Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

miércoles, 15 de abril de 2026

De otra paz a otra paz.

Me gustas cuando callas y mi mirada no te toca, me gustas cuando callas un anillo en tu boca. El pulso es un tambor que se fatiga, un eco que se pierde en el olvido, mientras el amor, gélida enemiga, disputa al pecho el último latido. La vida es una vela en la corriente, un hilo de cristal frente al abismo, que danza entre la luz del sol poniente y el mudo laberinto del cinismo. El alma es un bajel que no halla puerto, atado a un ancla de cansada carne, bogando por un mar gris y desierto donde no hay fuego que del frío encarne. La sangre es un reloj de arena rota, el aire es un suspiro que se apaga; la muerte espera, mansa y devota, como el final del verso en una saga. El amor es una sombra que se aleja por un pasillo de espejos empañados, donde la voz es una vieja queja y los adioses nacen ya cansados. La luz es una herida que no cierra, un fogonazo blanco en la neblina, mientras el cuerpo, máscara de tierra, ante el umbral del silencio se inclina. No hay orilla, ni rastro, ni camino, solo un invierno de ceniza vana, donde se funde el rostro del destino con el vacío de la nula mañana.

martes, 14 de abril de 2026

La lucha entre dos corrientes...de agua.

Por los campos de la angustia, bajo un cielo de cal viva, se embisten dos toros sordos con astas de ideología. Uno tiene el lomo oscuro, raíces de antigua piedra, y un rosario de silencios atado a la dentellera. El otro, crines de azufre, viento de fragua encendida, quiere segar los luceros con una hoz de agonía. ¡Ay, qué luto de banderas! ¡Ay, qué duelo sin salida! En la plaza de las voces la palabra está herida. No se buscan las gargantas, se buscan las cicatrices, y en el cauce de los ríos beben sangres de matices. España, novia de barro, se desangra en la cuneta, mientras los dos grandes puños rompen su propia peineta. Ya no hay luna en el olivo, ni verde en la primavera; solo hay un frío de hierro que separa las aceras. Gritan los perros al aire, llora la cal en los muros, y en el pecho del hermano crecen dos odios oscuros. ¡Qué mala muerte, Dios mío! ¡Qué mal nacer el del día! Cuando el rencor es el dueño de la casa todavía.

El muro del silencio.

PERSONAJE A: ¡No te libras del abismo!(8) ni la vida eterna en sombra, (8) De este chantaje en broma (8) nadie se libra por egoísmo. (8) PERSONAJE B: No me pidas que te hable, (8) que la lengua se me anuda. (8) Puñales del mar desnuda (8) y hace la aventura viable. (8) PERSONAJE A: La hueca angustia del olvido (8) será el puerto de tu viaje, (8) si llevas en el equipaje (8) el releje que has vivido. (8) PERSONAJE B: Llevo el alma hecha jirones (8) y un adiós que me desgarra. (8) Ya la muerte nos amarra (8) un jaque de direcciones. (8) PERSONAJE A: ¿Por qué callas de ese modo? (8) ¿Qué asfixia hueca te consume? (8) Siento que el aire presume (8) que ya lo perdimos todo. (8) PERSONAJE B: Es tarde, ya suena el viento, (8) ya la luz se va apagando. (8) Si te quedas esperando, (8) arena en un monumento. (8)

domingo, 12 de abril de 2026

El teléfono de la madre muerta. (Microrrelato).

