Alicia atraída por la madriguera

Alicia atraída por la madriguera

sábado, 31 de enero de 2026

Romance de Nueva York.

Tienes las manos tan finas y aulla sin saber por qué, mira lo que imaginas ¿sabemos a dónde fue? Te fuiste por fin las olas de orilla lamen mi herida, donde el alma se desata en una mar de partida. Acariciando cada rascacielos no te entiendo con amor pero esto es tormenta y glaciar una civilización superior. Eran olas de amargura, salitre en el corazón, naufragio de una locura histérico me arrastró. Roto el beso, roto el lazo, frente al abismo de sal, buscaba en el frío atarme aunque me hunda más. Pero el mar, que todo muda, trajo en su eterno vaivén una mano firme y nuda en un pequeño Edén. No es espuma pasajera ni marea que se va; es la roca verdadera donde mi alma habitará. De luz plena candado sin temor a la marea, en la arena que ha borrado mi tristeza más fea. Promesa de puerto manso, compromiso de cristal, el hijo que no tuvimos, lejos de abrazos vendaval. Yo te engendré mamá ¿quién me dirá eso? El mar viene, va y va, el mar no tiene remedio.

Elegía a la muerte de mi madre.

Tras el sudor del dátil y la arena, la muerte es un desierto silencioso, una duna que el viento siempre llena. Se ve a lo lejos, rutilante y vago, el faro de una urbe en su reposo, de luz y asfalto un gélido presagio. Aúllan sombras de esquizofrenia, voces que cruzan muros de cemento, mientras el coche su motor estrena. Entre lonas de obras y andamios, la vida aguanta el pulso del momento, aunque el rascacielos guarde sus agravios. Frío de vidrio, brillo de pantalla, un mundo digital que nos habita, donde la piel al fin siempre se calla. Pero en este vacío me acompañas; tu recuerdo es la llama que me incita y el gozo que me limpia las entrañas. No hay rayo que cese en este frío, que ha cercenado el tronco de mi vida y ha dejado mi pecho en el vacío. La muerte, de un zarpazo es consumida la luz que en tu demacrado habitaba, dejando el alma en sombra y malherida. Tanto dolor en mi costado acaba, que el aire que respiro es puro fuego, mientras la tierra, atroz,te reclamaba. Quiero escarbar la tierra con el ruego, con las uñas, con besos, con los dientes, hasta hallarte de nuevo en mi sosiego. No quiero más auroras inocentes, si no han de verse en tu mirar pausado, madre de mis raíces y mis fuentes. Un hachazo invisible te ha cortado, y en el huerto de mi alma, ya desierto, solo queda el invierno de tu lado.

Poema "Los Puentes de Madison".

Con el llanto de los cielos, el cristal se empaña en frío, ella aprieta la manilla, él aguarda ante el vacío. Sí o no, sí o no, juego y pasa frente al vidrio de cristal, el tiempo en un semáforo late en rítmico compás. La lluvia borra el asfalto, se detiene el viejo mundo, entre el camión y el deseo un abismo profundo. Richard mira en el espejo, ajeno al rayo que abrasa, mientras ella se desangra sin moverse de la plaza. Robert espera un milagro, colgado de aquel espejo, un paso que no se da, un amor que se hace viejo. Se pone el semáforo en verde, arranca el motor su queja, él se funde en la neblina, ella en su jaula se aleja. Quedan solo los suspiros y el rastro de un tiempo breve, los puentes guardan el alma, mientras el alma se llueve. Ella aprieta la manilla, presa de una angustia cruel, mientras ve la camioneta espera aquel ayer. Él aguarda bajo el agua, con la fe por despeñar, mientras ella, entre sus dudas, no se atreve ni a bajar. El acero es una frontera, el silencio es un puñal, y en la lluvia los deseos se comienzan a borrar. Gira el sueño a la derecha, se encamina hacia el final, por los puentes de Madison que no han de volver más. Queda el rastro de una sombra, las llanuras y el adiós, donde el alma se hizo nudo y el destino los perdió.

El mar de Nueva York. Todo importa.

