Al abordaje.Por fin tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.
Literatura/ lengua,cine, música y arte.
Alicia atraída por la madriguera
martes, 3 de marzo de 2026
Sonetos de la lealtad.
El código de tu voz no se fragmenta
aunque el ruido del mundo sature el canal,
mi fe no es un algoritmo que inventa
una oferta de afecto transaccional.
No soy cortafuegos de tu alma en crisis,
ni amistad de "un solo uso" y desconexión;
la integridad no admite la parálisis
cuando el sistema entra en modo colisión.
Si el hardware del honor sufre un desahucio
y el brillo del bit es moneda de cambio,
yo seré tu respaldo y tu fiel cautio,
sin que el tiempo genere un amargo recambio.
Que el mundo se apague en su frío vacío,
que yo seré el puerto donde ancle tu navío.
***
El barco se hunde y no busco un tesoro,
sin que me pese el oro donde escuece,
ni quien guarda del bien solo el falso oro,
mientras la fe en la duda desvanece.
La integridad es roca en la tormenta,
que al amigo sostiene en su caída,
no es pacto que el interés alimenta,
sino el norte que guía nuestra vida.
Si el mundo con su engaño nos asedia,
y el oro tienta al alma con su brillo,
la mano firme evita la tragedia,
manteniendo el barco agreste y sencillo.
Si mantienes la calma en la tormenta,
serás el dueño de tu propia cuenta.
***
Muerde el relámpago, no esperes calma,
que la vida es un tajo en el vacío,
un incendio que corre por el río
de esta sangre que busca incendiar el alma.
No busques el refugio ni la palma,
ni el rincón del descanso y el hastío;
prefiere el golpe, el vendaval, el frío,
que la inercia es la muerte que nos calma.
¡Salta! Que el suelo es solo una mentira
y el abismo es la única certeza
donde el valor su propia luz respira.
Vivir es la rocaflex, no la queja,
es la herida que ríe mientras gira
y el corazón que en cada zarza se deja.
***
Esta vez triunfó Babel.
Abre los ojos y el cristal estalla,
un sismo de metal muerde el vacío,
el paisaje lunar rinde al desafío
de esta jungla que tupe lo que encalla.
No es ciudad, es un nervio que ametralla
los témpanos con vértigo y con frío;
un laberinto erguido, un extravío
de luz que en cada muro da batalla.
(Te sientes brizna, sombra, breve nada),
(piensas quién construyó al descubierto),
(qué escala hacia la nube amurallada).
Se yergue a la atmósfera un amuleto,
locura frenética proyectada:
un grito de hormigón que busca el reto.
domingo, 1 de marzo de 2026
Soneto " Cofre con el misterio de la muerte".
Cofre con el misterio de la muerte.
No me deslumbra el oro en su heredad,
ni el brocado que viste al hombre hueco,
pues la seda es disfraz de la vacuidad
y el lujo no es más que un sonoro eco.
¿De qué sirve el banquete en mesa fría
si el alma no ha sudado su sustento?
Es solo sombra, pompa y alegoría
que se deshace al primer roce del viento.
Prefiero el pan ganado con la mano,
el sueño en lecho que cualquiera pisa,
que aquel tesoro estéril y profano
donde las bombas destruyen ceniza.
Pues más vale el rigor de humilde suerte,
que un cofre con la arena de la muerte...
cofre con el misterio de la muerte.
***
Soneto al Resplandor en la hierba.
El brillo muere y grita como loca,
pasa la verde brisa de tu frente,
un jazmín que se quiebra de repente
y una sombra de sal sobre la boca.
Era el aire de nardo, la luz poca,
en la noche del pulso adolescente;
oro de espuma sobre la corriente
que el filo de la sombra desemboca.
¡Oh, cintura de junco y geometría!
Se nos va por el vado de los ojos
toda la sangre en su melancolía.
Quedan solo del sueño los despojos:
un caballo de arena en la agonía
y un rastro de claveles entre abrojos.
Un cuento a lo Hemingway.
El río era una boca hambrienta de plata y lodo. Esa tarde, la corriente no murmuraba, rugía.
