Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

domingo, 8 de febrero de 2026

El brillo en sus ojos inesperado.

Para Lucas, el ruido nunca fue exterior. Creció en una casa de cortinas cerradas, descifrando los susurros de una madre atrapada en los laberintos de la esquizofrénica, donde el amor y el miedo compartían el mismo plato. Su infancia fue un ejercicio de invisibilidad, aprendiendo a cuidar de alguien que a veces no reconocía su propio nombre. Esa soledad lo llevó a la pantalla. No buscaba un escape, sino un eco. Así conoció a Elena en un foro sobre salud mental y resiliencia. Ella no tenía cicatrices visibles, pero entendía el lenguaje de quienes han tenido que ser adultos antes de tiempo. Durante meses, sus mensajes fueron el faro: palabras que no juzgaban, silencios compartidos por teclado y una conexión que se sentía más real que el aire que respiraban. El primer encuentro no fue en un café concurrido, sino donde el mundo se siente infinito: la playa. Lucas llegó primero. El viento salado le recordaba que, por fin, podía respirar sin miedo a romper algo. Cuando vio a Elena caminar por la arena, el reconocimiento fue instantáneo. No eran dos desconocidos; eran dos náufragos que finalmente tocaban tierra firme. Se sentaron frente al mar, dejando que las olas llenaran los huecos de su conversación. No hubo necesidad de explicar el pasado; sus ojos ya contaban las batallas ganadas a la tristeza. En un momento, Elena tomó su mano. Fue un gesto simple, pero para Lucas, cuyo contacto físico siempre había sido de alerta o cuidado, fue una revelación. "Aquí hay fantasmas, Lucas", susurró ella. En ese atardecer, bajo un cielo que parecía pintado solo para ellos, Lucas entendió que su historia no estaba definida por el dolor de su infancia, sino por la capacidad de haber guardado un rincón de luz para alguien como Elena. El amor no fue un flechazo ruidoso, sino la paz profunda de saber que, después de toda una vida de tormentas, finalmente estaba en casa. Para profundizar en su historia, debemos volver al momento en que las palabras digitales se convirtieron en susurros frente al mar. El paso de "sobrevivientes" a "pareja" no fue rápido, fue un proceso de desarmar defensas. El Primer Diálogo: Rompiendo el Cristal Mientras caminaban por la orilla, el agua fría les rozaba los pies. El silencio era cómodo, pero Lucas sentía la necesidad de validar que ella era real. — "A veces me cuesta creer que no te he inventado", dijo Lucas, mirando el horizonte. "En mi casa, la realidad siempre fue algo... maleable. Mi madre podía ver incendios donde solo había sol. Estar aquí contigo, sintiendo la arena, me da miedo porque se siente demasiado sólido". Elena se detuvo y lo miró a los ojos, sin rastro de lástima, solo con una comprensión profunda. — "No eres el único que vive en guardia, Lucas", respondió ella suavemente. "Yo pasé años cuidando mis palabras para no herir a nadie, olvidando cómo decir lo que yo sentía. Pero aquí no tienes que cuidar de mí. Solo tienes que estar". — "¿Incluso si a veces el silencio me pesa?", preguntó él. — "Sobre todo entonces. Aprenderemos a que el silencio sea nuestro refugio, no nuestra celda". Enamorarse para ellos no fue una explosión de fuegos artificiales, sino una reconstrucción paciente. A medida que la relación avanzaba, el amor se manifestó en los detalles que abordaban sus traumas pasados. Cuando Lucas sentía la ansiedad de que algo malo iba a pasar (un eco de su infancia), Elena no le decía "estás loco". Ella simplemente le tomaba la mano y decía: "Estamos en el presente, y en el presente estamos a salvo". Aprendieron que amar no significa estar pegados para protegerse. Elena lo animó a buscar terapia y a tener sus propios hobbies, enseñándole que él no era el "cuidador" de todo el mundo, sino un hombre con derecho a sus propios deseos. Hablaron abiertamente sobre el miedo de Lucas a la genética y a la enfermedad. El amor se fortaleció cuando Elena le hizo entender que, pasara lo que pasara en el futuro, él ya no tendría que enfrentarlo solo en una habitación a oscuras. Meses después de aquel encuentro en la playa, volvieron al mismo lugar. Ya no eran dos extraños que se conocían por internet, sino dos personas que habían decidido que sus cicatrices no eran un defecto, sino el mapa que los había guiado el uno al otro. Lucas miró a Elena y, por primera vez en su vida, no sintió el ruido de la enfermedad de su madre ni el peso de la responsabilidad excesiva. Solo sintió el latido tranquilo de un corazón que, tras años de tormenta, había encontrado su puerto.

