de mi puerta,
no me llames en tu mal;
esta casa está ya muerta
y es de hielo su umbral.
Mas cuando el paso retiras
y te fundes en la oscuridad,
siento que todo son mentiras
en mi falsa libertad.
Un rayo de fuego mudo
me atraviesa la razón,
y me arrepiento del nudo
que le puse al corazón.
Quise gritar que te quedes,
pero el orgullo es tirano;
somos presos en las redes
de un destino inhumano.
Miro tu rastro vacío,
la noche sufre conmigo,
y en este desierto frío
tu fantasma es mi castigo.
La sentencia del tiempo
Corrí buscando tu huella
por la nieve del jaral,
pero se apagó la estrella
que guiaba mi portal.
Llegué con el pecho abierto,
con la culpa en el altar,
pero hallé tu cuerpo inerte
frente a la furia del mar.
Grité tu nombre a los vientos,
imploré al cielo piedad,
mas solo obtuve el silencio
de tu eterna soledad.
No hay ruego que te devuelva,
ni luz en mi oscuridad,
pues la muerte es una selva
sin camino de retorno.
Ya la noche no me gime,
ni me ofrece su castigo;
es mi propia mano, firme,
la que acabó ya contigo.
La tragedia irreversible se define por ese punto de no retorno donde el protagonista reconoce su error (anagnórisis) pero es incapaz de cambiar el final funesto.
¿Te gustaría que analicemos la métrica de
lunes, 9 de febrero de 2026
La ansiedad de Roger.
Roger, otrora titular de la mesa diecisiete en el Departamento de Peticiones Informáticas, contemplaba ahora sus botas gastadas con una fijeza febril. La tisis, ese verdugo invisible, golpeaba a su puerta con una tos seca que sabía a polvo de archivo y a tinta barata.
Había pasado treinta años arrastrando la pluma, un engranaje minúsculo en la maquinaria del Estado, convencido de que su insignificancia era su armadura. Nunca hubo una esposa, solo el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a col vieja y a soledad burocrática. "He sido una chinche", murmuraba Roger para sí mismo, mientras la fiebre pintaba visiones de San Petersburgo en las grietas del techo.
De pronto, una claridad cruel le atravesó el pecho. No era el miedo a la muerte lo que le atormentaba, sino la sospecha de que, si Dios le concediera otros sesenta años, volvería a gastarlos igual: temiendo al jefe de sección y soñando con un abrigo nuevo que nunca llegó a comprar. En su agonía, Roger comprendió la verdadera tragedia: había tenido el universo entero a su disposición, pero prefirió vivir dentro de un formulario administrativo.
Con un último suspiro, buscó un sentido a su gris existencia, pero solo encontró el silencio de una oficina vacía al anochecer.
Roger cerró los ojos y, en la penumbra de su habitación, comenzó el diálogo más amargo de su vida. «He sido un cobarde», se dijo, y la palabra resonó con el peso de una sentencia judicial. No era por haber robado o matado, sino por algo peor: por haber traicionado su propia alma a cambio de nada.
—¿Es esto la redención? —se preguntó, mientras buscaba un rastro de fe entre los escombros de su memoria. Recordó cómo el sufrimiento, ese viejo compañero de los personajes de Dostoievski, era la única puerta que le quedaba abierta para ser "digno de su dolor". Roger entendió que su pecado no fue la inutilidad de su cargo, sino la incapacidad de amar más allá de sus propios miedos.
En ese instante, llamaron a la puerta. Era Pável, un antiguo colega de la oficina que venía a devolverle un tintero. Al ver el rostro cadavérico de Roger, Pável retrocedió, aterrado por la visión de su propio futuro.
—Roger, ¿qué has hecho con tu vida? —preguntó Pável con una voz que temblaba como una hoja de papel.
—Nada, Pável. He esperado —respondió Roger con una sonrisa mística—. Y ahora que el tiempo se acaba, me doy cuenta de que el perdón no está en el archivo, sino en el valor de haber existido, aunque fuera solo para sufrir esta última claridad.