—¡Mira, Elena! —gritó Mateo, señalando un nido con unos huevos rompiéndose que sobresalía en el centro del cauce. Mateo sonriendo con su risa nerviosa, notó su mirada de odio y no volvió a decirle nada mordiéndose el labio.
El crucero a lo lejos cruzaba un mar encrespado.
Antes de que Elena pudiera advertirle sobre las lluvias de la noche anterior, el pie de su hermano menor resbaló por una piedra. El sonido fue seco, un golpe de huesos contra roca, seguido por el chapoteo violento del agua tragándose un cuerpo pequeño.
Elena se lanzó sin pensar. El frío le atenazó los pulmones, robándole el aliento de golpe. Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y sombras. Vio la mano de Mateo, una mancha pálida que se alejaba, hundiéndose hacia el fondo donde las raíces se retorcían como dedos muertos.
—¡Mateo! —el grito murió en su garganta, reemplazado por el sabor metálico del río.
Logró sujetarlo por la camiseta. El peso era muerto, agobiante. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Elena luchó contra la fuerza invisible que intentaba arrastrarlos a ambos hacia la oscuridad eterna. Sus músculos ardían, sus ojos se nublaban. Por un segundo, la desesperación le susurró que se soltara, que se salvara ella.
Pero no. Jamás a él.
Con un último esfuerzo que pareció arrancarle el alma, Elena alcanzó la orilla lodosa. Arrastró el cuerpo inerte de su hermano sobre la hierba. Mateo estaba azul, sus ojos fijos en la nada, el pecho inmóvil. El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida.
El pulso: Inexistente.
La respiración: Ausente.
El tiempo: Detenido.
—Por favor... —sollozó Elena, presionando el pecho de su hermano con manos temblorosas—. ¡No me dejes, Mateo! ¡Vuelve conmigo!
Siguió el ritmo que había visto en los cursos: compresiones rítmicas, aire compartido, una plegaria desesperada en cada movimiento. Un minuto que pareció un siglo. Dos minutos. La esperanza se desvanecía y el miedo se convertía en una losa de granito.
De pronto, un espasmo. Mateo escupió un chorro de agua turbia, tosió violentamente y sus pulmones se llenaron de aire con un silbido agónico. Sus ojos se enfocaron, llenos de lágrimas y terror, pero vivos.
Elena había deseado con todas sus fuerzas que se muriera, pero sin verlo.
Lo abrazó con ambigüedad, con un sentimiento de culpa, con tal fuerza que temió romperlo otra vez, hundiendo su rostro en el cuello empapado de su hermano. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de oro el río que, por esta vez, no había podido llevarse su tesoro más grande.
Nunca más vendré contigo -pensó.
El sol pegaba fuerte, pero el aire se sintió gélido cuando Mateo vio el flotador de flores alejarse mar adentro. Miró a su hermana pequeña, cuyos ojos ya se llenaban de lágrimas, y sin pensarlo dos veces, se lanzó de nuevo al agua.
Sus músculos, agotados por horas de juego, protestaron al primer contacto con las olas. Nadó con desesperación, estirando los dedos hacia el plástico brillante que parecía burlarse de él, alejándose con cada racha de viento. Cuando por fin sus yemas rozaron la superficie fría del flotador, un calambre violento le atenazó la pierna, paralizándolo por completo.
El pánico fue más rápido que el agua. Intentó mantenerse a flote, pero la corriente tiraba de él hacia el fondo oscuro. El peso en sus pulmones se volvió insoportable. En un último esfuerzo agónico, sacó la cabeza por encima de la espuma, divisando la silueta pequeña de su hermana en la orilla, esperando.
—¡Perdona! —gritó con una voz rota que el mar devoró al instante.
Fue su último aliento. La superficie se cerró sobre él, serena y azul, mientras su cuerpo se hundía en el silencio absoluto de las profundidades.
Elena se quedó inmóvil en la orilla, con los pies enterrados en la arena húmeda, observando el punto exacto donde la mano de Mateo había desaparecido. El grito de su hermano aún vibraba en el aire, pero ella no pidió ayuda ni se movió.
En lugar de llorar, una pequeña y perturbadora sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Verlo luchar, ver al "hermano protector" sucumbir ante algo tan insignificante como un flotador de flores, le provocaba un cosquilleo eléctrico en la nuca. Disfrutó del silencio que siguió al estrépito de las olas; un silencio donde él ya no existía para mandarla o cuidarla.