La penumbra de la sala se enroscaba como un sudario de tinta. Ella yacía ya bajo el frío rigor del mármol, pero el peso de mi culpa —ese cuervo que picoteaba mis entrañas por las palabras no dichas— era una losa más pesada que cualquier tumba. De pronto, un chirrido eléctrico desgarró el silencio: el teléfono de mi madre, sobre la mesa de caoba, vibraba con una vida obscena. En la pantalla, su nombre parpadeaba como un ojo acusador desde el abismo. El corazón se me hizo un nudo de espinas. ¿Era una citación del tribunal de los muertos? ¿Venía su voz, filtrada por el fango y la eternidad, a reclamar mi insolvencia moral? Con la mano temblorosa, presa de un terror burocrático y absoluto, descolgué el auricular esperando una sentencia de ultratumba.—¿Tío? —la voz infantil de mi sobrino brotó con una naturalidad aterradora—. Solo quería saber si puedo quedarme con el juego de las cartas. Se le olvidó en mi mochila.Exhalé un aire que sabía a ceniza, comprendiendo que el castigo no sería su reproche, sino este laberinto infinito de ecos donde su ausencia se disfraza de rutina. La estancia se había convertido en un mecanismo de relojería averiado. Las paredes parecían aproximarse con una lentitud geométrica, reduciendo el aire a un suspiro viciado por el olor a cera y flores marchitas. No era solo el luto; era la arquitectura del remordimiento. Cada sombra proyectada por el candelabro dibujaba en el suelo el perfil de mis propias faltas, una geometría de errores que se cerraba sobre mí en una espiral asfixiante. La culpa no era un sentimiento, sino una sentencia administrativa dictada por un juez invisible. Yo era el acusado en un proceso del que desconocía las leyes, pero cuya condena sentía vibrar en la madera misma de la casa. Cuando el teléfono rompió el vacío, el sonido no fue una simple campanilla, sino un martillazo en el juicio final. Aquel nombre en la pantalla era el sello de un expediente que no se podía cerrar. Al descolgar, esperando el trueno de una voz espectral que enumerara mis pecados, el contraste de la voz del niño fue un latigazo de realidad aún más cruel. El misterio no estaba en el más allá, sino en el laberinto de lo cotidiano: mi madre no llamaba para condenarme, porque el silencio eterno es el reproche más absoluto que existe. Soy el reo de una habitación que ya no me pertenece. El aire pesa como el plomo de un ataúd mal sellado, y cada rincón de esta casa parece un pasillo hacia un tribunal donde yo soy el único testigo y el verdugo. ¿Por qué no le dije aquello? ¿Por qué mi afecto fue siempre una oficina de puertas cerradas y trámites postergados? Ahora, mi negligencia se ha vuelto sólida; es este frío que me sube por las piernas, esta espiral de pensamientos que se enrosca en mi cuello como una soga de seda. Mi madre ha muerto, pero su ausencia es una presencia burocrática y punzante. Siento que el universo entero está redactando un acta sobre mi cobardía. Y entonces, el teléfono. Esa vibración no es de este mundo; es el eco de una campana sumergida en un mar de azabache. «Dígalo de una vez», quise gritar al vacío antes de contestar. Al ver su nombre, comprendo la lógica de mi condena: ella vuelve del reposo solo para certificar mi bajeza, para sellar con su voz mi sentencia definitiva. «Diga que soy el hijo que nunca mereció». Pero al oír la voz del niño, el horror cambió de forma. No hay juicio externo. El sobrino es solo un mensajero involuntario de la nada. La verdadera tortura no es su reclamo, sino este silencio administrativo que me deja solo con mi propia voz, repitiendo mis crímenes en un bucle sin salida.

Poema imposible a todo lo que es imposible.

Alambrada de granito donde el eco se deshace, se marchita lo que nace bajo un cielo de grafito. No hay eléctrodo que envenena que aire amuesca al que trabaja: la fortuna siempre encaja si la voluntad impera. Todo es imposible al final que te levantas en bruma, revientas contra la espuma en una meta de sal. Un destino vertical que me niega su mirada, en la vena berreada con un sello de metal. Parecía que la suerte era un nudo de cadenas, rechinando las arenas eran pactos con la muerte. Pero el alma, al hacerse fuerte, con el mazo del empeño, fue tallando cada sueño el sofá a su héroe entierre. Que lo imposible es un velo, una mentira de roca; si la mano no se apoca y el arado muerde el suelo. Tras el fuego y el desvelo, lo que ayer fue una quimera, hoy florece en primavera bajo el domo de mi cielo. En la fragua del lamento, donde el hierro se hace frío, corre amargo aquel río de un oscuro pensamiento. Es un nudo en el aliento, una herida que no cierra, porque el alma siempre yerra si se entrega al sufrimiento. Pero escucha en el abismo: aunque el golpe sea fuerte, no hay cadena ni hay suerte que derrote al optimismo. Si el amor es un bautismo de sudor y de constancia, se acorta cualquier distancia con un poco de heroísmo. Lo que ayer fue muro y fiera, lo que el miedo bautizó, con el tiempo se rindió ante quien nunca desespera.