El mar sí es hermoso. Ahí algo de él en ese mar infinito ahí está el viejo Bukowski diciendo que el agua es un error que las olas son solo bocas hambrientas y que el azul es un color sucio. pero él no tiene seis años ni está sentado en el 14A con la nariz pegada al vidrio frío obsesionando el mundo se vuelve pequeño. yo miro hacia abajo y el mar no está "encrespado de nada", está lleno de purpurina líquida y de ballenas que juegan al escondite bajo un techo de cristal. ¿A dónde vas buscando a quién buscas? y a ti mar que te importa. Me duelen los oídos pero nadie me da un truco para que me dejen de doler aunque sé que debe haberlos. Con el mar veo lo infinito veo el cosmos dando vueltas alrededor de nadie sabe quién. él dice que el mar es un cementerio de ordenadores. que es un poeta absurdo que se va a pegar un tiro en una plancha ondulada. yo digo que es un tazón de cereales gigante donde las nubes dejan caer azúcar. es un inyección que no sé que se mete es un ansia eterna de agua. no es una ansia, Charles, es un espejo que se mueve y si me quedo mirando fijo puedo ver el brillo de las ciudades hundidas donde nadie escribe poemas tristes. el avión inclina el ala y el sol le da un beso sucio a las crestas blancas. lo siento, el ansia de las cosas eléctricas me llena y me vuelve imposible imposible de satisfacer y de entender, pero desde aquí arriba el mundo es una luz eterna de caramelo azul y yo no tengo ninguna prisa por las turbulencias que traquetean, ni por aterrizar.

viernes, 30 de enero de 2026

La resolución.

A. llegó a la ventanilla de la Subdirección de Permanencia a las tres de la mañana. El edificio, un laberinto de mármol gris y bombillas parpadeantes, exhalaba un olor a papel viejo y desinfectante barato. Tras el cristal, un funcionario con manguitos negros tachaba nombres en una lista infinita. A. avanzó por el pasillo, donde el techo se perdía en una penumbra de cables que colgaban como vísceras industriales. La oficina era un engranaje de geometría imposible: archivadores oxidados que llegaban hasta el cielo, escritorios desiertos cubiertos por una fina capa de ceniza y un silencio interrumpido solo por el siseo de tuberías que transportaban aire viciado. Cada rincón del recinto parecía diseñado para recordar a los hombres su insignificancia ante el papel. —Vengo a solicitar el permiso definitivo —dijo A., apoyando las manos temblorosas en el mostrador—. El permiso para vivir y estar en paz. Traigo todos los sellos. El funcionario no levantó la vista. Con una parsimonia mecánica, tomó el fajo de documentos de A., los pasó por una troqueladora y los arrojó a una trituradora lateral sin leer una sola línea. —Denegado por defecto de forma en la intención —sentenció el hombre con una voz carente de rastro humano. A. no se inmutó. No hubo ruego, ni indignación, ni la más mínima pregunta sobre qué ley secreta lo condenaba. El absurdo era la única arquitectura que conocía. —Muchas gracias —respondió A. con una cortesía gélida. Se dio la vuelta y caminó por el pasillo infinito. Mientras buscaba una viga lo suficientemente alta, sintió que el odio hacia sus maestros —aquellos que le enseñaron a esperar una lógica en el mundo y a venerar la jerarquía de las sombras— le otorgaba, por fin, la paz que la oficina le había negado. Mientras anudaba la soga, un monólogo gélido recorrió su mente: "Malditos sean", pensó con una lucidez venenosa. "Malditos los preceptores que me enseñaron a descifrar códigos que no existen y a buscar justicia en un sistema de sombras. Me adiestraron para ser un ciudadano del orden, para creer que la paz era un recibo que se obtenía tras una espera infinita". Sintió un desprecio infinito por aquellos maestros que, con punteros de madera y libros sagrados, le inyectaron la esperanza de que la existencia requería de un visto bueno administrativo. Al fin, libre de la obediencia, A. comprendió que el único trámite que la oficina no podía procesar era su propia desaparición Con un nudo perfecto, decidió que su último acto de libertad sería dejar de ser un expediente.

jueves, 29 de enero de 2026

Romance de Nueva York en invierno...

