Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

miércoles, 25 de marzo de 2026

"EL ANDÉN DE LO QUE PUDO SER".

Este cielo de ceniza, se apaga el último rayo, el tiempo corre de prisa y el corazón siente el fallo. Tuvimos la mar en calma, el viento a nuestro favor, pero se nos durmió el alma por miedo de un mal mayor. Aquel "te quiero" en el pecho, por cobardía callado, hoy es un muro derecho entre el presente y pasado. ¡Qué amargo sabor de arena deja la mano vacía! Es la puerta que no suena, la luz que nunca sería. Miramos hacia el camino donde el destino se pierde; fuimos nuestro propio sino, yerba seca en valle verde. Y en esta noche de ausencia, donde el "pudo ser" habita, nos dicta la mala conciencia: la gloria no se repite. Contra el frío de la estación, donde el hierro se hace olvido, perdimos la dirección de aquel beso no cumplido. El tren silbó su partida con un estruendo de acero, se fue toda nuestra vida en ese vagón viajero. Quedó el andén solitario, testigo de nuestro error, tachando en el calendario las sombras de nuestro amor. La lluvia moja el cristal de la oportunidad muerta; fuimos un paso fatal ante una abierta puerta. Apareces entre la bruma, como un fantasma de ayer, cuando la esperanza es suma de lo que pudo haber sido. Tus ojos buscan los míos en el tumulto del puerto, borrando al fin los desvíos de aquel destino ya muerto. No importa el tren que se ha ido, ni el tiempo que nos robamos, si el latido no vencido nos dicta que aún estamos. El hierro frío se enciende, la suerte al fin nos abraza; quien su pasado comprende vuelve siempre hacia su casa. Tus manos rozan las mías, pero el hielo nos separa; son tantas las agonías que el tiempo nos grabó en la cara. Buscamos aquel incendio, la llama que nos unía, pero hoy solo es el compendio de una luz gris y vacía. ¿Somos los mismos que antaño o extraños bajo este puente? El reencuentro sabe a daño, a un "tarde" que se siente. Nos miramos fijamente, con el miedo en la mirada, pues se sabe, tristemente, que tras la nada, no hay nada. (Verso) En el puente del olvido, donde el tiempo se detuvo, lo que ayer fue un rugido hoy es sombra de lo que hubo. (Estribillo) ¡Ay, qué tarde llega el "siempre"! ¡Ay, qué frío este reencuentro! Que el perdón no nos encuentre con el alma toda adentro. Las manos que no se unieron hoy son nudos en el viento. (Verso) Nos miramos a los ojos con un miedo que nos quema, recogiendo los despojos de este amor que es anatema. (Estribillo) ¡Ay, qué tarde llega el "siempre"! ¡Ay, qué frío este reencuentro! Que el perdón no nos encuentre con el alma toda adentro. Las manos que no se unieron hoy son nudos en el viento.

Sonetos.

Ruge el motor en racha estrepitosa, el claxon muerde el aire con porfía, y nace entre el cemento y la agonía una mole de acero pretenciosa. Abre el comercio su persiana ansiosa buscando el lucro en la mercadería, mientras se pierde esta polifonía en la ciudad mecánica y ruidosa. ¿A quién le importa el ritmo del acento, la rima que se teje con cuidado, frente al martillo que golpea el viento? Sublime el verso surge y es ignorado; muere el soneto en el asfalto lento, por el rugido febril atropellado. *** El tiempo es cauce de piedras abierto un juego de ficciones y de azar, donde pedruscos podían encajar y el horizonte era un jardín desierto. Pero el destino, lúcido y despierto, me vino con sus cuentas a cobrar: oficio y fe que debo sustentar, lejos del verso y del aplauso muerto. La familia es el ancla y el sentido, la obligación el pan de cada día, y el afán de edificio es un ruido. Supe al final que la vida iba en serio: no en la altivez de la vana alegría, sino en el peso de este cautiverio. *** Pasó el tren con su ruido y su premura, dejando solo un eco en el camino; la mano que no asió aquel buen destino hoy no debe cargar con la amargura. Si el tiempo se llevó la arquitectura de un sueño que no fue, de un don divino, no enturbies con lamentos el buen vino ni cambies tu alegría en desventura. Mira el desierto en su extensión de arena: las pirámides siguen todavía, alzando su silencio ante la pena. Lo que se pierde es solo una jornada, pues brilla con la misma luz el día y el alma sigue en pie, nunca derrotada. *** Bajo el peso de un mazo indiferente, se quiebra el cuerpo de callos dolido; el rincón del convento lo perdido, donde el honor se apaga lentamente. Como aquel que ante el golpe inminente no encuentra ya refugio ni rugido, queda el cuerpo en el lodo, sometido, mientras avanza el mundo, indiferente. No hay defensa posible en el abismo si el juicio es un rodar de frío hierro que aplasta la razón con el cinismo. Nace al dolor un silencio de si mismo, callar es desafío al juez al menos cuando nos arrastra sin voz el río.