—Perdonado —susurró ella para sí misma, con una voz cargada de una ternura fría.
Se agachó para recoger una caracola, acariciándola con una calma impropia de una tragedia. Sentía una culpa extraña, sí, pero no era la culpa que paraliza, sino la que alimenta. Se sentía poderosa porque su deseo infantil de quedarse sola se había cumplido de la forma más absoluta.
Mientras los primeros bañistas empezaban a notar el vacío en el agua, Sofía simplemente siguió mirando el horizonte, saboreando el secreto de que sus últimas palabras habían sido para ella, y que ella no tenía ninguna intención de rescatarlas.
***
La sala era demasiado blanca y el zumbido del aire acondicionado parecía una confesión constante. Elena estaba sentada frente a un hombre que no dejaba de mover un bolígrafo, un clic rítmico que marcaba los segundos que Mateo ya no cumpliría.
—¿Por qué gritó "perdona", Elena? —preguntó el hombre sin mirarla, anotando algo en una carpeta que parecía no tener fin.
—Quizás le pidió perdón al mar —respondió ella, balanceando los pies.
—El mar no escucha. Las personas sí. ¿Tú lo escuchaste?
Elena ladeó la cabeza. El hombre no preguntaba para saber, preguntaba para que el espacio entre ellos se llenara de algo.
—El agua estaba muy alta —dijo ella, con una voz que sonaba a cristal roto—. Él quería el flotador. Pero el flotador no quería volver. ¿Es delito que las cosas no quieran volver?
—No estamos hablando de objetos. Tu hermano se hundió mientras tú mirabas. Hay testigos que dicen que no te moviste. Que parecías... esperar.
—Esperaba a que terminara de gritar. Es de mala educación interrumpir —contestó con una calma que hizo que el hombre detuviera el clic del bolígrafo.
Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio con un olor a café rancio y cansancio burocrático.
—Si no nos dices qué pasó antes de que entrara al agua, no podremos cerrar la carpeta. Y si la carpeta no se cierra, Mateo no podrá descansar.
Sofía sonrió, una curva mínima y cruel.
—Mateo ya está descansando. Es la carpeta la que está nerviosa, señor.
El interrogador volvió a su silla, sintiendo que la niña no era un testigo, sino una sentencia. El pasillo fuera de la sala se sentía infinito, lleno de puertas que daban a otras salas iguales, donde las preguntas nunca tenían la intención de encontrar una respuesta.
El interrogatorio policial psicológico niños técnica", "procedimiento policial desaparición menores España.
Tras el cristal unidireccional, el mundo de sus padres se desmoronaba en un silencio asfixiante, una escena que parecía repetirse infinitamente en el bucle del corredor.
Su madre tenía las manos pegadas al vidrio, empañándolo con una respiración errática. No miraba el cadáver que aún no habían recuperado, sino la nuca de su hija. Había algo en la postura de Sofía, una rigidez que no era de trauma, sino de triunfo contenido, que la hacía retroceder. Cada vez que Sofía sonreía ante una pregunta del inspector, su madre sentía un frío que no venía del aire acondicionado, sino de la sospecha de haber engendrado un vacío.
Su padre, por el contrario, estaba entusiasmado y temeroso en una silla de plástico, con la mirada perdida en el suelo de linóleo.
No podía procesar la pérdida de Mateo porque estaba demasiado ocupado intentando ignorar la monstruosidad de la superviviente. La culpa lo devoraba: culpa por no haber estado en la orilla, pero sobre todo, una culpa atroz por el alivio irracional de que fuera Mateo quien se hubiera ido y no ella. Sabía, en un rincón oscuro de su mente, que si Sofía hubiera sido la víctima, el dolor habría sido puro; con ella viva, el dolor era algo sucio, infectado por su presencia.
Ambos se miraron un segundo. No hubo consuelo, solo el reconocimiento de un nuevo orden familiar. Mateo era ahora un recuerdo perfecto bajo el agua, y ellos estaban condenados a vivir en una casa donde el eco de la palabra "perdona" sería respondido, noche tras noche, por el silencio sádico de una niña que ya no necesitaba esconderse.