¿Se equivocaba la cigueña al amar se equivocaba? ¿A quién amas?¿a quién amas? Echo de menos las cigüeñas que aguantan con una pata, en los rascacielos amando y el viento que te arrastra. No siento el vértigo canibal y quien ve tantas pantallas o los puntitos negros, con tanta soledad ¿a quién amas? Bajo el ruido de Nueva York, donde el hielo es un cristal, ella limpia mi rincón con un aire de ritual. El caimán sale de su alcantarilla. Y en la noche rabia se hace pesadilla. Los edificios parecen barcos fantasmales, ¿a quienes amarán estas ruinas lunares? Las huellas sucias de barro que huyen los asesinos, y los últimos inventos y vendedores cansinos. ¿Se equivocaba la cigueña al amar se equivocaba? ¿Qué decirte?, ¿a quién amas? Salgo a fumar con la nieve vahos que se meñzclan sin sal, y lo que veía en la tele un dinosaurio sale del mar. Cae la nieve en Central Park, todo el mundo es un altar más su afán pero brilla que las luces del lugar. ¿Se equivocaba la cigueña al amar se equivocaba? ¿Qué decirte?, ¿a quién amas? Con su escoba y su balde, va barriendo mi pesar, y en el frío de la tarde solo la quiero mirar. Es invierno en la pensión, ruge el viento junto al mar, mas se enciende el corazón si me viene a saludar. Canta anécdotas de niebla, donde el frío muerde el aire, andas con cadenas firme sin que nadie te avasalle. ¿Se equivocaba la cigueña al amar se equivocaba? ¿Qué decirte?, ¿a quién amas? Hablas como si vendieras granizo en agua y desafíos, agua que rompe la roca y arpilla de puro lino. Llevas cadenas de hierro en las ruedas de tu coche, mientras rompes los silencios en el frenesí de la noche. ¿Se equivocaba la cigueña entre los rascacielos al amar se equivocaba? Quiero volar en tu atasco, lleno de escarcha y de baches, pero al fondo de tu pecho es refugio sin ambages. Aunque rujan tus palabras casi el viento en el paisaje, desierto eres bajo arena que me salva del pesaje. ¿Se equivocaba la cigueña al amar se equivocaba? Nunca lo sabrá el mar y no me importa nada. Tras el caballo de neones, en la urbe de cristal, Las Vegas buscan tu sombra por el Séptima Canal. Nueva York nunca se duerme, pero yo no sé soñar si no es siguiendo el rastro que dejas al caminar. Entro en cafés de desvelo donde el vapor es un vals, buscando en tazas vacías tu mirada de metal. ¿Se equivocaba la cigueña entre los rascacielos al amar se equivocaba? Pido un café para un alma que no se puede saciar, mientras la lluvia en el vidrio dibuja un triste umbral. Me amas como ama el asfalto al viento que ha de pasar: con una fría indolencia, sin quererme sujetar. ¿Se equivocaba la cigueña entre los rascacielos al amar se equivocaba? Cruzo el puente hacia la nada, viendo las luces temblar, amando lo que me ignora en esta selva de sal. ¿Se equivocaba la cigueña entre los rascacielos al amar se equivocaba?

Romance.

En el jardín del vecino ríe un coro de cristales; va el futuro en su camino entre coches y pañales. Miro al niño que no tuve con un orgullo sombrío; soy el dueño de una nube, soy el cauce de un gran río. Él abraza su semilla, ella besa su retrato, mientras mi sombra se ovilla en un rincón del teatro. Hoy retumba en mi cabeza. ¡Qué aristócrata el vacío! Ver que en su casa hay alegría y en la mía nieve y frío. Ellos plantan carne y hueso en la tierra del mañana; yo solo guardo el exceso de esta soledad tirana. Miro al niño que no tuve con un orgullo sombrío; soy el dueño de una nube, soy el cauce de un gran río. Que ellos críen sus retoños para el tiempo y su mudanza; yo cultivo mis otoños sin hijos y sin esperanza. Es más puro mi tormento, mi linaje es el olvido; pues no engaño al sentimiento con un ser recién nacido. Rojo que te quiero rojo, rojo silencio de luna. Por el olivar vacío un coche gime y perjura. Un niño de ausencia y barro, con ojos de aceituna, se me va por los caminos sin pecho que le dé cuna. La noria canta su pena, gira que gira en la umbría, con el agua que no moja la boca de la cría. ¡Ay, mi semental de fuego! ¡Ay, mi simiente baldía! En mis entrañas de nardo la vida se hacía astilla. El caballo, negro y grande, golpea la madrugada. Relincha por el hijo que no tiene voz ni nada. La luna, cuchillo blanco, en la fragua se desangra. Y yo, con el vientre seco, sueño con su piel morada. Por el barranco del tiempo, donde el gitano no sueña, una pena negra sube, de amarga raíz y leña. Mis manos buscan la suya, mi sangre la suya sueña, mas solo hallan el vacío de la cuna que no enseña. Que la culpa es de la tierra, del viento que no se posa. Del destino que no quiso darme la espina y la rosa. Se me va mi niño, mi niño, flor de escarcha, luz dichosa, por la senda de los imposibles con su alma de mariposa.