sábado, 11 de abril de 2026

La raja.

Temo esa trinchera abierto un arancel al desierto, esa herida sin espanto, que no cura ningún santo ni se cierra estando muerto. ¡Qué lágrima del desierto! Grieta de llanta quemada, donde la luz es negada y el juicio se vuelve lerdo. ¡Arranca la flor de recuerdo para un párpado olvidada! Es un tajo con empeño, un paréntesis de carne, ni quien de puas lo descarne ni quien se crea su dueño. Ovillo de cualquier sueño, del seso la alambrada, que te cobra en cada beso un arancel de locura, pues no hay mayor sepultura que ese talle tan espeso. ¡Oh, divina cuchillada! ¡Boca que no tiene dientes, pero devora imprudentes con la sombra por mirada! Es la gloria mal pintada, un zarpazo del destino, que al hombre más peregrino lo deja seco y sin habla, metido en esa ruda tabla donde se pierde el camino. Es un horno de pecado, un pozo de negra lumbre, donde pierde la costumbre el más santo y el más osado. ¡Qué bocado tan cebado! Vagina de mil demonios, que rompe los matrimonios y hace al hombre su rehén, mandando todo al desdén con sus sucios testimonios. Es una fosa con ganas, un sumidero de sesos, que tritura hasta los huesos de las mentes más ufanas. ¡Qué de babas tan villanas! Esa selva entre las piernas, con sus fauces siempre eternas esperando al incauto, que firma su propio auto en las sombras más internas. ¡Maldita grieta voraz! Que no sabe de medida, te succiona hasta la vida con un hambre pertinaz. No existe tregua ni paz en ese antro de humedad, que es pura ferocidad disfrazada de caricia, una densa y vil delicia que es toda tu voluntad. Que truene el cielo y se hunda, que el mundo estalle en pedazos, mientras me fundo en tus brazos y en esa sima profunda. ¡Que la muerte nos confunda en tu vientre de granada! Pues no queda de mí nada tras pasar por ese estrecho, que es el fin de todo hecho y el vacío de la nada. Es el caos, es el abismo, la trituradora de almas, donde se pierden las palmas y el rastro del cristianismo. ¡Bendito sea el cinismo de morir en tu emboscada! Con la razón amputada y el espíritu en despojos, se me cierran ya los ojos en tu herida más sagrada.

viernes, 10 de abril de 2026

Cataratas del Niágara.

¿Qué es una catarata qué sino un pájaro de agua, que cree que aprende a volar, ante el asombro que nada? Siempre decía volveré antes de que te mueras. Nunca he vuelto al Niágara déjame que te quiera. No revienta el agua ni en párpados ni en astillas que el amor es libre viento y no entiende a quien agita. Niágara eterno como mi alma. Nunca he vuelto al Niágara. El bosque da de comer al fuego con su alabanza, Te odio te amo ya nada importa la pua avisa de la castaña. La corriente habla al susurro millas más allá del habla, pues el fuego que no prende nunca deja su enseñanza. Cascada eterna donde el amor metralla grita y calla, nadie obliga al sentimiento si el latido ya no alcanza. Niágara eterno como mi alma. Nunca he vuelto al Niágara. Navegando hacia Nueva York el pobre niño cansado, un deforme es miserable un gabán sobre un palo...