Elena, ahora arquitecta de renombre, diseñaba espacios que obligaban a la gente a sentirse pequeña. Su especialidad eran las piscinas de borde infinito, láminas de agua que se confundían con el horizonte, donde el peligro era estético pero siempre presente.
Estaba en la inauguración de su último proyecto en la costa. Su marido, un hombre dócil que la miraba con una mezcla de adoración y miedo, se acercó al borde mientras sostenía una copa de cristal. El viento sopló fuerte y el pañuelo de seda que él llevaba al cuello —un regalo de Sofía— voló hacia el centro del agua.
—Oh, iré a buscarlo —dijo él, riendo, quitándose los zapatos.
Sofía no lo detuvo. Lo observó entrar al agua fría con la misma calma con la que se observa un experimento de laboratorio. Mientras él nadaba hacia el pañuelo, ella recordó el "perdona" de Mateo. Sintió aquel cosquilleo eléctrico en la nuca, más intenso que nunca.
—Cariño, el fondo es más profundo de lo que parece —murmuró ella, tan bajo que el viento se llevó sus palabras.
Él se giró para decirle algo, pero un calambre repentino deformó su expresión. En lugar de extenderle la mano o gritar pidiendo ayuda a los invitados que reían a pocos metros, Sofía dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la columna. Disfrutó de la simetría del momento: el agua, el objeto perdido, el hombre hundiéndose y ella, siempre en la orilla, permaneciendo impecable.
sábado, 28 de febrero de 2026
El Heredero del Aire y de la Sangre.
Aquel recinto de voces apagadas,
los aullidos de la esquizofrenia,
donde el tiempo era un mueble más, cubierto de polvo,
fue mi cuna y mi primera cárcel.
Vi a los padres mover manos mecánicas,
repitiendo un rito de afecto ya vacío,
entregándome un nombre como quien arroja una piedra
al fondo de un pozo que no quiere eco.
Me dijeron: "Sé como nosotros,
acepta este peso de sangre y de costumbre,
y camina por la sombra, que la luz quema".
Pero yo guardaba un fuego bajo los párpados,
un hambre de mundos que ellos no sospechaban
mientras rezaban a un dios de escayola y miedo.
Rompí el cristal, salí a la noche abierta,
descalzo de sus dogmas y sus rancias esperanzas.
Y aunque hoy el frío me reconozca como extraño
y el destino sea una mano que aprieta la garganta,
miro el horizonte con un gozo terrible:
Es la ilusión de ser, por fin, mi propio dueño,
de quemarme en la llama que yo mismo he encendido,
aunque el precio de esta luz sea la ceniza,
y el final de mi vuelo, la caída más pura.
viernes, 27 de febrero de 2026
Soneto sobre Antonio Tejero.
Antonio Tejero soñando con las sombras en el Alcázar del Futuro, tiene que rendirse en el Congreso.
Sobre un cielo de cal, plomo y agonía,
avanza el tiempo con sus pies de lana;
no hay laurel que verdee en la mañana,
solo un rastro de herrumbre y profecía.
Como Macbeth ante la selva fría,
ven la ciudad —voraz, republicana—
que no entiende de espada ni de diana
y en su silencio el mando les vacía.
El futuro es un toro de azabache
que embiste contra el muro del olvido,
sin que el honor el golpe le despache.
Milans y el bigote ensombrecido,
cercados por la luz que los desmache,
se hunden en el mar del tiempo huido.
Elegía del Amigo Ausente.
Ya se durmieron los llantas
por la orilla de la pena,
y el perdón es una barca
que se ha quedado sin velas.
No me busques en el aire,
ni me busques en la arena,
que la amistad se hizo sombra
bajo la luna de piedra.
¡Qué amargo sabor a adelfa!
¡Qué soledad de azucena!
Cuando el rencor nos habita
se nos secan las arterias.
Quisiste la paz de pronto,
pero la paz es ajena,
un pájaro de ceniza
que ya no canta en tu puerta.
Se acabó el trigo del alma,
se rompió la vieja acequia,
y aquel abrazo de niños
hoy es polvo en la alacena.
Descansa, que ya el olvido
nos ha borrado las señas;
la tragedia fue perdernos,
la paz... es que no vuelvas.