El granito rojo del rey Keops.

Bajo el sol de los desiertos, donde el tiempo se deshace, se alza el granito del rey, rojo como sangre ardiente. Es la tumba de Keops, una montaña de cuarzo, que guarda en su vientre frío el eco de mil milagros. A la horca debo ir con el viento de la arena, ver la pirámide crecer rechinar de muerte en pena. Cada golpe del cantero, cada sudor en el rostro, lo devuelve la montaña en un místico retorno. No busca el hombre la gloria, ni el oro de los tesoros; busca la paz en la piedra, el premio de sus esfuerzos. Al tocar el muro terso, el alma siente el abrazo; la piedra da recompensa al que ofrece su trabajo. Es la autosatisfacción, un manantial en lo seco, que brota de la dureza cuando el gesto es puro y recto. Las tumbas de la llanura, pirámides de un lamento, el granito rojo brilla colmando de aire al deseo. Busca el hombre en la cantera lo que el tiempo se ha llevado, pues no hay agua que mitigue sed de un ayer olvidado. El granito es un espejo de un deseo que no acaba, una sed que en la arenisca nunca encuentra su llegada. Quiere asir entre sus manos el pasado que es ceniza, pero el bloque rojo guarda solo una muda sonrisa. Es la piedra un laberinto donde el ansia se detiene, pues lo que fue ya no vuelve por más que el alma se empeñe. Y en el roce con el muro, donde el dedo se desgasta, el orgullo reconoce que su propia luz le basta. Que no hay reino ni corona que detenga el atardecer, solo el gozo de la piedra que enseña a no pretender. Así el hombre, ante el abismo, bebe el vino del presente, pues lo insaciable se rinde frente al granito durmiente.

sábado, 7 de febrero de 2026

Frente el cráter de ceniza.

Frente el cráter de ceniza, el fuego al tiempo deshace, busco el trazo de lo eterno aunque el pulso me fracase. No es la mano la que labra, ni el cincel el que renace, es el hambre de lo oculto lo que obliga a que me lance. ¡Qué me importa la destreza si la forma es solo un envase! Yo persigo aquel relámpago que en la sombra se desate. No es oficio, es un delirio, un incendio en el lenguaje, que las cosas cobren vida antes que el rigor las mate. Busco el arco que se curva en un místico tatuaje, donde el iris se confunde con la sangre del paisaje. Lo perfecto es un sepulcro, lo sublime es el viaje; hacer bien es dar el alma aunque el mundo se desgaje. Que la obra sea el puente, no la meta ni el anclaje, pues lo bello solo existe cuando el sueño se hace carne.

Construiré con mi sangre la opalita.