El oleaje nocturno.

¿A mí wue me importa si le queda aire?, si tiene millones o se le da el baile? Ya se apagan las antorchas, el teatro queda a oscuras, y en el espejo del tiempo mi propio rostro me asusta. ¡Qué lejos queda aquel joven que, con la espada desnuda, quiso asaltar las estrellas y hollar la gloria absoluta! Como un Romeo cansado que ya no escala la altura, busco el calor de otro cuerpo mientras la muerte me arrulla. Amor celeste y rastrero, mezcla de luz y de injuria, es un veneno que calma esta soledad de tumba. La vida iba en serio, ¡ay! La verdad es una furia que desgarra el terciopelo de mi juventud caduca. Ya no hay aplausos, ni rosas, solo esta noche de lluvia, donde el amor es un rastro de ceniza y de amargura. No volveré a ser el dueño de aquella risa tan pura; soy solo un viejo comediante que ante el silencio se angustia. ¡Que me entierren en tus brazos, lejos de la luz diurna, donde el olvido sea el beso que mi tragedia concluya! Inventario de un cuerpo Que la vida iba en serio es la emboscada que el tiempo nos tendió por puro vicio; hoy me asomo, cansado, al precipicio de ver mi juventud ya derrotada. No busco la pasión desesperada ni el beso que nos lleve al sacrificio; el amor es tan solo un ejercicio de piel contra la sombra abandonada. Pandémica es la noche, y el deseo se vende por un rato de compañía, lejos de aquel altar en que creía. La Función Final Ya se apagan las antorchas, el teatro queda a oscuras, y en el espejo del tiempo mi propio rostro me asusta. ¡Qué lejos queda aquel joven que, con la espada desnuda, quiso asaltar las estrellas y hollar la gloria absoluta! Como un Romeo cansado que ya no escala la altura, busco el calor de otro cuerpo mientras la muerte me arrulla. Amor celeste y rastrero, mezcla de luz y de injuria, es un veneno que calma esta soledad de tumba. La vida iba en serio, ¡ay! La verdad es una furia que desgarra el terciopelo de mi juventud caduca. Ya no hay aplausos, ni rosas, solo esta noche de lluvia, donde el amor es un rastro de ceniza y de amargura. No volveré a ser el dueño de aquella risa tan pura; soy solo un viejo comediante que ante el silencio se angustia. ¡Que me entierren en tus brazos, lejos de la luz diurna, donde el olvido sea el beso que mi tragedia concluya! Inventario de un cuerpo Que la vida iba en serio es la emboscada que el tiempo nos tendió por puro vicio; hoy me asomo, cansado, al precipicio de ver mi juventud ya derrotada. No busco la pasión desesperada ni el beso que nos lleve al sacrificio; el amor es tan solo un ejercicio de piel contra la sombra abandonada. Pandémica es la noche, y el deseo se vende por un rato de compañía, lejos de aquel altar en que creía. Comprendo, entre el alcohol y la ironía, Como un viejo galán de un mal trofeo, que ni el cuerpo me queda en la agonía. Acto Final Vine a comerme el mundo, y el banquete era solo mi carne en el cuchillo. Ya no busco el amor, busco un billete que me compre un abrazo en el pasillo. No hay tragedia, ni gloria, ni jinete; solo un cuerpo cansado y sin brillo. Morir es esto: un último juguete rompiéndose en un cuarto muy sencillo. Vine a comerme el mundo, y el banquete era solo mi carne en el cuchillo. Ya no busco el amor, busco un billete que me compre un abrazo en el pasillo. No hay tragedia, ni gloria, ni jinete; solo un cuerpo cansado y sin brillo. Morir es esto: un último juguete rompiéndose en un cuarto muy sencillo.

martes, 24 de marzo de 2026

No me pidas que me aleje.

