Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

viernes, 6 de marzo de 2026

El dilema de Kurt Gerron.

¿Quién recordará el gueto frente al lente del horror?, Kurt camina por el filo o la vida o el honor. Vende su genio al salvador, tras un telón de cartón, pintando un falso destino de alegría y de canción. ¿Es traición o es esperanza beber del cáliz fatal, si por un año de vida se firma el pacto mortal? La dignidad es un peso, la lealtad un resplandor, pero el alma se desgarra bajo el yugo del temor. Al final de la comedia, cuando se apaga la luz, el diablo cobra su deuda y el actor carga su cruz. Beso el diablo en su mejilla, bajo un sol de falsedad, mientras sus manos tejían mantos de pura bondad. ¡Qué solo se queda el hombre con su amarga cobardía! Buscando entre los escombros un rayo de luz y vía. Vio en los ojos de los niños el reflejo de su afrenta, mientras filmaba el engaño que su propia muerte alienta. ¿Vale un año de suspiros, de aire infecto y de agonía, si el alma queda marchita y el nombre en la ignominia? Fue su arte un arco iris sobre un campo de dolor; murió el hombre, murió el genio, solo quedó el deshonor. ¡Ay, que el tiempo no perdona! Y en el humo de un vagón, se deshizo la esperanza y el latir del corazón. En los muros del olvido vuelan sombras de pesar, son los ecos del que supo y no pudo ya gritar. ¡Qué carga lleva la espalda del que al abismo escapó, viendo que el precio del aire fue el hermano que cayó! En el silencio del pecho late un golpe de metal, el remordimiento esclava un puñal de salitre y mal. ¿De qué sirve el cielo limpio y el pan sobre la mesa hoy, si el reflejo en el espejo dice: "Yo vivo, él no soy"? Es la culpa un perro negro que no deja de ladrar, por aquel que vendió el alma sin poderla rescatar. Y en las noches de vacío, cuando el miedo vuelve a estar, siente el frío de la fosa el que no supo elegir el mar.

jueves, 5 de marzo de 2026

No creo en el amor, pero quiero verte...

Fue un fuego que en el alma se hizo nudo, un "siempre" que el destino negó ciego, aquel amor que, herido por el ruego, quedó entre las cenizas, sordo y mudo. Juraba que el adiós sería el crudo invierno el fin de las alaracas, me moriré contigo si me matas, que aquel dolor fue el "lejos" más agudo. No fue el final, sino el primer peldaño; la sombra necesaria para verte, el mapa que trazó tu voz tranquila. Aquel error que me causaba daño era el ensayo para merecerte: mi amor de ayer en mi mirar destila. Sangre y sudor en el software. Retuerzo mi memoria RAM en vano, buscando aquel archivo que perdiste; eres el link roto que persiste, un scroll infinito y tan lejano. Pulsas mi pecho con tu dedo humano, pero en mi muro solo hay aire triste; eres el virus que jamás desiste, el firewall quemándome la mano. No hay algoritmo que tu ausencia explique, no creo en el amor pero quiero verte aunque te sigan mil, te siento sola. Que mi amor en tu chat se sacrifique: polvo de datos soy, mas en la muerte de este feed seré sombra que te implora. *** De la infancia. Sobre el sol de la infancia, el tiempo es lento, un reino de castillos en la arena, donde el asombro ignora la condena de aquel reloj que dicta el escarmiento. Corrimos tras la luz, sin más sustento que una risa voraz, limpia y ajena; no había en el pecho sombra ni cadena, solo el pulso febril del sentimiento. Mas hoy, el viejo bardo nos advierte: el mundo es un tablado de oficina donde el actor olvida su fortuna. La magia de aquel niño se pervierte, cambiando la mirada cristalina por un gris inventario bajo la luna.

martes, 3 de marzo de 2026

Sonetos de la lealtad.

“Paz sin fin, paz verdadera. Paz que al alba se levante y a la noche no se muera.” 🕊. Rafael Alberti. El código de tu voz no se fragmenta aunque el ruido del mundo sature el canal, mi fe no es un algoritmo que inventa una oferta de afecto transaccional. No soy cortafuegos de tu alma en crisis, ni amistad de "un solo uso" y desconexión; la integridad no admite la parálisis cuando el sistema entra en modo colisión. Si el hardware del honor sufre un desahucio y el brillo del bit es moneda de cambio, yo seré tu respaldo y tu fiel cautio, sin que el tiempo genere un amargo recambio. Que el mundo se apague en su frío vacío, que yo seré el puerto donde ancle tu navío. *** El barco se hunde y no busco un tesoro, sin que me pese el oro donde escuece, ni quien guarda del bien solo el falso oro, mientras la fe en la duda desvanece. La integridad es roca en la tormenta, que al amigo sostiene en su caída, no es pacto que el interés alimenta, sino el norte que guía nuestra vida. Si el mundo con su engaño nos asedia, y el oro tienta al alma con su brillo, la mano firme evita la tragedia, manteniendo el barco agreste y sencillo. Si mantienes la calma en la tormenta, serás el dueño de tu propia cuenta. *** Muerde el relámpago, no esperes calma, que la vida es un tajo en el vacío, un incendio que corre por el río de esta sangre que busca incendiar el alma. No busques el refugio ni la palma, ni el rincón del descanso y el hastío; prefiere el golpe, el vendaval, el frío, que la inercia es la muerte que nos calma. ¡Salta! Que el suelo es solo una mentira y el abismo es la única certeza donde el valor su propia luz respira. Vivir es la rocaflex, no la queja, es la herida que ríe mientras gira y el corazón que en cada zarza se deja. *** Esta vez triunfó Babel. Abre los ojos y el cristal estalla, un sismo de metal muerde el vacío, el paisaje lunar rinde al desafío de esta jungla que tupe lo que encalla. No es ciudad, es un nervio que ametralla los témpanos con vértigo y con frío; un laberinto erguido, un extravío de luz que en cada muro da batalla. (Te sientes brizna, sombra, breve nada), (piensas quién construyó al descubierto), (qué escala hacia la nube amurallada). Se yergue a la atmósfera un amuleto, locura frenética proyectada: un grito de hormigón que busca el reto.