El delirio se apoderó de Roger con la violencia de una tormenta de nieve. Las paredes de su cuarto, empapeladas con el color de la bilis, empezaron a exudar tinta negra que formaba cascadas de números y sellos oficiales.
De repente, la habitación se llenó de dobles. Cientos de Rogers, con el mismo rostro gris y la misma espalda encorvada, desfilaban ante él cargando legajos infinitos. "¡Firme aquí, Roger!", gritaban con una risa que no era humana, sino el crujir de madera seca. El aire se volvió espeso, saturado por el olor a azufre y a oficina cerrada.
En el rincón más oscuro, una figura colosal emergió de las sombras: era el Gran Burócrata, una entidad sin rostro que sostenía una balanza. En un plato, la insignificante vida de Roger; en el otro, un solo formulario en blanco que pesaba más que todo el universo.
—¡He esperado! ¡Solo he esperado! —aulló Roger, mientras sentía que sus pies se convertían en papel.
La alucinación cambió. Ahora se encontraba en una estepa infinita, bajo un sol rojo que no calentaba. A lo lejos, una niña pequeña lloraba, pero cuando él intentaba acercarse, ella se transformaba en una montaña de peticiones denegadas. Roger comprendió, en medio de su fiebre, que el infierno no era fuego, sino la incapacidad de haber amado un solo segundo fuera de su zona de confort.
Con un último estertor, Roger estiró la mano hacia una luz que creyó ver tras la montaña de papel.
A la mañana siguiente, la casera encontró el cuerpo de Roger tan rígido como un decreto ministerial. No hubo llanto, solo el metódico sonido de una escoba barriendo el polvo de sus botas.
En la oficina, la noticia de su deceso fue recibida con un bostezo colectivo. Su mesa, la número diecisiete, no estuvo vacía ni una hora; un joven aspirante, con los ojos llenos de una ambición que el tiempo se encargaría de triturar, ocupó su silla antes del mediodía.
Lo más irónico, sin embargo, fue el destino de sus archivos. Por un error administrativo —esos que Roger tanto temía y respetaba—, toda su labor de treinta años fue clasificada como «redundante». El camión del reciclaje se llevó su vida entera, toneladas de papel que terminaron convertidas en pulpa para fabricar nuevos formularios en blanco.
Roger, que tanto buscó un sentido en el orden, acabó sirviendo para que otro burócrata, igual de solo e inútil, anotara su nombre en el margen de una hoja nueva.
El boletín del Departamento, impreso en un papel tan áspero como el carácter de sus superiores, despachó la existencia de Roger en el rincón inferior de la página cuatro, justo debajo de un anuncio sobre el nuevo racionamiento de velas de sebo:
«AVISO DE VACANTE POR DEFUNCIÓN»
«Se informa a los señores funcionarios del fallecimiento del titular de la Mesa 17, el Sr. Roger N. N. Tras treinta años de servicio, el Sr. Roger ha completado su última tarea: dejar una silla libre.
Su legado incluye una pila de expedientes que ahora serán la herencia de alguien más. No se ruega la asistencia al funeral, ya que la verdadera urgencia reside en la búsqueda de un reemplazo con la misma habilidad para pasar desapercibido.
Se aceptan donaciones de café extra fuerte para los que se quedan lidiando con su ausencia... y sus archivos.»
Chano mirando al mar.
¿Qué es el recuerdo sino una costra que uno se arranca una y otra vez para comprobar que la herida sigue viva? Me miro las manos y veo las de mi padre, pero mi alma... mi alma es un callejón oscuro donde resuena el eco de mi propia degradación.
Ella está ahí, en la habitación de al lado. Puedo oír el móvil con sus estúpidos tutoriales de maquillaje. Mi pareja, mi «salvadora», que ha decidido que el silencio es la mejor forma de no ver el temblor de mis dedos.
Pasa de mi adicción como quien ignora una mancha de humedad en la pared; cree que con no mirarla, el moho dejará de devorar los cimientos. Su indiferencia es un látigo de seda. Me deja morir con una amabilidad que me hiela la sangre.
Y luego está ella, mi hermana. Mi sangre, convertida ahora en veneno destilado.