No me pidas que me aleje, ni que busque otra salida, que no hay miedo que me deje sin el norte de tu vida. El mundo grita "escapa", por temor a la herida, pero el alma no se tapa si se siente protegida. No es valiente el que se olvida ni el que corre hacia el olvido, es quien se queda a medida de lo que juntos hemos sido. Que se rompa la muralla, que se agite el hondo mar, yo no pierdo esta batalla por el miedo de ganar. Aquí planto mi bandera, sin maletas, sin el "luego", que no hay mayor primavera que abrazarse bajo el fuego.

lunes, 23 de marzo de 2026

El Eco en el Desván.

El crujido no vino de la madera vieja, sino de algo mucho más pesado. Julián se quedó inmóvil en la cama, con los ojos clavados en el techo manchado por la humedad. Hacía tres días que se había mudado a la casona de su abuelo y, desde la primera noche, el desván parecía cobrar vida propia. Se puso las pantuflas y subió la escalera de caracol, cuyo metal frío le recordaba a una morgue. Al llegar arriba, la puerta del desván estaba entreabierta. Un olor a ozono y a flores secas inundaba el pasillo. Empujó la madera con la punta de los dedos. Dentro no había nada fuera de lo común: baúles llenos de ropa apolillada, un espejo cubierto por una sábana gris y el silencio denso de los lugares olvidados. Julián suspiró, atribuyendo los ruidos a las tuberías. Pero, al darse la vuelta para salir, el espejo reflejó un movimiento. Él no se había movido. Caminó hacia el espejo y retiró la tela de un tirón. Su propio reflejo lo miraba fijamente, pero había algo mal. El Julián del espejo no parpadeaba. El Julián del espejo tenía una sonrisa que llegaba hasta las orejas, una expresión que él jamás recordaba haber hecho. De repente, su reflejo levantó una mano y golpeó el cristal desde adentro. Toc, toc, toc. El sonido no fue un eco. Fue real. Julián retrocedió, tropezando con un baúl, pero sus ojos no podían apartarse de la superficie plateada. La figura en el espejo comenzó a arañar el vidrio, dejando marcas de garras que aparecían en el aire de la habitación. —Déjame salir —susurró una voz que era la suya, pero que sonaba como si viniera de debajo de la tierra. Julián intentó gritar, pero el aire se le escapó de los pulmones. Vio cómo su propia mano derecha, la de carne y hueso, empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida como el humo. Mientras tanto, la figura del espejo cobraba color, volumen y una solidez aterradora. El "otro" atravesó el marco con la facilidad de quien cruza una cortina de agua. Se detuvo frente a un Julián cada vez más pálido y transparente. Con una delicadeza cruel, el intruso le acomodó el cuello de la pijama al Julián real, que ahora flotaba como una sombra sin voz. —Gracias —dijo el impostor con su voz perfecta—. Hacía mucho frío allí dentro. El nuevo Julián bajó las escaleras silbando una melodía antigua, dejando atrás un espejo vacío donde, si se miraba con atención, solo se veía una habitación oscura y un joven invisible golpeando desesperadamente contra un muro de cristal.

domingo, 22 de marzo de 2026

Sonetos.

Atropella ese ceño que me ignora, donde el orgullo frena su sentencia, no busco ya la luz que te devora ni ruego ante tu fría indiferencia. Si tu desprecio pita mi tortura por no tener el brillo del tesoro, verás que no hay en este mundo una virtud que pese más que el propio decoro. Soy dueño de mi paso y mi destino, libre de herrar la rueda en tu cadena, siguiendo de la paz el buen camino. Pues ser tranquilo vale más que el oro, y en la conciencia limpia y sin cadena, hallo el honor que al necio causa lloro. *** Te amo puñal en el pecho siento el vértigo de un edificio que cae y grita y rabia como el muerto en la noche eterna de vidrio. En el rellano impera la sombría pared de mueca en guerra y congelado; ayer eran amigos, hoy, de lado, pasan cargando un saco de apatía. Todo colapsó por una nimiedad: un perro que ladró, luz encendida, o una planta de más, mal atendida, que marchitó su vieja voluntad. Se evitan en el paso del rellano, el ascensor es cripta de hormigón donde alguien se pudre al dar la mano. Y muere en capullo orgullo en su rincón, perdiendo por un roce soberano la paz que da un saludo y el perdón.

Todo eso.

Una amistad humilde y sincera vale más que todos los amores imposibles de la realeza.