domingo, 1 de marzo de 2026

Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".

Cofre con el misterio de la muerte. No me deslumbra el oro en su heredad, ni el brocado que viste al hombre hueco, pues la seda es disfraz de la vacuidad y el lujo no es más que un sonoro eco. ¿De qué sirve el banquete en mesa fría si el alma no ha sudado su sustento? Es solo sombra, pompa y alegoría que se deshace al primer roce del viento. Prefiero el pan ganado con la mano, el sueño en lecho que cualquiera pisa, que aquel tesoro estéril y profano donde las bombas destruyen ceniza. Pues más vale el rigor de humilde suerte, que un cofre con la arena de la muerte... cofre con el misterio de la muerte. *** Soneto al Resplandor en la hierba. El brillo muere y grita como loca, pasa la verde brisa de tu frente, un jazmín que se quiebra de repente y una sombra de sal sobre la boca. Era el aire de nardo, la luz poca, en la noche del pulso adolescente; oro de espuma sobre la corriente que el filo de la sombra desemboca. ¡Oh, cintura de junco y geometría! Se nos va por el vado de los ojos toda la sangre en su melancolía. Quedan solo del sueño los despojos: un caballo de arena en la agonía y un rastro de claveles entre abrojos.

Un cuento a lo Hemingway.

El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía. —¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio. El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado. Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño. Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos. —¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río. Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella. Pero no. Jamás a él. Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida. El pulso: Inexistente. La respiración: Ausente. El tiempo: Detenido. —Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo! Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito. De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos. Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo. Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande. Nunca más vendré contigo -pensó. El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua. Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo. El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando. —¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante. Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades. Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió. En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla. —Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría. Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta. Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas. *** La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría. —¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin. —Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies. —El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste? Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo. —El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver? —No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar. —Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo. Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático. —Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar. Sofía sonrió, una curva mínima y cruel. —Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor. El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta. El interrogatorio policial psicológico niños técnica", "procedimiento policial desaparición menores España. Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor. Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío. Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo. No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia. Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse. Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente. Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua. —Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos. Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca. —Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras. Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.

sábado, 28 de febrero de 2026

El Heredero del Aire y de la Sangre.

Aquel recinto de voces apagadas, los aullidos de la esquizofrenia, donde el tiempo era un mueble más, cubierto de polvo, fue mi cuna y mi primera cárcel. Vi a los padres mover manos mecánicas, repitiendo un rito de afecto ya vacío, entregándome un nombre como quien arroja una piedra al fondo de un pozo que no quiere eco. Me dijeron: "Sé como nosotros, acepta este peso de sangre y de costumbre, y camina por la sombra, que la luz quema". Pero yo guardaba un fuego bajo los párpados, un hambre de mundos que ellos no sospechaban mientras rezaban a un dios de escayola y miedo. Rompí el cristal, salí a la noche abierta, descalzo de sus dogmas y sus rancias esperanzas. Y aunque hoy el frío me reconozca como extraño y el destino sea una mano que aprieta la garganta, miro el horizonte con un gozo terrible: Es la ilusión de ser, por fin, mi propio dueño, de quemarme en la llama que yo mismo he encendido, aunque el precio de esta luz sea la ceniza, y el final de mi vuelo, la caída más pura.

viernes, 27 de febrero de 2026

Soneto sobre Antonio Tejero.

Antonio Tejero soñando con las sombras en el Alcázar del Futuro, tiene que rendirse en el Congreso. Sobre un cielo de cal, plomo y agonía, avanza el tiempo con sus pies de lana; no hay laurel que verdee en la mañana, solo un rastro de herrumbre y profecía. Como Macbeth ante la selva fría, ven la ciudad —voraz, republicana— que no entiende de espada ni de diana y en su silencio el mando les vacía. El futuro es un toro de azabache que embiste contra el muro del olvido, sin que el honor el golpe le despache. Milans y el bigote ensombrecido, cercados por la luz que los desmache, se hunden en el mar del tiempo huido.