Bajo la ola de vidrios rotos
golpea el tiempo que deshizo,
vuelvo a buscar el aroma
de aquel huerto compartido.
Teníamos manos de agua
y un juramento de trigo,
pero el rencor es un toro
con los pitones de frío.
Se nos rompió la palabra
en el aire del camino,
y se quedaron las voces
presas en un laberinto.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué puñales de olvido!
La sangre de la distancia
nos manchó los hombros vivos.
Pero ahora que la tarde
se viste de verde antiguo,
quiero lavar mi cuchillo
en la paz de los olivos.
Que no me digan traiciones,
que no me vendan castigos,
que yo solo busco el puente
para abrazar al amigo.
Que la sombra se haga clara,
que se sosiegue el destino,
y que el perdón nos encuentre
como a dos barcos perdidos.
Por la vereda del tiempo,
donde el polvo se hace olvido,
vengo arrastrando la sombra
de los amigos perdidos.
Fuimos dos ríos de oro,
fuimos un solo latido,
pero el orgullo es un zarzal
que nos desgarró el vestido.
Se nos llenó la garganta
de cristales y de ruidos,
y el eco de aquel abrazo
se nos quedó malherido.
Ya no quiero más espadas,
ni más vientos divididos,
que la noche ya me cansa
con su traje de castigos.
Quiero la paz de la acequia,
el sueño del pan nacido,
y que el rencor se deshoje
como un jazmín perseguido.
Vuelvo con las manos limpias,
fuera del lodo y el rito,
a buscar en tu mirada
lo que el tiempo nos ha escrito.
Que se calle la amargura,
que se apague el viejo grito,
y que la paz nos devuelva
el corazón que fue unido.
La muerte puso su capa
sobre el caballo del río,
y en la puerta de la casa
se quedó el aire vacío.
¡Qué mala noche de junio,
qué amargo el clavel marchito,
cuando se rompe la rama
de los amigos antiguos!
Buscábamos la palabra,
pero encontramos el frío;
nos perdimos por los montes
de un rencor endurecido.
Yo traía el perdón de seda,
tú, un silencio de cuchillo,
y en la mitad del camino
se nos murió el tiempo vivo.
Ya no sirven los abrazos,
ni el llanto de los olivos,
que la tierra se ha tragado
lo que no nos hemos dicho.
¡Ay, qué soledad de cal!
¡Ay, qué luto de domingo!
Las manos que se buscaron
ya son solo polvo y rito.
Queda la paz de la tumba,
el reposo del olvido,
y un sabor a sangre amarga
por lo que nunca fue unido.
Golpea el pecho la aldaba
con un sonido de acero,
pero nadie abre la puerta
en este valle de duelo.
Eramos dos robles altos,
éramos un solo fuego,
mas la envidia puso hachas
en las manos del invierno.
Se cortaron las raíces,
se desangró el sentimiento,
y un mar de cal y de sombra
se nos metió por el cuerpo.
¡Ay, qué puñal el orgullo!
¡Ay, qué herida sin remedio!
La paz que pides no viene,
que la devoró el silencio.
Ya no hay voz, ya no hay camino,
solo el perfil de un recuerdo
que yace como un caballo
muerto en mitad del desierto.
Busca la paz en la tierra,
donde descansan los muertos,
que entre los vivos la furia
ya nos ha dejado ciegos.
No busques más al amigo,
ni lo llames con el ruego,
el adiós que no dijimos
quedó fundido en hierro.
jueves, 26 de febrero de 2026
Bajo el volcán amenazante.
Sobre la luna gitana,
de un volcán de cobre y frío,
se arrastra en el caballo
por los bordes del abismo.
Lleva el peto de hojalata
y el corazón de granito,
buscando la torre amarga
donde el viento se hace añicos.
¡Ay, qué muros de silencio!
¡Ay, qué guardias de granizo!
La princesa tiene el alma
de un cristal oscurecido,
y en sus trenzas se desmayan
los lirios del sacrificio.
—¡Vengo a sacarte, señora,
de este cautiverio impío!
—Vete, jinete de sombra,
que mi celda es mi destino.
No quiero el aire del monte,
ni el olor de los tomillos;
prefiero el hierro del muro
al metal de tu cuchillo.