Te amo, te odio,yo que sé, ya te tengo que olvidar, quien te cace venda tu piel yo solo te tengo que matar. Mina de oro que entierro nunca más te seré fiel, te bendigo sin querer verte para adornar nuestra piel. Rapado con tatuajes en la cogorza del ayer, en medio el mar sin nombre tampoco tiene que volver. Brillas con luz de angustia, falsa joya de cristal, que hasta la noche se admira en tu fragua artificial. No naciste en la montaña ni en la cuna del volcán, pero tu humilde calaña irradia un suave desván. Si el diamante es fuego puro y el zafiro es alta mar, tú, en tu brillo más oscuro, no te tienes que juzgar. Perdónate por no serlo, por ser vidrio y nada más, que es hermoso solo el verlo y en tu calma encontrarás. No mires al que es tesoro por ley de naturaleza, mira al fango, mira al lodo que no tiene tu belleza. Hay piedras que son ceniza, que el camino pisará, mientras tu luz se desliza y en el pecho brillará. Mina de oro que entierro nunca más te seré fiel, te bendigo sin querer verte para adornar nuestra piel.

viernes, 6 de febrero de 2026

Poema "Todo lo que amé".

Todo lo que amé no tiene ya sentido, los traumas quedan por el hijo no tenido. Uno se multiplica porque como niño queda, y mata las raíces que rompieron la tierra. De eslabón a eslabón los tambores en la playa, mueren por rascacielos contra los coches baila. Del ahorcado inalámbrico, otro amor platónico, sueña gárgolas de niño y un desierto daltónico.

Soneto surrealista.

La Geometría del Polvo. Un reloj de ceniza mide el frío, mientras el piano devora su teclado, y un tigre de cristal, siempre callado, bebe la sed de fiebre por el río. Hay un orden de sal, un desafío en el pan que camina ya inventado; la dignidad es un pez amordazado que guarda el mar en un dedal vacío. No es el azar la red, sino el acento de una raíz que muerde la estructura los trenes caen de la azotea al cemento. Erguido el aire, busca su estatura, los ciervos cornean la vena sin tiento lo que yo amé ya no tiene espesura.

jueves, 5 de febrero de 2026

El amor que te llega y te conviene.

Yo que tantos hombres fui fui el hombre en cuyos brazos desfallecía la otra por fin. Si busqué a Matilde Urbach si me bloqueó o fui feliz viendo el oasis me matará no me mató de lo que morí. Por la arena del olvido, bajo un sol que no perdona, el pie quemado ve al cielo y tu recuerdo te cuestiona. No es la línea la que manda, ni lo recto es lo que importa, que la sed dicta la ruta y la ausencia se hace corta. Buscabas aquel incendio, ese amor de llama loca, que te hería con el frío y te amargaba la boca. Pero el paso te detiene donde el agua es mansa y pura; el gas termina el engaño, se suaviza la amargura. Aquel sueño inalcanzable, de noche angustia sombría, lo remata ya la tarde y lo dispersa la brisa. Si te mueres con el puerto, con el bien que te conviene, con la paz que da el refugio y el abrazo que te sostiene. Hay un eco de otra vida, un extrañamiento leve, como sombra de una nube que en el alma apenas llueve. Es sosiego lo que sientes, el reposo del guerrero, aunque guardes el secreto de aquel fuego prisionero. Por supuesto fui feliz el náufrago nadando y muere en la orilla de quedar pataleando. Por la arena que devora, bajo un cielo que es de hierro, no caminas por la línea, vas buscando tu destierro. No es la ruta del cartógrafo la que guía tu pisada, es el hambre de los pozos en la tierra calcinada. Te asaltan las caravanas, ladronas de la alegría, que en lugar de dar consuelo te roban la luz del día. Y en la grieta del engaño, donde el miedo te amordaza, brota el brillo del escorpión que entre las piedras atenaza. Él no es muerte, es el maestro, veneno que te despierta: donde hay saña y aguijón hay una vida muy cerca. Aquel amor de los picos, imposible y carnicero, era un sol que te cegaba en un mundo de cenicero. Hoy te quedas con el valle, con el bien que te acomoda, una paz que sabe a tregua mientras el alma se poda. Es un orden de cemento, un refugio sin espanto, aunque sientas en el pecho un extraño y sordo llanto. Es el peso de la calma, un metal que no conoces, mientras mueren en tu espalda aquellas antiguas voces.