Ayer la vi por la calle, del brazo de ese... ese monumento a la decrepitud. Un hombre que podría ser nuestro abuelo, un viejo con ojos de usurero y manos que huelen a naftalina y cuentas bancarias. Se han emparejado en una alianza de asco y conveniencia. Me miró, Dios mío, me miró y en sus ojos no había compasión, solo un rencor mineral, antiguo.
Recuerdo el día que todo se rompió. Yo estaba en el suelo, en medio de una crisis, mendigando un poco de dignidad o de veneno, ya no lo sabía. Ella se acercó, no para levantarme, sino para escupir sobre mi miseria.
"Prefiero encadenarme a un cadáver que seguir oliendo tu putrefacción", me dijo. Y cumplió su palabra. Se entregó a ese viejo solo para alejarse de mi sombra, para demostrarme que prefería la muerte en vida con un extraño que el lazo sagrado con un hermano quebrado.
Cada vez que el viejo le toca el hombro en público, ella me lanza esa mirada de triunfo amargo: ha preferido el infierno de la avaricia al infierno de mi debilidad. Y yo, aquí encerrado, solo puedo odiarla con la desesperación de quien sabe que ella tiene razón. El rencor es el único hilo que nos mantiene unidos, una cuerda que nos estrangula a ambos mientras nos miramos a través del abismo.
¿Por qué me miran como si yo fuera el único que se está asfixiando? ¡Todos somos adictos! Solo que ellos han elegido venenos más elegantes, más... socialmente aceptables.
Mi hermana se inyecta el orgullo y el desprecio de ese viejo decrépito; ella se alimenta de la seguridad de un hombre que ya es un cadáver antes de tiempo, solo por el placer de decirme: «Mira, yo he triunfado donde tú te has arrastrado».
¡Mentira! Es una mentira que me quema las entrañas. Ella no ama a ese espectro de gabardina y cuentas corrientes. Ella lo usa como un escudo contra mí, como si la respetabilidad se comprara por años de diferencia. Se ha vendido al mejor postor de la moralidad para no tener que reconocer que llevamos la misma sangre maldita, la misma sed de autodestrucción.
Y mi pareja... ¡ah, esa es la peor! Su indiferencia es una forma refinada de tortura. Pasa por mi lado, ve el sudor frío en mi frente, oye el crujir de mis dientes cuando el deseo me atenaza, y simplemente... sigue adelante.
Como si yo fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración pero que es demasiado pesado para tirar a la calle. Su «paciencia» no es amor, es una sentencia de muerte lenta. Me deja hundirme porque así ella puede mantener su pedestal de santa mártir.
Se alimenta de mi caída para sentirse alta.
A veces quiero gritarle: «¡Ódiame! ¡Pégame! ¡Haz algo que no sea este silencio sepulcral!». Pero no, ella prefiere el vacío. Prefiere dejar que me consuma como una vela en una habitación sin aire.
Recuerdo la risa de mi hermana cuando éramos niños... era cristal. Ahora es el sonido de una pala cavando mi tumba. Se ha aliado con ese viejo para enterrarme en vida. Me odia no por lo que soy, sino por lo que le recuerdo de sí misma.
Se abraza a ese anciano buscando un padre que nos falló, o quizás buscando un verdugo que la castigue por haber nacido de la misma raíz que este despojo que soy yo.
¡Dios, si existes, dame un enemigo de verdad y no estos fantasmas que me matan con su falta de mirada! Soy un hombre ridículo, sí, pero mi dolor es lo único real en este teatro de sombras chinas.
Arturo medía su vida en esloras.
Arturo medía su vida en esloras. Desde su cubículo en la planta doce, el Puerto de Barcelona no era más que un tablero de Monopoly donde él nunca tendría ficha.
Mientras sus compañeros apuraban el café para huir a las seis, él se quedaba allí, tecleando informes de siniestros con un celo enfermizo.
Cenaba ensaladas de plástico frente al ventanal, observando cómo las luces de los yates de lujo titilaban sobre el agua negra. "Algún día", se decía, mientras babeaba un poco sobre el teclado antes de quedarse dormido bajo los fluorescentes. Su entrega era absoluta, casi religiosa.