Pero el héroe, sordo y ciego,
la arrastra por el camino.
Ella camina a su lado
con un desdén del jacinto,
solo para ver la puerta
y el campo de los olvidos.
Cuando la luz se hizo sangre
en el horizonte vivo,
la princesa se detiene
junto a un charco de martirio.
—Ya estoy fuera de mis sombras,
ya he cumplido tu capricho.
Vuelve tú por donde viniste,
que yo me quedo conmigo.
Él no mira su tristeza,
ni su rastro de suspiros.
Él solo mira su gloria
en el espejo del río.
Da media vuelta al caballo,
galopando al precipicio,
para contar en los pueblos
que ha vencido al maleficio.
Se queda sola la dama,
entre los juncos y el frío,
mientras el héroe de arena
se pierde en su propio mito.
Bajo los arcos de plomo,
donde el tiempo se hace río,
se encuentran otra vez las sombras
del héroe y su desvarío.
Él levanta su estandarte
de terciopelo y olvido,
mientras ella teje nadas
con un hilo de martirio.
—¡Mirad mi capa de gloria,
mi laurel recién nacido!
—dice el hombre a las estrellas,
borracho de su prestigio—.
He roto los siete sellos,
he saltado los abismos,
para que el mundo me nombre
el señor de los vencidos.
La princesa lo contempla
con un mirar de cuchillo.
No es de carne su figura,
es de cal y de granizo.
Tiene en la mano una piedra
y en la boca un gusto agrio,
viendo cómo el caballero
se adora en su propio rito.
—Tú no me viste la cara
—ella le dice sin brillo—,
tú solo viste en mis rejas
el metal de tu bautismo.
Me sacaste de la noche
para ser solo tu signo,
y me dejas en el campo
con un corazón de vidrio.
Él no escucha la palabra,
solo el trote del destino.
Acomoda su montura,
se ajusta el yelmo sombrío,
y galopa hacia la plaza
del pueblo más escondido,
gritando que la belleza
le debe su propio brillo.
¡Ay, qué soledad de rama!
¡Ay, qué silencio de pino!
Ella vuelve hacia la torre
buscando el hierro perdido,
mientras él vende su farsa
por las tabernas del vino.
Busca la dama su sombra
por el monte del olvido,
con los pies llenos de espinas
y el aliento de granizo.
Ya no quiere la llanura
ni el sol de los adivinos,
que la luz del caballero
le ha dejado el pecho herido.
Sube la escala de piedra,
lenta escala de martirio,
donde los musgos son lenguas
que le cuentan su destino.
Al llegar a la alta torre,
besa el hierro del pestillo;
la cerradura es un ojo
de un metal endurecido.
—¡Oh, santa cárcel de piedra,
mi solo hogar y retiro!
Fuera la gloria es de trapo
y el honor un falso brillo.
El héroe vende mi nombre
en el mercado del vino,
mientras yo muero de frío
bajo un cielo de zafiro.
Se cierra la puerta sorda
con un lamento de siglos.
Ella se sienta en su esquina
a bordar su propio abismo,
mientras el viento le trae
ecos de un cantar fingido:
es el héroe, allá a lo lejos,
contando su propio mito.
¡Ay, qué amarga es la victoria!
¡Ay, qué silencio de lirios!
La princesa tiene muros,
y el hombre, solo un delirio.
Por los caminos de plata,
va el héroe ciego y altivo,
con la mentira en los labios
y el alma de pergamino.
Ya no sabe quién es ella,
ni el color de su suplicio;
solo recuerda la rima
de su triunfo inventado.
En las plazas de los pueblos,
frente al fuego y frente al vino,
vende trozos de una torre
que sus ojos nunca han visto.
La gente aplaude la farsa,
el valor y el sacrificio,
mientras él se va secando
como un árbol sin rocío.
¡Ay, caballero de arena,
prisionero del prestigio!
Crees que has roto las cadenas
y estás atado a tu mito.
Mientras ella tiene el muro,
tú tienes el infinito,
pero no hay cárcel más honda
que el eco de un solo grito.
Se apagan las luminarias,
muere el héroe en su camino,
y en la torre de la dama
solo queda el viento vivo.
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