El lunes, Arturo no saludó. Seguía en su silla, con la mirada clavada en el horizonte del muelle, pero con una palidez que ya no era culpa de la mala iluminación. Había muerto en su puesto, tal como vivió: solo y en horas extra.
—Por fin se calla —murmuró un administrativo mientras RRHH llamaba al forense.
En la oficina no hubo lágrimas, solo un suspiro de alivio colectivo. Sus jefes, a los que Arturo bombardeaba con correos serviles a las tres de la mañana, lo recordaron como un "pelota insufrible" que solo buscaba ascender a costa de lamer botas.
Sus compañeros, los mismos a los que delataba por llegar cinco minutos tarde, ni siquiera hicieron una colecta para flores.
Lo sacaron en una bolsa negra. Desde la ventana, el yate más grande del puerto soltó amarras y zarpó, ajeno a que su mayor admirador acababa de ser archivado como un expediente sin cobertura.
Aquí tienes el momento en que la máscara de la oficina se rompe por completo durante el entierro:
El funeral fue un trámite de quince minutos. Sus jefes enviaron una corona de flores con el logo de la empresa bien grande —puro marketing corporativo—, pero no se presentaron.
En la puerta del cementerio, el equipo de siniestros fumaba con ganas, rompiendo el silencio con un veneno que Arturo ya no podía reportar.
—¿Viste que murió con el Excel abierto? —dijo el jefe de sección con una mueca de asco—. Menudo pelota. Me enviaba informes los domingos solo para recordarme que él no tenía vida.
Pensaba que le daría el puesto de director, pero no se lo hubiera dado ni aunque fuera el último hombre en la Tierra.
—A mí me intentó hundir con el tema de los horarios —escupió una compañera, ajustándose las gafas de sol—. Era un mal compañero, un rastrero que disfrutaba pisando a los demás para que el jefe le diera una palmadita en la espalda.
¿Sabéis qué hizo cuando mi hijo estuvo enfermo? Le dijo a RRHH que mi rendimiento bajaba.
Mientras bajaban el ataúd, nadie bajó la cabeza. De hecho, el administrativo más joven sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo.
—Bueno, al menos ahora alguien podrá heredar su ventana. Las vistas a los yates del puerto son lo único que valía la pena de su cubículo.
Se dieron la vuelta antes de que cayera la primera palada de tierra. Arturo se quedó solo, tan invisible en la muerte como lo fue su humanidad en la oficina.
domingo, 8 de febrero de 2026
Veo a un niño jugando solo.
Miles de olas de luz
como en mi infancia,
sin decirte nada te amé
remuerde el tiempo que pasa.
Veo a un niño jugando solo
y a su abuelo contando,
bombas de la Guerra Civil,
en un patatal saltando.
"No sabe por dónde salta".
Soy un río que se duda,
donde la sed es un muro
y la voz nace desnuda.
Aquí un cielo de ceniza,
vuelca el día su amargura,
mi sombra busca la orilla
de una noche sin premura.
Enfrentando a veinte mil
de tus amigos demonios
¿Cómo el centro de la Tierra
se siente tan solo?.
Lecroy busca las vigas
ardiendo, ya no hay besos
en el tiempo que recordar,
no hay oídos en el tiempo.
Un niño que juega solo
un joven que solo se sienta,
un pavo sin besos qué besar
padre sin hijo en su cuenta.
Los Altos Hornos junto al mar
donde se despiden los amantes,
sin padres no hay a quien acusar
ya no somos los de antes.
Se me astillaron los pasos,
el alma es cal de herradura,
el tiempo es un perro negro
que mis huellas desfigura.
No hay metal en mis arterias,
solo una herida rotunda,
la inercia es un mar de plomo
donde el deseo se inunda.
Tímida la piedra que arranca
la tierra que el agua rompe,
fuiste feliz como pudiste
sin darle un nombre.
El mundo es un vidrio roto,
laberinto de luz turbia,
y mi voluntad un pétalo
que se dobla con la lluvia.
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